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viernes, febrero 06, 2015

'Foxcatcher', una película que no termina de romper

Bennett Miller regresa con Foxcatcher al drama deportivo después de la excepcional y probablemente infravalorada Moneyball, pero las sensaciones son aquí mucho menos positivas que entonces. No es que Miller no consiga capturar al espectador con la historia real de un medallista olímpico norteamericano de lucha libre que encuentra un extravagante mecenas que quiere patrocinar su nuevo asalto a la medalla de oro, que sí lo hace aunque sea por simple inercia, pero es una historia que nunca termina de romper, al menos hasta el sorprendente final, que tiene muchos agujeros y que no termina de provocar emociones, ni siquiera en los momentos deportivos de los que tan buen resultado suele sacar el cine de Hollywood. El ritmo lento y pausado no contribuye a paliar esa sensación de que a la película le falta arrancar, ni siquiera admitiendo el gran trabajo que hace el reparto (y aunque lo fácil sea alabar a Steve Carell, lo más sorprendente es Chaning Tatum y lo más brillante es Mark Ruffalo), y son demasiados los elementos que faltan o que no se explican bien como para enamorarse de la película.

Está ya fuera de toda duda que Miller tiene la capacidad de sacar lo mejor de sus actores. Si Moneyball dejó el deslumbrante descubrimiento de Jonah Hill y una de las mejores interpretaciones de la carrera de Brad Pitt, Foxcatcher muestra a un Steve Carrell muy diferente, aunque excesivamente ayudado por el maquillaje y algo artificial por ese mismo motivo aunque impacte y mucho, a un Chaning Tatum sencillamente espectacular, valiente en todo momento y muy alejado del insulso héroe de acción que tan a menudo ha sido, y a un Mark Ruffalo que, una vez más, impresiona a todos los niveles, dándole igual el papel que le toque para seguir demostrando que es uno de los grandes de la actualidad aunque tenga menos cartel que otros. El reparto es, indiscutiblemente el punto fuerte de la película y ellos tres son los responsables de que la película no pierda a ningún espectador, independientemente del grado de pasión que despierte el filme en él.

Porque esa esa la clave, la pasión. Y Foxcatcher no termina de producirla. Es verdad que la lucha libre no es precisamente un deporte que enganche con facilidad a una masa amplia de espectadores, pero eso nunca ha sido problema para el cine. Miller, en realidad, no hace una película deportiva e incluso deja pasar las oportunidades de que los combates refuercen las tramas, actuando únicamente como previsible catalizador de lo que sí parece interesarle al director, las relaciones cruzadas entre el luchador, su hermano y su mecenas. Todo lo que hay alrededor de ellos tres está difuminadísimo (hasta cuesta reconocer a Sienna Miller) y puesto al servicio casi siempre del retrato psicológico del personaje de Carrell, aunque ni siquiera así se consigue construir una historia sólida que justifique todo lo que sucede en la película. Hay muchos agujeros en el andamiaje que se construye en torno a estos hechos reales, e incluso hay abiertas contradicciones que el filme no se digna ni a explicar (la decisión del personaje de Ruffalo sobre el trabajo en Foxcatcher).

Quizá el gran problema es que Miller ha tenido más ganas de hacer una gran película que de hacer simplemente una película que acabar siendo grande. Se nota que es ambiciosa e incluso pretenciosa, con un ritmo lento y escenas pausadas hasta el límite de lo verosímil, buscando una elevación artística que sólo consigue de forma puntual. Y es justo lo contrario lo que acerca Foxcatcher a puntos más elevados, cuando coge ritmo y velocidad (la escena de Tatum en el hotel, todo lo que sucede en su, eso sí, extraordinario final) es cuando se aprecia mucho más el resultado. Pero todo parece llegar algo tarde y deja la película en un quizá algo elitista quiero y no puedo al que le falta emoción y sobre todo mucho texto que explique las razones de lo que sucede, no porque lo deje en manos del espectador sino porque no parece saber cómo incluirlas. Lo intenta, se atisban muchas cosas, pero una vez llegado el final es difícil formar un puzle razonable. Distrae pero no llena.

domingo, febrero 05, 2012

'Moneyball', conmovedora y emocionante metáfora de la vida

Que nadie se engañe. Moneyball. Rompiendo las reglas no es una película sobre béisbol. No es tampoco una película de Brad Pitt. No es una historia real. No es una americanada. O quizá sí lo es. Quizá si es todas esas cosas. Y si se quedara ahí, se habría convertido en un titulito más que pasa por la cartelera convenciendo sólo a los aficionados a este singular deporte y a los que admiren al actor protagonista. Pero no se queda ahí, afortunadamente eso es sólo el punto de partida para construir algo mucho más grande. Moneyball es un retrato conmovedor emocionante. ¿Retrato del béisbol? No, retrato de un hombre y, sobre todo, retrato de la vida. Es una hermosa metáfora convertida en película que incita a sentir, a emocionarse, a empaparse de todos los detalles de un mundo muy concreto que no es necesario conocer para sentir empatía por sus protagonistas. Si encima se conoce, Moneyball es sencillamente una película imprescindible, porque entiende perfectamente de lo que está hablando. Entiende las sensaciones que deja el deporte, entiende la vida.

Lo que ofrece Moneyball es un apasionado relato de lo que aconteció en 2002 en un modesto club americano de béisbol, el Oakland Athletics, desde el punto de vista de su manager, Billy Beane, una antigua promesa de este deporte que no llegó jamás a triunfar, y el atípico ayudante que contrata, Peter Brand, un joven licenciado en económicas que tiene un sistema basado en cifras y estadísticas y no en los clásicos ojeadores de jugadores para revolucionar la gestión de un equipo de béisbol. Da igual saber o no qué pasó en aquella temporada para conectar enseguida con la historia, gracias a un prodigioso arranque de película. Bennett Miller, que hasta ahora sólo había dirigido la irregular Truman Capote y hace ya de eso siete años, se revela como un extraordinario pintor de las emociones humanas que genera el deporte. Es irresistible el retrato que hace de Beane sólo con esa escena inicial, y que encuentra un desarrollo maravillosa en las poco más de dos horas siguientes. Así, Moneyball llega a ser un hermoso retrato de un equipo pequeño con el que se puede identificar el seguidor de cualquier deporte.

Con esa descripción de la película, habrá quien piense que esto es sólo cine para aficionados al deporte. Y no. Esto es cine y del grande. Billy Beane es un personaje de carne y hueso. Los Oakland Athletics son un equipo real. Y la película es una metáfora de la vida. "Just enjoy the show" ("Sólo disfruta del espectáculo") son las últimas palabras que se pronuncian en Moneyball, en un cierre hermosísimo, con dos escenas que describen a la perfección lo que quiere contar esta cinta, tan fresca y emocionante como sincera. Metáfora de la vida, decía, y es que el deporte en el cine suele tener esa cualidad. Suele dar algo más, y suele funcionar además con deportes de los que uno no es necesariamente seguidor, caso del béisbol aquí pero también en casi todos los títulos que usan el boxeo como temática. Ojalá me equivocara, pero creo que en España jamás veremos una película tan hermosa como esta sobre fútbol, y no será por bonitas historias que tiene este deporte tan seguido en nuestro país. Mientras tanto, tendremos que seguir disfrutando con esas historias más grandes que la vida que sólo Hollywood parece dominar. Americanada, sí. Y eso es bueno, por peyorativo que quiera ser el término para algunos.

Todo lo descrito anteriormente es producto del gran hacer de Miller en la dirección, y sobre todo de Steven Zaillian y Aaron Sorkin en el guión. Juntos juegan a la perfección con las emociones que hay en el filme, subrayan con un buen gusto admirable los momentos deportivos y también los personales, ofrecidos en su justa medida, sin saturar y sin desviar la atención (la modélica escena con su ex mujer o los preciosos momentos con su hija). Se ve la soledad del perdedor, la grandeza del pequeño, la fuerza de la ilusión. Y tanta genialidad que hay descrita en la pantalla encuentra un reflejo portentoso en Brad Pitt. Nunca ha sido un actor que me gustase. Siempre he visto a Brad Pitt y no a su personaje. Pero aquí no. Aquí llena la pantalla, se transforma en una persona de carne y hueso, construye un personaje memorable, formidablemente bien apoyado en la sorpresa del filme, un Jonah Hill que demuestra a Hollywood que actores de su aspecto orondo y simpático también pueden bordar personajes dramáticos. Juntos dan vida a una historia casi de dos personajes, tres si se quiere contar al entrenador del equipo, escaso papel, algo desaprovechado en la segunda mitad del filme, para un como siempre formidable Philip Seymour Hoffman.

Moneyball es un precioso y preciso relato deportivo, pero sobre todo humano. Billy Beane no es sólo el manager de un equipo de béisbol que tiene la victoria entre ceja y ceja a pesar de no haberla conseguido nunca. Es también, en los magníficos flashbacks que incluye Bennett, un joven que tiene que decidir entre una carrera deportiva y una beca universitaria. Es un hombre que tiene que hacer frente al fracaso, en el deporte y en la vida, que tiene una hija a la que adora, que tiene un trabajo que hace lo mejor que puede y en el que piensa minuto a minuto. Es un hombre que tiene sueños e ilusiones. Como todos nosotros. Por eso es tan fácil empatizar con el personaje que han descrito Pitt, Bennett, Zaillian y Sorkin en una genial confabulación de talentos que crea momentos inolvidables. Luego también hay béisbol, por supuesto, retratado con belleza (narrativa y sensorial) incluso para quienes no entendemos los pormenores de esa disciplina, pero esa es la metáfora. Lo que importa en Moneyball es todo lo demás, lo que emociona y conmueve, lo que hace recordar una vez más lo grande que puede ser el cine.