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lunes, enero 04, 2016

'De padres e hijas', dos historias inconexas

Cuando se abordan historias de corte realista, relatos del sufrimiento de un padre o una madre, con algún niño de por medio y algún tipo de mal físico o psicológico, el tufillo a telefilme parece inevitable. Hollywood, de hecho, ha abrazado ese tipo de historias en las que coloca grandes historias tratando de huir de esa sensación y así ofrecer un producto emocionalmente atractivo y relativamente barato de producir. De padres e hijas se enmarca claramente en esa corriente que su director, Gabriele Muccino ha llevado a cabo ya en ocasiones anteriores sobre todo de la mano de Will Smith. Aquí no sólo tiene a Russell Crowe y Amanda Seyfreid como protagonistas, sino que cuenta en el reparto con otros nombres como los de Diane Kruger, Aaron Paul, Quvhenzane Wallis, Octavia Spencer, Jane Fonda o Bruce Greenwood. Pero la película sabe a poco por una razón, y es que plantea dos historias paralelas para huir del tono de telefilme y ambas quedan bastante inconexas.

La primera escena de la película, y por tanto no es un gran spoiler, nos pone en situación. Un accidente de tráfico acaba con la vida de la esposa del personaje de Crowe y él, un novelista de éxito se queda solo para criar a su hija de ocho años, pero con graves secuelas que le llevan a ingresar un hospital psiquiátrico. Esa es la primera trama. La segunda, la de la hija ya adulta, interpretada por Seyfreid, una asistente social que es incapaz de amar y que suple esa falta de cariño de formas algo problemáticas. Según pasan los minutos y alternando narraciones, De padres e hijas se antoja una película larga precisamente porque no es capaz de establecer una conexión clara entre esa niña feliz con su padre pese a echar de menos a su madre y esa joven de tendencias tan peligrosas y que no sabe gestionar su amor. De hecho, la conexión entre ambas partes no llega a ocurrir.

Es, claramente, la forma en que Muccino quiere que el guión de Brad Desch trascienda el tono de telefilme y adquiere un porte más maduro, un acabado más trabajado, pero no lo consigue. El peso de la película queda, por tanto, en ambas partes de la historia por separado y en los actores. Y ahí, a pesar de algún que otro diálogo que se cae por el peso de su propia pomposidad (la última escena de Diane Kruger viene a ser un ejemplo perfecto), De padres a hijas sí se sostiene. Por supuesto, como cabía esperar, lo mejor lo aporta Crowe, que sigue siendo uno de los actores más camaleónicos que hay en el cine actual, capaz de interpretar con la misma fuerza a un héroe de acción que a un padre pasando por momentos verdaderamente difíciles, en lo familiar, en lo personal, en lo económico, en lo profesional y en su salud. Él es quien asume la carga de sensibilizar al espectador y lo hace con enorme brillantez.

Como De padres e hijas podría haber sido una película que se hubiera quedado en un retrato de actor y nada más (como, por ejemplo, lo fue Siempre Alice con la figura de Julianne Moore, que logró el Oscar por ese papel), Muccino rodea a Crowe de un reparto muy sólido, pero que, al final, queda desaprovechado por la desconexión entre las dos historias y porque partir la película por la mitad recorta el desarrollo de varios de ellos. A ratos, De padres e hijas se olvida de la enfermedad de su protagonista. A ratos, del vacío emocional de la hija. A ratos, de esa cuñada llena de rencor. Y a ratos de ese vacío que queda en la película por la enorme elipsis que separa los dos tiempos que narra. Hay momentos interesantes y buenas actuaciones, pero en el fondo la película no consigue escaparse de esa temida sensación de telefilme. Digna, pero escasa.

viernes, octubre 09, 2015

'Pan', polvos de colores

Se hace difícil entender cómo es posible que Hollywood sea capaz de alejarse tanto de los espíritus originales de las obras que presumiblemente quiere honrar expandiendo sus historias hacia el futuro o, como es el caso de Pan, hacia el pasado. La idea del filme de Joe Wright es rendir homenaje a Peter Pan, la inmortal creación de J. M. Barrie contando la llegada del niño que no quería crecer al País de Nunca Jamás y su primer encuentro con James Hook antes de que este fuera el temible Capitán Garfio, siendo aquí el villano de la función un exaltado Barbanegra interpretado por Hugh Jackman. Pues más allá de unas cuantas alusiones no demasiado brillantes al saber popular sobre el universo de Peter Pan, poco hay de la obra original y de su espíritu. Lo que queda son polvos de colores, efectos digitales tridimensionales y una historia tan poco elaborada que no se puede salvar por su más o menos grandilocuente espectáculo de luz y sonido.

Quizá ahora es el momento de echar la vista atrás y recordar el injusto vapuleo que recibió Hook, el filme de Steven Spielberg que hablaba de un Peter Pan que había crecido y que había olvidado quien era. Aquella película tenía una razón de ser, una historia que contar y un encaje formidable en la mitología creada por Barrie, por mucho que se pudieran criticar algunos de sus excesos visuales. Pero Pan está en las antípodas de los logros de aquella. No le importan los temas de Peter Pan, no es inteligente al incorporar los elementos ya conocidos y su único interés parece estar en la recreación de un mundo digital que, además de ser imposible y estar mal explicado (¿por qué hay, por ejemplo, un cocodrilo en una de esas burbujas de agua voladoras que reciben la llegada del barco pirata a Nunca Jamás?), tiene planos que parecen impropios de una superproducción de Hollywood en los que simplemente hay que colocar a los actores conocidos de la película como único reclamo posible.

La entrada en la película, aunque no brillante en exceso, al menos es esperanzadora. Las escenas de Peter está en el orfanato londinense, aunque repetitivas, invitan a pensar que hay algo interesante que contar. Pero no lo hay. La ilusión se desvanece cuando se comprueba que sólo importan los planos en 3D, por aquello de cobrar las entradas más caras, y la extravagancia visual y formal, con diseños de personajes y escenarios sin explicación, ni siquiera dentro de la lógica fantástica de este mundo, y con la pretensión de llamar la atención, hasta el punto de que se pervierten los propósitos de la actualización musical que ofrecía Moulin Rouge para hacer que los corsarios de Barbanegra, Hugh Jackman a la cabeza, y sus esclavos en las minas, entonen una canción de Nirvana. Ahí se acaba el disimulo de que Pan pueda llegar a entretener, como se confirma después con los desdibujados personajes y el inevitablemente previsible desarrollo del filme de principio a fin.

Nada salva el resultado final, porque el clímax no es más que ruido, y para llegar ahí la perplejidad no ha hecho más que aumentar, porque encima la película se salta hasta sus propias reglas. Por ejemplo, no hay que introducir la mano en el agua porque hay cocodrilos, y sin embargo los recuerdos de Peter se avivan sumergiéndose en el agua después de haber salvado la vida frente al cocodrilo. Y eso por no hablar de la profecía que se anuncia en la película, tan de andar por casa y tan mal desarrollada en el final que parece casi una broma. El reparto, además, sabe lo que estaba haciendo, y simplemente se lo quiere pasar bien, sin más consecuencias. No será precisamente esta la película de la que mejor recuerdo guarde Jackman, ni tampoco un insustancial Garrett Hedlund o una aburrida Rooney Mara, ni siquiera Amanda Seyfreid con su escasísima presencia. En realidad, Pan se olvidará con facilidad, aunque sea otro claro paso atrás del hasta ahora interesante Joe Wright, autor de Expiación o Hanna.

miércoles, mayo 01, 2013

'La gran boda', divertida pero convencional

Las bodas se han convertido ya en un subgénero de la comedia. La boda de mi mejor amiga, Mi gran boda griega, Cuatro bodas y un funeral, Planes de boda, De boda en boda, La boda de Muriel, American Pie ¡Menuda boda!... y así hasta el infinito, sin que nadie haya sido en realidad capaz de superar el ingenio y la simpatía de El padre de la novia. La original, por supuesto, la de Spencer Tracy y Elizabeth Taylor. Y aquí nos llega La gran boda, que encima es remake de una película francesa de 2006. Y es divertida, sí, porque tiene un reparto repleto de grandes nombres que decidió pasárselo estupendamente bien rodando la película, pero también es convencional. Con momentos delirantes y muy divertidos, pero que en realidad según va pasando el tiempo se va diluyendo en la memoria. Es lo que es y gustará a todo aquel que vaya a ver precisamente lo que ofrece: una desenfadada comedia con una boda de fondo. Y de 90 minutos de duración, que no es algo tan fácilmente rechazable.

Robert De Niro, Diane Keaton, Susan Sarandon, Katherine Heigel, Ben Barnes, Amanda Seyfried, Topher Grace y Robin Williams. Casi nada. Evidentemente, en ese listado de actores condensados en La gran boda hay clases y categorías, y el tipo de película condiciona lo que son capaces de ofrecer, pero lo que está claro es que son nombres capaces de atraer a gente a las salas. Y, todo hay que decirlo, con motivo. Es un reparto sólido, insisto que dentro de los parámetros de esta comedia amable e intrascendente, que muestra sobre todo elegancia en las grandes damas, Sarandon y Keaton, y carácter cargado seguramente de una alta dosis de improvisación de los caballeros, De Niro y Williams. Justin Zacham, que dirige su segunda película y es también el autor del guión de Ahora o nunca, prácticamente coloca la cámara y deja hacer a los actores. No tiene pinta de haber sido una película muy estresante de dirigir.

Obviamente, la película va sobre una boda, y eso da muchas pistas sobre su historia. En realidad, se centra más en los muy diversos problemas, secretos e historias de dos familias. Tres, en realidad. Pero mejor descubrir el múltiple enredo en la propia película y no en sinopsis que fusilan en unas pocas líneas todo lo que acontece en su primer tercio (puede que incluso más). Y en ese enredo hay detalles ingeniosos, otros que no son nada innovadores, algunos sorprendentes y otros muy previsibles. Cuando se monta una película de 90 minutos a ritmo de gag, esa irregularidad forma parte del paisaje inevitablemente. Lo mejor, sin duda, está en algunas de las apariciones de De Niro (aunque muy lejos del retorno a la genialidad que había protagonizado en El lado bueno de las cosas) y de Robin Williams, aunque de alguna manera el suyo parezca el personaje más desaprovechado de la función.

La gran boda es escapismo puro y duro, ni más ni menos, lo que permite que no haya demasiadas expectativas que colmar y facilita un regusto amable al terminar la película. Al que guste de este tipo de comedia (es innegable que se hacen muchas películas de este estilo y que eso se debe a que dan buen resultado en taquilla, luego público tendrán) le dará un rato agradable. Quizá lo más decepcionante esté en Amanda Seyfried, a la que con momentos brillantes como Los miserables sigo sin terminar de apreciar, o que Diane Keaton sea cada vez más Diane Keaton, más una repetición de sí misma, y no uno de sus personajes. Pero el conjunto es lo suficientemente agradable y tiene los suficientes aciertos humorísticos (más en diálogos concretos que en situaciones del guión) como para no lamentar el rato sentado en la butaca.

sábado, agosto 04, 2012

'Sin rastro', otro thriller rutinario con ganas de ser polémico

Cada vez parece más evidente que el thriller se estanca como género. Proliferan las películas, inundan la cartelera todas las semanas, pero muy pocas terminan de calar. Apenas unas elegidas se quedan en la memoria del espectador y las fórmulas parecen estar más que agotadas. No es así, claro, pero esa es la sensación que dejan películas como Sin rastro, vehículo para el lucimiento de una estrella que ahora mismo tiene apariencia de pasajera como Amanda Seyfried. El único argumento con el que parece contar la película, además de su protagonista, es la polémica que pueda suscitar su resolución, que por supuesto no desvelaré. No es que sea transgresora, no lo es, pero sí parece pensada para dejar en el espectador una sensación diferente. Pero no lo consigue porque, a pesar de lo chocante que pueda ser o de las conversaciones que genere tras la película, no oculta un pobre desarrollo de los personajes y lo rutinario de su planteamiento.

Parece cada vez más evidente que el thriller se ha convertido, por encima de la fantasía o la ciencia ficción, el género que más esfuerzos de ingenuidad exige del espectador. En Sin rastro, tenemos a una joven camarera, interpretada por Amanda Seyfried, que se convierte en la única persona capaz de solucionar un secuestro, que da esquinazo a la policía con una facilidad que ya quisieran los criminales, que va encontrando pistas que no podrían ser más evidentes como si sólo ella fuera capaz de verlas. Hay que dar demasiadas cosas por sentado, confiar demasiado en su sensación de realismo, como para que sea creíble. Sin rastro tiene muchos errores de planteamiento, incluso en la misma premisa del secuestro inicial. Seyfried se ha instalado en un cómodo papel de heroína capaz de todo (el mismo que hacía en la aburrida Caperucita Roja y la desaprovechada In time), pero necesitaría un cambio de registro ya si no quiere formar parte del panteón de jóvenes atractivas y olvidadas de Hollywood. ¿Los miserables que ya está haciendoTom Hooper? Veremos.

Sin rastro se construye en torno a Seyfried, dándole la práctica totalidad de escenas y planos de la película, lo que no da mucho margen para encontrar tablas de salvación para el filme lejos de su personaje. Incluso se permite el lujo de desaprovechar secundarios, de introducirlos y no volverlos a usar, a pesar de que podrían haber dado mucho juego. Es el caso del agente de policía al que da vida Wes Bentley. En los primeros veinte minutos parece que va a ser un personaje destacado pero se acaba quedando, como todos los demás, en una simple figura decorativa. Ningún personaje sobresale. No hay secundarios interesantes y no hay, craso error, un villano de altura. Solía ser una premisa básica del thriller, un antagonista desasosegante, pero en el cine más reciente se apuesta por no mostrar absolutamente nada del malo. Sin rastro abusa de ese recurso hasta el punto de que no es misterio, sino simple dejadez lo que hay en su retrato.

Heitor Dhalia, director brasileño que da el salto a Hollywood con esta película, no es capaz de ofrecer algo diferente con Sin rastro. Se contenta con filmar con cierta solvencia las escenas y con pasear a sus personajes por la pantalla. Con pocas expectativas, le queda un producto simplemente cumplidor. Si se quiere sacar punta a cada cosa que sucede en la pantalla, Sin rastro es un filón. Y una vez hecho eso, sólo queda el debate final que genera la resolución de la trama. La polémica que, evidentemente, quiere suscitar. El problema social sobre el que quiere discutir, siquiera superficialmente, la película. Pero la controversia no puede sustituir nunca a la calidad cinematográfica, y aquí no lo consigue. No es que haya mucho de lo primero, la verdad, en el fondo sólo un instante que pasa fugazmente, casi desaprovechado, pero de lo que seguro no hay casi nada es de lo segundo. Un thriller rutinario.

jueves, diciembre 08, 2011

'In time', interesante aunque insuficiente fábula futurista

Andrew Niccol tiene la extraña capacidad de llamar mi atención antes de ver sus películas y que éstas se me antojen insuficientes después de verlas. Siempre interesantes, eso sí, porque sus temas, sus escenarios y sus inquietudes son apasionantes, pero nunca deja sensaciones completamente satisfactorias. Le vuelve a suceder en In Time, una fábula futurista con un planteamiento cargado de posibilidades, algunas escenas maravillosas pero un resultado final que se pierde en la cotidianidad del cine actual. In Time desaprovecha algunos temas trascendentes que plantea para ofrecer un thirller previsible, con una pareja protagonista demasiado cercana al prototipo marcado por un estudio de mercado y superada en interés por un buen antagonista que, en todo caso, también sabe a poco. Lo mejor de la película está en sus primeros veinte minutos, formidables y esperanzadores, y eso deja una sensación gris al final, pero sus puntos de interés son atractivos.

Gattaca determinó para siempre la carrera de Niccol. Guionista y director de aquella hermosísima película de ciencia ficción, todo un estudio sobre la condición humana y un título de culto casi desde su estreno, confirmó que tenía un futuro brillante con el libreto de la formidable y no del todo valorada como se merece El show de Truman, dirigida por Peter Weir. Pero después de estas dos joyas, Niccol se ha convertido en un director y guionista más inconstante. Como decía, me atraen sus pretensiones pero sus películas me decepcionan en cierta medida. Me sucedió con Simone, que debía ser una ácida crítica al mundo del cine y que se quedó en un cuento entretenido, y me pasó con El señor de la guerra, que tenía que haber sido un furibundo ataque al mundo en que vivimos y que no termina de ser redonda. Por supuesto, sucede también con In Time, que presenta un mundo futuro fascinante en el que el dinero ha sido sustituido por el tiempo. Todos los seres humanos dejan de envejecer fisicamente a los 25, pero entonces sólo les queda un año de vida... más el tiempo que puedan conseguir con su trabajo, sus apuestas, sus intercambios. La inmortalidad al alcance de la mano, pero a la vez impensable.

El escenario resulta fascinante desde numerosos puntos de vista, y hubiera resultado fácil hacer con él incluso una parábola sobre la situación económica actual, pero ese concepto apenas le resulta interesante a Niccol y sólo lo utiliza como mínima excusa. Su interés se desvía a lo humano, y gracias a ello consigue un arranque de película muy bueno, sin dudo lo mejor del filme. En ese tiempo hay dos escenas llenas de lirismo, poesía y emoción que recuerdan a las mejores partes de Gattaca, bien acompañadas por la música de Craig Armstrong y muy bien montadas. Ahí parece que In Time va a ser más de lo que acaba siendo realmente. Y es que a partir de ese momento, a Niccol lo que le atrae es el contraste de mundos (los pobres en tiempo, permanentemente cercanos a la muerte, y los ricos, los que se pueden permitir una vida de lujos) y el thriller más puro de persecuciones. Cae, por ello, en el tópico de formar una pareja joven y atractiva, en la que pesan más los intensos ojos azules de los dos actores elegidos que su capacidad para formar personajes sólidos.

A Justin Timberlake no se le puede negar el intento de no encasillarse, ya que busca papeles y géneros muy diferentes con cada película. No obstante, está todavía lejos de provocar la misma fascinanción que consiguió en La red social. Amanda Seyfried maneja un personaje que logra más en lo visual que en lo argumental. Es difícil entender sus motivaciones en esta película, en la que sí pone en pantalla un enorme atractivo físico. Ambos personajes son bastante más endebles de lo que requiere una historia como ésta, y son claramente superados por el guardián del tiempo, un policía de la época, que interpreta Cillian Murphy (el Espantapájaros en las películas de Batman de Christopher Nolan), un buen retrato de la obsesión pero que Niccol resuelve de forma fría y quizá injusta con las expectativas que levanta. Incluso en Olivia Wilde, en un papel secundario, se intuye una cierta frialdad que no evita, eso sí, su emocionante participación en una de esas dos secuencias poéticas de las que hablaba antes. No se puede decir de los actores, como de la película en general, que estén mal, pero deja una sensación desasosegante tener sobre la mesa un filme con posibilidades que no cuajan.

Lo que termina destacando en In Time es la acción, sus persecuciones bien rodadas y bien ejecutadas, pero son demasiadas las películas que se costruyen sobre esa base y ésta, con su notable arranque, prometía bastante más. Sigue siendo una película interesante, que ayuda a seguir configurando la filmografía de un director y guionista que al menos arranca sus proyectos desde perspectivas originales y novedosas, y cuenta con un reparto lo suficientemente atractivo y carismático como para que entretenga durante sus 104 minutos. Pero tenía ganas de ver a Andrew Niccol volviendo a demostrar la genialidad que emana de Gattaca. Y es una pena porque In Time tenía, indudablemente, el potencial y los argumentos para recuperar esas sensaciones, pero los atisbos de trascendencia se queda en el primer cuarto del filme y los de crítica social se asumen arrinconados en el último. Como entretenimiento, en todo caso, cumple, pero habrá que seguir esperando esa nueva película sobresaliente en la carrera de su creador. Ya prepara The Host, otro título de ciencia ficción que promete. Veremos.

lunes, abril 11, 2011

'Caperucita roja', fallida reinvención del cuento

La reinvención de historias clásicas (y no tan clásicas) está a la orden del día y el concepto, por sí solo, no tiene por qué ser negativo. Sin embargo, no entender el material que se está reinventando puede producir resultados fallidos. Caperucita Roja es, por desgracia, un buen ejemplo de este fenómeno. El cuento clásico popularizado por Charles Perrault primero y los hermanos Grimm después, se convierte aquí en una intriga de amores y asesinatos, mezclado todo ello con hombres lobo y sacerdotes capaces de combatir la amenaza de la licantropía, plasmado todo ello en un guión plagado de tópicos a todos los niveles: en los personajes individuales, en el triángulo amoroso, en el supuesto salvador del pueblo y cómo reaccionan otros personajes ante él e incluso en la resolución del misterio. Eso desemboca en un final más que previsible, aunque la directora del filme, Catherine Hardwicke (responsable de Crepúsculo, y eso es más que una clara señal de lo que ofrece Caperucita Roja) se esfuerce en trufar el metraje con falsas pistas y cuestiones sin resolver.

Usar el título de Caperucita Roja queda como una excusa para garantizar la inevitable labor de márketing del cine más que como una base argumental para la película. Olvidemos el cuento clásico, eso ayudará a evitar decepciones y odiosas comparaciones, y partamos de la historia que aquí se nos cuenta. Valerie está enamorada desde niña de un leñador llamado Peter y quiere casarse con él, pero su familia ha decidido que despose a alguien mucho más rico, el hijo del herrero del pueblo, Henry. En ese contexto, se produce un asesinato que los lugareños achacan al lobo, una criatura que, dicen, llevaba dos décadas sin atacar gracias a las ofrendas que le hicieron pero que ahora ha vuelto. Ya tenemos al lobo del cuento, que aquí, descubrimos de inmediato, es más un hombre lobo que un simple lobo. Para luchar contra él, llega al pueblo el Padre Solomon, afamado enemigo de brujas y demonios. La ambientación del pueblo y del bosque es, indudablemente, lo mejor de Caperucita Roja. Es el elemento más conseguido y, dicho entre comillas, el mejor personaje de la película.

Sin embargo, queda desaprovechado porque no hay ianterés en generar una historia de terror (a pesar de que el lema de la película sea "¿a quién tienes miedo?") y el foco de Hardwicke está puesto en unos personajes que o no llegan o se pasan, empezando por la protagonista, una preciosa pero fría imagen. Amanda Seyfried es Caperucita Roja, Valerie en realidad (se convierte, de hecho, en Caperucita Roja con un giro argumental pobre y forzado, tan forzado como el motivo por el que vuelve a vestirla durante buena parte del metraje), y su interpretación es muy poco creíble. No aporta chispa a la imagen clásica de inocencia del personaje, no desprende la sexualidad que necesita el trío amoroso en que la coloca Hardwicke y no se muestra demasiado a gusto con los efectos especiales que se mueven a su alrededor (su enfrentamiento cara a cara. No hay mucho que rascar en su personaje, aunque sobre el papel tuviera muchas más posibilidades de las que se ven en la película (por ejemplo su mismo epílogo; hubiera sido una película más transgresora y valiente aunque todavía más aleada del mito de Caperucita Roja).

Gary Oldman, Virginia Madsen y Julie Christie están llamados a darle un toque de distinción a la película. Los dos son grandes actores, pero ninguno parece creerse del todo sus papeles. Christie da vida a la abuela del cuento, y con ella se pretende precisamente establecer un vínculo entre la historia clásica y esta película, pero lo más probable es que la escena escogida para llevar a cabo esa misión provoque risas en el auditorio. Madsen es quizá el personaje más estimulante de la película, puesto que Oldman da rienda suelta al histrionismo que caracteriza a algunos de sus personajes anteriores y, aunque eleva el nivel de entretenimiento, resulta demasiado tópico. Por desgracia, como casi todo en Caperucita Roja. Incluso, por si alguien se queda tanto tiempo en la sala de cine en la que vea la película, el susto final después de los títulos de crédito, que también se ve venir. Lukas Haas da vida al cura local y es, seguramente, lo menos tópico de la película. Lamentablemente, su personaje se queda muy desaprovechado y apenas aparece en una película que no pasa de ser un divertimento juvenil.

Si con ese esquema la referencia a Crepúsculo es inevitable, también parece serlo de forma menos esperada la de El bosque. No por la calidad de la película, pues la de M, Night Shyamalan es una fábula turbadora y muy bien orquestada, muy alejada de la fallida propuesta de Caperucita Roja, sino por el entorno en que Hardwicke coloca el misterio de esta historia. El misterio es, obviamente, saber quién es el lobo y por qué mata. Y es un misterio que no está bien llevado. Al margen de lo previsible o no que pueda resultar la resolución (para mí lo fue), el desarrollo es torpe y tramposo. La película no es honesta, no cuenta todo lo que tendría que contar y cuenta demasiadas cosas con el único fin de despistar al espectador. Mucho ruido y poca historia en buena parte de lo que se cuenta, lo que desemboca en la eliminación sin sentido de algunos personajes que parecen tener una importancia capital y nula influencia de otros que sí podrían haber dado mucho juego. Caperucita Roja es una equivocada traslación de un cuento clásico, que visualmente puede ser satisfactoria pero que a nivel narrativo no aporta demasiado.