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viernes, agosto 26, 2016

'Café Society', el conformismo, carcelero de la libertad


Por Sonia Rodríguez Fernández.

Con Café Society, Woody Allen vuelve a su amada Nueva York después de rodar lejos de él en sus últimas películas, Irrational Man, Blue Yasmine o Magia a la luz de la luna. Escogiendo cómo telón de fondo los años 30, años dorados del cine hollywoodiense, Allen nos muestra el conformismo como carcelero de la libertad, el glamour y la elegancia en la que se envolvían, pero también el cinismo, hipocresía y apariencias a las que se veían envueltos los participantes de este entorno tan superficial y lo atractivo que resulta para los aspirantes a ese sueño americano que ofrecen las películas. Comparando en multitud de momentos los dos lugares emblemáticos por excelencia de Estados Unidos, Hollywood y Nueva York, mostrando la luminosidad e hipnotismo que produce una, contra la sordidez y el misterio de la otra.

En este caso se nos presenta un joven neoyorquino llamado Bobby, que no ha salido de su barrio para nada, interpretado por un Jesse Eisenberg muy cómodo en el papel, que se presenta en un ostentoso Hollywood con la esperanza de cumplir ese sueño americano de casa y piscina, y para ello pide ayuda a un magnate de la industria cinematográfica, su tío Phil (Steve Carell), que le echa una mano, eso sí, sin mucho entusiasmo. Para ello se sirve de su joven secretaria Vonnie (Kristen Stewart), que se encargará de mostrar a Bobby los recovecos más terrenales dentro de esa burbuja de glamour en la que viven, enamorando por sus ideales sin remedio al joven, que tendrá que luchar e insistir con tesón, pues Vonnie mantiene una relación con un hombre mayor.

Lo mejor de la película son la fotografía de la mano de Vittorio Storaro, tan variopinta y con la tan distinta luminosidad que se hace de las dos ciudades, así como esa música de jazz característica de las películas de Woody Allen, que consigue transportarte a otra época. Destaca también el papel, aunque breve, de Blake Lively, preciosa como siempre y atrapando con su increíble sonrisa. Sorpresa también Kristen Stewart, mejorando notablemente su actuación respecto a sus últimos papeles y que nos deja entrever la actriz que puede llegar a ser. Respecto al argumento, sobresale una elegante y divertida manera de tratar la pomposidad de la época, la impunidad hasta llegar al descaro de los grupos mafiosos y el mencionado conformismo, ese que no deja vivir de verdad al que se instala en él.

En definitiva, una amable y cómica propuesta, con muchos chascarrillos sobre las peculiaridades de los judíos, que aunque no hace reír a carcajadas, sí muestra a un Woody Allen en estado puro: criticando lo que le da de comer, tratando temas realmente trascendentes, sin importarle las consecuencias, hablando de unos sentimientos y unos temas muy complejos como son la superficialidad de la sociedad, de antes y de ahora pues el paralelismo es evidente, de la religión incluso, de manera magistral y muy elegante. Todo ello con una guinda final en la que Allen parece haberse instalado: un final amargo, que conmueve en lo esencial, y que deja al espectador con una sensación de ¿y ahora qué? Queda demostrado, que si la salud lo permite, queda Woody Allen para rato.

viernes, diciembre 05, 2014

'Magia a la luz de la luna', Woody Allen, ese embaucador

Da la impresión de que Woody Allen debe estar disfrutando de este momento de su carrera, en el que sus admiradores y detractores están ya bastante enrocados en sus posiciones, los primeros encontrando genialidad hasta en la más aburrida de sus películas y los segundos destrozando incluso las que los primeros veneran como obras maestras indiscutibles. En ese planteamiento, casi parece que Magia a la luz de la luna es un guiño a esta ficticia disputa, porque trata sobre un desenmascarador de embaucadores, un mago (Colin Firth) que trabaja sobre el escenario pero también descubriendo las farsas de quienes se hacen pasar por auténticos mediums. Y, claro, es inevitable pensar que Woody Allen se considera a sí mismo ese embaucador capaz de engañar a todos, incluyendo a los más escépticos con su cine. Magia a la luz de la luna consigue su propósito a ratos, pero sigue siendo una muestra más de su cine, mucho más plano de lo que en realidad parece. Sobra decir, claro, que quien firma esto está más cerca del segundo grupo que del primero.

Por eso mismo, es más que posible que los admiradores de Woody Allen no encuentren razones en estas líneas para seguir leyendo o valorando esta opinión. Incluso aunque se diga que algunos aspectos de la película son más que disfrutables. Si algo es Allen por encima de todo, es un espléndido director de actores, de ahí que tenga una memorable colección de intérpretes a sus órdenes en su ya extensísima filmografía. En este caso, ver el formidable y apasionado duelo que mantienen Colin Firth y Emma Stone es sencillamente fascinante. Hay pegas, por supuesto. La primera, la inagotable insistencia de Allen en hacer que todos sus protagonistas actúen como émulos de sí mismo, ese neurótico a punto de estallar. Firth lo controla algo más, pero es inevitable ver resquicios de un papel que Allen habría deseado interpretar. La segunda, que el personaje de Stone, pese a estar brillante, utiliza un lenguaje y una forma de hablar que rompe por completo la atmósfera de época que persigue el director y guionista situando la película en los años 20 del siglo XX.

La química entre Firth y Stone es espléndida, de largo lo mejor de la película, y esa fantástica sensación que deja el reparto en cualquier película de Allen se incrementa con los secundarios (Jacki Weaver vuelve a sobresalir, como casi siempre). Pero la película carece de equilibrio y su ritmo está lejos de ser preciso, y es fácil preguntarse durante demasiado tiempo hacia dónde pretende ir Allen. Por el camino quedan secuencias interesantes (el observatorio, el baile), pero el conjunto se resiente. A ratos es tan divertida como las mejores películas de su autor, pero a ratos resulta tan inofensiva e intrascendente como las peores. Y así, se disfruta mucho más del duelo entre la medium y el mago que de todo lo que sucede a continuación. En la primera mitad de la película hay sarcasmo e interés, pero casi todo va decreciendo, hasta que llega un final al que ya es difícil prestarle demasiada atención, porque no se sabe si la película es una mirada cínica o una entusiasta a la vida.

Pero en realidad Magia a la luz de la luna encaja muy bien en el cine de Woody Allen por casi todo, algo que él mismo subraya ya desde hace mucho tiempo desde los mismos créditos (idénticos rótulos blancos sobre fondo negro, con música intercambiable entre diferentes películas; una seña de identidad para los aficionados, el principio del aburrimiento para los detractores), así que lo más probable es que convenza a quienes habitualmente disfrutan con sus películas. No es este el caso, porque me resulta difícil encontrar encontrar la genialidad a Magia a la luz de la luna más allá de sus actores. No es la película de época que quiere ser más allá de un rótulo y unos coches, pero tampoco es una película actual. No es una comedia desenfrenada ni tampoco pide a gritos que se tome demasiado en serio la historia. Y no se ve si no es más que una broma, un pasatiempo, o si de verdad quiere ser algo más. Embauca por momentos, sí, pero al final, como tantas otras veces, queda la sensación de que es un engaño. Hábil, pero un engaño a fin de cuentas.

viernes, mayo 02, 2014

'Aprendiz de gigoló', Turturro se woodyalleniza

A muchos les sorprenderá saber que Aprendiz de gigoló es ya la quinta película como director de John Turturro, habitual secundario cómico del cine contemporáneo. Menos sorprendente es que se trata de la más woodyallenizada de todas. Y no sólo por compartir cartel el propio Turturro, protagonista principal de su filme además de su guionista, con Allen en una de sus escasísimas apariciones como actor en películas que no dirija él mismo, sino porque recuerdan a su cine la historia, muchas de las situaciones, los diálogos, la música y por supuesto el personaje que interpreta el director de La rosa púrpura del Cairo o Match Point. De esta manera, Turturro firma una comedia que se antoja inofensiva (y quizá por eso mismo intrascendente) durante buena parte de su ajustado metraje (90 minutos), con la química que hay entre ambos cómicos como mejor baza, pero que al final, cuando definitivamente clarifica cuál era la historia que quería contar, acaba dejando un buen sabor de boca.

Paradojicamente, la presencia de Woody Allen juegan tanto a favor como en contra de la película. Es una noticia agradable que retome su faceta de actor sin tener que estar también detrás de la cámara y que lo haga en un registro que le conviene y que conoce sobradamente. Pero, por otro lado, suena a favor a un amigo que le ha escrito ese papel que tantas y tantas veces ha hecho en sus propias películas (y en el que ha seguido colocando a otros actores cuando él decidía no actuar), suena a ya visto, y eso gustará menos a quienes menos conecten ya con el cine del neoyorquino. Y sí, es divertido, y la dinámica con Turturro es estupenda porque ambos se complementan bastante bien. Pero no hay nada novedoso en ese lado. Por eso se antoja algo más intrascendente esa primera parte de la película, en la que se urde una trama que, siendo cómica y dejando algún que otro momento divertido, es lo que acaba siendo también bastante intrascendente.

El aprendiz de gigoló que da título a la película es el personaje de Turturro. El instigador de que emprenda ese camino es el de Allen, quien ha hablado de su amigo a una mujer casada (Sharon Stone) con vistas a un ménage à trois con el que ella fantasea, y que le sirve de punto de partida para una nueva carrera que le da interesantes ingresos en la que se cuela también una amiga de esa mujer (Sofía Vergara). Todo eso, al final, pierde toda trascendencia porque la historia que en realidad quiere contar Turturro es la de otra mujer, una viuda judía (Vanessa Paradis), que no ha sabido como rehacer su vida a pesar de los ofrecimientos de un hombre de su barrio (Liev Schreiber). La película que quiere hacer Turturro habla de soledad, de reclusión, de convenciones sociales, y no en realidad de escarceos sexuales. No es que la película no encuentre un término medio, es que en realidad no está del todo bien construida, porque casi nada encuentra explicaciones demasiado asumibles hasta el tramo final.

Ahí la película mantiene el tono cómico (la escena del juicio tradicional judío es un delirio puro y gozoso, con la fugaz aparición de un siempre notable Bob Balaban) pero trasciende algo más, con algo de poesía, algo de vida y algo de emoción. Ese tramo final hace que la película acabe en lo mejor, perdonando levemente algunas de las muchas inconsistencias que tiene. Como sucede con buena parte de las comedias de Woody Allen de los últimos casi veinte años en las que quiere basarse sin hacer mucho esfuerzo en ocultarlo, hay en Aprendiz de gigoló momentos inspirados pero otros muchos que no están a esa misma altura. Se ve en todo momento como una comedia amable, pasable y probablemente por ese mismo motivo carente de trascendencia. Queda el carisma de todo el reparto, la buena química que hay entre todos ellos y en especial entre Turturro y Allen, la inseguridad que enseña Sharon Stone, la sencillez de Paradis, una leve vena cómic en Schreiber que no se había visto mucho hasta ahora y el descaro exuberante de Vergara.

viernes, noviembre 15, 2013

'Blue Jasmine', ni frío ni calor en el nuevo Woody Allen

Manteniendo su ritmo de película por año, Woody Allen sigue sin sorprender en su nuevo filme. Blue Jasmine, que así se titula la cinta de este 2013, encaja perfectamente en la filmografía del cineasta, sobre todo en la más reciente. Y eso quiere decir que, siguiendo su trayectoria, prácticamente se puede anticipar si a cada espectador le va a gustar o no este título. Después de años sin descubrir nada sorprendentes, desde Match Point (2005), estas líneas no van a ser especialmente elogiosas. Y es que el problema esencial de Blue Jasmine es que no muestra una idea clara de lo que realmente quiere contar y no deja nada realmente digno de recordar. Ni frío ni calor. No es frío porque el reparto, como casi siempre en las películas de Woody Allen, entretiene lo suficiente. Pero no es calor porque se olvida con la misma facilidad con la que han pasado sus 98 minutos. Otra más de Woody Allen, de la que, como el cartel ya anticipa, sólo se recordará que la protagonizó Cate Blanchett.

Y es que la actriz está francamente bien en la película, pero su personaje viene con el lastre habitual, es el protagonista woodyallenizado que tiene que tener por fuerza una película de Woody Allen. Habrá quien piense que esa es la firma del autor, como lo es la idéntica música de jazz (que parece bastante mal utilizada en la película, de una forma aleatoria y sin demasiado significado) o estos títulos de créditos iniciales sobre fondo negro que se repiten filme tras filme. Pero es una fórmula que hace ya mucho tiempo que sobrepasó los límites del agotamiento. Blanchett, de forma individual, sensacional, pero dentro de la filmografía de su aquí director, una más con características muy semejantes. El reparto, en todo caso, viene a ser lo mejor de la película, a pesar de que Alec Baldwin está más frío que de costumbre, pero sobre todo gracias al buen trabajo de Sally Hawkins, que interpreta a la hermanastra pobre de Blanchett.

Jasmine es la esposa de un hombre de negocios (Alec Baldwin) que, de repente, se ve sin dinero y sin los lujos que tenía en su anterior vida, y tiene que irse a vivir con su hermana (Hawkins) y sus dos hijos, lidiando con el novio de ésta (Bobby Cannavale) y buscando cómo ganarse la vida de ahí en adelante. En realidad, otro de los problemas de Blue Jasmine está en que, por momento, parece mucho más atractiva la historia de esa hermanastra que la de la que finalmente escoge Allen para llevar el peso del filme. El contraste entre los diferentes mundos de los que proceden se diluye como una vía descartada por la película, que se limita a abrazar los indudables méritos de su actriz protagonista. Ella es la que se lleva las miradas y los elogios, ella es todo lo que en realidad tiene que ofrecer la película para marcar una diferencia. Y ella está fantástica. Es el envoltorio lo que no ofrece nada nuevo.

Pasan los minutos y Blue Jasmine no deja de caminar de forma errática, hasta el punto de que no se sabe a dónde ha conducido ni siquiera cuando acaba la historia. Y eso no deja de ser un aspecto frustrante porque hay momentos en los que la película parece que va a despegar, tanto formal (con una doble narración que finalmente se desinfla bastante) como argumentalmente (cuando más directamente se enlazan las vidas de las dos hermanas), pero acaba cerrándose sin muchas conclusiones (más, insisto, en la historia de la hermana). Ni frío ni calor, otro filme más de Woody Allen que encaja en lo que ha venido haciendo en los recientes y nada espectaculares años de su carrera, incluso a pesar de que ciertos sectores de crítica y público hayan encontrado ahí algunas obras maestras. Lo que sí se le agradece siempre a Woody Allen es que nunca se le desmadra la duración de sus películas. En esta, con dos líneas temporales, tiene algo más de mérito. Pero la película es Cate Blanchett. Magnífica. Pero nada más.

martes, septiembre 20, 2011

'Midnight in Paris' o cómo reafirmar lo que cada uno piensa de Woody Allen

Woody Allen es, normalmente, un director fácil de evaluar. La gente que le adora, le sigue adorando película tras película. La gente que no le soporta, le soporta menos tras cada filme que estrena. Es fácil, sí. Midnight in Paris (¿por qué demonios no se ha traducido el título en España?) confirma esa premisa. Adorada por los aficionados de Woody Allen, fácilmente desechable para quienes no lo son. Yo me sitúo mucho más cerca de los segundos que de los primeros, aunque sí he visto genialidad en algunos (pocos) filmes de Woody Allen. No en los últimos, no desde que sorprendiera con Match Point, porque desde entonces se limita a hacer refritos de sí mismo. Puede cambiar el envoltorio, como hace aquí, pero en el fondo el director y guionista sigue planteando las mismas películas una y otra vez, incidiendo en errores pasados que ya se han convertido en marcas personales de su cine y que normalmente tendrían que impedir que nuevos públicos se acercaran a su obra. Pero como esto del séptimo arte es como es, Midnight in Paris es su mejor película en taquilla de Woody Allen.

Y es que Woody Allen casi siempre tiene la capacidad de distraerme al inicio de sus películas. Normalmente lo hace con esos aburrídisimos y viejos (en el peor sentido de la palabra) títulos de crédito con letras blancas y fondo negro mientras suena una de sus canciones habituales (aunque eso es algo que gusta a sus seguidores, quizá como el comienzo de la conversación con un viejo amigo). Esta vez lo hace por un motivo diferente, y es que inicia Midnight in Paris con una serie de postales de la capital francesas. Es como si quisiera condensar en poco más de tres minutos, con el repaso de los rincones más emblemáticos de París, la sensación de guía turística que dejó en toda Vicky Cristina Barcelona (todavía me asombra que se estrenara una película con un título tan poco afortunado e ininteligible). Con ese prólogo, absolutamente desconectado de la película, y previo a a esos títulos de crédito de siempre (esta vez sin música y con diálogo de fondo), Woody Allen aleja de la historia que va a contar. Historia que se mueve en parámetros muy similares a los de muchas de sus películas y que, por supuesto, cuenta con un nuevo remedo de Woody Allen como protagonista: Owen Wilson.

Hace muchos años que alguien tendría que haberle dicho al director que no es necesario que protagonice sus propias películas, sea con su propio rostro o pidiéndole a otro actor que haga sus mismas muecas y gestos (como lo hizo con Kenneth Branagh en Celebrity). Owen Wilson se queda en eso. Es un Woody Allen más joven, más alto, más rubio, pero es un Woody Allen. Otro más. ¿Hacía falta? Probablemente no, como no hacía falta en otras tantas películas anteriores, pero es un exceso del neoyoquino que ya hay que considerar como inevitable en su cine. La relación de pareja entre Gil e Inez (una como casi siempre espléndida Rachel McAdams, a la que no importa tener que enamorar a la cámara como hacía en Más allá del tiempo o cabrearla como aquí) es también muy habitual en el cine de Woody Allen, con lo que por ahí tampoco se encontrará elemento de sorpresa alguno. La novedad de Midnight in Paris, además del escenario (una parada más en el itinerario europeo que ya le llevó a Londres y Barcelona), está en el envoltorio cultural de la película.

Gil es un guionista de Hollywood que aspira a ser escritor. Tiene una novela escrita, pero no termina de ver claro que sea lo que realmente quiere escribir y no sabe cómo mejorarlo, ya que no confía en nadie para leerla y le diga qué puede mejorar. Gil es, además, un enamorado del París de los años 20, pasión que no es capaz de contagiar a su prometida, una mujer poco pasional que vive en un mundo más pragmático. Y aquí es donde Woody Allen introduce la novedad, aunque en cierto modo ofrezca un sabor parecido a La rosa púrpura del Cairo: a medianoche, Gil salta de su mundo real al mundo en el que desea estar (como Mia Farrow y su universo soñado de celuloide) se transporta a la noche parisina de los años 20 y conoce a todos los intelectuales de la época, desde Ernest Hemingway a Cole Porter, pasando por Pablo Ruiz Picasso, Salvador Dalí, F. Scott Fitzgerald, T.S. Eliot o Luis Buñuel. La mayoría de ellos ofrecen simples cameos, sin tiempo para desarrollar un personaje (el filme dura poco más de 90 minutos), como el de una insulsa Carla Bruni. Entre los actores conocidos en esos papeles está un sobreactuado y caricaturesco Adrien Brody como Dalí.

Referencias culturales tiene muchas la película, y quizá sea eso lo que dé a la película cierto encanto y un aire mínimamente diferente al último cine de Woody Allen. Pero hay poco más. La excusa argumental que lleva a Gil al París de aquella época es sólo eso, una excusa que ni siquiera se termina de desarrollar. El personaje de Owen Wilson es escritor como podría haber sido cocinero. Lo único realmente destacable y divertido es la confrontación con el personaje del siempre espléndido y nunca del todo reconocido Michael Sheen, pero queda como una simple nota a pie de página que Woody Allen no termina de aprovechar nunca (ni siquiera en la discusión final con Inez). Lo cierto es que deja el mismo sabor de película inacabada que Woody Allen ha ofrecido en los últimos años, aunque el epílogo no está del todo mal buscando completar la historia. Para mí, una más de Woody Allen, que no destaca ni por arriba ni por abajo, que reafirma los pensamientos que cada uno lleva sobre el director antes de ver la película. A mí, Woody Allen me sigue dando mucha pereza (de ahí el retraso en esta crítica con respecto al estreno de la película), no me entretiene demasiado y no me sorprende en absoluto.

martes, noviembre 24, 2009

¿La cosa funciona...?

Con Woody Allen tengo un problema. No suelo verle la genialidad que sí le ven otros muchos (más entre la crítica que entre el público, porque su cine no llega tanto a la gente como a quienes lo evalúan... y mucho menos en Estados Unidos). Me pasa un poco lo mismo que con Almodóvar o Tarantino, aunque sí tengo que reconocer que Woody Allen me ha llegado en alguna ocasión, cosa que no puedo decir de los otros dos. Admiro la originalidad y audacia formal de Annie Hall (aunque creo que la película ha envejecido bastante mal), disfruto mucho con la cinefilia pura y el romanticismo de La rosa púrpura del Cairo, me río lo que no está en los escritos con las ocurrencias de Misterioso asesinato en Manahattan o admiro la complejidad psicológica de Match point. Si la cosa funciona, en cambio, no tiene nada que me llame especialmente la atención.

Y es que Woody Allen suele aburrirme o quedarse en relatos amables pero intrascedentes (Si la cosa funciona se adapta más a la segunda categoría). Ha llegado un punto en el que lo que hace me parece carente de interés. Y me resulta curioso que ahí, además de defectos propios, le pueda achacar defectos del cine de esos otros dos directores que mencionaba antes. Woody Allen, en sus últimas películas, ha almodovarizado su universo. Si donde antes pretendía mostrar la vida de personas reales en el Nueva York contemporáneo, ahora ha decidido introducir personajes atípicos. La loca de Vicky Cristina Barcelona o el gay que no sabe que lo es de Si la cosa funciona. En cuanto a Tarantino, me parece inevitable trazar un paralelismo entre el final de esta película del neoyorquino y el de Malditos bastardos. En ambas creo que hay un arranque de ego bastante peculiar, un autohomenaje de esos que provocarán la más sonora carcajada de sus seguidores y la indiferencia, cuando no malestar, de sus detractores. A mí me provocó indeferencia.

Si la cosa funciona parece, sobre el papel, un regreso de Woody Allen a sus orígines. Es decir, a retratos sentimentales de personas anónimas, en una película modesta y breve (apenas 90 minutos). Lo que pasa es que yo lo he terminado viendo como un autoplagio nada disimulado, que sólo introduce la novedad del momento temporal en que transcurre, hoy y no en los 70. No sé hasta que punto necesitaba esta película un relato mirando a cámara, como el que el propio Woody Allen hacía en Annie Hall. El autoplagio en el personaje protagonista ya hace tiempo que estaba agotado. Y es que el realizador siempre es quien protagoniza sus películas, sea con su propio rostro o con el de otros actores, y eso ya viene lastrando el cine de Woody Allen desde hace demasiados años (bien es cierto que Larry David hace un Woody Allen más completo que el que el propio director es capaz de hacer).

Como también esa manía de comenzar sus películas con unos aburridísimos títulos de crédito sobre fondo negro (¿estamos siempre viendo la misma película? ¿es el cine de Woody Allen un bucle interminable?) o el repetitivo uso de la misma clase de música (¿se saltó la clase en la que se explicaba el uso de la música instrumental?), que parece que utiliza para satisfacer gustos personales y no para enriquecer el filme. Como también esa repetición de los mismos personajes. Cambian las edades, cambian las profesiones, pero son los mismos arquetipos. Es el mismo grupo de amigos, aunque ya sin los amigos de Woody Allen en sus inicios. No está Diane Keaton, no está Alan Alda, no está Mia Farrow, no está Danny Aiello, no está Dianne Wiest... ni siquiera está el propio Woody Allen. Pero son los mismos.

Con todo lo anterior, queda bastante claro que no comparto la casi unanimidad de la crítica, que ha visto en Si la cosa funciona un regreso de la genailidad de Wood Allen después de los fiascos de Scoop o Vicky Crsitina Barcelona (que, paradójicamente, no fueron fiascos para la misma crítica en el momento de sus respectivos estrenos...). ¿Es una mala película? No, no es eso. Se trata de una historieta menor, con algún momento chispeante en el guión y que sacará alguna sonrisa cuanto más se identifique el espectador con algún momento del filme que haya vivido en la realidad. Es una película amable y bonachona, pero lo es tanto que adquiere el nivel de intrascedente y no perdura en la memoria.

La principal crítica que se le puede hacer es que en ella no hay mucho que le haga sobresalir de las cientos de comedias que se hacen hoy en día. Si acaso, que el protagonista es un anciano y no una pareja de actores jóvenes y prometedores de esos que a los 25 años ya están olvidados. Si acaso, alguna conversación ingeniosa. Si acaso, algún momento de Patricia Clarckson, de largo la mejor intérprete de la película (aunque su personaje me parezca de lo más endeble del guión). Pero poco más. ¿La cosa funciona? Para mí no demasiado.

viernes, febrero 02, 2007

Penélope Cruz trabajará con Woody Allen

La candidatura al Oscar por Volver ya tiene las primeras consecuencias en la carrera de Penélope Cruz. Woody Allen ha anunciado que la española será la protagonista de su próximo proyecto, una nueva tragicomedia que todavía no tiene título. Antes de realizar este proyecto, Woody Allen tiene todavía pendiente de estrenar Cassandra's dream, protagonizada por Colin Farrell, Ewan McGregor y Tom Wilkinson.
Allen cambia a la musa de sus últimas películas, Scarlett Johansson (a la que dio un gran papel en la brillante Match point y otro de rutina en la aburrida y previsible Scoop), por Penélope Cruz, que sigue buscando un éxito en Hollywood, ya sea de crítica o de público. Ninguna de las películas que ha hecho la actriz en Estados Unidos han tenido la más mínima repercusión, y de la que más se habló en su momento fue de Vanilla sky, remake del Abre los ojos de Alejandro Amenábar, porque fue la película en la que conoció a Tom Cruise, su pareja sentimental durante algún tiempo.