Mostrando entradas con la etiqueta Oliver Stone. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Oliver Stone. Mostrar todas las entradas

viernes, octubre 14, 2016

'Snowden', cine necesario

A Oliver Stone se le pueden reprochar muchas cosas, pero nunca que no haya sido un tipo atrevido. Incluso ahora que parece mostrar una mesura que no siempre ha tenido, la elección de los temas de sus cintas es siempre llamativa e interesante. Su cine, por muy criticable que pueda llegar a ser, es necesario. Snowden es necesaria. Puede que si saliéramos a la calle y preguntáramos qué hizo exactamente Ed Snowden para convertirse en una celebridad, mucha gente no sabría responder con precisión. Snowden, la película, da respuestas precisas y accesibles, herramientas para un debate que se vive dentro y fuera de la película. Lo hace, por supuesto, bajo el marco de una estructura previsible, en la que se sabe cómo va a comenzar y finalizar la película, en la que incluso se pierde alguna oportunidad que un Oliver Stone hace algunos años no habría dejado escapar, pero el resultado final es tan sólido como entretenido.

La clave está en que hay un buen equilibrio entre las dos mitades del filme, las dos comandadas por un soberbio Joseph Gordon-Levitt, que demuestra una vez más que no sólo es un espléndido actor sino que tiene un dominio de la voz y de los acentos que justifica por sí solo la necesidad de ver la película en versión original. Por un lado, la entrevista, la confesión de Snowden a un reducido grupo de periodistas y las maquinaciones sobre cómo hacer públicos los secretos de la administración norteamericana que ha robado. Por otro, el periplo del propio Snowden, como pasa de ser militar a un genio informático para diversas organizaciones gubernamentales. Lo primero tiene momentos de pura fascinación, quizá los mejores de la película. Lo segundo, la evolución del personaje y el debate entre libertad y seguridad que viene protagonizando la agenda política mundial desde el 11-S. Y ambas se conjuntan bien. Por peso y por narrativa.

Es evidente que hay un componente heroico y glorificador en la forma en la que Stone retrata a Snowden, uno que se ve sobre todo en el epílogo de la película, pero no es algo incisivo ni tergiversado. Stone muestra a un hombre con dudas. Muy humano en ese sentido, y por eso no chirría en absoluto que los tecnicismos informáticos se vayan entremezclando con su vida personal, con la presencia de Shailene Woodley, una actriz que comienza aquí a recuperar algo del terreno perdido con su trabajo en la serie Divergente. Tan humano que la relación que este Snowden entabla con cada personaje es fundamental para entender todo el cuadro. La camaradería con algún compañero de agencia, la confianza absoluta en el trío de periodistas que forman con un empaque tremendo Melissa Leo, Zachary Quinto y Tom Wilkinson, y sobre todo la brutal contraposición ideológica con el personaje de Rhys Ifans que se plasma en una enorme pantalla en una memorable secuencia, quizá la mejor de la película, metáfora absoluta de la vigilancia que se denuncia.

Más allá de su estupendo reparto y de su más que correcta construcción siguiendo el manual del biopic, Snowden destaca porque sabe cómo hacer accesible un tema que ni siquiera los medios de comunicación han sabido tratar adecuadamente. El riesgo de perder al espectador en tecnicismos, nombres y agencias siempre está ahí, pero Stone, coautor también del guión y experto en el tema tras haber conocido también al propio Snowden en persona, lo sortea con habilidad. Tiene ya muchos años de cine controvertido a sus espaldas como para no saber que en el debate ideológico es imprescindible no aturullar al espectador. Por eso su cine, mejor o peor, sigue siendo necesario. Por eso personajes como Snowden y temas como la libertad y la vigilancia gubernamental siempre van a ser la base de películas que, al menos, ofrezcan algo interesante al espectador. Esta, desde luego, lo hace, y lo consigue en un formato igualmente entretenido que incluso aguanta bastante bien una duración de más de dos horas.

viernes, septiembre 28, 2012

'Salvajes', entre la sórdida solidez y la extraña caricatura

Decía Obi-Wan Kenobi a Han Solo en el primer Star Wars aquello de "¿quién es más loco, el loco o el loco que sigue al loco?". Oliver Stone ha querido plantearse una pregunta similar, pero eludiendo a los locos y centrándose en los salvajes. Y, claro, el título de su película no podía ser otro que Salvajes. Que Stone es un polemista es algo que se sabe desde hace décadas. En Salvajes sigue esa tendencia que, a estas alturas de su carrera, ya no va a cambiar. No lo es tanto como en otras películas porque aquí sus ganas de polemizar se circunscriben a la violencia, al sexo, a lo incorrecto, y no pasan a temas de mayor calado emocional, político o policial. No traspasa esa línea en ese retrato sórdido que firma con la solidez habitual porque, al mismo tiempo que desarrolla esa película, la adorna con extrañas caricaturas, con personajes extremos que, eso sí, están entre lo que mejor funciona del filme. La mezcla funciona sin mayores pretensiones. No está entre las mejores películas de Oliver Stone, pero sí da lo necesario para ser apreciable.

Hay directores que suelen buscar siempre la película definitiva sobre un tema. Oliver Stone es uno de ellos. Y hay que reconocerle que, en ocasiones, ha conseguido esa distinción, siendo su más destacable logro la trilogía que no era tal sobre Vietnam (y en especial sus dos primeras patas, Platoon y Nacido el 4 de julio) o su visión sobre el asesinato de Kennedy, tan inverosímil como segura de sí misma (JFK). Pero en otras, esa misma pretensión ha jugado en su contra (Alejandro Magno o W., por ejemplo). Con Salvajes, Stone ha sabido moverse con habilidad. Se detecta ese presunción de querer erigirse como la película definitiva del tráfico de drogas (de un modo muy distinto a como lo quiso hacer Steven Soderbergh, otro de esos directores, con Traffic), pero al mismo tiempo quiere ser un entretenimiento puro y duro, con más fuerza en los personajes extremos que en la historia, con poderosas interpretaciones y con algún que otro elemento más que discutible en su envoltorio final.

A Stone es un director que no le ha sentado bien del todo la modernidad y los juegos visuales que conlleva. Los emplea con insistencia, logra algunos efectos interesantes de vez en cuando, pero en general siempre parecen lejos de la autoría del mejor Oliver Stone. Y tampoco parecen muy propios de su cine los retratos caricaturescos tan marcados, pero aquí los hay en abundancia. La película cuenta la historia de tres jóvenes que han formado un negocio de venta de marihuana. Los dos hombres (Aaron Johnson y Taylor Kitsch) y la mujer (Blake Lively) forman además un triángulo romántico y sexual consentido y conocido. Entonces reciben la oferta de un cartel gobernando por una mujer (Salma Hayek), para la que trabaja un violento matón (Benicio del Toro). O se unen a ellos o lamentarán las consecuencias. Para completar el cuadro, está el agente corrupto de la agencia antidroga (John Travolta). Los tres primeros simbolizan la transgresión habitual de Stone, aunque llevada a lo más vendible. Los tres últimos, esa caricatura que no es tan propia de su cine. Pero el caso es que funciona.

Y funciona por el trabajo de los actores. Benicio del Toro es, de largo, el que más parece disfrutar con su caricaturesco matón. No es nada novedoso, porque un personaje así se ve ya prácticamente en todos los thrillers modernos, pero compone un buen papel hasta un final que no termina de hacerle justicia. John Travolta y con Salma Hayek están un peldaño por debajo, pero se les puede sacar algún que otro momento divertido a ambos. Y cuando se cruzan Del Toro y Travolta, la película tiende por completo a la caricatura, diverida y funcional, pero igualmente sorprendente dadas las pretensiones iniciales del filme. ¿Y cuáles eran esas? Parece lógico pensar que están en el retrato de la transición de personas normales a salvajes, sobre todo la del personaje de Aaron Johnson. Más interesante en su conjunto (es decir, viendo el inicio y el final del personaje) que en su transición, que a veces parece demasiado forzada. Y es que es ahí donde está el punto débil de Salvajes, en su guión, muy descompensado.

Momentos más que interesantes se mezclan con escenas superfluas. El final es sencillamente extraño y poco justificado. La voz en off del personaje de Blake Lively no parece nunca el hilo conductor adecuado. Y eso último es una lástima, porque Blake Lively está entre lo mejor de la película. Mucho más que un precioso maniquí, los papeles de alma torturada o de muñeca rota le van como anillo al dedo. Lo demostró en The Town, lo demuestra aquí. No termino de saber si es fascinación ante su peculiar belleza o una auténtica demostración de talento, supongo que para eso harán falta más años, más películas y menos Green Lanterns en su carrera, pero su personaje es, con diferencia, el que más satisfacciones ofrece. Aunque el guión no termine de hacerle justicia con esa voz en off y aunque algunos caminos de esta Salvajes no estén tan explorados como podrían haberlo estado (el vídeo en el móvil, lo más salvaje de la película, queda como una anécdota casi sin importancia), es imposible no rendirse ante la infinita tristeza que desprende su mirada. Es la luz que ilumina un buen conjunto. Sólido y raro, pero bueno en definitivo si se ve sin las pretensiones de que sea la película definitiva sobre nada.

viernes, octubre 08, 2010

'Wall Street. El dinero nunca duerme', a medio camino

En un momento como el actual, uno no puede más que echar de menos al Oliver Stone de los años 80. Aquel tipo valiente y decidido a remover conciencias del que ya no queda más que la fachada polémica y un más que hábil director de cine. Porque aquel cineasta habría sido capaz de crear la película definitiva sobre la crisis económica y el tramposo mundo financiero. Una que habría avivado polémicas, atraído miradas y llegado a las conclusiones más rompedoras que uno pudiera imaginarse. Pero aquel Oliver Stone no es el Oliver Stone que ha dirigido la tardía e inesperada secuela de Wall Street (filme mucho más valiente y duro que su continuación). Este Oliver Stone ha dejado un producto bien hecho, más destacable en la forma que en el fondo y con una gran dirección de actores. Pero los causantes de la crisis se han escapado vivos. La crítica de Oliver Stone se ha quedado a mitad de camino. O, si acaso, en la primera parte de la saga de Gordon Gekko, aquella que se estrenó en 1987.

Porque son años ya en los que Oliver Stone se debate entre la polémica más superficial (su versión de Alejandro Magno y su permanente insistencia en recalcar su homosexualidad o su limitada y caricaturesca visión del anterior presidente norteramericano en W) y las historias que no contienen halos de controversia (como su mirada humana y nada conspirativa al 11-S en World Trade Center). Y cuando decidió afrontar la crisis económica como argumento, uno podía pensar que ahí podría recuperarse el director que habló con franqueza de la guerra de Vietnam en su durísima trilogía (Platoon, Nacido el 4 de julio, El cielo y la tierra). Pero no es así. Sí es cierto que se acerca por momentos en secuencias llamadas en el guión a ser grandes para el análisis y reflexión. Pero no menos cierto es que la película deriva mucho más a la situación de los personajes que a la de la economía global.

Al final, el mejor punto de partida para los análisis que se puedan hacer de la secuela de Wall Street los deja el personaje de Michael Douglas en sus diálogos. En una de sus primeras apariciones, en una charla ante jóvenes, les dice "estáis jodidos". Si Oliver Stone hubiera continuado por ese camino, El dinero nunca duerme podría haber sido, al menos, lo que El color del dinero fue para El buscavidas, una secuela tardía de categoría y adaptada a los nuevos tiempos. Pero no lo es. El final sensiblero-familiar acaba por desbordar todas las pretensiones en este sentido, ya tambaleantes durante buena parte del metraje. Y en la última escena, el propio Douglas pregunta si "nadie cree en segundas partes". Parece casi un guiño interno, una forma de justificar una película que muchos creen oportunista. El tema es oportuno. La forma en la que le ha dado forma Stone es lo que hace que se vea como oportunista. No es la película definitiva sobre la crisis que podría haber sido con más arrojo.

Quizá el polemista Oliver Stone ha ido perdiendo peso con los años al mismo tiempo que ganaba peso la habilidad de Oliver Stone para manejar la cámara. Quizá ahora tiene mucho más dominio de lo que hay en la pantalla que de lo que puede provocar fuera de ella. Y por eso, lo mejor que deja Wall Street. El dinero nunca duerme es un reparto sencillamente espectacular. Michael Douglas es mejor actor de lo que muchos le han reconocido durante años, tiene un carisma que llena la pantalla. Pero si además cuenta a su alrededor con Shia LaBeouf (el más conocido, el más flojo de todos), Josh Brolin (que ya hizo para Stone una espectacular recreación de George Bush hijo en W.), Carey Mulligan (descubierta para el mundo en An education), Eli Wallach (breves pero espeactculares apariciones las suyas), Susan Sarandon (haga lo que haga, siempre es una delicia verla) y Frank Langella (en estado de gracia en los últimos años, con el pico inolvidable de Frost contra Nixon), la cosa adquiere unas proporciones casi inolvidables.

Y es que si algo va a perdurar de esta Wall Street es el duelo interpretativo constante, los retos a los que los actores parecen someterse escena tras escena. Langella contra Brolin, Douglas contra Mulligan, Mulligan contra LaBeouf, Brolin contra LaBeouf, Douglas contra Brolin, Wallach contra Brolin. Son todas escenas magníficas, excelentes enfrentamientos cara a cara protagonizados por intérpretes dando lo mejor de sí mismos. Casi dan ganas de eliminar el sonido de la película y ver sus miradas, sus gestos, su intensidad, para comprobar hasta dónde son capaces de llegar en cada escena. Y decía que LaBeouf es el más flojo de todos. Tiene cierta fama el protagonista de Transformers y coprotagonista de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Y es profesional. Pero le falta mucho por recorrer para devorar la pantalla como hace Michael Douglas, por ejemplo. Por él pasan los años, pero sigue ahí. Gordon Gekko fue el personaje que le dio un Oscar, un logro que no consiguió como actor su padre, el mítico Kirk Douglas. Y Gordon Gekko sigue ahí. Intacto. Inmortal.

Con todo esto, no es fácil decantarse. Es evidente que Wall Street, la original, se ha quedado vieja (y nada mejor para darse cuenta de ello que el magnífico prólogo de su secuela... que por desgracia ya habíamos visto en el trailer). Que la economía ya no es la que era a finales de los años 80. Que hace falta una película definitiva que aborde el mal endémico en el que vive este mundo, más allá de las pinceladas que deja Oliver Stone en esta secuela. Y es evidente que El dinero nunca duerme no puede ser esa película. Pero al mismo tiempo, se trata de un filme visualmente arriesgado. Sencillo en sus metáforas, quizá demasiado sencillo, pero atrayente con sus imágenes. Y sobre todo con sus magníficas interpretaciones, y su gran sentido del ritmo y de la música. Que la firme Oliver Stone hará que las opiniones sean encontradas y puede que hasta extremas. Ni tanto ni tan poco. Es un buen producto, con aciertos y con errores, con momentos prescindibles (¿Gordon Gekko sensiblero?) y otros inolvidables (ese silbido de Wallach). Interesante en todo caso.

viernes, enero 23, 2009

'W.' se queda en interesante... pero necesaria

Oliver Stone es un director que se maneja muy a gusto en la polémica. Seguramente él será uno de los pocos que tenga el valor suficiente para rodar una biografía de un presidente de Estados Unidos cuando éste todavía residía en la Casa Blanca. W. es un curioso biopic cuando seguramente el material podría haber dado para mucho más, pero Stone se mueve muy a gusto en este tipo de película y por eso el resultado es interesante. A veces parece perder la perspectiva y uno no sabe muy bien si es una película para ridiculizar al ex presidente, a mayor gloria del modelo de vida americano o simplemente una biografía más o menos objetiva. Pero en los peores momentos, que alguno tiene, el espectador se puede agarrar a las actuaciones, formidables casi todas ellas, y sobre todo a un inmenso Josh Brolin, que da vida, literalmente, a George W. Bush. Con todo lo bueno y todo lo malo que eso supone.

Quizá lo más reprochable de la película sea que se queda en la superficie de muchos de los temas que apunta (o que abiertamente zanje con una sola escena cuestiones como su alcoholismo), que esté más preocupada en desarrollar una caracterización de George Bush que en contar una historia. La mezcla de la narración presente (las fechas previas y posteriores a la guerra contra Irak) y pasada (la vida de Bush desde su etapa universitaria hasta que decide ser candidato a a las elecciones presidenciales) es hábil, tan hábil como suele ser el cine de Oliver Stone. Pero a veces da la impresión de que se escapa mucha historia entre los dedos. Las elipsis dejan la sensación de que hay demasiado por contar. Quizá sea cierto que la película es prematura porque, al fin y al cabo, cuenta una historia inacabada (que tiene además un final demasiado abrupto, quizá por este motivo), la de un presidente que todavía no había abandonado el poder.

Pero el retrato (pese a escenas tan prescindibles como la de la famosa galleta con la que se atragantó, que entran más en el terreno de la burla que en el del análisis o la narración) es necesario. Tan necesario como que el cine se preocupe de los entresijos de la política, y en eso Stone, guste más o menos, es todo un maestro. Capta la atención desde el primer momento, desde la conversación en el despacho oval para decidir cómo denominar a lo que finalmente se conoció como el Eje del Mal. Sin duda, la película gana fuerza en la narración presente, la guerra de Irak, y seguramente el producto final habría sido mejor si se hubiera centrado en ella (al estilo de Trece días, una película algo menospreciada que traza un retrato de los Kennedy con la excusa de la crisis de los misiles de Cuba). El afán de contarnos la vida personal de Bush y la relación con su padre al margen de la política incide en esa superficialidad que comentaba.

Vista la película y la perfección de la práctica totalidad de las caracterizaciones, es un interesante ejercicio pensar en los actores que estuvieron a punto de dar vida a los personajes. Christian Bale iba a ser Bush, e incluso se hizo las pruebas para el maquillaje. El papel de Bush padre pudo recaer en Warren Beatty o en Harrison Ford. Y Robert Duvall pudo hacer de Dick Cheney. Pero, como siempre, es un ejercicio más o menos estéril dado el buen resultado de todos los actores. James Cromwell (que ya hizo de presidente ficticio en Pánico nuclear) está formidable, casi tan genial como Scott Glenn en la piel de Donald Rumsfeld, Richard Dreyfuss en la de Cheney o Jeffrey Wright en la de Colin Powell. Este trío, de hecho, protagoniza escenas espléndidas. La película es impagable sólo por escuchar las discusiones sobre Irak entre Powell y Cheney. La decepción es Thandie Newton como Condoleezza Rice, un personaje que parece sobrar en la película.

Pero si alguien destaca por encima de todos es el protagonista principal, el auténtica corazón de la película. Josh Brolin traza un Bush realista hasta el extremo, creíble y patético a partes iguales. Lo suyo no es una imitación ni tampoco una caricatura. Es un personaje, pero es real. Y uno se pregunta, después de ver su actuación, cuánto hay del Bush de la pantalla en el Bush que vemos en los informativos. Si realmente el ya ex presidente de Estados Unidos tiene esa forma de hablar, de comer, de flirtear, de discutir y de mandar. Brolin consigue que la pregunta sea a posteriori, porque durante la película la credibilidad es total (inolvidable su discurso para justificar la invasión a Irak, con gestos del propio Bush pero con carácter propio). Y pone la piel de gallina pensar que efectivamente ese sea el perfil real del hombre que ha ocupado la Casa Blanca durante ocho años. Brolin es un pedazo de actor, cada vez más interesante.

Lo que no acabo de entender es que una película dirigida por un realizador de prestigio, que tiene un reparto francamente interesante, que trata de un tema de actualidad y que no es un producto malo o inestrenable, acabe en España directamente en televisión, sin un estreno cinematográfico ni siquiera videográfico. No lo entiendo, pero la emitió La 2 de TVE el pasado día 20. Al menos hemos podido verla, que por lo visto no es poco. Y así hemos salido de dudas: Aznar no aparece en la película. Sale Tony Blair, se ven conversaciones con Putin y Chirac. Pero España sólo aparece mencionada al hacer una pequeña relación de los países aliados. Y de Aznar, ni palabra. Con la ilusión que me hubiera hecho conocer el cásting que Oliver Stone podría haber hecho para elegir un actor que diera vida al ex presidente del Gobierno español...

miércoles, abril 09, 2008

Las caras que Oliver Stone pone a Bush y compañía

Oliver Stone ya está perfilando el reparto de W, la película biográfica que está preparando sobre el presidente norteamericano, George W. Bush. Será el tercer presidente que Stone refleje en sus películas, después de haber hecho JFK (Kennedy sólo aparecía en imágenes de archivo) y Nixon (Anthony Hopkins era el actor que se metió en la piel del entonces inquilino de la Casa Blanca). Los nombres escogidos por Stone no tienen desperdicio, y conforman un reparto de lo más interesante. Ahora bien, está claro que ha buscado visiones mucho más atractivas que la realidad en la mayoría de los casos...

Josh Brolin dará vida a Bush. Brolin se ha destapado como uno de los actores más interesantes del momento, gracias a sus papeles secundarios en películas como American gangster o En el valle de Elah, o su protagonista de No es país para viejos.

Elizabeth Banks no es un nombre excesivamente conocido, aunque ha tenido apariciones importantes. Por ejemplo, era la secretaria de Jameson en las tres entregas de Spider-Man y tenía un pequeño papel en Atrápame si puedes, de Steven Spielberg. Dará vida a Barbara Bush, esposa de George W. Bush.

James Cromwell es un actor de sobra conocido. Desde que allá por 1995 protagonizara Babe, ha aparecido en multitud de películas como secundario. En Pánico nuclear, la última aparición cinematográfica del agente Jack Ryan, ya ejerció de presidente de Estados Unidos. Ahora será Bush padre.

Ellen Burnstyn, la protagonista de El exorcista que lleva unos cuantos años sin hacer papeles de demasiada relevancia, volverá por la puerta grande de la mano de Stone. En W será Barbara Bush, esposa de Bush padre y madre del todavía presidente de los Estados Unidos.

El ex primer ministro británico Tony Blair tendrá nuevo rostro. En La Reina fue Michael Sheen quien le dio vida, y, de hecho, se ha hablado de una nueva película en la que repetiría papel, ésta centrada en el propio político británico. En la película de Oliver Stone, Tony Blair será Ioan Gruffudd, protagonista de Los 4 Fantásticos.

El último papel adjudicado que se ha conocido hasta el momento es el de Condoleezza Rice. Thandie Newton, conocida por Misión Imposible 2 o Crash, es la actriz que se lo ha adjudicado. La diferencia de atractivo entre personaje real e intérprete es aquí más acusada que en los demás papeles.
-
Quedan jugosos papeles todavía por adjudicar, como son los del vicepresidente Dick Cheney o el secretario de Defensa Donald Rumsfeld. Y como se dice que la película tendrá numerosas escenas relacionadas con la guerra de Irak (que serán en las que aparecerá Tony Blair), me sigo preguntando si José María Aznar tendrá protagonismo en la historia... ¿Hay algún actor que pueda parecerse a nuestro ex presidente del Gobierno...?