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viernes, noviembre 25, 2016

'Aliados', amor frío

Cuando de una película se puede hablar más de lo que significa fuera de las pantallas que por los méritos de sus responsables, es evidente que algo falla. Con Aliados, por fuerza, va a suceder algo parecido. Que la película haya formado parte de los rumores en torno a la separación de Brad Pitt y Angelina Jolie no es algo que juegue a favor de la cinta, pero es que los esfuerzos de Robert Zemeckis tampoco ayudan a olvidar los ríos de tinta previos. Aliados tendría que haber sido una película romántica de carácter épico por su trasfondo bélico. Casablanca viene a ser un referente claro. Pero ni por asomo. Y no porque Zemeckis patine especialmente, pero no consigue casi en ningún momento transmitir las emociones que tendrían que haber formado parte de la historia. El casi es porque justo al final, cuando ya casi se han consumido las dos horas de su metraje, sí llega a lo que se necesitaba. Algo tarde, la verdad.

La película tiene dos problemas bastante importantes. El primero obedece a la estructura de la película. Zemeckis, un director ya tan polivalente que parece haber perdido algo de identidad, siguiendo un guion de Steve Knight, responsable de obras tan variopintas como Promesas del este o El séptimo hijo, sigue la historia de manera lineal, dividiéndolo en dos grandes actos y tres interludios centrales separados por elipsis muy grandes. Y no funciona, porque esta segunda, que no procede desvelar porque obedece a un cambio de escenario importante, es la historia que realmente parece interesar a Zemeckis, en la que realmente pone toda la carne en el asador. Y es que la gran pieza de acción, la que rompe la monotonía, está en la primera mitad del filme, aunque tampoco por ese lado consigue enganchar el director. La misión que une a los dos espías que interpretan Brad Pitt y Marion Cotillard nunca parece tan trascendente ni difícil como quiere aparentar la película.

Y así llegamos al otro gran problema. Se ha hablado tanto de Pitt y Cotillard que se ha dado por sentado que hay una química extraordinaria entre ellos. Y no es así. Hay momentos, hay atisbos, pero realmente no forman la memorable pareja que una gran historia de amor requiere. No son Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, como esto no es Casablanca. Es cierto que no desentonan, pero el amor frío que quieren mostrar a lo largo de buena parte de la película, el que surge de su trabajo como espías, es el que contagia todo lo que hay en el filme. Ni siquiera la escena de sexo, rodada de una forma imaginativa por el escenario, rompe esa tibieza que muestra Aliados y que, de nuevo hay que volver al mismo punto, sólo se rompe en las dos escenas finales. Pitt, por mucho que lo intenta, no se acerca al tipo de galán que habría sido Robert Redford, para quien esta película hubiera sido un caramelo hace algunas décadas, y el trabajo de Cotillard es algo irregular.

El caso es que Aliados es una película correcta, una aceptable historia de amor en un escenario bélico que invita a pensar en el Hollywood dorado pero que, al final, se queda en un simple intento de recuperar aquella gloria de celuloide. Nada asombra demasiado en la película, que no llega a provocar que ese amor de película traspase la pantalla. Se ve, se entiende, incluso se disfruta sin demasiado esfuerzo, pero no hay nada de legendario en la película cuando la misma historia del cine ha demostrado que con estos elementos se pueden hacer filmes extraordinarios. Aliados es demasiado fría como para acercarse a esos estratos, demasiado pequeña en sus ambiciones, incluso a la hora de mostrar el marco histórico. Correcta, académica si se quiere, pero sin la trascendencia que necesita. Ni Zemeckis, ni Pitt, ni Cotillard, porque la película no sale de ellos a pesar de tener algún que otro secundario interesante como Jared Harris, logran que Aliados despegue del todo.

viernes, junio 27, 2014

'El sueño de Ellis', tan irreprochable como poco emocionante

Visual, técnica, narrativa y actoralmente es muy difícil encontrarle algún pero a El sueño de Ellis, una de esas películas pensadas para encandilar desde el primer hasta el último minuto. Pero le falta alma, le falta emoción, le falta lo que resulta imprescindible en una película de estas características para que la conexión con el espectador sea fuerte. Sin sentimiento, a pesar de que el drama que cuenta James Gray es tan duro como realista, la película se queda por debajo de lo que podría haber conseguido, incluso con esa perfección casi absoluta que consigue en algunos terrenos. Y eso deviene incluso en algunos momentos de aburrimiento dentro de los largos 120 minutos que dura el filme. Incluso admirando muchos elementos en todo momento, pero desconectando con mucha facilidad de lo que se nos está contando. El sueño de Ellis (que reconduce el título original, La immigrante) es una historia que convence pero no emociona.

La película sigue las dramáticas peripecias de Ewa, una inmigrante polaca que llega a Estados Unidos a través de Ellis Island (de ahí el título en España) y que debe cambiar su mentalidad para poder sobrevivir en un entorno hostil, sin ayuda de nadie y por conseguir ayudar a su hermana. Gray, que también es coguionista del filme, es un director hábil a la hora de crear ambientes, y aunque hasta ahora había realizado más thrillers contemporáneos que otra cosa (Two Lovers, La noche es nuestra), logra hacer más que creíble el ambiente neoyorquino de los años 20 del pasado siglo, sin dejar de lado el entorno cabaretero decadente en el que ha de desenvolverse la protagonista. El escenario, el vestuario y todo el diseño se convierte prácticamente en un personaje más, en uno fundamental para entender el notable efecto que causa la película desde ese punto de vista.

Tan irreprochable como el aspecto es el reparto. El sueño de Ellis es una de esas películas que no se pueden entender sin una actuación principal sobresaliente. Marion Cotillard tiene una asombrosa capacidad de metamorfosis. Como la película narra una odisea emocional considerable, es una delicia ir viendo los matices en los que Ewa se va transformando. Joaquin Phoenix y Jeremy Renner son dos espléndidos acompañamientos para Cotillard, pero hay que insistir en que lo esencial es el papel protagonista. Pero a pesar de todos sus esfuerzos, que son muchos y se ven en prácticamente todas las escenas, ellos tampoco consiguen que la película trascienda y dejan al espectador en una cierta insensibilidad ante lo que está sucediendo. La forma en la que acaba el filme, a pesar de ser un hermosísimo plano, viene a confirmar este aspecto.

No es tan extraño que se dé en una película esa aparente contradicción entre unos cuantos elementos de gran brillantez y un ligero aburrimiento en el patio de butacas. Quizá el gran problema de El sueño de Ellis esté justamente ahí, en que el brillo que da a algunos de sus elementos se lleva por delante el alma que tendría que tener el filme. Y es que, aún siendo un drama de aparente peso, no hay demasiada conexión emocional con los personajes y tampoco elementos de gran resonancia en nuestro días. Ni siquiera con el delicado tema de la inmigración se puede establecer conexión con el espectador contemporáneo, porque apenas se le da importancia tras la primera escena y la hermana de Ewa desaparece por completo de la trama hasta la resolución final. Disfrutar de Marion Cotillard puede ser una razón más que suficiente para ver la película, pero siempre queda la sensación de que El sueño de Ellis podría haber dado mucho más de lo que finalmente ofrece.

viernes, julio 20, 2012

'El Caballero Oscuro. La leyenda renace', majestuoso final de una trilogía irrepetible

Cuando vi por primera vez El Caballero Oscuro me pregunté qué podría hacer Christopher Nolan para superar la que, en ese momento y todavía hoy, era la mejor película que se había hecho nunca basada en un cómic. No sé si atreverme a decir que El Caballero Oscuro. La leyenda renace supera a la segunda entrega de esta portentosa trilogía cinematográfica, realmente no lo tengo claro, pero es que tampoco hace falta esa comparación. Son películas distintas, con sensaciones diferentes y con objetivos narrativos y visuales que se complementan. Sin la anterior, ésta no existiría. Y la anterior, sin ésta, probablemente quedaría un tanto incompleta. Forman parte de un impresionante universo fílmico. Lo que sí tengo claro después de un primer visionado es que esta tercera es una película poderosísima a todos los niveles, intensa y dramática, fiel a la esencia del cómic que permite que un personaje tan conocido como Batman tenga tantas y tan diferentes interpretaciones. En lo que al cine se refiere, éste es el Batman definitivo, como el de la serie de 1992 lo es en animación. Es una maravilla irrepetible y como tal hay que recibirla y, desde ya, venerarla.

No suele ser habitual que una distribuidora pida que no se revele el final de una película. Warner lo ha hecho con ésta y es lógico y entendible, pero viene a ser una ligera contradicción con respecto a la avalancha de markéting que viene mostrando demasiado desde hace unos cuantos meses. Yo cada vez tengo más claro que trailers, reportajes y adelantos visuales, fotográficos o escritos, sólo sirven para arruinar en parte la experiencia cinematográfica tal y como la ha planteado el cineasta. A mí no me hacía falta nada de esto para convencerme de ir a ver El Caballero Oscuro. La leyenda renace. La ecuación era fácil y se sostiene por sí sola. Christopher Nolan ha conseguido que mucha gente se tome en serio las historias de un personaje de cómic. Y el cómic, nos pese lo que nos pese, sigue sin tener el reconocimiento que merece. Por eso, aunque sólo fuera por eso, Nolan es un genio. Batman Begins era una pequeña gran gozada. Pero El Caballero Oscuro llevó el juego a un nivel totalmente nuevo. Nolan hizo un clásico del siglo XXI protagonizado por un tipo con capa y un psicópata con la cara pintada de blanco. Y la gente lo entendió.

Aumentar la escala de aquello lleva por fuerza a cambiar el planteamiento otra vez. Pero las bases son las mismas. Nolan extrae lo mejor de algunas historias de cómic (no voy a decir cuáles, porque en algún caso reventaría las sorpresas del filme) y lo traslada a un universo muy personal en el que siempre hay una sensación que se apodera de la película. No es la primera vez que lo digo, pero creo que es importante insistir en que hay toda una evolución psicológica en el Batman de Nolan. Batman Begins habla del miedo, El Caballero Oscuro del caos y El Caballero Oscuro. La leyenda renace de la destrucción... y también del renacer de las cenizas. No hay más que ver el título original, The Dark Knight Rises, mucho más gráfico que la traducción al español. Para hablar de ese renacer, Nolan crea un relato épico, construye una película de guerra más que de superhéroes, con un formidable desarrollo de personajes e historia (quizá levemente ingenuo en algún momento) y un clímax final absolutamente portentoso. La trilogía de Batman de Nolan es lo mejor que se ha rodado nunca sobre un personaje de cómic. Y el final está a la altura.

Porque, a pesar de los logros de Nolan, algunas sensaciones previas eran de duda legítima. Superar El Caballero Oscuro no era tarea fácil. Hacer creíbles a Bane y Catwoman, los nuevos personajes de esta cinta, tampoco. Dar un cierre que hiciera justicia a lo anterior, mucho menos. Pero Nolan sale triunfante de todo. Tendría que haberme hecho caso a mí mismo cuando, después de ver la anterior película, me dije que Nolan tenía carta blanca para hacer lo que quisiera, porque se la había ganado. Si es que nadie ha entendido a Batman en el cine mejor que él. Si es que ha conseguido que incluso las traiciones más grandes a la literalidad de la historia del cómic, que las tiene su visión, sean más fieles al espíritu de lo que cientos de creadores han construido en las viñetas desde que Bob Kane y Bill Finger crearan al personaje en 1939 que las miradas de otros que se han erigido como adalides de esa misma fidelidad. Si lees un cómic, no encontrarás a este Bane. Ni a esta Catwoman. Ni al Joker, al Espantapájaros o al Ra's Al Ghul de las anteriores películas. Pero son ellos en esencia.

Ese es sólo uno de los méritos de Nolan, que ha sabido construir un universo cinematográfico verosímil, creíble, hermoso y violento, en una historia de unas siete horas que quita el aliento de principio a fin, hasta llegar a un final prodigioso, excelso, admirable que he hecho que el director se supere a sí mismo como director de piezas de acción. Mirar a este universo es asumir ingentes grados de genialidad a todos los niveles. Nolan es el arquitecto, pero no hay nada que no esté a la altura. El perfecto vestuario de Lindy Hemming, el maravilloso diseño de producción de Nathan Crowley y Kevin Kavanaugh, la prodigiosa excelencia de la música de Hans Zimmer (me da igual que los Oscar no le acepten por tener no sé qué porcentaje de música no original, debió ganar por El Caballero Oscuro y debería ganar por esta incomparable sinfonía de tensión y acción), la fotografía de Wally Pfister... Todo está a un nivel impresionante. Y por eso está película es un sueño hecho realidad para cualquier aficionado a los cómics de Batman. Todo funciona.

Y qué decir de los actores... Sólo los nombres ya impresionan. Es una gozada ver a Michael Caine en algunas de sus mejores escenas de los últimos años, y eso que da vida a un secundario, uno imprescindible como es Alfred pero secundario al fin y al cabo. Christian Bale es, sencillamente, el Batman definitivo. Pero también el Bruce Wayne, que encuentra un reflejo precioso en el humano policía de Joseph Gordon-Levitt. E insisto en que la literalidad del cómic no encuentra acomodo completo aquí, especialmente en su personaje. No tiene el carisma del Joker de Heath Ledger, pero Tom Hardy es un Bane impresionante que cumple todo lo que cabía esperar de él, por muchas dudas que suscitara y por mucho que se haya hablado más de si se le entiende bien (que sí, por cierto) antes que del personaje que construye. Y Anne Hathaway es perfecta para este universo de Batman. Perfecta, sencillamente perfecta, sensual y mordaz. Incluso con tacones. ¿Quién si no Christopher Nolan podía hacer que tomáramos en serio a una Catwoman que viste prácticamente igual que la de la serie de televisión de los años 60? Origen ya demostró que Nolan también era capaz de escribir buenos personajes femeninos, muy escasos en su todavía corta filmografía, pero este papel y el de Marion Cotillard (precisamente una de las actrices de Origen) son un paso más en ese sentido.

El Caballero Oscuro. La leyenda renace es una gozada. Al mismo nivel que lo fue El Caballero Oscuro, superior a lo que fue Batman Begins. Lo que está claro es que la escalada en la épica es brutal, deudora de un tipo de cine que, en realidad, hace muchas décadas que ya no se hace. También en la duración, que llega hasta los 162 minutos. Pero sobre todo en las sensaciones. Christopher Nolan ha dado dignidad a un tipo de cine del que cada vez menos gente se burla. Lo ha hecho con un respecto reverencial a personajes con décadas de existencia pero dándoles una imagen única y muy personal. Su trilogía de Batman es la obra de autor más comercial que se haya hecho nunca, porque ha conseguido ponernos de acuerdo a casi todos. Y, sí, se le pueden sacar pequeñas pegas, momentos que no todo el mundo va a comprender emocional o argumentalmente y pequeñas caídas de ritmo que habrá quien vea como defectos imperdonables. Pero el conjunto es sencillamente majestuoso, como su final, tanto el clímax como el epílogo. Es una trilogía irrepetible y se cierra como tiene que ser, a lo grande. Gracias, Mr. Nolan.

Aquí, otra reseña de El Caballero Oscuro. La leyenda renace.

viernes, octubre 14, 2011

'Contagio', blando efectismo

Hay algo que me aburre de Steven Soderbergh. Cada película suya parece tener el objetivo de ser el título definitivo sobre un tema. Y desde esa perspectiva, tengo que reconocer que no le suelo ver cerca de esas pretensiones al revisar su cine. Estuvo muy próximo a alcanzar su propósito en Traffic, aunque las enormes y excesivas concesiones finales arruinaron en buena medida el filme. Aquí viene a sucederle lo mismo. Comienza Contagio, su pretendida historia definitiva sobre una epidemia vírica mundial (tejida indudablemente a raíz de los ríos de tinta escritos sobre la gripe aviar, de hecho bastante mencionada en el filme) con mucho morbo. Muchos planos escabrosos. Demasiados, largos y muy desagradables. Innecesarios probablemente, y más teniendo en cuenta la voluntad buenista que desprende la película, mucho más preocupada de que se vea la solución de los problemas que de plantear dilemas que dejen poso una vez se sale del cine. Por el camino queda una rutinaria historia coral que, precisamente por ese carácter, deja demasiado en el aire la mayoría de las vidas que plantea. Y sin esa necesaria empatía, Contagio sólo ofrece algunas pinceladas de interés.

El arranque de la película anuncia el final. Partimos del día 2 de una epidemia que se va extendiendo, luego con el orden cronológico que preside Contagio ya podemos estar más que seguros de que el día 1 cerrará la historia. Un movimiento extraño porque la búsqueda del paciente cero no adquiere verdadera consistencia a lo largo del relato, pero con cierta lógica para evitar el excesivo buenismo del que fue presa, por ejemplo, Traffic. En realidad, es que ninguna de las líneas paralelas de la historia adquiere demasiada fuerza y esa indefinición es el gran problema al que se enfrenta Contagio. ¿Es una película científica? No. ¿Es una historia humana? Tampoco. ¿Es una historia gubernamental? La verdad es que no. ¿Es una historia periodística? No de nuevo. ¿Es más un relato frío y documental o un relato de ficción sobre la condición del hombre? Ninguna de las dos cosas. ¿Pero sale todo esto en la película? Sí, todo sale. Todo se bosqueja, pero nada termina de dibujarse, con lo que la película se mueve en continuos altibajos que van abriendo posibilidades que Soderbergh no aprovecha. Y seguro que lo hace conscientemente, dentro del aparente deseo de ofrecer un mosaico ambicioso y, quizá por eso mismo, bastante más fallido de lo que le gustaría.

Soderbergh busca la incomodidad del espectador, lo hace con desagradables planos de enfermos y con una música machacona e irritante de Cliff Martínez, lo hace con la base de la historia y con algunos de los detalles que va dejando a lo largo del metraje. Pero no termina de enganchar. La historia humana es, quizá, su mejor baza. Beth (Gwyneth Paltrow, una actriz que siempre me ha parecido insulsa y demasiado plana) es el primer personaje al que se coloca en el epicentro de la epidemia. Su marido, Mitch (Matt Damon), es quien tiene que lidiar con los efectos del virus, los que podrían generar más empatía en el espectador. Pero la frialdad preside su historia, cuando tendría que abordar con fuerza el lado más sensible de quien vea la película. Hay más calor en la visión tremendista y manipuladora del periodista freelance Alan Krumwiede (un notable Jude Law), sobre todo en su enfrentamiento televisivo con el científico a cargo de la búsqueda de una vacuna, el doctor Ellis Cheever (un buen Laurence Fishburne, cuyo personaje acaba perdido por ese buenismo de Soderbergh a la hora de cerrar sus películas definitivas). Ni Marion Cotillard ni Kate Winslet consiguen aportar mucho más a la película que ir incluyendo episodios con la misma facilidad con la que pasan los días de epidemia.

Contagio no es fallida en todo momento, claro está, porque plantea muchas cuestiones de interés. Su pecado es que se queda en la superficie de todas ellas, cuando quizá la habría convencido apostar por alguna o algunas de las múltiples líneas argumentales que ofrece. No es una cuestión de complejidad o de facilitar la tarea al espectador, sino de dispersión narrativa. Soderbergh tarda casi una hora en hilar lo que presenta en los primeros cinco minutos de película sin mucho motivo para semejante dilación. Y cuando lo hace, recurre a lo más sencillo en todo momento. No hay profundidad ni tampoco misterio. No es fácil comprender el porqué de tanta espera para algo fácilmente deducible, ni tanta vuelta para explicar cosas que quedarían claras de formas mucho más sencillas. Soderbergh se lía y no acaba de demostrar qué quiere contar con la película, más allá de aprovechar de forma tardía la innecesaria psicosis mundial que generó la gripe aviar. Y es que eso es lo que parece buscar en el espectador: que sufra por la posibilidad de contagiarse de algo parecido durante las dos horas de la película. ¿Lo consigue? La verdad es que no (y él mismo, con un chiste cinéfilo interno, se encarga de recordar al espectador quién lo consiguió con un miedo muy diferente hace unos años).

Contagio no es la película definitiva de epidemias que pretendía ser y se queda a años luz, por ejemplo, del sincero entretenimiento que propuso hace casi quince años Wollfgang Petersen en Estallido. Soderbergh se rodea de un reparto estelar e internacional que, a falta de tanto espíritu en la película, se limita a cumplir con el expediente. Quizá sólo Jude Law y Laurence Fishburne sepan encontrar el tono justo de sus personajes, pero no sentir a ninguno de los dos como protagonistas absolutos de la película lastra las buenas sensaciones que dejan. Siempre he visto al director de Contagio como un realizador sobrevalorado, y su última película afianza esa sensación. Como documento puede ser interesante en algunos momentos y a algunos niveles, pero no parece que por ese detalle vaya a permanecer demasiado en la retina del espectador, ya que la película sólo se mueve a golpe de casualidad y reta continuamente la credibilidad de la historia. Los amantes del cine catastrofista la disfrutarán por momentos, pero al final se queda como un ejercicio blando de efectismo.

martes, julio 27, 2010

'Origen', o cómo Christopher Nolan confirma que es un genio

Lo malo de mostrar una primera chispa de genialidad, es que estás obligado a confirmar que eres un genio o, de lo contrario, la gente podría pensar que ese brillo inicial ha sido un golpe de suerte. No sé si después de lo que Christopher Nolan hizo con Batman (Batman begins, El Caballero Oscuro y una tercera tentrega odavía por hacer) alguien sintió algo parecido. Que Nolan estaba obligado, a pesar de tener ya un puñado de películas interesantes a sus espaldas, a demostrar que era un genio. Pues ya está, aquí lo hace. Origen es una película terriblemente fresca y original (lo que tiene mérito en sí mismo por la temática relacionada con los sueños que aborda, vista en innumerables ocasiones), magníficamente construida, con motivos más que suficientes para disfrutarla a nivel intelectual y a nivel visual, con un reparto maravilloso y con un final de los que permiten el debate durante horas. No, no es el final, es toda la película. Es una genialidad que desde ya mismo tiene un hueco entre los referentes cinematográficos de la década por su carácter único y rompedor, que nada tiene que ver, aunque lo pueda parecer, con otros títulos de temática similar.

Porque puede ser tentador relacionar Origen con Matrix (y algún día habrá que decir que Matrix no era en realidad para tanto -y si lo era, sus secuelas se encargaron de arruinarla- y que la película que se merecía toda la fama es una pequeña joya semiolvidada que se titula Dark City), pero no van por ahí los tiros. Lo que Nolan hace en Origen es construir un universo creíble, un guión completo en sí mismo y que pone el énfasis en las relaciones entre los personajes, en la psicología de los mismos, en sus sueños, miedos y anhelos. Y, sin embargo y al mismo tiempo, es un espectáculo visual de primer nivel, lleno de imágenes inolvidables (atención a la pelea en los pasillos del hotel, deslumbrante e imaginativa, que se mantendrá durante años como una referencia visual) y con un climax final muy extenso que hace gala de un montaje paralelo, de dos y tres escenarios simultáneos, que sólo se puede calificar de perfecto, tan perfecto como los flashbacks que incluye (sólo es discutible el primero, el arranque del filme, que es más efectista que efectivo). Si Nolan ya rueda bien, lo que hace en la sala de montaje es para provocar el aplauso más sincero.

No sería bueno desvelar mucho sobre el contenido de Origen. No porque sea una película que viva de su final o de alguna sorpresa tramposa (todo lo contrario, pues es una película coherente y precisa en todo lo que cuenta... ¿o no?, cabría preguntarse al final), sino porque tiene una asombrosa capacidad de enganchar al espectador en cada secuencia, en cada paso, en cada nivel, con cada imagen y con cada nota de su prodigiosa banda sonora (Hans Zimmer es ya, por derecho propio, el mejor compositor del Hollywood contemporáneo, capaz de mostrarse perfectamente reconocible y, al mismo tiempo, de dotar de una personalidad única a cada una de sus películas). Casi llega a las dos horas y media, pero todo se pasa en un suspiro. Y pide a gritos un segundo visionado. Y un tercero. No porque no se haya entendido, no. Nolan hace un cine inteligente y apela al debate, pero da todo lo que tiene, no se guarda nada. La lectura sólo depende del espectador, que tendrá que decidir qué piensa cuando la pantalla se quede en negro después de un tan inquietante como magnífico plano final.

Y lo bueno es que no hace falta ni siquiera tomar una decisión sobre el sueño o la resolución. La duda también puede enamorar al espectador de Origen. Tanto como el magnífico trabajo de todo su reparto. Leonardo DiCaprio mantiene ticks que asemejan demasiado todos sus papeles, pero su esfuerzo por hacer personajes intrigantes y diferentes es notable. Ken Watanabe aporta la misma sobriedad de siempre, igual que Michael Caine en su reducidísimo papel. Como Cillian Murphy, de nuevo brillante, Caine lleva camino de convertirse en un fijo en el cine de Nolan. Ellen Page cautiva, y lo hace porque ha sabido alejarse aquí de Juno. Marion Cotillard, casi sin quererlo (o eso es lo que hay que creer), se convierte en el centro psicológico de la película. Joseph Gordon-Lewitt es la revelación de la película (aunque tiene ya una larga carrera, se le vio en G.I.Joe o 500 días juntos). Y se agradece que Nolan siga rescatando rostros conocidos de los años 80, en esta ocasión con un papel para Tom Berenger (del mismo modo que hizo con Rutger Hauer en Batman begins). Todos componen un reparto brillante, creíble y muy acertado.

Origen se convierte en una película única porque es imposible clasificarla. Se mueve de maravilla en todos los terrenos y escenarios. Nada resulta artificial, nada se ve inverosímil. Salta con una precisión envidiable de Mombasa a París, de una persecución en el asfalto a una escena romántica, del más puro cine de acción a la mejor intriga psicológica, de una imagen a cámara lenta a un plano tan veloz como imposible sobre el papel. Christopher Nolan demuesrta que es un genio, sí. Y Origen que todavía es posible hacer un cine diferente, rebosante de imaginación y talento, que perdurará en el tiempo por lo que es, por lo que cuenta y por lo que representa y no por una moda pasajera. Es maravilloso entrar en una sala de cine y encontrarse con un prodigio así. Si Nolan ya había hecho que me preguntara qué demonios va a ser capaz de hacer para superar El Caballero Oscuro, y sin por ello dejar de esperar con ansia su tercera película sobre Batman, ahora ya me pregunto dónde está el límite de este director. Veré cada una de sus próximas películas con esa pregunta en la mente. Y ojalá tardemos mucho en ver ese límite.

Origen se estrena el 6 de agosto.