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viernes, diciembre 30, 2016

'Passengers', a medio camino

Es relativamente fácil tener una buena idea. Relativamente, ojo, que no se trata de quitar méritos. Passengers tiene una muy buena idea de partida. Una nave que transporta a más de 5.000 personas a una colonia de otro mundo sufre una avería y una de las cápsulas de hibernación se abre por error 90 años antes de alcanzar el destino. La idea, insisto, es muy buena, porque abre un inmenso abanico de posibilidades. ¿Qué hace un hombre solo en un crucero de lujo y sabiendo que va a morir de viejo sin que nadie lo sepa? Muy buena idea, sí. De pronto, otra cápsula se abre. Y tenemos a una mujer en el escenario. Espléndida idea. Las circunstancias en las que se produce el encuentro suponen una idea todavía mejor. Pero cuando llega el final de Passengers la sensación que queda es la de haber asistido a un conjunto de buenas ideas que dan como resultado una película muy entretenida, de enorme química entre sus actores pero que se queda un poco a medio camino de todo.

De hecho, se puede decir que Passengers es una de las propuestas recientes de ciencia ficción que más posibilidades tiene y menos se atreve a explorarlas a fondo. Una pena, porque hay escenarios muy sugerentes en los que da la sensación de que tanto Chris Pratt como Jennifer Lawrence habrían podido sacar un partido excelente. Porque la química se ve, se nota, se siente, se palpa. Es la base de la película, al mismo nivel que el muy atractivo punto de partida, el que permite a Morten Tyldem saltar de la magnífica The Imitation Game, un relato histórico, a este desafío de efectos visuales que queda algo cojo en su guion.  Es verdad que hay un problema de base en la película, y es que todo el misterio que podría tener se agota en un innecesario prólogo, que hace que el último acto de la película sea únicamente espectacular desde el punto de vista visual pero nada eficaz en lo dramático, también por la habitual falta de valentía que suele haber en este tipo de producciones.

Y el caso es que no se puede decir que no sea una película eficaz ni entretenida. Lo es en ambos niveles, porque plantea dilemas y debates que perduran después de que se acabe la cinta (el más grande de todos, el que precisamente sirve para cerrarla), y porque en el fondo es difícil resistirse a una misión para salvar una nave espacial gigantesca de su propia destrucción, y más a una que presenta un diseño que mezcla elementos bastante originales con otros que inevitablemente recuerdan a 2001. Una odisea del espacio, la en tantos aspectos premonitoria película de Stanley Kubrick. Por supuesto, Passengers no aspira a tanto y se conforma con que Pratt y Lawrence (sin olvidarse del espléndido y últimamente algo desaprovechado Michael Sheen) sepan dar vida a una historia emocionante, emocional y llevada con cierta habilidad, aunque sea sin sacarle todo el jugo que sí podría haber tenido.

No es fácil hablar de Passengers, al menos hacerlo con claridad, sin desvelar buena parte de su trama, y eso es algo que aquí no se va a hacer. Los trailers ya son suficientemente reveladores (y tramposos, también muy tramposos) como para sumarse a esta absurda corriente que parece empeñada en que no disfrutemos de las historias según las han planteado sus autores. Passengers, como buena película que se basa en apenas un par de personajes, es una historia que merece la pena ir descubriendo y saboreando poco a poco. Es ahí como funciona mejor. Entrando con el protagonista en cada nuevo escenario y dejándose llevar por una propuesta de ciencia ficción tan notable como su vertiente más humana. Lo segundo genera ciertas dudas, porque ni Tyldum ni el guionista Jon Spaihts (firmante de obras tan dispares como Prometheus, Doctor Strange o la infumable La hora más oscura) sacan lo máximo de su propuesta. Lo primero es intachable, y no sólo por los efectos, sino por la imaginación.

viernes, mayo 20, 2016

'X-Men. Apocalipsis', y vuelta a empezar


Por Sonia Rodríguez Fernández

Regresan los mutantes de X-Men de la mano de Bryan Singer tras Días del futuro pasado con un nuevo y poderoso villano: Apocalipsis (Oscar Isaac). Este nuevo personaje, nos cuenta la historia, parece ser el primer mutante que existió. Más conocido en su tiempo original, en Egipto, como En Sabah Nur, al ser único mutante en esa época, se ve a sí mismo como un dios entre los débiles, los simples humanos. Por una traición, como ocurre en estos casos, es enterrado durante siglos, despertando de su letargo en 1983 y descubriendo que el mundo que él tenía en mente no es ni de lejos parecido al que tiene delante: los humanos comunes dirigen la Tierra, sin ningún tipo de poder y obligando a los mutantes (a los que él ve cómo sus hijos) a controlarse, a ser precavidos y muchas veces a esconderse, por lo que Apocalipsis decide juntar a sus Cuatro Jinetes y poner orden en lo que ve como un caos sin sentido.

Para llevar a cabo su purga, Apocalipsis necesita nuevos adeptos, esos Cuatro Jinetes que le ayuden en sus propósitos, por lo que, muy listo él, elige a mutantes que en ese momento estén desencantados del mundo como son Mariposa Mental (Olivia Munn), la que será Tormenta (Alexandra Shipp) y Ángel (Ben Hardy), junto con un viejo conocido, Magneto (Michael Fassbender), al que comprendemos mejor que nunca. Enfrente, los buenos, claro, a la cabeza con Charles Xavier (James McAvoy), Bestia ( Nicholas Hoult) y Mística (Jennifer Lawrence), al igual que la agente especial de la CIA Moira MacTaggert (Rose Byme), que repiten en sus papeles de las anteriores entregas, además de las caras nuevas que hemos visto crecer a lo largo de la serie original, Cíclope (Tye Sheridan), Jean Grey (Sophie Turner) y Rondador Nocturno (Kodi Smit-McPhee). Todas las nuevas incorporaciones llegan pisando fuerte, y no dejan nada indiferente.

¿Dónde empiezan los problemas? Pues por varios frentes. Lo primero, el argumento. Sí, Apocalipsis en el cómic es un gran villano, pero aquí se mueve en una historia que parece ser la tónica general de las últimas películas de X-Men: hay un problema, nos juntamos aunque estemos enfadados y volvemos a empezar... Un bucle del que parece que Bryan Singer no sabe salir. Lo segundo, la pérdida de identidad de varios personajes, cómo son Bestia, Magneto y Mística, que parecen totalmente desganados, un tenemos que estar porque es lo que toca, muy lejos de la convicción por la causa que mostraban en las primeras películas de la saga. Y no podemos olvidar al malo malísimo más que trillado al que parece hay que meter con calzador en las últimas entregas: Striker, interpretado por Josh Helman, que aparece más para rellenar que para otra cosa, y desaparece de la misma manera absurda con la que aparece.

Por supuesto, la película tiene cosas buenas, todas las nuevas incorporaciones refrescan y están muy bien, destacando Tormenta y Jean Grey, y sobre todo esta última, por ver a Sophie Turner en un papel distinto al de Sansa Stark en Juego de tronos y que deja ver lo que puede llegar a hacer. Oscar Isaac, aunque con un maquillaje que parece lo que es, maquillaje, también está muy bien, llegando a imponer y a dar algo de miedo en varias escenas. Pero X-Men no es X-Men sin su icono, Charles Xavier, con un James McAvoy que vuelve a estar soberbio en el papel del mejor telépata del mundo, con permiso de Jean Grey, claro. En conjunto, X-Men. Apocalipsis entretiene, pero dista de ser una de las mejores de la saga. Esperemos que en próximas entregas la historia evolucione y salgamos de esta horquilla temporal, tanto de historias como de personajes (hay aparición sorpresa y ya trillada incluida) para ver una evolución real de los personajes.

viernes, enero 08, 2016

'Joy', entretenimiento sin espíritu

Aunque apuntaba alto, no es Joy la mejor muestra reciente del cine de David O. Russell, y es una pena porque la historia que ha escogido para esta película le daba para hacer algo mucho más mágico, casi con alma de cuento y desde luego con mucho más espíritu del que finalmente ha puesto en la pantalla. Cuando acaban los 125 minutos que dura la película, la sensación que queda es la de haber visto una de esas historias de superación bonitas, entretenidas y correctas, pero en la que hay demasiadas lagunas como para dar el salto de calidad que sí dieron otros filmes del director, como El lado bueno de las cosas o la algo infravalorada por la crítica, que no por los premios, La gran estafa americana. Por momentos parece que sí va a crecer, sí va a asumir ese rol de fábula contemporánea que, en otros tiempos, tan bien se le dio a Frank Capra, pero el globo se desinfla bastante a poco que se piense detenidamente la película.

Joy es la historia de una joven de ese nombre que una vez convertida en madre de familia ve como todas sus aspiraciones de niña se han diluido en una vida llena de fracasos, decepciones y problemas. Divorciada, con dos hijos, con su ex marido viviendo en el sótano de su casa, con sus padres también divorciados y llevándose a la gresca, con un trabajo que no le gusta y con sus ambiciones infantiles de crear cosas hechas añicos por la realidad, hasta que esa misma realidad le obliga a abrir los ojos. Russell vuelca todo su esfuerzo en que la protagonista sea un personaje espléndido, y para ello vuelve a recurrir a su actriz fetiche, Jennifer Lawrence, que abandonando la cómoda apatía que despliega en los blockbusters, sea X-Men o Los juegos del hambre, recupera aquí las sensaciones que hacen de ella una actriz miy interesante. Lawrence ilumina la película y le da un nivel más alto del que en realidad ofrece.

Y es que, a pesar del buen material que hay en esa premisa, resulta difícil quitarse de encima la sensación de que hay muchas oportunidades perdidas en la película. Muchos de los personajes están como podrían no estar, o sus relaciones con Joy no están del todo exploradas. En ocasiones se duda hasta de que sean dos los hijos que tiene; otros como su madre, interpretada por Virginia Madsen, llevan la cinta a terrenos casi caricaturescos que no terminan de encajar con otros elementos del relato; algunos, como la mejor amiga de Joy, a la que pone rostro Dascha Polanco, parecen estar porque la realidad impone su presencia, pero sin que en la historia tenga un encaje natural. Quizá el hecho de basarse en una historia real hace que determinados personajes y giros del filme sean necesarios para que el guión tenga esa semejanza con la realidad, pero lo cierto es que hay demasiados elementos que acaban convertidos en trabas narrativas.

El caso es que por momentos funciona. El carisma que desprende Lawrence es una espléndida guía para poder disfrutar de la película, como también lo es el de Bradley Cooper, incluso el del no demasiado exigido Robert De Niro, pero la historia no termina de despegar nunca, y desemboca en lo que incluso parece un final tan previsible como apresurado. Joy no es la película que podría haber sido, no genera por ejemplo las toneladas de empatía que había en El lado bueno de las cosas, y con la blanda resolución de algunas tramas rebaja bastante sus pretensiones. No es que abrace el tono de cuento que por momentos requiere la historia, y que en realidad Russell rueda francamente bien, y eso rebaje el resultado final, no es eso. Es, simplemente, que no acierta imprimirle a todas esas buenas intenciones la intensidad emocional que necesitaba.

viernes, noviembre 27, 2015

'Los juegos del hambre. Sinsajo, parte 2', un globo pinchado

Los juegos del hambre no ha sido una de las peores series fantásticas juveniles de los últimos años, pero probablemente sí pasará a la historia por ser una de las que peor se despide. La segunda parte de Sinsajo, cuarta entrega de la franquicia y confiemos en que última para siempre, confirma muchos de los temores que se podían tener desde hace tiempo, sobre todo los relacionados con la exagerada extensión de una historia que podría haberse condensado mucho más, incluso en una única película, pero añade algunos defectos inesperados. Si se podía esperar que el capítulo final fuera el más espectacular, Sinsajo, parte 2 queda como un globo pinchado, como una película en la que apenas suceden cosas, que no tiene grandes escenas de acción y que se envuelve en un lujo ficticio, mal explicado y peor ejecutado, sin un un clímax atractivo y con interminables epílogos.

Es evidente que Los juegos del hambre es una serie de películas pensadas para aficionados, bien de los libros o incluso de la misma serie cinematográfica, que apuestan por incluir todo lo que se pueda, aunque resulte tan absurdo como las presentaciones de personajes que apenas tienen importancia narrativa. No hay más que ver cómo empieza este capítulo final, sin explicaciones, sin contexto, sin una alfombra que permita una entrada confortable en este mundo. Francis Lawrence simplemente ha cortado por la mitad una película que se le ha ido casi a las cinco horas de duración. Y eso, desde un punto de vista artístico, es nefasto. Desde el comercial no, por supuesto, porque en realidad se ha multiplicado por cuatro la recaudación de una historia que tendría que haber pasado por la sala de montaje con mucha más decisión. Obviamente, el dinero manda. Y si se pudieran hacer cuatro películas más, se harían. Los fans las consumen. Pero eso no convierte el producto en uno bueno.

Efectivamente, a pesar de su más que previsible éxito comercial, Los juegos del hambre. Sinsajo, parte 2 no es una buena película. Con más claridad que en sus predecesoras, no funcionan los personajes ni las relaciones que se trazan entre ellos, no se motivan sus acciones adecuadamente (más bien al contrario, hay momentos que rozan el absurdo... aunque se atisba alguna explicación que seguramente estará en el blu-ray como escena eliminada), cada secuencia supera lo inverosímil de la anterior y reduce la película en su segunda mitad, cuando se inicia el asalto al Capitolio (cuyos momentos más espectaculares se escamotean como si esta fuera una producción de bajo presupuesto) a un corriente videojuego de plataformas, y salvo escenas muy puntuales no hay demasiada emoción. Hay hasta diálogos que son invitaciones a relacionarlos con el pobre resultado del filme, que ni siquiera supone el punto culminante de la serie, que se quedó atrás en la segunda entrega, En llamas.

Por muy comercial que sea, sigue pareciendo un error esta apuesta por sagas que se alargan con el único objetivo de amasar billetes y pisando el lenguaje cinematográfico. En esta segunda parte de Sinsajo hay tantos diálogos vacíos e incluso repetitivos, tantos personajes que hacen acto de presencia simplemente porque se demanda que lo hagan (los de Woody Harrelson, Elizabeth Banks o la trucada presencia del fallecido Philip Seymour Hoffman), que parece evidente por dónde se podría haber cortado para, al menos, no alargar el capítulo final a dos filmes. Esto, obviamente, es un producto para fans. Más de Los juegos del hambre que de Jennifer Lawrence, una actriz que muestra signos de estancamiento, y ellos seguramente saldrán satisfechos de este final. Por desgracia, esto seguirá multiplicando los productos que quieren seguir sus pasos. Y si una franquicia de esta envergadura ya da la impresión de no poner cada dólar en la pantalla, lo que venga de sus sucedáneos más baratos es como para echarse a temblar.

viernes, noviembre 21, 2014

'Los juegos del hambre. Sinsajo, parte 1', una superficial transición para convencidos

Cada vez es más evidente que Los juegos del hambre es una saga para convencidos. Por eso, los que formen parte de ese grupo no estarán nada de acuerdo con las siguientes líneas. El problema, en realidad, es de base. La primera parte de Sinsajo, como ya sucedió con las dos entregas anteriores de la saga, deja la inevitable sensación de que no está pasando gran cosa, de que todo son preparativos para la historia de verdad. Ese es un mal que desde hace tiempo aqueja al cine, sobre todo a la fantasía de corte más juvenil. Hoy Los Goonies, Dentro del laberinto, Gremlins o cualquier otra película que hizo de los 80 la mejor década para este tipo de fantasía y ciencia ficción serían trilogías ya desde su primer borrador. Antes había una capacidad de síntesis sublime, y por eso aquellas son pequeños clásicos y las de hoy son modas. Sinsajo, parte 1 es una transición, como lo era En llamas, todavía la mejor película de la saga. Y aunque incide en la política y en la propaganda, su análisis es superficial por voluntad propia.

Eso, en todo caso, ya no asombra. ¿Es la primera parte de Sinsajo una mala película? En realidad no, pero tampoco hay nada que indique es una buena película. Francis Lawrence rueda con cierto oficio, sigue con relativa facilidad los acontecimientos que rodean la vida de Katniss Everdeen. Pero roza lo innecesario en demasiados momentos. Es un mal que aqueja buena parte de las sagas modernas, por no decir a todas, pero ya no hay una identidad entre los diferentes episodios de las sagas. Si no has visto lo anterior, estás perdido. Es una continuidad lineal en la que no se buscan nuevos espectadores, sino fans convencidos. Y por eso el episodio final está dividido en dos, porque se sabe que todos pasarán por taquilla, reafirmados en que están viviendo su propia aventura como fans. Totalmente lícito, pero cinematográficamente más pobre que lo que solía hacerse hace no tantos años, cuando se hacían adaptaciones de las novelas y no fotocopias en las que todos los personajes tengan que salir y ser presentados, aunque narrativamente la película no lo necesite.

Francis Lawrence, que consigue en esta ocasión unas actuaciones más contenidas y adecuadas de casi todo su reparto (se nota en este sentido que se ha perdido el exceso visual de las anteriores entregas en beneficio de una estética de guerra que es más interesante, y actores como Woody Harrelson, Elizabeth Banks o Stanley Tucci lo agradecen), apuesta por un tono más dialogado, más político, más analítico, en el que Katniss sea un personaje más maleable desde el punto de vista de todas las facciones en disputa. Pero no profundiza, o al menos no tanto como debiera. Se habla del poder de la propaganda, pero en realidad la película no pasa de arañar la superficie. Lo intenta durante muchos minutos, hasta el punto de que apenas hay secuencias de acción y estas tienen la presentación de una película de serie B, cosa que Los juegos del hambre no es. No hay combates ni grandes explosiones, sino que hay escaramuzas y escombros. ¿Una guerra? Apenas se ve. Y la película pide a gritos siquiera uno o dos planos espectaculares que nunca llegan.

La primera parte de Sinsajo es así una transición más, lo que recuerda al efecto que generaba la saga de Harry Potter, eternamente esperando el enfrentamiento del niño mago y Voldemort, hasta que llegó nada menos que en la octava película. En Los juegos del hambre no habrá que esperar tanto, afortunadamente, pero sorprende que pasen tan pocas cosas de carácter trascendente en este su tercer episodio. Las escenas vitales se pueden contar con los dedos de una mano. A la hora de película da la impresión de que la historia por fin despega, pero no es más que un espejismo. Pasan las dos horas y se podría decir que estamos en el mismo punto que al principio, si no fuera por el necesario final abierto (cosa que ya estaba en En llamas sin necesidad de dividir un episodio en dos), derivado de la mejor escena de la película, la única que, incluso anunciada con poca sutileza, sorprende y se sale del camino más previsible. Y, como suele suceder, lo más normal es que la última película sea la mejor. ¿Pero hacía falta todo esto para llegar ahí?

viernes, octubre 31, 2014

'Serena', sin un propósito claro

Últimamente, el cine norteamericano tiene una tendencia a basar el reclamo de sus películas en el cartel, en sus actores protagonistas. Y eso suele funcionar. Que Serena esté protagonizada por Jennifer Lawrence y Bradley Cooper (más por él que por ella, aunque la película coja el nombre del personaje femenino para su título) es ya reclamo suficiente para que llame la atención. La cinta de Susanne Bier, en todo caso, termina fallando porque no tiene un propósito claro. Es una historia de desamor más que de amor, pero tarda demasiado en aproximarse a la película que realmente quiere ser como para convencer con facilidad. Cuesta entrar en los personajes porque a veces el escenario es más importante y eso, por paradójico que parezca, pierde toda la relevancia según van pasando los minutos. La película no deja de transformarse y no tanto como una evolución sino con saltos que a veces no son demasiado fáciles de seguir. Cuesta saber qué mensaje desprende la película. Y, por eso, cuesta admirarla en conjunto.

Porque por partes sí hay muchos elementos atractivos, y se puede empezar por el reparto. Lawrence y Cooper tienen química y talento. La química no sólo se ve en esta película, también en las otras dos que han compartido (El lado bueno de las cosas y La gran estafa americana), aunque esta sea seguramente la más floja de las tres películas que han protagonizado, en general y por su trabajo. Se puede seguir por el magnífico escenario en el que transcurre Serena, unos parajes montañosos norteamericanos retratados con enorme belleza, aunque quizá se quede en una mera postal y no termine de ser tan decisivo en la historia como seguramente hubiera sido deseable. Y, aunque sea lo que menos tiempo ocupa en la película, sus coqueteos con el thriller psicológico en el tramo final dejan lo mejor de la dirección de Bier, aunque en realidad no terminen de encontrar acomodo en el relato que se ha estado viendo antes.

Ese es el principal problema de Serena, que es una película poco definida. Salta entre géneros e incluso entre pretensiones, y está lejos de concentrarse en alguna de ellas. No es que abarque demasiado, aunque puede que eso algo tenga que ver con el resultado final, sino que no parece tener muy claro qué es lo que quiere transmitir. Probablemente, la película habría crecido bastante de haber tenido claro que su tema principal era el desamor, que es lo que parece centrar los esfuerzos de guión y dirección sin que en realidad se logre un resultado sobresaliente en esa tarea. Pero mientras llega esa parte del relato, lo que se ve es una larguísima introducción para explicar las características del escenario escogido (una empresa maderera que trabaja en un bosque virgen norteamericano cuando acontece la gran depresión del primer tercio del siglo XX) e incluso la historia de amor que después, de alguna manera, pretende desandar

Al final queda la sensación de que lo mejor de Serena está lejos de lo que aporta Bier. La ambientación es formidable, y ahí el trabajo depende en buena medida de los departamentos de dirección artística y vestuario, y aunque se agradece el buen trabajo de Lawrence y Cooper está muy presente el hecho de que David O. Russell supo sacar mucho más de ellos en sus dos películas anteriores. Por eso, y retomando el argumento de que lo mejor de Serena (o al menos lo que rompe la rutina) está en sus tooques de thriller, es obligado destacar la inquietante interpretación de Rhys Ifans. Serena se queda así en una especie de tierra de nadie, en la que no termina de ser ni un drama rural, ni una tragedia histórica ni ese thriller psicológico que brevemente se apunta. Hay en todas esas partes elementos destacables pero el conjunto no alcanza para ser la gran película que seguramente aspiraba a ser.

viernes, junio 06, 2014

'X-Men. Días del futuro pasado', excelencia mutante

Aún a riesgo de que confirmar las altas expectativas que ya había puestas en X-Men. Días del futuro pasado implique después una ligera decepción en algún aficionado, procede arrancar estas líneas con una firme aseveración: la película es espléndida. Bryan Singer no podía regresar de una mejor manera a la franquicia que él inició y que, también es importante recordarlo, dio inicio con su primera película al reinado de madurez de las adaptaciones de cómic en el cine contemporáneo (aunque se suele dar ese papel equivocadamente al Spider-Man de Sam Raimi). ¿El secreto? Cuidar con mimo tanto la parte visual como la que atañe al relato, al escenario y a los personajes, haber encontrado una forma adecuada de trasladar a la gran pantalla una de las historias más emblemáticas del cómic (con muchísimos cambios) y hacerlo dando valor a toda la franquicia cinematográfica de los mutantes de Marvel, tanto al inmediato precedente de Primera Generación como a la trilogía anterior (sí, la trilogía, incluyendo la denostada tercer parte).

Singer, con más acierto que Matthew Vaughan en Primera Generación, sabe encontrar el papel perfecto para casi todos los personajes que aparecen en pantalla en los dos escenarios temporales que abarca, como muestran el Hombre de Hielo, Tormenta o Kitty Pride en el futuro y Mercurio (espléndida la forma en la que Singer muestra su poder) en el presente. Quizá lo más decepcionante sea el Bishop de Omar Sy. Y se podría decir que el enorme carisma de los personajes principales hace el resto, pero la película no se detiene ahí. El guión es meticuloso. Es, por un lado, una espléndida adaptación (subráyese lo de adaptación) de la historia del mismo título que se publicó en los años 70. Es, al mismo tiempo, una historia original en muchos aspectos, que enriquece lo visto en las películas previas y el propio referente de viñetas con estilo, dándole una épica mayor a todo. Y además, teniendo en cuenta todo lo anterior, es un filme que encaja perfectamente en el fascinante contexto histórico que había planteado Primera generación, reconstruyendo la historia norteamericana de la segunda mitad del siglo XX como sólo la ficción popular puede hacerlo.

Conviene haber visto al menos esa Primera generación para entender mejor algunos de los detalles explicados en la película, pero todo fluye con tanta naturalidad no es imprescindible, síntoma de lo bien construida que está la película. La parte más fantástica y de ciencia ficción del relato, entretenidísima, es nueva y cerrada, pero el triángulo que se forma entre Xavier (James McAvoy en el presente, Patrick Stewart en el futuro), Magneto (un siempre fascinante Michael Fassbender e Ian McKellen respectivamente) y Mística (Jennifer Lawerence, más convincente que en la primera película) es heredado y es bueno saber qué sucedió en la anterior película. ¿Imprescindible? Se traza tan bien su relación que no hace falta. Y el mencionado trabajo del reparto, en el que es imposible no destacar al Lobezno de Hugh Jaman, completa la tarea con facilidad. Singer lleva la película al terreno de los personajes (impresionante la discusión en el avión) y del trasfondo político y social, esencia imperecedera de los X-Men en el cómic, sabiendo que todo ha de concluir en un gran clímax final, construido con mucho acierto y con espléndidos efectos visuales.

Ese final termina de confirmar que estamos ante una película modélica en muchos aspectos, que espanta cualquier fantasma de agotamiento por el hecho de ser la quinta de una serie que recibió nueva vida en la anterior y que ahora, fusionando ambos universos abre incontables posibilidades. Singer abrió la saga con inteligencia y ahora ha sabido añadirle épica. Quizá con menos emoción de la que sí conseguía el clímax de Primera generación, pero con un gran sentido del cine espectáculo. X-Men. Días del futuro pasado evidencia además dos verdades del cine moderno. La primera es que se publican como si fueran noticias demasiadas tonterías, rumores que nadie contrasta pero que Internet expande de forma imparable, y que una vez vista la película se demuestran absolutamente falsos. Y la segunda, que una escena postcréditos tiene que hacerse como la hace Singer aquí,. No hay mejor forma de coronar un espléndido filme de superhéroes... y de mucho más que de superhéroes. Altamente recomendable para fans y como puerta de entrada a una forma de entender el cine como espectáculo.

viernes, enero 31, 2014

'La gran estafa americana', embaucadores maravillosos, actuaciones memorables

De una forma inconsciente y quizá limitando su alcance a la promoción de la temporada de premios, La gran estafa americana remite a El lobo de Wall Street. Pero es una referencia equivocada. No tienen nada que ver, aunque el subconsciente empuja a compararlas. Quizá porque son las dos grandes películas de los Oscars que se entregarán en unas semanas que se centran en granujas, en ambientes delictivos de cierto guante blanco. Pero no, olvidemos esa comparación porque no procede y asimilemos la última película de David O. Russell como la sobresaliente obra que es. Lo que ofrece La gran estafa americana es una historia de embaucadores maravillosos que poco a poco se confirma como una película sensacional en casi todos los campos en los que puede sobresalir el cine. En uno de ellos alcanza lo memorable: la interpretación. Russell es un espectacular director de actores que aquí ha conseguido ensamblar un reparto descomunal. Se les podría ir dando uno a uno la estatuilla y nadie podría rechistar. Si fuera lo único sensacional de la película, ya sería un título enorme, pero es que hay más. Mucho más.

Lo verdaderamente atractivo de La gran estafa americana es la extraordinaria definición que hay en sus personajes y en la forma en que la película nos va contando cómo es cada uno de ellos. Eso tiene culpables delante y detrás de la cámara. En el primero de esos terrenos, la película explica la imposibilidad de medir con tablar humanas el talento que derrochan Christan Bale, Amy Adams, Bradley Cooper, Jennifer Lawrence y Jeremy Renner, encabezando un reparto sensacional (del que también cabría destacar un mínimo papel de un grande del que es mejor no desvelar su nombre; consideraos afortunados los que veáis la película sin saber de quién se trata). Por tiempo en pantalla, es inevitable asombrarse un poco más con Bale, al que el adjetivo camaleónico se le queda corto y que adquiere maneras cercanas a las de Robert DeNiro en su impresionante trabajo, y Adams, cuyo nivel de registros es tan inmenso que el espectador deja de ser consciente de la herramienta que está usando para transmitir, su es cuerpo, su boca, sus ojos, su voz o todo a la vez.

Pero esa maestría cuenta además con el apoyo de David O. Russell, cuya brillantez con el reparto es una marca que estalló a lo grande en El lado bueno de las cosas. No sólo brinda su apoyo como el extraordinario director de actores que es, sino con su aportación a que la película sea valiente y atrevida, a que cada escena esté pensada y meditada para hacer crecer a uno o más personajes al mismo tiempo, para que no sobre ni uno solo de sus espléndidos 138 minutos y no cesen los momentos memorables por distintos motivos. Tiene un montaje magnífico, que juega a su gusto con el tiempo y con la narración en off, que se mueve con la misma brillantez en la comedia y en el drama, en el thriller e incluso en la parodia (a eso ayuda que la película esté ambientada en 1978, con lo que eso supone en el vestuario y en los peinados, no sólo como elementos visuales sino como parte de esa mencionada construcción de los personajes) y que emplea la música con un gusto exquisito. Es verdaderamente complicado encontrarle un pero a la película, que también destaca en su mordaz guión, quizá un pelín complaciente en su tramo final, forzando la crítica y por encontrarlo algo que no sobresalga.

Y es que La gran estafa americana es una delicia que merece ser vista una y otra vez, que con su moderna forma de hacer cine vuelve al mismo tiempo a lo más básico, a los personajes, a su construcción y a su desarrollo, a los diálogos y a la transmisión de emociones más primaria y conseguida. No es sólo la historia de un timador, interpretado por Bale, que encuentra a la pareja perfecta para llevar a cabo sus planes, el personaje de Amy Adams, y se ven envueltos en una empresa mayor de lo que pueden digerir. Es, por encima de todo, un memorable estudio de personajes contado en un entorno que no hace más que engrandecer su historia, que no habría sido tan divertida ambientada en otro momento, que no habría sido tan memorable con otro reparto y que, probablemente, en manos de algún otro director, habría sido un quiero y no puedo aspirante a película del año. Y así, de la forma en que ha acabado siendo es, indudablemente, uno de los más serios contendientes para lograr ese título. Es, a todos los niveles, una absoluta gozada.

viernes, noviembre 22, 2013

'Los juegos del hambre. En llamas', mejorando la saga

El reto de una secuela ha de ser la mejora del original. Los juegos del hambre. En llamas sin duda mejora el resultado de la película que dio inicio a la saga. Esa es la primera consideración a la que obliga el filme, reconociendo que avanza en prácticamente todos los sentidos y mejora algunos de los problemas que hicieron que Los juegos del hambre fuera una película en general decepcionante. Y dentro de esa mejora, funciona bastante mejor una primera hora que sí ofrece las sensaciones adecuadas en torno al mundo que muestra, las que no terminaba de mostrar la primera película, que los elementos de acción de la segunda parte. Funciona mejor la intriga política y las confrontaciones personales que hay en ese primer acto, y los dilemas morales de Katniss (Jennifer Lawrence), que la lucha por la supervivencia planteada en esta entrega. Entretiene mucho más que la primera, a pesar de que su duración, cercana a las dos horas y media, es tan exagerada para lo que plantea como ya le sucedió a la primera parte.

Si hay algo que no cuajó en Los juegos del hambre fue la credibilidad y la trascendencia del mundo que creaba. El arranque de En llamas viene a suplir todo lo que faltaba en aquella. Aunque en realidad sea un problema que sentar las bases de un universo tenga que llegar en la segunda película de una franquicia, lo cierto es que ahí está lo mejor de las dos películas. En las conversaciones que mantienen Katniss y el presidente Snow (Donald Sutherland), éste con Plutarch Heavensbee (Philip Seymour Hoffman), el nuevo alto mando a cargo del funcionamiento de los juegos, y éste con la propia Katniss. Es ahí donde se esconden las mejores claves de la película, en sus palabras, en sus gestos y en sus comportamientos a partir de esos diálogos. Y eso es porque estas escenas sí fundamentan el mundo de Los juegos del hambre, el presente, el pasado y el que está por venir en las próximas películas basadas en los libros de Suzanne Collins.

Hay un pequeño bajón de intensidad precisamente donde este tipo de cine suele crecer, y es cuando arrancan los juegos de esta entrega. La acción, pese al habitual esfuerzo para hacerla más impactante y espectacular, no deja de ser un más de lo mismo. Entretenido, sin duda, pero ya visto. Antes, en cambio, se ha planteado un entorno político más que atractivo. Katniss descubre los problemas y los dilemas de su nueva posición, avanza como personaje atormentado y complejo, no sólo como una bidimensional heroína de película, que es lo que llegaba a parecer en la primera entrega. Incluso, y a pesar de que ahí están los mayores tópicos del filme, interesa el triángulo amoroso que forma ella con su compañero tributo del distrito 12, Peeta (Josh Hutcherson), y Gale (Liam Hemsworth), pero no tanto por el lado más sentimental sino por la motivación que eso supone para Katniss. Incluso están mucho mejor aprovechados los personajes secundarios, con unos Woody Harrelson y Stanley Tucci mucho más contenidos y una Elizabeth Banks más importante en la trama y no sólo en la imagen.

Con En llamas, Los juegos del hambre da el necesario paso adelante, aunque la saga mantiene algunos de los defectos que aquejan a todo el cine contemporáneo que se corta por patrones similares en casi todos los terrenos, incluyendo la exagerada duración el más que previsible giro final, que se apunta durante todo el filme sin reparo alguno. Vista la segunda entrega, da la sensación de que lo mejor es lo que está por venir y, en realidad y con cierta crueldad (seguro que así lo juzgarán los aficionados a las novelas), se puede decir que lo que hemos visto hasta ahora se podría haber liquidado en una introducción de la tercera película, que es la que en realidad promete ser la valiente historia de fantasía y aventura con trasfondo social que se intuye en la sinopsis de Los juegos del hambre. Con todo, y abstrayéndose de sus flaquezas, un digno entretenimiento que supera a su predecesora.

viernes, enero 25, 2013

'El lado bueno de las cosas', deliciosa y divertidísima

Empezaremos con una confesión y así quedará claro el terreno que pisamos. Hacía muchos años, y cuando digo muchos son muchos, que no me reía tanto en una sala de cine. Ese efecto lo ha provocado El lado bueno de las cosas. Después de esa primera impresión, tengo que decir que cada vez me apasionan más películas como esta. ¿Y cómo es esta película? Preciosa. Divertida. Humana. Real. No he dejado de pensar en las semejanzas, salvando las distancias, con Mejor... imposible, aquella igualmente deliciosa comedia de James L. Brooks protagonizada por Jack Nicholson, Helen Hunt y Greg Kinnear. Y el efecto es el mismo. Es una deliciosa comedia que lidia con aspectos que difícilmente podrían servir de base a un filme de este género, que trata con enfermedades mentales, problemas de conducta social, envidias, mal de amores y matrimonios rotos. Gracias a eso, es cínica, hiriente e incisiva. Pero es también divertida, emotiva, dulce y maravillosa. Qué gozada de película.

Pat Solitano junior (Bradley Cooper) es bipolar. Después de un incidente traumático con su esposa (que se detalla pocos minutos después de iniciarse la película), es internado durante ocho meses en un psiquiátrico para tratar de curar esa afección. Tiffany Maxwell (Jennifer Lawrence), hermana de una amiga de la esposa de Pat, acaba de afrontar la muerte de su marido. Ambos tienen problemas psicológicos. Ambos encuentran en el otro una forma de ser mejores. Y ambos están interpretados con una sublime precisión por dos actores en estado de gracia que tienen una química fascinante. Aportan tantos matices y se meten tan de lleno en todas las facetas de sus papeles que parece imposible no sentir, padecer y soñar con ellos. Hay docenas de momentos en que se ve esa hermosa fusión, esa química indescriptible, pero parece difícil no quedarse con esa mirada inocente de la foto después de una escena maravillosa. Y tanto da que el final pueda ser más o menos previsible, es la historia lo que cuenta. Siempre es la historia. Por esta película es tan buena.

David O. Russell, que no me había enamorado con sus dotes para la comedia (Tres reyes) y sí aunque no de forma tan contundente como se apuntó mayoritariamente en su momento con su forma de abordar las miserias humanas (The Fighter), escribe y dirige una maravilla. Y si El lado bueno de las cosas casi se dirige sola gracias a sus actores (o, precisamente, gracias a una formidable dirección de actores, que es lo que Russell evidenció en su anterior filme con un Christan Bale soberbio y magnígicamente acompañado), es obligatorio alabarle por su trabajo aquí como guionista. Diálogos frescos, contundentes y divertidos pueblan la película. Y no solo entre un Cooper que se está revelando como un actor mucho más versátil de lo que cabía suponer y una Lawrence que confirma que es una actriz a tener muy, muy en cuenta mientras algunos se limitan a hablar de ella como mujer deseada. Robert De Niro, entrando ya en el campo de secundarios de cierta edad, borda su papel junto a Jacki Weaver como los padres de Pat. Y lo mismo Chris Tucker, quién lo iba a decir. La solidez en el reparto es proporcional a lo que va creciendo el guión por momentos.

La película convence porque no hay nada en ella que chirríe a pesar de tocar muchísimos palos. Es obviamente, el retrato de dos personas enfermas (delirante su primer diálogo sobre las medicinas que han tomado). Pero es también el de una familia en apuros (sí, Robert De Niro puede llorar). O el de una afición como el baile (¿sabéis ese tradicional montaje musical de diferentes instantes que suele ser tan cansino en otras películas? Aquí funciona de maravilla). O el de una pasión como el fútbol americano (hay quien ha querido ver polémica en este aspecto por el tema de las apuestas; absurda, por supuesto). Todo parece tener cabida y cada escena encaja de una forma maravillosa, como pedazos de una historia realista, creíble y preciosa. Y divertida, muy divertida, porque, como la vida misma, en la que una risa compensa cientos de momentos de amargura, El lado bueno de las cosas fluye con una sencillez tan contundente que casi parece fácil hacer una película tan completa.

Bradley Cooper y Jennifer Lawrence forman una pareja formidable, de esas que perduran para siempre en la memoria del espectador. Pero El lado bueno de las cosas es más que eso, y escena a escena se va convirtiendo en una de esas películas que esbozan una permanente sonrisa en la cara del espectador. En las escenas en las que Pat y Tiffany salen a correr por la calle, en todas las apariciones de Chris Tucker, en la memorable reunión tras el gran y decisivo partido de fútbol americano (uno de los diálogos más divertidos que recuerdo... y el duelo interpretativo brutal entre De Niro y Lawrence), en los arranques bipolares de Pat (por ejemplo, y aunque el trailer ya haya destrozado esa escena, ojo a su reacción al leer el final de Adiós a las armas de Ernest Hemingway). Y una pequeña reflexión final. Cuando parece que solo las películas que quieren ser rompedoras, diferentes, violentas, visualmente innovadoras, épicas o dramáticas están llamadas a ocupar un hueco en el panteón del cine contemporáneo, es refrescante descubrir que una historia de las de siempre como esta alcanza los mismos o más méritos que aquellas. Chapeau.

viernes, mayo 04, 2012

'Los juegos del hambre', flojísimo, fallido y nada valiente entretenimiento juvenil

A día de hoy, coloco con cierto pesar Los juegos del hambre como la película más decepcionante del año. Digo con cierto pesar porque tenía razonables expectativas en encontrar un filme entretenido. La legión de fans que tienen tanto la novela como probablemente la película seguro que no están de acuerdo conmigo en mi valoración final, pero, sin haber leído el original literario de Suzanne Collins, no he sido capaz de encontrar prácticamente nada salvable en una película muy floja en todos sus planteamientos, fallida a la hora de hacer creer lo que está contando y nada valiente, por no decir directamente cobarde, en su conclusión. Eso último, imagino, no es culpa del filme, claro, pero no deja de disminuir el ya de por sí flojísmo impacto que provoca la película. Habrá quien contraponga a estos argumentos que es un entretenimiento juvenil y que no hay que pedirle más. Pero es que se tiende a usar esa calificación como una disculpa. Hay docenas de entretenimientos juveniles que son mucho más sólidos, coherentes y notables que éste.

No es fácil escoger qué aspecto es más decepcionante en la película porque son muchos los que no llegan a un mínimo exigible. Quizá lo más indicado sea empezar por el mismo planteamiento de la película. Por poco original que sea, y referentes tienes a patadas, es interesante y abre muchas posibilidades narrativas y visuales. Tras una guerra, el Capitolio, una especie de gobierno absolutista a lo 1984, se impone sobre los doce distritos que quedan tras el conflicto. Para recordar esos días oscuros, cada año se organizan los juegos del hambre, en los que doce chicos y otras tantas chicas de entre doce y dieciocho años (todos menos una, aparte de ser sanos, atléticos, guapos y perfectos, ya es casualidad, parecen en realidad de dieciocho o más), eligidos por sorteo en cada distrito, se miden en un combate a muerte a lo El malvado Zaroff, convertido en un espectáculo televisado a lo Perseguido con ciertos toques de El show de Truman. Gary Ross, cuyas dos anteriores películas (Pleasantville y Seabiscuit) eran mucho más entretenidas y valientes que Los juegos del hambre, no consigue en ningún momento transmitir lo mal que se vive en esos doce distritos, no explota las vertientes sociales de la historia y se limita a convertir la supuesta opulencia del Capitolio en un colorista y extravagante desfile de moda.

Pensar que la Katniss que interpreta Jennifer Lawrence es una chiquilla de 16 años que lucha por su supervivencia día tras día exige un ejercicio de ingenuidad enorme. No es culpa suya, pero yo veo a una muchacha saludable, no a alguien que sufre por sobrevivir, ni siquiera herida, sola y en pleno bosque. Como también parece inverosímil encontrar la crudeza de lo que tendría que ser un crudo y violento retrato sobre la naturaleza humana. Falla la película (no sé si también la novela) a la hora de crear las condiciones que hagan creíble esos juegos. No hay trasfondo para ninguno de los personajes ni, por supuesto, para el que se supone que ejerce de villano de la función. No importa lo más mínimo, porque no se genera la suficiente empatía, quién va muriendo y quién va sobreviviendo, además de que la película se entrega a las elipsis con una comodidad insuficiente. Y, para colmo, Gary Ross se equivoca por completo a la hora de filmar las escasas escenas de acción que tiene la película, en las que no deja de mover la cámara hasta hacer imposible saber lo que está sucediendo. Es más sencillo esperar a que acabe la pelea en cuestión y saber quién queda en pie.

Lo cierto es que la película tiene un problema narrativo enorme. Para la historia que quiere contar le falta muchísima información, sobre los personajes, sobre los antecedentes, sobre los mismos juegos (cuyas normas van cambiando sobre la marcha y exigiendo al espectador que lo asuma como normal). Pero, al mismo tiempo, tiene una excesiva duración de 142 minutos que no se justifica en absoluto por lo que aparece en pantalla. Seguramente se deba al mismo afán que tienen todas estas franquicias cinematográficas basadas en novelas juveniles de éxito de querer meterlo todo en la pantalla, aunque el lenguaje del cine diga que no es lo indicado. Hay cuantiosas escenas que uno no sabe muy bien para qué están en la película, si no es más que para ir haciendo desfilar a un elenco de secundarios notable en cuanto a nombres y pasable en cuanto a trabajo interpretativo (un sobreactuado Stanley Tucci, un sereno Donald Sutherland, un sorprendentemente comedido Woody Harrelson, una Elizabeth Banks devorada por el maquillaje, un figurante Toby Jones...). Las actuaciones, también de los más jóvenes que tienen cierto papel (sobre todo Josh Hutcherson), son de hecho de lo más convincente de la película, pero nada del otro mundo.

Y junto al problema narrativo, hay un evidente problema de valentía. Una historia así, incluso hecha desde un enfoque juvenil, requería algo más. Puede que ya desde la novela, pero sobre todo en la película. Juvenil se identifica ahora con poco inteligente y no acabo de entender por qué. Con un par de hilillos de sangre y un par de heridas (que, por supuesto, se curan con facilidad), se pretende justificar un juego en el que tienen que morir todos los integrantes menos uno, lo que no deja de ser curioso. El escaso riesgo se ve, además, en los medios empleados en la película, muy escasos, sabedores los productores de que están ante un caballo ganador antes incluso del estreno. Los juegos del hambre es un producto fallido, cómodo y de escasa calidad. De no proceder de una franquicia literaria de éxito entre los más jóvenes, lo más normal es que esta película no hubiera contado con actores conocidos ni tampoco hubiera generado la expectación o el éxito que ya está teniendo. Supongo que el libro ha generado entre sus aficionados el deseo de ver la película, pero a mí la película no me motiva para embarcarme en el original en papel. Es una inmensa decepción.

Aquí las fotos de Jennifer Lawrence cuando acudió a presentar la película en Madrid.