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viernes, septiembre 11, 2015

'Ma ma', retazos del mejor Medem

Con la deslumbrante y sugerente filmografía que construyó Julio Médem en los años 90, que se perdiera con el cambio de siglo por caminos difíciles de desentrañar fue una de las peores noticias que pudo azotar a sus seguidores. El punto de inflexión lo marcó el polémico documental La pelota vasca, pero después no consiguió volver a ser el Médem de Los amantes del Círculo Polar, Tierra, La ardilla roja o Vacas. Desde Lucía y el sexo, Médem no volvía a ser Médem. Y Ma ma, que llega nada menos que catorce años después del filme protagonizado por Paz Vega, es el título que por fin nos devuelve al mejor Médem, aunque sea a retazos. Su poesía visual está ahí. Y la prolongación de su formidable universo femenino que supone Magda, esta mujer que se enfrenta a un cáncer de mama que está interpretada por Penélope Cruz, es igualmente atractiva. Sólo con eso ya bastaría para salir más que satisfechos de este regreso de Médem, pero hay más, aciertos y errores.

Empezando por lo primero, lo que sorprende negativamente es que la película no tenga en su arranque la naturalidad que caracteriza al cine de Médem. Los diálogos parecen forzados, incluso falsos, algunas situaciones también (algo que se extiende casi hasta el final con el exagerado e imposible papel del médico que interpreta francamente bien Asier Etxeandia) y eso hace que se tarde en entrar en el universo de la película, incluso aunque ya desde su primera escena quedé asentado todo lo que quiere ser. Es verdad que el impacto emocional que supone la historia, de idéntico nivel de dramatismo y realidad, oculta algunos de esos defectos de ritmo y tono que se puedan detectar, y eso mismo también hace plantearse algunas dudas. ¿Es Médem y lo que ofrece lo que provoca las emociones a flor de piel que hay en Ma ma o es la situación que describe? No se puede negar la influencia de lo segundo, pero lo primero cuenta de la misma manera.

Y es que Medem, con todo lo que ha hecho sufrir a su cine en la última década, sigue teniendo un toque mágico. Sus instantes oníricos, la forma en la que transforma la ambientación de una escena, la forma en la que juega con los sentimientos y las emociones son detalles que hacen que sus magníficas historias cobren una vida muy especial. Eso se vuelve a ver en Ma ma, como no se había visto en Caótica Ana o en Habitación en Roma, y es el principal motivo de gozo. Médem sabe entender al personaje de Magda, como también lo comprende Penélope Cruz, en una de las mejores actuaciones de su, la verdad, algo sobrevalorada carrera. Pero al mismo tiempo, y siendo lo femenino algo que marca tan profundamente el cine de Médem, sabe conjugarlo con la parte masculina de su universo, con un fantástico Etxeandia y un espléndido Luis Tosar.

Con los elementos que maneja, parece evidente que Médem ha arriesgado mucho más de lo que le permite el tema que trata. Sus imágenes van mucho más lejos de lo que el retrato de un cáncer de mama le habría permitido a un director que optara por un tono mucho más documental o telefílmico. Y es que Médem, y de eso hay que felicitarse, no es un director al uso. Por esos sus imágenes tienen tal poder de atracción, y por eso es capaz de conjugar su enorme talento visual con la narrativa que necesita una historia de esta índole. Ma ma es una historia dura y difícil, pero Médem ha sabido introducirla en su estilo, en su universo, entre lo que siempre ha querido contar a través de sus personajes femeninos, y dándole un envoltorio que siembra emociones de forma continua, y lo hace a través de un escenario mucho más complejo y vital de lo que se circunscribe al punto de partida de su historia. Esa siempre ha sido la grandeza de Médem, contar lo cotidiano desde una perspectiva inusual. Y ese Médem, aunque aún imperfecto, ha vuelto. Ya era hora.

lunes, diciembre 02, 2013

'El consejero', el Ridley Scott más pretencioso y monótono

Ridley Scott viene siendo un saco de boxeo en el que la crítica ha descargado muchos golpes durante bastante tiempo. Algunos con razón, pero probablemente muchos desmedidos, eliminando el valor que tiene el trabajo de un espléndido artesano, un sensacional operador de cámara, un inteligente montador y un creador de mundos que, realistas o no, suelen ser sumamente entretenidos. Sin embargo, poco de eso se puede ver en El consejero. Poco o prácticamente nada, en realidad. Queda algo de ese tipo que tan bien sabe rodar, pero es mayúscula la sorpresa de ver una película firmada por Ridley Scott que es aburrida durante buena parte de su metraje, especialmente en una primera media hora que sólo puede calificarse de pretenciosa, con unos diálogos rimbombantes, procedentes del guión de Cormac McCarthy, el primero que escribe para la gran pantalla, y que se pierden en escenas superfluas o redundantes, en una película larga (con sus 117 minutos) y monótona que ni siquiera el gran trabajo de Michael Fassbender consigue salvar.

Sobre todo por Fassbender pero también por algún otro detalle más se puede decir que la película no es un desastre, pero visto desde los ojos de un admirador del cine de Ridley Scott es imposible esconder la amplia diferencia que hay entre esta película y sus grandes espectáculos de los últimos años (incluso el tan denostado Robin Hood, una película bastante reivindicable, o en Prometheus, que compensó un guión lleno de agujeros con una fuerza visual deslumbrante). En Un buen año, probablemente su película más floja en este siglo, que arrancó con la majestuosa Gladiator, al menos se intuía el deseo de disfrutar de un rodaje y una historia, por floja que fuera. Pero aquí, teniendo en cuenta que lo mejor de ese intérprete que probablemente no sepa actuar mal llamado Michael Fassbender llega en el tramo final de la película, que las escenas mejor rodadas por Scott están precisamente en ese tramo, y que dentro de la maraña de frases recargadas y pretendidamente profundas de McCarthy no hay una verdaderamente irónica y divertida hasta los tres cuartos de hora de metraje, es difícil agarrarse a lo bueno.

Cuando todo eso llega, uno se está haciendo ya desde mucho tiempo atrás la misma pregunta que el camarero mexicano que no entiende una de esas frases ampulosas, una de las que le toca a Fassbender, y a la que responde con un inocente y sincero "¿cómo?", que en realidad describe a la perfección la sensación que puede llegar a tener el espectador durante toda la película. Y se puede decir que la historia era prometedora y podría haber desembocado en una de esas películas fronterizas que abordan desde una visión oscura el mundo del crimen y el narcotráfico. Pero hay tantos momentos que no encajan, sobre todo en esa primera media hora, un lastre insuperable para el resto del filme, que cabe preguntarse cuál era el objetivo real de la película. ¿El escándalo con las dos escenas de sexo, que en realidad uno no sabe muy bien qué pintan en la trama? ¿El divertimento de reunir a un reparto que ofrece una irregularidad absoluta (desde el gran papel de Fassbender hasta la desorientación absoluta de Penélope Cruz, pasando por la fácil extravagancia de Bardem, un agradable pero escaso Brad Pitt o la mirada impasible de Cameron Díaz)?

A El consejero (en realidad tendría que haber sido El abogado, pero esto de modificar títulos en España es lo que tiene...) le sobran metraje y pretenciosidad. Este es un mal que se puede achacar a las historias de Cormac McCarthy en la gran pantalla, desde la sobrevalorada No es país para viejos (como ésta, otra en la que Bardem luce sin demasiado motivo un peinado extravagante) hasta la no tan conseguida La carretera, y que aquí consigue arrastrar a un Ridley Scott mucho más plano que de costumbre. Y no, no se trata de que el salto al realismo corte las alas de un realizador visualmente extraordinario cuando se trata de filmar universos de aventuras, fantasía o ciencia ficción, porque en Red de mentiras, Black Hawk derribado (y no necesariamente en sus escenas más brutales de guerra) o American Gansgter hay cine puro. Y de eso hay más bien poco en El consejero. Algo hay, pero más allá de la evidencia de Fassbender hay que rascar muchísimo para encontrarlo.

miércoles, enero 11, 2012

'Manolete', fiasco enlatado

Cuando todos los síntomas son malos, el producto final suele ser un enfermo terminal. O lo que es lo mismo en cine, un fiasco. Manolete es una de esas películas perdidas, anunciadas a bombo y platillo y de la que nunca más se supo. Se rodó en 2005, se iba a estrenar en 2008. Después en 2009. Problemas económicos. O cinematográficos. Aquí conocemos el filme como Manolete. En Estados Unidos como A Matador's Mistress. En el Reino Unido The Passion Within. Y en Canadá Blood and Passion. Demasiados títulos para tan poca película, equivocada en todo lo que plantea y ejecuta, desde el pobre guión hasta los cariacontecidos actores, pasando por la muy endeble puesta en escena o el montaje carente de sentido. En su momento, Manolete fue un título ilusionante, cuya estrella fue poco a poco decayendo hasta desaparecer por completo. Ahora, sin estrenar en cines y después de años enlatado, sólo queda como una rareza difícil de entender.

Manolete cuenta el último día de vida del torero (un soso Adrien Brody), en Linares, donde sufrió la grave cogida que propició su muerte, con flashbacks intercalados que intentan ilustrar su relación con la actriz Lupe Sino (una poco carismática Penélope Cruz). Tras los créditos iniciales, la película arranca con una larguísima escena que nos lleva casi hasta los diez minutos de película (que sólo dura 92) que pretende hablar de eso, hablar de lo tormentoso del amor entre el matador y la intérprete, pero que falla ya desde su misma concepción. No emociona el guión ni tampoco hay empatía con los personajes. No hay casi nada aprovechable en esa escena, que casi parece sacada de otra película, pues en realidad apenas encuentra relación con el resto de la historia. Nos dicen que es problemático ese amor. Y nos lo tenemos que creer porque es lo que toca, nada más. No es hasta bien entrada la película, casi ya en su tramo final y antes de la escena climática en la plaza de Linares, cuando se introducen los problemas de Lupe por haber sido comunista, pero ya es tarde para que sea algo relevante.

Ni Brody ni Cruz terminan por hacerse con sus personajes, porque no hay mucho personaje al que agarrarse. Ambos cuentan con explicaciones muy flojas y tópicas en el guión, incluso repetitivas en ocasiones, lo que hace que, a pesar de su corta duración se tenga la sensación de que algunas escenas sobran. Tampoco encuentran el soporte adecuado en el resto del reparto (en su mayoría español, lo que viendo la película en inglés se nota hasta niveles insospechados... y no sólo por el prescindible pero esperado spanglish con el que introducir términos taurinos o folclóricos) o en la producción, con un alargado hasta el cansancio montaje paralelo en la escena cumbre. Mis nulos conocimientos taurinos me impiden dar un juicio más definitivo, pero las escenas de toreo se antojan  falsas. Bien porque se nota a la legua cuándo no hay un toro delante o bien porque queda en evidencia que hay un doble toreando (el lenguaje corporal es bien distinto al de Brody). En algún momento de esa escena final sí se atisba a lo lejos el ansiado objetivo de la película de mostrar a Manolete en toda su grandeza, pero sabe a tan poco y llega tan tarde que no impide la sensación de asistir a un fiasco en toda regla.

La verdadera sorpresa que esconde Manolete es descubrir que su escritor y director, Menno Meyjes, es autor del guión de El color púrpura y de la historia de Indiana Jones y la última cruzada. Fijando la fecha de este filme en 2008, no se ha vuelto a poner detrás de la cámara, por cierto. Y desde luego, es asombroso que tenga un pasado remarcable como guionista, porque Meyjes falla en tantos aspectos que poco se podría apostar por él. Nunca consigue convencer de que es Manolete quien está en la pantalla, nunca es posible entender qué le ha convertido en un torero tan especial (sólo una escena poco clarificadora con una vaquilla), no consigue explotar la rivalidad con Dominguín (cutre retrato del torero) y en ningún momento es capaz de hacer sentir que la relación de amor vale tanto. Manolete es una película fallida en todos sus aspectos, que no consigue ser un retrato interesante de una figura social de esta envergadura ni tampoco el retrato de un amor desgarrado, que es lo que parece buscarse con los carteles y con los títulos. Indudablemente, un fiasco.

viernes, febrero 02, 2007

Penélope Cruz trabajará con Woody Allen

La candidatura al Oscar por Volver ya tiene las primeras consecuencias en la carrera de Penélope Cruz. Woody Allen ha anunciado que la española será la protagonista de su próximo proyecto, una nueva tragicomedia que todavía no tiene título. Antes de realizar este proyecto, Woody Allen tiene todavía pendiente de estrenar Cassandra's dream, protagonizada por Colin Farrell, Ewan McGregor y Tom Wilkinson.
Allen cambia a la musa de sus últimas películas, Scarlett Johansson (a la que dio un gran papel en la brillante Match point y otro de rutina en la aburrida y previsible Scoop), por Penélope Cruz, que sigue buscando un éxito en Hollywood, ya sea de crítica o de público. Ninguna de las películas que ha hecho la actriz en Estados Unidos han tenido la más mínima repercusión, y de la que más se habló en su momento fue de Vanilla sky, remake del Abre los ojos de Alejandro Amenábar, porque fue la película en la que conoció a Tom Cruise, su pareja sentimental durante algún tiempo.

lunes, enero 29, 2007

'Volver' y Penélope Cruz triunfan en los Goya

La noche de los Goya fue la noche de Volver y de Penélope Cruz. No fue la noche de Pedro Almodóvar porque el director manchego, en una decisión que nadie va a conseguir hacerme entender, no se presentó en la gala. Que se pone nervioso, argumentó por boca de la nueva presidenta de la Academia. Flaco favor le hace al cine español su director más internacional (mal que me pese) si el ausente de lo que se viene a conocer como la gran fiesta de ese cine. El caso es que su película ganó cinco premios: película, director, actriz (Penélope Cruz), actriz secundaria (Carmen Maura) y banda sonora (Alberto Iglesias). El Goya para Carmen Maura me pareció de justicia, el resto más que discutibles. Resulta curioso, de todos modos, cómo el cine español suele ir contracorriente. Penélope Cruz recibe la nominación al Oscar y, por supuesto, gana el Goya. Pero no sucede lo mismo con Javier Navarrete, compositor de El laberinto del Fauno, que luchará por el Oscar a finales de febrero y que no se llevó el premio español.
Volver, en todo caso, no fue la película que más galardones acaparó. Ese honor se lo llevó la preciosa cinta de Guillermo del Toro, El laberinto del fauno, que se llevó el reconocimiento de los académicos en las categorías de actriz revelación (Ivana Baquero), guión original (para el propio Del Toro y por delante de Almodóvar), fotografía (Guillermo Navarro), montaje (Bernat Villaplana), maquillaje (José Quetglas y Blanca Sánchez), sonido (Miguel Polo y Martín Hernández) y efectos especiales. Lástima que no lograra los dos premios más importantes, los de director y película, aunque es bastante sintomático de la simpatía que ha despertado esta obra el galardón en la categoría de guión original. El triunfo de El laberinto del fauno fue el fracaso de Alatriste. La película más cara de la historia del cine español, que cualquier otro año se habría llevado todos los premios técnicos, se tuvo que conformar con los premios a vestuario, dirección de producción y dirección artística. Juan Diego, por Vete de mí, le arrebató el premio al mejor actor a Viggo Mortensen, todo un profesional de este negocio del cine que sí acudió a la ceremonia (lo mismo que Del Toro; ambos deberían recibir el máximo agradecimiento de la industria española, pues son dos nombres de repercusión internacional).
No vi la gala, solamente su última hora de las cerca de tres que duró. Me pareció, como todos los años, sosa y sin demasiado interés, sin emoción ninguna, ni siquiera en los premios que tenían incertidumbre, y sin chispa. Corbacho y Santiago Segura definieron la gala perfectamente cuando el primero le dijo al segundo que le dejaba presentar al Goya a la mejor película porque es un premio que el creador de Torrente nunca va a ganar. La gente aplaudió. Y Segura le respondió diciéndole a Corbacho que él tampoco lo ganaría nunca. Esa fue la antesala de un final typical spanish: Corbacho derramando sobre su cabeza una botella de cava mientras se despedía.
La comparación con la gala de los Oscar es siempre inevitable porque en España nunca hemos sabido hacer un espectáculo propio. Lo que sí tengo claro es que Hollywood no se puede permitir el lujo de que en la retransmisión se vean tantas butacas vacías, que la primera fila la ocupen los fotógrafos a los que se ve permanentemente moviéndose o que la gente no aplauda a los ganadores (tuve la sensación de que cuando salía al escenario Guillermo Navarro, director de fotografía de El laberinto del fauno no estaba apluadiendo ni la mitad del público).