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viernes, septiembre 04, 2015

'Ático sin ascensor', la fuerza de la naturalidad

Habiendo tantos y tantos actores que fuerzan el gesto, la voz y los diálogos, ver lo que hacen Morgan Freeman y Diane Keaton en Ático sin ascensor sirve para reconciliarnos con la esencia de la actuación. Lo que ellos consiguen en la pantalla es que la naturalidad sea su arma, su forma de convencernos de que quienes protagonizan la película son personas de carne y hueso, de que sus problemas son reales, de que sus diálogos nace de toda una vida en común. Son dos auténticos monstruos, y lo son precisamente en ese terreno. Luego Morgan Freeman podrá encajar en el cine de acción de gran estudio y Diane Keaton en las comedias más desenfadadas, pero en lo que son maestros es en esto. Sin ellos, Ático sin ascensor se podría descoser con cierta facilidad. Parte de una anécdota muy pequeña como para perdurar, una pareja que pone en venta su piso, y tiene algunos problemas narrativos bastante palpables, ¿pero a quién le importa cuando Freeman y Keaton tienen tanto que ofrecer juntos?

Estos dos veteranos intérpretes forman una extraordinaria pareja en la pantalla, y no sólo por la mezcla racial, algo que importará más en Estados Unidos que aquí, y que apenas tiene una pincelada argumental en la película. Es verlos por primera vez y ya se tiene la sensación de que son un matrimonio que lleva unido cuatro décadas. Y es escucharles y se palpa esa naturalidad, esa sencillez que invita a pensar que no tienen un guión entre las manos y, simplemente, están dando vida a sus personajes. Eso, que así escrito parece tan fácil, es algo que no saben hacer o por lo menos no dominan la gran mayoría de los actores. Llegar hasta ese punto es lo que lleva a un actor a tener el convencimiento de que puede hacer cualquier cosa en una película. Ático sin ascensor es una película amable, pero Freeman y Keaton hacen que sus personajes sean mucho más profundos que la misma película de la que forman parte. Puede parecer un trabajo menor, pero es sencillamente admirable lo que han hecho para el filme de Richard Loncraine.

El director, y hace francamente bien viendo el resultado, se deja llevar por ellos y no se mete en ningún lío. Sí que es verdad que la película, analizada sin el trabajo de sus actores, se puede quedar en poca cosa. Es divertida cuando debe serlo y no está mal llevada, pero a cambio promete alguna que otra cosa que no termina de ofrecer. Por ejemplo, el uso de los flashbacks, que en todo momento parece indicar que hay algo más en el terreno narrativo, se acaba revelando como algo aleatorio. O la narración en off del personaje de Freeman, que acaba teniendo el mismo problema. Esos dos recursos no sirven más que para una satisfacción momentánea y para alargar la película, pero en realidad no adquieren un sentido argumental suficiente. También esa historia paralela que nada tiene que ver con la pareja protagonista y que se sigue a través de la televisión, con un desarrollo que sí engancha pero una resolución que sabe a poco.

En realidad, esa es la sensación que va dejando la película. Amable, bonita, incluso emocionante, a ratos muy divertida cuando se asoma al fascinante mundo de las relaciones humanas que se establecen con desconocidos en un momento de necesidad (la jornada de puertas abiertas para vender el ático), pero que al final se ve sin más reflexión o conclusión por parte de Loncraine. La película no cierra casi nada, simplemente se deja llevar. Quizá le hacía falta algún minuto más de esos 92 que emplea para dejar una sensación más cohesionada, o quizá simplemente es que ahí está todo lo que el director tenía que mostrar. Pero lo que está claro es que hay algo que chirría. Y eso, por supuesto, no está en el formidable trabajo de Freeman y Keaton, que sí han sabido llenar los huecos que deja la película para que sus personajes sean mucho más completos que la historia de la que forman parte. Pero, con todo, es una película que, sin mayor ambición, se ve con enorme agrado.

jueves, octubre 16, 2014

'Así nos va', nombres y poco más

Puede que Rob Reiner no se encuentre entre los directores más venerados actualmente, pero en los años 80 y 90 demostró una categoría y una versatilidad que hacen que todavía haya interés por ver una película nueva suya. Y como es un director correcto, es difícil encontrarle fisuras. Pero Así nos va se queda ahí, en lo correcto, en lo inofensivo, en la presencia de su nombre y el de sus dos actores protagonistas, Michael Douglas y Diane Keaton, sin ganas de ir más lejos. Es verdad que hay muchas películas que no llegan a ese nivel de corrección, y ahí es donde se nota la mano de un tipo experto como Reiner y de dos actores ya veteranos y carismáticos, pero no hay mucho más. La película es previsible y por tanto blandita. Es exactamente lo que se intuye en ella, sin ganas de molestar ni tampoco de ser mucho más que un ligero entretenimiento, un telefilme engordado con el prestigio de su director y sus actores principales con el que los aficionados de Douglas y Keaton disfrutarán.

Vaya por delante que Así nos va es una película que cumple con su cometido, por sencillo que sea, y que lo hace en unos ajustados 94 minutos que impiden que la historia se complique más allá de lo necesario. ¿Que recuerda a otras tantas películas del mismo corte? Eso está claro. ¿Que el personaje malencarado de Michael Douglas casi parece una reblandecida evolución del Jack Nicholson en Mejor... imposible? Lógico, si tenemos en cuenta que ambas películas comparten guionista, Mark Andrus. Pero la sensación que deja es la de una cierta desgana y una notoria indefinición. No es una comedia clara, porque en realidad no llega a provocar carcajadas (ni es tan salvaje como quiere aparentar con ese primer chiste de Douglas con el perro), incluso pocas risas (y casi todas de las cínicas frases que hay en los diálogos de Douglas). Tampoco es un drama familiar, por mucho que haya situaciones que linden con esa temática en diferentes momentos de la película.

El guión, de hecho, es bastante más flojo de lo que parece una vez que se le dan dos o tres pensamientos detenidos. Durante la proyección, el carisma de Douglas y Keaton (más el de él que el de ella, quizá porque Keaton lleva ya unos cuantos años instalada en este género, en este papel y casi en este mismo aspecto) basta para que la historia fluya. Encajan bien, sus escenas juntos son de lo mejor de la película. Pero la resolución de las tramas es tan simple que Así nos va no da en realidad para mucho más. Algunos de estos segmentos del relato, de hecho, se cierran de una forma bastante torpe. Y aunque se juega la habitual baza infantil con la belleza y la simpatía de la joven Sterling Jerins, lo cierto es que lo más emocionante de la película no sale de su relación con los personajes de Douglas y Keaton, como sería lo lógico, sino de una pequeña subtrama con un matrimonio hispano que juega un papel bastante accesorio en la cinta.

Hollywood suele ofrecer muchas películas como ésta todos los años, comedias románticas, historias familiares, vehículos más o menos simpáticos en los que encuentra acomodo para sus grandes estrellas de ayer que hoy ya no tienen o ya no quieren tener un hueco en la primera fila. Y es ese carisma lo que hace que estas películas se reciban con cierto agrado, salvo notables excepciones que merecen una mejor consideración y que están hechas con mucho más tiento y talento. Así nos va es de las rutinarias, una que ofrece sus nombres y poco más, una con la que no se pasa mal rato pero que no aspira a nada más que eso, a mostrar a un Michael Douglas cínico y a una Diane Keaton incluso cantando para deleite de sus aficionados. Pero para ellos dos y para Reiner, por mucho que hace apenas cuatro años firmara una magnífica y desconocida película titulada Flipped, se puede decir que cualquier tiempo pasado fue mejor. Salvo que nos desmientan en el futuro.

miércoles, mayo 01, 2013

'La gran boda', divertida pero convencional

Las bodas se han convertido ya en un subgénero de la comedia. La boda de mi mejor amiga, Mi gran boda griega, Cuatro bodas y un funeral, Planes de boda, De boda en boda, La boda de Muriel, American Pie ¡Menuda boda!... y así hasta el infinito, sin que nadie haya sido en realidad capaz de superar el ingenio y la simpatía de El padre de la novia. La original, por supuesto, la de Spencer Tracy y Elizabeth Taylor. Y aquí nos llega La gran boda, que encima es remake de una película francesa de 2006. Y es divertida, sí, porque tiene un reparto repleto de grandes nombres que decidió pasárselo estupendamente bien rodando la película, pero también es convencional. Con momentos delirantes y muy divertidos, pero que en realidad según va pasando el tiempo se va diluyendo en la memoria. Es lo que es y gustará a todo aquel que vaya a ver precisamente lo que ofrece: una desenfadada comedia con una boda de fondo. Y de 90 minutos de duración, que no es algo tan fácilmente rechazable.

Robert De Niro, Diane Keaton, Susan Sarandon, Katherine Heigel, Ben Barnes, Amanda Seyfried, Topher Grace y Robin Williams. Casi nada. Evidentemente, en ese listado de actores condensados en La gran boda hay clases y categorías, y el tipo de película condiciona lo que son capaces de ofrecer, pero lo que está claro es que son nombres capaces de atraer a gente a las salas. Y, todo hay que decirlo, con motivo. Es un reparto sólido, insisto que dentro de los parámetros de esta comedia amable e intrascendente, que muestra sobre todo elegancia en las grandes damas, Sarandon y Keaton, y carácter cargado seguramente de una alta dosis de improvisación de los caballeros, De Niro y Williams. Justin Zacham, que dirige su segunda película y es también el autor del guión de Ahora o nunca, prácticamente coloca la cámara y deja hacer a los actores. No tiene pinta de haber sido una película muy estresante de dirigir.

Obviamente, la película va sobre una boda, y eso da muchas pistas sobre su historia. En realidad, se centra más en los muy diversos problemas, secretos e historias de dos familias. Tres, en realidad. Pero mejor descubrir el múltiple enredo en la propia película y no en sinopsis que fusilan en unas pocas líneas todo lo que acontece en su primer tercio (puede que incluso más). Y en ese enredo hay detalles ingeniosos, otros que no son nada innovadores, algunos sorprendentes y otros muy previsibles. Cuando se monta una película de 90 minutos a ritmo de gag, esa irregularidad forma parte del paisaje inevitablemente. Lo mejor, sin duda, está en algunas de las apariciones de De Niro (aunque muy lejos del retorno a la genialidad que había protagonizado en El lado bueno de las cosas) y de Robin Williams, aunque de alguna manera el suyo parezca el personaje más desaprovechado de la función.

La gran boda es escapismo puro y duro, ni más ni menos, lo que permite que no haya demasiadas expectativas que colmar y facilita un regusto amable al terminar la película. Al que guste de este tipo de comedia (es innegable que se hacen muchas películas de este estilo y que eso se debe a que dan buen resultado en taquilla, luego público tendrán) le dará un rato agradable. Quizá lo más decepcionante esté en Amanda Seyfried, a la que con momentos brillantes como Los miserables sigo sin terminar de apreciar, o que Diane Keaton sea cada vez más Diane Keaton, más una repetición de sí misma, y no uno de sus personajes. Pero el conjunto es lo suficientemente agradable y tiene los suficientes aciertos humorísticos (más en diálogos concretos que en situaciones del guión) como para no lamentar el rato sentado en la butaca.

viernes, junio 01, 2012

'¡Por fin solos!', se confirma la decadencia de Lawrence Kasdan

Qué lejos quedan los tiempos en los que Lawrence Kasdan era un cineasta brillante y diferente, capaz de dotar a la saga de Star Wars de un vigor impensable para muchos con su portentoso guión de El Imperio contraataca, de calentar una sala de cine como pocas veces se había hecho con Fuego en el cuerpo o de hacer crónica social de altura con Grand Canyon. ¡Por fin solos! es una comedieta simple, demasiado simple viniendo de quien viene, con algunos momentos divertidos como no podía ser de otra manera, pero en conjunto una muestra de que este director, que sólo ha hecho dos películas en lo que llevamos de siglo, está en clara decadencia y muy lejos de su interesante filmografía de los años 80 y 90. Se intenta, porque es Lawrence Kasdan, porque son Kevin Kline y Diane Keaton, pero cuesta encontrar elementos para pensar que este filme es verdaderamente rescatable. Es simpático, sí. Pero nada más. Y de alguien como Kasdan hay que esperar mucho más.

Es difícil encontrar una línea maestra que guíe el cine de Lawrence Kasdan, desde que allá por 1980 escribiera el guión de la segunda entrega de Star Wars y sólo un año después debutara como director con Fuego en el cuerpo. Si la hay, estaba en su maestría para crear personajes, dotarles de una psicología y de una historia y así convertir seres de papel en hombres y mujeres de carne y hueso. Y le daba igual que el entorno en el que se movieran esos personajes fuera de ciencia ficción o de realismo puro y duro. Quizá la última gota de genialidad hay que buscarla en la muy desconocida Mumford, que se estrenó nada menos que en 1999. Desde entonces, sólo había dirigido y escrito una película, Los cazadores de sueños, en 2003. Sin ser un tiempo excesivamente alarmante, que ¡Por fin solos! se rodara en 2010 y haya visto pospuesto su estreno a casi el verano de 2012 es ya un indicativo de que no estamos precisamente ante el resurgir de la genialidad de Kasdan en décadas anteriores. Por desgracia.

Y es algo a reprochar, porque el reparto es como para sacar partido de cualquier historia, por endeble que fuera. A ratos parece funcionar, todo hay que decirlo. Lo mejor de la película, de hecho, está en los sorprendentemente escasísimos momentos de interacción entre Kevin Kline (otro al que se echa en falta haciendo personajes protagonistas más a menudo) y Diane Keaton, o cuando el primero da rienda suelta al genio cómico que lleva dentro, quizá más cínico que de costumbre pero igualmente divertido. No obstante, siendo justos, la genialidad y la efectiva comicidad sólo aparece muy de vez en cuando en esta película. Algún momento de Richard Jenkins, algún otro de Dianne Wiest, algún que otro toque exótico de Ayelet Zurer... Aún así, todo queda demasiado escaso. Quizá el problema, insisto, sea el baremo que se le quiera aplicar a la película. A mí Kasdan me ha dado grandes momentos (ese resurgir del western en los años 80 con Silverado, esa nostalgia de Reencuentro) y le exijo acorde a su capacidad. Quizá otros vean en ¡Por fin solos! una comedia agradable sin más pretensiones.

En el fondo, lo es. Pero muy en el fondo. Lo dicho, esos momentos de diversión puntual puede que salven la película. Pero lo que cuenta es demasiado episódico, trivial e intrascendente. No termina de haber una historia equilibrada (sorprende una secuencia de animación, totalmente ajena al tono y al ritmo de la película), no es fácil saber si Kasdan (ayudado en el guión por su esposa, Meg) pretende contar lo que supone ser una mujer con el síndrome del nido vacío, porque las hijas apenas tienen un rol en el engranaje de la película. Tampoco si quiere hacer el retrato de un matrimonio en crisis, porque la historia del perro se lleva buena parte del protagonismo. Es difícil definir de qué va ¡Por fin solos!, incluso su argumento no daría demasiadas pistas y, en cambio, estropearía de contarlo aquí algunas de las sorpresas de la película. Quizá no sea más que una reunión de viejos amigos (sobre todo Kasdan y Kline) para pasar un buen rato rodando. A mí desde luego, se me antoja tan escaso... Echo de menos al Lawrence Kasdan de hace dos décadas. Y empiezo a pensar que ese ya no va a volver.

miércoles, marzo 09, 2011

'Morning glory', risas y carisma

Está claro que el cine hay que verlo cuando hay que verlo. Porque es la única forma de entender que Morning Glory me haya dejado tan buen sabor de boca. La miras detenidamente y no es una gran película. No tiene un buen guión, muy previsible y con olor a refrito. Es una mirada demasiado amable sobre un tipo de periodismo que a mí, la verdad, no me entusiasma. Pero desborda simpatía y produce risas. Eso es lo más inesperado, claro, pero es que hacía tiempo que no me reía tanto con una película. No vayáis a pensar que es la comedia más desternillante de la historia, pero tiene sus puntos. Y esos puntos tienen su origen en el carisma que desprenden sus actores protagonistas. Porque Harrison Ford, por fin, ha encontrado un papel que le va como anillo al dedo después de años de naderías en las que no encajaba (con el intermedio de volver a ser Indiana Jones, por supuesto) y porque Rachel McAdams demuestra un talento innato para la comedia. Lo demás no es nada del otro mundo, pero es una cinta simpática.

Vaya por delante una advertencia: no estamos ante una comedia romántica. Hay un romance, por supuesto, porque eso no puede faltar en una película hecha en Hollywood, pero no es eso lo que ofrece Morning Glory. Su protagonista es la ya esterotipada mujer joven entregada por completo a su trabajo que encuentra un reto en el que todo se pondrá en su contra pero del que hará lo imposible para salir airosa. Un cliché muy visto. Y muy visto también el entorno amable de la televisión que retrata la película. Amable porque no pretende hacer crítica alguna sobre lo que se cuenta. No es un análisis de la televisión actual o sobre los programas matinales de variedades. Morning Glory no pasa de ser lo que es, una peliculita simpática con actores carismáticos. Buscarle más profundidad equivale a experimentar un chasco inmenso en su visionado. Pero si se ve como lo que es, una comedia ligera, cumple a la perfección con su misión de entretener.

Y como la película en sí misma no ofrece mucho donde rascar, el mérito de esa empatía que despierta está indudablemente en sus actores. Morning glory empieza con una conversación (¿es muy maquiavélico trazar un paralelismo, a la baja por supuesto, con el prodigioso comienzo de La red social?) en la que se busca asentar la personalidad de la protagonista, Becky Fuller, una mujer que no llega a los treinta y que vive entregada por completo a su trabajo como productora de un programa en una emisora local. Por eso mismo, no es capaz de tener una vida sentimental normal. Es además una mujer que habla mucho y que no domina los usos sociales para cambiar su forma de actuar. El retrato suena atractivo, pero Roger Mitchell (director de Notting Hill) cambia pronto de rumbo. Esa adicta al trabajo pronto encuentra también lugar para los sentimientos y su labia pronto se ve enterrada por la apabullante presencia de Mike Pomeroy, un periodista de prestigio y malencarado con el que empezará a trabajar.

Es decir, que la película empieza con trampa. Lo quye vemos en la primera escena no encuentra reflejo después. La Becky de esa conversación inicial no termina de ser la misma persona que aparece en el resto de la película. Perdonada esa incongruencia, Rachel McAdams demuestra un talento especial para la comedia amable, lo que unido a su versatilidad (Sherlock Holmes, Más allá del tiempo, La sombra del poder) hace de ella un nombre y un rostro muy atractivos para todo tipo de película. Aquí sale triunfante a pesar de estar rodeada de grandes nombres. O, mejor dicho, precisamente por eso. Porque hay química en sus (un tanto escasas) escenas con Jeff Goldblum y, sobre todo, con Harrison Ford. De hecho, es la aparición conjunta de McAdams y Ford lo que dispara la película. Suyas son las mejores escenas, incluso cuando no están compartiendo plano pero sí secuencia. Diane Keaton, mucho más sosa de lo que uno podría esperar, a veces parece sobrar más allá de su papel de catalizador, pero en ese lugar sí funciona (ver el pique en pantalla de Keaton y Ford ante una McAdams primero boquiabierta detrás de las cámaras y después enfurecida delante de ellos).

Morning glory es una de esas muchas películas que ofrecen visiones complacientes y nada arriesgadas de un mundo profesional en concreto. Son la excusa para enfrentar personajes muy dispares y ver lo que sucede. Es una clave cinematográfica muy usada, muy manida, pero que funciona cuando el casting es acertado. Aquí lo es, y por eso la película acaba funcionando. Sin dejar una huella demasiada profunda en el espectador, pero sí ofreciendo cien minutos de entretenimiento sincero, correctamente rodado, bien acompañado musicalmente y, sobre todo, muy bien interpretado. Una película perfecta para ver cuando uno necesita olvidarse del mundo y sonreír.