Sin pensar en adaptaciones previas o en la novela en la que se basa, Lejos del mundanal ruido invita rápidamente a fijarse en dos cuestiones fundamentales. La primera es su reparto, probablemente lo mejor de una película que se mueve muy correctamente por la historia, resultando difícil no centrarse en la siempre llamativa Carey Mulligan, muy bien acompañada por un trío masculino, el que forman Matthias Schoenaerts, Michael Sheen y Tom Sturridge. La segunda es su manejo del tiempo, que es quizá lo que menos convence de la película de Thomas Vinterverg. No convence porque, a pesar de que se introducen escenas de cosecha para mostrar el paso del tiempo y a que hay algunas alusiones a ese mismo aspecto, incluyendo una fiesta navideña, es imposible decir cuánto ha transcurrido entre el comienzo y el final o cuánto pasa entre escenas que resultan clave, ya que los personajes no parecen cambiar y porque las elipsis no están controladas y se echa en falta algo más de información para rellenarlas.
Y eso que no es una película excesivamente corta y se queda a un solo minuto de las dos horas, pero aún así el montaje se convierte en su mayor debilidad. Thomas Vinterberg, que salta al cine anglosajón después de la portentosa La caza con esta nueva adaptación de la novela de Thomas Hardy (la quinta, siendo la más conocida la que en 1968 dirigió John Schlesinger con Julie Christie y Terence Stamp encabezando su reparto), no domina el ritmo con tanto acierto como en aquella, aunque el gusto por las elipsis y por dejar que sea el espectador el que ate cabos sigue muy presente en su forma de entender el cine. No obstante, lo cierto es que aquí eso es más un demérito que un acierto (no hay más que ver la forma en la que la joven Fanny Robin regresa a la historia en el último tercio). Quizá no sea un defecto trascendental y no afecta tanto a la película como para dejarla en mal lugar, pero con algo más de acierto en este terreno sí podría haber conseguido que fuera algo más redonda.
Con ese defecto, hay que reconocer que los dos puntales obvios en una película de estas características los tiene. Por un lado, es una película de factura impecable, bien rodada porque todo lo que aparece en el encuadre encaja a la perfección en esta historia de época, trajes y escenarios, pero sobre todo actitudes y comportamientos de los personajes. Todo está perfectamente medido, quizá incluso demasiado, lo que resta algo de espontaneidad a la historia pero no en lo visual. E hilando con eso último, sobresale el reparto. Carey Mulligan es una actriz que fascina con cierta facilidad, y encuentra un tono comedido que encaja bastante bien con el de Matthias Schoenaerts. Eso sí, del trío masculino, y quitando algún momento magnífico de Tom Sturridge (cuyo personaje es claramente el peor perfilado de los tres, cayendo en la descripción fácil y no demasiado elaborada), es imposible no adorar la sutileza de Michael Sheen, un actor formidable que probablemente no tiene el reconocimiento que merece y que posee una exquisita versatilidad.
De hecho, si hay que buscar las mejores escenas de la película es difícil no incluir en ellas dos de las del propio Sheen, una conversación con Mulligan y otra con Schoenaerts en las que este intérprete muestra una sensibilidad sobresaliente. Ambas dan la mejor medida de la película y muestran que su funcionamiento es bastante correcto. Y es que, en general, o hay grandes sobresaltos, ni siquiera las escenas pensadas para quedarse en la retina (las habilidades de esgrima de uno de los tres personajes masculinos) sobrepasan lo correcto, pero tampoco hay más obstáculos para disfrutar la película que el mencionado manejo del tiempo. Lejos del mundanal ruido se convierte así en una cinta que se deja ver con bastante facilidad, en la que sus actores logran que la película adquiere un tono muy adecuado y donde el cuarteto amoroso, aún siendo previsible, se construye con bastante naturalidad.
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viernes, junio 12, 2015
viernes, mayo 17, 2013
'El gran Gatsby', la estética por encima de las emociones
Las dificultades inherentes al deseo de llevar al cine obras literarias de las consideradas grandes se multiplican si el responsable de realizar la adaptación es alguien con un estilo visual tan marcado que suele llevarse por delante la historia en favor de la fuerza visual. Eso es lo que le sucede a Baz Luhrman, un narrador de historias más que limitado, al acometer El gran Gatsby. Su exagerado estilo visual, anclado en los logros (si es que los tuvo, que eso forma parte de un debate apasionante pero diferente) de Moulin Rouge, encallan en una primera hora de película bastante aburrida en la que no pasa absolutamente nada, y una segunda... y algo más, hasta llegar a los 142 minutos, en la que, pese a que hay una evidente mejora que hay que vincular al buen trabajo interpretativo de sus protagonistas, las emociones no terminan de captura al espectador. Y teniendo en cuenta que estamos ante una potente e incluso desgarradora historia de amor, la ausencia absoluta de emoción sólo se puede entender como un fracaso de Luhrman y su apuesta estética.
Las dudas arrancan con la misma decisión de que sea Luhrman el que acometa esta adaptación de la novela de F. Scott Fitzgerald. No parece el director apropiado porque en sus anteriores trabajos realmente nunca ha sabido encontrar el ritmo, más que en momentos puntuales, y siempre se ha servido de otros elementos distintos de la misma historia para enganchar al espectador, esencialmente la música extemporánea que pone a sus historias (claros ejemplos son las en diferente medida sobrevaloradas Romeo y Julieta y Moulin Rouge) o un recargado y excesivo estilo visual, firma definitiva del realizador. Así, como uno de los números cabareteros de Moulin Rouge pero sin llegar a lo mejor de aquellos, representa Luhrman las fiestas en la mansión de Gatsby, y lo más curioso es que ni siquiera hacen justicia a lo que cabía esperar. Son frías, desde luego, pero ni siquiera alcanzan el grado de desenfreno o de protagonismo musical (no sólo hay música moderna, se mezcla con la del compositor de jazz George Gershwin) que cabía esperar vistos los precedentes y cómo se está vendiendo la cinta.
Hay momentos en los que parece que la película va a coger la fuerza que se le presupone, derivada de la novela, pero son espejismos que no proceden de la película o del trabajo de su director y coguionista, sino del esfuerzo individual y colectivo de sus protagonistas. Leonardo DiCaprio es un Gatsby espléndido, en imagen y en ademanes, que encaja en el personaje de maravilla, que lo hace suyo, y al que lo que más perjudica es el artificial intento de Luhrman de presentarle como una sombra desconocida para todos (algo de lo que parece arrepentirse después), cuando todo el público ha visto ya trailers y fotografías de la película. Esa forma de rodar ya no funciona conjuntada con esta forma de promocionar. No tiene sentido y no aporta nada. Lo bueno es que en estos minutos Tobey Maguire se ha hecho sin problemas con la narración de la película y Carey Mulligan ya ha conseguido que funcione esa encantadora aura angelical que se le presupone a su personaje. Lo mejor, sin duda, los actores.
Y es que Luhrman, cegado en sus obsesiones visuales como principal motor de su cine, no se da cuenta de que hay planos tan pensados para el 3D que vistos en 2D resultan insulsos o que alguna de las recreaciones digitales de esa Nueva York de los años 20, con sus excesivos y mal planificados movimientos de cámara, parecen casi dibujos animados, mucho más cuando inserta vehículos en ellos, que dan la impresión de estar más próximos a los de Speed Racer que a los de una película de época, por actualizada que se quiera presentar. El segundo motor del cine de Luhrman es la música. Y aquí, contra pronóstico, tiene menos protagonismo del que se intuía y mucha menos fuerza de lo que cabía esperar. Los excesos se limitan a la primera mitad de la película y no sobresalen especialmente, no dan lustre al producto y, finalmente, ni siquiera se convierten en lo que perdura en la memoria, cosa que sí podía pasar, por ejemplo, en Moulin Rouge.
El gran Gatsby visto por Baz Luhrman es una película sin alma, que desaprovecha un acertadísimo cásting en un festival de luz, color y sonido que ofrece más frialdad que grandilocuencia, y que deja más decepción que cualquier otra cosa, precisamente porque no presta atención a las emociones que se le suponen a la historia y a los personajes. Por eso, entrar en la comparación con la novela, sea o no el espectador conocedor o apasionado de la misma, es casi una pérdida de tiempo. Para eso, la película tendría que funcionar por sí sola y no lo hace, presa de las obsesiones estéticas de su director. No parece tampoco justo decir que El gran Gatsby es una mala película de una forma rotunda. Simplemente es una mezcla desacertada, en la que sobresale una figura de DiCaprio llena de encanto y atractivo, espléndidamente secundada por Maguire y Mulligan, pero que ve enterradas sus posibilidades en sus pretensiones de hacer algo diferente con algo que tendría que sonar más clásico, sobre todo emocionalmente.
miércoles, diciembre 28, 2011
'Drive', excesiva modernidad
Drive es una película difícil. Difícil de evaluar, difícil de ver en algún momento. En apariencia, todo está en orden. Algunas cosas son notables, algunas incluso sobresalientes. Bebe de numerosas fuentes apreciables, y eso se nota. Pero una segunda lectura revela huecos, errores y estridencias en forma de una violencia exagerada y manifiesta. Es una película moderna, y su modernidad lo impregna todo, a ratos para bien y a ratos para mal. Todo es a cámara lenta, todo es espectacular, todo es violento, todo es contundente, todo es como el cine de hoy en día lo esperaría. Y ese todo rodea una estructura clásica, que parece un western más que otra cosa a pesar de que el cine moderno no entienda ya de cowboys y si de personajes perdidos en grandes ciudades. Daive ha sido recibida en muchos sitios con entusiasmo, en festivales y medios de comunicación, y yo no termino de sentir ese entusiasmo por esta película. La veo mucho más moderna de lo que requiere y mucho más vacía de lo que parece. Si es eso es bueno o no tan malo es algo que tendrá que decidir cada espectador, pero a mí no me termina de convencer.
Pasada la primera escena (que parece, en realidad, un cortometraje con el protagonista al margen de la historia principal; y un buen cortometraje, por cierto, es una escena con gancho y con ritmo), Drive se convierte en dos cosas. Por un lado, es un western. Puro y duro. Por mucho que la película acontezca en esta época y con la gran ciudad (Los Ángeles) como telón de fondo. Pero es un western. Es Raíces profundas. Es Por un puñado de dólares (y eso lo delata el escasísimo diálogo del protagonista, en la línea del famoso Hombre sin Nombre de Clint Eastwood). Es, incluso, El jinete pálido, por recorrer tres épocas y tres tipos diferentes de western. Pero de todos ellos tiene algo. En realidad, lo que sucede en Drive es que se ven muchísimas influencias. Porque además de lo ya mencionado, tiene el toque urbano que Michael Mann puso, por ejemplo, en Collateral. Y es, desde su título hasta la coartada que utiliza, un homenaje a las grandes películas de coches de la historia del cine, en especial Bullit (y tiene, además del arranque del filme, otra gran persecución para corroborarlo).
Por el otro lado, es una historia de amor. Sí, una historia de amor. Bien camuflada con un envoltorio de thriller y acción, pero es una historia de amor. Ryan Gosling (estoico, quizá demasiado en alguna escena que pasa a ser difícil de creer por esa imagen exageradamente silenciosa) interpreta a un hombre callado, metódico, profesional. Conduce para ganarse la vida, a uno y otro lado de la ley. Un buen día conoce a su vecina Irene (una muy interesante Carey Mulligan) y a su hijo, Benicio. Y comienza a relacionarse con ellos. Hasta que aparece el marido y padre del chico (Oscar Isaac se está convirtiendo en un secundario muy apreciable), recién salido de la cárcel y con la necesidad de hacer un trabajo para pagar una deuda que contrajo precisamente en prisión. Es innegable que el motor de la historia y de su resolución es la relación entre Irene y el conductor. Pero el director, el alemán Nicolas Winding Refn, quiere esconderlo. Por eso se lanza, sobre todo en la segunda mitad del filme, a mostrar en pantalla una violencia salvaje, mucho más desagradable que la media y por momentos terriblemente inadecuada. No es que sean demasiadas escenas así, es que rebasan los límites de lo asumible. Es como Pulp Fiction pero en serio. Y para eso el adjetivo me viene a la cabeza es atroz.
Drive es una película contada en muchos momentos a cámara lenta, y con cuantiosas escenas de conversación (plagadas de silencios, por paradójico que pueda resultar). Con ese planteamiento, tiene mucho mérito que el filme tenga un ritmo espléndido durante sus 100 minutos de duración. A ese ritmo sin duda contribuye el contraste entre las interpretaciones, que acaban encajando perfectamente entre sí. Desde las desaforadas a cargo de Albert Brooks o Ron Perlman a las pausadas de Goslin y Mulligan, entre los que hay una química envidiable gracias a gestos, miradas y sonrisas que comparten (es decir, que la base está en su trabajo y no necesariamente en el guión). Y juntos, bien guiados por el realizador, ofrecen escenas maravillosas, como la hermosa pausa del ascensor (por la cual es imposibible no ver Drive como una historia de amor) aunque la sensación quede después rota por el desagradable salvajismo de su resolución. La acción, salvo esos toques casi de sadismo, está bien llevada, y eso contribuye a acelerar cuando la película lo necesita. Ese es el gran acierto de Drive, colocar todos esos ingredientes en la coctelera y hacer que, por momentos, parezca una gran película. Pero, en el fondo, está más hueca de lo que parece con semejante envoltorio.
Es una película que ha entusiasmado a crítica y público, a tenor de lo que se dice de ella en Internet. Para mi gusto, es demasiado moderna, incluso demasiado intrascendente y no del todo bien resuelta en algunos detalles. Quiere romper muchos moldes y a veces no parece lo que necesitaba la película. Quiere tenerlo todo controlado, y eso desemboca en un final extraño y poco creíble. Quiere contener demasiado el perfil del protagonista y eso lleva a que algunas escenas no parezcan naturales. Sin embargo, es innegable que Nicolas Winding Refn sabe llevar, en términos generales, la película, a partir de un armazón argumental muy clásico y un revestimiento excesivamente moderno. Drive tiene cosas muy interesantes, y entre ellas destaca su reparto, pero también tiene otras desacertadas e incluso sumamente desagradables. La balanza puede inclinarse a favor del filme, pero tampoco me parece la reinvención de un género o un título cercano a la perfección. Es una bonita historia de amor, rodada con acierto y con grandes aciertos de cásting e interpretación. Pero su elevado grado de brutalidad invalida algunas de las sensaciones que busca e incluso deja en algunas partes de su metraje.
Pasada la primera escena (que parece, en realidad, un cortometraje con el protagonista al margen de la historia principal; y un buen cortometraje, por cierto, es una escena con gancho y con ritmo), Drive se convierte en dos cosas. Por un lado, es un western. Puro y duro. Por mucho que la película acontezca en esta época y con la gran ciudad (Los Ángeles) como telón de fondo. Pero es un western. Es Raíces profundas. Es Por un puñado de dólares (y eso lo delata el escasísimo diálogo del protagonista, en la línea del famoso Hombre sin Nombre de Clint Eastwood). Es, incluso, El jinete pálido, por recorrer tres épocas y tres tipos diferentes de western. Pero de todos ellos tiene algo. En realidad, lo que sucede en Drive es que se ven muchísimas influencias. Porque además de lo ya mencionado, tiene el toque urbano que Michael Mann puso, por ejemplo, en Collateral. Y es, desde su título hasta la coartada que utiliza, un homenaje a las grandes películas de coches de la historia del cine, en especial Bullit (y tiene, además del arranque del filme, otra gran persecución para corroborarlo).
Por el otro lado, es una historia de amor. Sí, una historia de amor. Bien camuflada con un envoltorio de thriller y acción, pero es una historia de amor. Ryan Gosling (estoico, quizá demasiado en alguna escena que pasa a ser difícil de creer por esa imagen exageradamente silenciosa) interpreta a un hombre callado, metódico, profesional. Conduce para ganarse la vida, a uno y otro lado de la ley. Un buen día conoce a su vecina Irene (una muy interesante Carey Mulligan) y a su hijo, Benicio. Y comienza a relacionarse con ellos. Hasta que aparece el marido y padre del chico (Oscar Isaac se está convirtiendo en un secundario muy apreciable), recién salido de la cárcel y con la necesidad de hacer un trabajo para pagar una deuda que contrajo precisamente en prisión. Es innegable que el motor de la historia y de su resolución es la relación entre Irene y el conductor. Pero el director, el alemán Nicolas Winding Refn, quiere esconderlo. Por eso se lanza, sobre todo en la segunda mitad del filme, a mostrar en pantalla una violencia salvaje, mucho más desagradable que la media y por momentos terriblemente inadecuada. No es que sean demasiadas escenas así, es que rebasan los límites de lo asumible. Es como Pulp Fiction pero en serio. Y para eso el adjetivo me viene a la cabeza es atroz.
Drive es una película contada en muchos momentos a cámara lenta, y con cuantiosas escenas de conversación (plagadas de silencios, por paradójico que pueda resultar). Con ese planteamiento, tiene mucho mérito que el filme tenga un ritmo espléndido durante sus 100 minutos de duración. A ese ritmo sin duda contribuye el contraste entre las interpretaciones, que acaban encajando perfectamente entre sí. Desde las desaforadas a cargo de Albert Brooks o Ron Perlman a las pausadas de Goslin y Mulligan, entre los que hay una química envidiable gracias a gestos, miradas y sonrisas que comparten (es decir, que la base está en su trabajo y no necesariamente en el guión). Y juntos, bien guiados por el realizador, ofrecen escenas maravillosas, como la hermosa pausa del ascensor (por la cual es imposibible no ver Drive como una historia de amor) aunque la sensación quede después rota por el desagradable salvajismo de su resolución. La acción, salvo esos toques casi de sadismo, está bien llevada, y eso contribuye a acelerar cuando la película lo necesita. Ese es el gran acierto de Drive, colocar todos esos ingredientes en la coctelera y hacer que, por momentos, parezca una gran película. Pero, en el fondo, está más hueca de lo que parece con semejante envoltorio.
Es una película que ha entusiasmado a crítica y público, a tenor de lo que se dice de ella en Internet. Para mi gusto, es demasiado moderna, incluso demasiado intrascendente y no del todo bien resuelta en algunos detalles. Quiere romper muchos moldes y a veces no parece lo que necesitaba la película. Quiere tenerlo todo controlado, y eso desemboca en un final extraño y poco creíble. Quiere contener demasiado el perfil del protagonista y eso lleva a que algunas escenas no parezcan naturales. Sin embargo, es innegable que Nicolas Winding Refn sabe llevar, en términos generales, la película, a partir de un armazón argumental muy clásico y un revestimiento excesivamente moderno. Drive tiene cosas muy interesantes, y entre ellas destaca su reparto, pero también tiene otras desacertadas e incluso sumamente desagradables. La balanza puede inclinarse a favor del filme, pero tampoco me parece la reinvención de un género o un título cercano a la perfección. Es una bonita historia de amor, rodada con acierto y con grandes aciertos de cásting e interpretación. Pero su elevado grado de brutalidad invalida algunas de las sensaciones que busca e incluso deja en algunas partes de su metraje.
viernes, octubre 08, 2010
'Wall Street. El dinero nunca duerme', a medio camino
En un momento como el actual, uno no puede más que echar de menos al Oliver Stone de los años 80. Aquel tipo valiente y decidido a remover conciencias del que ya no queda más que la fachada polémica y un más que hábil director de cine. Porque aquel cineasta habría sido capaz de crear la película definitiva sobre la crisis económica y el tramposo mundo financiero. Una que habría avivado polémicas, atraído miradas y llegado a las conclusiones más rompedoras que uno pudiera imaginarse. Pero aquel Oliver Stone no es el Oliver Stone que ha dirigido la tardía e inesperada secuela de Wall Street (filme mucho más valiente y duro que su continuación). Este Oliver Stone ha dejado un producto bien hecho, más destacable en la forma que en el fondo y con una gran dirección de actores. Pero los causantes de la crisis se han escapado vivos. La crítica de Oliver Stone se ha quedado a mitad de camino. O, si acaso, en la primera parte de la saga de Gordon Gekko, aquella que se estrenó en 1987.Porque son años ya en los que Oliver Stone se debate entre la polémica más superficial (su versión de Alejandro Magno y su permanente insistencia en recalcar su homosexualidad o su limitada y caricaturesca visión del anterior presidente norteramericano en W) y las historias que no contienen halos de controversia (como su mirada humana y nada conspirativa al 11-S en World Trade Center). Y cuando decidió afrontar la crisis económica como argumento, uno podía pensar que ahí podría recuperarse el director que habló con franqueza de la guerra de Vietnam en su durísima trilogía (Platoon, Nacido el 4 de julio, El cielo y la tierra). Pero no es así. Sí es cierto que se acerca por momentos en secuencias llamadas en el guión a ser grandes para el análisis y reflexión. Pero no menos cierto es que la película deriva mucho más a la situación de los personajes que a la de la economía global.
Al final, el mejor punto de partida para los análisis que se puedan hacer de la secuela de Wall Street los deja el personaje de Michael Douglas en sus diálogos. En una de sus primeras apariciones, en una charla ante jóvenes, les dice "estáis jodidos". Si Oliver Stone hubiera continuado por ese camino, El dinero nunca duerme podría haber sido, al menos, lo que El color del dinero fue para El buscavidas, una secuela tardía de categoría y adaptada a los nuevos tiempos. Pero no lo es. El final sensiblero-familiar acaba por desbordar todas las pretensiones en este sentido, ya tambaleantes durante buena parte del metraje. Y en la última escena, el propio Douglas pregunta si "nadie cree en segundas partes". Parece casi un guiño interno, una forma de justificar una película que muchos creen oportunista. El tema es oportuno. La forma en la que le ha dado forma Stone es lo que hace que se vea como oportunista. No es la película definitiva sobre la crisis que podría haber sido con más arrojo.
Quizá el polemista Oliver Stone ha ido perdiendo peso con los años al mismo tiempo que ganaba peso la habilidad de Oliver Stone para manejar la cámara. Quizá ahora tiene mucho más dominio de lo que hay en la pantalla que de lo que puede provocar fuera de ella. Y por eso, lo mejor que deja Wall Street. El dinero nunca duerme es un reparto sencillamente espectacular. Michael Douglas es mejor actor de lo que muchos le han reconocido durante años, tiene un carisma que llena la pantalla. Pero si además cuenta a su alrededor con Shia LaBeouf (el más conocido, el más flojo de todos), Josh Brolin (que ya hizo para Stone una espectacular recreación de George Bush hijo en W.), Carey Mulligan (descubierta para el mundo en An education), Eli Wallach (breves pero espeactculares apariciones las suyas), Susan Sarandon (haga lo que haga, siempre es una delicia verla) y Frank Langella (en estado de gracia en los últimos años, con el pico inolvidable de Frost contra Nixon), la cosa adquiere unas proporciones casi inolvidables.
Y es que si algo va a perdurar de esta Wall Street es el duelo interpretativo constante, los retos a los que los actores parecen someterse escena tras escena. Langella contra Brolin, Douglas contra Mulligan, Mulligan contra LaBeouf, Brolin contra LaBeouf, Douglas contra Brolin, Wallach contra Brolin. Son todas escenas magníficas, excelentes enfrentamientos cara a cara protagonizados por intérpretes dando lo mejor de sí mismos. Casi dan ganas de eliminar el sonido de la película y ver sus miradas, sus gestos, su intensidad, para comprobar hasta dónde son capaces de llegar en cada escena. Y decía que LaBeouf es el más flojo de todos. Tiene cierta fama el protagonista de Transformers y coprotagonista de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Y es profesional. Pero le falta mucho por recorrer para devorar la pantalla como hace Michael Douglas, por ejemplo. Por él pasan los años, pero sigue ahí. Gordon Gekko fue el personaje que le dio un Oscar, un logro que no consiguió como actor su padre, el mítico Kirk Douglas. Y Gordon Gekko sigue ahí. Intacto. Inmortal.
Con todo esto, no es fácil decantarse. Es evidente que Wall Street, la original, se ha quedado vieja (y nada mejor para darse cuenta de ello que el magnífico prólogo de su secuela... que por desgracia ya habíamos visto en el trailer). Que la economía ya no es la que era a finales de los años 80. Que hace falta una película definitiva que aborde el mal endémico en el que vive este mundo, más allá de las pinceladas que deja Oliver Stone en esta secuela. Y es evidente que El dinero nunca duerme no puede ser esa película. Pero al mismo tiempo, se trata de un filme visualmente arriesgado. Sencillo en sus metáforas, quizá demasiado sencillo, pero atrayente con sus imágenes. Y sobre todo con sus magníficas interpretaciones, y su gran sentido del ritmo y de la música. Que la firme Oliver Stone hará que las opiniones sean encontradas y puede que hasta extremas. Ni tanto ni tan poco. Es un buen producto, con aciertos y con errores, con momentos prescindibles (¿Gordon Gekko sensiblero?) y otros inolvidables (ese silbido de Wallach). Interesante en todo caso.
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jueves, marzo 18, 2010
Hermosa 'An education'
An education es una película sencilla y modesta, pero a la vez sincera y hermosa, que atrapa al mismo tiempo a la mente y al corazón. Es una historia que no hace falta haber vivido en primera persona para meterse de lleno en ella. Porque ese es el gran mérito del filme, que te lleva a soñar los sueños de Jenny, la joven protagonista. Que vives con ella sus ilusiones y sus decepciones, sus pensamientos y sus sentimientos. Ves París con sus ojos, ves la excitación de una subasta de arte a través de ella, sonríes con su ilusión y lloras el dolor de su corazón como si fuera el tuyo. Y, como decía, no hace falta ser una joven británica de 17 años, hija de una familia conservadora y estricta, para vivir esta película como algo propio. Esa es la magia del cine, la magia que tiene esta hermosa An education.Y es una magia que seguramente no sería la misma sin Carey Mulligan. Quizá el encanto provenga de que es una actriz prácticamente desconocida. O quizá no, quizá sea cosa del talento. Yo me inclino más por la segunda opción y por las ganas de volver a verla en la pantalla. Lo cierto es que su interpretación es magnífica, realista y perfecta, llena de matices, llena de vida. Cada sonrisa, cada mirada, cada lágrima encaja a la perfección en lo que demanda el personaje y el tono de la película. Es fascinante. Y es una pena que Sandra Bullock le haya quitado el Oscar. Una auténtica pena. Carey Mulligan tiene otra virtud, y es que su mirada, su cuerpo y sus gestos encajan perfectamente en el personaje a pesar de que Jenny tiene 17 años y la actriz está a punto de cumplir 25. Pese a la diferencia de edad, la verosimilitud de su personaje está fuera de toda discusión. Ella es la película.
Fuera de ella es donde se puede encontrar algún pero al filme. Está basada en la historia autobiográfica de la periodista británica Lynn Barber (concretamente, en el tránsito de joven a adulta, en el amor que siente por un hombre mayor que ella que le descubre el mundo de placer y diversión que su padre le tiene vetado para que se centre en sus estudios), pero el guión está escrito por Nick Hornby, autor entre otras de Alta fidelidad. Siempre que un hombre escribe un guión desde los ojos de una mujer se suscita cierto debate sobre su capacidad para llevar a cabo esa empresa. Aquí no hay discusión en que ha conseguido un gran realismo con la joven protagonista (contribuye sin duda a ello la labor de la directora, la danesa Lone Scherfig, que fue parte del movimiento Dogma por el que tan poco aprecio sentí en su momento), pero curiosamente donde no alcanza el máximo de las posibilidades de la historia es al dar voz a alguno de los personajes masculinos.
En ese sentido, y sin pretender que haya fallos generalizados en la caracterización de los hombres de la película, hay algún momento hacia el final que parece confuso, sobre todo en el caso del protagonista, David, muy bien interpretado por Peter Sarsgaard (como parte de un muy sólido reparto, en el que aparece brevemente Emma Thompson y en el que destacan Alfred Molina, el Doctor Octopus de Spider-Man 2, y Rosamund Pike, némisis de 007 en El mundo nunca es suficiente) pero del que quedan algo perdidas en la oscuridad sus verdaderas pretensiones. Quizá le falten a la película cinco minutos que ofrecieran alguna explicación más. Esos cinco minutos no hubieran supuesto, ni mucho menos, un lastre, ya que An education cuenta con otra gran virtud, la capacidad de síntesis. En poco más de hora y media, queda condensada con maestría, como en los clásicos, una historia que abarca un gran espacio de tiempo y, sobre todo, un amplio y hermoso abanico de sensaciones y personajes.
No es frecuente encontrar una película que controle tan bien las emociones del espectador. Que sepa cuándo hacerte reír y cuándo llorar, cuándo provocarte ilusión y cuándo decepción. Que juegue con acierto todas sus cartas interpretativas y técnicas. Que te llegue al corazón. An education lo consigue. Sus pequeños fallos son, por ello, perfectamente disculpables. Es una hermosa delicia que tuvo su minuto de gloria en los Oscars (tres nominaciones: película, guión adaptado y actriz; ningún premio) y que tendrá su recuerdo en los espectadores, tanto en los que hayan vivido algo parecido como en los que lo hayan soñado. Y ese premio vale mucho más.
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