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viernes, diciembre 05, 2014

'Exodus. Dioses y reyes', hermano rico, hermano pobre

Ridley Scott dedica Exodus. Dioses y reyes a su hermano Tony, que se suicidó en 2012 con 68 años. Ridley cierra así un curioso sentido metafórico de hermano rico y hermano pobre en la película, la ya conocida historia de Moisés y Ramses, dos hermanos divididos por su pasado, por sus lealtades y por sus creencias. Aunque Ridley es el más dotado cinematográficamente hablando, Tony lograba más unanimidad crítica y de taquilla con su trabajo. Ridley, a pesar de reconocerle méritos, siempre ha estado más expuesto a juicios mucho más duros hacia su cine. Y sin embargo, eso mismo le ha permitido hacer siempre las películas que ha querido, variando lo que ha deseado y sin límites presupuestarios. Pero Tony llevaba a los cines películas mucho más propias y personales. Lo que veíamos era lo que él quería hacer. En el caso de Ridley no es así y Exodus lo confirma. Lo que llega a los cines es sólo parte de lo que ha querido hacer. La parte abreviada, la comercial, la viable. Y esa es irregular, descompensada, brillante a veces y carente de emoción en otros momentos. ¿Por qué? Porque el hermano rico de esta historia es la versión extendida.

En realidad, para descubrir si este planteamiento es acertado habrá que esperar hasta que la película llegue al mercado de vídeo, pero viendo la trayectoria de Ridley Scott parece evidente que será así. El ejemplo más perfecto es El reino de los cielos, una película con la que esta comparte no pocos elementos, pero cuyo montaje comercial es mucho más hábil que el de Exodus. La irregularidad de la cinta es tal que sus 150 minutos no bastante para explicar todo lo que Scott quiere meter. Y es paradójico, porque los 99 minutos de El príncipe de Egipto cuentan la misma historia mucho mejor en su conjunto, por no acudir al referente de los 220 de Los diez mandamientos. Puede que las comparaciones sean injustas, pero también son inevitables, porque Exodus tiene una enorme cantidad de personajes que están porque tienen que estar, pero apenas se desarrollan. Se ve con claridad con los papeles de Sigourney Weaver, Aaron Paul o Ben Kingsley, pero en realidad afecta a todos salvo a Christian Bale y Joel Edgerton.

Scott busca que su película gire casi exclusivamente en torno a los dos hermanos, Moisés y Ramsés, quizá con la única salvedad de Séfora, el rol de María Valverde, y encuentra brillantes interpretaciones de Bale y Edgerton. Este incluso sorprende porque elude el toque de psicópata que se puede esperar de quien tiene preadjudicado el papel de villano, aunque la película no quiera sentenciarle de esta forma. Y lo que hace para darle lustre a la película es algo que sólo Ridley Scott parece dominar a al perfección en el cine contemporáneo: recrear un entorno histórico de una forma que quita el aliento. Le da igual que sea el Imperio Romano, la Edad Media o, como es el caso, el Antiguo Egipto, Scott es el cineasta perfecto para la creación de escenarios épicos que luzcan en pantalla, para montar batallas de gran escala a la antigua usanza (no se puede describir con palabras la gozada que supone ver una refriega así sin cámaras lentas). Scott es, en ese sentido, un director incomparable en el cine de nuestra era.

Pero, a diferencia de lo que en otras películas sí conseguía (desde la alabada Gladiator a la bastante injustamente denostada Robin Hood), en Exodus le falta algo de espíritu. No tanto por las obvias licencias que se toma con respecto a la historia bíblica, que eran más que esperables y no hacen tampoco demasiado daño (a pesar de la enormemente desaprovechada escena del Mar Rojo, a años luz del efecto que creaban Los diez mandamientos o El príncipe de Egipto), sino porque Scott hace una apuesta extraña. Parece que quiere ser realista, pero él mismo se olvida de ello cuando le interesa. Parece que quiere centrar la historia en la rivalidad entre hermanos y la olvida en cuanto pone rostro a un Dios vengativo y violento. A pesar de todo, la película no aburre en ningún momento. El carisma de Bale interpretando a Moisés es tan inmenso que su epopeya interesa. Ni siquiera el discutible uso del tiempo y la cereza casi absoluta de que la versión extendida mejorará bastante los logros de esta pueden evitar eso. Pero ya lo hemos visto. No con los ojos de Ridley Scott, y eso siempre compensa, pero no está entre las mejores películas de su director.

lunes, diciembre 02, 2013

'El consejero', el Ridley Scott más pretencioso y monótono

Ridley Scott viene siendo un saco de boxeo en el que la crítica ha descargado muchos golpes durante bastante tiempo. Algunos con razón, pero probablemente muchos desmedidos, eliminando el valor que tiene el trabajo de un espléndido artesano, un sensacional operador de cámara, un inteligente montador y un creador de mundos que, realistas o no, suelen ser sumamente entretenidos. Sin embargo, poco de eso se puede ver en El consejero. Poco o prácticamente nada, en realidad. Queda algo de ese tipo que tan bien sabe rodar, pero es mayúscula la sorpresa de ver una película firmada por Ridley Scott que es aburrida durante buena parte de su metraje, especialmente en una primera media hora que sólo puede calificarse de pretenciosa, con unos diálogos rimbombantes, procedentes del guión de Cormac McCarthy, el primero que escribe para la gran pantalla, y que se pierden en escenas superfluas o redundantes, en una película larga (con sus 117 minutos) y monótona que ni siquiera el gran trabajo de Michael Fassbender consigue salvar.

Sobre todo por Fassbender pero también por algún otro detalle más se puede decir que la película no es un desastre, pero visto desde los ojos de un admirador del cine de Ridley Scott es imposible esconder la amplia diferencia que hay entre esta película y sus grandes espectáculos de los últimos años (incluso el tan denostado Robin Hood, una película bastante reivindicable, o en Prometheus, que compensó un guión lleno de agujeros con una fuerza visual deslumbrante). En Un buen año, probablemente su película más floja en este siglo, que arrancó con la majestuosa Gladiator, al menos se intuía el deseo de disfrutar de un rodaje y una historia, por floja que fuera. Pero aquí, teniendo en cuenta que lo mejor de ese intérprete que probablemente no sepa actuar mal llamado Michael Fassbender llega en el tramo final de la película, que las escenas mejor rodadas por Scott están precisamente en ese tramo, y que dentro de la maraña de frases recargadas y pretendidamente profundas de McCarthy no hay una verdaderamente irónica y divertida hasta los tres cuartos de hora de metraje, es difícil agarrarse a lo bueno.

Cuando todo eso llega, uno se está haciendo ya desde mucho tiempo atrás la misma pregunta que el camarero mexicano que no entiende una de esas frases ampulosas, una de las que le toca a Fassbender, y a la que responde con un inocente y sincero "¿cómo?", que en realidad describe a la perfección la sensación que puede llegar a tener el espectador durante toda la película. Y se puede decir que la historia era prometedora y podría haber desembocado en una de esas películas fronterizas que abordan desde una visión oscura el mundo del crimen y el narcotráfico. Pero hay tantos momentos que no encajan, sobre todo en esa primera media hora, un lastre insuperable para el resto del filme, que cabe preguntarse cuál era el objetivo real de la película. ¿El escándalo con las dos escenas de sexo, que en realidad uno no sabe muy bien qué pintan en la trama? ¿El divertimento de reunir a un reparto que ofrece una irregularidad absoluta (desde el gran papel de Fassbender hasta la desorientación absoluta de Penélope Cruz, pasando por la fácil extravagancia de Bardem, un agradable pero escaso Brad Pitt o la mirada impasible de Cameron Díaz)?

A El consejero (en realidad tendría que haber sido El abogado, pero esto de modificar títulos en España es lo que tiene...) le sobran metraje y pretenciosidad. Este es un mal que se puede achacar a las historias de Cormac McCarthy en la gran pantalla, desde la sobrevalorada No es país para viejos (como ésta, otra en la que Bardem luce sin demasiado motivo un peinado extravagante) hasta la no tan conseguida La carretera, y que aquí consigue arrastrar a un Ridley Scott mucho más plano que de costumbre. Y no, no se trata de que el salto al realismo corte las alas de un realizador visualmente extraordinario cuando se trata de filmar universos de aventuras, fantasía o ciencia ficción, porque en Red de mentiras, Black Hawk derribado (y no necesariamente en sus escenas más brutales de guerra) o American Gansgter hay cine puro. Y de eso hay más bien poco en El consejero. Algo hay, pero más allá de la evidencia de Fassbender hay que rascar muchísimo para encontrarlo.

jueves, agosto 16, 2012

'Prometheus', preciosista confusión

Prometheus es, probablemente, una de las películas más complejas de analizar de este año. Es, puede que con diferencia, la que más disparidad de criterios provocará. No creo que haya muchos que lleguen a tacharla de obra maestra o que equiparen su nivel al de Alien, película de inevitable aunque parcialmente esquivada referencia, pero sí será fácil encontrar espectadores que caigan rendidos ante su inmensa y preciosista fuerza visual, incluso ante las ideas que incorpora al tapiza de la mitología de la saga en la que quiere introducirse. Y tan fácil, incluso más, será encontrar detractores, gente que la vea pretenciosa, vaga, mal construida. Hay un poco de todo en dos horas que, eso sí, parecen estar lejos de la pérdida de tiempo, son necesarias para entender el devenir de este tipo de cine y de la carrera de su director, un Ridley Scott que, una vez más, demuestra que tiene pocos equivalentes cuando se trata de ofrecer un portentoso espectáculo visual pero que se topa con un guión que en ocasiones parece a medio hacer... o reclamando su ya habitual Director's Cut.

Más que nunca en su carrera, Ridley Scott ha hecho un salto al vacío cuyas consecuencias no son fáciles de predecir. Alien era una saga en absoluto y progresivo declive, que encontró niveles absolutamente vergonzosos ya en su cuarta entrega, Alien resurrección, y que incluso empeoró en las innombrables mezclas con otra de las franquicias de la Fox, Predator. Por eso, que Scott recogiera la mitología de Alien era una noticia de calado y un elemento de esperanza para todos los que llevamos años soñando con recuperar el elevadísimo nivel que tenía la ciencia ficción cinematográfica hace no tantos años. ¿Pero esto es realmente Alien? Sí, lo es. Indiscutiblemente. Que nadie espere ver una precuela directa, o que el final de Prometheus enganche directamente con el comienzo de Alien, pero sí que hay sobradas referencias (desde las musicales hasta la grafía del título, pasando por nombres y conexiones temáticas y argumentales) que evidencian que estamos hablando del mismo universo. Pero, al mismo tiempo, quiere ser algo diferente. Radicalmente diferente.

Alien era un cuento de terror de incontables ramificaciones posibles. Aliens, de James Cameron, era tan buena porque cogía sólo una de esas ramificaciones y creaba algo totalmente diferente a su predecesora. De algún modo, Prometheus quiere ser algo parecido, seguramente basándose en una de las obsesiones de Ridley Scott, el Jinete Espacial muerto que encontraban los tripulantes del Nostromo en la película original. El planteamiento argumental de Prometheus es mucho más ambicioso que el de cualquier película de Alien, habla de la creación, del origen de la raza humana, de clásicas preguntas existencialistas que, por raro que parezca, encajan a la perfección en la mitología de la saga, al igual que en el género de ciencia ficción en general. Pero estos elevados objetivos chocan con un problema que no está lejos de llevarse por delante todas las buenas intenciones y las grandes ideas que esconde la película: su guión. En todo momento da la sensación de faltarle una o dos reescrituras, ofreciendo resoluciones torpes, comportamientos absurdos y giros inverosímiles, además de unas cuantas cuestiones bastante mal explicadas y que no conviene detallar por no arruinarle la película a nadie.

Esos flagrantes fallos en el guión sorprenden en una producción de esta envergadura. Es cierto que a Ridley Scott siempre le han cortado sus películas hasta alcanzar una duración estándar con el fin de estrenarlas en cines. También lo es que sus posteriores Director's Cut para las ediciones en vídeo son mejores que sus películas estrenadas. Pero por momentos da la sensación de que faltan demasiadas cosas, de que se han quedado explicaciones en el camino, de que hay escenas clave que no hemos visto. Eso crea desconcierto y, sobre todo, destroza el ritmo de la película, inexistente en muchos momentos y mal medido en otros. Las elipsis que ofrece son francamente inexplicables y lo que pueden parecer interrogantes sin resolver son, en algunos casos, preguntas mal formuladas y respuestas torpes. Se corre así el riesgo, insisto, de pensar que el ambicioso planteamiento no es más que un envoltorio vacío. No lo es, pero sí que está mal forrado.

A nivel visual, en cambio, Prometheus es todo un espectáculo intachable. Su 3D está más que justificado y sirve para meterse con una facilidad inusitada en el interior de los claustrofóbicos escenarios de la película, deudores en todo momento de la imaginería que diseñó H. R. Giger para el primer Alien. Sus hallazgos visuales usando los efectos por ordenador son asombrosos, hermosos, cargados de imaginación. Y su aspecto general coloca esta película en un plano diferente al de Alien. Lo que allí era sucio y gastado, aquí es luminoso y reluciente. Lo que allí era opresivo, aquí es espacioso. Las sensaciones son diferentes y hablan, cerrando el círculo, de las diferentes ambiciones de una y otra película. Lo malo en realidad es entrar en comparaciones irresolubles precisamente por ese motivo, porque las aspiraciones no son las mismas. Michael Fassbender fascina por sí solo, sin necesidad de compararle con el Ash de Ian Holm en Alien o el Bishop de Lance Henrikssen en Aliens. Charlice Theron evidencia que ha nacido para interpretar papeles oscuros sin pensar en otros referentes y Noomi Rapace encaja como su propio personaje, a pesar de los claros ecos a la Ripley de Sigourney Weaver que desprende.

Prometheus es una película confusa que deja esa misma sensación en el espectador, sin que eso sea algo necesariamente negativo. La torpeza de su guión en algunos momentos (desde la constante explicación para espectadores tontos al inverosímil comportamiento de algunos de sus personajes) amenaza con resquebrajar los grandes temas que aborda y que no son en absoluto baldíos o fruto de una filosofía barata con la que vender un producto comercial. En Alien encajan esas grandes preguntas que ofrece Prometheus. El enganche con lo mejor de la saga original está ahí, aunque no siempre le haga justicia. Algunos personajes son un relleno injustificado. Otros, como el de Guy Pearce, una expectativa no satisfecha. Y la propia Prometheus, como película, deja sensaciones tan contradictorias que no es fácil decidir si es un título realmente notable, como sugieren algunas de sus partes y de sus planteamientos (algunos temáticos y todos los visuales) o si es una obra deslabazada y descuidada que no cumple con lo que se presumía de ella. Creo que un segundo visionado aclararía percepciones, pero el simple hecho de querer volver a verla ya indica que para mí es una obra preciosista que merece revisión y recuerdo. Aunque ahora mismo todavía me tenga sumido en la confusión de no saber qué pensar sobre ella con rotundidad.

lunes, noviembre 14, 2011

10 PELÍCULAS... que no me gustan de directores que me suelen encantar

Hasta el mejor escribano echa un borrón, asegura el dicho popular. Y es cierto. En cine, es prácticamente imposible encontrar una filmografía inmaculada o desprovista de algún título que no colmara las expectativas de quienes habitualmente disfrutan con sus películas. Hay directores que alternan buenas y malas películas. Hay otros que, en realidad, sólo tiene una que me chirríe especialmente entre tanta genialidad. Una en la que piense que no es posible que sea ese adorado cineasta el que se ha colocado detrás de la cámara. Estas son diez, ordenadas alfabéticamente según el apellido de sus directores.
· Tim Burton: Alicia en el País de las Maravillas (2010)
Adoro a Tim Burton desde siempre. Recuerdo la fascinación que me provocó Bitelchús, su segunda película, y esa es una sensación que ha ido creciendo película tras película, con la construcción de un universo personal y fantástico. Hasta que llegó su visión de Alicia en el País de las Maravillas. Sí, tiene las criaturas y los escenarios que uno podría esperar de Burton, pero le falta su magia, su espíritu, su belleza. Mucho artificio digital, pero nada de lo que encandilaba en Eduardo Manostijeras, en Pesadilla antes de Navidad, en Batman, en Big Fish. Incluso en El planeta de los simios, película que siendo todo lo plana que es al menos se convirtió en un divertido espectáculo pirotécnico. ¿Pero Alicia? No me convenció nada. Menos que nada su protagonista, Mia Waiskowska, pero tampoco me convenció un Johnny Depp más sobreactuado de lo normal. Fue una decepción.
· James Cameron: Titanic (1997)
Cuesta creer que un director que ha dado tantas horas de diversión se esté convirtiendo en uno de los que más me aburren... justo cuando tiene un éxito descomunal e incomparable. Terminator y su secuela, Aliens, Abyss... En los años 80, en los grandes años 80, era uno de los grandes nombres de la fantasía y la ciencia ficción. Pero llegó la película que me rompió el mito. Y no es Avatar, que no es que no me guste, pero me pareció muy sencillita para ser la película con la que iba a cambiar el mundo del cine. Hablo de Titanic. Nada menos que uno de los títulos que más Oscars ha cosechado. Pero no, no aguanto esa película. Y eso que desde niño me fascinó la tragedia del transatlántico insumergible que chocó contra un iceberg. Pero es que la veo aburrida, tópica, incluso repetitiva. No me provoca la misma emoción que a casi el resto de los mortales. Sí, los efectos visuales y el hundimiento del barco son espectaculares... ¿pero 194 minutos para eso? La película dura más que el mismo hundimiento del Titanic a tiempo real. Y recuerdo historias de amor mucho más bonitas en el cine.
· Brian De Palma: La dalia negra (2006)
El precio del poder, El fantasma del paraíso, Atrapado por su pasado, Carrie, Los intocables de Eliot Ness, Misión imposible... Incluso gracias películas menos apreciadas como Ojos de serpiente, La hoguera de las vanidades, Redacted o a sus nada velados homenajes a Hitchcock de sus primeros años de carrera, Brian De Palma siempre me ha parecido un director interesantísimo. Hasta que llegó La dalia negra (incluso un poco antes, cuando estrenó Femme fatale, la verdad). Lo que tendría que haberse convertido en el resurgir del cine negro, adaptando una novela de James Elroy, se quedó en una película aburridísima, farrogosa, imposible de seguir o de entender, con actuaciones de lo más anodinas (¿fue aquí donde Scarlett Johansson me empezó a parecer una belleza cansada de aparecer en el cine?). Habrá quien piense que exagero, pero tengo La dalia negra como una de las más clamorosas oportunidades perdidas para hacer un título que marcara época.
· David Fincher: El club de la lucha (1999)
Probablemente me tope con una legión de fans indignados al decir esto, pero no soporto El club de la lucha. Me pareció una película imposible, que rozaba el absurdo, que sobrepasaba los límites y que, ideológicamente, podía incluso catalogarse como peligrosa (líbreme el poder divino de pedir su censura, pero no por ello voy a comulgar con lo que defiende). Asumo que el libro de Chuck Palahniuk goza de tantos seguidores como el filme, y por eso no creo que me acerque a él, pero tengo este título como una película alejada de la genialidad habitual de David Fincher. Ese que ha revolucionado el policíaco en dos ocasiones (con Seven y, sí, también con la infravalorada Zodiac). Ese que me hizo llorar y emocionarme con El curioso caso de Benjamin Button. Ese que me interesó desde sus inicios con la excesivamente modificada por el productor Alien 3. Ese que me maravilló con La red social. Y entre todo eso, Edward Norton y Brad Pitt liándose a mamporros por pura diversión. No me cuadra, no.
· Alfred Hitchcock: La trama (1976)
El mago del suspense y uno de los directores más universalmente reconocibles de la historia del cine no se merecía un epitafio cinematográfico tan triste como el que dejó. La trama es su última película y es de todo menos una película de Alfred Hitchcock. No hay en ella nada demasiado reconocible. Es muy blanda, es demasiado cómica, es extremadamente convencional. Igual con otro nombre detrás de la cámara sería una peliculita simpática para pasar la tarde. Pero es que la dirigió un tipo que hizo Psicosis, Con la muerte en los talones, Vértigo, Los pájaros. Auténticas palabras mayores del suspense. La trama, sin el carisma que conseguía Hitchcock de sus actores, protagonistas y secundarios, es justo lo contrario: una simple anotación a pie de página, un relato sin demasiado interés que se podría haber quedado en un episodio de una de las muchas series de televisión cómico-policíacas de los años 80. Pero no. Llevaba el nombre de Hitchcock. Su sello no.
· Michael Mann: Corrupción en Miami (2006)
Cuando en 1995 salí de ver Heat fue una de las pocas veces en mi vida que, gracias a la genialidad, no había sido consciente de ver una película tan larga. Su director era Michael Mann, un tipo que después me ha fascinado en unas cuantas ocasiones con sus retratos de conflictos humanos (para mí, su cima es El dilema; ¿algún otro director habría conseguido que Russell Crowe pudiera parecer un hombre tan impotente?). Cuando se anunció que iba a dirigir un remake cinematográfico de Corrupción en Miami, serie que él mismo había creado, lo cierto es que no me pareció mal. Pero creo que ahí falla casi todo Parece un videoclip muy alargado, en el que los actores parecen tener más ganas de poner caras de malo (incluso los buenos, mirad a Jamie Foxx y Colin Farrell) que de construir personajes. La acción, normalita. El guión, convencional. La fotografía es preciosa. Pero es que ya habíamos visto Collateral. El de Corrupción  en Miami no fue, desde luego, el Michael Mann que esperaba.
· Martin Scorsese: Kundun (1997)
Martin Scorsese. Si es que decir su nombre ya provoca una admiración incontenible. El director que mejor ha retratado el Nueva York más sucio y oscuro. El que mejor ha sabido enseñarnos a Robert De Niro. Uno de los mejores en enseñarnos el mundo de la mafia. Y a finales de los años 90 hizo Kundun. Después de haber hecho nada menos que Casino. Probablemente sería ésta una película que significara mucho para el Scorsese persona, para su sentido de la espiritualidad. Pero cinematográficamente se quedó escasísima, aunque es una cinta que tiene cierto prestigio. Yo me quedo con el Scorsese más trascendente, el de Taxi Driver, el de Toro Salvaje. Prefiero el vigor con el que rueda hoy en día aunque El aviador, Gangs of New York o Shutter Island no sean películas tan perfectas. Incluso disfruté con títulos de su filmografía que no parece recordar nadie, como Al límite. ¿Pero Kundun? Si no supiera que es de Scorsese, puede que su nombre fuera el último que diría intentando adivinar su director.
· M. Night Shyamalan: El incidente (2008)
Junto con Tim Burton, pero de una forma muy diferente, M. Night Shyamalan me parece el fabulista más interesante del cine moderno. Sus películas encierran una magia poco convencional y al mismo tiempo perfectamente reconocible. Y no, no es Airbender la película de su filmografía que no me gusta nada, porque esa me parece masacrada con demasiada saña para lo que se merece su entretenimiento. Es El incidente. Con un comienzo brutal, va perdiendo fuerza a cada minuto que pasa. Tiene alguna que otra escena que cae en el ridículo. Y ni sus actores parecen creerse lo que está pasando en la película. ¿Dónde está la tensión dramática de El sexto sentido, Señales, El bosque, La joven del agua o El protegido, para mí sin duda su mejor filme hasta la fecha? No se ven por ningún lado. En su momento pensé que la historia podía dar para un episodio de una serie de televisión, pero nunca para un largometraje, muy alargado y muy mal rematado.
· Steven Spielberg: 1941 (1979)
Incluso el Rey Midas de Hollywood puede cometer deslices. Me duele incluirle en la lista porque siempre he tenido la impresión de que no gusta reconocerle a Spielberg sus inmensos méritos cinematográficos, a pesar de que formo parte de una generación que ha crecido con sus películas. Siento que no se reconoce su madurez, y no hablo de sus dramas (La lista de Schindler a la cabeza, aunque, por ejemplo, se infravaloró Munich), sino de absolutas maravillas como Inteligencia artificial, Minority Report o La guerra de los mundos. Pero hay que reconocer que 1941 no es la película que uno espera ver firmada por Steven Spielberg. Una comedia absurda ubicada en la Segunda Guerra Mundial. Nunca se ha visto el director de las películas de Indiana Jones, E.T. o Encuentros en la tercera fase (ésta ya la había rodado cuando se metió en el lío de 1941) tan fuera de lugar. Si acaso, se pueden salvar algunos actores que viven el papel (John Belushi a la cabeza), pero hay que reconocer que no, que no funciona para nada.
· Ridley Scott: Un buen año (2006)
Este es otro director al que se infravalora con mucha facilidad. Qué fácil se olvida que es el responsable de Alien y Blade Runner. Y qué escaso valor se han dado a pequeñas maravillas como El reino de los cielos (mejor en su montaje del director), Gladiator o American gangster. Incluso a Hannibal, para mí una dignísima secuela de El silencio de los corderos. ¿Pero Un buen año? No me cabe la menor duda de que Scott se lo debió pasar de maravilla en esas pequeñas vacaciones que se concedió para rodar en Francia con su amigo Russell Crowe. Y seguro que presumirá de lo lindo de haber sido el lanzador real de la carrera americana de Marion Cotillard (que no deja de trabajar en Hollywood desde entonces, e incluso ganó un Oscar por una película francesa, La vida en rosa), pero ¿qué cuenta Un buen año? Miro su cartel y veo a Russell Crowe riéndose. Y, sí, me acuerdo otra vez de eso, de que se lo debieron pasar genial rodándola. Yo ya ni me acuerdo de qué iba.

viernes, mayo 14, 2010

'Robin Hood', la aventura sigue viva

Un viejo amigo y un nuevo conocido. Ese es el Robin Hood de Ridley Scott, una película que expande la leyenda del arquero más famoso del cine, ofreciendo la parte de la historia que nunca habíamos visto y, sobre todo, devolviendo al cine moderno uno de sus grandes mitos, uno que no veía una adaptación destacable desde hace casi veinte años. Lo que Scott nos da es, de hecho, la mejor versión que se ha hecho de las andanzas del bandolero de Sherwood desde que Errol Flyn vistiera las mallas allá por 1938, en Robin de los bosques. Ahí es nada. Robin Hood es una película clásica, pero al estilo de Ridley Scott, un entretenimiento magnífico de acción (rodado con una claridad y con una elegancia que ya quisieran directores del género más reputados) con un trasfondo político que eleva el potencial de la película. Con algún pequeño altibajo en su ritmo, sí, pero demostrando que la aventura sigue viva para un público mayor de quince años, que es el único que parece importar al Hollywood de hoy.

Son varios los grandes méritos de Robin Hood. Por un lado, se trata de un personaje sobradamente conocido, que tiene unas características que lo hacen reconocible. Sin embargo, Scott consigue introducir una visión fresca y a la vez adecuada a lo que sabemos de él. No es fácil, es un reto similar al que se enfrentó hace poco Guy Ritchie para hacer la brillante Sherlock Holmes. Lo que Ridley Scott incorpora no es una nueva visión de Robin Hood, sino un pasado, un origen, una historia previa a lo que ya hemos visto en decenas de adaptaciones. De hecho, la película concluye anunciando que justo ahí empieza la leyenda, justo ahí queda el testigo para enlazar con Robin de los bosques, con Robin Hood. Príncipe de los ladrones o con cualquier otra versión de sus aventuras. El guión cumple con esa función a las mil maravillas. No hay traiciones a la esencia, hay aportaciones. Y algunas muy valiosas, como saber de dónde viene su habilidad con el arco.

El segundo gran mérito, éste fácilmente personificable en Ridley Scott, es sumergirnos como lo hace en una época pasada, sea la que sea. Se le acusa de tomarse libertades históricas en sus películas (más acusado era, por ejemplo, en El reino de los cielos), pero lo cierto es que todo lo que enseña encaja. En Robin Hood se ve la Edad Media, se siente, se palpa y se disfruta. Sea o no sea históricamente precisa, porque eso queda en segundo plano. Como parte de este mérito, es obligado destacar que Ridley Scott parece hoy el único director capaz de recrear la guerra más clásica, la de espadas, arcos, caballos y lanzas. Lo hizo en Gladiator, lo repitió en El reino de los cielos y ahora corona esa bella trilogía bélica en Robin Hood con una portentosa escena de batalla final (también digna de mención es, en este sentido, la apertura del filme). Sólo Ridley Scott, excepción hecha de Peter Jackson en El Señor de los Anillos, es capaz de introducir al espectador en un combate así. Y su logro es doble, porque la guerra moderna tampoco se le escapa, como demostró en Black Hawk derribado.

Ridley Scott es un maestro rodando, montando e iluminando sus películas. Por acción propia o por la de sus colaboradores, a los que elige y exige una minuciosidad siempre brillante y siempre diferente. Se ha trazado un paralelismo entre este filme y Gladiator. Y lo hay, claro que lo hay, pero el tercer mérito que presenta Robin Hood es el de mostrarse como un título único, auténtico y diferente con respecto a otras películas de su director. Proeza, además, en la que hay que dar un alto porcentaje de valor al protagonista Russell Crowe. Qué fácil hubiera sido recrear al Máximo de Gladiator. Qué maravilla verle incorporar a otro gran personaje a su filmografía. Crowe es, probablemente, el mejor actor vivo. Es capaz de dar vida a un hombre asustado y a uno valiente, a un padre de familia y a un galán, a otro hombre sedentario y a un héroe de acción. No hay personaje que se le resista. Dicen que es el actor de más edad en dar vida al famoso arquero. Quién lo diría. No me atrevería a proclamar que el suyo es el mejor Robin que se ha hecho, porque convive con Erroyl Flynn, Douglas Fairbanks o Sean Connery, pero es brillante.

Crowe es sólo la piedra angular de otro de los grandes méritos de la película: el reparto. Cate Blanchett, Mark Strong, William Hurt, Max von Sydow, Danny Huston y Oscar Isaac encabezan un elenco no sólo estelar, sino perfecto. Blanchett solventa las dudas que tenía sobre su capacidad de hacer una buena Lady Marian y aporta química con Crowe (es más achacable al guión que a ella la discutible forma en que su papel cumple con la necesidad de contar con una heroína en toda película moderna; al guión también le falta una explicación convincente de esa especia de niños perdidos, más propios de un Peter Pan sombrío que de esta película). Strong, tras maravillar en Sherlock Holmes (antes había colaborado con Ridley Scott en Red de mentiras), demuestra que hay pocos actores que sepan dar presencia tridimensional y real a un villano (atención al maravilloso cara a cara con Hurt en una breve pero poderosísima escena). Huston y Von Sydow dan una elegancia a sus personajes (Ricardo Corazón de León y Sir Walter Loxley) que contrasta con la fuerza y la juventud de Isaac como el príncipe Juan.

La historia comienza en Francia, con el tramo final de la cruzada de Ricardo Corazón de León, y despliega con maestría las aventuras de Robin Hood, pero también todas las intrigas políticas y palaciegas por la corona de Inglaterra. En algún momento, incluso aprece que el héroe es sólo una excusa para hablarnos del antagonismo entre Ricardo y Juan, pero eso, aparte de los mencionados altibajos de ritmo en el tramo central de la película, enriquece el cuadro. El espléndido final, tan abierto a una secuela como a los sueños y la imaginación del espectador, elimina todas las dudas que pueda generar la película: se trata de un Robin Hood adulto, maduro, entretenido y profundo, una muestra más de la maestría de Ridley Scott como cineasta, una delicia que hace renacer las esperanzas de ver un cine de aventuras clásico, alejado de la artificiosidad y jovialidad de títulos como Piratas del Caribe. La aventura, decía, sigue viva. Y Ridley Scott, un director al que se critica con demasiada facilidad, es su principal exponente en el cine moderno.

lunes, agosto 03, 2009

SAGAS: Alien

Ya es oficial que habrá un nuevo Alien y también es oficial que su director no será otro que Ridley Scott. La noticia, magnífica y de gran trascendencia, apenas ha tenido difusión en España, lo que sorprende por aquello de tratarse de un icono de la ciencia ficción de los últimos 30 años, pero da a entender lo bajo que ha caído la saga de este ser estraterrestre, el asesino perfecto que nos descubrió el cine hace ahora tres décadas. Aprovechando la noticia y que hace un par de meses se cumplió la tercera década desde su estreno (a España llegó el 26 de septiembre de 1979), es buen momento para hacer un repaso a toda la saga.

· ALIEN (1979)
Un clásico con mayúsculas, y no sólo del género. Porque, para empezar, ¿de qué género es Alien? La tentación lógica es hablar de ciencia ficción, pero en realidad es una película de terror. En realidad, es puro cine. Del grande. Del que permanece en la memoria. Ridley Scott hizo maravillas escondiendo (como mandan los cánones del género) la criatura diseñada por H. R. Giger y haciéndonos temer por su aparición tras cualquier esquina de la mítica nave Nostromo. Apenas siete personajes, una criatura aparentemente indestructible y un gato formaron una de las tripulaciones más conocidas del cine contemporáneo. La genialidad narrativa de Scott, un reparto excepcional encabezado por Sigourney Weaver (que convirtió a Ripley en todo un icono del cine), una tensa música de Jerry Goldsmith y una imaginería visual pocas veces superada convierten a Alien en una referencia indispensable, en dos horas inolvidables y a las que hay que volver cada cierto tiempo con el mismo cariño y la misma reverencia de la primera vez.

· ALIENS. EL REGRESO (1986)
Si existe la secuela perfecta, es ésta y como tal debiera figurar en los manuales de cine, por la forma y por el fondo. James Cameron recogió un peliculón e hizo otro... que en realidad no tenía nada que ver con la anterior. Si Ridley Scott apostó por el terror, él lo hizo por el cine bélico, manteniendo el escenario de ciencia ficción y profundizando, como está mandado, en los personajes. Cogió la historia en un punto cercano al final de la primera entrega y expandió el universo con respecto a la película original. La incorporación de la reina Alien es una genialidad, como también la de Bishop, el personaje interpretado por Lance Henriksen o la niña Newt, una superviviente del ataque de los aliens. Tanto como la portentosa banda sonora que compuso James Horner. O el impresionante final, uno de los más emocionantes de la década, con un inolvidable duelo de titanes entre la mujer y la reina Alien. En realidad, todo. Para muchos, la mejor de la saga. Yo me sigo quedando con la primera. Aliens fue una de las primeras películas en tener un Director's cut.

· ALIEN 3 (1992)
Como en las películas anteriores, la tercera entrega contó con un director no demasiado importante en su momento pero que se ha acabado consolidando: David Fincher. La diferencia es que ésta es la primera película de Fincher, y Scott y Cameron ya habían dirigido alguna cosa de más o menos importancia. Fincher sólo videoclips y anuncios. Y sale airoso del trance, lo que no es poco, pero su película se vio muy disminuida por la intervención de los productores. El director's cut es mejor que la versión que se estrenó en cines y aporta mucha información interesante. En todo caso, las nuevas características que otorgan al Alien no son muy del gusto de la mayoría de los seguidores de la saga. A mí no me chirrían tanto, pero prefiero la versión original. Fincher, en todo caso, toma como modelo el Alien de Ridley Scott y captura por momentos una atmósfera intersante, opresiva y gótica. Sigourney Weaver cerró la saga de Ripley con un buen y simbólico final, aunque en un desaprovechado entorno de una cárcel enteramente poblada por hombres. Mejor de lo que muchos creen, pero bastante inferior a las dos anteriores.

· ALIEN RESURRECCIÓN (1997)
En los manuales de cine, ésto tiene que aparecer como el mejor ejemplo de la desgracia de una saga. Nada que ver con el original, ni en la forma ni en el fondo, una realización torpe (de Jean Pierre Jeunet, lo que quizá influye en mi negativa visión de Amelie...), un guión malo de solemnidad y un desarrollo de la franquicia que roza la locura, con la invención de un ser híbrido entre humano y alien que mueve a la carcajada. La presencia de planos imposibles, marca de fábrica del director, contribuye al despropósito tanto como el imposible y absurdo regreso de Ripley, que para eso estaba mejor donde se quedó en la tercera película. Tiene una secuencia fascinante, una persecución de los aliens a los humanos bajo el agua, pero el resto de la película es no ya una pérdida de tiempo, sino un motivo para salir muy, pero que muy cabreado del cine ante tanto despropósito génetico-cómico. Tanto fue así que han tenido que pasar doce años para que alguien piense en hacer otra película de la saga. Por algo será.

· ALIEN VS PREDATOR (2004)
El cómic ya había unido previamente las dos franquicias de ciencia ficción más populares de la Fox, así que era cuestión de tiempo ver algo parecido en el cine. Y el resultado fue de lo más decepcionante. Un galimatías demasiado centrado en los humanos, en lugar de focalizar la acción en lo que importaba a los fans de ambas sagas: los aliens y los depredadores. La historia es tan tópica que da cierta risa, y eso que el flashback que ofrece toda la información, a pesar de todo, es lo mejor de la película. Eso y una sola de las peleas entre una criatura de cada raza, la única de todo el metraje en la que el espectador puede seguir lo que está sucediendo sin necesidad de marearse o sentir que no se está enterando de nada. Una pérdida de tiempo que, sorprendentemente y a pesar de su carácter de serie B cutre y moderna, con actores desconocidos, recaudó bastante dinero. Pero no se ganó el cariño de nadie.

· ALIENS VS PREDATOR. REQUIEM (2007)
Cuando cabía pensar que la saga había tocado fondo, llegó esto. Sus responsables aseguraron que con esta, y dada la decepción de la anterior, querían satisfacer a los fans. Y creo que no es descabellado decir que la secuela es todavía peor que la original. Ya es decir. Un ejercicio de lamentable cine gore, más de serie Z que de serie B, que no duda en reírse de los personajes a los que quería hacer justicia y con unos diálogos tan absurdos que parecen escritos por niños de tres años. Lo mismo vista entre amigos, con grandes dosis de palomitas y muchísimo sentido del humor, es posible sacarle algo positivo, aunque la verdad es que lo dudo. Cuando le pusieron el subtítulo de Requiem, sabían lo que hacían: esto era el clarísimo fin de una saga de corto recorrido, la mezcla de aliens y depredadores, que no ha generado ni el más mínimo interés y que ha enterrado un poco más el prestigio de las dos sagas matrices. Depredador la asumirá ahora Robert Rodríguez desde la producción.

lunes, abril 20, 2009

Russell Crowe, el nuevo Robin Hood

Ya tenemos nuevo Robin Hood, y promete ser de los mejores a tenor por los nombres que están envueltos en el proyecto, ya en fase de rodaje. Russell Crowe es el nuevo rostro del forajido del bosque de Sherwood en la película que está dirigiendo Ridley Scott y que llegará a los cines en mayo de 2010 (al menos en Estados Unidos; en España, cruzaremos los dedos para que el estreno no lleve demasiado retraso). La novedad es la primera foto del actor como Robin Hood, que ha sido publicada en el periódico norteamericano USA Today.

Crowe, para mí uno de los mejores actores del momento, logró el papel que rumores previos le daban a Christian Bale (sobradamente conocido por su papel de Batman en la saga dirigida por Christopher Nolan) y Sam Riley (mucho más desconocido, se le puede ver ahora en los carteles de Control, estrenada hace dos fines de semana en España aunque sea una película de 2007). Quizá tuvo mucho que ver que la película cayera en manos de Ridley Scott, ya que es la quinta colaboración entre actor y director (Gladiator, Un buen año, American gangster y Red de mentiras). Antes de que Scott se pusiera manos a la obra, se pensó en directores como Sam Raimi o Bryan Singer.

Como Lady Marian tendremos a Cate Blanchett, una elección que nada tiene que ver con las rumoreadas Kate Winslet y Rachel Weisz, o Sienna Miller, la actriz previamente contratada para el papel y que tuvo que abandonar el proyecto por los continuos retrasos. En esos retrasos se quedó la esencia de lo que iba a ser la película en origen. El título provisional que se dio a concoer tiempo atrás era Nottingham, lo que daba a entender que pretendía ser una versión del mito de Robin Hood desde la óptica del sheriff de Nothingham. Finalmente, lo que se está rodando es una versión cercana a la realidad histórica, lo cual, a priori, pongo en duda conociendo las licencias que se suele permitir Ridley Scott en ese terreno.

Robin Hood ha protagonizado más de un centenar de películas y series de televisión desde que en el lejano 1912 Robert Frazier le pusiera rostro. Douglas Fairbanks encarnó al famoso arquero en 1922 y Errol Flynn lo inmortalizó en 1938, en Robin de los bosques, la mejor y más conocida versión del mito. En 1976, Sean Connery dio vida a un Robin Hood mucho más maduro en Robin y Marian, una película de tono crepuscular. Y en 1991 fue Kevin Costner quien se convirtió en Príncipe de los ladrones. Sobra decir que tengo plena confianza en el tandem Crowe-Scott para ver una película, como poco, entretenidísima. Pero todavía queda mucho para verla.

miércoles, octubre 29, 2008

'Red de mentiras': Ridley Scott convence pero no se supera

Ridley Scott está en forma. Acumula en los últimos años un puñado de películas notables y su último trabajo, Red de mentiras, es claramente uno de ellos, a pesar de los defectos que presenta. La maestría a la hora de rodar del realizador está presente. El dominio del montaje, también. Actuaciones notables, como en casi cualquier película de Scott. Pero algo no termina de funcionar. Red de mentiras sufre de un problema que no tenía el Scott de las últimas películas. No lo es, pero se hace demasiado larga. Hasta ahora, casi todos sus últimos títulos pedían a gritos más metraje, el que siempre acabábamos viendo en las ediciones en DVD. A Red de mentiras le sobran algunos de sus 128 minutos, algunas vueltas, algunos desvíos. Pero eso no impide que estemos ante un magnífico ejercicio de estilo, un apasionante thriller con trasfondo político. Una buena película, en definitiva, que convence aunque no supere títulos precedentes de su director.

Quizá el principal problema de Red de mentiras es que ofrece muchas cosas que ya habíamos visto en el cine reciente de Ridley Scott. Un escenario problemático como el de Black Hawk derribado. Un choque de culturas como en El reino de los cielos. Una relación entre dos personajes como la de American Gangster (aunque aquí trabajan aparentemente juntos y no son rivales). Un mundo violento como el de Hannibal (a niveles muy diferentes, pero la violencia no deja de ser un instinto primario que puede tener reflejo en pantalla en películas de muy distinta temática). Y quizá haber visto todo eso antes haga de Red de mentiras una película imperfecta. Pero por muy imperfecta que sea, es imposible despegarse de la sensación de que hoy pocos directores saben rodar (la persecución en el desierto de tres coches y dos helicópteros, sencillamente impresionante) o montar (la primera escena en la que aparece Russell Crowe o las conversaciones telefónicas entre éste y Leonardo DiCaprio) como Ridley Scott. Eso le convierte en un genio y cada una de sus películas, al margen de otras consideraciones, en un más que apreciable entretenimiento.

Scott entra en el complejo mundo del terrorismo de origen islamista, ese que el cine parece haber descubierto tras el 11-S y que debe estar dando trabajo en Hollywood a todos los actores de rasgos musulmanes que haya en las agendas de los representantes. No es fácil porque implica muchos riesgos. El principal siempre es el de crear la imagen del bueno y el malo, pero no el único. El reflejo de la sociedad y la cultura que se ve en pantalla depende de mucho más que el uso de un escenario o una lengua. Scott triunfa en ese terreno gracias, a partes iguales, al hábil guión de William Monahan y a su magnífico reparto. No hay una recreación excesiva en la violencia, pero no se esconde. De otro modo, la historia quedaría coja. No se puede hablar de terrorismo sin mostrar atentados. Y la perspectiva de los personajes es la adecuada. Esto no es una clásica película del oeste. Aquí todos mienten. Todos menosprecian en algún momento la vida de los demás. Todos tienen ese lado oscuro que les lleva a replantearse sus vidas en algún momento.

Ese aspecto de la película lo engrandecen los actores. Cada vez me parece menos exagerado decir que Russell Crowe es el mejor actor del momento. No importa el papel que le pongas delante, siempre te ofrece una interpretación nueva, fresca, única. Es sencillamente espectacular el uso que hace en esta película de una mirada por encima de las gafas que impresiona por igual al personaje al que da réplica y al espectador. A pesar de no ser el personaje principal, suyas son las mejores escenas. Y Scott, que ya ha trabajado cuatro veces con él (además de ésta y American Gangster, Un buen año y Gladiator), sabe aprovecharlo de una forma ejemplar. Quedan para siempre en la memoria las escenas de Crowe en su entorno familiar y hablando por teléfono con otros espías. "Estoy salvando a la humanidad, cariño", le llega a decir a su mujer.

DiCaprio se nota que ha aprendido mucho de sus películas con Martin Scorsese (no en vano es el hombre que colocó a Robert De Niro en el firmamento), pero todavía adolece de una falta de recursos que le lleva a mostrar gestos demasiado cercanos en películas muy diferentes. A veces da la sensación de que sigue en Infiltrados, a veces en Diamante de sangre. Pero a veces está sólo en Red de mentiras, y por eso vale la pena también su trabajo. Una sorpresa aún mayor es la de Mark Strong (al que se pudo ver en Syriana), que cierra el triángulo dando vida al jefe de los servicios secretos jordanos con una fuerza inusitada. "Los americanos son incapaces de guardar un secreto. Son una democracia", dice en una de sus escenas con DiCaprio. Su mejor momento, sin embargo, es el encuentro en el desierto con el hombre que quiere insertar en la célula terrorista. Una secuencia impresionante.

No es, ni mucho menos, la película definitiva sobre el terrorismo islamista, aunque sí una interesante reflexión sobre el mundo en el que vivimos y al que hemos desembocado tras una cruenta espiral de odio de la que, por desgracia, todavía no habremos visto los últimos capítulos. Le sobra metraje y le falta trascedencia. Pero es una película notable. Como las que casi siempre hace Ridley Scott.

Red de mentiras se estrena el próximo 7 de noviembre.

lunes, agosto 11, 2008

'Gladiator', fuerza y honor

Cuando uno puede ver una película una y otra vez disfrutándola como si la descubriera en ese momento, es que el título en cuestión merece la pena, resiste el paso del tiempo y es altamente recomendable. Eso es Gladiator, el filme que reconcilió casi por completo a Ridley Scott con Hollywood, después de una década algo oscura en su filmografía (que culminó con La teniente O'Neil). No era una tarea fácil porque en décadas nadie había conseguido hacer una película ambientada en la Roma imperial que cautivara a las audiencias y funcionara en taquilla. Tampoco era fácil conjugar el fácil desprecio que puede suscitar una película que podría haberse quedado en un simple vehículo de acción con las auténticas intenciones del proyecto. Porque hay una gran historia detrás, no sólo combates de gladiadores.

Es complejo no disfrutar con una película tan rica como ésta. Quien piense que sólo va a ver acción, se equivoca. Sí, la película arranca con una espectacular y poética escena de batalla en Germania, donde escuchamos por primera vez el grito de guerra "fuerza y honor". Sí, los combates en la arena del coliseo son formidables, en especial el primero, recreando la batalla de Cartago. Pero Gladiator es mucho más que eso. De hecho, si algo perdurará durante décadas serán unos brillantes diálogos, las escenas de tono más intimista, un magnífico desarrollo de personajes y unas actuaciones memorables. Es ahí donde está el verdadero valor de Gladiator. Lo demás es sólo el marco en el que se desarrolla la historia (que no la Historia; hay mucho de ficción en la película).

Gladiator es una de esas películas en las que hoy no se pueden imaginar otros actores que los que aparecen. Mel Gibson rechazó el papel de Máximo que al final interpretó Russell Crowe. Jennifer López pudo haberse hecho con el de Lucilla, que recayó en la entonces semidesconocida Connie Nielsen (¡qué lástima que Hollywood no haya sabido aprovechar el talento de esta actriz! Rodó Gladiator con 35 años, acercándose peligrosamente a la barrera de juventud que impone la industria...). El reparto lo completaron actores magníficos. Joaquim Phoenix, Oliver Reed, Richard Harris, Djimon Hounsou o Dereck Jakobi (espléndido actor al que redescrubrí gracias a las primeras películas como director de Kenneth Branagh; su papel en Gladiator se quedó en buena medida en la sala de montaje, aunque se recuperó para la edición extendida que apareció hace tiempo en DVD).

Durante el rodaje, Oliver Reed sufrió un ataque al corazón del que no pudo sobreponerse. Su muerte fue un duro golpe, pero Ridley Scott se negó a sacarle de la película. Podría haberlo hecho, ya que las claúsulas del contrato le permitían reemplazarle por otro actor, pero prefirió reescribir el guión (su personaje, Próximo, era quien debía enterrar en la arena del coliseo las figuras de la mujer e hijos de Máximo) y utilizar los gráficos por ordenador para superponer el rostro de Reed en el cuerpo de un doble. Un magnífico homenaje a un gran actor que había realizado un notable trabajo en la película y una despedida hermosa.

Lo mejor de Gladiator, insisto, son las escenas de conversación. Richard Harris protagoniza tres inolvidables. Primero con Connie Nielsen ("Basta de política. Aparentemos que eres una hija amante y que yo soy un buen padre"), después con Russell Crowe ("Quiero que tú seas el protector de Roma después de mi muerte") y finalmente con Joaquim Phoenix ("Tus defectos como hijo son mi fracaso como padre"). Igualmente intensas son las escenas de Crowe con Nielsen, sobre todo la primera vez que se curzan en pantalla y entendemos que tienen un pasado sentimental que ya está enterrado, más por él que por ella. Magníficas y tensas son las escenas entre Phoenix y Nielsen, sobre todo cuando el ya emperador Cómodo amenaza a su hermana Lucilla con un relato que le está contando a Lucio, el hijo de ésta. Todas las conversaciones son impresionantes.

La historia del general que se convirtió en esclavo, del esclavo que se convirtió en gladiador, cautivó enseguida al pública. Y, algo más extraño en la carrera de Ridley Scott, también a buena parte de la crítica. Gladiator ganó cinco Oscar, incluyendo el de mejor película y mejor actor para Russell Crowe. A pesar de ser la triunfadora de la noche, Traffic (qué final más decepcionante tiene esta buena película de Steven Soderbergh) le arrebató algunos de los premios más importantes, incluyendo el de mejor director. Hollywood se rendía al cine de Ridley Scott, pero le negaba el ansiado reconocimiento personal. Un premio que se escapó de forma incomprensible fue el de la mejor música. Hans Zimmer, un auténtico genio capaz de auténticas maravillas, veía como Tan Dun y Tigre y Dragón le arrebataban el merecido Oscar, un premio que logró cinco años antes con El Rey León (aunque fuera más por la inercia de aquellos años en los que Disney ganaba todos los premios musicales).

Como curiosidad, recordar que Máximo es hispano, pero según la versión que se escuche su procedencia es distinta. En el original, viene de Trujillo, y así se lo cuenta el general al emperador Marco Aurelio cuando le pregunta por su hogar. Pero en la versión doblada el nombre que se escucha es el de Emerita Augusta, la actual Mérida. Curioso cambio, desde luego... Según explica IMDB, los dobladores españoles adujeron para el cambio que "Trujillo no reúne las cualidades para ser cuna de un gladiador". Y, por cierto, ¿por qué demonios la película se quedó con el título inglés cuando tenía una traducción tan sumamente sencilla...?

Gladiator es una hermosa película, una historia sobre el regreso a casa de un hombre (ese, y no la venganza, es el tema que quisieron abordar guionistas, productores y director), un gran espectáculo hollywoodiense y, sobre todo, un gran relato épico lleno de interpretaciones magníficas. Una gozada que, ocho años después, va incluso ganando en valor gracias a unos diálogos birllantes e inolvfidables, una puesta en escena poderosa, una fotografía deslumbrante, un diseño de producción único y ambicioso y, sobre todo, mucho taltento.

"Me llamo Máximo Décimo Meridio. Comandante de los ejércitos del norte, general de las legiones Félix, leal servidor del verdadero emperador, Marco Aurelio. Padre de un hijo asesinado, marido de una mujer asesinada. Y alcanzaré mi venganza, en esta vida o en la otra".

domingo, julio 06, 2008

Black Rain, el Japón de Ridley Scott

Siento una gran admiración por Ridley Scott, un director que no siempre consigue películas redondas pero que tampoco suele hallar demasiada comprensión entre la crítica (he llegado a leer que el hermano bueno es Tony Scott; sencillamente dramático...) y, algunas veces, entre el público. Sí, casi todo el mundo reconoce la importancia de películas como Alien o Blade Runner y cosechó éxitos de taquilla con Gladiator, El reino de los cielos o American Gangster. Pero en los años 80 se quedaron un par de películas que no son excesivamente conocidas que contaron con Ridley Scott como director, títulos muy estimables y que merece la pena recordar y reivindicar. Uno de ellos, quizá el mejor, es Black Rain.

Dos detectives de la Policía de Nueva York, uno duro e investigado por asuntos internos y otro limpio y aspirante a subir en el escalafón, presencian una matanza en un bar. Sus autores, un grupo de japoneses, como las víctimas. Juntos, los dos policías consiguen detener al autor y son designados para entregarle a la policía japonesa. Su auténtico viaje comienza ahí. Entran, sin quererlo, en una guerra de bandas, en un mundo que no entienden. Sus únicos apoyos son un veterano oficial japonés asignado para acompañarles pero que no gusta de los métodos de los americanos y una mujer de Chicago que lleva años afincada en Japón al frente de un local de alterne.

Abundaron en los años 80 las películas de choques de culturas. Y Japón solía ser un destino preferente, todavía incluso en el cine más reciente (Lost in translation). Ahora la globalización dificulta mucho más estas visiones cinematográficas, pero entonces eran corrientes. Lo exótico vendía. ¿Qué tiene de especial Black Rain con respecto a otras películas similares? La visión de Ridley Scott, sin duda. Ver esta película nos lleva directamente a muchas de las influencias visuales que pesaron en el director a la hora de hacer Blade Runner y recrear ese Los Ángeles tan influenciado por la cultura japonesa.

Con Ridley Scott siempre hay un problema. Hoy rueda pensando en la versión que estrenará en los cines y en la que después sacará a la venta en DVD (el ejemplo más claro es El reino de los cielos). De hecho, Blade Runner fue, en 1992, diez años después de su estreno en salas, una de las primeras películas que contó con un Director's cut comercializado. Pero en los años 80, y más si el título no perduraba como esa mítica obra de ciencia ficción, mucho material no llegaba nunca a ver la luz. A Black Rain le sucedió. La película dura dos horas, pero el primer montaje que hizo Ridley Scott tenía 40 minutos más. Más de media hora que hubiera sido necesaria para entender Black Rain en toda su dimensión, porque vista hoy se nota claramente que le faltan escenas. Scott también rodó un final alternativo, más violento que el que finalmente vio la luz.

Ese es quizá el mayor pero de una historia muy apreciable, que contó con interpretaciones inolvidables. Michael Douglas ya era toda una estrella en los años 80 y con su papel en Black Rain profundizó en su perfil más oscuro, el que ya había probado con Wall Street dos años antes. Sí, aquí es el héroe. Pero es un héroe con pies de barro. Es un policía, sí, pero un policía investigado por asuntos internos. Un buen hombre, sin duda, pero con una vida destrozada, divorciado y asolado por las deudas económicas. Junto a él, un Andy García que empezaba ya a ser un muy conocido gracias a su papel en Los intocables de Eliot Ness y antes de embarcarse en la saga de El Padrino.

Ellos, junto con Kate Capshaw (la actual esposa de Steven Spielberg, heroína en apuros de Indiana Jones y el templo maldito) son los únicos personajes americanos de relevancia en esta película de claro color japonés. Dentro del reparto nipón, destaca Yusaku Matsuda, que da vida al villano de la función, Sato. Black Rain fue su última película. Poco antes de empezar a rodar le diagnosticaron un cáncer, pero decidió participar en el proyecto de todos modos. "De esta forma, viviré para siempre", le dijo a Ridley Scott. Murió el 9 de noviembre de 1989, apenas siete semanas después de que la película llegara a estrenarse.

Ken Takakura, el actor que da vida al policía que acompaña a sus dos colegas norteamericanos (es imposible no cogerle cariño a Masa, sobre todo después de verle imitar a Ray Charles junto a Andy García), conocido como el Clint Eastwood japonés, apenas apareció en media docena de películas tras Black Rain. Jackie Chan pudo tener un papel en el filme, pero lo rechazó porque no quería hacer de villano. Y menos mal que lo rechazó... Como también podemos considerarnos afortunados por el cambio de director, ya que el originalmente escogido para hacerse cargo del proyecto era Paul Verhoeven, recién salido de su éxito con Robocop.

El rodaje se llevó a cabo en Japón. Al menos en su mayor parte. El fin del visado del equipo provocó (además de descubrir lo estrictas que son las autoridades japonesas, que colocaron agentes de seguridad frente a las cámaras al minuto de concluir ese visado) que la escena final se rodara en Estados Unidos, en California. Como curiosidad, hay que destacar que la oficina que en el filme se utilizó para la Policía de Osaka es, en realidad, la Oficina de Prevención de Desastres Naturales.

Black Rain es un policiaco ejemplar, muy propio de los años 80, de una época en la que el protagonista podía exceder los límites, fumar todo el tiempo y montar en moto sin casco. Nace como una película de buddies (al estilo Arma Letal, pero sin el tono de comedia, obviamente) y acaba transformada en una bonita aunque previsible historia de compañerismo entre personas de diferentes culturas, con un marco incomparable y con un estilo visual perfecto. Quizá una obra menor de Ridley Scott, pero una espléndida obra menor. Muy recomendable para los ojos saturados de violencia de la presente década. En su primera escena, además, ya provoca un sentimiento de nostalgia al verse allí, al fondo, las Torres Gemelas.

viernes, diciembre 14, 2007

'American gangster', espléndida

American gangster es una película espléndida. Lo dejo sentenciado desde el principio como grito de respaldo a un director que suele ser ninguneado por la crítica. Gusta darle palos a Ridley Scott. Yo no soy capaz de hablar tan a la ligera como suele hacerse de un tipo que ha hecho películas como Alien, Blade Runner o Thelma & Louise y que en los últimos años ha dejado títulos tan notables como Gladiator, Hannibal o El reino de los cielos (sobre todo su montaje para DVD). De su última película en concreto he leído críticas que le censuran su larga duración (de acuerdo; ¿realmente sobra algo del montaje), su frialdad (las imágenes de drogadictos mientras el protagonista celebra el día de acción de gracias me parecen de todo menos frías), su simpatía y empatía por los personajes criminales (el magnífico final da otra lectura totalmente diferente), las invenciones que presenta un guión basado en hechos reales (como debe hacer todo cineasta para realizar una obra de ficción) o la falta de pulso narrativo (discutible ante el montaje paralelo de algunas secuencias que no voy a detallar).

Y no porque American gangster sea una película perfecta, ni mucho menos. En la primera parte de la película se echan en falta algunos episodios, algunas escenas que podrían resultar claves para entender el ascenso de Frank Lucas (Denzel Washington) o de la caída entre los suyos de Richie Roberts (Russell Crowe). Y en la segunda parte se puede ver una falta de síntesis que alarga la película hasta los 160 minutos (duración, por otra parte, nada excesiva para la historia que se nos cuenta). A Ridley Scott también le pesarán las comparaciones con Infiltrados, de Martin Scorsese, triunfadora del año pasado, a pesar de las enormes diferencias que hay entre ambas obras.

Más allá de esto, American gangster es un épico y prodigioso relato sobre la miseria humana (sentimiento que se agudiaza con las pinceladas sobre Vietnam que ofrece el relato, ambientado entre finales de los años 60 y comienzos de los 90), un espléndido ejercicio visual de un director magnífico como es Ridley Scott, una de esas historias más grandes que la vida, como suelen decir los americanos. American gangster sigue las vidas de dos hombres imperfectos, con sus puntos fuertes y sus debilidades, con sus ansias y sus problemas, con sus deseos y también sus miserias. Dos hombres que no se conocen pero que acaban situados cada uno en un extremo totalmente alejado del otro, pero que en el fondo no son tan diferentes. Uno es un negro de Harlem que, tras años trabajando para el hombre que controlaba la mafia de est barrio neoyorquino, establece su propio imperio al margen de los demás, enfrentado con los demás. El otro, un policía honrado en su trabajo pero no en su vida.

Ambos se convierten en antagonistas invisibles durante buena parte de la película, enemigos que se abren camino sin saber en realidad de la existencia del otro. Hasta que la historia confluye en uno de esos momentos mágicos que el cine nos da de vez en cuando, un primer encuentro breve, evocador, emotivo y brillantemente rodado y montado. Apenas un instante pero que vale por todo el trabajo cinematográfico de directores con mucha mejor fama que Ridley Scott. Un instante que dos monstruos del cine como son Russell Crowe y Denzel Washington engrandecen como si fuera fácil hacerlo. Un momento de esos que das gracias por estar viendo en una sala de cine. Pura magia cinematográfica.

Siempre me ha gustado Russell Crowe. Es un actor capaz de interpretar a cualquier personaje. Deslumbra en El dilema, en Cinderella man, incluso en Gladiator. Es un actor de los que no quedan muchos. Lástima que muchos aprovechen los escándalos de su vida privada para menospreciar el trabajo de este inmenso actor. Denzel Washington es otro intérprete sencillamente genial. Le descubrí en los lejanos años 80, con su secundario en Tiempos de gloria. Le suelo echar en cara que haga muchas veces el mismo papel. Pero de vez en cuando saca toda su maestría. American gangster es una de esas veces. Tiene un puñado de escenas memorables, desde el sermón que recibe de su madre hasta la escena del abrigo de chinchilla, tan vital para entender el carácter de este Frank Lucas que interpreta. Y el cara a cara que mantienen Crowe y Washington en el filme, con unos diálogos memorables, forma ya parte de la historia del cine.

Ridley Scott es un creador de imágenes único. Sabe amoldarse a cada género, sabe crear el plano que necesita cada escena. Es un narrador tremendamente visual y le van las historias épicas e inmensas (por eso la simple pero entretenida Un buen año no parece una película suya). Pero a veces, como en ésta, se encuentra con un gran guión (escrito por Steven Zailian, el mismo que escribió La lista de Schindler) y alcanza cumbres muy altas. Si a eso le sumas un equipo técnico de primera (espléndida fotografía de Harris Savides, formidable banda sonora con canciones de la época y música de Marc Streitenfeld, un compositor a seguir) y un reparto sobresaliente, desde el primer al último actor, desde los conocidos hasta los desconocidos (y ojo a ese brillante policía corrupto al que da vida Josh Brolin), el resultado sólo puede ser una película apasionante, una interesantísima mirada al mundo de la mafia, un género que genios como Francis Ford Coppola o Martin Scorsese han engrandecido durante años. Y Ridley Scott forma parte, indudablemente, de ese panteón de grandes directores.

(Ayer se celebró en Madrid el preestreno de American gangster. La película se estrena el próximo día 28)

miércoles, octubre 03, 2007

El (imprescindible) montaje del director de 'El reino de los cielos'

Cuando uno ve una edición especial o un montaje del director hay dos grandes posibilidades. La primera es que sea un método más de sacar dinero. Tenemos una película de razonable éxito, tenemos mucho material que se ha quedado en la sala de montaje y tenemos afán de seguir sacando beneficios en el mercado del DVD. Solución, editamos una una película con cinco, diez, veinte o treinta minutos más, al margen de que sean necesarios, de que mejoren la película o de que cuenten con el beneplácito de sus autores. Porque lo único que importa es ganar dinero y los fans de una película normalmente están dispuestos a picar para conseguir un nuevo montaje de la misma con escenas nuevas.

El segundo camino normalmente lo emprende el director. La película que se ha estrenado en el cine no es exactamente la que él había visualizado. Y sacando partido de ese afán económico del productor, le convence para que le deje hacer un montaje más personal. Con estos montajes se suele remediar el daño que se ha hecho al estrenar una película, lastrándola con la ausencia de secuencias y personajes importantes sólo para conseguir que la duración sea apta para que haya cinco sesiones al día y no tres (así se venden más entradas) o que la calificación por edades no sea restrictiva (se amplía el público que puede acceder a la sala).

Después de ver el montaje del director de El reino de los cielos, me decanto por la segunda opción y censuro con toda mi alma a los productores, distribuidores o responsables que hayan decidido en su día cortar tanto esta película. Siempre he pensado que Ridley Scott es uno de los grandes directores de finales del siglo XX y comienzos del XXI. Pero, por algún motivo, casi siempre ha tenido problemas con el montaje final de sus películas. Y también con la crítica, que siempre ha gustado de despedazar cada uno de sus trabajos, por muy notables que puedan ser. Eso sucedió con El reino de los cielos, una película denostada en su día con críticas facilonas y que a mí, en su momento, me pareció un espectáculo realmente entretenido.

Ahora veo este nuevo montaje y rectifico. El reino de los cielos es una gran película. No es una obra maestra, no está entre las grandes maravillas de su director (Alien, Blade Runner, Thelma & Louise), pero sí es una gran historia. Ahora sí. Al verla en el cine, era obvio que faltaban muchas cosas. Era imposible entender cómo un herrero (Orlando Bloom; no es un gran actor pero con esta película demostró que podía ser alguien más que Legolas en la pantalla) se convertía, casi de la noche a la mañana, en todo un caballero del reino de Jerusalén. Era imposible entender las decisiones que adoptaba la reina de Jerusalén (una Eva Green a la que no conocía y que me sorprendió muy positivamente).

El montaje del director añade escenas del inicio y ayuda a entender el dolor de Balian por la muerte de su esposa. Extiende muchísimo el personaje de Sybila, hasta el punto de darle un hijo que había desaparecido del montaje cinematográfico. Sin él, sin esa parte de la historia, no se puede entender mucho de lo que sucede después. Recrea casi desde cero la relación entre Balian y el rey Balduino (que en el original tiene la voz de Edward Norton), dando una mejor y mayor explicación de por qué confian tanto el uno en el otro. Explica tantas cosas que se hace difícil entender por qué se cayó tanto material en la sala de montaje.

Este nuevo montaje mantiene todas las cualidades de la película estrenada en cine. Actores bastante correctos (es una gozada oír a Jeremy Irons en la versión original o ver el enésimo papel de maestro de Liam Neeson; pero si un actor me gustó de verdad es el sirio Ghassan Massoud, que interpreta a Saladino), una fotografía preciosa que distingue de maravilla los distintos escenarios y tonos de la película, un diseño de producción extraordinario y una música de Harry Gregson-Williams (esto sí que no lo entenderé nunca en Ridley Scott, cómo contando con músicos en estado de gracia rellena sus películas con temas de otros: aquí usa música de Hannibal, El cuervo: ciudad de ángeles y El guerrero nº13).

La película pasa de 130 a 185 minutos. Esos 55 minutos más tampoco ponían la película en una duración imposible de estrenar. Pero los productores decidieron cortar indiscriminadamente. Una pena, porque El reino de los cielos que conocerán la mayoría de los espectadores no será el mismo que tenía en mente Ridley Scott cuando rodó la película, el que yo he visto en este nuevo montaje. Menos mal que nos queda el DVD...

"No muestres temor cuando estés ante el enemigo
Sé valiente y recto para que Dios te ame
Di la verdad siempre aunque te conduza a la muerte
Protege a los indefensos y sé justo
Este es tu juramento
Y esto es para que no lo olvides"

domingo, febrero 04, 2007

'Blade Runner', 25 años después

Blade Runner está a punto de cumplir 25 años. El primer pase de esta indiscutible obra maestra del cine, y particularmente de la ciencia ficción, tuvo lugar el 5 de marzo de 1982. Su estreno oficial, con algunos cambios, se produjo el 25 de junio de aquel año. Acabo de ver el llamado Director's cut, que se estrenó con motivo del décimo aniversario (curiosamente, se estrenó el 11 de septiembre de 1992), y me veo en la obligación de rendir un merecido homenaje a esta película, junto con Alien la mejor que rodó nunca Ridley Scott.
Aunque han pasado ya 25 años, Blade Runner sigue siendo una de las mejores películas de ciencia ficción, una de las más revolucionarios, una de las más imitadas. ¿Cómo olvidar planos tan memorables como el primero, en el que se muestra un Los Ángeles apocalíptico? ¿Cómo olvidar el anuncio gigante de Coca-Cola (y otroas más pequeños como los de Atari o TDK), que introdujeron en el cine el concepto de la publicidad? ¿Cómo olvidar el discurso final de Roy Batty, el más emblemático de los replicantes, en el que proclama que sus recuerdos ("He visto cosas que vosotros no imaginaríais") se perderán "como lágrimas en la lluvia? ¿Cómo olvidar la vivienda llena de juguetes animados de J.F.Sebastian? ¿Cómo olvidar la decandencia que plasmó Ridley Scott en este mundo del futuro (ya no tan lejano, la acción está situada en 2019)? ¿Cómo olvidar una de esas películas que te entran por los ojos, te dejan espacio para la reflexión y se quedan en la retina y en el cerebro durante tanto tiempo?.
Son tantas las cosas que se podrían decir de Blade Runner que para decirlas harían falta libros y no el espacio que da un blog como éste. El periódico británico The guardian realizó una encuesta en 2004 entre 60 científicos, que eligieron esta película como la mejor de ciencia ficción por delante de 2001. Viéndola sólo hay un avance tecnológico que me choca que no previera: no aparece una sola televisión de formato panorámico. Es, quizá, el único elemento tecnológico que no cuadra con esta visión del futuro.
Hoy los críticos y los amantes del séptimo arte coinciden en el valor de este título, pero en su día no fue recibido precisamente con buenas críticas y, de hecho, las valoraciones negativas en los pases previos provocaron muchos cambios en el montaje que finalmente se estrenó, que no era el que hubiera querido Ridley Scott (de ahí que aprovechara el décimo aniversario para estrenar su visión de la película). Sólo recibidió dos nominaciones a los Oscar (dirección artística y efectos visuales) y no ganó ninguno. Aquella de 1983 fue un año muy duro para la fantasía. No sólo se ignoró a Blade Runner en las nominaciones, sino que a E.T. le pasó lo mismo a la hora de dar los premios. La ganadora fue Ghandi.
Durante años han sido muchas las preguntas que nos hemos planteado sobre Blade Runner. Pero una está por encima de todo: ¿es Deckard (el personaje de Harrison Ford) un replicante? Al comienzo de la película se habla de seis replicantes huidos. Cuatro mueren durante la película, dos hombres y dos mujeres. Rachael es una replicante. ¿Y el sexto? Ridley Scott aseguró en el año 2000 que sí era un replicante, y de ahí que incluyera en el Director's Cut las imágenes del sueño con unicornios (imágenes descartadas de otra de sus películas, Legend). Pero Harrison Ford se molestó mucho por esta afirmación y explicó que durante el rodaje se acordó que no lo era. Este es un debate que no deja de agrandar la leyenda de esta película única, mítica, apasionante y que todo el mundo debería ver.
Y dichas todas las alabanzas posibles al filme, la queja. ¿Para cuándo en España una edición decente de esta mítica película? En nuestro país sólo existe la edición en DVD del Director's cut, que para colmo no incluye el audio en castellano (supongo que se habrán producido quejas de compradores, porque ahora en muchos sitios se ve una pegatina enorme en la carátula que indica esa ausencia). En Estados Unidos ya tienen respuesta: este mismo año, coincidiendo con ese 25 aniversario, se va a poner a la venta Blade Runner: The Final Cut, que incluirá tres versiones de la película: la que se estrenó en Norteamérica, la que llegó al resto del mundo y el Director's cut. Ojalá no tarde mucho en llegar a España.