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viernes, junio 07, 2013

'El mensajero', la importancia de un casting acertado

Cuando uno visualiza en la cabeza la idea de un padre de familia que se ve obligado a introducirse en una red de narcotráfico para ayudar a la DEA en un arresto y que así su hijo se pueda librar de una condena de diez años por posesión de drogas, el protagonista que aparece en la mente no puede ser Dwayne Johnson. Cuando uno ve esta película hecha realidad, El mensajero, siempre da la impresión de que la Roca, un auténtico armario, va a ponerse a pegar mandobles por doquier y a emplear armas de fuego tan grandes que hacen falta las dos manos para sujetarlas, como sucede en G. I. Joe. La venganza y tantas otras. Pero no es así. Un casting acertado es esencial para hacer creíble una película y éste no es el caso. Lo normal es que el propio Johnson haya querido interpretar este papel para evitar el riesgo de encasillamiento, pero aún así, y dado que no es precisamente un espléndido actor dramático, la película se le escapa por todos lados.

El mensajero, en todo caso, provoca dos sensaciones diferentes según el grado de benevolencia con el que quiera evaluarse. Por un lado, no pasa del clásico telefilme de sobremesa encabezada con esa a menudo desalentadora leyenda de "basada en hechos reales", con la única diferencia de contar con un actor conocido. Por otro, ofrece una parte central interesante, en la que se escapa de la rutina. Trillada, sin duda, pero al menos rodada con efectividad y solvencia. Ahí sí hay interés por ver qué le sucede a este padre de familia normal en una situación extraordinaria, toda vez que el arranque parece cargado de mensajes moralizantes no demasiado claros (tampoco son evidentes al final de la película) con un ritmo cinematográfico muy lento, y que el final acaba en el clásico desmadre de película norteamericana de acción pero con una realización del especialista Ric Roman Waugh más bien poco lograda, sobre todo en lo que tendría que ser su campo predilecto.

Ver una película con esa mencionada entrada de "basada en hechos reales" lastra en demasiadas ocasiones el resultado final... precisamente por no resultar creíble. No por el hecho en sí mismo que narra (no es difícil pensar en un cargo político aprovechándose de la necesidad de un ciudadano de a pie, como hace la fiscal interpretada con cierta desgana por Susan Sarandon), sino porque muchas cosas parecen forzadas en la historia de John Mathews, un hombre íntegro, divorciado, con un hijo en su primer matrimonio y una hija en el segundo y dueño de una empresa de transportes. Hay, sin embargo, un  par de elementos interesantes en la película, como el desaprovechado papel del agente Cooper (¿un guiño al protagonista de Twin Peaks?) o el interesante dilema personal y familiar de Daniel (Jon Bernthal), empleado del protagonista al que recurre para conseguir contactos en el mundo del narcotráfico. El papel de Benjamin Bratt como gran capo de la droga, supuesto gran villano de la película, es tan breve que casi no merece ni comentario.

El mensajero no deja de ser la típica película de buenas intenciones, final feliz, hombre de carne y hueso protagonizando hazañas por su familia y realización demasiado modesta como para cubrir sus fallos. Podría haber sido mejor película de contar con un protagonista más adecuado, porque Dwayne Johnson es perfecto para repartir golpes y apretar gatillos pero se antoja complicado verle al borde del llanto, confesando sentimientos o incluso mendigando favores con cara de no haber roto un plato en su vida ante quien puede hacerlos realidad. Quizá también mejoraría el resultado final con una realización más ambiciosa. Pero El mensajero no tiene ni una ni otra cosa. Y aunque está lejos de ser un producto infumable, también se queda a gran distancia de ser una buena película. El rato se pasa relativamente a gusto, pero poco más.

lunes, mayo 27, 2013

'Un amigo para Frank', una hermosa reflexión sobre la amistad y la vejed

Un amigo para Frank ofrece un envoltorio que engaña. Porque parece una modesta película de ciencia ficción, un reverso amable de Moon en algunos sentidos, modesta en su planteamiento y en sus medios. Porque la etiqueta de "independiente" hará que mucha gente la mire de otra manera. Y porque se asemeja también a un filme pequeño, sin más aspiraciones que las de entretener con una historia bonita que no llega ni a los 90 minutos. Y, sin embargo, es mucho más que eso. Un amigo para Frank es una hermosa reflexión sobre temas como la amistad, la vejez o la paternidad. Es una historia bonita cuyo mayor enemigo es que no parece demasiado difícil ir adivinando por dónde va a tirar la historia (aunque esconde alguna sorpresa fascinante) pero que convence de principio a fin precisamente por esa sencillez de la que hace gala. Y por su impecable factura, además de por la interpretación de Frank Langella. Es una peliculita, pero una hermosa y divertida, de esas que provocan sonrisas con una facilidad admirable y que cuenta una historia humana tan sólida como bonita. Sí, una peliculita de esas que seguramente no verá demasiada gente. Por desgracia

En un futuro cercano que la película apenas muestra de una forma perceptible, los robots forman parte de nuestras vidas. En esa época indefinida, Frank (Frank Langella) es un tipo que vive solo en una casa en el campo, que no tiene demasiadas cosas que hacer en su vida más que ir a la biblioteca local a lamentar el progreso y a flirtear con la bibliotecaria (Susan Sarandon), y que vive de forma desordenada y sin objetivos. Y que empieza a tener problemas serios de memoria, para preocupación de sus hijos. Todo cambiará cuando su hijo, Hunter (James Mardsen), le obligue a aceptar un robot médico que cuide de él, una decisión que no comparte su hija, Madison (Liv Tyler), siempre viajando por trabajo. Frank y el robot, mal que le pese al primero, tendrán que aprender a convivir. Unas premisas sencillas y un desarrollo aparentemente liviano para una historia mucho más profunda, que se asoma a debates filosóficos (algo que señala incluso el mismo protagonista), vitales y humanos.

Lo que el debutante director Jake Schreier plantea no deja de ser una buddy movie con la base de una relación de amistad entre dos protagonistas sumamente diferentes. Y la genialidad está en captar la profundidad en un personaje que no tiene rostro humano ni expresividad en la mirada. La empatía del espectador con el de Frank Langella es sencilla. Es, además, un actorazo, con lo que no es difícil asumir y apreciar su parte de la historia, y que disfruta con su papel. ¿Pero el robot? Con la voz, fría pero no tanto en el fondo, de Peter Sarsgaard, el robot completa esa hermosa relación de amistad sobre la que se asienta la película. Están, de una forma u otra, en todas las escenas. Divierten y emocionan. Convencen. Como convence el guión de Christopher D. Ford a la hora de dar un sustento familiar a la historia. Las motivaciones de Hunter y Madison conducen a escenas tan emotivas como realistas, logradas y sinceras. A través de ellos se ve un retrato complejo sobre la paternidad, sobre la familia. Y regresando de nuevo a Langella, dan contexto a la reflexión sobre la vejez y sobre la enfermedad.

Las pocas pegas que se le puedan poner a Un amigo para Frank están en que hay cierta previsibilidad en el guión. Hay momentos impredecibles, sí, y estos son los que enmascaran en cierta medida los defectos, pero no parece probable que la historia avance de una forma diferente a lo que lo hace, adelantando en demasiadas ocasiones lo que va a suceder. Otra compensación a los puntos débiles está en la hábil recreación de los pocos aspectos de ese futuro cercano que estamos presenciando. Porque sin demasiado dinero, con apenas veinte días de rodaje y sin necesidad de recurrir a los efectos especiales de última generación, la continua presencia del robot y su habilidad para esconder los trucajes cinematográficos que están detrás de su creación hacen que ésta no sea una película al uso en algo que lleva la mencionada etiqueta de "independiente". La película es también, en ese sentido, un canto de amor a la robótica, como evidencian las imágenes que completan los títulos de crédito.

Un amigo para Frank es una de esas películas que surgen de vez en cuando y que dejan un buen rollo fascinante. Digo fascinante porque, además, ofrece elementos para la reflexión, para el disfrute, para la sonrisa y para el debate. Sus temas son trascendentes aunque su envoltorio parezca que no lo es tanto. Y aunque cinematográficamente no parezca tampoco gran cosa en un primer visionado, lo cierto es que Schreier se vale de planos bastante inteligentes para resaltar todo aquello que hace crecer la película, empezando por la magnífica interpretación de Langella, sin duda lo más logrado de una cinta que está francamente bien hecha. Lástima, una vez más, el retraso en su estreno. Llega a España casi un año después de que lo hiciera en Estados Unidos y año y medio después de que se viera en el Festival de Sundance, en enero de 2012. Su desembarco en los cines españoles se retrasó de marzo a julio. Y es una película fácilmente localizable en Internet desde hace meses. Una pena, porque tiene interés y sería bueno que mucha gente le diera una oportunidad. Se la merece.

miércoles, mayo 01, 2013

'La gran boda', divertida pero convencional

Las bodas se han convertido ya en un subgénero de la comedia. La boda de mi mejor amiga, Mi gran boda griega, Cuatro bodas y un funeral, Planes de boda, De boda en boda, La boda de Muriel, American Pie ¡Menuda boda!... y así hasta el infinito, sin que nadie haya sido en realidad capaz de superar el ingenio y la simpatía de El padre de la novia. La original, por supuesto, la de Spencer Tracy y Elizabeth Taylor. Y aquí nos llega La gran boda, que encima es remake de una película francesa de 2006. Y es divertida, sí, porque tiene un reparto repleto de grandes nombres que decidió pasárselo estupendamente bien rodando la película, pero también es convencional. Con momentos delirantes y muy divertidos, pero que en realidad según va pasando el tiempo se va diluyendo en la memoria. Es lo que es y gustará a todo aquel que vaya a ver precisamente lo que ofrece: una desenfadada comedia con una boda de fondo. Y de 90 minutos de duración, que no es algo tan fácilmente rechazable.

Robert De Niro, Diane Keaton, Susan Sarandon, Katherine Heigel, Ben Barnes, Amanda Seyfried, Topher Grace y Robin Williams. Casi nada. Evidentemente, en ese listado de actores condensados en La gran boda hay clases y categorías, y el tipo de película condiciona lo que son capaces de ofrecer, pero lo que está claro es que son nombres capaces de atraer a gente a las salas. Y, todo hay que decirlo, con motivo. Es un reparto sólido, insisto que dentro de los parámetros de esta comedia amable e intrascendente, que muestra sobre todo elegancia en las grandes damas, Sarandon y Keaton, y carácter cargado seguramente de una alta dosis de improvisación de los caballeros, De Niro y Williams. Justin Zacham, que dirige su segunda película y es también el autor del guión de Ahora o nunca, prácticamente coloca la cámara y deja hacer a los actores. No tiene pinta de haber sido una película muy estresante de dirigir.

Obviamente, la película va sobre una boda, y eso da muchas pistas sobre su historia. En realidad, se centra más en los muy diversos problemas, secretos e historias de dos familias. Tres, en realidad. Pero mejor descubrir el múltiple enredo en la propia película y no en sinopsis que fusilan en unas pocas líneas todo lo que acontece en su primer tercio (puede que incluso más). Y en ese enredo hay detalles ingeniosos, otros que no son nada innovadores, algunos sorprendentes y otros muy previsibles. Cuando se monta una película de 90 minutos a ritmo de gag, esa irregularidad forma parte del paisaje inevitablemente. Lo mejor, sin duda, está en algunas de las apariciones de De Niro (aunque muy lejos del retorno a la genialidad que había protagonizado en El lado bueno de las cosas) y de Robin Williams, aunque de alguna manera el suyo parezca el personaje más desaprovechado de la función.

La gran boda es escapismo puro y duro, ni más ni menos, lo que permite que no haya demasiadas expectativas que colmar y facilita un regusto amable al terminar la película. Al que guste de este tipo de comedia (es innegable que se hacen muchas películas de este estilo y que eso se debe a que dan buen resultado en taquilla, luego público tendrán) le dará un rato agradable. Quizá lo más decepcionante esté en Amanda Seyfried, a la que con momentos brillantes como Los miserables sigo sin terminar de apreciar, o que Diane Keaton sea cada vez más Diane Keaton, más una repetición de sí misma, y no uno de sus personajes. Pero el conjunto es lo suficientemente agradable y tiene los suficientes aciertos humorísticos (más en diálogos concretos que en situaciones del guión) como para no lamentar el rato sentado en la butaca.

lunes, octubre 08, 2012

'El fraude', insulso intento de thriller

Lo más negativo de una película es que no sepa qué quiere contar. Da la sensación de que ese es el gran problema de El fraude, que se queda en un vehículo para el lucimiento (personal, que no interpretativo) de Richard Gere. No le alcanza para ser la historia de una pesadilla sobre el hundimiento de un hombre porque dicho hombre no genera empatía de ningún tipo en el espectador. Tampoco para ser una crítica a la situación económica actual porque es un tema que toca tan brevemente, aunque en los mejores momentos de la película, que no adquiere la entidad necesaria. Y no es una reflexión sobre nada de lo que cuenta porque da la sensación de que la película acaba sin tener claro el mensaje que quiere transmitir. O, simplemente acaba porque sus responsables no saben cómo continuarla. Al final, parece un intento fallido e insulso de conseguir un thriller que ni emociona ni preocupa.

Nuevamente sin revelar nada del argumento porque las sorpresas hacen que el filme cambie tras la introducción, El fraude sigue los pasos de Robert Miller, un billonario que va a luchar para evitar que su vida personal y profesional se venga a pique. Todo esto arranca el día en el que cumple 60 años. Lo curioso de El fraude es que arranca con un impersonal retrato familiar para, de golpe y porrazo, cambiar por completo la imagen de su protagonista. Infiel en su matrimonio y fraudulento en su trabajo. ¿Cómo sentir empatía por un personaje así? Complicado. Y el caso es que el cine moderno nos empuja en muchas ocasiones a tener que respaldar, de alguna forma, a quien ha caído en este lado oscuro de la vida. Aquí es prácticamente imposible sucumbir a los intentos del filme porque no hay nada que conecte emocionalmente al espectador con el protagonista.

Ese es el gran problema de partida de El fraude. Da igual que al protagonista le salgan las cosas bien o mal. El único interés que tiene esa parte de la película es saber, más por rutina que por otra cosa, si consigue sus objetivos. Lo malo es que Nicholas Jarecki, director debutante y guionista del filme, no parece tener claro qué hacer con su protagonista, como evidencia en el intrascendente final del filme. Tampoco ayuda en realidad que el papel principal recaiga en un actor tan inexpresivo como Richard Gere. El conflicto no se intuye, no se palpa, no se vive, sino que se ve solo en la sobreactuación, en los gritos y en los empujones, además de en los extremadamente convenientes giros de guión, que se van sucediendo de forma artificial, siempre uno detrás del otro y cuando el anterior ha terminado. Hay cierta torpeza en la evolución de la trama, hasta el punto de que se acaba haciendo bastante inverosímil.

Miller no cae simpático y no queda claro si la película pretende conseguir ese efecto, el contrario o ninguno en absoluto. Tampoco es fácil empatizar con su amante (una bellísima Laetitia Casta pero poco más), apenas lo consigue con el personaje de su mujer (Susan Sarandon, más impersonal que de costumbre). Ni siquiera se siente simpatía por el policía que interpreta Tim Roth. Quizá el personaje más agradecido, aunque mal rematado, sea el de la hija de Miller (Brit Marling), que al menos se beneficia de las escenas más interesantes de El fraude, aquellas en las que se habla los tejemanejes económicos que tanto interesan estos días. Pecan también estas secuencias de falta de irrealidad, por los escenarios y por los diálogos, pero al menos se acercan a lo que podría haber sido esta película de contar con una dirección más hábil que la de Jarecki.

El fraude es una película mínimamente correcta para pasar un rato y disfrutar sus fans con las poses y el elegante vestuario de Richard Gere. Poco más debido a que no es una cinta que tenga las ideas claras. No llega a ser un buen thriller porque no se siente emoción ni tensión, solo es una acumulación de fuegos que el protagonista intenta ir apagando en busca de un objetivo de dudosa moralidad, pero que tampoco explora el debate ético que parece proponer en algunos momentos. La verdad es que el argumento podría haber dado para una película muy diferente a la que finalmente se ha hecho, pero el resultado final es bastante rutinario e insulso. No necesariamente malo, pero sí insuficiente.

sábado, enero 19, 2008

Perdidos en 'El Valle de Elah'

En el Valle de Elah es una de esas películas que se presentan como una crítica progresista pero que en realidad no saben lo que quieren. No saben cuál es realmente su mensaje porque no se atreve a dar el paso de mostrarse abiertamente en contra del conservadurismo que se propone critcar. Intentan moralizar en lugar de plantear debates y por ello generan rechazo (en la taquilla norteamericana, como todas las películas sobre Irak, y entre el público de a pie, como se demuestra escuchando a la gente cuando sale del cine en España). Mezclan grandes momentos con otros que uno no sabe muy bien cómo clasificar. Les sobra metraje, porque con pequeños detalles intentan desviar la atención del espectador para que no se dé cuenta de la sibilina manipulación de la que está siendo objeto. Y se pierden y nos pierden al mismo tiempo y con la misma facilidad.

¿Es En el Valle de Elah una mala película? Yo no diría eso, puesto que tiene algunos alicientes y algunos muy buenos momentos. ¿Es una buena película? Tampoco sería capaz de decirlo, porque no me llega ni el mensaje ni la forma en que me lanzan ese mensaje. El filme cuenta la historia de un policía militar ya retirado (Tommy Lee Jones) que se lanza a la búsqueda de su hijo, también militar, desaparecido poco después de regresar de Irak. En esa tarea encontrará la ayuda de una agente de policía despreciada por muchos sus compañeros (Charlize Theron). El muchacho, como era de suponer (aunque no se nos dice casi hasta la media hora de película, y es en esa primera parte donde sobra más metraje), aparece muerto y la búsqueda del hijo se convierte en la de sus asesinos.

Lo mejor de esta película, sin duda, son los actores. Tommy Lee Jones siempre ha sido un actor brillante y lo demuestra una vez más. Su creación de un rudo, avejentado y entristecido militar retirado es formidable en toda la película. No flaquea, conmueve siempre aunque el guión no lo haga, solo o acompañdo por otros actores en escena, con la palabra y con la mirada, sobre todo con la mirada. Charlize Theron, actriz a la que sólo parece apreciarse cuando aparece en pantalla afeada, vuelve a dar muestras de que es fantástica en su trabajo. Pocas miradas como la de esta mujer son tan fuertes en pantalla. Pocas aguantan un cara a cara constante tan intenso y tan cambiante con un actor del calibre de Tommy Lee Jones (brillante también su enfrentamiento final con Jason Patric). Si la tiranía de la belleza y la juventud de Hollywood se lo permite, envejecerá delante de la pantalla y crecerá como actriz más todavía.

Susan Sarandon tiene un brevísimo personaje (cabría más hablar de apariciones que de personaje por su escaso tiempo en pantalla; una pena, talento desaprovechado) y eso le vale para dejarnos uno de los cara a cara más brillantes de los últimos años, sin compartir espacio físico ni plano, con Tommy Lee Jones. Soberbia la conversación telefónica en la que él le dice a ella que su hijo está muerto, sencillamente soberbia y conmovedora. Y junto a estos tres magníficos actores, un elenco de secundarios del que sobresalen un par de nombres que bordan sus papeles, actores como Jason Patric (¿quién iba a decir que que el protagonista de Speed 2 podría hacer un buen papel?) o Josh Brolin (actor a seguir, brillante en American Gangster, aquí demasiado breve pero intenso en un papel bastante similar).

En el Valle de Elah es la segunda película como director de Paul Haggis. Su nombre comenzó a sonar, a pesar de llevar muchísimos años en el negocio, como guionista de esa maravilla que es Million Dollar Baby. Después de se colocó detrás de la cámara para dirigir Crash, la sorpresa en los Oscar de hace dos años, una película que nunca me ha terminado de llegar ni conmover y que me pareció sumamente fácil y nada arriesgada de realizar. Tan poco arriesgada como En el Valle de Elah. Sí, el tema que trata es controvertido (los efectos de la guerra de Irak en los soldados que allí van destinados), pero el enfoque es tremendamente superficial (como le pasaba a Crash aunque en su día se hablara de ella como una película valiente y comprometida).

Sobra decir que busca ser una crítica a la intervención norteamericana en Irak (no deja de resultar curioso que haya ni un solo cineasta norteamericano que quiera dar una visión más favorable o que no se haya atrevido a rodar ese punto de vista, que, por otra parte, tiene muchos adeptos en Norteamérica). Pero parte de la confusión, se desarrolla en una confusión aún mayor y al final uno no sabe qué quiere contar realmente la película. La culpa de eso también hay que buscarla en la amalgama que suponen las tres personalidades que se ofrecen del hijo militar muerto, que apenas llega a aparecer en la película, que son imposibles de fundir en un mismo personaje. No es creíble que el buen soldado que tiene su padre en la mente, el soldado más o menos sensible que se ve en Irak y el macarra que se presenta en Estados Unidos sean la misma persona. No es creíble en asboluto. Y ahí flaquea la película, casi tanto como en la previsible resolución de la intriga policial.

Por el camino queda una metáfora tan obvia que da título a la película (el Valle de Elah es el lugar donde David se enfrentó a Goliath, se supone que es una acusación al Gobierno de Estados Unidos de mandar a unos jóvenes a una guerra con sólo unas piedras para derrotar a un enemigo invencible) y que ofrece un par de escenas formidables. Pero eso puede que sea sólo por el talento de un reparto formidable. Paul Haggis sigue sin hacer una película verdaderamente apreciable como director, a pesar de que la crítica le suele dar todo su fervor. Le sigo prefieriendo como guionista de ese genio que es Clint Eastwood. En conjunto, En el Valle de Elah se queda como una decepcionante película con un reparto impresionante.