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viernes, julio 21, 2017

'Dunkerque', cine bélico antológico

Hace ya casi veinte años, Steve Spielberg nos puso el pelo de punta, la piel de gallina y el corazón en la mano mostrándonos cómo era realmente la guerra. La escena inicial de Salvar al soldado Ryan, el desembarco de Normandia, cerró para siempre la imagen idealizada de la guerra de la que solo el disidente Oliver Stone se había apartado hasta entonces. La guerra producía héroes. Pero desde Ryan, hablamos de supervivientes. Y en muchos casos con unos traumas reales y realistas que hacen que este tipo de historias puedan alcanzar un impacto emocional salvaje. Pero cuesta hacerlo. Hay que tener un dominio de cine inmenso para que la guerra, algo tan desconocido para el espectador medio, nos inunde de una manera absoluta. Y Dunkerque lo hace. Mejor de lo que se podría haber soñado, siendo un ejercicio de estilo deslumbrante, que coloca a Christopher Nolan entre los más grandes, pero sin olvidar que hay mucho más detrás de los fuegos artificiales.

Sin ánimo de contar nada más, porque, como siempre, merece la pena descubrirlo todo en la pantalla (y mejor, sin duda, en la gran pantalla), Dunkerque es la historia de la evacuación de las tropas británicas desde esa localidad francesa durante la Segunda Guerra Mundial. Nolan nos cuenta ese drama desde tres puntos de vista: desde la tierra, con un soldado que busca la manera de abandonar la playa; desde el mar, con los ojos de un hombre que lleva su pequeña embarcación movilizada para a los soldados de allí; y desde el aire, con un pequeño escuadrón que tiene que impedir que los cazas alemanes bombardeen a los barcos de rescate. Tres partes de un mismo relato que Nolan conjunta de una manera más emocional que temporal, modifica el encaje de los eventos para que le sirvan a los propósitos más dramáticos de una manera que encumbra el arte del montaje.

Antes ya ha encumbrado la de la dirección. Nolan es un innovador en el terreno visual, pero nunca lo había hecho como aquí desde una perspectiva tan clásica. La épica bélica que nos muestra es realista, está basada en escenarios, extras y movimientos de cámara naturales, no en efectos especiales y piruetas imposibles. No es esa la guerra que Nolan nos quiere enseñar. La suya es la de verdad, aquella en la que las balas silban sobre nuestras cabezas y provocan un ruido ensordecedor cuando se topan con un objetivo, en la que el ruido de los aviones genera pánico entre quienes no tienen dónde protegerse, en el que el agua no es más que un entorno en el que se puede morir a cada momento. Guerra, como la vivimos en Normandia de la mano de Spielberg, pero esta vez ampliada a los 106 minutos que dura Dunkerque, una duración mucho más ajustada de lo que es habitual, también para Nolan, pero que equivale a una experiencia vital antológica.

Nolan es un maestro, y merece que se le reconozca por ello. Es hábil, es eficaz, es atrevido. Pero ya, sobre todo eso, es un maestro. Cómo rueda, cómo monta, cómo dirige a un puñado de actores tan variopintos, que van desde la juventud de Fionn Whitehead a la veteranía de Kenneth Branagh o Mark Rylance, pasando por sus actores fetiche habituales como Cillian Murphy o Tom Hardy (¿cómo es humanamente posible crear un personaje tan espléndido si solo le vemos los ojos en el 90 por ciento de sus planos?). Cómo hace cine. Nolan es puro cine, y no es de extrañar que sus referentes partan del cine mudo más épico. Su cine es atemporal pero sabe aprovechar la tecnología de su tiempo para crear un espectáculo emotivo que nos enseña que el cine es mucho más que el avance técnico de turno. El cine es emoción, es inmersión, es empatía. Y eso, en Dunkerque es bestial, es una película que atrapa y no suelta hasta el final. Clásico instantáneo.

viernes, diciembre 04, 2015

'En el corazón del mar', aventura de diseño

Cada generación tendría que tener al menos una gran aventura marítima plasmada en el cine. Da igual el género, da igual el protagonista, da igual la época, mientras haya un barco, una tripulación y un objetivo. Vale desde el Moby Dick de John Huston al Master & Commander de Peter Weir, pasando por La tormenta perfecta de Wolfgang Petersen o incluso La aventura del Poseidón de Ronald Neame. En el corazón del mar entronca en esa tradición, pero lo hace desde una perspectiva curiosa para ser Ron Howard su director. Aunque Rush ya había apuntado unas inquietudes estilísticas singulares, en este filme se acrecientan, y no necesariamente de la mejor manera, algo que sí había conseguido con su recreación del mundo de la Fórmula 1. Es una aventura de diseño que funciona como el gran espectáculo que tiene que ser, el de la recreación de la historia que inspiró a Herman Melville (él mismo, un personaje más) para escribir Moby Dick, pero quedan algunas dudas.

Las principales estriban en que el filme se convierte en un batiburrillo curioso. Por un lado, el visual ya mencionado. Momentos absolutamente deslumbrantes se combinan con extraños ángulos de visión, que buscar modernizar en exceso lo que desde el principio se plantea como una aventura clásica. No es en absoluto descabellado decir que Howard se acerca más a la sensibilidad de Michael Bay (salvando las distancias con el sobrevaloradísimo director de Transformers) que a la del mismo Howard en sus películas más reconocibles, aunque Rush, hay que insistir en ello, ya era un primer paso hacia En el corazón del mar. Pero ese batiburrillo no se queda ahí, sino que se extiende también a lo argumental. A ratos, una historia de caza. A ratos, una de supervivencia. A ratos, una familiar. A ratos, un viaje iniciático de un joven muchacho. Y a ratos, la del antagonismo entre el capitán del barco y su primer oficial. Todo ello aparece y reaparece a conveniencia.

Todo ello da la sensación de que la película no termina de ser lo que le habría gustado o, visto desde un prisma más negativo, que no llega a saber qué quiere ser. Pero como hay tanto bueno a lo largo del camino, las dos horas de En el corazón del mar se convierte en un disfrute más que aprobable. Howard convence con el gran espectáculo, en el que se maneja muy bien, pero lo mejor de la película, ballena aparte, está en lo más modesto. El filme se narra como un gran flashback contado por una formidable conversación entre Melville y Thomas Nickerson, el último hombre vivo de la tripulación del Essex, un barco ballenero de Nantucket, ambos personajes interpretados por un genial Brendan Gleeson y un muy buen Ben Wishaw. Esa parte de la película se ve como si fuera una pequeña obra teatral que eleva la categoría del filme más allá del espectáculo palomitero, dicho eso como una valoración positiva, en que se convierte la aventura.

Centrándose ahí la parte más destacada del reparto, para el enfrentamiento con las ballenas queda un carisma más de aspecto que de interpretación, y no se puede negar que eso también lo consigue Howard del resto de sus actores, de unos tan limitados como Chris Hemsworth (que, con todo, es un tipo que queda sensacional en el plano casi siempre), de otros tan dotados como Cillian Murphy y de talentos todavía por consolidar como Tom Holland, con el paso atrás que supone la aparición en la película de Jordi Mollá, no demasiado necesario en la historia y no demasiado bien insertado. Con todos ellos, En el corazón del mar se convierte en un filme algo irregular pero muy entretenido. Sin necesidad de alcanzar la categoría de imprescindible, sin ser neeesariamente la mejor película marítima que tendrá esta generación y sin ser lo mejor de Howard, el entretenimiento está asegurado.

viernes, enero 23, 2015

'No llores, vuela', impacto frustrado

Hay buenas ideas en No llores, vuela (una de ellas no es precisamente la imaginativa traducción en España del título original, Aloft), pero el impacto de la película queda frustrado por muchas razones. Es difícil decir cuánto acierto se ha quedado en la reducción del metraje de la película, de los 112 minutos que duraba cuando se presentó en el Festival de Berlín a las 95 que quedaron cuando llegó al de Sundance y después a las salas comerciales, pero lo que es obvio que al resultado final le faltan unas cuantas cosas y le sobran algunas más. La historia de una madre interpretada por Jennifer Connelly con dos hijos, uno de ellos enfermo, y su desesperada búsqueda de soluciones, incluyendo la de un sanador, tiene buenos momentos cuando sabe cómo hilar los dos momentos temporales que recorre el filme, pero justo eso se acaba desinflando al final, porque el clímax es probablemente lo menos contundente del tercer largometraje de Claudio Losa. Connelly, eso sí, basta para compensar el irregular resultado.

No hay muchas actrices capaces de desprender tanta tristeza como Connelly. Su mirada, su expresión, su voz, todo encaja a la perfección en el personaje que le asigna Llosa, y al final es ella casi en solitario la que sostiene la película. Cuando está en pantalla, es imposible desconectar gracias a la enorme fuerza que emana siempre de su trabajo. Cuando desde el otro momento temporal del filme se refieren a ella, al menos hay expectactivas de ver algo interesante que equilibre sus dos mitades. No sólo la presencia de Connelly es lo que hace más interesante esa parte del filme (por la que se apuesta descaradamente incluso desde el cartel de la película), sino que la historia tiene mucho más poder emocional en esa zona del pasado, dejando los mayores defectos y las escenas más superfluas o peor explicadas para el momento presente. Por eso hay un desequilibrio importante en la cinta. ¿Por culpa del nuevo montaje? Quizá.

El caso es que esa irregularidad supone desaprovechar algunos de los elementos de la película. Lo principal es que No llores, vuela no tiene un foco claro. Cuando aborda la relación del personaje de Connelly con sus dos hijos, incluso con el resto de personajes que hay a su alrededor a pesar de que estén bastante desdibujados, el resultado es atractivo. Pero todo suena mucho más difuso cuando intenta hablar de otras cosas como el mundo de los sanadores, la relación familiar del personaje de Cillian Murphy o las aspiraciones del de Mélanie Laurent. Y es una pena, porque la película se beneficia de un espléndido reparto pero también de elecciones visuales interesantes, tanto por el trabajo de Llosa como directora como por la elección de escenarios, que encuentran un significado dentro de la propia película y añaden matices a sus temas principales. Pero cuando esa sensación llega, especialmente en el tramo final, es la historia lo que decepciona.

No llores, vuela busca un impacto emocional que consigue sólo por momentos. Lo hace en su drama, lo hace gracias al trabajo de Connelly, con instantes tremendamente impactantes como la lágrima del actor infantil Zen McGrath, un plano mucho más difícil de conseguir de lo que parece y que desborda la sinceridad que necesitaba la película en su conjunto. Buenas escenas, buenos momentos, buenos personajes, pero un conjunto que no termina de emocionar como debería. Todo parece estar ahí, pero el puzle no encaja, hay escenas de sexo que no funcionan, reacciones personales que no convencen y algunos elementos más que no ayudan a que el resultado final sea notable. No naufraga como para despreciar los aciertos de la película, pero está demasiado lejos de convertirse en la cinta que seguramente aspiraba a ser, quedándose al final en una en la que destacan algunos aspectos técnicos y sobre todo la interpretación de su protagonista por encima del corazón emocional que pedía a gritos una historia como esta.

jueves, junio 19, 2014

'Transcendence', se queda a medias

Siempre deja cierta desazón ver una película con muchas ganas de que guste y que ésta se quede a medias. Eso le sucede a Transcendence. El primer filme como director de Wally Pfister, habitual director de fotografía de Christopher Nolan, contiene ideas brillantes, provocadoras y sugerentes, pero la forma en que las desarrolla, lo que entra en el cuadro que supone la película, no termina de ser tan interesante. Le sobra metraje, le falta emoción y sobre todo, aunque casi todo el mundo vaya a emplear el juego de palabras, trascendencia. Porque la película parecía ambiciosa y la temática obligaba a ello. Con gran reparto y un estilo visual que sí consigue enganchar casi siempre (salvo en la inclusión de unos planos pretendidamente hipnóticos que finalmente se revelan más vacíos de lo necesario), Transcendence lo tenía todo para triunfar. Pero falta alma y un ritmo correcto en un guión que sufre demasiados altibajos, que no termina de encontrar justificación a sus elipsis y que con un par de vueltas más podría haber sido mucho más redondo.

Como casi siempre, es recomendable olvidarse de todo lo que se cuenta por ahí de la película (¿cuándo hemos olvidado hablar sobre una película en lugar de reventar el contenido?) y quedarse con que Transcendence habla de los límites de la inteligencia artificial, de la humana y de la mezcla de ambos. Lejos de ser una película de ciencia ficción pura, como lo era 2001: Una odisea en el espacio, o una derivación de acción como Terminator y todo su mundo (de hecho, el clímax de Transcendence decepciona mucho visto desde esa óptica del blockbuster), lo que propone Pfister es una historia humana en todos sus términos. La sorpresa positiva que esconde es que sí consigue esa empatía personal necesaria para que la película funcione, aunque con dos problemas que terminan por lastrar la historia. El primero, que no lo hace con todos los personajes y hay algunos que se quedan en simples rellenos (los de Morgan Freeman y Cillian Murphy). El segundo, que la introducción a lo que realmente interesa se hace demasiado larga.

Quizá se note ahí demasiado que Jack Paglen, guionista del filme, está debutando como tal, porque el resultado final está muy lejos del equilibrio que necesitaba el relato. Es más, puede que para algunos espectadores lo realmente interesante llegue ya tarde. Y es una pena que sea así, porque hay que insistir en que hay ideas muy atractivas, tanto el plano más emotivo del filme como en sus toques distintivos de ciencia ficción. En el primer aspecto procede dar parte del mérito a los actores, y en especial a una siempre interesantísima Rebecca Hall, protagonista real del filme a pesar de que siga siendo una actriz bastante desconocida para el gran público. Pero quien vende es Johnny Depp, al que se hace raro ver interpretando a un personaje normal después de tantos en los que el maquillaje forma parte esencial de su trabajo. Kate Mara completa lo esencial del reparto con un personaje que también acaba sabiendo a poco.

En el segundo aspecto, en la ciencia ficción, es donde más y mejor se nota la experiencia como director de fotografía de Pfister. Compone planos preciosos y se aprovecha de un espléndido diseño de producción, que hace creíble el entorno en el que se desarrolla la segunda mitad de la película. Como Transcendence mezcla aciertos y errores, será difícil que la película alcance el estatus por el que claramente suspiraba. No hay más que atender al final (¿era entonces necesario el prólogo?) para ver que la película tiene aspiraciones superiores a lo que finalmente ha conseguido, y acaban siendo pesados lastres los altibajos de ritmo, los tiempos muertos y la sensación de que hay demasiados personajes mecánicos en una historia que debía ser emocional y (de nuevo) trascendente en todos sus aspectos. Casi resulta obvio decir que un montaje más ajustado, recortando unos quince minutos a los 119 que dura el filme, habría hecho maravillas. Pero a un director de fotografía es normal que le guste recrearse en la imagen.

viernes, marzo 02, 2012

'Luces rojas', trazas de cineasta por crecer

El nombre de Rodrigo Cortés lo tengo anotado desde hace tiempo. Concursante, su primera película, llamaba indudablemente la atención. Buried, la segunda, fue toda una sorpresa. Un tipo que es capaz de mantener la tensión durante hora y media en un escenario tan limitado como un ataúd tiene que merecer la pena... si lo confirma en sus siguientes trabajos. Llega su tercera película, Luces rojas, y es de esas que quieres que te gusten. Y hay muchos motivos para que así sea. También otros para que no se pueda considerar una obra redonda, ni tampoco mejor que su predecesora. Pero Cortés exhibe trazos de un cineasta que acabará confirmándose si mantiene el crecimiento y que ya, desde la imperfección, deja elementos de sumo interés a nivel narrativo y a nivel cinematográfico. No redondea bien del todo la película, y eso obedece a las explicaciones que da y a las que no da, pero cuenta con un espléndido reparto. Y con un Robert de Niro que mejora buena parte de sus trabajos de los últimos años.

Es evidente que hay ambición detrás de Luces rojas. Sólo con leer los nombres que conforman el reparto, esa percepción cobra fuerza. Pero va más allá. Rodrigo Cortés, autor también del guión, construye un mundo apasionante (subrayado, como en Buried, con otra maravillosa overtura musical de Víctor Reyes) y unos personajes espléndidamente bien definidos a través de los pequeños detalles. Pero la ambición y la calidad que ofrece en muchos aspectos no bastan para hacer de Luces rojas una película ejemplar y redonda. No terminan de convencer determinados elementos y, sobre todo, las explicaciones. No tanto las que da, que en realidad se pueden llegar a entender como previsibles, sino las que no da. Hay una cierta irregularidad difícil de entender en ese sentido, aunque queda compensada con la creación de una espléndida atmósfera, que engancha con inusitada facilidad.

Cillian Murphy (camaleónico) y Sigourney Weaver (precisa) interpretan a dos profesores universitarios que se dedican a desenmascarar a los farsantes que dicen tener poderes paranormales. Una de sus alumnas, Elizabeth Olsen (encantadora... y no por físico o belleza, sino en un sentido más amplio), se unirá a ellos. Robert de Niro da vida a un psíquico que se retiró de la vida pública hace décadas tras un inquietante suceso y que ahora regresa. Los caminos de todos ellos, obviamente, se van a cruzar. Hay un mimo especial en despertar sensaciones directas, basadas en el momento, en el aquí y el ahora. Y ahí, por supuesto, destaca De Niro. En los últimos años, ha sido un actor engullido por su leyenda, lejos de la capacidad artística que tiene y que ha mostrado en tantos papeles, convertido casi en una caricatura de sí mismo (es inevitable, en cierto sentido, hilar esto con la gloriosa caricatura del actor que ofrece Eugenio Mira interpretando a un joven De Niro). Y aquí De niro vuelve a ser un actor inquietante. Se convierte en su personaje. transmite emociones y tensión. No está obviamente, al nivel de sus inolvidables trabajos mayores, pero engancha.

En realidad, engancha como lo hace todo el reparto, al que Rodrigo Cortés sabe administrar con inteligencia para ofrecer una variadísima gama de sensaciones y motivaciones, en pantalla y en la historia, pero también fuera de ellas. Ese es el verdadero mérito de Luces rojas, además, insisto, de la construcción de una atmósfera notable en la que todo parece creíble. Por supuesto, es un thriller sobrenatural que está muy supeditado a la resolución final (y, quizá también aunque eso queda más a la interpretación de cada espectador, a un escueto plano final tras los títulos de crédito que el director, según me confesó, considera "una puerta"). No es ésta una película tramposa y, cuando la historia comienza a cerrarse, un simple repaso a lo visto (repaso que, además, ofrece en pantalla en una concesión al espectador menos concentrado) lo confirma sin atisbo de dudas. No quiere decir esto que Luces rojas sea una película impermeable. Al contrario, hay ideas inteligentes y muchos caminos abiertos. Caminos que marcan los personajes (es también obligado hacer mención a un desatado Leonardo Sbaraglia del que quedan ganas de saber más o al simple creíble Toby Jones) y su acertadísima composición.

Luces rojas da algo menos de lo que prometía, a diferencia de Buried, que era mejor película de lo que parecía que iba a ser. Pero es una apuesta valiente de un director interesante. No tiene un guión perfecto, pero sí están contenidas en él buenas intenciones y algunos resultados más que notables, espléndidamente refrendados por un grupo de actores formidables. Ver tan vulnerable a un Cillian Muprhy inquietante en los Batman de Christopher Nolan es una gozada, y hacerlo con el contrapunto de la prometedora Elizabeth Olsen, por escasa que pueda parecer su intervención, hace crecer su personaje mucho más. Contemplar a una Sigourney Weaver tan segura de su trabajo siempre es una gozada. Y ver de nuevo a Robert de Niro creyéndose su personaje es, simplemente, impagable para quienes llevamos años sufriendo con su declive. Quizá Rodrigo Cortés tenga razón y su tercera película sea una de esas que crece en un segundo visionado. En el primero se atisban sus aciertos y sus errores. Y se intuye un buen debate entre espectadores inquietos. No es poco, no.

Entrevista con el director, Rodrigo Cortés.
Fotografías de la presentación en Madrid, con Rodrigo Cortés y Cillian Muprhy.

jueves, diciembre 08, 2011

'In time', interesante aunque insuficiente fábula futurista

Andrew Niccol tiene la extraña capacidad de llamar mi atención antes de ver sus películas y que éstas se me antojen insuficientes después de verlas. Siempre interesantes, eso sí, porque sus temas, sus escenarios y sus inquietudes son apasionantes, pero nunca deja sensaciones completamente satisfactorias. Le vuelve a suceder en In Time, una fábula futurista con un planteamiento cargado de posibilidades, algunas escenas maravillosas pero un resultado final que se pierde en la cotidianidad del cine actual. In Time desaprovecha algunos temas trascendentes que plantea para ofrecer un thirller previsible, con una pareja protagonista demasiado cercana al prototipo marcado por un estudio de mercado y superada en interés por un buen antagonista que, en todo caso, también sabe a poco. Lo mejor de la película está en sus primeros veinte minutos, formidables y esperanzadores, y eso deja una sensación gris al final, pero sus puntos de interés son atractivos.

Gattaca determinó para siempre la carrera de Niccol. Guionista y director de aquella hermosísima película de ciencia ficción, todo un estudio sobre la condición humana y un título de culto casi desde su estreno, confirmó que tenía un futuro brillante con el libreto de la formidable y no del todo valorada como se merece El show de Truman, dirigida por Peter Weir. Pero después de estas dos joyas, Niccol se ha convertido en un director y guionista más inconstante. Como decía, me atraen sus pretensiones pero sus películas me decepcionan en cierta medida. Me sucedió con Simone, que debía ser una ácida crítica al mundo del cine y que se quedó en un cuento entretenido, y me pasó con El señor de la guerra, que tenía que haber sido un furibundo ataque al mundo en que vivimos y que no termina de ser redonda. Por supuesto, sucede también con In Time, que presenta un mundo futuro fascinante en el que el dinero ha sido sustituido por el tiempo. Todos los seres humanos dejan de envejecer fisicamente a los 25, pero entonces sólo les queda un año de vida... más el tiempo que puedan conseguir con su trabajo, sus apuestas, sus intercambios. La inmortalidad al alcance de la mano, pero a la vez impensable.

El escenario resulta fascinante desde numerosos puntos de vista, y hubiera resultado fácil hacer con él incluso una parábola sobre la situación económica actual, pero ese concepto apenas le resulta interesante a Niccol y sólo lo utiliza como mínima excusa. Su interés se desvía a lo humano, y gracias a ello consigue un arranque de película muy bueno, sin dudo lo mejor del filme. En ese tiempo hay dos escenas llenas de lirismo, poesía y emoción que recuerdan a las mejores partes de Gattaca, bien acompañadas por la música de Craig Armstrong y muy bien montadas. Ahí parece que In Time va a ser más de lo que acaba siendo realmente. Y es que a partir de ese momento, a Niccol lo que le atrae es el contraste de mundos (los pobres en tiempo, permanentemente cercanos a la muerte, y los ricos, los que se pueden permitir una vida de lujos) y el thriller más puro de persecuciones. Cae, por ello, en el tópico de formar una pareja joven y atractiva, en la que pesan más los intensos ojos azules de los dos actores elegidos que su capacidad para formar personajes sólidos.

A Justin Timberlake no se le puede negar el intento de no encasillarse, ya que busca papeles y géneros muy diferentes con cada película. No obstante, está todavía lejos de provocar la misma fascinanción que consiguió en La red social. Amanda Seyfried maneja un personaje que logra más en lo visual que en lo argumental. Es difícil entender sus motivaciones en esta película, en la que sí pone en pantalla un enorme atractivo físico. Ambos personajes son bastante más endebles de lo que requiere una historia como ésta, y son claramente superados por el guardián del tiempo, un policía de la época, que interpreta Cillian Murphy (el Espantapájaros en las películas de Batman de Christopher Nolan), un buen retrato de la obsesión pero que Niccol resuelve de forma fría y quizá injusta con las expectativas que levanta. Incluso en Olivia Wilde, en un papel secundario, se intuye una cierta frialdad que no evita, eso sí, su emocionante participación en una de esas dos secuencias poéticas de las que hablaba antes. No se puede decir de los actores, como de la película en general, que estén mal, pero deja una sensación desasosegante tener sobre la mesa un filme con posibilidades que no cuajan.

Lo que termina destacando en In Time es la acción, sus persecuciones bien rodadas y bien ejecutadas, pero son demasiadas las películas que se costruyen sobre esa base y ésta, con su notable arranque, prometía bastante más. Sigue siendo una película interesante, que ayuda a seguir configurando la filmografía de un director y guionista que al menos arranca sus proyectos desde perspectivas originales y novedosas, y cuenta con un reparto lo suficientemente atractivo y carismático como para que entretenga durante sus 104 minutos. Pero tenía ganas de ver a Andrew Niccol volviendo a demostrar la genialidad que emana de Gattaca. Y es una pena porque In Time tenía, indudablemente, el potencial y los argumentos para recuperar esas sensaciones, pero los atisbos de trascendencia se queda en el primer cuarto del filme y los de crítica social se asumen arrinconados en el último. Como entretenimiento, en todo caso, cumple, pero habrá que seguir esperando esa nueva película sobresaliente en la carrera de su creador. Ya prepara The Host, otro título de ciencia ficción que promete. Veremos.