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viernes, julio 17, 2015

'Una historia real', genialidad diluida

Es justo decir que en Una historia real hay bastante genialidad, pero también hay que señalar que se queda algo diluida. La razón es casi obvia. Rupert Goold, director del filme, tiene una amplísima experiencia sobre las tablas, en el escenario, pero este es su primer largometraje comercial y el tercero si contamos dos experiencias televisivas, ambas de corte shakespeariano. ¿Qué quiere decir esto? Que saca lo mejor de sus actores protagonistas, pero no termina de ser capaz de darle a la película una forma que satisfaga del todo. Y eso que arranca la película de una forma que no puede parecer más brillante e intrigante, pero con el paso de los minutos se va haciendo más evidente que ninguno de los temas o los tonos propuestas va a cobrar tanta importancia como el sensacional duelo interpretativo que mantienen Jonah Hill y James Franco y la conexión emocional y personal que se establece entre sus dos personajes. Y es una pena que no se llegue más lejos porque había un material interesante para lograrlo.

Una historia real sigue los pasos de un periodista del New York Times caído en desgracia y de un hombre acusado de matar a su mujer y sus tres hijos al que han detenido usando como alias precisamente el nombre de ese periodista. Eso hace que los dos se conozcan en la cárcel y comience a desarrollarse una relación entre ellos llena de matices. El punto de partida, el periodismo y sus límites, se olvida demasiado pronto. Las motivaciones del periodista tampoco terminar de actuar como motor de las acciones del personaje de Hill, sólo como una excusa para contextualizar en los primeros minutos. Y el toque de thriller que podía derivar del crimen del personaje de Franco (con el que, de hecho, arranca la película de una forma a medio camino entre lo poético y lo tramposo) queda demasiado tiempo aparcado hasta servir como base para la inevitable escena judicial. Es decir, que la película tiene unos claros altibajos y un uso no del todo adecuado de lo que plantea.

¿Pero qué sucede? Que Hill y Franco están inmensos. En el caso del segundo incluso invita a una reflexión mayor, porque da mucha más rabia ver a un actor con semejante potencial en películas desmadradas, de las que ha hecho muchas, y con las que seguro que se lo pasa genial pero que no dejan de ser muy poca cosa para su capacidad. Y hay un tercer elemento que, además, sirve para explicar lo bueno y lo malo de la película: Felicity Jones. Esa extraordinaria mezcla de fragilidad y fortaleza que esconde la actriz era perfecta para su papel, la pareja del periodista que, en teoría, va viendo cómo este va sumergiéndose cada vez más en el turbio mundo del pretendido asesino. Pero Una historia real desperdicia esa baza. No sabe qué hacer con ella. El personaje no tiene la presencia necesaria salvo en una escena, brillante por sí sola pero que acaba completamente descolgada de la historia. Es, efectivamente, la demostración de que en Una historia real había muchas posibilidades pero pocas concreciones.

Hill, Franco y Jones justifican la película con creces. Ver a estos tres grandes actores en acción en una marco con bastantes posibilidades hace que Una historia real se sostenga razonablemente bien durante sus 99 minutos. Pero al mismo tiempo queda una sensación extraña porque en todo momento da la sensación de que la película podría haber sido mucho más. Goold cae incluso en un vacío momento musical que no hace más que privarnos de alguna escena más de conversación, instantes en los que el duelo entre los dos protagonistas hacen que la película suba enteros. Es verdad que el remate es fascinante y sirve para salir de la película convencidos de que lo que hemos visto no es otra cosa que un retrato sobre la obsesión, pero de la misma manera es inevitable pensar que ni siquiera Goold sostiene esa base durante muchos momentos de su película. Por eso hay genialidad, la de su reparto, pero se queda diluida en un filme que está lejos de ser redondo.

lunes, enero 20, 2014

'El lobo de Wall Street', un Scorsese desatado pero no redondo

Martin Scorsese desatado. Eso es El lobo de Wall Street por encima de cualquier otra cosa. Y siendo por ese mismo motivo una película gozosa en su exageración, en sus escenas de sexo y desenfreno de todo tipo, también es obligado decir que está lejos de ser un filme redondo o uno de los verdaderamente grandes de su mítico director. Lo es en algunos aspectos, pero no como obra completa. Juegan en su contra el inmenso parecido narrativo con Uno de los nuestros y una duración de 180 minutos que se antoja excesiva. Y aunque Scorsese es un maestro manejando el tiempo y las elipsis, también aquí, lo cierto es que la película se le escapa en su segunda mitad. Claro que eso también es resultado de que la primera mitad es sencillamente magistral, en su narrativa, en sus diálogos, en sus personajes... En todo, en realidad, incluso en su descarado exceso, uno que disfrutarán mucho quienes no asimilaron La invención de Hugo como un filme propio de su director. Pero no da la impresión de ser tan completo como le habría gustado.

El principal lastre son esos 180 minutos, una duración que supera en un par de minutos la de Casino y en algo más de media hora la de su claro referente, Uno de los nuestros. ¿Hacían falta? La tentación de decir "sí" proceden del ritmo infernal y apabullante de su arranque, que hace que el espectador se sienta partícipe de la orgía de sexo y drogas que vive su protagonista, Jordan Belfort, un broker de Wall Street con una única meta en la vida, meterse en sus bolsillos el dinero de los inversores en un juego malévolo que camina a ambos lados de la Ley. Pero en realidad, al final, no acaba compensando. Ahí, ese ritmo baja, no todo parece tan trascendente como lo que acontece hasta la hora y media y acentúa que algunos personajes han quedado algo desdibujados (como por ejemple el padre de Jordan, interpretado por Rob Reiner), algunos infravalorados (el de Naomi, principal papel femenino, en manos de Margot Robbie) y otros por desgracia reducidos a apariciones que rozan el cameo (el del un descomunal Matthew McConaughey).

Lo que es difícil considerar como un lastre, por mucha polémica que se quiera organizar a su alrededor, es el exceso. Es la razón de ser de la película y no hay duda alguna, porque así se plantea desde su secuencia inicial. Por eso engancha tan fácilmente el personaje de un Leonardo DiCaprio que, siendo un actor al que gusta la exageración, vive un extraordinario desmadre dando vida a este personaje. Con su scorsesiana narración, omnipresente en la voz en off, en ocasiones hablando directamente al espectador y apareciendo en prácticamente todos los planos de la película, consigue un trabajo fascinante, asombroso y, sí, desatado. Y es que todo lo que destaca en El lobo de Wall Street es lo que sobrepasa los límites, incluyendo a un Jonah Hill excepcional, la descarnada realidad económica que plantea la película, la devastadora exposición que hay en la película sobre el consumo de drogas (que en algún momento roza la glorificación... pero lo hace de una forma cinematográficamente tan extraordinaria que no hay polémica alguna a poco que se medite), y, en general, el retrato que muestra del ser humano y sus instintos más primarios.

Si a eso unimos el como siempre sensacional uso que Scorsese hace de la música (y el chiste privado del segundo tema que suena en los créditos, la última broma de una película que es muy divertida), su portentoso dominio de la cámara y un reparto excepcional, es evidente que ver El lobo de Wall Street está lejos de ser una pérdida de tiempo. Y por momentos se convierte en algo imprescindible, divertido, salvaje y sin límites. Pero queda la sensación de que falta algo, de que la grandeza que hay no tiene el cierre adecuado, que su final se prolonga demasiado o que el magistral uso de la elipsis y los saltos en el tiempo que por momentos muestra Scorsese no es una constante en toda la película. Es evidente que quería contar el ascenso, la gloria y la caída del personaje protagonista, pero todo eso junto acaba siendo demasiado y dejando una cierta sensación de irregularidad que, hay que insistir en ello, procede de la segunda mitad de la película. Ahí hay momentos increíblemente brillantes (y a veces lejos del exceso, como el cierre en el metro de una de las subtramas) pero otros que no terminan de convencer. Aún así, Scorsese es un imprescindible.

domingo, febrero 05, 2012

'Moneyball', conmovedora y emocionante metáfora de la vida

Que nadie se engañe. Moneyball. Rompiendo las reglas no es una película sobre béisbol. No es tampoco una película de Brad Pitt. No es una historia real. No es una americanada. O quizá sí lo es. Quizá si es todas esas cosas. Y si se quedara ahí, se habría convertido en un titulito más que pasa por la cartelera convenciendo sólo a los aficionados a este singular deporte y a los que admiren al actor protagonista. Pero no se queda ahí, afortunadamente eso es sólo el punto de partida para construir algo mucho más grande. Moneyball es un retrato conmovedor emocionante. ¿Retrato del béisbol? No, retrato de un hombre y, sobre todo, retrato de la vida. Es una hermosa metáfora convertida en película que incita a sentir, a emocionarse, a empaparse de todos los detalles de un mundo muy concreto que no es necesario conocer para sentir empatía por sus protagonistas. Si encima se conoce, Moneyball es sencillamente una película imprescindible, porque entiende perfectamente de lo que está hablando. Entiende las sensaciones que deja el deporte, entiende la vida.

Lo que ofrece Moneyball es un apasionado relato de lo que aconteció en 2002 en un modesto club americano de béisbol, el Oakland Athletics, desde el punto de vista de su manager, Billy Beane, una antigua promesa de este deporte que no llegó jamás a triunfar, y el atípico ayudante que contrata, Peter Brand, un joven licenciado en económicas que tiene un sistema basado en cifras y estadísticas y no en los clásicos ojeadores de jugadores para revolucionar la gestión de un equipo de béisbol. Da igual saber o no qué pasó en aquella temporada para conectar enseguida con la historia, gracias a un prodigioso arranque de película. Bennett Miller, que hasta ahora sólo había dirigido la irregular Truman Capote y hace ya de eso siete años, se revela como un extraordinario pintor de las emociones humanas que genera el deporte. Es irresistible el retrato que hace de Beane sólo con esa escena inicial, y que encuentra un desarrollo maravillosa en las poco más de dos horas siguientes. Así, Moneyball llega a ser un hermoso retrato de un equipo pequeño con el que se puede identificar el seguidor de cualquier deporte.

Con esa descripción de la película, habrá quien piense que esto es sólo cine para aficionados al deporte. Y no. Esto es cine y del grande. Billy Beane es un personaje de carne y hueso. Los Oakland Athletics son un equipo real. Y la película es una metáfora de la vida. "Just enjoy the show" ("Sólo disfruta del espectáculo") son las últimas palabras que se pronuncian en Moneyball, en un cierre hermosísimo, con dos escenas que describen a la perfección lo que quiere contar esta cinta, tan fresca y emocionante como sincera. Metáfora de la vida, decía, y es que el deporte en el cine suele tener esa cualidad. Suele dar algo más, y suele funcionar además con deportes de los que uno no es necesariamente seguidor, caso del béisbol aquí pero también en casi todos los títulos que usan el boxeo como temática. Ojalá me equivocara, pero creo que en España jamás veremos una película tan hermosa como esta sobre fútbol, y no será por bonitas historias que tiene este deporte tan seguido en nuestro país. Mientras tanto, tendremos que seguir disfrutando con esas historias más grandes que la vida que sólo Hollywood parece dominar. Americanada, sí. Y eso es bueno, por peyorativo que quiera ser el término para algunos.

Todo lo descrito anteriormente es producto del gran hacer de Miller en la dirección, y sobre todo de Steven Zaillian y Aaron Sorkin en el guión. Juntos juegan a la perfección con las emociones que hay en el filme, subrayan con un buen gusto admirable los momentos deportivos y también los personales, ofrecidos en su justa medida, sin saturar y sin desviar la atención (la modélica escena con su ex mujer o los preciosos momentos con su hija). Se ve la soledad del perdedor, la grandeza del pequeño, la fuerza de la ilusión. Y tanta genialidad que hay descrita en la pantalla encuentra un reflejo portentoso en Brad Pitt. Nunca ha sido un actor que me gustase. Siempre he visto a Brad Pitt y no a su personaje. Pero aquí no. Aquí llena la pantalla, se transforma en una persona de carne y hueso, construye un personaje memorable, formidablemente bien apoyado en la sorpresa del filme, un Jonah Hill que demuestra a Hollywood que actores de su aspecto orondo y simpático también pueden bordar personajes dramáticos. Juntos dan vida a una historia casi de dos personajes, tres si se quiere contar al entrenador del equipo, escaso papel, algo desaprovechado en la segunda mitad del filme, para un como siempre formidable Philip Seymour Hoffman.

Moneyball es un precioso y preciso relato deportivo, pero sobre todo humano. Billy Beane no es sólo el manager de un equipo de béisbol que tiene la victoria entre ceja y ceja a pesar de no haberla conseguido nunca. Es también, en los magníficos flashbacks que incluye Bennett, un joven que tiene que decidir entre una carrera deportiva y una beca universitaria. Es un hombre que tiene que hacer frente al fracaso, en el deporte y en la vida, que tiene una hija a la que adora, que tiene un trabajo que hace lo mejor que puede y en el que piensa minuto a minuto. Es un hombre que tiene sueños e ilusiones. Como todos nosotros. Por eso es tan fácil empatizar con el personaje que han descrito Pitt, Bennett, Zaillian y Sorkin en una genial confabulación de talentos que crea momentos inolvidables. Luego también hay béisbol, por supuesto, retratado con belleza (narrativa y sensorial) incluso para quienes no entendemos los pormenores de esa disciplina, pero esa es la metáfora. Lo que importa en Moneyball es todo lo demás, lo que emociona y conmueve, lo que hace recordar una vez más lo grande que puede ser el cine.