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viernes, mayo 22, 2015

'Caza al asesino', los misteriosos caminos hasta el despropósito

Hay muchas formas de convertir una película en un despropósito y Caza al asesino parece que se ha dedicado a coleccionarlas. La película es, efectivamente, un auténtico despropósito. Arranca con ideas que podrían haber dado para un interesante thriller político de denuncia, que es probablemente lo que explica la presencia de Sean Penn, pero eso acaba tan diluido que apenas llega a la categoría de McGuffin. Pasa así a ser una película de acción, que es lo que justifica que Penn se haya musculado hasta el punto de parecer un trasunto de Sylvester Stallone, algo tan innecesario como muchas de las escenas de la película con las que se justifica su habilidad para ser el perfecto asesino sin corazón o ese rocambolesco triángulo amoroso sencillamente imposible de creer. Y finaliza siendo una postal turística, en este caso de Barcelona, que termina en el más inverosímil de los escenarios, hasta el punto de que en los créditos hay que introducir una nota que actúa como enmienda a la totalidad y colofón al enorme despropósito que es el filme.
 
La verdad es que da pena que la película de Pierre Moral, director de Venganza, sea tan deficiente porque en la película había elementos interesantes, incluso partiendo del inevitable cliché del agente (a uno u otro lado de la ley) que se ve obligado a retomar su actividad por los ecos del pasado. Pero el problema es que todo es superfluo. Se toma como base el conflicto en la República Democrática del Congo, pero eso pierde tanto interés que desaparece hasta una nota final, una tardía llamada a la reflexión por cuestiones que la película no quiere aprovechar. Y el clímax acontece en Barcelona, pasando antes por Londres y Gibraltar, y no en cualquier otro lugar del mundo probablemente porque es la ciudad que ofrecía unas condiciones interesantes para rodar (económicas, por supuesto, y no hay más que ver el rótulo de neón que se atisba desde la habitación del personaje de Penn o cierto lugar emblemático iluminado de noche como quien no quiere la cosa).
 
Todo es tan conveniente para los propósitos puntuales de la historia que excede claramente la ingenuidad, pide demasiado al espectador para lo poco trabajado que parece todo. Sin más consideración, cada elemento que se ve es terriblemente simplista, desde la insinuación en la primera parte de la película de un triángulo amoroso entre los personajes de Sean Penn, Javier Bardem y Jasmine Trinca hasta la forma en que se resuelve la historia, pasando por la participación de dos secundarios sin apenas papel como Ray Winstone o Idris Elba (¡que incluso aparece en el cartel a pesar del mínimo tiempo que tiene en pantalla!) o la ejecución de algunas secuencias que no tienen mucho sentido. En ese terreno, ni siquiera las escasas escenas de acción parecen bien rodadas o culminadas, y los actores no parecen saber qué hacer tampoco con sus personajes. Penn mantiene mínimamente el tipo, aunque por momentos dé la impresión de que sólo pretende lucir musculatura a su edad, y Bardem es quien mejor ejemplifica la falta de sutileza que afecta a toda la película.

 
Caza al asesino tiene además otro defecto demasiado habitual en el cine de este estilo, y es su duración. Rondando las dos horas, ni siquiera es capaz de ofrecer una historia atractiva. Los pocos elementos que tenía interesantes se van pasada la primera media hora y por mucho esfuerzo que se ponga en aceptar la poca verosimilitud de la película es imposible aceptar nada de lo que sucede a partir de la necesidad de hacer hablar a Bardem en inglés en una conferencia en la que le han hecho una pregunta en español simplemente para que Penn le pueda interrumpir o con ese viaje casi instantáneo entre Barcelona y Gibraltar por carretera, de noche y con un personaje enfermo al volante. Esas son las anécdotas, pero ilustran a la perfección la enorme cantidad de cosas que no se han pensado antes de llevarlas no ya al montaje final de la película sino incluso a su mismo rodaje. Qué fácil resulta en nuestros días hacer mal las cosas en el thriller de acción.

lunes, diciembre 02, 2013

'El consejero', el Ridley Scott más pretencioso y monótono

Ridley Scott viene siendo un saco de boxeo en el que la crítica ha descargado muchos golpes durante bastante tiempo. Algunos con razón, pero probablemente muchos desmedidos, eliminando el valor que tiene el trabajo de un espléndido artesano, un sensacional operador de cámara, un inteligente montador y un creador de mundos que, realistas o no, suelen ser sumamente entretenidos. Sin embargo, poco de eso se puede ver en El consejero. Poco o prácticamente nada, en realidad. Queda algo de ese tipo que tan bien sabe rodar, pero es mayúscula la sorpresa de ver una película firmada por Ridley Scott que es aburrida durante buena parte de su metraje, especialmente en una primera media hora que sólo puede calificarse de pretenciosa, con unos diálogos rimbombantes, procedentes del guión de Cormac McCarthy, el primero que escribe para la gran pantalla, y que se pierden en escenas superfluas o redundantes, en una película larga (con sus 117 minutos) y monótona que ni siquiera el gran trabajo de Michael Fassbender consigue salvar.

Sobre todo por Fassbender pero también por algún otro detalle más se puede decir que la película no es un desastre, pero visto desde los ojos de un admirador del cine de Ridley Scott es imposible esconder la amplia diferencia que hay entre esta película y sus grandes espectáculos de los últimos años (incluso el tan denostado Robin Hood, una película bastante reivindicable, o en Prometheus, que compensó un guión lleno de agujeros con una fuerza visual deslumbrante). En Un buen año, probablemente su película más floja en este siglo, que arrancó con la majestuosa Gladiator, al menos se intuía el deseo de disfrutar de un rodaje y una historia, por floja que fuera. Pero aquí, teniendo en cuenta que lo mejor de ese intérprete que probablemente no sepa actuar mal llamado Michael Fassbender llega en el tramo final de la película, que las escenas mejor rodadas por Scott están precisamente en ese tramo, y que dentro de la maraña de frases recargadas y pretendidamente profundas de McCarthy no hay una verdaderamente irónica y divertida hasta los tres cuartos de hora de metraje, es difícil agarrarse a lo bueno.

Cuando todo eso llega, uno se está haciendo ya desde mucho tiempo atrás la misma pregunta que el camarero mexicano que no entiende una de esas frases ampulosas, una de las que le toca a Fassbender, y a la que responde con un inocente y sincero "¿cómo?", que en realidad describe a la perfección la sensación que puede llegar a tener el espectador durante toda la película. Y se puede decir que la historia era prometedora y podría haber desembocado en una de esas películas fronterizas que abordan desde una visión oscura el mundo del crimen y el narcotráfico. Pero hay tantos momentos que no encajan, sobre todo en esa primera media hora, un lastre insuperable para el resto del filme, que cabe preguntarse cuál era el objetivo real de la película. ¿El escándalo con las dos escenas de sexo, que en realidad uno no sabe muy bien qué pintan en la trama? ¿El divertimento de reunir a un reparto que ofrece una irregularidad absoluta (desde el gran papel de Fassbender hasta la desorientación absoluta de Penélope Cruz, pasando por la fácil extravagancia de Bardem, un agradable pero escaso Brad Pitt o la mirada impasible de Cameron Díaz)?

A El consejero (en realidad tendría que haber sido El abogado, pero esto de modificar títulos en España es lo que tiene...) le sobran metraje y pretenciosidad. Este es un mal que se puede achacar a las historias de Cormac McCarthy en la gran pantalla, desde la sobrevalorada No es país para viejos (como ésta, otra en la que Bardem luce sin demasiado motivo un peinado extravagante) hasta la no tan conseguida La carretera, y que aquí consigue arrastrar a un Ridley Scott mucho más plano que de costumbre. Y no, no se trata de que el salto al realismo corte las alas de un realizador visualmente extraordinario cuando se trata de filmar universos de aventuras, fantasía o ciencia ficción, porque en Red de mentiras, Black Hawk derribado (y no necesariamente en sus escenas más brutales de guerra) o American Gansgter hay cine puro. Y de eso hay más bien poco en El consejero. Algo hay, pero más allá de la evidencia de Fassbender hay que rascar muchísimo para encontrarlo.

miércoles, octubre 31, 2012

'Skyfall', brillante 'nolanización' de James Bond

Es curioso que lo primero que haya que decir de la nueva película de James Bond es que Sam Mendes haya entendido el profundo impacto que Christopher Nolan, y especialmente El Caballero Oscuro, están teniendo en el cine moderno. Con Skyfall, ha decidido aplicar lo que el director de Origen trasladó a Batman a las aventuras del agente secreto más famoso del cine. Es decir, la mezcla perfecta entre el espectáculo y el desarrollo de tramas y personajes. Es, quizá, una pequeña reinvención del recientemente reinventado James Bond, pero esta nolanización de 007 es brillante y respetuosa tanto con la mitología de un personaje que cumple 50 años como con lo que se ha establecido en su cronología desde que Daniel Craig le dio vida por primera vez en Casino Royale. Skyfall tiene algunos ligeros problemas, pero es en su conjunto un modélico filme de Bond y una espléndida película vista de forma independiente. Sé que aquí marco una clara línea divisoria con lo que todo el mundo va a escribir de Skyfall, pero lo que menos me ha convencido en un conjunto brillante es el villano al que da vida Javier Bardem.

Empecemos por ahí y, siguiendo la costumbre, tratando de desvelar lo menos posible de la película (algo de lo que ya se ha encargado el marketing, por cierto, en sus aciertos y en sus despistes). Bardem da vida a Silva, en muchos aspectos el malo que siempre hay en una película de Bond. Pero es un villano con el que se ha querido mostrar algo rompedor antes que algo funcional. Y, por eso, de lo que más se va a hablar en realidad es de si es el primer enemigo gay de 007 (¿puede haber alguna duda después de ver su primera escena?) o de su rubia cabellera. Antes de que Silva aparezca en escena, se le pinta como un hombre temible y, la verdad, no creo que llegue a esa altura. Funciona mucho mejor la situación que plantea la película que el encaje del personaje en la misma. Y siento no ser más específico, pero, insisto, no quiero cargarme lo que la película quiere que sea sorprendente. Bardem nunca ha sido santo de mi devoción y, aunque la crítica se volcará con él, me parece mucho más atractivo como rival de Bond es Le Chiffre de Mads Mikelsen en Casino Royale.

Pero se hablará de Bardem y eso, al fin y al cabo, es lo que se busca con un gran estreno como este. A mí me impresiona mucho más, y le veo vencedor en los duelos interpretativos, la seriedad de Daniel Craig. Es James Bond. Sí, Pierce Brosnan me gustaba y Sean Connery puede seguir siendo el 007 definitivo, pero la humanización del personaje que ha hecho Craig es sobresaliente. Skyfall profundiza en la personalidad de Bond como solo lo había hecho Casino Royale (por eso la duración, como en aquella, se va hasta los 143 minutos, muy por encima de los 106 de Quantum of Solace). Y haciendo justicia a lo que cabía esperar de la presencia de un director como Sam Mendes, la película encierra muchas más cosas que simple acción (que en Bond nunca es simple sino sobresaliente, y aquí hay una pieza de acción inicial en Estambul que vale por sí sola el precio de la entrada). Skyfall lidia con la muerte, con la traición, con la venganza, con la responsabilidad, con las huellas del pasado. Lidia con temas que encajan en Bond, hayan sido tratado antes o no en la saga. Y lo hace con maestría.

Tras esa escena inicial, larga y brillante, llegan los créditos. Y para entonces ya estás atrapado en la espiral de Bond (buena y muy adecuada canción interpretada por Adele). A partir de ahí comienza una auténtica montaña rusa en la que tienen cabida todos los elementos que uno espera de una película de Bond. Hay sexualidad y sensualidad, mucho más interesante la que emana de Bérénice Marlohe en su primera aparición (y lástima que no se aprovechara más el personaje) que de la homosexualidad de Silva o de escasa química que hay entre 007 y la agente Eve (Naomie Harris), y esto último es una lástima porque el personaje y la situación daba para mucho más. Tenemos los coches, tenemos las persecuciones y grandes piezas de acción (me quedo con la maravillosa reinvención de las peleas a puñetazos con la que Mendes rueda en Shanghai, a contraluz y con un suave zoom), siempre usando escenarios exóticos y emblemáticos, tenemos a Q (Ben Wishaw mantiene la vis cómica que requiere el personaje) y a M (formidable Judi Dench una vez más), tenemos al MI6 en el centro de toda la acción y un imponente Ralph Fiennes introduciendo la vertiente más política de la película.

Skyfall es una gran y brillante película de Bond por incontables motivos. Dicen que porque el retraso en la producción permitió limar algunos defectos del guión, pero es evidente que Sam Mendes ha sabido llevar la película a su terreno y hay muchos temas personales e intimistas que no son tan habituales en 007. Pero al mismo tiempo es la fusión perfecta entre el nuevo Bond de Daniel Craig y la tradición del personaje, que con este filme, el vigésimo tercero de la saga oficial, alcanza el 50 aniversario de la saga en el cine. Son incontables los guiños al Bond más clásico (aunque, sí, choca verle bebiendo una cerveza), pero son más que eso, pues se convierten en elementos que hacen avanzar la nueva cronología oficial del espía iniciada en Casino Royale y continuada en Quantum of Solace. Al mismo tiempo, es un filme independiente de los dos anteriores en su trama, pero deudor de sus logros. Y es la reverencia perfecta al cine moderno de acción y aventuras que abandera Christopher Nolan. Me fallan algunos aspectos del villano, pero todo lo demás conforma un entretenimiento superlativo que, además, tiene un final que obliga a salir del cine con la sonrisa inocente del niño que creció con James Bond. Y de esos hay muchos ya en unas cuantas generaciones.

Aquí, otra crítica en Suite 101.
Aquí, photocall en Madrid con Sam Mendes, Daniel Craig, Javier Bardem y Naomie Harris, en A través del Objetivo.
Aquí, información en Suite 101 sobre la rueda de prensa en Madrid

lunes, febrero 25, 2008

¿Un triunfo del cine español...?

Hablar de cine es hablar siempre desde un prisma subjetivo. Es un arte, y como tal no llega a todas las personas de la misma forma. Cuando escribo, es obvio que me dejo llevar por mi pensamiento y por mis sentimientos. Lo que intento es que nadie pueda decir que no soy coherente. Y, por eso, no me voy a sumar al carro de Javier Bardem ahora que se ha convertido en el primer actor español que ha conseguido ganar un Oscar en una categoría de interpretación. No voy a dejar que me arrastre la corriente de elogios. Quien me lee y quien me escucha hablar de cine sabe que a mí Bardem no me gusta, ni como personaje ni como actor, y seguramente quien sí tenga a Bardem en buena estima no gustara de leer lo que me sale decir ahora. Por descontado, eso no resta un ápice de carácter histórico al premio.
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La primera duda que me asalta es por qué todo el mundo tiende a considerar que el Oscar a Javier Bardem es un éxito del cine español. Bardem es un actor de una película norteamericana rodada en inglés. Español es, desde luego. Pero éxito patrio es para Francia que Marion Cotillard ganara el Oscar a la actriz de reparto por una película francesa y en francés. Éxito del cine español habría sido que Penélope Cruz (que tampoco me cae especialmente bien ni me gusta como actriz) lo ganara el año pasado por Volver, una película española y en español. Eso sí, esto no. Y vuelvo a insistir: eso no le quita valor al hecho de que es el primer actor español que gana una estatuilla dorada. Pero es lo que es.
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El fervor patrio ha llevado a aplaudir el premio, el agradecimiento y todo lo que tenga que ver con Bardem. Y yo admito que no me gustó nada de nada su discurso en el Kodak Theatre. No me parece de recibo ponerse a dar las gracias en español ante un auditorio de 6.500 personas que, en su mayoría, no sabrían español. Ni hacerlo delante de millones de telespectadores que tampoco conocen el idioma. Es escamotear parte de la ceremonia a la gente que la está viendo y no sabe español. Hay que saber dónde se está, y una cosa es decir un "gracias" o alguna palabra en castellano y otra muy distinta hacer medio discurso en un idioma que los presentes no entienden. Premios ganaron italianos y franceses, algunos de los cuales demostraron un inglés mucho más pobre que el de Bardem, pero a nadie se le ocurrió ponerse a hablar en su lengua materna. En España somos como somos y por eso lo aplaudimos, pero no me gustó el detalle.
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Y aquí sí que pido ayuda para subsanar mi desconcierto. ¿Tenía alguna explicación que yo desconozca la reivindicación de los cómicos? Por supuesto que entiendo el agradecimiento a su familia, una larga saga de personas dedicadas al mundo del espectáculo y del cine, pero lo de los cómicos no lo entendí bien... Una de las mayores ovaciones que se escucharon en la gala fue cuando se recordó el momento en el que Charles Chaplin recogía su Oscar honorífico. Tom Hanks, uno de los tipos más respetados en Hollywood, era un cómico. En España estamos llenos de cómicos (en cine y en televisión) que, aunque estén exentos de calidad, triunfan y son imitados por la calle. No entendí la reivindicación de los cómicos, de verdad. ¿Alguien puede aportar luz...?
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Y otra cosa que no entiendo, también muy propia del carácter español. Antes de los Oscar había malestar en algunos medios de comunicación por lo esquivo que se mostraba Bardem con la prensa española en los meses previos. Dio una rueda de prensa antes de los Oscar y después de la ceremonia citó a los periodistas españoles en un hotel para dar sus primeras impresiones (buen gesto éste, por cierto). "Luego no diréis que no os trato bien", les dijo a estos periodistas. Da igual. Casi sin excepción, la prensa recibió el premio como si de un Mundial para la selección se tratase. La vena hooligan se apodera de nosotros hasta en algo tan personal como el cine. Y nos olvidamos de que Bardem ni siquiera acudió a la gala de los Goya, estando en Madrid y teniendo entre los nominados un documental que produjo.
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Nunca tuve dudas de que Bardem iba a ganar el Oscar después de todos los premios que ya le habían dado. Pero verle sentado en primera fila junto a Jack Nicholson lo confirmó. El Oscar iba a ser suyo. Ya lo tiene. Enhorabuena. Pero, dado que a mí no me gusta como actor ni me entusiasma lo más mínimo la película por la que ha ganado, tengo que decir, tan alto y claro como puedo, que no me ha hecho ni pizca de ilusión...

domingo, febrero 24, 2008

Mi opinión políticamente incorrecta de 'No es país para viejos'

Suele haber cineastas que casi nadie se atreve a criticar (y no estoy hablando de los espectadores, claro, que de todo hay en el mundo). Directores que, aunque sus trabajos sean fracasos comerciales, parecen bendecidos por el fervor de la crítica y de los premios. Y si encima proceden de eso que se viene en llamar cine independiente, el elogio está asegurado hagan lo que hagan. Los hermanos Coen forman parte de ese grupo, desde que allá por 1984 hicieran Sangre fácil. A mí los Coen me parecían interesantes en sus inicios, pero desde 1998 (ya ha llovido toda una década aunque no lo parezca), desde El gran Lebowski, los veo sumidos en un letargo creativo impresionante (O Brother no me gustó demasiado, Ladykillers es una remake sencillamente horrible de la espléndida El quinteto de la muerte; no voy a perder el tiempo con Crueldad intolerable y sólo me falta por ver El hombre que nunca estuvo allí). La crítica parecía que les había abandonado, pero ha vuelto con más fuerza que nunca con No es país para viejos.

Y a mí no me queda más remedio que decir, por muy políticamente incorrecto que sea en el mundo de la crítica y ante el aluvión de premios cosechados, que No es país para viejos me parece una película del montón, aburridilla y exenta de talento en buena parte del metraje. Además, poco a poco, extiendo esa opinión a casi todo el cine de los Coen. Algo queda de los Coen de los inicios, pero no demasiado. Salí del cine con la sensación de que había visto una película algo intrascendente, realmente lenta (un ritmo innecesario y a veces incluso pretendidamente pedante), con un particular uso del tiempo que escamotea al espectador el enfrentamiento final entre perseguidor y perseguido, la escena más esperada y a la que, en realidad, conduce la historia (sí, un recurso narrativo como cualquier otro, pero incomprensible cuando la película ha alcanzado por fin el ritmo que requería).

Ese ritmo tan lento, a veces tan desesperantemente pausado (y que sin duda parece buscado; no es un error, es un planteamiento de los Coen), desemboca en un desarrollo predecible. Se pierde hasta el elemento de la sorpresa porque, cuando se entra en la lógica de la película, no queda más remedio que concluir que cada plano que se utiliza, cada elemento que aparece en la pantalla, está ahí puesto para explicarnos lo que no va a aparecer en la pantalla, para darnos las obvias respuestas a las preguntas que deja sin respuesta clara. Y así, cuando en apariencia se liquida el asunto principal que los Coen nos cuentan durante algo más de hora y media de película (disculpadme lo críptico de este texto, pero no quiero revelar nada de la trama), se da paso a un larguísimo epílogo que no parece siquiera pertenecer al mismo filme, especialmente por el fondo.

Sobra decir a estas alturas que esta es la película por la que Javier Bardem ha cosechado elogios sin fin y numerosos premios (cuando muchos leáis esto, es bastante probable que Bardem ya haya ganado también el Oscar al mejor actor secundario). Y confieso que no salgo de mi asombro. Bardem no está mal en la película, no es eso, a pesar de que es un actor que normalmente no me dice nada. Pero para hacer de psicópata violento... pone cara de psicópata violento. Es el camino más fácil para hacer el papel (no sólo es responsabilidad suya, sino también de los Coen). No me parece una actuación tan escalofriante como había leído. Tan acostumbrados estamos en el cine a ver psicópatas de lujo que el de Bardem no me asusta. Me aterroriza el Robert Mitchum de La noche del cazador o el Robert De Niro de Taxi Driver. Pero no el Bardem de No es país para viejos.

Y con tanto elogio a Bardem se han ocultado otros trabajos más meritorios que el del actor español. Tommy Lee Jones está tan espléndido como de costumbre (está nominado al Oscar por En el valle de Elah, pero también lo podría haber estado por ésta). Woody Harrelson crea un interesante asesino a sueldo que, por desgracia, no aparece demasiado en pantalla. Pero el mejor, en todo caso, es Josh Brolin. Después de verle en American Gangster, donde realiza un impresionante retrato de un policía corrupto, dije que era un actor a seguir. Y No es país para viejos me ratifica en esa impresión. Está espléndido. Ya estoy deseando verle como George W. Bush en la biografía que está preparando Oliver Stone de este nefasto presidente norteamericano.

Pero a pesar del buen trabajo general de los actores y de una lograda ambientación, No es país para viejos se me queda en un decepcionante ejercicio de estilo. De ritmo irregular, de historia anecdótica (y que se deja de lado en muchos momentos de la película; ¿un McGuffin de esos que tanto le gustaban a Hitchcock? A mí me parece más una falta de interés real por el fondo), de resolución fría y algo pedante. Como viene de un original literario, falta una lectura del mismo para comprobar la verdadera valía del trabajo de los Coen. Pero como película a mí no me ha entusiamado lo más mínimo. Y, como otras películas de los Coen, incluso algunas de las buenas, caerá en el olvido. Porque no soy capaz de acordarme de escenas de películas de estos singulares directores que sí me gustaron en su momento, como Fargo o Muerte entre las flores. Y eso, en el fondo, no puede ser bueno.

martes, enero 22, 2008

Y a mí que no me hace ilusión que nominen a Bardem...

Javier Bardem ha sido nominado al Oscar al mejor actor secundario por su papel en No es país para viejos, la última película de los hermanos Cohen. A pesar del fervor patrio que se suele desatar por estos lares cada vez que se produce algún reconocimiento extranjero para un español, o quizás también precisamente por eso, tengo que admitir que no me hace la más mínima ilusión que Bardem sea nominado o gane un Oscar. No me hizo ilusión cuando recibió tal distinción por Antes que anochezca (aquel año ganó Russell Crowe por Gladiator), y no me ha hecho ilusión ahora. Y como ha ganado tantos premios ya por este papel, lo normal es que se lleve también la estatuilla dorada, así que no me queda más que prepararme para la avalancha de elogios que se avecina.

No me hace ilusión porque nunca me ha gustado Bardem como actor. Nunca me ha llamado la atención. Nunca me lo he creído en sus personajes. Creo que tiene un grave problema interpretativo con la voz. Y, como me pasa con otra española reconocida en Hollywood, Penélope Cruz, no acabo de entender qué chispa de genialidad le ven fuera de España (y también en este país, para qué nos vamos a engañar...). Hace no mucho, alguien me contó que una persona muy allegada a Javier Bardem admitía que no era un gran actor. Así es la vida, así es el arte y así es el cine.

Mucho más que lo de Bardem, reconozco que me ha hecho muchísima ilusión que el trío de actores que encabeza Michael Clayton (George Clooney, Tilda Swinton y Tom Wilkinson; éste último será rival de Bardem) haya recibido nominaciones; que los maravillosos trabajos de Tommy Lee Jones en En el Valle de Elah y de Viggo Mortensen en Promesas del Este, sin los cuales sus películas se desmontarían por completo, hayan recibido reconocimiento; que esa joya llamada Rataouille haya logrado una nominación al mejor guión original, al margen de la ya esperada a la mejor película de animación; que dos grandísimos compositores con dos maravillosos trabajos, James Newton Howard (Michael Clayton) y Michael Giacchino (Ratatouille), luchen por el Oscar a la mejor banda sonora; o que Alan Menken vuelva a tener tres canciones nominadas por Encantada, como en los viejos tiempos de arrollador dominio musical de Disney en los Oscar.

Todo eso sí me ha hecho ilusión. Porque todos ellos me han conmovido con sus trabajos, me han entusiasmado, han arrancado un aplauso, han conseguido que sus películas me envíen algún mensaje, algún sentimiento, alguna idea. Bardem nunca ha conseguido eso conmigo. Y por eso no me hace especial ilusión. Lo mismo descubro algo nuevo en No es país para viejos, pero para eso tendré que esperar a verla. En España se estrena el 8 de febrero, y la espero con cautela, porque algunos de los últimos trabajos de los Cohen, como O brother o Ladykillers no me gustaron nada en absoluto y los veo muy lejanos de buenas películas como Fargo, El gran Lebowski o El gran salto. Y no sé si alguien esperaba alguna nominación para El orfanato después de caerse de la carrera por el Oscar a la mejor película extranjera, pero sobra decir que no ha conseguido ninguna. Tampoco me hubiera hecho especial ilusión.

Lo que ya está claro es que las nominaciones a los Oscar me han dejado muchos deberes para las próximas semanas. Hasta ahora sólo he visto una de las cinco nominadas a la mejor película, Michael Clayton. Expiación ya está en cartel, e intentaré verla esta misma semana; Juno, una tragicomedia con un embarazo no deseado de fondo, llega el 1 de febrero; y Pozos de ambición, con un, dicen, espléndido Daniel Day-Lewis (en realidad no creo que este actor pueda estar por debajo de la categoría de espléndido) se estrena el 15 del próximo mes. Unas semanas intensas de cine las próximas.

Las nominaciones también me han dejado alguna que otra desilusión. No entiendo el ninguneo que Hollywood le suele hacer a sus grandes nombres de siempre. Ridley Scott ha visto despreciada su gran American gangster (sólo dos nominaciones) y Tim Burton su Sweeney Todd (con tres, todas menores a excepción de la de Johnny Depp; se estrenará, por cierto, el día 15). Zodiac, la revolucionara película policiaca de David Fincher ha caído en el olvido. Y no sé cómo tomarme que la película más cara de la historia, Spider-Man 3, no haya visto recompensada la contribución de toda la saga a la industria norteamericana ni tan siquiera con una nominación a sus brillantes y seguramente no igualados este año efectos especiales. Pero ya sabe, Hollywood es así...