Mostrando entradas con la etiqueta 2015-01-23. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 2015-01-23. Mostrar todas las entradas

viernes, enero 23, 2015

''71', poderosísimo thriller sobre el odio

El debut en la dirección de largometrajes de Yann Demange, '71, es un poderosísimo thriller que hace de su ambientación en la Irlanda del Norte del año al que hace referencia el título su arma más poderosa. Es, en muchos sentidos, una experiencia extraordinaria, una de esas raras películas que encuentra el equilibrio casi perfecto entre la tensión más absoluta, las emociones contenidas bien planteadas desde el retrato inicial de su protagonista y un contexto histórico adecuado. Es, por ello, un pequeño gran logro que surge desde las tripas, porque es una película que no esconde nada y que, poco a poco, acaba convirtiéndose en un espléndido filme sobre el odio irracional, el que campa a sus anchas en conflictos como el que vivía entonces el país europeo y que durante tantas décadas tiñó de sangre sus calles. '71 es un filme violento, pero sobre todo realista y humano, es una lucha por la supervivencia, un cruce de traiciones y sinrazones perfectamente definidos y con un único problema, un final que no está a la altura y que habría sido espléndido de haberse quedado la película tres minutos antes de donde lo hace.

Quizá sea ahí, en ese final, además de en alguna que otra escena en la que pierde el control de la cámara, donde se pueda notar que esta es la primera película de Demange, aunque en realidad se trata de un defecto muy habitual en el cine actual, sea cual sea su procedencia, el de no saber poner el punto y final que cada cinta necesita. Demange lo había encontrado, con un formidable plano fijo y descorazonador, pero decide prolongar la historia un poco más hasta redondear una suerte de epílogo que, en realidad, no aporta nada. No aporta porque todo lo que tenía que decir la película estaba ya dicho. Y es mucho y de gran calado, porque engancha desde el fondo y desde la forma, desde el retrato individual del protagonista y desde el panorama general del conflicto que representa. Es difícil encontrar en sus primeros 90 minutos algún motivo que provoque insatisfacción, y sin embargo la salida del filme no es de las mejores por las que podría haber optado su director.

Aún así, hay un trabajo admirable en la película que merece toda suerte de elogios. Arranca con mucha pausa y de forma premeditada, porque quiere que la tensión, el odio y la violencia estallen de la misma forma en la pantalla que como lo hacían en las calles de Belfast que tan bien recrea. Ni siquiera en esa introducción se pierde una sensación opresiva que va aumentando poco a poco, con un sensacional uso de la música (David Holmes es su autor), una inquietante fotografía que aprovecha con mucho acierto las sombras y una recreación histórica que para sí quisieran las grandes superproducciones de Hollywood. Además, Jack O'Connell realiza un espléndido trabajo dando vida a un militar británico que se ve envuelto en una guerra de la que apenas sabe nada. Y es ahí, en la absoluta sinrazón, donde la película despega hasta niveles extraordinarios. No hay límites, ni siquiera la presencia de niños, y eso provoca un impacto enorme que, por sobrecogedor que parezca, añade una verosimilitud sensacional a la película.

Demange va construyendo la película con planos largos, siempre cámara en mano (que encuentra todo su sentido cuando busca en el espectador la misma desorientación que sufre su protagonista) y dejando un puñado de secuencias impresionantes, como la de los disturbios que desencadenan la trama, que hace que el odio creciente pueda sentirse incluso al otro lado de la pantalla, la forma en que finaliza la secuencia en el pub, demoledora y espectacular. '71 es una película espléndida porque actúa como thriller, como cine histórico, como muestra de un escenario socialmente desgarrador y menos lejano de lo que parece, una denuncia del odio imperante en la sociedad que no se pierde en los aspectos más maniqueos de cualquier debate político y que no se aleja de sus pretensiones originales, las de cerrar algo más de hora y media intensa y tensa, emocionante y perturbadora, en una historia en la que no se diferencian buenos y malos, sino que todos los personajes son actores y víctimas de un conflicto de absoluta irracionalidad. Brillante.

'Into the Woods', el infalible encanto del cuento de hadas

Por mucho que la sociedad evolucione y avance en su descreimiento, el cuento de hadas tiene un encanto infalible. Por eso es un género que se adapta a diferentes tonos y sensibilidades, que puede parecer clásico o moderno, para niños o para todos los públicos, más divertido o más serio. La irreverente musicalidad de Into the Woods es por eso la enésima demostración de que el cuento de hadas no puede morir. Es fácil pensar que los méritos de la película proceden del musical de Broadway de Stephen Sondheim por mucho que Chicago o Nine ya hubieran puesto sobre la mesa las irregulares habilidades de Rob Marshall para el género, pero viendo la fantástica inmersión en el mundo de fábula que se consigue con lo que aparece en la pantalla y con el formidable trabajo del reparto, es imposible no disfrutar de un filme que quizá como único defecto tenga una excesiva duración, especialmente en el tercio final, el más oscuro y menos divertido que llega justo detrás de una escena que tiene sabor a final. Pero, en todo caso, es un musical muy apreciable.

Si el cuento de hadas es inmortal, también hay que decir que el sello perfecto para que alcance su máxima expresión es el de Disney. Puede parecer intrascendente para el disfrute de la película, pero ver el logotipo de Disney al comienzo es la mejor manera de sentirse transportada al mundo que propone Marshall, uno en el que la magia, la fantasía y la diversión están prácticamente garantizados. Into the woods esquiva además con facilidad los posibles elementos repetitivos con películas relativamente recientes, como Caperucita Roja, Enredados o Jack, el caza gigantes, títulos que tratan las mismas fábulas que aparecen aquí, y no sólo por el hecho de que la película sea un musical sino también el tono escogido y por el buen uso de las elipsis, imprescindibles en Broadway por una cuestión de espacio pero aquí muy bien llevadas para que contribuyan al sano humor que desprende el filme.

Con el formidable despliegue visual que tiene la película y una música con la garantía de su funcionamiento en el teatro, a Marshall le quedaba un elemento final para redondear su película: el reparto. Esta es una de esas películas en las que la diversión tiene que ser de doble vía, el público ha de disfrutar pero también el reparto. Por eso funciona tan bien Into the Woods. Lo fácil es quedarse con Meryl Streep (sorprendemente nominada al Oscar por este papel), pero con diferencia el mejor trabajo es el de Emily Blunt, una actriz formidablemente dotada para la comedia que tiene algunos de los mejores momentos de la cinta, incluyendo su última canción en solitaria. Pero también destaca un divertidísimo James Corden dando vida al panadero o Anna Kendrick haciendo de Cenicienta a la carrera cantando sus dudas desde la escalinata del castillo. Eso sí, con diferencia, el mejor momento de la película es el dúo que se marcan los dos príncipes, Chris Pine y Billy Magnussen, absolutamente delirante y delicioso.

Esa escena es la mejor muestra de la divertida irreverencia que tiene Into the Woods, nada demasiado exagerado como para que no la pueda disfrutar un público de todas las edades pero con la sutileza necesaria para que haya algo más que fantasía y música. De hecho, la cinta funciona mejor cuanto más humor de ese tipo hay, como en las reacciones del panadero ante las apariciones de la bruja o la brutal sinceridad de Caperucita (enorme acierto de casting el de la joven debutante Lilla Crawford), y seguramente por eso es el tercio final lo que más largo se hace, porque al margen del mencionado número musical de Blunt es el tramo menos divertido, el más oscuro y el que se hace más largo. Son detalles menores para una película que funciona como un reloj para lo que quiere ser, desde el espectacular despliegue musical del primer número para presentar a todos los personajes hasta la formidable adaptación de las historias para que todas desemboquen en el escenario perfecto del cuento, el bosque, un sitio en el que todo es posible.

'No llores, vuela', impacto frustrado

Hay buenas ideas en No llores, vuela (una de ellas no es precisamente la imaginativa traducción en España del título original, Aloft), pero el impacto de la película queda frustrado por muchas razones. Es difícil decir cuánto acierto se ha quedado en la reducción del metraje de la película, de los 112 minutos que duraba cuando se presentó en el Festival de Berlín a las 95 que quedaron cuando llegó al de Sundance y después a las salas comerciales, pero lo que es obvio que al resultado final le faltan unas cuantas cosas y le sobran algunas más. La historia de una madre interpretada por Jennifer Connelly con dos hijos, uno de ellos enfermo, y su desesperada búsqueda de soluciones, incluyendo la de un sanador, tiene buenos momentos cuando sabe cómo hilar los dos momentos temporales que recorre el filme, pero justo eso se acaba desinflando al final, porque el clímax es probablemente lo menos contundente del tercer largometraje de Claudio Losa. Connelly, eso sí, basta para compensar el irregular resultado.

No hay muchas actrices capaces de desprender tanta tristeza como Connelly. Su mirada, su expresión, su voz, todo encaja a la perfección en el personaje que le asigna Llosa, y al final es ella casi en solitario la que sostiene la película. Cuando está en pantalla, es imposible desconectar gracias a la enorme fuerza que emana siempre de su trabajo. Cuando desde el otro momento temporal del filme se refieren a ella, al menos hay expectactivas de ver algo interesante que equilibre sus dos mitades. No sólo la presencia de Connelly es lo que hace más interesante esa parte del filme (por la que se apuesta descaradamente incluso desde el cartel de la película), sino que la historia tiene mucho más poder emocional en esa zona del pasado, dejando los mayores defectos y las escenas más superfluas o peor explicadas para el momento presente. Por eso hay un desequilibrio importante en la cinta. ¿Por culpa del nuevo montaje? Quizá.

El caso es que esa irregularidad supone desaprovechar algunos de los elementos de la película. Lo principal es que No llores, vuela no tiene un foco claro. Cuando aborda la relación del personaje de Connelly con sus dos hijos, incluso con el resto de personajes que hay a su alrededor a pesar de que estén bastante desdibujados, el resultado es atractivo. Pero todo suena mucho más difuso cuando intenta hablar de otras cosas como el mundo de los sanadores, la relación familiar del personaje de Cillian Murphy o las aspiraciones del de Mélanie Laurent. Y es una pena, porque la película se beneficia de un espléndido reparto pero también de elecciones visuales interesantes, tanto por el trabajo de Llosa como directora como por la elección de escenarios, que encuentran un significado dentro de la propia película y añaden matices a sus temas principales. Pero cuando esa sensación llega, especialmente en el tramo final, es la historia lo que decepciona.

No llores, vuela busca un impacto emocional que consigue sólo por momentos. Lo hace en su drama, lo hace gracias al trabajo de Connelly, con instantes tremendamente impactantes como la lágrima del actor infantil Zen McGrath, un plano mucho más difícil de conseguir de lo que parece y que desborda la sinceridad que necesitaba la película en su conjunto. Buenas escenas, buenos momentos, buenos personajes, pero un conjunto que no termina de emocionar como debería. Todo parece estar ahí, pero el puzle no encaja, hay escenas de sexo que no funcionan, reacciones personales que no convencen y algunos elementos más que no ayudan a que el resultado final sea notable. No naufraga como para despreciar los aciertos de la película, pero está demasiado lejos de convertirse en la cinta que seguramente aspiraba a ser, quedándose al final en una en la que destacan algunos aspectos técnicos y sobre todo la interpretación de su protagonista por encima del corazón emocional que pedía a gritos una historia como esta.