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'Aliados', amor frío
viernes, enero 22, 2016
'La gran apuesta', una gozada coral
viernes, diciembre 13, 2013
'12 años de esclavitud' y 134 minutos de puro y emocionante cine
lunes, diciembre 02, 2013
'El consejero', el Ridley Scott más pretencioso y monótono
viernes, agosto 02, 2013
'Guerra mundial Z', zombis para todos los públicos
martes, mayo 14, 2013
Avance de 'Guerra mundial Z'
viernes, septiembre 21, 2012
'Mátalos suavemente', cuánto daño ha hecho Tarantino
Y es que ahí es donde está el principal problema de Mátalos suavamente. Apenas hay una historia que contar. Hay una anécdota que se podría haber solventado en poco más de media hora, pero que se alarga hasta los 97 minutos. Hay una cierta indefinición. Y es que tenemos una película de Brad Pitt en la que el actor tarda casi 30 minutos en aparecer en pantalla (ya fue un problema vender El árbol de la vida como "película de Brad Pitt"). Lo anterior podría haberse resumido en cinco minutos, pero Dominik se obliga a estirar ese arranque para llegar a la extensión del largometraje. ¿Cómo? Con esos diálogos triviales que aquí se hacen más interminables que nunca. El tono lento y pausado de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford llevado a terrenos tarantinianos. Esos diálogos acaban cayendo en la repetición y no es hasta el último de ellos cuando se consigue algo de cierta transcendencia.
Entre tanto, Dominik, autor también del guión, quiere envolver su anecdótica historia con una especie de metáfora sobre la actual situación económica. Lo hace colocando de fondo, como una insistente melodía de fondo que sustituye a la música (que no a las canciones, otro rasgo del daño que ha hecho Tarantino a este tipo de cine, que repite machaconamente el modelo sin cuestionarse si está bien aplicado o si hay otras vías), frases reales de George W. Bush y Barack Obama, pues el filme se sitúa en vísperas de las elecciones presidenciales de hace cuatro años. La metáfora no funciona por ningún lado, a excepción, insisto, de ese diálogo final, el único que sí marca una diferencia. Tarde para que la película remonte el vuelo, pero al menos deja un buen sabor de boca.
Brad Pitt tarda en salir porque Dominik quiere explicar primero, y con demasiado detalle, por qué tiene que salir. Pitt interpreta a un asesino a sueldo al que encargan acabar con los responsables del atraco a una partida de póker millonaria y clandestina. Su misión es matar a los dos jóvenes que perpetran el atraco y a quien lo ha ordenado. Su intermediario es un espléndido Richard Jenkins, cuyas conversaciones con Pitt son de largo lo más entretenido de la película. Por un motivo que acaba resultando inverosímil e inexplicado, el asesino recurre a un colega, un mujeriego y alcohólico interpretado por un inspirado James Gandolfini, en un largo desvío de la historia de difícil encaje y de muy dudosa resolución. Y por el camino queda el organizador de la partida, un Ray Liotta interesante. De hecho, y asumiendo que esos dos atracadores (Scoot McNairy y Ben Mendelsohn) no tienen el peso del resto de personajes a pesar de que la película se base en ellos, el reparto es lo más destacado de Mátalos suavamente.
Desde que Tarantino hizo Pulp Fiction, da la impresión de que todo el thriller y el policíaco quiere seguir esa senda. Sólo David Fincher ha arriesgado lo suficiente (y más de una vez, con lo que su mérito es aún mayor) como para salirse de ese camino. Mátalos suavemente sufre por la escasa entidad de su historia y por el interminable desarrollo de unos diálogos intrascendentes... que buscan precisamente trascender. Dominik abusa de algunos recursos (la escena en la que Mendelsohn está colocado repite recursos una y otra vez), sorprende por lo inadecuados que parecen otros (el tiroteo a cámara lenta) y no consigue sacar partido de un notable reparto. Si se hacen tantas películas como ésta, será que pueden gustar al espectador medio. Yo no encuentro atisbos de originalidad ni elementos que me hagan disfrutar demasiado. Una película de asesinos a sueldo como ésta exige más ritmo, lo necesita, lo pide escena a escena. Y aquí no hay ritmo. Sólo lentitud.
domingo, febrero 05, 2012
'Moneyball', conmovedora y emocionante metáfora de la vida
Lo que ofrece Moneyball es un apasionado relato de lo que aconteció en 2002 en un modesto club americano de béisbol, el Oakland Athletics, desde el punto de vista de su manager, Billy Beane, una antigua promesa de este deporte que no llegó jamás a triunfar, y el atípico ayudante que contrata, Peter Brand, un joven licenciado en económicas que tiene un sistema basado en cifras y estadísticas y no en los clásicos ojeadores de jugadores para revolucionar la gestión de un equipo de béisbol. Da igual saber o no qué pasó en aquella temporada para conectar enseguida con la historia, gracias a un prodigioso arranque de película. Bennett Miller, que hasta ahora sólo había dirigido la irregular Truman Capote y hace ya de eso siete años, se revela como un extraordinario pintor de las emociones humanas que genera el deporte. Es irresistible el retrato que hace de Beane sólo con esa escena inicial, y que encuentra un desarrollo maravillosa en las poco más de dos horas siguientes. Así, Moneyball llega a ser un hermoso retrato de un equipo pequeño con el que se puede identificar el seguidor de cualquier deporte.
Con esa descripción de la película, habrá quien piense que esto es sólo cine para aficionados al deporte. Y no. Esto es cine y del grande. Billy Beane es un personaje de carne y hueso. Los Oakland Athletics son un equipo real. Y la película es una metáfora de la vida. "Just enjoy the show" ("Sólo disfruta del espectáculo") son las últimas palabras que se pronuncian en Moneyball, en un cierre hermosísimo, con dos escenas que describen a la perfección lo que quiere contar esta cinta, tan fresca y emocionante como sincera. Metáfora de la vida, decía, y es que el deporte en el cine suele tener esa cualidad. Suele dar algo más, y suele funcionar además con deportes de los que uno no es necesariamente seguidor, caso del béisbol aquí pero también en casi todos los títulos que usan el boxeo como temática. Ojalá me equivocara, pero creo que en España jamás veremos una película tan hermosa como esta sobre fútbol, y no será por bonitas historias que tiene este deporte tan seguido en nuestro país. Mientras tanto, tendremos que seguir disfrutando con esas historias más grandes que la vida que sólo Hollywood parece dominar. Americanada, sí. Y eso es bueno, por peyorativo que quiera ser el término para algunos.
Todo lo descrito anteriormente es producto del gran hacer de Miller en la dirección, y sobre todo de Steven Zaillian y Aaron Sorkin en el guión. Juntos juegan a la perfección con las emociones que hay en el filme, subrayan con un buen gusto admirable los momentos deportivos y también los personales, ofrecidos en su justa medida, sin saturar y sin desviar la atención (la modélica escena con su ex mujer o los preciosos momentos con su hija). Se ve la soledad del perdedor, la grandeza del pequeño, la fuerza de la ilusión. Y tanta genialidad que hay descrita en la pantalla encuentra un reflejo portentoso en Brad Pitt. Nunca ha sido un actor que me gustase. Siempre he visto a Brad Pitt y no a su personaje. Pero aquí no. Aquí llena la pantalla, se transforma en una persona de carne y hueso, construye un personaje memorable, formidablemente bien apoyado en la sorpresa del filme, un Jonah Hill que demuestra a Hollywood que actores de su aspecto orondo y simpático también pueden bordar personajes dramáticos. Juntos dan vida a una historia casi de dos personajes, tres si se quiere contar al entrenador del equipo, escaso papel, algo desaprovechado en la segunda mitad del filme, para un como siempre formidable Philip Seymour Hoffman.
Moneyball es un precioso y preciso relato deportivo, pero sobre todo humano. Billy Beane no es sólo el manager de un equipo de béisbol que tiene la victoria entre ceja y ceja a pesar de no haberla conseguido nunca. Es también, en los magníficos flashbacks que incluye Bennett, un joven que tiene que decidir entre una carrera deportiva y una beca universitaria. Es un hombre que tiene que hacer frente al fracaso, en el deporte y en la vida, que tiene una hija a la que adora, que tiene un trabajo que hace lo mejor que puede y en el que piensa minuto a minuto. Es un hombre que tiene sueños e ilusiones. Como todos nosotros. Por eso es tan fácil empatizar con el personaje que han descrito Pitt, Bennett, Zaillian y Sorkin en una genial confabulación de talentos que crea momentos inolvidables. Luego también hay béisbol, por supuesto, retratado con belleza (narrativa y sensorial) incluso para quienes no entendemos los pormenores de esa disciplina, pero esa es la metáfora. Lo que importa en Moneyball es todo lo demás, lo que emociona y conmueve, lo que hace recordar una vez más lo grande que puede ser el cine.
miércoles, septiembre 28, 2011
La inclasificable confusión de 'El árbol de la vida'
El árbol de la vida es una película inclasificable. Parece evidente, pero es importante dejarlo claro desde el principio, porque nada de lo que cualquiera diga de la película tiene que adecuarse a lo que sienta por ella cualquier otro. Porque aquí no vamos a poder decir que se parece a tal o cual película. De hecho, ni siquiera se parece a títulos precedentes de la filmografía de Terrence Malick, a pesar del trasfondo filosófico que desprenden todas ellas, también ésta. ¿Y qué es El árbol de la vida? Una colección de imágenes oníricas y postales naturales que se agolpa en torno a una historia familiar que rompe las barreras del cine tal y como lo conocemos y disfrutamos, una indefinida experiencia sensorial que apuesta por la imagen y el sonido como vehículos de metáforas e interpretaciones más que por la linealidad de una historia. ¿Y me ha gustado eso que defino de esta forma tan difusa? No. En absoluto. El árbol de la vida sobrepasa con creces los límites de la pedantería, sacrificando elementos narrativos tan válidos como los que utiliza y que serían mucho más accesibles, inteligibles y disfrutables. Aún reconociendo el mérito de lo novedoso, llegar hasta el final de la película (una dos horas y cuarto) me parece una dura prueba.Terrence Malick nunca me ha interesado, a pesar de ser un director alabado por la crítica y considerado de culto por algunos espectadores. La excentricidad de haber rodado sólo cinco películas en 38 años de carrera profesional son un síntoma de que su cine es especial. Quizá demasiado especial para mí. No me interesan sus metáforas, su filosofía, ni su narrativa. Sus historias sí, eso tengo que reconocerlo, pero es un director que me pierde cuando salta del guión a la realización. Por eso, no me sorprendió que Sean Penn criticara precisamente eso tras ver el filme. El actor dijo que el guión de El árbol de la vida era mucho mejor que lo que vio después en la pantalla y que la película es confusa. Sin haber leído el libreto, estoy plenamente de acuerdo con él. Una vez vista la película, la sensación que deja es de confusión. No hay mensajes claros, y si los hay rápidamente cambian de signo, la arbitrariedad parece presidir el montaje de las imágenes, cuyo encadenamiento apenas deja entrever qué hay detrás de todo este festival sensorial en el que apenas se puede hablar de interpretaciones (y eso que cuenta con dos estrellas de Hollywood en el reparto) o de guión como tales.
Los primeros 45 minutos son el mayor reto que se ha visto en una pantalla de cine en mucho tiempo. Quizá la referencia más clara, y aquella se quedaría muy corta en sus pretensiones intelectuales en comparación con ésta, es el pasaje colorista que intercaló Stanley Kubrick antes de la escena final de 2001. Una odisea del espacio. Pero aquello tenía un sentido. Discutible, debatible, pero un sentido. En El árbol de la vida es difícil saber qué pretende el director, qué busca con sus imágenes y con sus metáforas. No termina de valerme la postura que han adoptado algunos de que hacen falta más visionados para captar el mensaje. No me gusta esa excesiva erudición del cineasta que quiere colocarse por encima de sus espectadores. Y por eso Malick no me ha gustado nunca, aunque aquí sobrepasa todo lo que había mostrado hasta ahora. Es, sin duda, su película más inclasificable. Porque, en realidad, no es una película. Es otra cosa. No sé si sabría decir qué es, pero una película desde luego que no. No se puede comparar a nada de lo que hay en la cartelera, a nada de lo que he visto hasta ahora. Y probablemente no vuelva a rodarse nada parecido, si acaso algo que vuelva a llevar por delante el nombre de Malick.
Como decía al principio, hay que reconocer el mérito de una apuesta diferente, arriesgadísima, extrema. No es fácil que una película apele tanto a los sentidos como ésta, y aún que lo haga de forma tan predominante durante la primera hora, con el riesgo de desconectar al espectador de la narración. Hay imágenes muy hermosas, eso es indudable. El problema está en su interpretación, en su conexión con la historia. Eso no es fácil de ver, porque es una colección tan gigantesca de imágenes, es un collage tan variopinto y heterodoxo, que cada momento puede llevar a cada espectador a un lugar diferente. En la estimulación auditiva sí tengo que reconocerme extasiado por el trabajo musical de un genio al que sí sé entender, Alexandre Desplat. No creo que me hubiera sentido capaz de llegar hasta el final sin la monumental banda sonora de la película, un prodigio de sensibilidad con y más allá de las imágenes. Ese mérito innovador de El árbol de la vida crece al haberse creado desde la propia industria de Hollywood, el lugar más conservador desde el que se puede hacer cine. No nos engañemos, El árbol de la vida es Hollywood. La firma el sello pretendidamente independiente de un gran estudio. Brad Pitt es su protagonista. Eso lo dice todo.
Dice Sean Penn que no entiende cuál ha sido su aportación a la película y que Malick no se la ha explicado. Yo tampoco lo entiendo. Pero es que Malick no ha apostado por los personajes. No lo hace en la primera mitad de la película. En la segunda sí, pero lo que ofrece son pinceladas muy desconectadas. Deja al espectador todo el trabajo de montaje de la historia. Y eso, insisto, es diferente. Pero quizá demasiado cómodo. Demasiado equivocado. Si uno entiende la metáfora (o, al menos, una de ellas), el final de la película es emocionante, hermoso, lírico y poético. Pero se queda ahí, junto con la música de Desplat, todo lo que deja esta película en la memoria del espectador. Y ante la caótica confusión que me deja El árbol de la vida, me asusta que alabar a Malick sea una pose prácticamente obligada para colgarse la etiqueta de cinéfilo o de crítico. Yo no puedo hacerlo. La línea entre la genialidad y la locura siempre es fina, pero si tengo que calificar a Malick a un lado o a otro de esa frontera tengo claro que no será del lado más amable. No sólo no me transmite lo que en verdad quiere contarme (si es que realmente tiene algo claro en su mente), sino que además me provoca aburrimiento. Visual y sonoramente estimulante, pero aburrimiento.
miércoles, noviembre 04, 2009
Tarantino y yo no nos entendemos
Nos conocemos desde hace 17 años y no, Quentin Tarantino y yo no nos entendemos. Ni creo que lo vayamos a hacer. Según nos presentaron, parecía que podíamos tener algo en común. O eso creí tras ver Reservoir dogs, una película que me llamó la atención positivamente. Pero cuando le conocí de verdad, con Pulp fiction, me di cuenta de que estaba ante una amistad imposible. Éramos incompatibles. Entonces me dijeron que viera Jackie Brown, que me iba a gustar, que era la mejor película de Tarantino y la menos Tarantino de todas. Y tampoco, la verdad. Las dos entregas de Kill Bill fueron una penitencia pagada no sé muy bien por qué culpa, pero las vi. Y me confirmaron que no hay entendimiento posible. Llegamos al día de hoy, cuando caí de nuevo en la trampa. Intentaron reconciliarme con él, ya sabéis, una amiga común que quiere que sus dos amigos se lleven bien. Pero sus Malditos bastardos me han dejado, como poco, indeferente.Sé que no represento al cinéfilo medio cuando proclamo mi disgusto ante cada película de Quentin Tarantino. Sé que tiene fans enfervorizados que ven una obra maestra casi en cada película que hace este director. Sé que hay quien piensa que Malditos bastardos es su mejor filme (la valoración en IMDB le coloca en el segundo puesto, tras Pulp fiction). Pero yo veo otra cosa. Yo no aprecio la genialidad de unos diálogos que para los suyos son sublimes y para mí charla intrascendente. Yo no veo veo ritmo cinematográfico en unas secuencias que me parecen lentas y lastradas precisamente por tertulias inacabables. Yo no veo actuaciones geniales en personajes idénticos que van pasando de unas películas a otras de su director, cambiando de uniforme y de actor que les da vida. Y, sin sentir un especial rechazo a la violencia en el cine (más bien lo contrario, me gusta cuando la historia lo requiere), no entiendo la forma en que la presenta Tarantino.
Todavía no sé cuál es la historia, de qué va Malditos bastardos. De hecho, la película me pierde ya en su primera escena, un interminable diálogo de casi veinte minutos... que nada tiene que ver con la trama principal. No es más que la presentación del auténtico protagonista de la cinta (no, no es Brad Pitt, aunque la promoción de la película se haya olvidado de todo lo demás con tal de sacar al marido de Angelina Jolie, ni tampoco uno de los bastardos del título), el coronel nazi Hans Landa, interpretado por Christoph Waltz. Veinte minutos en los que no he dejado de preguntarme qué aporta en realidad esa escena. ¿Que los nazis eran muy malos? ¿Que los franceses colaboraban por miedo? ¿Que los judíos tenían que esconderse? ¿Que nuestro protagonista tiene un sentido del humor muy especial? Hace ya algún tiempo leí a un director, cuyo nombre no recuerdo, lamentarse de que el principal problema que tenía el cine actual era la falta de síntesis de la que hacía gala el cine clásico. Tarantino es un buen ejemplo de ello. Para dar una mínima información, rueda secuencias larguísimas.
Las películas de Tarantino se confunden en mi memoria. Si no fuera por la ambientación en la Francia ocupada de la Segunda Guerra Mundial, bien podría pensar que cualquiera de las secuencias que acabo de ver estaban sacadas de Reservoir dogs, de Pulp Fiction o de Kill Bill. No veo originalidad, ni en la forma de rodar, ni en el trazo de los personajes (qué fácil me ha parecido la caricatura de Hitler y Goebbles), ni el tratamiento musical (tenía la sensación de estar escuchando la música de Kill Bill). Nada. Si tanta gente está de acuerdo en que Tarantino es un innovador, tendré que pensar que algo tiene, pero en las conversaciones en las que este director está presente me agarro a la máxima con la que encaro el cine: es una experiencia personal en la que todos podemos tener una opinión, una sensación y un sentimiento distintos.
Mi experiencia con Tarantino, y me perdonarán sus seguidores, es distinta a la de la mayoría. Tiene que serlo, porque Malditos bastardos, como casi todo lo anterior que he visto del director (todo menos Death proof y su segmento de Four rooms), me genera más indiferencia que otra cosa.
jueves, enero 22, 2009
'Benjamin Button': Fincher se hace mayor (y uno de los grandes)
David Fincher es un director sorprendente. Debutó con Alien 3, mucho mejor película de lo que muchos creen (y que habría sido mejor de ver la luz en cines su montaje, disponible en DVD). Con Seven cambió por completo todo un género, y eso es mucho decir. The game fue una peliculita que no hizo demasiado por su carrera, ni para bien ni para mal. El club de la lucha le convirtió en director de culto (aunque yo nunca he llegado a entender el fervor por esta película, que me parece, de largo, lo peor que ha hecho). La habitación del pánico gustó más a quienes disfrutamos de sus primeras películas que de la anterior, pero en todo caso disparó las alarmas. ¿Estaba David Fincher estancado? Y entonces, con cinco años de separación, hizo Zodiac. Y volvió a reinventar un género. Después de una gran película como Zodiac, las expectativas pueden despertar las iras contra un director. El curioso caso de Benjamin Button demuestra que David Fincher es uno de los grandes. Se ha hecho adulto. Y su público con él.Desde fuera y a priori, El curioso caso de Benjamin Button no parece una película para David Fincher. ¿Una historia de amor contada a través de toda una vida? No encaja con lo que ha hecho hasta ahora. En los años 90, se relacionó este proyecto con Steven Spielberg como director y Tom Cruise de protagonista, y quizá al Rey Midas de Hollywood le hubiera venido como anillo al dedo esta historia. Pero esta ficción no oculta el triunfo de Fincher con este título. No es que salga airoso de un proyecto difícil, es que le da un estilo propio. Si buscamos referentes para esta película, es obligado pensar en Forrest Gump, por la sucesión de acontecimientos históricos que rodean esa historia de amor. En lo formal, El paciente inglés y el relato de amor en el lecho de dolor y muerte. El curioso caso de Benjamin Button supera a ambas en todo. Es más drama que comedia, pero no esquiva los momentos más divertidos de una historia singular. Es más intimista que épica, pero, como en toda vida, tiene momentos álgidos.
Benjamin Button es un hombre que vivirá un crecimiento distinto al de todos los demás. Nace viejo y morirá joven. Sus arrugas irán desapareciendo, su artritis o sus cataratas las dejará atrás a los veinte años, su mente infantil crecerá en el cuerpo de un anciano. Su vida en ningún caso podrá ser como la de los demás. Y eso se aplica a todos los terrenos de su vida, también y sobre todo en el amoroso. Porque ésta es, por encima de cualquier otra consideración, una historia de amor, tierna, preciosa, dura en ocasiones, pero que deja un regusto de emoción y de ilusión muy difícil de conseguir en el cine actual. Y David Fincher lo consigue, además de con un espléndido guión, con sutiles artificios. Coloca la historia (la narración de la historia más concretamente) en medio de lo que aconteció en Nueva Orleans cuando el Katrina arrasó la ciudad. Esperanza por encima de todo. Como con el mensaje final de su primer amor. Y, sobre todo, con la pincelada de humor del hombre al que alcanzaron siete rayos. Es la lección más hermosa que deja la película, una de las muchas que ofrece, todas ellas optimistas y vitalistas sin caer en la sensiblería más fácil y evidente.
Brad Pitt no es un actor que me apasione. Funciona como estrella (y como estrella que es incluso le da un cameo en esta película Shiloh, hija del actor y de Angelina Jolie, cuando apenas tenía diez meses de vida), en las revistas, en las premieres, pero casi nunca me ha gustado como actor. Disfruté con él muchísimo con su breve papel en Thelma y Louise, pero desde entonces no me había entusiasmado, nunca le había visto perfecto para un papel. Hasta hoy. Es muy difícil decir cuánto hace el actor por la película y cuánto hace el trabajo de efectos especiales (hermoso y natural), es una frontera muy delicada e imposible de trazar. Pero lo que está claro es que Brad Pitt se convierte en Benjamin Button desde el primer momento en que aparece en pantalla, sin importar la edad (real y aparente), la altura o la parte de la historia que esté viviendo. Es un trabajo notable y digno de elogio, a la altura del resto del reparto, en el que destacan como nombres más conocidos los de Cate Blanchett y Julia Ormond.
Abarcar toda una vida en una película tiene sus aparentes desventajas. La más notable, la duración, que en este caso llega hasta las dos horas y tres cuartos (quítenle cinco minutos todos aquellos que se levantan de sus asientos antes de que acaben los títulos de crédito; lo siento por ellos, se perderán la última pieza de una extraordinaria partitura compuesta por el cada vez más interesante Alexandre Desplat). Quizá alguien hubiera metido la tijera en la sala de montaje, sobre todo en la primera media hora, pero todo en la película merece la pena. Notable es la labor de Fincher a la hora de utilizar la elipsis como un recurso narrativo más, un recurso que pocos director saben emplear ya con acierto. La poesía y la belleza que contiene toda la película, recibe además un epílogo tan hermoso como el comienzo. El agua y el destino por un lado, el tiempo hacia atrás por el otro. Poesía.
El curioso caso de Benjamin Button es una película magnífica y hermosa, la consolidación de David Fincher como un director serio y maduro, el que apuntó en Seven, el que se desarrolló en Zodiac. Chapeau.







