Mostrando entradas con la etiqueta James Franco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta James Franco. Mostrar todas las entradas

viernes, julio 17, 2015

'Una historia real', genialidad diluida

Es justo decir que en Una historia real hay bastante genialidad, pero también hay que señalar que se queda algo diluida. La razón es casi obvia. Rupert Goold, director del filme, tiene una amplísima experiencia sobre las tablas, en el escenario, pero este es su primer largometraje comercial y el tercero si contamos dos experiencias televisivas, ambas de corte shakespeariano. ¿Qué quiere decir esto? Que saca lo mejor de sus actores protagonistas, pero no termina de ser capaz de darle a la película una forma que satisfaga del todo. Y eso que arranca la película de una forma que no puede parecer más brillante e intrigante, pero con el paso de los minutos se va haciendo más evidente que ninguno de los temas o los tonos propuestas va a cobrar tanta importancia como el sensacional duelo interpretativo que mantienen Jonah Hill y James Franco y la conexión emocional y personal que se establece entre sus dos personajes. Y es una pena que no se llegue más lejos porque había un material interesante para lograrlo.

Una historia real sigue los pasos de un periodista del New York Times caído en desgracia y de un hombre acusado de matar a su mujer y sus tres hijos al que han detenido usando como alias precisamente el nombre de ese periodista. Eso hace que los dos se conozcan en la cárcel y comience a desarrollarse una relación entre ellos llena de matices. El punto de partida, el periodismo y sus límites, se olvida demasiado pronto. Las motivaciones del periodista tampoco terminar de actuar como motor de las acciones del personaje de Hill, sólo como una excusa para contextualizar en los primeros minutos. Y el toque de thriller que podía derivar del crimen del personaje de Franco (con el que, de hecho, arranca la película de una forma a medio camino entre lo poético y lo tramposo) queda demasiado tiempo aparcado hasta servir como base para la inevitable escena judicial. Es decir, que la película tiene unos claros altibajos y un uso no del todo adecuado de lo que plantea.

¿Pero qué sucede? Que Hill y Franco están inmensos. En el caso del segundo incluso invita a una reflexión mayor, porque da mucha más rabia ver a un actor con semejante potencial en películas desmadradas, de las que ha hecho muchas, y con las que seguro que se lo pasa genial pero que no dejan de ser muy poca cosa para su capacidad. Y hay un tercer elemento que, además, sirve para explicar lo bueno y lo malo de la película: Felicity Jones. Esa extraordinaria mezcla de fragilidad y fortaleza que esconde la actriz era perfecta para su papel, la pareja del periodista que, en teoría, va viendo cómo este va sumergiéndose cada vez más en el turbio mundo del pretendido asesino. Pero Una historia real desperdicia esa baza. No sabe qué hacer con ella. El personaje no tiene la presencia necesaria salvo en una escena, brillante por sí sola pero que acaba completamente descolgada de la historia. Es, efectivamente, la demostración de que en Una historia real había muchas posibilidades pero pocas concreciones.

Hill, Franco y Jones justifican la película con creces. Ver a estos tres grandes actores en acción en una marco con bastantes posibilidades hace que Una historia real se sostenga razonablemente bien durante sus 99 minutos. Pero al mismo tiempo queda una sensación extraña porque en todo momento da la sensación de que la película podría haber sido mucho más. Goold cae incluso en un vacío momento musical que no hace más que privarnos de alguna escena más de conversación, instantes en los que el duelo entre los dos protagonistas hacen que la película suba enteros. Es verdad que el remate es fascinante y sirve para salir de la película convencidos de que lo que hemos visto no es otra cosa que un retrato sobre la obsesión, pero de la misma manera es inevitable pensar que ni siquiera Goold sostiene esa base durante muchos momentos de su película. Por eso hay genialidad, la de su reparto, pero se queda diluida en un filme que está lejos de ser redondo.

viernes, febrero 06, 2015

'The Interview', márketing gamberro

En The Interview se habla de la manipulación mediática. De pasada, no es ni mucho menos un tema trascendental en esta comedia de Seth Rogen y Evan Goldberg, pero se habla. Y cuando se escucha ese diálogo y se recuerdan los ríos de tinta (y bits informáticos) que han corrido en torno a esta película, es hasta lícito preguntarse si no estamos ante una estudiada campaña de marketing. No por el ataque informático que sufrió Sony, por supuesto, sino por el propio concepto de la película. ¿Utilizan Goldberg y Rogen a Corea del Norte en su historia para generar un movimiento cuyas consecuencias se han escapado de las manos de cualquier de sus responsables? Quién sabe. Lo que sí está claro es que sin semejante maquinaria de márketing, voluntaria o involuntaria, The Interview habría sido una película más, una gamberrada que habría llamado la atención de los aficionados de sus responsables pero poco más. Ahora, lanzar un ataque informático por esta película equivaldría a que Lepe tratara de invadir España por los chistes.

Ridículo, sí, pero es lo que ha dado fama a una película que no pasa de ser lo que es, un divertimento gamberro, escatológico y desenfrenado que encaje perfectamente en las filmografías de sus autores y que tiene un público muy preciso. Con un desatado, histriónico y sobreactuado hasta el aburrimiento James Franco y un Seth Rogen que multiplica su responsabilidad en la película como director, guionista, productor y protagonista, lo que cuenta The Interview es la historia de un showman televisivo y su productor que consiguen cerrar una entrevista con el dictador de Corea del Norte, Kim Jong-Un. La cinta se convierte así en una especie de sátira sobre los medios de comunicación, sobre la política, sobre el mundo de los espías y sobre lo que quieran Rogen y Franco, porque en realidad esto no es más que un show privado de dos personas (de alguna más, eso puede admitirse, pero los focos son para ellos) que hará gracia a quienes conecten con su humor y probablemente llegará a desesperar a quienes no.

Rogen, Goldberg y Franco no apuestan por el humor inteligente, sino por algo mucho más bruto, menos pulido. Ninguna sorpresa por ahí, claro, aunque eso no quiere decir que no haya grandes momentos. Lo cierto es que resulta difícil que en unos largos 112 minutos de película no haya chistes muy acertados. Lo malo es que casi todos se condensan en el primer cuarto de hora de la película (de largo lo mejor... cuando ni siquiera se ha planteado el tema central del filme y el que tanta polémica generó) y en el desatado tramo final. Y lo curioso es que lo que mejor funciona es el humor referencial, los cameos, las alusiones a personajes conocidos. El mejor ejemplo está en esa primera entrevista que aparece en el filme a un músico sobradamente conocido (nada de spoilers, mejor verlo en la película), con diferencia lo más hilarante y donde la exageración de Franco sí encaja con más acierto. ¿Suficiente? Probablemente no, porque todo eso se puede disfrutar en pequeñas dosis, como sketches, y no como parte de una película.

Pero el caso es que The Interview ha encontrado, por azar o por buscada polémica, una repercusión que no se corresponde con lo que ofrece. La gamberrada es obvia, plana y sincera, porque hoy en día son muchas las comedias que parecen más pensadas para divertir a sus artífices que a sus espectadores. Eso, desde luego, genera cierto efecto contagio en el espectador, no estamos hablando de una comedia sin gracia, pero sí una con un humor muy evidente. No hay más que repasar las filmografías de Rogen, Franco o Goldberg para saber si The Interview es una película que pueda gustar a cada espectador. No es ninguna sorpresa ni tampoco esconde nada revolucionario. Eso, que era evidente, queda enmascarado por la polémica internacional en la que se ha visto envuelto el filme, dejando una lección preocupante: incluso si no hay talento, molesta a alguien con poder y se hablará de tu película. Con lo fácil que era preparar una película que gustara a su grupo de fans más previsible.

viernes, marzo 08, 2013

'Oz, Un mundo de fantasía', Sam Raimi sale airoso

Qué difícil se antoja decir algo contundente y definitivo sobre Oz, un mundo de fantasía. ¿Es una mala película? No, no lo es, por supuesto que no, aunque tiene defectos clamorosos en unos diálogos que se prestan tanto a dobles interpretaciones o a risas inadecuadas que acaban naufragando en determinados momentos. ¿Pero es una buena película? Dan ganas de decir que sí, lo merece viendo el gran despliegue visual que orquesta Sam Raimi, muy superior al que mostró Tim Burton en Alicia en el País de las Maravillas, o lo conseguidas que están algunas secuencias, emocionantes y divertidas, pero es que la comparación con El Mago de Oz es tan palpable en cada momento, en cada escenario y en cada personaje que se convierte en un fantasma que ahoga esta precuela. Al final, y a pesar de las distraídas interpretaciones de algunos de los actores de más renombre y de un exceso digital que en ocasiones empalaga, la sensación es que Raimi sale airoso de un trance realmente complejo, que es el de superar a una leyenda de Hollywood cuando el público contemporáneo ya no está tan dispuesto a creerse las dosis de almíbar y buenos sentimientos que hizo del cine de la edad dorada de Hollywood algo tan hermoso.

Oz luce con esplendor en las manos de Raimi, que decide seguir las mismas pautas que el clásico mundo en el que está basado. Es decir, inicio en Kansas en blanco y negro (y en formato 4:3 y no panorámico) para después provocar en la pantalla el estallido de color y escenarios imposibles que no consiguió Burton con su Alicia. A pesar de que hay elementos más que logrados en cuanto a las referencia al conocido musical El Mago de Oz (en especial, en el clímax final) quizá sea un error querer hacer la misma traslación de personajes del mundo real al de Oz, porque en la deliciosa película de Victor Fleming que protagonizó Judy Garland aquello tenía una razón de ser y era completa, mientras que aquí es demasiado parcial, enfocada en apenas un par de personajes y no funciona... especialmente en la versión doblada, pues la correlación afecta a algún personaje digital. Es la imaginería visual, y en la hermosa correlación musical que establece Danny Elfman, donde Oz (curioso, por cierto, que el título haga referencia originalmente al Mago, grande y poderoso, y el español a la tierra, un mundo de fantasía) alcanza sus cotas más logradas.

En el escenario y en el protagonista. James Franco, una figura extraña de analizar por lo dispar de su carrera y por aquel fracaso como presentador de los Oscar, disfruta con su papel de mago tramposo y tunante, mujeriego y algo cínico, convirtiéndose, más incluso de lo que habría sido previsible en una producción en la que los efectos especiales tienen tanto que decir, en el centro absoluto de la función. Sin embargo, y he aquí la mayor decepción de la película, el trabajo de las actrices que le acompañan es frío y rutinario. Mila Kunis, Michelle Williams y Rachel Weisz están fuera de su elemento, no son capaces de actuar con comodidad ante tanta pantalla verde y se quedan muy lejos de lo que podrían haber conseguido con sus personajes. Muy lejos de verdad. Kunis es la actriz que más evidente hace esa sensación, ya que la química que manifiesta con Franco es sensiblemente inferior que la que éste consigue con un mono alado digital que se convierte en uno de los mejores hallazgos de la película y, de largo en lo más divertido de la película, que se alarga hasta los 130 minutos.

Aunque a los diálogos de Oz puede que les falte una revisión o dos, lo cierto es que da la impresión de que fallan en boca de estas actrices más que en el papel. A la hora de entrar en un universo de fantasía, que sus intérpretes se crean lo que están diciendo, por imposible que parezca, es esencial. No hay más que ver películas como la ya mencionada El Mago de Oz, Willow, La princesa prometida y tantas otras. ¿Son menos creíbles los diálogos de Oz, un mundo de fantasía? Probablemente no, pero suenan peor. Eso no impide reconocer el espléndido trabajo de dirección artística y efectos especiales, ni resta méritos al esfuerzo cómico y carismático que hace James Franco durante toda la película, ni elimina secuencias tan bien construidas como el hallazgo de la figura de porcelana o tan divertidas como la presentación al Mago de los pueblos de Oz (con la inevitable y divertidísima referencia musical), pero sí limita el resultado final, que podría haber sido mucho más ambicioso y conseguido.

Oz, un mundo de fantasía es un filme atractivo y divertido, pero precisamente por esas limitaciones algo inferior a lo que podría haber sido. Funciona mucho mejor que otras fantasías recientes porque Raimi es un director ya experimentado en estas lides que hace funcionar ideas alocadas y que consigue un buen equilibrio entre los personajes reales y los secundarios y los escenarios creados en el ordenador (aunque, insisto, pueden antojarse excesivos). Y da gusto que un director como Raimi, muy conocido por la trilogía de Spider-Man o por sus experimentos de terror tan excesivos como divertidos en Arrástrame al infierno o la saga Evil Dead, sepa moverse como pez en el agua en otro tipo de fantasía, manteniendo al mismo tiempo constantes que hacen de su trabajo algo especial (como el necesario cameo de Bruce Campbell, difícil de reconocer si no se está muy atento). Al final, la película es una bonita fantasía amable en la que chirrían elementos como algunos diálogos malinterpretables (¿quizá es algo buscado?) o Mila Kunis con su asombroso sombrero de fiesta.

miércoles, agosto 10, 2011

'El origen del planeta de los simios', valiente pero limitada

Cuando se anunció una nueva entrega de la saga de El planeta de los simios, esta vez planteada como una precuela al nivel más absoluto posible, es decir, el inicio del inicio, pensé en dos opciones. Podía ser un producto risible, ridículo y estrambótico, sin pies ni cabeza ni relación alguna con la mitología de este universo. O bien podía ser una película sumamente original, que sentara cátedra, que se convirtiera en un prodigioso espectáculo y en un sincero homenaje a aquella película que inició la saga e hizo historia a finales de los años 60. Vista El origen del planeta de los simios, ninguna de las dos posibilidades se ajusta a la película que nos han entregado. Es un buen espectáculo, pero sobre todo un filme valiente en muchos tramos e ideas. Pero también es un típico producto veraniego, con sobredosis de efectos digitales y demasiados cabos sueltos. Está siendo todo un éxito de público y también de crítica. Para mí, es un título que merece la pena ver pero que tiene muchos defectos como para pensar que estamos ante algo totalmente diferente.

Acostumbrados a que las películas se promocionen con el nombre de los actores o (en algunos casos contados) del director, sorprende relativamente que El origen del planeta de los simios tenga un solo nombre como carta de presentación: Weta, la compañía de efectos especiales. Sorpresa relativa, digo, porque aunque no es lo usual sí supone el reconocimiento de algo que viene aquejando a las superproducciones veraniegas desde hace ya muchos años, la supremacía de los efectos especiales por encima de todo. Y esa supremacía deja un sabor contradictorio. Es innegable que los efectos están a gran altura. Andy Serkis, el actor más cotizado del mundo a la hora de aportar su movimiento corporal y facial a todo tipo de personajes y criaturas, es el chimpancé de la película, y su interacción con el mundo real resulta asombrosa. Sin embargo, hay un abuso de los planos digitales, de movimientos de cámara irreales, que restan verosimilitud y añaden artificiosidad al conjunto final. Esos momentos son achacables a la impericia de su casi debutante director, Rupert Wyatt.

Asombrados o no por los logros visuales de la película, lo cierto es que hay que reconocer la valentía que tiene la película en lo temático. No es habitual que se trate a un animal como un protagonista más (incluso como EL protagonista en diversos tramos de la película), y menos que se haga con tanta inteligencia como aquí. Caesar, el simio cuya historia se nos narra, el que abrirá el camino para que los primates sean la especie dominante en el planeta, es un personaje espléndidamente bien trazado, que encuentra un origen creíble y bien definido. Por desgracia, el guión no trata tan bien a los personajes humanos. Todos, sin excepción y aunque en alguno se note incluso más que en otros, forman parte de un conjunto de estereotipos sin demasiado interés. El científico noble pero ambicioso (James Franco), la chica simpática y poco más (Freida Pinto), el padre sin más trascendencia que la que le da su enfermedad (John Ligthgow)... Es evidente que la película tenía más interés en los simios que en los humanos.

Por eso, las mejores escenas de la película son las que dan el protagonismo a los simios, sean aquellas en las que se explica la evolución de la mente de Caesar o la explosión de violencia final, realmente formidable en todos sus aspectos pero especialmente en su endiablado ritmo. Decía que es una película valiente, y lo es sobre todo por su descripción de los simios, por el trato que les da y por las acciones que acometen en esa parte final. No es fácil moverse entre la frontera del ridículo y de lo espectacular, y el caminar de El origen del planeta de los simios por esa línea es ejemplar, incluso en los momentos más descabellados (que no procede desvelar para no matar la sorpresa, por supuesto). Por eso se nota tanto el desnivel que hay con respecto a los personajes humanos, porque el perfil del simio (de los simios, en realidad) es sobresaliente. En esto no sobra nada, e incluso la película podría enriquecerse si se hubiera estirado algo más (apenas sobrepasa los 100 minutos, una duración poco usual en las películas que quieren asaltar la taquilla veraniega, que con demasiada facilidad se van a las dos horas y media).

Pero el gran problema de la película, el que de verdad limita su alcance, está en la voluntad de dejar una historia inconclusa. Es difícil decir si esto obedece a a la pretensión de crear una nueva saga o si era la intención original de guionistas y director, pero yo lo siento como algo que va en contra de la película. El origen del planeta de los simios pide a gritos un final a la historia, y no sólo a los acontecimientos que se desencadenan al final de la película. Un final, por abierto que sea, que siga el modelo de la película original. Pero, claro, ahí ya hablamos de palabras mayores. Mucho se ha comentado acerca de que esta precuela ignore el remake que dirigió Tim Burton de El planeta de los simios hace ya una década, pero lo cierto es que también se salta algunas premisas del planteamiento original de la saga (como evidencia el epílogo del filme de Wyatt). Por supuesto, los guiños a los aficionados más clásicos no podían faltar, por mucho que la acción de la película tenga lugar en San Francisco. Atentos al momento de la mítica frase, la más conocida de la saga, que aquí vuelve a sonar con esplendor.

Un final limitado, el flojo retrato de los personajes humanos y la irrealidad de algunos planos de efectos visuales hacen que El origen del planeta de los simios no sea una película redonda. Su valentía en muchos aspectos y un poderoso clímax (de casi media hora de duración) son grandes logros. Es lo de siempre, el vaso estará medio lleno o medio vacío según lo decida cada espectador. Para casi todos, ésta será una película sumamente entretenida y más que digna, muy interesantes en muchos momentos y con un ritmo frenético en su tramo final. Eso ya hace que merezca la pena. Y mucho. Pero podría haber sido aún más.

martes, junio 14, 2011

'Caballeros, princesas y otras bestias', un título de lo más adecuado

Si uno ve que una película se llama Your Highness, igual corre el riesgo de pensar que puede esconder algo digno. Si uno, en cambio, ve esa misma película con el título Caballeros, princesas y otras bestias, no le queda más remedio que comprender que lo que está a punto de ver es algo terrible. Pero, claro, si ese mismo espectador ve en el reparto nombres como los de James Franco o Natalie Portman puede pensar que igual no es tan malo el espectáculo que va a presenciar. Error. Craso error. Caballeros, princesas y otras bestias es horrible, una parodia sin gracia que sólo sabe encadenar sin ningún sentido chistes de índole sexual. Uno tras otro. Uno tras otros. Inagotables al desaliente. Y el siguiente con menos gracia aún que el anterior. Y, sí, con Natalie Portman, James Franco y otros actores de cierto prestigio paseando por este desaguisado sin pies ni cabeza en el que sólo cabe esperar que se lo hayan pasado estupendamente durante el rodaje para entender cómo se han metido en este proyecto. Esta vez es obligado dar las gracias a los traductores españoles por avisarnos. Me uno al aviso.

La fantasía es un género que da mucha libertad para introducir elementos cómicos. Hasta la más seria, como El Señor de los Anillos (o incluso Star Wars), se permite la introducción de elementos que provoquen la risa o la carcajada del espectador, para aliviar la tensión dramática y encontrar momentos de paz entre la acción. Si hablamos de fantasía medieval, como es el caso, me vienen a la cabeza títulos tan inolvidables como Willow o La princesa prometida, que hacían del humor una herramienta más para maravillar al espectador. Su humor era variado, a veces simple, a veces más agudo. Lo que Caballeros, princesas y otras bestias intenta hacer es parodiar ese aspecto del género (hasta aparece un pájaro mecánico que, se supone, quiere hacer referencia a la original Furia de titanes). La acumulación de gags es tan torpe como grosera, pues la comedia moderna parece haberse olvidado de que hay más formas de hacer reír que el típico, tópico y manido tema del sexo, tan tópico ya que sobrepasa los límites de lo desagradable buscando parecer políticamente incorrecto. Que haya media docena de chistes en la película sobre el miembro viril de un minotauro pueda dar una idea de por dónde van los tiros.

La excusa para montar este horrendo show de chistes sexuales está en una fantasía medieval. Fabious (James Franco) y Thadeus (Danny McBride) son dos hermanos. El primero es el perfecto caballero, valiente, aguerrido y atractivo. El segundo es un cobarde y holgazán que sólo quiere disfrutar de los placeres de la vida pero está acomplejado por los logros de su hermano. Fabious vuelve de una sus cruzadas con una mujer, su futura esposa (Zooey Deschanel), pero, como es de esperar, es raptada por un mago (Justin Theroux). Los dos hermanos partirán en su busca y por el camino encontrarán a una mujer (Natalie Portman) que completa la colección de tópicos. Dirige David Gordon Green, cuyo mayor éxito hasta la fecha es Superfumados. Y que McBride, que coincidió con el director y con James Franco en la mencionada Superfumados, ejerza de productor y guionista da una idea de lo que se pretende en Caballeros, princesas y otras bestias. Ver el pobrísimo nivel visual de la película en casi todo, desde el vestuario hasta los efectos visuales, también ayuda a ponerse en situación.

Como los únicos gags posibles en esta película son los sexuales, es evidente que Natalie Portman se despojará en algún momento de la ropa. Pero ya lo hemos visto en el trailer (entonces hubo cierta polémica porque digitalmente se modificó el tanga que lleva en la escena para que hubiera más tela y menos carne), así que no encontrará nadie ahí un motivo para perder el tiempo. La verdad es que decepciona que Portman, después de la prodigiosa interpretación de Cisne negro, haya juntado una inane comedia romántica (Sin compromiso), un limitado drama (El amor y otras cosas imposibles) y este invento. La frase "del ganador de un Premio de la Academia" que tanto gusta decir en los trailers aquí encuentra un motivo de sonrojo. Por Natalie Portman y también por James Franco (nominado por 127 horas), quien parece tomarse la película como una continuación de la gala de los Oscars que presentó hace pocos meses. E incluso por Toby Jones (hizo un Truman Capote brillante en Historia de un crimen) o Damian Lewis (uno de los protagonistas de la magnífica serie Hermanos de sangre). Nadie encuentra aquí su lugar, ni siquiera dentro de la parodia más incontrolada, aunque intuyo que McBride estará satisfecho.

¿Y qué se puede decir bueno de Caballeros, princesas y otras bestias? Pues más bien poco por no decir nada. Yo, al menos, no encontré el más mínimo motivo para reírme en una comedia que llega hasta los 100 minutos. Supongo que con eso queda todo dicho. No hay nada original en el planteamiento ni el desarrollo, los actores no son creíbles, los efectos visuales son de andar por casa. Diciendo todo eso, no me extaña lo más mínimo que la película haya costado 50 millones de dólares y apenas lleve recaudados 22. Mejor pensado, es asombroso que esta película haya costado 50 millones de dólares. Será que los actores sí hicieron un buen negocio en este proyecto después de todo. Negocio económico, claro, porque lo que es la imagen queda por los suelos. Igual vale como película de videofórum de amigotes salidos. Pero en cualquier otro ámbito se me antoja imposible que encaje esta Caballeros, princesas y otras bestias. De nuevo, gracias por el clarificador título.

miércoles, febrero 16, 2011

'127 horas', 94 minutos y un instante

Aaron Ralston estuvo atrapado cinco días en un cañón rocoso de Utah. Aguantó las 127 horas del título de la película hasta que, al final decidió cortarse el brazo, que era lo que tenía aprisionado por una gran roca. Eligió mutilarse para vivir. Danny Boyle, un director para mí sobrevalorado y que conquistó a la crítica y a los premios con la insulsa y creo que cada vez más olvidada Slumdog millonaire, ha dirigido este filme en el que se cuenta la epopeya de Ralston. Un instante, sólo un instante, es lo que realmente interesa. Y más que el momento en el que corta el brazo, señalaría el instante posterior. ¿Qué hace un hombre cuando vive algo así? He ahí el punto de interés de una película que, siendo una historia real, se pierde en el juego de la irrealidad, que parece más interesada en innovar (no lo consigue) en aspectos formales que en apelar a la humanidad de todos y cada uno de sus espectadores. De pretensiones en apariencia similares aunque en la realidad no tanto, 127 horas se queda a años luz de Buried. James Franco, eso sí, ofrece un auténtico tour de force interpretativo.

Danny Boyle sigue considerándose un rompedor, un innovador. Quizá un rebelde. No hay otra forma de entender sus excentricidades visuales en 127 horas. La fuerza de esta historia radica en que sucedió realmente. Pero lo que nosotros vemos no es una recreación, sino una fotografía que distorsiona sus elementos de buen documento. Vemos planos divididos en tres (como la secuencia inicial; si pretende ser una especie de metáfora sobre el modo de vida actual, no le pillo la relación con la historia), vemos imágenes de videocámara, vemos fotografías desplazándose por la pantalla. Vemos mucho experimento visual que ya hemos visto en ocasiones anteriores, aunque seguramente no en un porcentaje tan elevado de una misma película. Si me preguntara cómo puede ser que la parte estilística le interese más a Danny Boyle que el drama humano de su protagonista, tendría que venirme a la memoria su anterior película. Slumdog millonaire era más un documental sobre la pobreza en la India que un gran filme. Con Oscars o sin ellos. Y aquí pasa lo mismo. Hasta Ralston dice que es casi un documental de lo que le sucedió.

El caso es que, o quizá a causa de eso, narrativamente la película tarda mucho en arrancar. Quizá porque el espectador lo que está esperando ver es ese angustioso cautiverio de 127 horas que sufrió Ralston y, en cambio, Boyle da muchas vueltas antes de llegar al fatídico momento en que cae a un desfiladero y una roca aprisiona su brazo. Y a partir de ese momento, Boyle prefiere centrarse en el mundo irreal, en las alucinaciones, en los flashbacks, en los sueños, antes que en su propio protagonista. James Franco consigue, no obstante, que las escenas reales, las que corresponden cronológicamente a esa tortura accidental, sean las mejores de la película. Sobrecoge, él sí, con mucha más categoría que su director en sus elecciones, cuando se pone delante de su videocámara y narra quién es, qué le ha pasado. O esa secuencia (muy alterada, eso sí, por Boyle), en la que se lanza preguntas y responde como si estuviera en la televisión (¿es muy descabellado trazar un paralelismo con la conversación que mantienen Gollum y Smeagol en Las dos torres, segunda entrega de la trilogía de El Señor de los Anillos?).

Indudablemente, James Franco es lo mejor de 127 horas, aunque la primera opción de Danny Boyle era Cillian Murphy (el Espantapájaros de las películas de Batman de Christopher Nolan). No es fácil estar presente en todos los planos de una película. No lo es, además, cuando la historia es tan dura como ésta. Y no lo es cuando supone, además, representar el deterioro mental de una persona que teme por su vida y que está sufriendo. No es que salga airoso del trance, es que lo borda. Boyle le suaviza algo la tarea dedicando bastante tiempo del metraje a los momentos previos al accidente, cuando Ralston se encuentra con dos jóvenes perdidas con las que actúa de guía por la zona. Distracciones que, seguramente, quieren evitar que el espectador se centre en la escena que, en realidad, le ha llevado al cine. Pero es inevitable. Esa escena es dura, con mucha sangre, pero quizá menos aprovechada emocionalmente por parte del director de lo que sería deseable.

El instante marca mucho más que los 94 minutos, y eso no dice nada bueno del trabajo de Danny Boyle. La película, al final, queda como un soberbio trabajo interpretativo y el empujón para averiguar más sobre una historia humana épica. Pero después de ese instante, el castillo se derrumba. El epílogo es largo y dice poco más. Como poco había dicho antes del accidente. Boyle no consigue cerrar la película bien ni a tiempo, ni entrar en ella con la fuerza suficiente. Y le resta valor con una moraleja más propia del manual de los jóvenes castores que de la narración de un episodio sobre la naturaleza humana. 127 horas se queda como el relato decepcionante de una historia apasionante y con un actor sublime.