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viernes, octubre 14, 2016

'Snowden', cine necesario

A Oliver Stone se le pueden reprochar muchas cosas, pero nunca que no haya sido un tipo atrevido. Incluso ahora que parece mostrar una mesura que no siempre ha tenido, la elección de los temas de sus cintas es siempre llamativa e interesante. Su cine, por muy criticable que pueda llegar a ser, es necesario. Snowden es necesaria. Puede que si saliéramos a la calle y preguntáramos qué hizo exactamente Ed Snowden para convertirse en una celebridad, mucha gente no sabría responder con precisión. Snowden, la película, da respuestas precisas y accesibles, herramientas para un debate que se vive dentro y fuera de la película. Lo hace, por supuesto, bajo el marco de una estructura previsible, en la que se sabe cómo va a comenzar y finalizar la película, en la que incluso se pierde alguna oportunidad que un Oliver Stone hace algunos años no habría dejado escapar, pero el resultado final es tan sólido como entretenido.

La clave está en que hay un buen equilibrio entre las dos mitades del filme, las dos comandadas por un soberbio Joseph Gordon-Levitt, que demuestra una vez más que no sólo es un espléndido actor sino que tiene un dominio de la voz y de los acentos que justifica por sí solo la necesidad de ver la película en versión original. Por un lado, la entrevista, la confesión de Snowden a un reducido grupo de periodistas y las maquinaciones sobre cómo hacer públicos los secretos de la administración norteamericana que ha robado. Por otro, el periplo del propio Snowden, como pasa de ser militar a un genio informático para diversas organizaciones gubernamentales. Lo primero tiene momentos de pura fascinación, quizá los mejores de la película. Lo segundo, la evolución del personaje y el debate entre libertad y seguridad que viene protagonizando la agenda política mundial desde el 11-S. Y ambas se conjuntan bien. Por peso y por narrativa.

Es evidente que hay un componente heroico y glorificador en la forma en la que Stone retrata a Snowden, uno que se ve sobre todo en el epílogo de la película, pero no es algo incisivo ni tergiversado. Stone muestra a un hombre con dudas. Muy humano en ese sentido, y por eso no chirría en absoluto que los tecnicismos informáticos se vayan entremezclando con su vida personal, con la presencia de Shailene Woodley, una actriz que comienza aquí a recuperar algo del terreno perdido con su trabajo en la serie Divergente. Tan humano que la relación que este Snowden entabla con cada personaje es fundamental para entender todo el cuadro. La camaradería con algún compañero de agencia, la confianza absoluta en el trío de periodistas que forman con un empaque tremendo Melissa Leo, Zachary Quinto y Tom Wilkinson, y sobre todo la brutal contraposición ideológica con el personaje de Rhys Ifans que se plasma en una enorme pantalla en una memorable secuencia, quizá la mejor de la película, metáfora absoluta de la vigilancia que se denuncia.

Más allá de su estupendo reparto y de su más que correcta construcción siguiendo el manual del biopic, Snowden destaca porque sabe cómo hacer accesible un tema que ni siquiera los medios de comunicación han sabido tratar adecuadamente. El riesgo de perder al espectador en tecnicismos, nombres y agencias siempre está ahí, pero Stone, coautor también del guión y experto en el tema tras haber conocido también al propio Snowden en persona, lo sortea con habilidad. Tiene ya muchos años de cine controvertido a sus espaldas como para no saber que en el debate ideológico es imprescindible no aturullar al espectador. Por eso su cine, mejor o peor, sigue siendo necesario. Por eso personajes como Snowden y temas como la libertad y la vigilancia gubernamental siempre van a ser la base de películas que, al menos, ofrezcan algo interesante al espectador. Esta, desde luego, lo hace, y lo consigue en un formato igualmente entretenido que incluso aguanta bastante bien una duración de más de dos horas.

viernes, diciembre 25, 2015

'El desafío (The Walk)', el fallo está en el punto fuerte

La duda que plantea una película como El desafío, título tan genérico con el que se ha bautizado en España The Walk, es si se puede sostener durante dos horas. La película trata de Philippe Petit, un tipo que se planteó caminar entre un cable lanzado entre las dos Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, una actividad ilegal y que nadie había hecho nunca. Esa duda se disipa casi desde el principio, cuando Robert Zemeckis concede la narración de su odisea a su protagonista, sensacionalmente interpretado por Joseph Gordon-Levitt, subido a lo alto de la Estatua de la Libertad. Pero lo que no está en los planes es que lo más flojo de El desafío esté, precisamente, en algunos aspectos de ese desafío, en su clímax, cuando la espectacularidad visual tiene que redoblarse y, en realidad, se encoge. No porque no acierte Zemeckis, sino porque el IMAX, el 3D y los efectos visuales flaquean y dejan en manos de la ilusión del espectador buena parte de la fuerza de la escena.

En este punto, conviene distinguir entre cine y la magia del cine. Cine hay mucho en The Walk, porque Zemeckis es un tipo hábil y un muy buen director. La historia de Petit viene a ser una suerte de Forrest Gump focalizada en el mundo del funambulismo, en un sueño personal más que en el de un país como era la de aquel filme protagonizado por Tom Hnaks, y en la devoción por Nueva York más que por Estados Unidos. Zemeckis engancha por la forma y por el fondo, porque sabe manejar francamente bien este tipo de historias más grandes que la vida. La magia del cine, la que Zemeckis siempre ha sabido usar con maestría, es la de los efectos visuales. Y ahí es donde hay dudas. Pone la piel de gallina con una facilidad inmensa con la recreación de las Torres Gemelas, también con la elección del punto de vista y del movimiento de su cámara, pero la imagen falla porque su realismo no alcanza el de los sueños que provoca la historia y la misma idea de Nueva York.

Puede ser que eso sea un detalle menor, y en absoluto quiere decir que rompa el clímax emocional de la historia, pero exige un salto de fe muy similar al del propio Petit cuando coloca los dos pies sobre la delgada pasarela que le lleva a su triunfo personal. Son las Torres Gemelas. Es Nueva York. Es ese paseo por el cielo. Es un sueño, un camino para hacerlo realidad de esos que siempre son fascinantes en el cine. Pero en algunos momentos da la impresión de que el cariño que el espectador sienta por la historia y por el escenario hace tanto como la imagen del filme. Y eso sucede sólo por lo visual, por las dudas, por un realismo que, por desgracia para Zemeckis, no alcanza el grado absoluto que habría necesitado la película, y no sólo en el clímax. En todo lo demás, la película es espléndida, empezando por su reparto, cuyo enorme esfuerzo de locución exige verla en versión original, no sólo por el acento francés de Gordon-Levit sino por el sensacional trabajo de Ben Kingsley.

Quizá las dudas visuales que plantea el filme no se tendrían que tener tan en cuenta si su director no fuera Robert Zemeckis, un autor que siempre ha destacado por su exquisito uso de la tecnología para narrar historias. Y quizá no sean para tanto desde el punto de vista de la mayor parte de los espectadores de The Walk. Pero estando tan cerca del cielo, en una secuencia extensa y maravillosamente planificada, recreación definitiva de un sueño imposible y preludio de un epílogo hermoso y emocional como pocos (aunque exija un cariño por Nueva York y por este símbolo desaparecido que igual no todo el mundo tiene), es una pena no haber llegado a cruzar ese umbra por el que Zemeckis ya nos ha llevado más de una vez. No minimiza eso el impacto de la película, pero es su punto débil. Precisamente en lo que tenía que ser su punto fuerte.

lunes, enero 21, 2013

'Lincoln', inmenso drama histórico

Lincoln es un drama histórico inmenso. Partir de ese punto simplifica el catálogo de alabanzas que supone hablar de una obra cumbre, una más, de uno de los directores más influyentes de las últimas cinco décadas, al que se le ha negado con demasiada facilidad el reconocimiento por haber servido a la noble causa del entretenimiento audiovisual. Steven Spielberg es uno de los más importantes cineastas de nuestra época, insisto en la palabra cineasta, y así lo atestigua su cine, su elevado número de películas sublimes, aquellas que han servido para marcar épocas y memorias, las que han formado los sueños cinematográficos de tantos espectadores. En Lincoln demuestra una vez su madurez como autor, su dominio absoluto de todo lo que sucede en la pantalla para componer un fresco impresionante. Y añade a su gran colección de interpretaciones, algo que con frecuencia se le ha negado que forme parte de sus talentos, la de un Daniel Day Lewis legendario. Él es, ya para siempre, la efigie de Abraham Lincoln. Y ésta, la película definitiva sobre su protagonista.

La sensación que deja Lincoln es profunda. Durante su visionado y después del mismo. Tiene presencia y tiene poso. Spielberg, siguiendo un sobresaliente guión de Tony Kushner (que ya hizo para Spielberg el también impactante libreto de Munich), muestra una historia intensa y memorable, la del final de la guerra civil estadounidense y la lucha por sacar adelante la decimotercera enmienda de su Constitución, la que debía abolir para siempre la esclavitud. Y, al mismo tiempo,traza un minucioso retrato de una figura histórica como la de Lincoln. Fascinante en el papel y aumentada en la pantalla por la labor de Spielberg y Daniel Day Lewis. El director le da al actor todas las armas para que su interpretación sea única y redonda. Hace crecer su figura con sus encuadres, con sus sombras, con sus movimientos de cámara. Lo hace con una sutileza impresionante pero que tendría que ser mostrada en todas las escuelas de cine. Nada de lo que hace Spielberg es gratuito, toda tiene una razón de ser y prácticamente todo (por no hablar en términos absolutos) funciona a la perfección.

Y Daniel Day Lewis responde al mismo nivel, dejando un regalo irrepetible. Aunque hay que tener en cuenta que este actor sólo sale de su casa cuando una película realmente le motiva, no deja de ser curioso que no fuera la primera opción para el papel. Liam Neeson, al que Spielberg sacó un trabajo inolvidable en La lista de Schindler, iba a hacer la película. Entre director y actor refuerzan una imagen mítica a la que hasta ahora le faltaba un referente indiscutible. Hacen que sea un hombre legendario, a la altura de este presidente de los Estados Unidos intocable que forma parte de la memoria colectiva, pero también un hombre de carne y hueso. Vemos al político, al líder, pero también al esposo y padre de familia. No es un retrato complaciente, sino complejo y que, en manos de ese guión de Kushner y la dirección de Spielberg, evita el riesgo de ser el centro único e indiscutible de la película que se lleve por delante lo que tiene alrededor. Al contrario. Lincoln no es sólo Daniel Day Lewis, sino que él es la pieza central de un conjunto extraordinario, que dentro de su reparto aporta la enorme presencia de Tommy Lee Jones o el magnífico contrapunto de Sally Field.

Y es que Lincoln es perfecta en muchísimos sentidos. Hay apartados técnicos de matrícula de honor, como la fotografía de Janusz Kaminski o el montaje de Michael Kahn, por no hablar de la intachable ambientación histórica por medio del diseño de producción de Rick Carter o el vestuario de Joanna Johnston. Decir que lo más flojo está en la música del maestro John Williams, quizá demasiado impersonal, da idea del altísimo nivel que tiene la película en todas sus facetas. Y qué decir de todo el reparto, memorable en un conjunto, con apariciones destacadas de Joseph Gordon-Levit (aún con una gran e indispensable escena, puede ser el personaje menos útil a la historia), James Spader, Jared Harris o David Strathairn. Pero la maestría técnica de cada uno de estos aspectos sobrepasa los límites de cada sector y acaba desembocando en una artesanía magistral gracias a Spielberg, el autor que mejor entiende cómo conectar todos los elementos para crear una película apasionante. En ningún momento se hacen pesados sus 150 minutos, necesarios para entender la historia. No sobra una escena. No está de más un solo plano. ¿Que apela a los sentimientos? Sí, eso forma parte de Spielberg. ¿Eso hace de Lincoln una película blanda? No, aunque quizá quienes no conecten habitualmente con su sensibilidad puedan considerarla así.

Lincoln es una obra de arte. Y lo digo en el sentido más amplio de la expresión. Teniendo un guión formidable y unos diálogos importantes, tal es el poder cinematográfico de Spielberg que incluso sin sonido es una película visualmente magnética. Puestos a calificar, y dentro de sus dramas, encaja entre los mejores, probablemente junto a La lista de Schindler y la infravalorada Munich. Y en este punto de su carrera recoge con sumo acierto y mejorando características anteriores aspectos que recuerdan a otros de sus filmes: las escenas políticas solemnes de Amistad, el arrollador carisma de un personaje protagonista de La lista de Schindler, la poética transmisión de mensajes con planos muy concretos de Caballo de batalla, la trascendencia histórica de Munich, el mensaje de El color púrpura, y la sinceridad de El imperio del sol. Es un Spielberg en estado puro que, ya desde la misma temática de la película, estaba llamado a ser impresionante y que con un clasicismo ejemplar y de escuela de cine cumple las expectativas que siempre levante la obra de un genio que no siempre es reconocido como se merece.

viernes, octubre 19, 2012

'Looper', formidable epopeya de viajes en el tiempo

La ciencia ficción está en forma. Desde hace unos años, es fácil encontrar títulos que tienen la capacidad de convertirse en pequeños clásicos de forma instantánea. Sucedió con District 9, Moon, Código fuente o Destino oculto y pasa ahora de nuevo con Looper, una muy estimulante propuesta sobre viajes en el tiempo que sólo tiene un pequeño y probablemente debatible defecto: su duración. Puede que le sobren unos diez minutos de sus dos horas para alcanzar el sobresaliente, y es que la sínstesis es una capacidad que tienen pocos directores actuales, pero el viaje es igualmente entretenido y original. Looper es también la demostración de que, en la ciencia ficción, todo está en la idea y en los personajes. Y Looper tiene ambas cosas, además de una ambientación espléndida, toques de western y cine negro y un reparto espléndido. Puede que esa mezcla haga que algunos momentos de este filme suenen a ya vistos, pero la mezcla funciona demasiado bien como para que eso suponga un reproche.

Bienvenidos a otra de esas películas que no son amigas de las sinopsis. No voy a contar nada de su desarrollo, sólo la premisa básica fundamental. Estamos en el año 2044. Treinta años más adelante se habrá inventado el viaje en el tiempo. Y prohibido de inmediato por sus peligros. Pero las mafias lo utilizarán para deshacerse de todos sus cadáveres en el pasado, donde no se puedan rastrear. Para eso, tienen en el presente asesinos a sueldo, conocidos como loopers, que son enviados a una localización y momento concretos para disparar a la víctima, atada y encapuchada, que aparece ante ellos. A su espalda encontrarán su pago, lingotes de plata. Como es una actividad prohibida, lo único inusual que se puede encontrar un looper es a sí mismo pero más viejo, puesto que las mafias a veces deciden eliminar todo cabo suelto de sus operaciones. El pago entonces es en oro y mucho mayor. En otras palabras, se garantiza al looper un retiro inmejorable de treinta años de duración.

La premisa es intrigante. Y la historia que monta a su alrededor el semidesconocido Rian Johnson (director de Brick y The Brothers Bloom) es espléndida. Quizá esos minutos que le sobran puedan estar en la introducción a este singular universo, pero es indudable que la explicación es fascinante y sirve como trampolín para atrapar al espectador. De la mano del looper Joe (un Joseph Gordon-Levitt con aspecto ligeramente retocado, tan sobresaliente como siempre), nos adentramos en el sórdido mundo de esta nueva casta de asesinos a sueldo. Y una vez que formamos parte de este mundo es cuando Johnson desata la acción. Pero lo hace de un modo poco habitual en este tipo de cine, en pequeñas dosis, lentamente, con un ritmo pausado pero nunca cansino. Con leves pinceladas de ciencia ficción (algún escenario, algún vehículo, algún diálogo) y mucho de desarrollo de personajes. Todo para ir comprendiendo poco a poco un cuadro mucho mayor del que parece que se va a mostrar al principio.

Y es que Looper no se detiene en la acción o en algún momento espectacular (que los tiene, ojo a la irrupción del pistolero Jesse y cómo se resuelve la escena), sino que plantea reflexiones sobre las consecuencias de los actos, incluso sobre el sentido de la vida (¿no aborda esto de alguna manera todo título de ciencia ficción?), a través de personajes sensacionalmente escritos, humanos incluso dentro de la frialdad de algunos y creíbles siempre. Se parte de la ciencia ficción y el thriller de acción para llegar al western en cuanto entran en juego Sara (Emily Blunt) y su hijo, Cid (un tan joven como sorprendente Pierce Gagnon), y más adelante todo se mezcla para cerrar un escenario formidable y sin apenas fisuras, en el que Bruce Willis vuelve a destacar, porque siempre habrá cosas en pantalla que estarán bien hechas siempre que las haga él, y en el que Jeff Daniels demuestra que incluso los diálogos más absurdos pueden funcionar en una película de ciencia ficción si el actor cree en ellos tanto como el guionista que los ha escrito.

Looper es mucho más que una película de viajes en el tiempo, mucho más que una cinta de ciencia ficción. Otra vez hay que insistir en que el género no hace al público, sino que es la historia lo que puede hacer que merezca la pena. Seguro que habrá quien lea lo de esta sociedad del futuro y la máquina para retroceder al pasado (cuyos efectos, por cierto, se plasman en la pantalla con una sencillez que, por eso mismo, parece rompedora) y piense "esa película no es para mí". Sería una pena, porque Looper es uno de los mejores títulos del año, de los más sólidos, de los mejor construidos y de los que mejores debates deja para después de la proyección. La película está compuesta con inteligencia, gran sentido del ritmo y del espectáculo, creando un mundo extraordinario con personajes formidables. Con un poco más de precisión en la introducción, sería insuperable, pero tal y como está es sencillamente una gozada. Sí, la ciencia ficción sigue de enhorabuena.

domingo, septiembre 23, 2012

'Sin frenos', delirante y divertida

La simple idea de tener a un mensajero en bicicleta por las calles de Nueva York protagonizando una película es delirante. Muy delirante, si la bicicleta es, efectivamente, tan protagonista como el propio mensajero. Delirante, sí, eso es Sin frenos. Y en ese delirio es donde está el gran acierto del ya más que inclasificable David Koepp, director y coguionista de la película, porque adopta un tono impecable, serio cuando debe serlo y abiertamente cómico cuando corresponde, colocando una historia tópica en un envoltorio tan extraño y rocambolesco que divierte, divierte mucho. Con sus golpes de efecto, quizá incluso con diálogos que no estaban pensando para arrancar risas y, sobre todo, con las interpretaciones de Joseph Gordon-Levitt y Michael Shannon. Es hasta gracioso ver que uno ha salido en la última película de Batman y el otro será el malo de la próxima de Superman. Si es que hasta eso es divertido en Sin frenos, una sorpresa entretenidísima, una idea descabellada de Koepp que funciona a la perfección a lo largo de los 90 minutos que dura.

Empieza Sin frenos y uno tiene la sensación de estar viendo la película oficial de Google Maps. O de cualquiera de esas aplicaciones para móvil con los mapas de una ciudad. Continúa el filme y parece que estamos viendo Matrix desde el punto de vista de un mensajero (porque tiene la capacidad de detener mentalmente el tiempo para ver qué ruta le interesa coger para no estrellarse en este Nueva York de locos que forman taxistas y peatones). Y sigue, y casi parece un French Connection en bicicleta, al menos en la escena de la persecución. Delirante todo, algo a lo que contribuye el grafismo de la película. Pero, de repente, te das cuenta de que te lo estás pasando bien. Que el delirio definitivo que se ha instalado en la pantalla te ha contagiado. Te ríes con los golpes de humor, incluso con los abiertamente sádicos (cuando esas visiones anticipadas de lo que le sucedería a nuestro mensajeros se asemejan a cualquier escena sacada del Carmageddon, ese juego en el que había que atropellar todo lo atropellable), te importa hasta la obligada historia de amor que salpica la película, te sientes identificado con la competencia que se establece entre los dos mensajeros y te intriga qué puede haber dentro del maldito sobre que dispara la trama.

Como ya he dicho, Koepp es un tipo inclasificable. Director de películas como El efecto dominó, El último escalón o La ventana secreta, guionista de Spielberg en Parque Jurasico, La guerra de los mundos, o el último Indiana Jones, de Ángeles y demonios, de la irremediablemente genial Atrapado por su pasado o del primer Spider-Man de Sam Raimi. Y ahora director de Sin frenos. Lo cierto es que se lo monta bien en este filme porque va acumulando motivos para que su película se vaya deslizando en el terreno de lo apreciable desde el delirio inicial. Lo hace, además, con notables técnicas cinematográficas, como los flashbacks que van rellenando los huecos de la historia, que permiten ver las escenas que ejercen de ancla entre los personajes desde diferentes puntos de vista. Y lo hace, sobre todo, con un perfil en sus personajes protagonistas que engancha con mucha más efectividad que el trasfondo social que se descubre en torno a la hora de película.

Que Joseph Gordon-Levitt es un actor más que interesante lo había probado ya Christopher Nolan en Origen y en El Caballero Oscuro. La leyenda renace, pero dar vida de forma creíble y humana a este tipo al que agobian los despachos y prefiere sentir la velocidad de la bicicleta es una tarea que aprueba con nota y que tiene su mérito, precisamente por el atípico envoltorio que tiene el filme. Michael Shannon, polifacético actor donde los haya, ofrece una nueva muestra de lo fácil que se le da cambiar de piel, desde el introvertido paranoico de Take Shelter al inquietantemente sincero personaje de Revolutionary Road. Los toques oscuros de su personaje hacen más deseable verle ya como el General Zod de El Hombre de Acero, el regreso de Superman a los cines del próximo año. Dania Ramirez, vista en la serie Héroes, consigue que su personaje tenga presencia a pesar de que parezca una mera excusa. Y todos juntos ofrecen tanto divertimento que se pueden perdonar las barbaridades que, en el fondo, contiene la película. Porque eso de hacer mountain bike sobre unos coches con varias costillas rotas parece ciencia ficción.

Sin frenos es una rareza. Parece que va a ser una de esas películas en las que el protagonista tiene que hacer algo que se muestra a tiempo real (y mientras lo parece recuerda a A la hora señalada, una película semiolvidada con Johnny Depp) y sus flashbacks hacen que sea mucho más que eso. Parece que va a ser una glorificación del mensajero en bicicleta, como si eso fuera necesario, y resulta que se convierte en una película entretenidísma y divertida desde el comienzo hasta ese último y casi imperceptible gag final sobre el tráfico de Nueva York. Recomendable por delirante y por diferente. Y una curiosidad. Después de la primera parte de los títulos de crédito finales, se incluye una toma de cómo quedó el taxi contra el que se estampó el propio Gordon-Levitt rodando la película. Para entonces, Sin frenos ya me tenía ganado sin remedio porque, por muy delirante que pueda ser y por muchos prejuicios que uno lleve encima a la hora de sentarse delante de la pantalla, me lo ha hecho pasar en grande.

viernes, julio 20, 2012

'El Caballero Oscuro. La leyenda renace', majestuoso final de una trilogía irrepetible

Cuando vi por primera vez El Caballero Oscuro me pregunté qué podría hacer Christopher Nolan para superar la que, en ese momento y todavía hoy, era la mejor película que se había hecho nunca basada en un cómic. No sé si atreverme a decir que El Caballero Oscuro. La leyenda renace supera a la segunda entrega de esta portentosa trilogía cinematográfica, realmente no lo tengo claro, pero es que tampoco hace falta esa comparación. Son películas distintas, con sensaciones diferentes y con objetivos narrativos y visuales que se complementan. Sin la anterior, ésta no existiría. Y la anterior, sin ésta, probablemente quedaría un tanto incompleta. Forman parte de un impresionante universo fílmico. Lo que sí tengo claro después de un primer visionado es que esta tercera es una película poderosísima a todos los niveles, intensa y dramática, fiel a la esencia del cómic que permite que un personaje tan conocido como Batman tenga tantas y tan diferentes interpretaciones. En lo que al cine se refiere, éste es el Batman definitivo, como el de la serie de 1992 lo es en animación. Es una maravilla irrepetible y como tal hay que recibirla y, desde ya, venerarla.

No suele ser habitual que una distribuidora pida que no se revele el final de una película. Warner lo ha hecho con ésta y es lógico y entendible, pero viene a ser una ligera contradicción con respecto a la avalancha de markéting que viene mostrando demasiado desde hace unos cuantos meses. Yo cada vez tengo más claro que trailers, reportajes y adelantos visuales, fotográficos o escritos, sólo sirven para arruinar en parte la experiencia cinematográfica tal y como la ha planteado el cineasta. A mí no me hacía falta nada de esto para convencerme de ir a ver El Caballero Oscuro. La leyenda renace. La ecuación era fácil y se sostiene por sí sola. Christopher Nolan ha conseguido que mucha gente se tome en serio las historias de un personaje de cómic. Y el cómic, nos pese lo que nos pese, sigue sin tener el reconocimiento que merece. Por eso, aunque sólo fuera por eso, Nolan es un genio. Batman Begins era una pequeña gran gozada. Pero El Caballero Oscuro llevó el juego a un nivel totalmente nuevo. Nolan hizo un clásico del siglo XXI protagonizado por un tipo con capa y un psicópata con la cara pintada de blanco. Y la gente lo entendió.

Aumentar la escala de aquello lleva por fuerza a cambiar el planteamiento otra vez. Pero las bases son las mismas. Nolan extrae lo mejor de algunas historias de cómic (no voy a decir cuáles, porque en algún caso reventaría las sorpresas del filme) y lo traslada a un universo muy personal en el que siempre hay una sensación que se apodera de la película. No es la primera vez que lo digo, pero creo que es importante insistir en que hay toda una evolución psicológica en el Batman de Nolan. Batman Begins habla del miedo, El Caballero Oscuro del caos y El Caballero Oscuro. La leyenda renace de la destrucción... y también del renacer de las cenizas. No hay más que ver el título original, The Dark Knight Rises, mucho más gráfico que la traducción al español. Para hablar de ese renacer, Nolan crea un relato épico, construye una película de guerra más que de superhéroes, con un formidable desarrollo de personajes e historia (quizá levemente ingenuo en algún momento) y un clímax final absolutamente portentoso. La trilogía de Batman de Nolan es lo mejor que se ha rodado nunca sobre un personaje de cómic. Y el final está a la altura.

Porque, a pesar de los logros de Nolan, algunas sensaciones previas eran de duda legítima. Superar El Caballero Oscuro no era tarea fácil. Hacer creíbles a Bane y Catwoman, los nuevos personajes de esta cinta, tampoco. Dar un cierre que hiciera justicia a lo anterior, mucho menos. Pero Nolan sale triunfante de todo. Tendría que haberme hecho caso a mí mismo cuando, después de ver la anterior película, me dije que Nolan tenía carta blanca para hacer lo que quisiera, porque se la había ganado. Si es que nadie ha entendido a Batman en el cine mejor que él. Si es que ha conseguido que incluso las traiciones más grandes a la literalidad de la historia del cómic, que las tiene su visión, sean más fieles al espíritu de lo que cientos de creadores han construido en las viñetas desde que Bob Kane y Bill Finger crearan al personaje en 1939 que las miradas de otros que se han erigido como adalides de esa misma fidelidad. Si lees un cómic, no encontrarás a este Bane. Ni a esta Catwoman. Ni al Joker, al Espantapájaros o al Ra's Al Ghul de las anteriores películas. Pero son ellos en esencia.

Ese es sólo uno de los méritos de Nolan, que ha sabido construir un universo cinematográfico verosímil, creíble, hermoso y violento, en una historia de unas siete horas que quita el aliento de principio a fin, hasta llegar a un final prodigioso, excelso, admirable que he hecho que el director se supere a sí mismo como director de piezas de acción. Mirar a este universo es asumir ingentes grados de genialidad a todos los niveles. Nolan es el arquitecto, pero no hay nada que no esté a la altura. El perfecto vestuario de Lindy Hemming, el maravilloso diseño de producción de Nathan Crowley y Kevin Kavanaugh, la prodigiosa excelencia de la música de Hans Zimmer (me da igual que los Oscar no le acepten por tener no sé qué porcentaje de música no original, debió ganar por El Caballero Oscuro y debería ganar por esta incomparable sinfonía de tensión y acción), la fotografía de Wally Pfister... Todo está a un nivel impresionante. Y por eso está película es un sueño hecho realidad para cualquier aficionado a los cómics de Batman. Todo funciona.

Y qué decir de los actores... Sólo los nombres ya impresionan. Es una gozada ver a Michael Caine en algunas de sus mejores escenas de los últimos años, y eso que da vida a un secundario, uno imprescindible como es Alfred pero secundario al fin y al cabo. Christian Bale es, sencillamente, el Batman definitivo. Pero también el Bruce Wayne, que encuentra un reflejo precioso en el humano policía de Joseph Gordon-Levitt. E insisto en que la literalidad del cómic no encuentra acomodo completo aquí, especialmente en su personaje. No tiene el carisma del Joker de Heath Ledger, pero Tom Hardy es un Bane impresionante que cumple todo lo que cabía esperar de él, por muchas dudas que suscitara y por mucho que se haya hablado más de si se le entiende bien (que sí, por cierto) antes que del personaje que construye. Y Anne Hathaway es perfecta para este universo de Batman. Perfecta, sencillamente perfecta, sensual y mordaz. Incluso con tacones. ¿Quién si no Christopher Nolan podía hacer que tomáramos en serio a una Catwoman que viste prácticamente igual que la de la serie de televisión de los años 60? Origen ya demostró que Nolan también era capaz de escribir buenos personajes femeninos, muy escasos en su todavía corta filmografía, pero este papel y el de Marion Cotillard (precisamente una de las actrices de Origen) son un paso más en ese sentido.

El Caballero Oscuro. La leyenda renace es una gozada. Al mismo nivel que lo fue El Caballero Oscuro, superior a lo que fue Batman Begins. Lo que está claro es que la escalada en la épica es brutal, deudora de un tipo de cine que, en realidad, hace muchas décadas que ya no se hace. También en la duración, que llega hasta los 162 minutos. Pero sobre todo en las sensaciones. Christopher Nolan ha dado dignidad a un tipo de cine del que cada vez menos gente se burla. Lo ha hecho con un respecto reverencial a personajes con décadas de existencia pero dándoles una imagen única y muy personal. Su trilogía de Batman es la obra de autor más comercial que se haya hecho nunca, porque ha conseguido ponernos de acuerdo a casi todos. Y, sí, se le pueden sacar pequeñas pegas, momentos que no todo el mundo va a comprender emocional o argumentalmente y pequeñas caídas de ritmo que habrá quien vea como defectos imperdonables. Pero el conjunto es sencillamente majestuoso, como su final, tanto el clímax como el epílogo. Es una trilogía irrepetible y se cierra como tiene que ser, a lo grande. Gracias, Mr. Nolan.

Aquí, otra reseña de El Caballero Oscuro. La leyenda renace.