Mostrando entradas con la etiqueta De Niro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta De Niro. Mostrar todas las entradas

viernes, enero 08, 2016

'Joy', entretenimiento sin espíritu

Aunque apuntaba alto, no es Joy la mejor muestra reciente del cine de David O. Russell, y es una pena porque la historia que ha escogido para esta película le daba para hacer algo mucho más mágico, casi con alma de cuento y desde luego con mucho más espíritu del que finalmente ha puesto en la pantalla. Cuando acaban los 125 minutos que dura la película, la sensación que queda es la de haber visto una de esas historias de superación bonitas, entretenidas y correctas, pero en la que hay demasiadas lagunas como para dar el salto de calidad que sí dieron otros filmes del director, como El lado bueno de las cosas o la algo infravalorada por la crítica, que no por los premios, La gran estafa americana. Por momentos parece que sí va a crecer, sí va a asumir ese rol de fábula contemporánea que, en otros tiempos, tan bien se le dio a Frank Capra, pero el globo se desinfla bastante a poco que se piense detenidamente la película.

Joy es la historia de una joven de ese nombre que una vez convertida en madre de familia ve como todas sus aspiraciones de niña se han diluido en una vida llena de fracasos, decepciones y problemas. Divorciada, con dos hijos, con su ex marido viviendo en el sótano de su casa, con sus padres también divorciados y llevándose a la gresca, con un trabajo que no le gusta y con sus ambiciones infantiles de crear cosas hechas añicos por la realidad, hasta que esa misma realidad le obliga a abrir los ojos. Russell vuelca todo su esfuerzo en que la protagonista sea un personaje espléndido, y para ello vuelve a recurrir a su actriz fetiche, Jennifer Lawrence, que abandonando la cómoda apatía que despliega en los blockbusters, sea X-Men o Los juegos del hambre, recupera aquí las sensaciones que hacen de ella una actriz miy interesante. Lawrence ilumina la película y le da un nivel más alto del que en realidad ofrece.

Y es que, a pesar del buen material que hay en esa premisa, resulta difícil quitarse de encima la sensación de que hay muchas oportunidades perdidas en la película. Muchos de los personajes están como podrían no estar, o sus relaciones con Joy no están del todo exploradas. En ocasiones se duda hasta de que sean dos los hijos que tiene; otros como su madre, interpretada por Virginia Madsen, llevan la cinta a terrenos casi caricaturescos que no terminan de encajar con otros elementos del relato; algunos, como la mejor amiga de Joy, a la que pone rostro Dascha Polanco, parecen estar porque la realidad impone su presencia, pero sin que en la historia tenga un encaje natural. Quizá el hecho de basarse en una historia real hace que determinados personajes y giros del filme sean necesarios para que el guión tenga esa semejanza con la realidad, pero lo cierto es que hay demasiados elementos que acaban convertidos en trabas narrativas.

El caso es que por momentos funciona. El carisma que desprende Lawrence es una espléndida guía para poder disfrutar de la película, como también lo es el de Bradley Cooper, incluso el del no demasiado exigido Robert De Niro, pero la historia no termina de despegar nunca, y desemboca en lo que incluso parece un final tan previsible como apresurado. Joy no es la película que podría haber sido, no genera por ejemplo las toneladas de empatía que había en El lado bueno de las cosas, y con la blanda resolución de algunas tramas rebaja bastante sus pretensiones. No es que abrace el tono de cuento que por momentos requiere la historia, y que en realidad Russell rueda francamente bien, y eso rebaje el resultado final, no es eso. Es, simplemente, que no acierta imprimirle a todas esas buenas intenciones la intensidad emocional que necesitaba.

jueves, enero 16, 2014

'La gran revancha', indescriptiblemente lejos de un 'Rocky' vs 'Toro salvaje'

El cine sobre boxeo es casi un subgénero en sí mismo, y rara vez falla. Rara vez, sí. Pero aquí lo hace. Y a lo grande. La gran revancha tiene un objetivo clarísimo, y es apelar a la memoria del espectador. La protagonizan Sylvester Stallone y Robert de Niro, dos de los actores que más han triunfado dando vida a boxeadores, con Rocky y Toro salvaje respectivamente. Aquí son dos púgiles que retoman un enfrentamiento que quedó treinta años atrás porque uno de ellos decidió retirarse del deporte antes de que tuviera lugar un tercer combate que aclarara quién era el mejor de los dos. Tanto da que los actores firmaran para hacer la película con un guión ya escrito o que se escribiera para que ellos pudieran tomar parte en este revival pero esto no es un Rocky vs Toro salvaje. Se queda indescriptiblemente lejos de lo que conseguían aquellas películas por separado y se queda en una comedieta con la que en ocasiones se puede uno reír pero que, en conjunto, es un paso más en la deriva de sus dos protagonistas, especialmente sangrante en la de un De Niro que, salvo alguna esporádica genialidad, ya no tiene medida.

Lo que está claro es que la película está montada en torno a la nostalgia y a las imágenes de aquellas dos películas que pueda evocar la memoria del espectador, y eso hace que el resultado duela más, aún sabiendo que los objetivos de ésta nada tenían que ver con los de sus referentes. La gran revancha sólo es aceptable como parodia, y en ese terreno sí tiene algunos momentos divertidos. Pero cuando quiere convertirse en una reflexión sobre el paso del tiempo o la madurez hace aguas por todas partes. No es que sea una sorpresa teniendo en cuenta que su director es Peter Segal, autor entre otras de Ejecutivo agresivo, Superagente 86, El clan de los rompehuesos o El profesor chiflado II. Pero siempre es descorazonador ver sobre todo a De Niro de esta guisa. Ni siquiera le ha importado ponerse en forma para el filme porque, en realidad, no hacía falta, y eso hace aún más delirante el clímax. Durante toda la película hay un evidente esfuerzo de ocultar sus cuerpos y no sería de extrañar que los retoques visuales que hay en su arranque, para ilustrar las peleas de hace treinta años, también se hayan usado en el final.

Entre una y otra escena, La gran revancha colecciona tópicos y clichés de todos los colores que hacen que todo lo que sucede, incluso el final, sea absolutamente predecible. La idea de agarrarse al carisma de los actores podría haber funcionado hace tiempo, antes de que Stallone se volcara en la nostalgia como única forma de hacer cine (y que ya le ha hecho naufragar con Los mercenarios o Plan de escape, aunque no en taquilla) y de que De Niro acumulara tantas y tantas experiencias negativas que han ido ensombreciendo sin remedio la carrera de uno de los más grandes actores del último cuarto del siglo XX. A ellos se une un Alan Arkin al que ya parece darle todo igual (lo llega a decir hasta su personaje sobre el ring en la última escena, y casi parece que quien habla es el actor), una Kim Basinger bellísima a sus 60 años (podrían tomar nota quienes jubilan maniquíes a los 40), un Jon Bernthal que acumula más tópicos en la cinta y las gracias no siempre divertidas de Kevin Hart.

La nostalgia actúa como un arma de doble filo. Por un lado, es lo que hace que La gran revancha se vea como una película deficiente y fallida, tópica y larguísima (113 minutos) para lo que ofrece, porque en nada se aproxima a las dos películas que descaradamente quiere referenciar, la obra maestra que es Toro salvaje y el notable e icónico drama pugilístico que es Rocky. Pero también es lo que, en el fondo, impide a quien adore esas dos películas masacrar esta especie de revival en forma de comedia. De su parte dramática casi es mejor ni hablar, porque sencillamente no funciona. Eso sí, las dos escenas que hay en los créditos (sí, dos, aunque afortunadamente no hay que esperar demasiado para verlas) son la mejor descripción de la película. La primera evidencia el punto en el que se encuentra la carrera de De Niro. La segunda, sin que ni él ni Stallone estén presentes, es lo más divertido, con dos cameos delirantes y que, probablemente, habrían servido de base a una película mucho más divertida que La gran revancha.

lunes, noviembre 18, 2013

'Malavita', el descontrol habitual de Luc Besson

A Luc Besson las películas se le suelen descontrolar con mucha facilidad. Eso, en el género de acción, puede resultar atractivo e incluso agradecido en el resultado final, como sucedía en la espléndida León. El profesional o, según una opinión con la que no comulgo, El quinto elemento.. Pero en una película como Malavita, su último trabajo, eso sirve para diferenciar muy claramente los momentos divertidos de los que no lo son, las escenas bien escritas del batiburrillo más o menos forzado. Al final, la impresión que queda es que los toques de comedia negra y de autohomenaje (o autoparodia, según se mire) más agradecidos se deben mucho más a los actores que al guión coescrito por Besson o a su trabajo de dirección, a los tres pesos pesados de la película, Robert De Niro, Michelle Pfeiffer (sobre todo de ella, una actriz que tendría que haber hecho mucha más comedia en su carrera) y Tommy Lee Jones, pero también de los dos jóvenes secundarios, Dianna Agron y John D'Leo. Ellos hacen amenos los excesivos 111 minutos de la película.

Porque en Malavita es evidente que lo que llama la atención es el cartel: De Niro, Pfeiffer y Jones. La primera es, de largo, lo mejor de la película, especialmente en la primera mitad, donde se adueña de la pantalla con tal fuerza que las escenas en las que no aparece se olvidan con facilidad. De Niro, sin ser el gran De Niro de antaño o el recuperado en El lado bueno de las cosas, protagoniza el momentazo de la película, uno que no procede desvelar pero que es absolutamente delirante y gozoso para cualquier amante del cine y de la carrera del actor. Y Jones, que también se sale en esa misma escena, se lo pasa realmente bien en su breve papel. ¿Pero qué puede fallar para que una película que tenga a esos tres monstruos no se convierta sino en un clásico al menos en una divertidísima cinta? Obviamente, el guión que sigue a una familia norteamericana en Francia, cuyo padre es un antiguo gángster.

Como película de acción se queda muy escasa, especialmente por un decepcionante final, que no termina de encajar con lo que se ha visto hasta ese momento. Como comedia negra, no sólo no termina de ser negra del todo más que en momentos puntuales, sino que hay demasiados momentos en los que esa comedia no termina de explotar. Y como mezcla de ambos es precisamente donde se ve con claridad que se trata de una película descontrolada e irregular, con picos muy agradecidos, pero caminos mal resueltos e incluso algunas subtramas que no encajan para nada en el conjunto. El paradigma de esa sensación viene a ser la historia del hijo pequeño de la familia, que se desinfla justo cuando se pone interesante. En realidad, es que casi todo se desinfla en el clímax, porque ahí nada termina de llegar a un punto realmente satisfactorio. Quedan momentos muy divertidos, como el mencionado autohomenaje de De Niro o la soberbia escena de Michelle Pfeiffer en la tienda, pero el conjunto sabe a poco.

Besson no termina de convencer. Tiene entre manos una película entretenida en un grado suficiente, pero deudora del trabajo de sus actores para mantenerse a flote. Llega un punto en el que casi es más atractivo ver Malavita como un conjunto de sketches (el de la hija con el profesor de matemáticas, el del hijo con el abusón del colegio, el del padre con el problema de las cañerías de su casa, el de la madre con los vecinos en la barbacoa... y así hasta casi dos horas) que como una historia en sí misma. Pero, claro, Michelle Pfeiffer es Michelle Pfeiffer y una simple mirada suya, como alguno de los mejores gestos de De Niro o Jones, bastan para que la película no sea una pérdida de tiempo. Está muy, muy lejos de ser una película redonda, e incluso es probable que como conjunto deje más insatisfacciones que elementos positivos, pero con la impagable escena de De Niro y cualquier momento de Pfeiffer, la película llega a cumplir. Una pena que se quede como una oportunidad perdida para hacer algo más redondo, pero Besson es tan irregular como brillante su reparto. Y eso lo sabemos antes incluso de ver la película.

miércoles, mayo 01, 2013

'La gran boda', divertida pero convencional

Las bodas se han convertido ya en un subgénero de la comedia. La boda de mi mejor amiga, Mi gran boda griega, Cuatro bodas y un funeral, Planes de boda, De boda en boda, La boda de Muriel, American Pie ¡Menuda boda!... y así hasta el infinito, sin que nadie haya sido en realidad capaz de superar el ingenio y la simpatía de El padre de la novia. La original, por supuesto, la de Spencer Tracy y Elizabeth Taylor. Y aquí nos llega La gran boda, que encima es remake de una película francesa de 2006. Y es divertida, sí, porque tiene un reparto repleto de grandes nombres que decidió pasárselo estupendamente bien rodando la película, pero también es convencional. Con momentos delirantes y muy divertidos, pero que en realidad según va pasando el tiempo se va diluyendo en la memoria. Es lo que es y gustará a todo aquel que vaya a ver precisamente lo que ofrece: una desenfadada comedia con una boda de fondo. Y de 90 minutos de duración, que no es algo tan fácilmente rechazable.

Robert De Niro, Diane Keaton, Susan Sarandon, Katherine Heigel, Ben Barnes, Amanda Seyfried, Topher Grace y Robin Williams. Casi nada. Evidentemente, en ese listado de actores condensados en La gran boda hay clases y categorías, y el tipo de película condiciona lo que son capaces de ofrecer, pero lo que está claro es que son nombres capaces de atraer a gente a las salas. Y, todo hay que decirlo, con motivo. Es un reparto sólido, insisto que dentro de los parámetros de esta comedia amable e intrascendente, que muestra sobre todo elegancia en las grandes damas, Sarandon y Keaton, y carácter cargado seguramente de una alta dosis de improvisación de los caballeros, De Niro y Williams. Justin Zacham, que dirige su segunda película y es también el autor del guión de Ahora o nunca, prácticamente coloca la cámara y deja hacer a los actores. No tiene pinta de haber sido una película muy estresante de dirigir.

Obviamente, la película va sobre una boda, y eso da muchas pistas sobre su historia. En realidad, se centra más en los muy diversos problemas, secretos e historias de dos familias. Tres, en realidad. Pero mejor descubrir el múltiple enredo en la propia película y no en sinopsis que fusilan en unas pocas líneas todo lo que acontece en su primer tercio (puede que incluso más). Y en ese enredo hay detalles ingeniosos, otros que no son nada innovadores, algunos sorprendentes y otros muy previsibles. Cuando se monta una película de 90 minutos a ritmo de gag, esa irregularidad forma parte del paisaje inevitablemente. Lo mejor, sin duda, está en algunas de las apariciones de De Niro (aunque muy lejos del retorno a la genialidad que había protagonizado en El lado bueno de las cosas) y de Robin Williams, aunque de alguna manera el suyo parezca el personaje más desaprovechado de la función.

La gran boda es escapismo puro y duro, ni más ni menos, lo que permite que no haya demasiadas expectativas que colmar y facilita un regusto amable al terminar la película. Al que guste de este tipo de comedia (es innegable que se hacen muchas películas de este estilo y que eso se debe a que dan buen resultado en taquilla, luego público tendrán) le dará un rato agradable. Quizá lo más decepcionante esté en Amanda Seyfried, a la que con momentos brillantes como Los miserables sigo sin terminar de apreciar, o que Diane Keaton sea cada vez más Diane Keaton, más una repetición de sí misma, y no uno de sus personajes. Pero el conjunto es lo suficientemente agradable y tiene los suficientes aciertos humorísticos (más en diálogos concretos que en situaciones del guión) como para no lamentar el rato sentado en la butaca.

viernes, enero 25, 2013

'El lado bueno de las cosas', deliciosa y divertidísima

Empezaremos con una confesión y así quedará claro el terreno que pisamos. Hacía muchos años, y cuando digo muchos son muchos, que no me reía tanto en una sala de cine. Ese efecto lo ha provocado El lado bueno de las cosas. Después de esa primera impresión, tengo que decir que cada vez me apasionan más películas como esta. ¿Y cómo es esta película? Preciosa. Divertida. Humana. Real. No he dejado de pensar en las semejanzas, salvando las distancias, con Mejor... imposible, aquella igualmente deliciosa comedia de James L. Brooks protagonizada por Jack Nicholson, Helen Hunt y Greg Kinnear. Y el efecto es el mismo. Es una deliciosa comedia que lidia con aspectos que difícilmente podrían servir de base a un filme de este género, que trata con enfermedades mentales, problemas de conducta social, envidias, mal de amores y matrimonios rotos. Gracias a eso, es cínica, hiriente e incisiva. Pero es también divertida, emotiva, dulce y maravillosa. Qué gozada de película.

Pat Solitano junior (Bradley Cooper) es bipolar. Después de un incidente traumático con su esposa (que se detalla pocos minutos después de iniciarse la película), es internado durante ocho meses en un psiquiátrico para tratar de curar esa afección. Tiffany Maxwell (Jennifer Lawrence), hermana de una amiga de la esposa de Pat, acaba de afrontar la muerte de su marido. Ambos tienen problemas psicológicos. Ambos encuentran en el otro una forma de ser mejores. Y ambos están interpretados con una sublime precisión por dos actores en estado de gracia que tienen una química fascinante. Aportan tantos matices y se meten tan de lleno en todas las facetas de sus papeles que parece imposible no sentir, padecer y soñar con ellos. Hay docenas de momentos en que se ve esa hermosa fusión, esa química indescriptible, pero parece difícil no quedarse con esa mirada inocente de la foto después de una escena maravillosa. Y tanto da que el final pueda ser más o menos previsible, es la historia lo que cuenta. Siempre es la historia. Por esta película es tan buena.

David O. Russell, que no me había enamorado con sus dotes para la comedia (Tres reyes) y sí aunque no de forma tan contundente como se apuntó mayoritariamente en su momento con su forma de abordar las miserias humanas (The Fighter), escribe y dirige una maravilla. Y si El lado bueno de las cosas casi se dirige sola gracias a sus actores (o, precisamente, gracias a una formidable dirección de actores, que es lo que Russell evidenció en su anterior filme con un Christan Bale soberbio y magnígicamente acompañado), es obligatorio alabarle por su trabajo aquí como guionista. Diálogos frescos, contundentes y divertidos pueblan la película. Y no solo entre un Cooper que se está revelando como un actor mucho más versátil de lo que cabía suponer y una Lawrence que confirma que es una actriz a tener muy, muy en cuenta mientras algunos se limitan a hablar de ella como mujer deseada. Robert De Niro, entrando ya en el campo de secundarios de cierta edad, borda su papel junto a Jacki Weaver como los padres de Pat. Y lo mismo Chris Tucker, quién lo iba a decir. La solidez en el reparto es proporcional a lo que va creciendo el guión por momentos.

La película convence porque no hay nada en ella que chirríe a pesar de tocar muchísimos palos. Es obviamente, el retrato de dos personas enfermas (delirante su primer diálogo sobre las medicinas que han tomado). Pero es también el de una familia en apuros (sí, Robert De Niro puede llorar). O el de una afición como el baile (¿sabéis ese tradicional montaje musical de diferentes instantes que suele ser tan cansino en otras películas? Aquí funciona de maravilla). O el de una pasión como el fútbol americano (hay quien ha querido ver polémica en este aspecto por el tema de las apuestas; absurda, por supuesto). Todo parece tener cabida y cada escena encaja de una forma maravillosa, como pedazos de una historia realista, creíble y preciosa. Y divertida, muy divertida, porque, como la vida misma, en la que una risa compensa cientos de momentos de amargura, El lado bueno de las cosas fluye con una sencillez tan contundente que casi parece fácil hacer una película tan completa.

Bradley Cooper y Jennifer Lawrence forman una pareja formidable, de esas que perduran para siempre en la memoria del espectador. Pero El lado bueno de las cosas es más que eso, y escena a escena se va convirtiendo en una de esas películas que esbozan una permanente sonrisa en la cara del espectador. En las escenas en las que Pat y Tiffany salen a correr por la calle, en todas las apariciones de Chris Tucker, en la memorable reunión tras el gran y decisivo partido de fútbol americano (uno de los diálogos más divertidos que recuerdo... y el duelo interpretativo brutal entre De Niro y Lawrence), en los arranques bipolares de Pat (por ejemplo, y aunque el trailer ya haya destrozado esa escena, ojo a su reacción al leer el final de Adiós a las armas de Ernest Hemingway). Y una pequeña reflexión final. Cuando parece que solo las películas que quieren ser rompedoras, diferentes, violentas, visualmente innovadoras, épicas o dramáticas están llamadas a ocupar un hueco en el panteón del cine contemporáneo, es refrescante descubrir que una historia de las de siempre como esta alcanza los mismos o más méritos que aquellas. Chapeau.

viernes, marzo 02, 2012

'Luces rojas', trazas de cineasta por crecer

El nombre de Rodrigo Cortés lo tengo anotado desde hace tiempo. Concursante, su primera película, llamaba indudablemente la atención. Buried, la segunda, fue toda una sorpresa. Un tipo que es capaz de mantener la tensión durante hora y media en un escenario tan limitado como un ataúd tiene que merecer la pena... si lo confirma en sus siguientes trabajos. Llega su tercera película, Luces rojas, y es de esas que quieres que te gusten. Y hay muchos motivos para que así sea. También otros para que no se pueda considerar una obra redonda, ni tampoco mejor que su predecesora. Pero Cortés exhibe trazos de un cineasta que acabará confirmándose si mantiene el crecimiento y que ya, desde la imperfección, deja elementos de sumo interés a nivel narrativo y a nivel cinematográfico. No redondea bien del todo la película, y eso obedece a las explicaciones que da y a las que no da, pero cuenta con un espléndido reparto. Y con un Robert de Niro que mejora buena parte de sus trabajos de los últimos años.

Es evidente que hay ambición detrás de Luces rojas. Sólo con leer los nombres que conforman el reparto, esa percepción cobra fuerza. Pero va más allá. Rodrigo Cortés, autor también del guión, construye un mundo apasionante (subrayado, como en Buried, con otra maravillosa overtura musical de Víctor Reyes) y unos personajes espléndidamente bien definidos a través de los pequeños detalles. Pero la ambición y la calidad que ofrece en muchos aspectos no bastan para hacer de Luces rojas una película ejemplar y redonda. No terminan de convencer determinados elementos y, sobre todo, las explicaciones. No tanto las que da, que en realidad se pueden llegar a entender como previsibles, sino las que no da. Hay una cierta irregularidad difícil de entender en ese sentido, aunque queda compensada con la creación de una espléndida atmósfera, que engancha con inusitada facilidad.

Cillian Murphy (camaleónico) y Sigourney Weaver (precisa) interpretan a dos profesores universitarios que se dedican a desenmascarar a los farsantes que dicen tener poderes paranormales. Una de sus alumnas, Elizabeth Olsen (encantadora... y no por físico o belleza, sino en un sentido más amplio), se unirá a ellos. Robert de Niro da vida a un psíquico que se retiró de la vida pública hace décadas tras un inquietante suceso y que ahora regresa. Los caminos de todos ellos, obviamente, se van a cruzar. Hay un mimo especial en despertar sensaciones directas, basadas en el momento, en el aquí y el ahora. Y ahí, por supuesto, destaca De Niro. En los últimos años, ha sido un actor engullido por su leyenda, lejos de la capacidad artística que tiene y que ha mostrado en tantos papeles, convertido casi en una caricatura de sí mismo (es inevitable, en cierto sentido, hilar esto con la gloriosa caricatura del actor que ofrece Eugenio Mira interpretando a un joven De Niro). Y aquí De niro vuelve a ser un actor inquietante. Se convierte en su personaje. transmite emociones y tensión. No está obviamente, al nivel de sus inolvidables trabajos mayores, pero engancha.

En realidad, engancha como lo hace todo el reparto, al que Rodrigo Cortés sabe administrar con inteligencia para ofrecer una variadísima gama de sensaciones y motivaciones, en pantalla y en la historia, pero también fuera de ellas. Ese es el verdadero mérito de Luces rojas, además, insisto, de la construcción de una atmósfera notable en la que todo parece creíble. Por supuesto, es un thriller sobrenatural que está muy supeditado a la resolución final (y, quizá también aunque eso queda más a la interpretación de cada espectador, a un escueto plano final tras los títulos de crédito que el director, según me confesó, considera "una puerta"). No es ésta una película tramposa y, cuando la historia comienza a cerrarse, un simple repaso a lo visto (repaso que, además, ofrece en pantalla en una concesión al espectador menos concentrado) lo confirma sin atisbo de dudas. No quiere decir esto que Luces rojas sea una película impermeable. Al contrario, hay ideas inteligentes y muchos caminos abiertos. Caminos que marcan los personajes (es también obligado hacer mención a un desatado Leonardo Sbaraglia del que quedan ganas de saber más o al simple creíble Toby Jones) y su acertadísima composición.

Luces rojas da algo menos de lo que prometía, a diferencia de Buried, que era mejor película de lo que parecía que iba a ser. Pero es una apuesta valiente de un director interesante. No tiene un guión perfecto, pero sí están contenidas en él buenas intenciones y algunos resultados más que notables, espléndidamente refrendados por un grupo de actores formidables. Ver tan vulnerable a un Cillian Muprhy inquietante en los Batman de Christopher Nolan es una gozada, y hacerlo con el contrapunto de la prometedora Elizabeth Olsen, por escasa que pueda parecer su intervención, hace crecer su personaje mucho más. Contemplar a una Sigourney Weaver tan segura de su trabajo siempre es una gozada. Y ver de nuevo a Robert de Niro creyéndose su personaje es, simplemente, impagable para quienes llevamos años sufriendo con su declive. Quizá Rodrigo Cortés tenga razón y su tercera película sea una de esas que crece en un segundo visionado. En el primero se atisban sus aciertos y sus errores. Y se intuye un buen debate entre espectadores inquietos. No es poco, no.

Entrevista con el director, Rodrigo Cortés.
Fotografías de la presentación en Madrid, con Rodrigo Cortés y Cillian Muprhy.

viernes, noviembre 18, 2011

'Asesinos de élite', una más


Las películas sobre profesionales del asesinato son ya un subgénero. Es como hablar de películas de superhéroes, o de casas encantadas, o de muertos vivientes. Subgéneros claros. Y cuando se crea un subgénero, todas las películas, salvo las realmente buenas, parecen exactamente iguales. ¿Es Asesinos de élite una de las realmente buenas? No. Es medianamente digna, es curiosa en algún momento, pero no deja de ser una más, uno de esos filmes que te entretienen durante un par de horas (porque eso básicamente lo consigue, a pesar de que se maquille para parecer algo más con complejas tramas conspirativas y gubernamentales que no hay por donde cogerlas) pero después, en las tertulias con los amigos, ya no sabes qué diferenciaba a esta de las otras películas, por ejemplo, de Jason Statham, que es el protagonista de ésta. Lo mejor que ofrece este título es que Statham tiene dos buenos compañeros de reparto, un Robert De Niro que se aleja de los ridículos que predominan en su filmografía de los últimos años y un Clive Owen que da la sensación de ser el que mejor se lo pasó rodando esta historia de profesionales del asesinato.

Cuando uno rueda una de estas películas, tiene dos caminos para triunfar. Puede colocar a sus profesionales en el marco de un gran guión y convertirlos en grandes personajes (es lo que hizo Steven Spielberg en su lamentablemente infravalorada Munich; no es tan distinto el punto de partida de estas dos películas tan diferentes), o puede ofrecer a esos mismos profesionales escenas de acción que hagan las delicias de los amantes del género (y aquí es difícil llegar a consensos, por lo que dejo en manos de cada uno que piense en los títulos que más apropiados le parezcan). Asesinos de élite no hace en realidad ninguna de las dos cosas, aunque indudablemente se acerca mucho más a la segunda vía. No tanto por las escenas de acción, rodadas con cierto criterio y con más limpieza de lo que suele ser habitual en el cine contemporáneo, sino porque los actores se implican mucho en sus personajes y acaban haciendo ligeramente creíble lo descabellado de la historia. Y suena aún más descabellado cuando el filme comienza con ese clásico mensaje de "basado en hechos reales".

Esa historia real es la siguiente. En 1991, un británico escribe un libro titulado The Feather Men, en el que cuenta cómo unos soldados británicos de las fuerzas especiales, las SAS, mataron en Omán a tres de los hijos de un jeque, que buscaría venganza contratando los servicios de un asesino profesional que hiciera que sus muertes parecieran accidentes. Como su autor aseguró que eran hechos reales, el libro generó controversia. La película, pese a rodearse de ominosos carteles al comienzo y al final, lo cierto es que no es capaz de generar ni siquiera debate sobre esta cuestión. Se queda en lo que se quedan la mayoría de las películas de Jason Statham (¿todas?), que es precisamente eso, una película de Jason Statham. Él es el profesional que todo lo puede, el que es capaz de llevar a cabo las más intrincadas y complejas operaciones, el que puede matar a quien quiera, como quiera y cuando quiera, pero lo hace sólo por nobles motivos, porque es el único que puede hacerlo, aunque en realidad no lo disfruta y lo único que quiere es irse a su cabaña en el campo con la mujer que ama (ese planteamiento está tan manido que se vio incluso en una peli de superhéroes, en Lobezno). ¿Que quiere decir eso? Que es una película de Jason Statham. ¿Que eso le gusta al espectador? La disfrutará. ¿Que no? Pues mejor buscar en otro lado.

O al menos mirar la película desde otro ángulo. Robert De Niro y Clive Owen permiten esa mirada desde otro punto de vista. De Niro lleva años alejado de la inmortal leyenda que él mismo fraguó con su talento durante tantos años. Perdidos en comedias absurdas y en vehículos de acción que le dejan personajes lamentables, aquí al menos sí parece él. Quizá eso hay que agradecérselo a que su papel sea secundario, pero es él (es imposible negarlo después de ver la última escena que tiene en la película). Clive Owen es un actor polifacético y, cuando quiere, notable. Aquí disfruta como un niño pequeño con su papel a medio camino entre antihéroe y villano (porque aquí no hay héroes; daría para toda una tesis hablar de la más que dudosa moralidad de este subgénero de los asesinos a sueldo). Estas dos presencias son estimulantes, pero no bastan para levantar la película, ni siquiera con el entretenido juego que se marcan los personajes de Statham y Owen, en el que cada encuentro que mantienen deja las mejores escenas de la película a todos los niveles (incluyendo la última, la que permite salir del cine con un sabor de boca no demasiado amargo).

Bien pensado, lo mejor que uno puede hacer ante esta película es tomársela así. O bien como una simple película de Jason Statham o bien como un vehículo para De Niro y Owen en sus papeles secundarios (habrá hasta quien se conforme con la belleza de la australiana Yvonne Strahovsky; su personaje no da para mucho más que para admirarla). Porque la historia no se puede tomar en serio. No está bien llevada, y seguro que mucha culpa de eso tiene que tanto su director, Gary McKendry, como su guionista, Matt Sherring, afrontan aquí su primera película. La lástima es que desaprovechan alguna que otra oportunidad de lucimiento (esa bruscamente cortada escena de persecución de coches, que al arrancar lleva a pensar en Bullit, por aquello de contar con coches antiguos -en este caso de los años 80, donde se ambienta la película-, pero que se queda en nada) y se encomiendan al espectáculo que dé Statham. Claro que, si alguien es capaz de pelear de esa forma atado a una silla, igual sí que se puede encontrar algo de valor en esta película.

jueves, junio 02, 2011

'Sin límites', interesante pero...

No es fácil evaluar una película como Sin límites. Por un lado, es una historia prometedora que cuenta con interesantes hallazgos visuales. Por otra, tiene algunos notables agujeros en su guión y serios problemas en cuanto a sus intérpretes. Interesante, pero sabe a poco. Parece una película alargada demasiado, que no daría más que para un episodio de media hora de una serie de misterio y fantasía, pero al mismo tiempo es corta y de ritmo frenético (visual y narrativo, porque no hay apenas escenas de acción). Parece una historia con gancho, pero analizar fríamente lo que sucede en la pantalla puede provocar dudas morales en el espectador. Los actores no trabajan mal y hay muchos rostros conocidos, pero los hay que saben a poco y los hay que no parecen los ideales para el papel. Y, así, la sensación que queda tras haber pasado algo más de hora y media de entretenimiento es de cierto vacío. Lo dicho, difícil de evaluar. Seguro que hay gente que adora esta película y gente que la detesta.

De una forma que no viene a cuento relatar, un escritor fracasado (Bradley Cooper) descubre una droga en forma de pastillas que le permite explotar al máximo su cerebro, lo que le lleva, de forma sobrehumana, a adquirir todo tipo de conocimientos científicos y sociales que sólo mantiene si mantiene una dosis diaria de esa pastilla. Es decir, que una vez tomada la droga en cuestión, tan fácil le será al sujeto aprender italiano como saber en cada momento que movimiento tiene que hacer para vencer en una pelea contra seis personas. Neil Burger afronta su primera película no escrita por él, la cuarta de su filmografía (en la que destaca El ilusionista, su preciosista historia de magos, que se estrenó casi al mismo tiempo que El truco final. El prestigio, de Christopher Nolan). Pero, al mismo tiempo, es una película producida por su protagonista, Bradley Cooper. En la mezcla de ambas cosas hay que encontrar la causa de que sea una película muy reduccionista en el universo que plantea, demasiado centrada en un solo hombre y carente de credibilidad en cuanto a la existencia de un mundo que le rodea.

Bradley Cooper (Resacón en Las Vegas, El equipo A) no parece el actor adecuado para dar vida al desangelado y fracasado personaje del comienzo de la película. Él mismo, en la voz en off, se sorprende de verse así de desastrado en el inicio del filme. Y eso, que no es una broma interna sino una frase seria en el guión, parece un indicativo de lo que está por venir. Cooper tiene la etiqueta "triunfador" escrita en la frente. No parece creíble en ningún momento en el que no tiene la mencionada píldora que da poderes casi sobrehumanos a quien la ingiere. En cambio, sí encaja como hombre de éxito, como drogadicto de élite, como un hombre de clase alta. Ese desnivel entre una y otra parte de la interpretación lastra incluso alguno de los hallazgos de Sin límites, que están en el apartado visual, en la diferente iluminación del mundo visto a través de los ojos de un hombre con miedos y dudas o con la seguridad que le da la pastilla. Ahí es donde más se puede disfrutar de la película, en los bruscos y notables contrastes visuales, en la nueva visión que abre la pastilla (escenas subrayadas con música potente y machacona).

Para equilibrar la balanza, Cooper necesitaría un reparto solvente detrás. Y el caso es que lo tiene. Pero, al mismo tiempo, carece de él, por cuestiones de guión pero también por temas interpretativos. Porque, claro, ¿quién mejor que Robert De Niro para dar la réplica? No puede haber nadie... salvo que Robert De Niro hace mucho que no es Robert De Niro en el cine. No es que esté mal, ni que, ni mucho menos, dé la misma lástima que desprende cuando se convierte en una triste caricatura de sí mismo (Machete me viene a la cabeza), pero tampoco es Robert De Niro. De hecho, en la última escena de la película cabe preguntarse si sigue siendo el mismo actor que maravilló en películas como Taxi Driver, Toro Salvaje, Heat, Uno de los nuestros, Despertares, La misión y tantas otras. La réplica femenina apenas tiene protagonismo, porque todo lo que sucede en pantalla lo absorbe Bradley Cooper. Abbie Cornish, en cualquier caso, está bastante menos creíble (y eso es digno de analizar) que en la menospreciada Sucker Punch. Correcta, como todo el reparto, pero lejos de lo que necesita la película para crecer.

Las dudas temáticas que ofrece no son fáciles de debatir si no se ha visto la película (salvo que se quiera destriparla). Van sobre el modelo de triunfador de la sociedad actual, sobre qué haríamos con nuestra vida si lo tuviéramos todo a nuestro alcance, sobre las consecuencias de nuestros actos. Sin límites da para muchos debates, porque son muchas las circunstancias a las que tiene que hacer frente el protagonista en la película. Eso es otro gran punto a favor, que deja sobrados elementos para conversar tras ver la película. Pero, ojo, porque moralmente es un filme que camina por la fina frontera entre la sugerencia y la moralina, con lo que corre el riesgo de ofender a los más susceptibles en algunas de sus conclusiones. Porque ya lo creo que hay conclusiones, aunque hay muchos interrogantes y no todos reciben respuesta. Pero puede que sus responsables no hicieron esta película para pensar en esos detalles y, quizá, sólo crearon un divertimento pasajero. En eso triunfan razonablemente bien, pero...

domingo, noviembre 04, 2007

'Taxi driver', cine puro

No importa cuántas veces vea Taxi driver, siempre me parecerá una película extraordinaria, sorprendente, magnética. Siempre se encuentra algo nuevo. Siempre produce un escalofrío ver a Travis Bickle (un impresionante Robert de Niro) hablando delante de su espejo con la pistola en la mano. Siempre se ve la maestría de Scorsese en la dirección y de Paul Shcrader en el guión. Siempre se ve un aspecto del Nueva York de los años 70 en el que no había reparado antes. Siempre estremece la maravillosa música de ese genio que era Bernard Herrmann, en lo que fue su último trabajo para el cine, ya que murió al día siguiente de finalizar la grabación. Siempre hay algo que coloca ésta entre las mejores películas de todos los tiempos, que la convierte en un clásico inmortal.

Taxi driver es un impresionante relato sobre la soledad, pero también un descenso redentor a los infiernos. Es la historia de un hombre enfermo, de un auténtico psicópata que descarga toda su ira en menos de dos horas de película, pero que tiene unos objetivos muy claros y, en el fondo, no tan perversos como puede parecer en un principio. Es el antihéroe por excelencia. De Niro borda el papel. No soy capaz de imaginarme a otro en la piel de Travis, por mucho que se llegara a negociar con Dustin Hoffman o con Al Pacino para hacer la película. El gran De Niro estuvo un mes trabajando de taxista doce horas al día, igual que su personaje. Tenía que sentir lo mismo que Travis, entenderlo para plasmar en la pantalla todas esas sensaciones. Y lo consigue, ya lo creo que lo consigue. No hay más que ver su último plano en la película, tremendamente inquietante, para ver la sintonía entre el actor y el personaje.

De Niro y Scorsese llegaron prácticamente juntos al proyecto. Ambos venían de hacer Malas calles y querían hacer Taxi Driver. No todo el mundo sabe que el propio Scorsese se reservó un pequeño papel en la película. Acostumbrados a verle con su imagen actual, es difícil reconocerle con su pelo totalmente negro y con una abundante perilla, pero es el hombre que se sienta en el taxi de Travis y le dice que va a matar a su mujer, cuya sombra se ve en la ventana de la casa de otro hombre. Entre los dos mejoraron el impresionante guión de Schrader, que usó algunos aspectos de su propia vida, escrito en apenas cinco días. El "¿Me estás hablando a mí?" delante del espejo no figuraba en el guión, fue una gloriosa improvisación de De Niro.

La película fue nominada a cuatro Oscar, los de mejor película, mejor actor (De Niro lo perdió ante el Peter Finch de Network), mejor banda sonora (ganó Jerry Goldsmith con esa joya que es La profecía) y mejor actriz secundaria (una Jodie Foster espectacular a sus 14 años, que no pudo rodar las escenas más explícitas sexualmente hablando que había en el guión por ser menor de edad y su hermana mayor, de una talla muy similar, actuó como doble; el premio se lo llevó Beatrice Straight por Network). Ese fue el principio del ninguneo de la Academia a Scorsese, que duró hasta el año pasado, cuando logró la estatuilla por Infiltrados. Aquel fue el año en el que triunfó Rocky.

Cuando triunfa una película tan violenta como ésta, suelen sucederse las críticas por lo explícito de lo que se ve en pantalla. Hay quien cree que filmes así fomentan el uso de la violencia. Y, desde mi punto de vista, se equivocan. Es un estudio sobre la violencia, además de sobre la soledad, es un análisis de la sociedad estadounidense de mitad de los años 70. La violencia forma parte de la vida e ignorarla no va a conseguir que desaparezca. Quien quiera utilizar un modelo para descargar su ira y su odio lo va a encontrar, con o sin Taxi driver. Y si no defendemos este cine, lo único que conseguimos es perder para siempre el trabajo de varios genios que coincidieron en un mismo proyecto. Taxi driver es historia del cine, séptimo arte con mayúsculas, una delicatessen para la vista y para el cerebro, una de esas películas que hacen pensar y disfrutar.

Acaba de salir una muy buena edición de dos discos en DVD. Escuchar a Scorsese hablar sobre los planos innovadores que incluyó (como el travelling a un pasillo vacío mientras Travis habla por teléfono), De Niro o Schrader hablar de la película es un lujo. Y me quedo con una anécdota que revela cuan realista es este filme. Un día entró un hombre en el despacho de Schrader y le preguntó quién le había hablado sobre él para escribir ese guión. ¿Os imagináis lo que puede ser tener delante a alguien parecido a Travis Bickle pidiéndote explicaciones...? Tiemblo sólo de pensarlo...

viernes, mayo 18, 2007

Al Pacino y Robert de Niro, juntos de nuevo

Gran noticia. Vamos a volver a ver juntos a dos genios de la actuación, Robert De Niro y Al Pacino. Será en una película de bajo presupuesto titulada Righteous Kill, que dirigirá Jon Avnet (Íntimo y personal, El laberinto rojo). Ambos actores darán vida a agentes de policía en busca de un asesino en serie. El rodaje comenzará en agosto y no se ha fijado todavía una fecha para el estreno de la película, aunque presumiblemente será el próximo año.

De Niro y Pacino trabajaron en El Padrino II, pero nunca llegaron a encontrarse en pantalla. Eso sí sucedió, aunque apenas en un par de escenas, en Heat, película que Michael Mann dirigió en 1996. Aquel fue uno de los últimos títulos a su altura en los que ha trabajado De Niro, ojalá recuperado definitivamente para el cine con El buen pastor, su segunda película como director. Pacino tampoco es que haya hecho sus mejores papeles en los últimos años, pero en alguna película interesante sí ha intervenido.

En todo caso, ver a estos dos monstruos en pantalla es todo un acontecimiento. Y ahora podremos verles juntos en muchas escenas, cara a cara, midiendo sus talentos interpretativos como nunca antes lo habían hecho. Righteous Kill es desde ya mismo una de las películas imprescindibles del próximo año. Ojalá que no defraude.

miércoles, abril 18, 2007

De Niro ha vuelto: 'El buen pastor' es un peliculón

Al poco de iniciar la andadura de este blog, me quejaba amargamente de que Robert De Niro había desaparecido del cine de verdad. Me quejaba de que ahora sólo haciera comedias lamentables (pero que triunfan en taquilla) y de que sus papeles en películas como Taxi Driver, El Padrino II, La misión y tantas otras empezaran a quedar ya en el olvido. Me acuerdo que escribí todo eso a propósito de Heat, una de sus últimas películas de verdad. Y es de 1996. Hace nada menos que once años.

Pues De Niro ha vuelto y lo ha hecho a lo grande, aunque es obligado destacarle más como director que como actor. Ha vuelto con El buen pastor, película en la que aparece en un breve papel secundario (más que correcto, como cabe esperar de uno de los mejores actores de las últimas décadas) pero que, sobre todo, dirige con mano maestra. Bien es verdad que ha aprendido de los mejores, sobre todo de un por fin oscarizado Martin Scorsese.

No era un material fácil de dirigir. Es una historia sobre los inicios de la CIA (que se extiende por cuatro décadas y numerosas localizaciones), los inicios de un agente secreto que tiene que elegir entre su vida personal con una mujer a la que nunca quiso (interpretada por Angelina Jolie; tengo que reconocer que me sigue pareciendo una actriz bastante limitada...) y el hijo que tiene con ella y su trabajo para defender a su país. No voy a desvelar las conclusiones a las que llega después de más de dos horas y media de película porque merece la pena recorrerlas junto a De Niro.

El actor y director demuestra con esta película que el cine de calidad y el de los grandes estudios no están reñidos en absoluto. Pero se ha encontrado con el escollo que suele hacer imposible este tipo de cine: el público. La película no ha recaudado en Estados Unidos ni siquiera lo que ha costado. Ojalá el mercado europeo ponga en el sitio que merece a esta película, ya ignorada por la Academia de Hollywood. Peliculón con mayúsculas, insisto.

El papel de Matt Damon (cada vez más interesante; cuando debutó no me caía especialmente bien, pero con ésta y con Infiltrados se ha ganado oportunidades futuras) iba a ser interpretado por Leonardo DiCaprio. El reparto en general está excepcional, sobre todo un Joe Pesci recuperado por fin para el cine (no aparecía en una película desde 1998, desde Arma letal 4). Quien no me convence, como casi nunca me ha convencido, es Angelina Jolie. Será todo lo guapa que quiera el mundo entero, pero como actriz deja mucho que desear. Y bien rodeada, se nota mucho más...

Después de ver La vida de los otros, esa excepcional película alemana que le arrebató el Oscar a la mejor cinta extranjera a El laberinto del fauno, me interesó mucho más ver El buen pastor. Otro historia de espías, pero con un tono y una historia muy distintos, en momentos históricos y países diferentes. Y ahora descubro que ambas películas tienen un nexo de unión: la actriz Martina Gedeck, protagonista de La vida de los otros y secundaria de El buen pastor. Y no desvelo más coincidencias que existen para no destripar ninguna de las dos películas a quienes no las hayáis visto...

Quien tenga la oportunidad de ver esta película y comprobar el genial director que es Robert De Niro, no puede perderse su primera cinta como director, Una historia del Bronx. Casi nadie se acuerda ya de ese título y eso que es un filme más que apreciable. Yo guardo un gran recuerdo de él. Como aquí, De Niro se reservaba un papel (en aquella mucho más extenso que el de El buen pastor). ¿Por qué demonios no se prodigará más detrás de la cámara...? El caso es que De Niro ha vuelto. ¡Viva De Niro!

lunes, diciembre 18, 2006

De Niro, un genio desaparecido

Hace no muchos días me encontró en un canal de Digital + con Heat. Llegué justo en la escena de la fotografía. Cuando el policía, el personaje que interpreta Al Pacino, invita al ladrón, Robert De Niro, a tomar un café para tratar de convencerle de que no siga adelante con sus planes, porque acabará en prisión. Después de tantos años de ver cine, el encuentro entre estos dos gigantes en una misma escena fue una oportunidad única, irrepetible (y tiene truco, ya que la maestría de Michael Mann hace que nunca se les llegue a ver el rostro a ambos en el mismo plano, toda la escena es una combinación de primeros planos de ambos actores). Siempre me ha gustado más De Niro que Pacino (eso me recuerda que una vez una amiga me contó que un tipo intentó ligar con ella mediante esa pregunta; en lugar del clásico "¿estudias o trabajas?", le preguntó "¿De Niro o Pacino?"), pero mientras Pacino ha sabido ir haciendo alguna que otra película interesante durante los últimos años, a De Niro le ha pasado lo contrario.
Porque quien ha crecido amando el cine, se ha tenido que topar por fuerza con caracterizaciones de De Niro como las de Taxi Driver, Toro salvaje, El Padrino II, Los intocables de Eliot Ness, La misión y otros tantos peliculones que ha hecho este monstruo de la pantalla. Pero puede que Heat sea su última gran actuación, que ha dado paso a una década de olvido, de papeles que no han estado a su altura, de películas a las que ni De Niro ha podido dar brillo. Desde las comedias absurdas tipo Los padres de él, Showtime o Las aventuras de Rocky & Bullwinkle a dibujos animados a los que presta la voz (El espantatiburones o Arthur y los Minimoys), pasando por peliculitas de terror (El escondite) o de acción (15 minutos). Desde 1995, año de Heat, sólo hay pequeños destellos con la inteligente La cortina de humo o su encuentro con Marlon Brando en The score, pero muy poquito más.
El papel que Martin Scorsese (siempre Martin Scorsese) le dio a Jack Nicholson en Infiltrados estaba pensado para De Niro, y hubiera sido, no me cabe la menor duda, la resurrección que muchos todavía esperamos. Quizá su regreso a la dirección (después de la muy estimable Una historia del Bronx) nos devuelva al mejor De Niro. La película tiene un interesantísimo reparto que cuenta con Matt Damon, Angelina Jolie, Joe Pesci, Alec Baldwin o William Hurt. De Niro tiene, además, en posproducción Stardust (una fantasía que supone también el regreso de Michelle Pfeiffer, doble aliciente para un servidor...), rodando What Just Happened? (la nueva película de Barry Levinson) y en preproducción Sugarland (la próxima de Jodie Foster). A ver si con estas películas recuperamos al Robert De Niro al que tantos y tantos aficionados al cine adoramos.