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viernes, noviembre 25, 2016

'Aliados', amor frío

Cuando de una película se puede hablar más de lo que significa fuera de las pantallas que por los méritos de sus responsables, es evidente que algo falla. Con Aliados, por fuerza, va a suceder algo parecido. Que la película haya formado parte de los rumores en torno a la separación de Brad Pitt y Angelina Jolie no es algo que juegue a favor de la cinta, pero es que los esfuerzos de Robert Zemeckis tampoco ayudan a olvidar los ríos de tinta previos. Aliados tendría que haber sido una película romántica de carácter épico por su trasfondo bélico. Casablanca viene a ser un referente claro. Pero ni por asomo. Y no porque Zemeckis patine especialmente, pero no consigue casi en ningún momento transmitir las emociones que tendrían que haber formado parte de la historia. El casi es porque justo al final, cuando ya casi se han consumido las dos horas de su metraje, sí llega a lo que se necesitaba. Algo tarde, la verdad.

La película tiene dos problemas bastante importantes. El primero obedece a la estructura de la película. Zemeckis, un director ya tan polivalente que parece haber perdido algo de identidad, siguiendo un guion de Steve Knight, responsable de obras tan variopintas como Promesas del este o El séptimo hijo, sigue la historia de manera lineal, dividiéndolo en dos grandes actos y tres interludios centrales separados por elipsis muy grandes. Y no funciona, porque esta segunda, que no procede desvelar porque obedece a un cambio de escenario importante, es la historia que realmente parece interesar a Zemeckis, en la que realmente pone toda la carne en el asador. Y es que la gran pieza de acción, la que rompe la monotonía, está en la primera mitad del filme, aunque tampoco por ese lado consigue enganchar el director. La misión que une a los dos espías que interpretan Brad Pitt y Marion Cotillard nunca parece tan trascendente ni difícil como quiere aparentar la película.

Y así llegamos al otro gran problema. Se ha hablado tanto de Pitt y Cotillard que se ha dado por sentado que hay una química extraordinaria entre ellos. Y no es así. Hay momentos, hay atisbos, pero realmente no forman la memorable pareja que una gran historia de amor requiere. No son Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, como esto no es Casablanca. Es cierto que no desentonan, pero el amor frío que quieren mostrar a lo largo de buena parte de la película, el que surge de su trabajo como espías, es el que contagia todo lo que hay en el filme. Ni siquiera la escena de sexo, rodada de una forma imaginativa por el escenario, rompe esa tibieza que muestra Aliados y que, de nuevo hay que volver al mismo punto, sólo se rompe en las dos escenas finales. Pitt, por mucho que lo intenta, no se acerca al tipo de galán que habría sido Robert Redford, para quien esta película hubiera sido un caramelo hace algunas décadas, y el trabajo de Cotillard es algo irregular.

El caso es que Aliados es una película correcta, una aceptable historia de amor en un escenario bélico que invita a pensar en el Hollywood dorado pero que, al final, se queda en un simple intento de recuperar aquella gloria de celuloide. Nada asombra demasiado en la película, que no llega a provocar que ese amor de película traspase la pantalla. Se ve, se entiende, incluso se disfruta sin demasiado esfuerzo, pero no hay nada de legendario en la película cuando la misma historia del cine ha demostrado que con estos elementos se pueden hacer filmes extraordinarios. Aliados es demasiado fría como para acercarse a esos estratos, demasiado pequeña en sus ambiciones, incluso a la hora de mostrar el marco histórico. Correcta, académica si se quiere, pero sin la trascendencia que necesita. Ni Zemeckis, ni Pitt, ni Cotillard, porque la película no sale de ellos a pesar de tener algún que otro secundario interesante como Jared Harris, logran que Aliados despegue del todo.

viernes, enero 22, 2016

'La gran apuesta', una gozada coral

Qué pocas veces se exploran todas las herramientas que ofrece el cine para contar una historia, y qué satisfactorio es cuando todas, o casi todas, se utilizan en una sola película para goce absoluto del espectador. Eso es La gran apuesta, una historia fascinante contada de un modo aún más deslumbrante, llevando hasta el extremo la capacidad del cine como medio, rompiendo la cuarta pared, usando el ritmo de videoclip, utilizando el cameo de la forma más inteligente posible y desplegando a un grupo de personajes absolutamente fascinantes. Adam McKay, qué sorpresa es encontrar al director de Hermanos por pelotas, desplegando tanta inteligencia en estas poco más de dos horas, ofrece la más gamberra y fascinante explicación a la crisis financiera de la que todavía sentimos los efectos. Y todavía es más sorprendente si nos damos cuenta del impresionante nivel de detalle que despliega para conectar esta historia coral.

Es tan buena La gran apuesta que solventa de una forma fascinante su mayor escollo, precisamente lo que provocó que la crisis llegara tan lejos y de forma tan profunda: un lenguaje ininteligible. Es imposible seguir la película en toda su extensión a menos que se tenga formación económica. Pero lo mismo que usaron bancos y fondos de inversión para confundir a los ciudadanos de a pie y enriquecerse a su costa es lo que usa McKay, en un deslumbrante guión que coescribe con Charles Randolph basándose en el libro de Michael Lewis, para trazar un relato brutal y demoledor que, más que una explicación, es una mofa cínica de esta crisis. Cínica, porque usa personajes muy extremos para su historia, tipos que sacaron provecho económico de la enorme farsa (por no decir estafa) que generó la inestabilidad económica más reciente. La multiplicación de términos imposibles, que en la broma más amplia de todas están extraídos de la vida real, construye una tragicomedia única.

Su ritmo es salvaje y no deja ni el más mínimo resquicio al aburrimiento, y todo brilla tanto, esa es otra de sus grandezas, que incluso prescindiendo de entender el complejo lenguaje económico del que hace gala todo queda claro viendo a los personajes y entendiendo el tono de cada momento. Tampoco el desfile de actores (ojo a los cameos, que conforman las escenas más delirantemente divertidas de un conjunto que no deja títere con cabeza), en el que procede destacar a un Christian Bale que sabe explotar las inmensas rareza de su personaje, desde su gusto musical hasta el pasearse descalzo, y a un Steve Carell que después de su sorprendente interpretación en Foxcatcher cada vez impresiona más cuando se sale de su vis más cómica, más incluso que un Ryan Gosling que, eso sí, se queda el papel de conductor del filme, o un Brad Pitt, por completar los nombres que aparecen en el cartel, que como productor se reserva un trocito relevante pero menos espectacular de la trama.

Quién iba a decir que la mejor explicación cinematográfica a la crisis llegaría en forma de una comedia cínica y explosiva como esta. La gran apuesta es un viaje tan loco como terriblemente realista, en la que cada golpe de efecto supera al anterior, en el que los rótulos, la cámara la lenta, los planos congelados, la música... absolutamente todo juega un papel esencial para sentirse abrumado por el espectáculo al que se asiste, una farsa en toda regla que fascina y asquea a partes iguales, un memorable todo vale sin héroes y en el que la figura del caradura actúa como catalizador a un lado y otro de la pantalla. Para el enfoque más serio de la crisis desde el mundo del cine, la también espléndida Margin Call. Pero para reír, y llorar al final cuando uno se da cuenta de lo que ha nos ha contado es real, La gran apuesta. Una gozada.

viernes, diciembre 13, 2013

'12 años de esclavitud' y 134 minutos de puro y emocionante cine

Las películas con pretensión de ser las definitivas sobre un tema despiertan alertas, conscientes o inconscientes. Los elogios casi unánimes, también. En 12 años de esclavitud se juntaban ambas circunstancias. Y después de asistir a sus 134 minutos de puro y emocionante cine, cabe decir que no hay temor posible: es una película extraordinaria, compleja y emocionante, un prodigioso retrato sobre un episodio oscuro y personal de la historia norteamericana, por lo emocional y por lo cinematográfico, con actuaciones sensacionales e incontables secuencias que merecen el aplauso incondicional. Es, efectivamente, la película definitiva sobre la esclavitud. Puede que no la única, pero sí una que merece estar en ese grupo porque sabe esquivar todos los problemas que encierra un proyecto como éste con una categoría descomunal, llevando al espectador a un estado emocional tan intenso y duro como impagable, y en el que no sobra nada. Qué maravilla.

Lo que narra 12 años de esclavitud es una odisea vital, la de un hombre negro y libre que, de repente, se ve convertido en un esclavo. Sin derechos, sin nombre, sin dignidad, sin vida. Es una estructura común en el cine contemporáneo la de seguir a un mismo personaje más o menos anónimo a través de un periodo largo de tiempo en un viaje tan dramático como éste para narrar un drama más grande que el suyo personal, pero Steve McQueen, el autor de la sorprendente Shame, sabe sacar partido a ese camino. Con algún leve fallo de continuidad o algún elemento mejorable en las elipsis, si se quiere, pero con una brillantez rotunda. Es el reflejo contemporáneo a los logros de Steven Spielberg en la infravalorada Amistad, una película que optó por otros caminos menos crudos y más poéticos. Los de McQueen son violentos y realistas, puñetazos que van directos al estómago del espectador para que pierda el aliento con Solomon Northup en su continua vejación. Son caminos sencillamente impresionantes a todos los niveles.

Y es que para una película así son imprescindibles dos elementos complementarios, y 12 años de esclavitud consigue sobresalir en los dos. El primero es un resultado interpretativo de primer nivel, que encabezan Chiwetel Ejiofor con incontables matices en su trabajo y Michael Fassbender con un retrato violento y sádico casi perfecto para un esclavista convencido, pero están secundados con una maestría elogiable por Benedict Cumberbacht o Paul Giamatti, en un breve pero crucial papel, como breve es la presencia de un Brad Pitt acostumbrado ya tanto a papeles protagonistas como a apariciones tan atractivas como mínimas en películas de renombre. El segundo, una puesta en escena absolutamente formidable, y eso es mérito indudable de McQueen, que juega a su antojo con los planos, con las luces y las sombras (sensacional trabajo de fotografía de Sean Bobbitt) o con la música (prodigioso Hans Zimmer, incluso en momentos pura y arriesgadamente experimentales).

McQueen, apoyado en un reparto de lujo, consigue impresionar y emocionar de tantas maneras diferentes que es imposible enumerarlas todas en una crítica, pero es de justicia afirmar que imparte todo un curso de cine. Desde la escena en la que Solomon es apaleado ya como esclavo hasta el formidable clímax emocional que le coloca con el látigo en la mano, pasando por sus intentos de huida, su enfrentamiento con un capataz, su discusión sobre el recuerdo de sus hijos. Todo encaja en un cuadro complejo y sin cortapisas, en el que los secundarios juegan un papel terriblemente relevante para el conjunto de la historia, pero no como distracción sino para engrandecer el resultado final hasta unos niveles extraordinarios. 12 años de esclavitud es una de esas películas memorables que no sólo desmienten aquello de que ya no se hace buen cine, sino que dejan el espectador inmóvil en su butaca, padeciendo con el sufrimiento humano que plasma en la pantalla y, al mismo tiempo, deseoso de vitorear el resultado final en cuando se asume la crudeza de su descomunal relato.

lunes, diciembre 02, 2013

'El consejero', el Ridley Scott más pretencioso y monótono

Ridley Scott viene siendo un saco de boxeo en el que la crítica ha descargado muchos golpes durante bastante tiempo. Algunos con razón, pero probablemente muchos desmedidos, eliminando el valor que tiene el trabajo de un espléndido artesano, un sensacional operador de cámara, un inteligente montador y un creador de mundos que, realistas o no, suelen ser sumamente entretenidos. Sin embargo, poco de eso se puede ver en El consejero. Poco o prácticamente nada, en realidad. Queda algo de ese tipo que tan bien sabe rodar, pero es mayúscula la sorpresa de ver una película firmada por Ridley Scott que es aburrida durante buena parte de su metraje, especialmente en una primera media hora que sólo puede calificarse de pretenciosa, con unos diálogos rimbombantes, procedentes del guión de Cormac McCarthy, el primero que escribe para la gran pantalla, y que se pierden en escenas superfluas o redundantes, en una película larga (con sus 117 minutos) y monótona que ni siquiera el gran trabajo de Michael Fassbender consigue salvar.

Sobre todo por Fassbender pero también por algún otro detalle más se puede decir que la película no es un desastre, pero visto desde los ojos de un admirador del cine de Ridley Scott es imposible esconder la amplia diferencia que hay entre esta película y sus grandes espectáculos de los últimos años (incluso el tan denostado Robin Hood, una película bastante reivindicable, o en Prometheus, que compensó un guión lleno de agujeros con una fuerza visual deslumbrante). En Un buen año, probablemente su película más floja en este siglo, que arrancó con la majestuosa Gladiator, al menos se intuía el deseo de disfrutar de un rodaje y una historia, por floja que fuera. Pero aquí, teniendo en cuenta que lo mejor de ese intérprete que probablemente no sepa actuar mal llamado Michael Fassbender llega en el tramo final de la película, que las escenas mejor rodadas por Scott están precisamente en ese tramo, y que dentro de la maraña de frases recargadas y pretendidamente profundas de McCarthy no hay una verdaderamente irónica y divertida hasta los tres cuartos de hora de metraje, es difícil agarrarse a lo bueno.

Cuando todo eso llega, uno se está haciendo ya desde mucho tiempo atrás la misma pregunta que el camarero mexicano que no entiende una de esas frases ampulosas, una de las que le toca a Fassbender, y a la que responde con un inocente y sincero "¿cómo?", que en realidad describe a la perfección la sensación que puede llegar a tener el espectador durante toda la película. Y se puede decir que la historia era prometedora y podría haber desembocado en una de esas películas fronterizas que abordan desde una visión oscura el mundo del crimen y el narcotráfico. Pero hay tantos momentos que no encajan, sobre todo en esa primera media hora, un lastre insuperable para el resto del filme, que cabe preguntarse cuál era el objetivo real de la película. ¿El escándalo con las dos escenas de sexo, que en realidad uno no sabe muy bien qué pintan en la trama? ¿El divertimento de reunir a un reparto que ofrece una irregularidad absoluta (desde el gran papel de Fassbender hasta la desorientación absoluta de Penélope Cruz, pasando por la fácil extravagancia de Bardem, un agradable pero escaso Brad Pitt o la mirada impasible de Cameron Díaz)?

A El consejero (en realidad tendría que haber sido El abogado, pero esto de modificar títulos en España es lo que tiene...) le sobran metraje y pretenciosidad. Este es un mal que se puede achacar a las historias de Cormac McCarthy en la gran pantalla, desde la sobrevalorada No es país para viejos (como ésta, otra en la que Bardem luce sin demasiado motivo un peinado extravagante) hasta la no tan conseguida La carretera, y que aquí consigue arrastrar a un Ridley Scott mucho más plano que de costumbre. Y no, no se trata de que el salto al realismo corte las alas de un realizador visualmente extraordinario cuando se trata de filmar universos de aventuras, fantasía o ciencia ficción, porque en Red de mentiras, Black Hawk derribado (y no necesariamente en sus escenas más brutales de guerra) o American Gansgter hay cine puro. Y de eso hay más bien poco en El consejero. Algo hay, pero más allá de la evidencia de Fassbender hay que rascar muchísimo para encontrarlo.

viernes, agosto 02, 2013

'Guerra mundial Z', zombis para todos los públicos

Para decidir si Guerra mundial Z es o no una película que un espectador concreto querría ver, tiene que saber un detalle: no hay sangre. Ni una gota. Es, probablemente, la primera película de zombis en la que la escena más truculenta, la única que hay realmente en las dos horas que dura el filme. no procede del ataque de uno de los no muertos sino de un accidente. Probablemente, esto haga que el público tradicionalmente vinculado al cine de zombis vea Guerra Mundial Z como una cinta blanda y escasamente atractiva. Insisto, hablando dentro de los planteamientos del subgénero. En realidad, es un thriller placentero y amable, de buenas intenciones y un desarrollo aceptable, con algunas escenas tensas, algunas concesiones al cine familiar (de público y de contenido) y algún momento de asumibile comicidad (el momento del refresco). Con menos fuerza de la que requería la historia precisamente por la exagerada pretensión de que no se vean muchas cosas, excesivamente correcta en algunos momentos pero entretenida porque va al grano.

Justo eso es su punto fuerte. No hay respiro y prácticamente desde la primera escena vemos el lío en el que está metido el investigador de la ONU que interpreta Brad Pitt, tan omnipresente como carismático en la película, que tendrá que averiguar como hacer frente a una plaga que está convirtiendo a las personas en seres descerebrados y sin vida que sólo saben satisfacer sus instintos más primarios y van mordiendo a casi todos los normales. Marc Forster rueda las escenas de acción con la adecuada tensión y bastante eficacia, aunque también con cierto grado de aturdimiento del espectador. La idea es no ver con claridad al zombi, al menos durante la primera mitad larga de la película. En el clímax sí se les ve, pero justo ahí está el momento en el que más chirría la obsesiva pretensión de ocultar vísceras y la presencia del rojo sangre hasta extremos que resultan exagerados.

Ese ese el precio a pagar para conseguir el famoso PG-13 que permitirá que el público objetivo sea mucho más amplio y la recaudación mucho más jugosa. No hay en realidad más razón que esa, y ahí sí se pueden realizar críticas a la película. Guerra mundial Z no quiere ser la reinvención del género, sino la consecuencia de una estrategia de márketing. Bien es verdad que, en la consecución de ese objetivo, el entretenimiento parece bastante asegurado. Salvo algún exceso absurdo (la llamada al móvil en el momento más inoportuno) y la argumentalmente poco justificada reticencia del personaje de Brad Pitt a sumarse al equipo que pretende salvar el mundo, el desarrollo de la película es bastante correcto, y lleva la acción a lugares bastante originales, aunque a veces con diálogos demasiado simples y trillados, pronunciados por personajes que tienen poco peso en la trama, y unos efectos visuales demasiado orientados a que se intuya más que verse, lo que rebaja el efecto de algunas secuencias (como la huida de la base militar).

Queda la sensación de que, dentro del buen entretenimiento general que proporciona Guerra Mundial Z, el resultado es demasiado blando. También parece no atisbarse realmente un escenario apocalíptico en el que de verdad esté en juego el futuro de la humanidad, a pesar de que los épicos planos aéreos están entre lo mejor de la película. Quizá la omnipresencia del personaje de Brad Pitt, también productor de la película y en otro trabajo correcto (y en realidad el primero en una película de estas características), juegue en contra del efecto general que produce la película. Cumple con lo que prometía, un fondo muy violento (la forma, insisto, no, porque casi todo sucede fuera de plano) y una realización efectiva. Mientras que quede claro que son zombis para todos los públicos y que Brad Pitt está en todas y cada una de las escenas de la película, es difícil que defraude. Pero saber esas dos cosas es vital, porque por encima de todo es eso y no otra cosa es lo que ofrece Guerra mundial Z.

martes, mayo 14, 2013

Avance de 'Guerra mundial Z'

Se está poniendo de moda esa vieja técnica de marketing de adelantar unos minutos de los grandes estrenos de la temporada veraniega. La última en recibir esta clase de promoción ha sido Guerra Mundial Z. Paramount, de hecho, ha tirado la casa por la ventana este verano y en este sentido, porque también ofreció un adelanto de la ya inminente Star Trek. En la oscuridad, de J. J. Abrams. Por supuesto, no habrá spoilers en el resumen de este avance, aunque, en realidad, no parece una película demasiado pendiente de grandes giros de guión como para funcionar correctamente. No es eso una crítica, que nadie se asuste. Es, simplemente, que parece tan obvio que con quince minutos no quedan desveladas demasiadas sorpresas como que el potencial de la película va a estar en cómo y desde dónde muestra la clásica historia de contagio pandémico para convertir a la población mundial en zombies.

Y ahí es donde apunta alto Guerra Mundial Z. Las tres escenas que mostró Paramount hablan de un salvajismo bastante inédito en una superproducción de un gran estudio, en el aspecto visual y en las ideas que se plasman en la pantalla, con la única salvedad de siempre en películas de estas características: no hay sangre a la vista. Buscando el PG-13 como hace todo blockbuster hollywoodiense, no hay rojo en las tonalidades de la película (¿habrá alguna explicación científica en la película al hecho de que la mordedura de estos zombies no provoquen salpicaduras de sangre en la pantalla?) y eso puede ser un problema, quizá el único que se atisba en este primer vistazo. Porque lo demás es más que atractivo. Escenas de masas bastante impresionantes, unos zombies desbocados y sin medida que se mueven a una velocidad de vértigo, actuando además como una colmena y sin pensar en las consecuencias físicas de sus salvajadas, escenarios que impactan y que abren posibilidades bastante atrevidas, y mucha, mucha violencia.

Como las tres secuencias son básicamente acción, no queda todavía demasiado definido el papel de Brad Pitt. Será, obviamente, el héroe de la película, para saber eso no hace falta siquiera un avance. Para una estrella como Brad Pitt viene a ser sorprendente que ésta sea su primera película de este estilo y que le llegue ya con 50 años. Carisma tiene. Veremos si también hay un personaje detrás o si simplemente es el rostro que poner al póster de la película. Ese dependerá más de la historia y los diálogos que de la frenética acción de este avance. También parece interesante anticipar cuál será el encaje de Guerra Mundial Z en la filmografía de un director tan variado como Marc Forster, que tan pronto puede hacer una maravilla cargada de sensibilidad (Descubriendo Nunca Jamás), como un drama de corte independiente (Monster's Ball) o un vehículo de acción para 007 (Quantum of Solace). Se anticipa mucho movimiento de cámara, muy acertado en la secuencia de presentación de los zombies pero que después puede sembrar dudas.

Guerra Mundial Z llegará a España el próximo 2 de agosto. El nuestro será uno de los últimos países en verla, ya que en Estados Unidos estará en los cines el 21 de junio y en la mayoría de los países del resto del mundo será una semana más tarde.

viernes, septiembre 21, 2012

'Mátalos suavemente', cuánto daño ha hecho Tarantino

Cada día que pasa y cada película como Mátalos suavemente que veo, lo tengo más claro: cuánto daño ha hecho Tarantino al cine. No lo digo por el hecho de que no soy precisamente un admirador del cine del autor de Reservoir Dogs, Pulp Fiction o Malditos bastardos, sino por la cantidad de imitadores, de una u otra forma, que le han salido. Viendo El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, la anterior película de su director, no hubiera pensado que Andrew Dominik podría entrar en esa categoría, pero así es. Lo que hace en Mátalos suavemente es mezclar la lentitud de su cine, que en esta ocasión sobrepasa en más de una ocasión el aburrimiento, con eso que para muchos forma parte de la esencia del cine de Tarantino, la violencia y los diálogos pretendidamente ingeniosos sobre cuestiones triviales. Y todo con ello con Brad Pitt de por medio en una película que, en el fondo, no tiene mucho que contar.

Y es que ahí es donde está el principal problema de Mátalos suavamente. Apenas hay una historia que contar. Hay una anécdota que se podría haber solventado en poco más de media hora, pero que se alarga hasta los 97 minutos. Hay una cierta indefinición. Y es que tenemos una película de Brad Pitt en la que el actor tarda casi 30 minutos en aparecer en pantalla (ya fue un problema vender El árbol de la vida como "película de Brad Pitt"). Lo anterior podría haberse resumido en cinco minutos, pero Dominik se obliga a estirar ese arranque para llegar a la extensión del largometraje. ¿Cómo? Con esos diálogos triviales que aquí se hacen más interminables que nunca. El tono lento y pausado de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford llevado a terrenos tarantinianos. Esos diálogos acaban cayendo en la repetición y no es hasta el último de ellos cuando se consigue algo de cierta transcendencia.

Entre tanto, Dominik, autor también del guión, quiere envolver su anecdótica historia con una especie de metáfora sobre la actual situación económica. Lo hace colocando de fondo, como una insistente melodía de fondo que sustituye a la música (que no a las canciones, otro rasgo del daño que ha hecho Tarantino a este tipo de cine, que repite machaconamente el modelo sin cuestionarse si está bien aplicado o si hay otras vías), frases reales de George W. Bush y Barack Obama, pues el filme se sitúa en vísperas de las elecciones presidenciales de hace cuatro años. La metáfora no funciona por ningún lado, a excepción, insisto, de ese diálogo final, el único que sí marca una diferencia. Tarde para que la película remonte el vuelo, pero al menos deja un buen sabor de boca.

Brad Pitt tarda en salir porque Dominik quiere explicar primero, y con demasiado detalle, por qué tiene que salir. Pitt interpreta a un asesino a sueldo al que encargan acabar con los responsables del atraco a una partida de póker millonaria y clandestina. Su misión es matar a los dos jóvenes que perpetran el atraco y a quien lo ha ordenado. Su intermediario es un espléndido Richard Jenkins, cuyas conversaciones con Pitt son de largo lo más entretenido de la película. Por un motivo que acaba resultando inverosímil e inexplicado, el asesino recurre a un colega, un mujeriego y alcohólico interpretado por un inspirado James Gandolfini, en un largo desvío de la historia de difícil encaje y de muy dudosa resolución. Y por el camino queda el organizador de la partida, un Ray Liotta interesante. De hecho, y asumiendo que esos dos atracadores (Scoot McNairy y Ben Mendelsohn) no tienen el peso del resto de personajes a pesar de que la película se base en ellos, el reparto es lo más destacado de Mátalos suavamente.

Desde que Tarantino hizo Pulp Fiction, da la impresión de que todo el thriller y el policíaco quiere seguir esa senda. Sólo David Fincher ha arriesgado lo suficiente (y más de una vez, con lo que su mérito es aún mayor) como para salirse de ese camino. Mátalos suavemente sufre por la escasa entidad de su historia y por el interminable desarrollo de unos diálogos intrascendentes... que buscan precisamente trascender. Dominik abusa de algunos recursos (la escena en la que Mendelsohn está colocado repite recursos una y otra vez), sorprende por lo inadecuados que parecen otros (el tiroteo a cámara lenta) y no consigue sacar partido de un notable reparto. Si se hacen tantas películas como ésta, será que pueden gustar al espectador medio. Yo no encuentro atisbos de originalidad ni elementos que me hagan disfrutar demasiado. Una película de asesinos a sueldo como ésta exige más ritmo, lo necesita, lo pide escena a escena. Y aquí no hay ritmo. Sólo lentitud.

domingo, febrero 05, 2012

'Moneyball', conmovedora y emocionante metáfora de la vida

Que nadie se engañe. Moneyball. Rompiendo las reglas no es una película sobre béisbol. No es tampoco una película de Brad Pitt. No es una historia real. No es una americanada. O quizá sí lo es. Quizá si es todas esas cosas. Y si se quedara ahí, se habría convertido en un titulito más que pasa por la cartelera convenciendo sólo a los aficionados a este singular deporte y a los que admiren al actor protagonista. Pero no se queda ahí, afortunadamente eso es sólo el punto de partida para construir algo mucho más grande. Moneyball es un retrato conmovedor emocionante. ¿Retrato del béisbol? No, retrato de un hombre y, sobre todo, retrato de la vida. Es una hermosa metáfora convertida en película que incita a sentir, a emocionarse, a empaparse de todos los detalles de un mundo muy concreto que no es necesario conocer para sentir empatía por sus protagonistas. Si encima se conoce, Moneyball es sencillamente una película imprescindible, porque entiende perfectamente de lo que está hablando. Entiende las sensaciones que deja el deporte, entiende la vida.

Lo que ofrece Moneyball es un apasionado relato de lo que aconteció en 2002 en un modesto club americano de béisbol, el Oakland Athletics, desde el punto de vista de su manager, Billy Beane, una antigua promesa de este deporte que no llegó jamás a triunfar, y el atípico ayudante que contrata, Peter Brand, un joven licenciado en económicas que tiene un sistema basado en cifras y estadísticas y no en los clásicos ojeadores de jugadores para revolucionar la gestión de un equipo de béisbol. Da igual saber o no qué pasó en aquella temporada para conectar enseguida con la historia, gracias a un prodigioso arranque de película. Bennett Miller, que hasta ahora sólo había dirigido la irregular Truman Capote y hace ya de eso siete años, se revela como un extraordinario pintor de las emociones humanas que genera el deporte. Es irresistible el retrato que hace de Beane sólo con esa escena inicial, y que encuentra un desarrollo maravillosa en las poco más de dos horas siguientes. Así, Moneyball llega a ser un hermoso retrato de un equipo pequeño con el que se puede identificar el seguidor de cualquier deporte.

Con esa descripción de la película, habrá quien piense que esto es sólo cine para aficionados al deporte. Y no. Esto es cine y del grande. Billy Beane es un personaje de carne y hueso. Los Oakland Athletics son un equipo real. Y la película es una metáfora de la vida. "Just enjoy the show" ("Sólo disfruta del espectáculo") son las últimas palabras que se pronuncian en Moneyball, en un cierre hermosísimo, con dos escenas que describen a la perfección lo que quiere contar esta cinta, tan fresca y emocionante como sincera. Metáfora de la vida, decía, y es que el deporte en el cine suele tener esa cualidad. Suele dar algo más, y suele funcionar además con deportes de los que uno no es necesariamente seguidor, caso del béisbol aquí pero también en casi todos los títulos que usan el boxeo como temática. Ojalá me equivocara, pero creo que en España jamás veremos una película tan hermosa como esta sobre fútbol, y no será por bonitas historias que tiene este deporte tan seguido en nuestro país. Mientras tanto, tendremos que seguir disfrutando con esas historias más grandes que la vida que sólo Hollywood parece dominar. Americanada, sí. Y eso es bueno, por peyorativo que quiera ser el término para algunos.

Todo lo descrito anteriormente es producto del gran hacer de Miller en la dirección, y sobre todo de Steven Zaillian y Aaron Sorkin en el guión. Juntos juegan a la perfección con las emociones que hay en el filme, subrayan con un buen gusto admirable los momentos deportivos y también los personales, ofrecidos en su justa medida, sin saturar y sin desviar la atención (la modélica escena con su ex mujer o los preciosos momentos con su hija). Se ve la soledad del perdedor, la grandeza del pequeño, la fuerza de la ilusión. Y tanta genialidad que hay descrita en la pantalla encuentra un reflejo portentoso en Brad Pitt. Nunca ha sido un actor que me gustase. Siempre he visto a Brad Pitt y no a su personaje. Pero aquí no. Aquí llena la pantalla, se transforma en una persona de carne y hueso, construye un personaje memorable, formidablemente bien apoyado en la sorpresa del filme, un Jonah Hill que demuestra a Hollywood que actores de su aspecto orondo y simpático también pueden bordar personajes dramáticos. Juntos dan vida a una historia casi de dos personajes, tres si se quiere contar al entrenador del equipo, escaso papel, algo desaprovechado en la segunda mitad del filme, para un como siempre formidable Philip Seymour Hoffman.

Moneyball es un precioso y preciso relato deportivo, pero sobre todo humano. Billy Beane no es sólo el manager de un equipo de béisbol que tiene la victoria entre ceja y ceja a pesar de no haberla conseguido nunca. Es también, en los magníficos flashbacks que incluye Bennett, un joven que tiene que decidir entre una carrera deportiva y una beca universitaria. Es un hombre que tiene que hacer frente al fracaso, en el deporte y en la vida, que tiene una hija a la que adora, que tiene un trabajo que hace lo mejor que puede y en el que piensa minuto a minuto. Es un hombre que tiene sueños e ilusiones. Como todos nosotros. Por eso es tan fácil empatizar con el personaje que han descrito Pitt, Bennett, Zaillian y Sorkin en una genial confabulación de talentos que crea momentos inolvidables. Luego también hay béisbol, por supuesto, retratado con belleza (narrativa y sensorial) incluso para quienes no entendemos los pormenores de esa disciplina, pero esa es la metáfora. Lo que importa en Moneyball es todo lo demás, lo que emociona y conmueve, lo que hace recordar una vez más lo grande que puede ser el cine.

miércoles, septiembre 28, 2011

La inclasificable confusión de 'El árbol de la vida'

El árbol de la vida es una película inclasificable. Parece evidente, pero es importante dejarlo claro desde el principio, porque nada de lo que cualquiera diga de la película tiene que adecuarse a lo que sienta por ella cualquier otro. Porque aquí no vamos a poder decir que se parece a tal o cual película. De hecho, ni siquiera se parece a títulos precedentes de la filmografía de Terrence Malick, a pesar del trasfondo filosófico que desprenden todas ellas, también ésta. ¿Y qué es El árbol de la vida? Una colección de imágenes oníricas y postales naturales que se agolpa en torno a una historia familiar que rompe las barreras del cine tal y como lo conocemos y disfrutamos, una indefinida experiencia sensorial que apuesta por la imagen y el sonido como vehículos de metáforas e interpretaciones más que por la linealidad de una historia. ¿Y me ha gustado eso que defino de esta forma tan difusa? No. En absoluto. El árbol de la vida sobrepasa con creces los límites de la pedantería, sacrificando elementos narrativos tan válidos como los que utiliza y que serían mucho más accesibles, inteligibles y disfrutables. Aún reconociendo el mérito de lo novedoso, llegar hasta el final de la película (una dos horas y cuarto) me parece una dura prueba.

Terrence Malick nunca me ha interesado, a pesar de ser un director alabado por la crítica y considerado de culto por algunos espectadores. La excentricidad de haber rodado sólo cinco películas en 38 años de carrera profesional son un síntoma de que su cine es especial. Quizá demasiado especial para mí. No me interesan sus metáforas, su filosofía, ni su narrativa. Sus historias sí, eso tengo que reconocerlo, pero es un director que me pierde cuando salta del guión a la realización. Por eso, no me sorprendió que Sean Penn criticara precisamente eso tras ver el filme. El actor dijo que el guión de El árbol de la vida era mucho mejor que lo que vio después en la pantalla y que la película es confusa. Sin haber leído el libreto, estoy plenamente de acuerdo con él. Una vez vista la película, la sensación que deja es de confusión. No hay mensajes claros, y si los hay rápidamente cambian de signo, la arbitrariedad parece presidir el montaje de las imágenes, cuyo encadenamiento apenas deja entrever qué hay detrás de todo este festival sensorial en el que apenas se puede hablar de interpretaciones (y eso que cuenta con dos estrellas de Hollywood en el reparto) o de guión como tales.

Los primeros 45 minutos son el mayor reto que se ha visto en una pantalla de cine en mucho tiempo. Quizá la referencia más clara, y aquella se quedaría muy corta en sus pretensiones intelectuales en comparación con ésta, es el pasaje colorista que intercaló Stanley Kubrick antes de la escena final de 2001. Una odisea del espacio. Pero aquello tenía un sentido. Discutible, debatible, pero un sentido. En El árbol de la vida es difícil saber qué pretende el director, qué busca con sus imágenes y con sus metáforas. No termina de valerme la postura que han adoptado algunos de que hacen falta más visionados para captar el mensaje. No me gusta esa excesiva erudición del cineasta que quiere colocarse por encima de sus espectadores. Y por eso Malick no me ha gustado nunca, aunque aquí sobrepasa todo lo que había mostrado hasta ahora. Es, sin duda, su película más inclasificable. Porque, en realidad, no es una película. Es otra cosa. No sé si sabría decir qué es, pero una película desde luego que no. No se puede comparar a nada de lo que hay en la cartelera, a nada de lo que he visto hasta ahora. Y probablemente no vuelva a rodarse nada parecido, si acaso algo que vuelva a llevar por delante el nombre de Malick.

Como decía al principio, hay que reconocer el mérito de una apuesta diferente, arriesgadísima, extrema. No es fácil que una película apele tanto a los sentidos como ésta, y aún que lo haga de forma tan predominante durante la primera hora, con el riesgo de desconectar al espectador de la narración. Hay imágenes muy hermosas, eso es indudable. El problema está en su interpretación, en su conexión con la historia. Eso no es fácil de ver, porque es una colección tan gigantesca de imágenes, es un collage tan variopinto y heterodoxo, que cada momento puede llevar a cada espectador a un lugar diferente. En la estimulación auditiva sí tengo que reconocerme extasiado por el trabajo musical de un genio al que sí sé entender, Alexandre Desplat. No creo que me hubiera sentido capaz de llegar hasta el final sin la monumental banda sonora de la película, un prodigio de sensibilidad con y más allá de las imágenes. Ese mérito innovador de El árbol de la vida crece al haberse creado desde la propia industria de Hollywood, el lugar más conservador desde el que se puede hacer cine. No nos engañemos, El árbol de la vida es Hollywood. La firma el sello pretendidamente independiente de un gran estudio. Brad Pitt es su protagonista. Eso lo dice todo.

Dice Sean Penn que no entiende cuál ha sido su aportación a la película y que Malick no se la ha explicado. Yo tampoco lo entiendo. Pero es que Malick no ha apostado por los personajes. No lo hace en la primera mitad de la película. En la segunda sí, pero lo que ofrece son pinceladas muy desconectadas. Deja al espectador todo el trabajo de montaje de la historia. Y eso, insisto, es diferente. Pero quizá demasiado cómodo. Demasiado equivocado. Si uno entiende la metáfora (o, al menos, una de ellas), el final de la película es emocionante, hermoso, lírico y poético. Pero se queda ahí, junto con la música de Desplat, todo lo que deja esta película en la memoria del espectador. Y ante la caótica confusión que me deja El árbol de la vida, me asusta que alabar a Malick sea una pose prácticamente obligada para colgarse la etiqueta de cinéfilo o de crítico. Yo no puedo hacerlo. La línea entre la genialidad y la locura siempre es fina, pero si tengo que calificar a Malick a un lado o a otro de esa frontera tengo claro que no será del lado más amable. No sólo no me transmite lo que en verdad quiere contarme (si es que realmente tiene algo claro en su mente), sino que además me provoca aburrimiento. Visual y sonoramente estimulante, pero aburrimiento.

miércoles, noviembre 04, 2009

Tarantino y yo no nos entendemos

Nos conocemos desde hace 17 años y no, Quentin Tarantino y yo no nos entendemos. Ni creo que lo vayamos a hacer. Según nos presentaron, parecía que podíamos tener algo en común. O eso creí tras ver Reservoir dogs, una película que me llamó la atención positivamente. Pero cuando le conocí de verdad, con Pulp fiction, me di cuenta de que estaba ante una amistad imposible. Éramos incompatibles. Entonces me dijeron que viera Jackie Brown, que me iba a gustar, que era la mejor película de Tarantino y la menos Tarantino de todas. Y tampoco, la verdad. Las dos entregas de Kill Bill fueron una penitencia pagada no sé muy bien por qué culpa, pero las vi. Y me confirmaron que no hay entendimiento posible. Llegamos al día de hoy, cuando caí de nuevo en la trampa. Intentaron reconciliarme con él, ya sabéis, una amiga común que quiere que sus dos amigos se lleven bien. Pero sus Malditos bastardos me han dejado, como poco, indeferente.

Sé que no represento al cinéfilo medio cuando proclamo mi disgusto ante cada película de Quentin Tarantino. Sé que tiene fans enfervorizados que ven una obra maestra casi en cada película que hace este director. Sé que hay quien piensa que Malditos bastardos es su mejor filme (la valoración en IMDB le coloca en el segundo puesto, tras Pulp fiction). Pero yo veo otra cosa. Yo no aprecio la genialidad de unos diálogos que para los suyos son sublimes y para mí charla intrascendente. Yo no veo veo ritmo cinematográfico en unas secuencias que me parecen lentas y lastradas precisamente por tertulias inacabables. Yo no veo actuaciones geniales en personajes idénticos que van pasando de unas películas a otras de su director, cambiando de uniforme y de actor que les da vida. Y, sin sentir un especial rechazo a la violencia en el cine (más bien lo contrario, me gusta cuando la historia lo requiere), no entiendo la forma en que la presenta Tarantino.

Todavía no sé cuál es la historia, de qué va Malditos bastardos. De hecho, la película me pierde ya en su primera escena, un interminable diálogo de casi veinte minutos... que nada tiene que ver con la trama principal. No es más que la presentación del auténtico protagonista de la cinta (no, no es Brad Pitt, aunque la promoción de la película se haya olvidado de todo lo demás con tal de sacar al marido de Angelina Jolie, ni tampoco uno de los bastardos del título), el coronel nazi Hans Landa, interpretado por Christoph Waltz. Veinte minutos en los que no he dejado de preguntarme qué aporta en realidad esa escena. ¿Que los nazis eran muy malos? ¿Que los franceses colaboraban por miedo? ¿Que los judíos tenían que esconderse? ¿Que nuestro protagonista tiene un sentido del humor muy especial? Hace ya algún tiempo leí a un director, cuyo nombre no recuerdo, lamentarse de que el principal problema que tenía el cine actual era la falta de síntesis de la que hacía gala el cine clásico. Tarantino es un buen ejemplo de ello. Para dar una mínima información, rueda secuencias larguísimas.

Las películas de Tarantino se confunden en mi memoria. Si no fuera por la ambientación en la Francia ocupada de la Segunda Guerra Mundial, bien podría pensar que cualquiera de las secuencias que acabo de ver estaban sacadas de Reservoir dogs, de Pulp Fiction o de Kill Bill. No veo originalidad, ni en la forma de rodar, ni en el trazo de los personajes (qué fácil me ha parecido la caricatura de Hitler y Goebbles), ni el tratamiento musical (tenía la sensación de estar escuchando la música de Kill Bill). Nada. Si tanta gente está de acuerdo en que Tarantino es un innovador, tendré que pensar que algo tiene, pero en las conversaciones en las que este director está presente me agarro a la máxima con la que encaro el cine: es una experiencia personal en la que todos podemos tener una opinión, una sensación y un sentimiento distintos.

Mi experiencia con Tarantino, y me perdonarán sus seguidores, es distinta a la de la mayoría. Tiene que serlo, porque Malditos bastardos, como casi todo lo anterior que he visto del director (todo menos Death proof y su segmento de Four rooms), me genera más indiferencia que otra cosa.

jueves, enero 22, 2009

'Benjamin Button': Fincher se hace mayor (y uno de los grandes)

David Fincher es un director sorprendente. Debutó con Alien 3, mucho mejor película de lo que muchos creen (y que habría sido mejor de ver la luz en cines su montaje, disponible en DVD). Con Seven cambió por completo todo un género, y eso es mucho decir. The game fue una peliculita que no hizo demasiado por su carrera, ni para bien ni para mal. El club de la lucha le convirtió en director de culto (aunque yo nunca he llegado a entender el fervor por esta película, que me parece, de largo, lo peor que ha hecho). La habitación del pánico gustó más a quienes disfrutamos de sus primeras películas que de la anterior, pero en todo caso disparó las alarmas. ¿Estaba David Fincher estancado? Y entonces, con cinco años de separación, hizo Zodiac. Y volvió a reinventar un género. Después de una gran película como Zodiac, las expectativas pueden despertar las iras contra un director. El curioso caso de Benjamin Button demuestra que David Fincher es uno de los grandes. Se ha hecho adulto. Y su público con él.

Desde fuera y a priori, El curioso caso de Benjamin Button no parece una película para David Fincher. ¿Una historia de amor contada a través de toda una vida? No encaja con lo que ha hecho hasta ahora. En los años 90, se relacionó este proyecto con Steven Spielberg como director y Tom Cruise de protagonista, y quizá al Rey Midas de Hollywood le hubiera venido como anillo al dedo esta historia. Pero esta ficción no oculta el triunfo de Fincher con este título. No es que salga airoso de un proyecto difícil, es que le da un estilo propio. Si buscamos referentes para esta película, es obligado pensar en Forrest Gump, por la sucesión de acontecimientos históricos que rodean esa historia de amor. En lo formal, El paciente inglés y el relato de amor en el lecho de dolor y muerte. El curioso caso de Benjamin Button supera a ambas en todo. Es más drama que comedia, pero no esquiva los momentos más divertidos de una historia singular. Es más intimista que épica, pero, como en toda vida, tiene momentos álgidos.

Benjamin Button es un hombre que vivirá un crecimiento distinto al de todos los demás. Nace viejo y morirá joven. Sus arrugas irán desapareciendo, su artritis o sus cataratas las dejará atrás a los veinte años, su mente infantil crecerá en el cuerpo de un anciano. Su vida en ningún caso podrá ser como la de los demás. Y eso se aplica a todos los terrenos de su vida, también y sobre todo en el amoroso. Porque ésta es, por encima de cualquier otra consideración, una historia de amor, tierna, preciosa, dura en ocasiones, pero que deja un regusto de emoción y de ilusión muy difícil de conseguir en el cine actual. Y David Fincher lo consigue, además de con un espléndido guión, con sutiles artificios. Coloca la historia (la narración de la historia más concretamente) en medio de lo que aconteció en Nueva Orleans cuando el Katrina arrasó la ciudad. Esperanza por encima de todo. Como con el mensaje final de su primer amor. Y, sobre todo, con la pincelada de humor del hombre al que alcanzaron siete rayos. Es la lección más hermosa que deja la película, una de las muchas que ofrece, todas ellas optimistas y vitalistas sin caer en la sensiblería más fácil y evidente.

Brad Pitt no es un actor que me apasione. Funciona como estrella (y como estrella que es incluso le da un cameo en esta película Shiloh, hija del actor y de Angelina Jolie, cuando apenas tenía diez meses de vida), en las revistas, en las premieres, pero casi nunca me ha gustado como actor. Disfruté con él muchísimo con su breve papel en Thelma y Louise, pero desde entonces no me había entusiasmado, nunca le había visto perfecto para un papel. Hasta hoy. Es muy difícil decir cuánto hace el actor por la película y cuánto hace el trabajo de efectos especiales (hermoso y natural), es una frontera muy delicada e imposible de trazar. Pero lo que está claro es que Brad Pitt se convierte en Benjamin Button desde el primer momento en que aparece en pantalla, sin importar la edad (real y aparente), la altura o la parte de la historia que esté viviendo. Es un trabajo notable y digno de elogio, a la altura del resto del reparto, en el que destacan como nombres más conocidos los de Cate Blanchett y Julia Ormond.

Abarcar toda una vida en una película tiene sus aparentes desventajas. La más notable, la duración, que en este caso llega hasta las dos horas y tres cuartos (quítenle cinco minutos todos aquellos que se levantan de sus asientos antes de que acaben los títulos de crédito; lo siento por ellos, se perderán la última pieza de una extraordinaria partitura compuesta por el cada vez más interesante Alexandre Desplat). Quizá alguien hubiera metido la tijera en la sala de montaje, sobre todo en la primera media hora, pero todo en la película merece la pena. Notable es la labor de Fincher a la hora de utilizar la elipsis como un recurso narrativo más, un recurso que pocos director saben emplear ya con acierto. La poesía y la belleza que contiene toda la película, recibe además un epílogo tan hermoso como el comienzo. El agua y el destino por un lado, el tiempo hacia atrás por el otro. Poesía.

El curioso caso de Benjamin Button es una película magnífica y hermosa, la consolidación de David Fincher como un director serio y maduro, el que apuntó en Seven, el que se desarrolló en Zodiac. Chapeau.