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viernes, mayo 06, 2016

'La venganza de Jane', el western vive

Cuando pasen algunos años más, habrá que estudiar detenidamente qué es lo que ha sucedido con el western para que sea un género moribundo que de vez en cuando resurge para demostrar que está vivo. Porque vive, eso es algo que se demuestra con cada título del género que llega a los cines, y pasa de nuevo con La venganza de Jane, desafortunadísimo título español de Jane Got a Gun, un filme que ha sobrevivido a los muchos cambios sufridos en su equipo desde que el proyecto se anunció hace cuatro años para evidenciar que el Oeste americano sigue siendo un escenario magnífico en el que colocar toda suerte de historias. La paradoja es que el western murió con su último gran éxito a todos los niveles, Sin perdón, y desde entonces sólo asoma la cabeza de manera muy puntual pero casi siempre con un nivel más que aceptable.

Y no es que la película de Gavin O'Connor sea de las mejores que se han visto en el western de los últimos años, pero sí es bastante digna. Decía Quentin Tarantino que John Ford destestaría Los odiosos ocho, el último intento aunque bastante especial de western, y de La venganza de Jane seguramente lamentaría que no haya sabido explorar con acierto la épica del género, que se haya empequeñecido cuando la historia apuntaba a algo más o cuando el conflicto podría haber derivado en planos algo más espectaculares. En ese sentido, da mucha rabia ver que O'Connor no sabe sacar partido del momento visualmente más atractivo del filme, o incluso que no domine esas áridas llanuras de arena y roca que dominan el western con tanta contundencia. Pero la historia es muy atractiva, lo es desde el principio y también por medio de los flashbacks que dan la información que satisface la intriga.

Casi parece mentira que la película se haya transformado tanto, y su supervivencia con dignidad es uno de esos pequeños milagros que da gusto ver, ya que la presencia de Joel Edgerton como coescritor de la cinta y de Natalie Portman como coproductora casi hace pensar que estamos ante un proyecto muy personal. Puede serlo más en el caso de Portman, su protagonista indiscutible y una actriz de suficiente talento como para hacerla bastante creíble. Edgerton secunda muy bien, como también Ewan McGregor en un papel de villano, inusual en su carrera, que acaba pareciendo lo más desaprovechado de la película. McGregor está francamente bien pero su personaje es el que más sufre el irregular ritmo de la película, que pierde mucho tiempo en conversaciones entre Portman y Edgerton que van desde lo imprescindible a lo redundante y se olvida de dar más fuerza al conflicto real que alumbra la película, el que obliga a Jane a coger un arma y defender lo suyo.

Pero, con todos sus defectos, que los tiene, La venganza de Jane es una película bastante solvente. Integra perfectamente al espectador en el drama y le recompensa con imágenes de un gran poder visual (la entrada del personaje de Noah Emmerich en el burdel armado con dos pistolas es, probablemente, el mejor ejemplo), por mucho que no sepa sacar partido de su ajustada duración (no llega a 100 minutos) y no consiga que el resultado final haga del todo justicia a lo bien insertados que están los flashbacks. El final tampoco ayuda, porque preparar emocionalmente al espectador durante toda la película para llegar al punto que llega es algo tramposo por parte de los guionistas. Pero al menos queda la satisfacción de volver a visitar el western, ese viejo género que sigue resistiéndose a morir a pesar de que ya hay demasiada gente que le ha asestado desde fuera un rejón de muerte. El porqué, toda una incógnita con la que tendrán que lidiar los libros de historia...

viernes, octubre 23, 2015

'Black Mass', todos quieren ser Scorsese

Cada vez que alguien hace una película sobra la mafia y los bajos fondos, Martin Scorsese se convierte en una referencia ineludible. Todos quieren ser Scorsese en este mundo, algo que es lógico porque él ha manejado como nadie este registro. Scott Cooper, que hace ya seis años dirigiera Corazón salvaje, ha tenido esa referencia tan clara en su cabeza que al final se ha olvidado de dar algo más de personalidad propia a su película, Black Mass, que no encuentra algo característico que saque a esta historia real del tono plano y acomodado que parece tener durante sus poco más de dos horas de duración. Lo que muestra le basta para hacer un filme correcto, que sabe sacar partido a su ambientación, extraordinaria por momentos, pero no para convertirse en el relato memorable de ascensión y caída que quiere ser desde el principio.

El primer obstáculo al que hace frente es su equilibrio. Toda vez que la historia es lineal, a pesar de algunos flashbacks que simplemente anuncian que la historia es la de la caída de un gángster y que no sirven para potenciar a los personajes secundarios, ese equilibrio se ve en el reparto. No es la película de Johnny Depp dando vida a Withey Bulger, criminal del Boston de los años 70 y 80, a pesar del dominio absoluto del actor en el cartel. De hecho, dado que su historia no difiere tanto de la de otros criminales de cine, hay elementos atractivos en otros lugares de filme que, por ese equilibrio que se busca entre su amplio reparto se van quedando en el tintero sin ser demasiado aprovechados. La historia del agente del FBI que se entrega a Bulger, la del hermano del criminal o incluso la del muchacho con el que arranca la película se quedan a medio camino.

Ese problema, que impide que en la película haya momentos memorables que rompan el equilibrio, esos instantes que entren en el terreno de lo antológico que marcan la diferencia entre lo correcto y lo inolvidable, también afecta al reparto. Aceptemos que, como se indica en el cartel, esta sea la mejor interpretación de Johnny Depp en décadas. Tampoco era tan difícil, metido como estaba en una espiral repetitiva y comercial. Pero tampoco está tan memorable, poco ayudado por cierto por una caracterización excesiva, incluso irritante por las lentillas azules que se le proporcionan, y por mucho que haya instantes en los que la referencia a Scorsese, al Ray Liotta de Uno de los nuestros, se haga inevitable. Con la contención de Depp, poco habitual en sus últimos filmes, es Joel Edgerton quien se lleva la exageración, aceptable en la primera mitad del filme pero que después está lejos de lo que la película necesita. Y lo mejor, pese a su escasa presencia, vuelve a ser Benedict Cumberbacht.

Lo cierto es que ahí es donde está el freno del filme, en que casi todo parece demasiado contenido, atrapado en esa corrección de la que quiere sacar partido, de ese ritmo estable y continuo que impide un despegue más ambicioso de la cinta. Cooper rueda con absoluta corrección, y saca partido de la fantástica fotografía que tiene la película, pero la colección de episodios que va reuniendo no terminan de demostrar que estamos ante el gran genio criminal que la película quiere vender. Y sin esa sensación, es difícil colocar a este gángster al lado de los que Scorsese ha capturado a lo largo de su carrera. Black Mass no patina en ningún momento, pero opta por quedarse en terrenos cómodos, en sensaciones conocidas, en hechos que ya han acontecido en otras muchas películas del género. Se ve con agrado, pero son dos horas esperando que suceda algo que no llega a suceder.

viernes, diciembre 05, 2014

'Exodus. Dioses y reyes', hermano rico, hermano pobre

Ridley Scott dedica Exodus. Dioses y reyes a su hermano Tony, que se suicidó en 2012 con 68 años. Ridley cierra así un curioso sentido metafórico de hermano rico y hermano pobre en la película, la ya conocida historia de Moisés y Ramses, dos hermanos divididos por su pasado, por sus lealtades y por sus creencias. Aunque Ridley es el más dotado cinematográficamente hablando, Tony lograba más unanimidad crítica y de taquilla con su trabajo. Ridley, a pesar de reconocerle méritos, siempre ha estado más expuesto a juicios mucho más duros hacia su cine. Y sin embargo, eso mismo le ha permitido hacer siempre las películas que ha querido, variando lo que ha deseado y sin límites presupuestarios. Pero Tony llevaba a los cines películas mucho más propias y personales. Lo que veíamos era lo que él quería hacer. En el caso de Ridley no es así y Exodus lo confirma. Lo que llega a los cines es sólo parte de lo que ha querido hacer. La parte abreviada, la comercial, la viable. Y esa es irregular, descompensada, brillante a veces y carente de emoción en otros momentos. ¿Por qué? Porque el hermano rico de esta historia es la versión extendida.

En realidad, para descubrir si este planteamiento es acertado habrá que esperar hasta que la película llegue al mercado de vídeo, pero viendo la trayectoria de Ridley Scott parece evidente que será así. El ejemplo más perfecto es El reino de los cielos, una película con la que esta comparte no pocos elementos, pero cuyo montaje comercial es mucho más hábil que el de Exodus. La irregularidad de la cinta es tal que sus 150 minutos no bastante para explicar todo lo que Scott quiere meter. Y es paradójico, porque los 99 minutos de El príncipe de Egipto cuentan la misma historia mucho mejor en su conjunto, por no acudir al referente de los 220 de Los diez mandamientos. Puede que las comparaciones sean injustas, pero también son inevitables, porque Exodus tiene una enorme cantidad de personajes que están porque tienen que estar, pero apenas se desarrollan. Se ve con claridad con los papeles de Sigourney Weaver, Aaron Paul o Ben Kingsley, pero en realidad afecta a todos salvo a Christian Bale y Joel Edgerton.

Scott busca que su película gire casi exclusivamente en torno a los dos hermanos, Moisés y Ramsés, quizá con la única salvedad de Séfora, el rol de María Valverde, y encuentra brillantes interpretaciones de Bale y Edgerton. Este incluso sorprende porque elude el toque de psicópata que se puede esperar de quien tiene preadjudicado el papel de villano, aunque la película no quiera sentenciarle de esta forma. Y lo que hace para darle lustre a la película es algo que sólo Ridley Scott parece dominar a al perfección en el cine contemporáneo: recrear un entorno histórico de una forma que quita el aliento. Le da igual que sea el Imperio Romano, la Edad Media o, como es el caso, el Antiguo Egipto, Scott es el cineasta perfecto para la creación de escenarios épicos que luzcan en pantalla, para montar batallas de gran escala a la antigua usanza (no se puede describir con palabras la gozada que supone ver una refriega así sin cámaras lentas). Scott es, en ese sentido, un director incomparable en el cine de nuestra era.

Pero, a diferencia de lo que en otras películas sí conseguía (desde la alabada Gladiator a la bastante injustamente denostada Robin Hood), en Exodus le falta algo de espíritu. No tanto por las obvias licencias que se toma con respecto a la historia bíblica, que eran más que esperables y no hacen tampoco demasiado daño (a pesar de la enormemente desaprovechada escena del Mar Rojo, a años luz del efecto que creaban Los diez mandamientos o El príncipe de Egipto), sino porque Scott hace una apuesta extraña. Parece que quiere ser realista, pero él mismo se olvida de ello cuando le interesa. Parece que quiere centrar la historia en la rivalidad entre hermanos y la olvida en cuanto pone rostro a un Dios vengativo y violento. A pesar de todo, la película no aburre en ningún momento. El carisma de Bale interpretando a Moisés es tan inmenso que su epopeya interesa. Ni siquiera el discutible uso del tiempo y la cereza casi absoluta de que la versión extendida mejorará bastante los logros de esta pueden evitar eso. Pero ya lo hemos visto. No con los ojos de Ridley Scott, y eso siempre compensa, pero no está entre las mejores películas de su director.