Mostrando entradas con la etiqueta Johnny Depp. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Johnny Depp. Mostrar todas las entradas

viernes, mayo 27, 2016

'Alicia a través del espejo', si Lewis Carroll levantara la cabeza...

El cine, como cualquier otro arte narrativo, no debe tener ningún miedo a la experimentación a coger personajes e historias y transformarlos en virtud de sus necesidades como medio de expresión. Eso es algo que tendría que ser evidente, sea cual fuera el material que se adapta. Pero, claro, cuando llegan películas como Alicia a través del espejo, secuela de la olvidable Alicia en el País de las Maravillas que forma parte del declive creativo de Tim Burton, esa afirmación se hace añicos, porque si Lewis Carroll levantara la cabeza probablemente no entendería qué es lo que han hecho con sus personajes. Porque, sí, contamos con todos los personajes de la primera película y con alguno más, pero sólo hay una conexión visual con ellos. Podría ser una historia de Alicia y del Sombrerero Loco como podría serlo de cualquier otro personaje.

La conexión con el País de las Maravillas es sólo visual, e incluso ahí tenemos un problema importante, ya que la excelencia visual que se le supone, quizá el único punto por el que se puede recordar la película de Burton, es en realidad un juego de artificio extraño. La reciente El libro de la selva de Jon Favreau vino a mostrarnos que se puede convertir una historia pensada en dibujos animados en una acción real y realista, pero Alicia a través del espejo es justo lo contrario, un gigantesco dibujo animado en el que, en realidad, todo da igual. Hace años, esta misma película, con este esfuerzo digital, podría haber convencido sólo con eso, pero hoy en día es un ejercicio profesional probablemente espléndido para enseñar en las academias de dibujantes y animadores pero que en la sala de cine es un espectáculo que se antoja francamente vacío.

La clave está en que la película ni siquiera sigue sus alocadas normas. Si se fuera fiel al espíritu de El País de las Maravillas, perfecto. Si se fuera fiel incluso a lo que se marcó en la primera película, sería suficiente. Pero como los personajes se desdibujan solos y realmente no hay mucha coherencia en sus actos, sus decisiones o sus palabras, lo único que queda es dejarse llevar por lo que en realidad es una carísima atracción de feria que vuelve a poner el énfasis en lo que para Carroll no era más que un secundario, el Sombrerero Loco, pero que aquí se convierte en protagonista para mayor gloria de un cada vez más aburrido Johnny Depp, que encabeza los créditos de la película por encima incluso de quien le da título, la Alicia de una Mia Wasikowska que al menos parece más centrada en el papel que en la primera película, por mucho de que el guión aquí le aporte muchas menos armas, sobre todo en el tramo que acontece en la parte más fantástica del relato.

Para esta segunda aventura de Alicia, James Bobin ha cogido un guión de Linda Woolverton, que tras la primera Alicia y Maléfica parece haberse encasillado en estos trabajos de aliño, una historia algo caótica ya de base y que montada adolece de bastante ritmo que lleva a los personajes a una aventura en el tiempo que quiere dar un origen a los personajes que en realidad no necesitan y que solamente coloca sobre el tablero piezas que no necesitan demasiada cohesión. Lo importante para el estudio está en que haya nombres conocidos e imágenes bonitas de contemplar. Los nombres ya los tenía de la cinta original, con los ya mencionados, Anne Hathaway, Helena Bonham Carter o un Alan Rickman que, con unas pocas frases, ofrece aquí su último trabajo para el cine (y la película se le dedica por ello), a quienes se añade un Sacha Baron Cohen con llamativas lentillas azules que apenas amplia un cuadro que no sorprende en absoluto.

viernes, octubre 23, 2015

'Black Mass', todos quieren ser Scorsese

Cada vez que alguien hace una película sobra la mafia y los bajos fondos, Martin Scorsese se convierte en una referencia ineludible. Todos quieren ser Scorsese en este mundo, algo que es lógico porque él ha manejado como nadie este registro. Scott Cooper, que hace ya seis años dirigiera Corazón salvaje, ha tenido esa referencia tan clara en su cabeza que al final se ha olvidado de dar algo más de personalidad propia a su película, Black Mass, que no encuentra algo característico que saque a esta historia real del tono plano y acomodado que parece tener durante sus poco más de dos horas de duración. Lo que muestra le basta para hacer un filme correcto, que sabe sacar partido a su ambientación, extraordinaria por momentos, pero no para convertirse en el relato memorable de ascensión y caída que quiere ser desde el principio.

El primer obstáculo al que hace frente es su equilibrio. Toda vez que la historia es lineal, a pesar de algunos flashbacks que simplemente anuncian que la historia es la de la caída de un gángster y que no sirven para potenciar a los personajes secundarios, ese equilibrio se ve en el reparto. No es la película de Johnny Depp dando vida a Withey Bulger, criminal del Boston de los años 70 y 80, a pesar del dominio absoluto del actor en el cartel. De hecho, dado que su historia no difiere tanto de la de otros criminales de cine, hay elementos atractivos en otros lugares de filme que, por ese equilibrio que se busca entre su amplio reparto se van quedando en el tintero sin ser demasiado aprovechados. La historia del agente del FBI que se entrega a Bulger, la del hermano del criminal o incluso la del muchacho con el que arranca la película se quedan a medio camino.

Ese problema, que impide que en la película haya momentos memorables que rompan el equilibrio, esos instantes que entren en el terreno de lo antológico que marcan la diferencia entre lo correcto y lo inolvidable, también afecta al reparto. Aceptemos que, como se indica en el cartel, esta sea la mejor interpretación de Johnny Depp en décadas. Tampoco era tan difícil, metido como estaba en una espiral repetitiva y comercial. Pero tampoco está tan memorable, poco ayudado por cierto por una caracterización excesiva, incluso irritante por las lentillas azules que se le proporcionan, y por mucho que haya instantes en los que la referencia a Scorsese, al Ray Liotta de Uno de los nuestros, se haga inevitable. Con la contención de Depp, poco habitual en sus últimos filmes, es Joel Edgerton quien se lleva la exageración, aceptable en la primera mitad del filme pero que después está lejos de lo que la película necesita. Y lo mejor, pese a su escasa presencia, vuelve a ser Benedict Cumberbacht.

Lo cierto es que ahí es donde está el freno del filme, en que casi todo parece demasiado contenido, atrapado en esa corrección de la que quiere sacar partido, de ese ritmo estable y continuo que impide un despegue más ambicioso de la cinta. Cooper rueda con absoluta corrección, y saca partido de la fantástica fotografía que tiene la película, pero la colección de episodios que va reuniendo no terminan de demostrar que estamos ante el gran genio criminal que la película quiere vender. Y sin esa sensación, es difícil colocar a este gángster al lado de los que Scorsese ha capturado a lo largo de su carrera. Black Mass no patina en ningún momento, pero opta por quedarse en terrenos cómodos, en sensaciones conocidas, en hechos que ya han acontecido en otras muchas películas del género. Se ve con agrado, pero son dos horas esperando que suceda algo que no llega a suceder.

viernes, abril 10, 2015

'Mortdecai', divertirse rodando no implica divertir al espectador

Hay películas en las que el espectador tiene la sensación de que los actores se lo han debido pasar en grande rodándolas. De hecho, cada vez son más. Mortdecai es, seguramente, una de esas películas. Pero lo que no parecen entender los actores y directores detrás de este tipo de cine es que divertirse rodando no implica necesariamente una diversión entre los espectadores. Mortdecai es, también, una de esas películas. Por desgracia, porque el planteamiento suena interesante: una película de espías, ladrones de arte, un cuadro perdido y unos cuantos enredos, con un reparto en el que se cuelan Johnny Depp Gwyneth Paltrow, Ewan McGregor, Paul Bettany y, en papeles más pequeños, Jeff Goldblum u Olivia Munn, con un director capaz de sacar entretenimiento hasta de lo más absurdo y delirante como era Sin frenos. Pero el resultado es aburrido, sin gracia, como un mal dibujo animado, con chistes sin gracia, escatológicos y sexuales en su amplia mayoría, y sin diálogos que aporten carisma a los personajes.

No hay que olvidar que la película lleva por título el nombre del protagonista, y eso obliga a exigir un mínimo de carisma en esa figura. Pero Johnny Depp hace tiempo que no está en ese juego. Él, efectivamente, se lo habrá pasado en grande dando vida al personaje, pero ni el guión le da los medios para entusiasmar ni él parece dispuesto a salir de los esquemas en los que ya le hemos visto en tantas ocasiones en los últimos años, una caricatura en sí misma, provista de incontables tics y muecas pretendidamente divertidos y con un aspecto físico que le haga parecer diferente (en este caso por el bigote del que tanto se abusa en los chistes de la película). De hecho, Depp acaba siendo el mejor termómetro para la película. Si a los cinco minutos no se le ha considerado soportable, es mejor abandonar el filme, porque su protagonismo es total y no hay cambio alguno en el personaje. Porque cargar, carga, y además no sorprende en nada de lo que hace.

Con esa figura como protagonista y con un elenco de secundarios a ratos inverosímiles, da la impresión de que Koepp ha querido llevar a la pantalla un ambiente casi parecido al de los viejos dibujos animados de la Warner, en la que físicamente todo parece posible y divertido, pero apenas consigue arrancar dos o tres risas. Si acaso, el personaje que sí parce divertido es el de Paul Bettany, el ayudante de Mortdecai. Porque el triángulo que forma Depp con Paltrow y McGregor ni está resuelto con estilo ni consigue despertar el interés necesario. En realidad, nada lo hace. La acción se aleja de cualquier complicación, y Koepp desperdicia varias escenas de persecución con puestas en escenas muy limitadas, frías, casi rodadas a cámara lenta y por ello carentes de espectacularidad, como dejándose llevar por el espíritu de unos chistes soeces, el slapstick más simple y un desarrollo terriblemente previsible y que permite abstraerse por completo de la trama, que acaba siendo bastante superflua.

En el fondo Mortdecai se deja ver, no es un desastre absoluto aunque en las líneas anteriores no se haya destacado nada en el resultado final. Pero la falta de elementos imaginativos en una película que precisamente quiere ser original, de un guión bien elaborado en el que se esconden tantos clichés que asusta o de actores que puedan sorprender, insistiendo eso sí en la excepción del por momentos divertido Bettany, hacen que la película sea completamente inofensiva, casi dos horas de experiencia en la que nada va a resultar satisfactorio de verdad. No es que provoque el enfado de un espectador que se sienta estafado, no es eso en absoluto, pero es que no genera la más mínima conexión con él a ningún nivel, salvo que guste el humor que abandera, por lo general bastante poco elegante o refinado. Pasan cosas, de vez en cuando hay un chiste simpático y poco más. Y sí, seguro que Depp y compañía se lo han pasado bomba rodando. Pero a este lado de la pantalla la frialdad es total.

viernes, enero 23, 2015

'Into the Woods', el infalible encanto del cuento de hadas

Por mucho que la sociedad evolucione y avance en su descreimiento, el cuento de hadas tiene un encanto infalible. Por eso es un género que se adapta a diferentes tonos y sensibilidades, que puede parecer clásico o moderno, para niños o para todos los públicos, más divertido o más serio. La irreverente musicalidad de Into the Woods es por eso la enésima demostración de que el cuento de hadas no puede morir. Es fácil pensar que los méritos de la película proceden del musical de Broadway de Stephen Sondheim por mucho que Chicago o Nine ya hubieran puesto sobre la mesa las irregulares habilidades de Rob Marshall para el género, pero viendo la fantástica inmersión en el mundo de fábula que se consigue con lo que aparece en la pantalla y con el formidable trabajo del reparto, es imposible no disfrutar de un filme que quizá como único defecto tenga una excesiva duración, especialmente en el tercio final, el más oscuro y menos divertido que llega justo detrás de una escena que tiene sabor a final. Pero, en todo caso, es un musical muy apreciable.

Si el cuento de hadas es inmortal, también hay que decir que el sello perfecto para que alcance su máxima expresión es el de Disney. Puede parecer intrascendente para el disfrute de la película, pero ver el logotipo de Disney al comienzo es la mejor manera de sentirse transportada al mundo que propone Marshall, uno en el que la magia, la fantasía y la diversión están prácticamente garantizados. Into the woods esquiva además con facilidad los posibles elementos repetitivos con películas relativamente recientes, como Caperucita Roja, Enredados o Jack, el caza gigantes, títulos que tratan las mismas fábulas que aparecen aquí, y no sólo por el hecho de que la película sea un musical sino también el tono escogido y por el buen uso de las elipsis, imprescindibles en Broadway por una cuestión de espacio pero aquí muy bien llevadas para que contribuyan al sano humor que desprende el filme.

Con el formidable despliegue visual que tiene la película y una música con la garantía de su funcionamiento en el teatro, a Marshall le quedaba un elemento final para redondear su película: el reparto. Esta es una de esas películas en las que la diversión tiene que ser de doble vía, el público ha de disfrutar pero también el reparto. Por eso funciona tan bien Into the Woods. Lo fácil es quedarse con Meryl Streep (sorprendemente nominada al Oscar por este papel), pero con diferencia el mejor trabajo es el de Emily Blunt, una actriz formidablemente dotada para la comedia que tiene algunos de los mejores momentos de la cinta, incluyendo su última canción en solitaria. Pero también destaca un divertidísimo James Corden dando vida al panadero o Anna Kendrick haciendo de Cenicienta a la carrera cantando sus dudas desde la escalinata del castillo. Eso sí, con diferencia, el mejor momento de la película es el dúo que se marcan los dos príncipes, Chris Pine y Billy Magnussen, absolutamente delirante y delicioso.

Esa escena es la mejor muestra de la divertida irreverencia que tiene Into the Woods, nada demasiado exagerado como para que no la pueda disfrutar un público de todas las edades pero con la sutileza necesaria para que haya algo más que fantasía y música. De hecho, la cinta funciona mejor cuanto más humor de ese tipo hay, como en las reacciones del panadero ante las apariciones de la bruja o la brutal sinceridad de Caperucita (enorme acierto de casting el de la joven debutante Lilla Crawford), y seguramente por eso es el tercio final lo que más largo se hace, porque al margen del mencionado número musical de Blunt es el tramo menos divertido, el más oscuro y el que se hace más largo. Son detalles menores para una película que funciona como un reloj para lo que quiere ser, desde el espectacular despliegue musical del primer número para presentar a todos los personajes hasta la formidable adaptación de las historias para que todas desemboquen en el escenario perfecto del cuento, el bosque, un sitio en el que todo es posible.

jueves, junio 19, 2014

'Transcendence', se queda a medias

Siempre deja cierta desazón ver una película con muchas ganas de que guste y que ésta se quede a medias. Eso le sucede a Transcendence. El primer filme como director de Wally Pfister, habitual director de fotografía de Christopher Nolan, contiene ideas brillantes, provocadoras y sugerentes, pero la forma en que las desarrolla, lo que entra en el cuadro que supone la película, no termina de ser tan interesante. Le sobra metraje, le falta emoción y sobre todo, aunque casi todo el mundo vaya a emplear el juego de palabras, trascendencia. Porque la película parecía ambiciosa y la temática obligaba a ello. Con gran reparto y un estilo visual que sí consigue enganchar casi siempre (salvo en la inclusión de unos planos pretendidamente hipnóticos que finalmente se revelan más vacíos de lo necesario), Transcendence lo tenía todo para triunfar. Pero falta alma y un ritmo correcto en un guión que sufre demasiados altibajos, que no termina de encontrar justificación a sus elipsis y que con un par de vueltas más podría haber sido mucho más redondo.

Como casi siempre, es recomendable olvidarse de todo lo que se cuenta por ahí de la película (¿cuándo hemos olvidado hablar sobre una película en lugar de reventar el contenido?) y quedarse con que Transcendence habla de los límites de la inteligencia artificial, de la humana y de la mezcla de ambos. Lejos de ser una película de ciencia ficción pura, como lo era 2001: Una odisea en el espacio, o una derivación de acción como Terminator y todo su mundo (de hecho, el clímax de Transcendence decepciona mucho visto desde esa óptica del blockbuster), lo que propone Pfister es una historia humana en todos sus términos. La sorpresa positiva que esconde es que sí consigue esa empatía personal necesaria para que la película funcione, aunque con dos problemas que terminan por lastrar la historia. El primero, que no lo hace con todos los personajes y hay algunos que se quedan en simples rellenos (los de Morgan Freeman y Cillian Murphy). El segundo, que la introducción a lo que realmente interesa se hace demasiado larga.

Quizá se note ahí demasiado que Jack Paglen, guionista del filme, está debutando como tal, porque el resultado final está muy lejos del equilibrio que necesitaba el relato. Es más, puede que para algunos espectadores lo realmente interesante llegue ya tarde. Y es una pena que sea así, porque hay que insistir en que hay ideas muy atractivas, tanto el plano más emotivo del filme como en sus toques distintivos de ciencia ficción. En el primer aspecto procede dar parte del mérito a los actores, y en especial a una siempre interesantísima Rebecca Hall, protagonista real del filme a pesar de que siga siendo una actriz bastante desconocida para el gran público. Pero quien vende es Johnny Depp, al que se hace raro ver interpretando a un personaje normal después de tantos en los que el maquillaje forma parte esencial de su trabajo. Kate Mara completa lo esencial del reparto con un personaje que también acaba sabiendo a poco.

En el segundo aspecto, en la ciencia ficción, es donde más y mejor se nota la experiencia como director de fotografía de Pfister. Compone planos preciosos y se aprovecha de un espléndido diseño de producción, que hace creíble el entorno en el que se desarrolla la segunda mitad de la película. Como Transcendence mezcla aciertos y errores, será difícil que la película alcance el estatus por el que claramente suspiraba. No hay más que atender al final (¿era entonces necesario el prólogo?) para ver que la película tiene aspiraciones superiores a lo que finalmente ha conseguido, y acaban siendo pesados lastres los altibajos de ritmo, los tiempos muertos y la sensación de que hay demasiados personajes mecánicos en una historia que debía ser emocional y (de nuevo) trascendente en todos sus aspectos. Casi resulta obvio decir que un montaje más ajustado, recortando unos quince minutos a los 119 que dura el filme, habría hecho maravillas. Pero a un director de fotografía es normal que le guste recrearse en la imagen.

jueves, agosto 22, 2013

'El llanero solitario', entre el western, 'Piratas del Caribe' y 'Sherlock Holmes'

Todo apuntaba a que El llanero solitario podría haberse solventado con un titular muy fácil: Piratas del Caribe en el oeste. Fácil y acertado, eso es indiscutible, aunque la cosa no se queda ahí. Tiene los defectos previsibles, especialmente la exagerada duración de dos horas y media, la excesiva comicidad que ya tiene que afectar a cualquier intento de franquicia como ésta y un Johnny Depp ya cargante en la enésima repetición del mismo papel con distinto nombre. Pero, además de mezclar la base de Piratas con la de Sherlock Holmes, lo que le resta personalidad, en sus mejores momentos encuentra dos aliados. Por un lado, una insana e inverosímil locura en algunos momentos, especialmente el clímax, que genera lo que pretende: entretenimiento. Y, por otro, una admirable puesta en escena de lo más cercano al western. Lo curioso es que cabe la posibilidad de que sea justo eso lo que menos guste al espectador medio, pero quien todavía siente nostalgia por la desaparición del género de indios y vaqueros encontrará momentos sumamente agradables por esa vía.

En realidad, los problemas de El Llanero Solitario obedecen todos a lo mismo: los estudios de márketing. Estos dicen que las películas tienen que empezar con una escena espectacular, que el uso de un personaje conocido obliga siempre a contar una larguísima historia de origen (que supera con creces la media hora), que hay que introducir un personaje femenino que no diga prácticamente nada pero que tenga un momento en el que se enfrenta al villano de la película (intrascendente Ruth Wilson; prácticamente aplicable a Helena Bonham Carter, que casi protagoniza un cameo más que un papel), que hay que introducir por encima de todo un tono cómico incluso en personajes que no se prestan a ello (el mismo Llanero) y que si no llegas a las dos horas y media de la película parece que no estás contando nada. Así se hace mucho cine y, ojo, suele tener éxito. Y por eso no deja de resultar paradójico que El Llanero Solitario haya recibido algunos palos donde Piratas del Caribe recibió bastante elogios, pues aquella es claro referente de ésta, para lo bueno y para lo malo.

Sí es cierto que Armie Hammer sufre con la innecesaria traslación cómica de su personaje y que Johnny Depp es un actor cada vez más cargante y repetitivo en este tipo de papeles (¿en cuántos se ha maquillado ya la cara con diferentes tonalidades de blanco?), pero sorprendentemente el entretenimiento está más que asegurado cuando la película se acerca bien al canon más clásico del western y del propio Llanero Solitario, o bien cuando apuesta por la más absoluta locura en la acción, incluso sin pensar en muchos momentos en la continuidad. Lo primero es mucho más básico de lo que parece, porque ya no se hacen westerns. Y es una pena, porque con la tecnología actual John Ford habría hecho absolutas virguerías con esos míticos paisajes. El Llanero Solitario es un vehículo algo viciado para disfrutar del western, pero eliminando el hecho de que la introducción es larguísima hasta que efectivamente aparece como tal el protagonista de la película, las escenas más conseguidas están en ese primer tramo. Y son las mejores porque son puro western.

La locura es algo que este tipo de películas lleva asociado, hasta el punto de que es imposible entender un clímax como el de El Llanero Solitario sin asumir su más absoluta improbabilidad en todos los sentidos. Pero es ahí cuando sí se ve al Llanero Solitario. Ayuda muchísimo que la correcta partitura de Hans Zimmer se apoye con toda su fuerza en la Overtura del Guillermo Tell de Puccini que se popularizó como tema principal del personaje en sus primeros seriales de radio y cine. Ahí es cuando Armie Hammer sí se hace con el personaje, aunque por momentos uno se crea la explicación del término "kemosabe" con el que Tonto (a propósito, una de las mejores líneas de diálogo en el original es cuando hacen referencia a su significado en español; ¿cómo se traducirá en nuestro país?) se refiere insistentemente al Llanero, porque James Badge Dale (Iron Man 3) llama mucho más la atención que el protagonista del filme, que también queda relegado al segundo lugar de los créditos por la presencia de Depp.

El Llanero Solitario no deja de ser un cierto exceso en todo que hubiera requerido de un corte más adecuado en la sala de montaje, pero entretiene por cosas que no entraban en el guión. ¿Piratas en el Oeste? Sí y no. Porque el Oeste que retratan Verbinski y Jerry Bruckheimer es atractivo. La dinámica a lo Sherlock Holmes (muy presente también en la música de Zimmer) se lleva por delante la casi siempre magnética presencia de Tom Wilkinson, y aunque algo más tópico es también más atractivo el papel de William Fichtner (¿no parece un remedo de Jonah Hex, aquel personaje de cómic en el que se basó una horrenda película protagonizada por James Brolin y Megan Fox?). Pero la verdad es que entretiene más de lo que cabía esperar. Será a lo mejor que yo soy uno de esos nostálgicos que cuando les das dos planos de puro western ya siente simpatía por la película o de los pocos que tendrá un recuerdo real de asociación entre Guillermo Tell y el Llanero Solitario y cede cuando la película hace esa concesión a la memoria. O quizá ambas cosas.

lunes, mayo 14, 2012

'Sombras tenebrosas', Tim Burton sigue perdido

Después del enorme fiasco que supuso Alicia en el País de las Maravillas en la carrera de Tim Burton, su siguiente película, Sombras tenebrosas, adquirió de repente una importancia capital en su filmografía. Había que juzgar si el sorprendente y personal autor seguía teniendo ese toque que le permitió convertirse en uno de los grandes fabulistas del cine contemporáneo y éste parecía el título clave para hacerlo. Pero Sombras tenebrosas no resuelve las dudas. Es un paso adelante desde Alicia, una leve recuperación, eso es indudable, pero parece obra del personaje que Tim Burton ha querido hacer de sí mismo más que del director que es capaz de ser. Parece una obra de la que este mismo director habría sido capaz de sacar mucho más partido en los años 80 que ahora. Y aunque da la sensación a priori de ser un material perfecto para él, gótico, siniestro y macabramente divertido, se queda en la reafirmación de que es un artista visual como hay pocos en el cine moderno, pero olvidando la importancia de la historia y de los personajes, escasos a todas luces.

Sombras tenebrosas está basada en una serie de culto de los años 60. No es que eso sea especialmente importante en la filmografía de Burton, que en numerosas ocasiones ha sabido sacar partido a un material ajeno. En esta ocasión, no obstante, sólo lo consigue a ratos. Por el material que tiene entre manos y por el enfoque que quiere darle, da la impresión de que Tim Burton quiere repetir las sensaciones que le dejó Bitelchús, su segundo filme, una historia fantástica con toques cómicos, con un protagonista central masculino y un potente reparto femenino. Pero se queda lejos, muy lejos, de la frescura que emanaba aquel divertimento freak que protagonizó Michael Keaton. Tiene Sombras tenebrosas escenas logradas, como el buen prólogo con el que arranca, pero el conjunto se antoja frío y bastante desaprovechado. Parece un título equivocado en este momento de su carrera, una fórmula de la que podría haber sacado un resultado mucho mejor hace años y, por todo ello, un producto desilusionante. Pasable para cualquier neófito, pero no para los que esperábamos el resurgir de Burton.

La película, que no ha tenido demasiada promoción previa y las sospechas de los motivos no son demasiado halagüeñas, cuenta la historia de Barnabas Collins, un vampiro que ha pasado doscientos años en un ataúd, encerrado por una bruja que decide lanzarle una maldición por no haberse enamorado de ella y sí de otra mujer. Cuando sale de su inusual prisión se encuentra en el año 1972. Evidentemente, el contraste entre lo que conoce un aristócrata del siglo XVIII y la realidad de los años 70 del siglo XX es el motor cómico de la película, aunque para ello abuse de tópicos como el de los hippies. Aunque Burton parece acomodado en esas escenas de comedia gótica, lo cierto es que lo mejor de Sombras tenebrosas está justo en el lado opuesto, en la historia de fantasmas. Apoyado en la música de Danny Elfman (él siempre mantiene su sobreslaiente talento en cada colaboración con Burton), crea una lograda ambientación. Ahí los excesos de Burton sí encajan. Pero la película falla porque, a la endeblez de la historia, hay que añadir un flojo desarrollo de los personajes que hace moverse al filme en una montaña rusa de altibajos difícil de asimilar.

Son muchos los motores de Sombras tenebrosas que no encuentran un desarrollo adecuado. Parece iniciarse como una trágica historia de amor, pero sólo se recuperan esos elementos de vez en cuando. Se configura después como una historia iniciática de la joven Victoria Winters (Bella Heathcote), pero el personaje desaparece de la narración durante incontables minutos. Parece después un duelo entre mujeres (duelo de bellezas y talento a cargo Michelle Pfeiffer y Eva Green, con el añadido de una más comedida que de costumbre Helena Bonham Carter y una Chlöe Moretz más entonada en muchos momentos que sus compañeros de reparto) con un hombre en el centro (Johnny Depp), pero tampoco termina de asentarse esa concepción. Y cuando termina la película es difícil saber de qué va realmente Sombras tenebrosas, más allá de ser un nuevo ejercicio de virtuosismo visual como tantos otros que ha ofrecido Burton a lo largo de su carrera. Si se da cuenta de que se deja por el camino a sus actores, muy esforzados en sacar algo productivo pero sin demasiado a lo que agarrarse, alguien tendría que recordarle que ahí, tanto como en su imaginería visual, es donde estaba el atractivo de su cine.

Porque cada instante y cada personaje de Bitelchús, Eduardo Manostijeras, Batman, Ed Wood o Big Fish tenía atractivo, tanto en las páginas del guión como en el cuaderno del diseñador de vestuario o en las ilustraciones del propio Burton. Pero en Sombras tenebrosas no sucede y demasiadas cosas caen en el olvido con una facilidad inhabitual en las películas de este director. Cansa ya ver a Johnny Depp prácticamente fotocopiando sus personajes de una película de Burton a otra (y eso que aquí está mejor que en Alicia o en Charlie y la fábrica de chocolate), y es una pena ver que los personajes de la siempre maravillosa Michelle Pfeifer o la cada vez más prometedora Chlöe Moretz están tan poco desarrollados y mal encajados en la historia sin demasiado talento. Sólo la sensual malvada de Eva Green adquiere cierta entidad, aunque la rocambolesca escena de sexo, paradigma de todo lo que falla en esta película, y el exagerado final (¿no recuerdan muchas cosas, aunque sea superficialmente a la entretenidísima Stardust?) acaban por romper la escasa magia conseguida hasta ese punto. Tim Burton vuelve a decepcionar. Menos que en Alicia porque Sombras tenebrosas se deja ver. Pero al genio de Burbank se le añora en las dos horas largas que dura esta película.

lunes, mayo 07, 2012

'Los diarios del ron', escasa radiografía del vicio exótico

Tenía ciertos alicientes esta Los diarios del ron, pero casi todos se quedan escasos. Apetecía ver a Johnny Depp en un papel alejado de sus Piratas y demás vicisitudes palomiteras, y más encabezando un reparto alejado del estrellato pero con nombres y rostros más que conocidos. Sin ser un director especialmente brillante, había curiosidad por ver qué hacía Bruce Robinson nada menos que veinte años después de su anterior película (Jennifer 8, de 1992). Y siempre parece atractiva la historia de un periodista, y más en los conflictivos años 60 y en un entorno exótico como es Puerto Rico. Pero la verdad es que la película se queda a medias en casi todo. Quiere ser una radiografía del vicio, de todo tipo de vicios (lo que quiere decir, alcohol, droga, juego y mujeres) y se queda en una simple historia más de un americano perdido en un escenario exótico, que no engancha ni enamora. Visible, pero lejos de ser lo que pretendía.

Investigando, uno puede encontrar fácilmente la historia de Hunter S. Thompson, un periodista que creó una nueva forma de reporterismo, la de introducirse en sus investigaciones hasta el punto de convertirse en protagonistas de las mismas. Desconozco el grado de fidelidad de Los diarios del ron con respecto al original literario, que Thompson escribió en los años 60 pero no consiguió publicar hasta 1998, o la autobiografía que pueda contener el libro, pero no se vislumbra en la película el interés que tiene esa definición del periodista, a pesar de tocar levemente esa concepción de la profesión. Lo que se ve, en cambio, es el retrato de un tipo en realidad bastante anodino y lejos del carisma, rendido al alcohol, malviviendo en Puerto Rico porque no sería capaz de estar en aquel momento en ningún otro sitio y con la inevitable sensación de que acabará inmerso en un triángulo amoroso que terminará por destruir lo poco o lo mucho que tenga construido en Puerto Rico.

Con Johnny Depp me sucede algo curioso. En los últimos años el mundo entero parecido rendido a su trabajo, y es justo ahora cuando menos interesante me parece. De sus colaboraciones con Tim Burton, me quedo con las primeras (Eduardo Manostijeras por encima de todas las cosas), no le veo la gracia a su Jack Sparrow de los archifamosos y para mí sobrevalorados Piratas del Caribe, y no me termina de convencer en prácticamente ninguna de sus películas más recientes (y, como ejemplo, la aburridísima The Tourist). Sí que es cierto que en algún momento consigue meterse de lleno en la piel de Paul Kemp, un escritor fracasado que se mete a periodista en Puerto Rico, pero también es fácil confundir al Depp de Los diarios del ron con el The Tourist, La ventana secreta o cualquier otra película en la que no tenga que llevar encima una gruesa capa de maquillaje. Con una interpretación memorable, Los diarios del ron podría haberse sostenido en su actor principal. Depp no consigue ese objetivo.

Y no lo consigue porque, en realidad, el guión es bastante tópico. Los personajes, más allá de ofrecer alguna rocambolesca y divertida situación (la recuperación del coche destrozado), se dibujan entre el estereotipo y la indefinición. Y no importa que el reparto lo formen interesantes actores como Aaron Eckhart o Richard Jenkins, que cumplen sobradamente con lo poco que tienen, porque no hay mucho que rascar. En realidad, lo único que parece funcionar es el atractivo sexual y la dinámica de seducción que ejerce el personaje de Amber Heard sobre casi todos los personajes y, por qué no decirlo, sobre el espectador. Tópico, desde luego, ya sea como motor de las ilusiones de Paul Kemp (sí que existe química con Johnny Depp) o como reclamo para el espectador (en su más que sensual baile con un portoricense), pero es de largo lo que mejor funciona en la película. También dentro del tópico y dejando una muy mala resolución para el personaje, pero funciona por momentos.

Pero es, insisto, lo único que acaba mereciendo la pena. Los diarios del ron va prometiendo casi en cada escena un avance de la historia que pueda enganchar pero nunca termina de ofrecerlo. Y así se queda en un mosaico de exotismo y vicio, que pasa de mostrarnos a un protagonista resacoso a otro enganchado a una mujer contra la que sus amigos le advierten, que nos lo enseña enganchado a las apuestas locales, las de las peleas de gallos, y ligeramente los problemas de integración en el país, que pasa de ser un tipo al que todo le da igual a convertirse en un periodista cargado de idealismo injustificado. Muchos vaivenes y poca concreción tiene esta película que, lejos de aburrir gracias a su insatisfecha promesa de algo mejor y algún que otro momento interesante, tampoco consigue engancharse en la memoria por encima del resto de historias de un americano intentando vivir en un lugar más o menos perdido o de cualquier película que plantee un triángulo amoroso en escenario parecido a éste.

lunes, abril 19, 2010

'Alicia en el País de las Maravillas':...Y Tim Burton decepcionó

Esperada era la versión de Tim Burton del cuento de Alicia en el País de las Maravillas y ésta, como a menudo sucede cuando hay expectación, ha acabado por decepcionar. Quizá sea la película menos completa de Burton, la que menos deja en el recuerdo, la que apenas cuenta con elementos sobresalientes (que están presentes incluso en los títulos menos apreciables de este genial director). El exceso digital no le ha sentado bien a la película, que parece mucho más pendiente de eso que del guión. Y los efectos visuales tan masivos como aquí ya no sorprenden tanto como hace algunos años, ahora la creación de mundos virtuales es algo al alcance de cualquiera, y no pueden enmascarar ya la falta de ritmo o la endeblez de la amplia mayoría de los personajes que desfilan por la pantalla, por muy bien que se lo hayan podido pasar sus intérpretes en el rodaje. Tim Burton decepciona. Una lástima, porque el material ofrecía muchos puntos de interés.

El primer fallo de Burton está en no haber sabido contraponer con imaginación y acierto, como en él es habitual (no hay más que recordar, por ejemplo, Big fish, o incluso, retrocediendo aún más en su filmografía, Bitelchús), el mundo real con el mundo de fantasía. Lo más flojo de esta película, gracias a este detalle, está en el prólogo y en la conclusión, ambas ancladas en nuestra realidad, ambas frías, sin alma, irreales, carentes de interés y en buena medida culpables de que el espectador tarde en entrar en el filme y salga de la sala con un sabor de boca extraño. Y eso que es precisamente ahí donde Alicia podría haber cobrado una fuerza que habría podido sustentar todo el esqueleto de la película, ahí, en esa escena de la pequeña Alicia con su padre, hablando del País de las Maravillas como un sueño de la niña. Pero su anclaje en la realidad es torpe, escaso, desdibujado. Por eso no actúa como catalizador del personaje central, una Alicia de 19 años, sino como una breve molestia antes de llegar a lo que verdaderamente parece importar a su director: el País de las Maravillas.

Ahí es donde Burton da lo mejor de sí mismo, y aunque hay momentos en que parece que sí, que la cosa arranca y convence, que su universo de fantasía puede contar con un apreciable título más, la cosa se desinfla poco a poco, hasta llegar a un clímax muy suave y muy poco épico para lo que prometía. Da la sensación de que Burton no se siente cómodo en un universo tan digital como éste, que echa de menos los trucos de toda la vida que disparen la imaginación del cineasta por encima de la del dibujante. Da la sensación de que el ordenador se ha llevado la magia. Una cosa es introducir elementos fantásticos con elaborados programas informáticos, cosa que sí sabe hacer muy bien, y otra muy distinta que todo parezca irreal en la pantalla a excepción de un actor. Eso es lo que ofrece Alicia. No hay que confundir eso con que los efectos no sean los adecuados, no. Es que no desprenden magia. Algo de eso sí hay en el Gato de Cheshire, el mejor personaje digital del filme, pero la balanza entre lo real y lo ficticio, también en los efectos especiales, no estaba demasiado bien equilibrada.

Puede que ese exceso digital sea lo que resta interés a algunas de las interpretaciones. Quizá el Sombrerero Loco de Johnny Depp hubiera sido mejor que se creara también en el ordenador, o al menos que se retocara como la Reina Roja de Helena Bonham Carter. Los dos parecen disfrutar como niños pequeños con sus actuaciones, pero mientras el primero hace ya tiempo que dejó de sorprender con sus poses histriónicas (que, eso sí, le han convertido en un actor taquillero e incluso nominado al Oscar gracias a Piratas del Caribe) la segunda sí ofrece algo de interés. Le falta algo de humor negro, algo de la crueldad que uno espera de la villana de la función, pero funciona mejor que la mayoría de los personajes. Alicia está interpretada por Mia Wasikowska, una joven actriz que parece ir a contracorriente en la película: cuanto menos emociona el filme, más adecuada parece para el papel, y viceversa. Anne Hatthaway compone una extraña Reina Blanca, y quizá el más completo es Crispin Glover como Stayne, el fiel caballero de la Reina Roja.

No es esta Alicia una adaptación fiel de las novelas de Lewis Carroll, ni tampoco un remake de las versiones ya conocidas (sobre todo, la de dibujos animados de Disney, que también produce ésta). Es, más bien, un intento de imaginar que habría sucedido trece años después de los cuentos de Carroll. Y la idea no es mala, ofrece posibilidades, pero se diluyen en casi todos sus aspectos y se queda en una excusa para contar con una actriz joven en lugar de infantil. La película, decía, decepciona, porque se convierte en un conjunto de episodios más o menos logrados, no del todo bien hilvanados y que esconden por completo el desarrollo de unos personajes planos y perdidos en un exceso digital, plagado de colorismo pero carente del espíritu que ha hecho grande a Tim Burton.

Hay quien ha querido ver en este filme un declive de su realizador, pero no es verdad. Es una película irregular, carente de chispa, de humor, de ingenio y de genialidad. Pero no forma parte de una tendencia. De hecho, Tim Burton siempre ha sido irregular, ha enlazado grandes películas con otras bastante menos memorables. Lo que pasa es que siempre dejaba algo notable y aquí se echa en falta. En Mars attacks! estaba el sentido del humor. En El planeta de los simios, un ritmo trepidante. Aquí no queda mucho. Se ve y se olvida con demasiada facilidad. No sorprende, no engancha, no emociona. Y por eso no encaja en la filmografía de Burton. Una decepción, pero también porque venía de una maravilla como Sweeney Todd. ¿Pero no fue Charlie y la fabrica de chocolate un bajón tras la inolvidable Big fish? ¿No lo fue Mars attacks! tras la espléndida Ed Wood? Tim Burton es irregular, pero aquí no ha puesto su toque mágico. Lo recuperará con Frankenweenie, adaptación de uno de sus muy recomendables cortos. Y, si no, lo hará en su siguiente filme. No tengo dudas.

viernes, septiembre 04, 2009

'Enemigos públicos': Michael Mann vuelve


Ver a Michael Mann ofreciendo una película vigorosa, intensa, interesante, entretenida y tan bien realizada como casi siempre en su filmografía, es motivo más que suficiente para pagar una entrada de cine. Enemigos públicos le devuelve a ese terreno, el que viene explorando desde que en 1992 hiciera El último de los mohicanos y, sobre todo, en 1995 dirigiera Heat. Un terreno que abandonó con Corrupción en Miami, un videoclip caro y sin alma que no encajaba para nada en su forma de hacer cine. Mucho plano bonito, sí, pero ni historia, ni actores, ni nada de nada de lo que había enseñado previamente en películas apasionantes como El dilema o Collateral. Enemigos públicos es una gran muestra de cine de gánsgters, de época, donde mejor encajan estas historias, en el Chicago de los años 30. No es una obra redonda, pero sí una buena muestra de lo que puede hacer Michael Mann con un buen guión, una formidable puesta en escena, y un puñado de actores apasionantes.

A la hora de ver Enemigos públicos, es inevitable recordar la cumbre de Michael Mann en el género, Heat. Y seguro que él también la recordó mientras rodaba esta su última película. Después de la brillante secuencia de atraco que rodó en aquella, las escaramuzas de John Dillinger (Johnny Depp), rodadas con corrección y un buen sentido dramático, a veces no satisfacen todo lo que debieran. Heat lo que establecía era una fascinante contraposición entre la vida privada del ladrón y el policía. Enemigos públicos no. Y quizá lo necesitaba. La historia de amor entre Dillinger y Billie (Marion Cotillard) quizá necesitaba de algo parecido en el agente Purvis (Christian Bale). Pero de él no conocemos más que su faceta profesional, la de agente de la Ley, y el personaje se queda algo cojo y escondido como un secundario que tendría que haber dado más de sí. Bale le da un toque de fascinación y elegancia (apasionante cómo pone fin al interrogatorio a Billie) pero le falta material y metraje para convertirlo en un clásico.

Le falta el toque de Heat, las tramas secundarias que tenía Al Pacino en contraposición a la de Robert de Niro. Pero es que Enemigos públicos no es la historia del entrentamiento entre Dillinger y Purvis, aunque en algunos momentos lo parezca. Depp sí consigue bordar su personaje y aprovechar todo lo que se le ofrece en el guión, con toda la brillantez que se le supone. Johnny Depp siempre me ha resultado más atractivo cuando aporta su extravagancia a personas y no a caricaturas más o menos elaboradas, me gusta más su Ed Wood que su Willy Wonka en Charlie y la fábrica de chocolate, por citar dos películas de un director, Tim Burton, que le tiene como actor fetiche. Depp encabeza un reparto fascinante, en el que triunfan por igual los actores más conocidos (Stephen Dorff, Giovanni Ribisi o Billy Crudup) como los más desconocidos para el gran público (con cameo incluído para la cantante Diana Krall... interpretando a una cantante). Todos encajan a la perfeción.

Resulta curioso ver el gran resultado que saca casi siempre de sus actores un director como Michael Mann, en apariencia más centrado en la imagen, en el resultado visual de sus encuadres y sus secuencias. Pero hasta eso se pone aquí al servicio del trabajo interpretativo, porque Mann convierte su película en una inmensa y preciosa colección de primeros planos. El Mann más visual tiene, sobre todo, dos escenas no sólo para el lucimiento, sino casi para la antología. Puede que la llegada de Dillinger a Indiana, su descenso del avión, su traslado a la cárcel (bajo los acordes de un precioso tema musical de un Elliot Goldenthal recuperado para el cine después de años de un silencio casi total), sea la escena más hermosa que haya rodado nunca este realizador. Y el climax final, desde el hermoso homenaje cinéfilo al claro referente de Atrapado por su pasado (una película de Brian de Palma que merece ser reivindicada), es soberbio, emocionante y una dignísima resolución de una película más que interesante.

La película es violenta, como debe serlo una historia de ladrones de bancos de los años 30, pero se mueve con buen criterio en la delgada línea que separa lo que necesita la historia del exceso más morboso. El guión, notable pero con algunos puntos débiles (hay personajes que pedían más desarrollo, no sólo el de Christian Bale, sino también el Edgar J. Hoover de Crudup). No es lo mejor de Michael Mann, pero es que Michael Mann tiene algunas películas realmente sobresalientes. No es quizá la obra maestra que podría haber salido de un material como el que tenía a priori, pero no por eso se puede desdeñar un filme notable y altamente recomendable. Michael Mann ha vuelto y me ha hecho olvidar por completo Corrupción en Miami. Y eso es una espléndida noticia.