Mostrando entradas con la etiqueta Michelle Williams. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Michelle Williams. Mostrar todas las entradas

viernes, mayo 08, 2015

'Suite francesa', un folletín despasionado

No es ninguna sorpresa anunciar que Suite francesa es un folletín, una historia inevitablemente de amor entre una mujer francesa, esposa de un soldado desaparecido, y un oficial alemán destacado en el pueblo cercano a París en el que se desarrollan los acontecimientos. Lo que sí es más sorprendente es que esa historia no encuentre el elemento que podría haber hecho que despegara, la pasión. A Suite francesa le faltan ñoñería, romanticismo y sensibilidad, le falta dar la sensación de que estamos ante la mayor y más imposible historia de amor jamás vista, le falta creerse lo que tendría que haber sido. Y no le falta todo esto, que lo necesita, sólo porque la película quiera ser algo más ambiciosa y mostrar los efectos de la ocupación nazi entre los vecinos de este pueblo, un tema que probablemente acaba cobrando más importancia, sino porque todo parece a medio camino, en todo parece que faltan explicaciones o que los actores tiran de manual más que sentir de verdad lo que tienen que transmitir.

Y ojo, que Suite francesa no es una mala película, no es ni mucho menos un nafragio aunque haya un momento (el de los manteles) en el que Saul Dibb, director del filme, apuesta directamente por una trampa emocional y narrativa que hace tambalearse el momento más tenso del filme y, en realidad, todo lo que intenta construir. Pero en general hay un esfuerzo apreciable de recrear la época, las sensaciones, las relaciones entre los personajes, franceses y alemanes, hombres y mujeres, ricos y pobres. Ahí la película avanza con cierta facilidad. Incluso arranca bastante bien, desde una parcela muy personal, la de Lucille (Michelle Williams) explicando la vida que le ha dejado la guerra y que su marido se haya marchado a luchar en ella dejándola atrás junto a su suegra (Kristin Scott Thomas), para mostrar el horror bélico desde una única secuencia, un bombardeo, que resulta bastante impresionante a pesar de mostrarse con una sugerente economía de medios.

Pero poco a poco la película acaba convirtiéndose en un ejercicio de buenos sentimientos por momentos algo forzado. Quizá falten escenas para desarrollar adecuadamente las relaciones entre algunos personajes, quizá es que Williams y Matthias Schoenaerts, a pesar de estas bastante metidos en sus papeles (y ella siempre un punto por encima porque tiene una maravillosa mirada melancólica), no consiguen transmitir juntos esa pasión de la que adolece el filme o quizá es que, en realidad, la película acabe por no ser especialmente creíble. No lo es en la historia de amor que plantea, tampoco en su retrato de una invasión nazi en la que hay demasiados conceptos maniqueos y simplistas, y lo que sobresale es precisamente esa relación entre vecinos, la que se establece entre los habitantes del pueblo. Ahí sí se consiguen las emociones que se buscan aunque muchas de esas pequeñas historias quedan demasiado sueltas (por ejemplo  la del personaje de una casi irreconocible Margot Robbie).

Suite francesa tiene un público muy determinado al que satisfacer y precisamente por eso no se sale de las líneas previstas. Es una película romántica y de época que se esfuerza en que la pareja protagonista luzca y el escenario histórico escogido esté bien llevado a la pantalla. Dibb tiene más éxito en lo segundo que en lo primero, y por eso la película no consigue ser algo más. No aburre, pero no emociona. Y no deja de ser curioso que el cine actual mida tan mal el montaje, porque probablemente la película habría mejorado con algunos minutos más que profundizaran en el vínculo musical que se establece entre los protagonistas o en las denuncias que se cruzan los vecinos del pueblo. 107 minutos no es algo exagerado para un filme que pide más, y sin embargo la costumbre es la contraria, la de alargar innecesariamente películas que se podrían haber contado en menos. Dibb, que no rueda mal, no mide bien, y eso deja Suite francesa a medio camino en casi todo.

viernes, marzo 08, 2013

'Oz, Un mundo de fantasía', Sam Raimi sale airoso

Qué difícil se antoja decir algo contundente y definitivo sobre Oz, un mundo de fantasía. ¿Es una mala película? No, no lo es, por supuesto que no, aunque tiene defectos clamorosos en unos diálogos que se prestan tanto a dobles interpretaciones o a risas inadecuadas que acaban naufragando en determinados momentos. ¿Pero es una buena película? Dan ganas de decir que sí, lo merece viendo el gran despliegue visual que orquesta Sam Raimi, muy superior al que mostró Tim Burton en Alicia en el País de las Maravillas, o lo conseguidas que están algunas secuencias, emocionantes y divertidas, pero es que la comparación con El Mago de Oz es tan palpable en cada momento, en cada escenario y en cada personaje que se convierte en un fantasma que ahoga esta precuela. Al final, y a pesar de las distraídas interpretaciones de algunos de los actores de más renombre y de un exceso digital que en ocasiones empalaga, la sensación es que Raimi sale airoso de un trance realmente complejo, que es el de superar a una leyenda de Hollywood cuando el público contemporáneo ya no está tan dispuesto a creerse las dosis de almíbar y buenos sentimientos que hizo del cine de la edad dorada de Hollywood algo tan hermoso.

Oz luce con esplendor en las manos de Raimi, que decide seguir las mismas pautas que el clásico mundo en el que está basado. Es decir, inicio en Kansas en blanco y negro (y en formato 4:3 y no panorámico) para después provocar en la pantalla el estallido de color y escenarios imposibles que no consiguió Burton con su Alicia. A pesar de que hay elementos más que logrados en cuanto a las referencia al conocido musical El Mago de Oz (en especial, en el clímax final) quizá sea un error querer hacer la misma traslación de personajes del mundo real al de Oz, porque en la deliciosa película de Victor Fleming que protagonizó Judy Garland aquello tenía una razón de ser y era completa, mientras que aquí es demasiado parcial, enfocada en apenas un par de personajes y no funciona... especialmente en la versión doblada, pues la correlación afecta a algún personaje digital. Es la imaginería visual, y en la hermosa correlación musical que establece Danny Elfman, donde Oz (curioso, por cierto, que el título haga referencia originalmente al Mago, grande y poderoso, y el español a la tierra, un mundo de fantasía) alcanza sus cotas más logradas.

En el escenario y en el protagonista. James Franco, una figura extraña de analizar por lo dispar de su carrera y por aquel fracaso como presentador de los Oscar, disfruta con su papel de mago tramposo y tunante, mujeriego y algo cínico, convirtiéndose, más incluso de lo que habría sido previsible en una producción en la que los efectos especiales tienen tanto que decir, en el centro absoluto de la función. Sin embargo, y he aquí la mayor decepción de la película, el trabajo de las actrices que le acompañan es frío y rutinario. Mila Kunis, Michelle Williams y Rachel Weisz están fuera de su elemento, no son capaces de actuar con comodidad ante tanta pantalla verde y se quedan muy lejos de lo que podrían haber conseguido con sus personajes. Muy lejos de verdad. Kunis es la actriz que más evidente hace esa sensación, ya que la química que manifiesta con Franco es sensiblemente inferior que la que éste consigue con un mono alado digital que se convierte en uno de los mejores hallazgos de la película y, de largo en lo más divertido de la película, que se alarga hasta los 130 minutos.

Aunque a los diálogos de Oz puede que les falte una revisión o dos, lo cierto es que da la impresión de que fallan en boca de estas actrices más que en el papel. A la hora de entrar en un universo de fantasía, que sus intérpretes se crean lo que están diciendo, por imposible que parezca, es esencial. No hay más que ver películas como la ya mencionada El Mago de Oz, Willow, La princesa prometida y tantas otras. ¿Son menos creíbles los diálogos de Oz, un mundo de fantasía? Probablemente no, pero suenan peor. Eso no impide reconocer el espléndido trabajo de dirección artística y efectos especiales, ni resta méritos al esfuerzo cómico y carismático que hace James Franco durante toda la película, ni elimina secuencias tan bien construidas como el hallazgo de la figura de porcelana o tan divertidas como la presentación al Mago de los pueblos de Oz (con la inevitable y divertidísima referencia musical), pero sí limita el resultado final, que podría haber sido mucho más ambicioso y conseguido.

Oz, un mundo de fantasía es un filme atractivo y divertido, pero precisamente por esas limitaciones algo inferior a lo que podría haber sido. Funciona mucho mejor que otras fantasías recientes porque Raimi es un director ya experimentado en estas lides que hace funcionar ideas alocadas y que consigue un buen equilibrio entre los personajes reales y los secundarios y los escenarios creados en el ordenador (aunque, insisto, pueden antojarse excesivos). Y da gusto que un director como Raimi, muy conocido por la trilogía de Spider-Man o por sus experimentos de terror tan excesivos como divertidos en Arrástrame al infierno o la saga Evil Dead, sepa moverse como pez en el agua en otro tipo de fantasía, manteniendo al mismo tiempo constantes que hacen de su trabajo algo especial (como el necesario cameo de Bruce Campbell, difícil de reconocer si no se está muy atento). Al final, la película es una bonita fantasía amable en la que chirrían elementos como algunos diálogos malinterpretables (¿quizá es algo buscado?) o Mila Kunis con su asombroso sombrero de fiesta.

martes, febrero 26, 2013

'Blue Valentine', durísimo viaje emocional

Blue Valentine es un viaje emocional durísimo. Es el camino del amor, desde que nace hasta que muere, y todo en un breve lapso de tiempo de pocos años. Contado sin ambages, sin subterfugios y a flor de piel. Con dos actores brutales, Michelle Williams y Ryan Gosling, que son los que hacen que la película impacte, emocione y, sobre todo, duela. Porque la película va sobre eso, sobre el dolor que puede producir el amor cuando las circunstancias de uno y de otro complican una relación de pareja hasta extremos asfixiantes. La película es la sinceridad que desprenden sus actuaciones, que alcanzan tanta profundidad que es imposible escapar de su influjo. Lo que les rodea no siempre es tan atractivo, aunque la película presenta un fantástico montaje alterno entre los dos tiempos que narra el filme, el pasado en el que Cindy y Dean se conocen y se enamoran, y el presente en el que todo está roto, deshecho, y la pareja lucha por sobrevivir emocionalmente, por decidir qué hacer con ese amor roto. Blue Valentine es un puñetazo al estómago. Brillante en muchos aspectos, pero un puñetazo al fin y al cabo.

Williams y Gosling hacen que la película se disfrute en dos niveles completamente diferentes. Impone la dureza que ambos transmiten en las escenas más tardías, aquellas con las que arranca el filme antes de sorprender con el primer flashback, con las escenas en las que se ve a un matrimonio ahogado en la rutina, sin pasión y con una tensión a punto de explotar. Y emociona la belleza de las anteriores, en las que el enamoramiento parece tangible y real, hermoso y espontáneo, nacido de la casualidad y la inocencia. Parecen vidas diferentes pero, al mismo tiempo, los dos actores consiguen que formen parte de una sola. Hay una evolución que se ve, se siente, se palpa, se respira y casi se puede tocar en las escenas en las que el sexo, explícito y directo, ocupa una parte esencial de la historia. Es esa transición lo que hace de Blue Valentine una película muy difícil de contemplar. Mucho, porque llega mucho más lejos que la simple melancolía. No es un amor que se pierde, sino un amor que se rompe en mil pedazos sin que ninguno de los dos sepa cómo remediarlo.

Derek Cianfrance debuta con este título como director y guionista de largometrajes de ficción, después de hacer cortos y documentales. Quizá provenga de ahí su decisión de rodar la película cámara en mano, algo que no siempre beneficia a los actores, aunque les saca muchísimo jugo incluso siendo su debut como realizador. En lo que sí hay un acierto total es en el montaje, que contribuye a crear una mareante sensación de montaña rusa muy similar a la que sienten los protagonistas, especialmente ella. Cianfrance, que tuvo muchísimos problemas para financiar la película, querría haber rodado los dos tiempos de la historia con algunos años de diferencia. Es fácil ver por qué. Ryan Gosling, con algo de maquillaje, marca una clara diferencia, pero no es tan palpable en el personaje de Michelle Williams salvo por su memorable interpretación, por el cambio en su expresión, por la tristeza que añade a su mirada. Puede que ella esté un peldaño por encima, pero las dos actuaciones son dignas de contemplar y analizar por miles de matices que, probablemente, no se captarán a la primera. Enormes los dos.

Y ahora vienen las quejas que, en realidad, nada tienen que ver con Blue Valentine. La película es de 2010. Se estrenó comercialmente en Estados Unidos en diciembre de aquel año, después de que once meses antes, a finales de enero, se pudiera ver en el Festival de Sundance. Michelle Williams recibió por su trabajo una nominación a los Oscars que se entregaron en 2011. Tanto ella como Gosling fueron candidatos a los Globo de Oro que se entregaron, como es costumbre, unas semanas antes. A España ha llegado ahora. ¿Y sabéis lo más gracioso? Que dentro de un mes se estrena en nuestro país la próxima película de su director, The Place Beyond the Pines. Ahora es cuando todos reflexionamos un poco sobre la piratería y cómo se promueve, porque Blue Valentine estaba al acceso de todo el mundo en Internet y, a pesar de tener actores sobradamente reconocidos e incluso una nominación al Oscar, no ha llegado a los cines españolas hasta más de dos años después de su estreno en Estados Unidos. Y la película merece la pena. Lo dicho, pensemos.

martes, marzo 20, 2012

'Mi semana con Marilyn', demasiado esfuerzo mimético

Hay una creciente fascinación por la recreación en pantalla de figuras históricas reconocibles. Hace muy poco, causó furor (y ganó el Oscar) la de Margareth Thatcher por Meryl Streep. Y hay una vertiente muy popular de esta tendencia que es la de actores interpretando a actores. Cuando se anunció que Michelle Williams iba a interpretar a Marilyn Monroe mi reacción fue de frialdad, pues, salvo el rubio de su cabellera, veía poco parecido entre ambas. Después de ver Mi semana con Marilyn el juicio sobre ella es bastante más benévolo que entonces, pues su trabajo de mimetismo es importante y notable. Pero no deja de ser eso, mimetismo. Y eso hace que no termine de ver con los mismos ojos una historia rodeada de lugares comunes que, no obstante, se ve con agrado, y más aún si se tiene por el cine y su historia el cariño que yo tengo. Aún así, no deja la huella que sí dejaba, hay que decirlo por tramposo que sea el argumento, la mejor Marilyn. Demasiado esfuerzo mimético se lleva por delante la posibilidad de hacer una película sobresaliente.

Mi semana con Marilyn es una mirada nostálgica al rodaje de El príncipe y la corista, filme que dirigió y protagonizó Laurence Olivier junto a Marilyn Monroe en 1957. Y lo que cuenta la película es el tiempo que pasó Colin Clark con la tentación rubia después de que el entonces marido de la estrella, Arthur Miller, abandonara el rodaje. Ese material lo recopiló primero en dos libros que Adrian Hodges convirtió en guión cinematográfico para que lo dirigiera Simon Curtis. No se cuenta con mucha experiencia cinematográfica ni en la dirección ni en la escritura, pero sí televisiva, medio del que proceden ambos. En todo caso, no hay que pensar demasiado para saber que el éxito o el fracaso de la película dependía de que la caracterización de Marilyn (y, en una medida algo menor pero en el fondo igual de importante, de Laurence Olivier) funcionara. ¿Funciona? Sí y no.

Sí funciona porque Michelle Williams hace un papel espléndido. No es el mismo tipo de mujer que Marilyn, ni en el físico ni en comportamiento, pero se mete en su piel con suma habilidad. El trabajo es especialmente notable en la voz y en ciertos ademanes de la inolvidable protagonista de Con faldas y a lo loco. Y no funciona porque, en el fondo, lo que vemos no es más que una fotografía tópica de Marilyn. Quizá ella fuera así, pero lo que plasma la película no deja de ser lo que ya sabemos sobre aquella actriz que se perdió antes de tiempo y se convirtió en leyenda e icono de la historia del cine, una mujer que nadie supo querer, un juguete roto que nunca pudo ser realmente feliz. Y, sí, Michelle Williams transmite esa impresión con su trabajo, logra alcanzar incluso el nivel de sexualidad que desprendía Marilyn. Pero no hay una profundidad psicológica en el personaje que impresione tanto como el envoltorio. Eso es más culpa del guión y la dirección que de la propia actriz.

La magnética presencia de Marilyn se lleva por delante a quien tendría que ser y de hecho es el protagonista de la película (el mencionado Colin Clark, tercer ayudante de dirección de El príncipe y la corista, interpretado por Eddie Redmayne), pero no tanto a la otra gran estrella de la película. La nominación al Oscar a Kenneth Branagh por dar vida a Laurence Olivier fue una sorpresa pero, en el fondo, también un justo reconocimiento a un más que notable actor al que la dimensión que alcanzó como director (y las comparaciones, siempre odiosas, de aquellos años primerizos nada menos que con los de Orson Welles) devoraron en buena medida. Pero Branagh es un intérprete más que notable y su trabajo aquí evidencia que tiene un hueco como actor en el cine contemporáneo al margen de su labor de realización. Quizá sin tanto apego al detalle y al mimetismo como la Marilyn de Michelle Williams, pero borda su papel. La dinámica entre ambos, por desgracia, se antoja escasa, porque las escenas que comparten están entre las mejores de la película.

El resto del reparto confirma las sensaciones que deja la película. La presencia de Emma Watson parece más un guiño comercial a los fans de Harry Potter que la oportunidad de desarrollar algún personaje, sea el suyo o el del protagonista. Las de Julia Ormond (como Vivien Leigh), Judi Dench o Derek Jacobi o Toby Jones suponen el toque de calidad con los secundarios que quiere toda película con aspiraciones, y más si es británica como ésta. Resumiendo, Mi semana con Marilyn quiere ser un poco de todo y no sé si termina siendo lo que aspiraba a ser. Porque presenta una historia con bastantes ganchos, y Marilyn si algo sabía hacer era precisamente enganchar, pero no consigue perdurar en la memoria. Es más que visible y tiene toques de interés, pero más a cuenta de los intérpretes que del resto de responsables del filme. Lo que le falta, en realidad, es espíritu. Y eso, hablando de Marilyn, es un pequeño gran pecado que lastra demasiado el resultado final, aunque se vea con agrado y la nostalgia de una forma de hacer cine que no sé si en el fondo ha cambiado tanto en algunos aspectos.