Con Café Society, Woody Allen vuelve a su amada Nueva York después de rodar lejos de él en sus últimas películas, Irrational Man, Blue Yasmine o Magia a la luz de la luna. Escogiendo cómo telón de fondo los años 30, años dorados del cine hollywoodiense, Allen nos muestra el conformismo como carcelero de la libertad, el glamour y la elegancia en la que se envolvían, pero también el cinismo, hipocresía y apariencias a las que se veían envueltos los participantes de este entorno tan superficial y lo atractivo que resulta para los aspirantes a ese sueño americano que ofrecen las películas. Comparando en multitud de momentos los dos lugares emblemáticos por excelencia de Estados Unidos, Hollywood y Nueva York, mostrando la luminosidad e hipnotismo que produce una, contra la sordidez y el misterio de la otra.
viernes, agosto 26, 2016
'Café Society', el conformismo, carcelero de la libertad
Con Café Society, Woody Allen vuelve a su amada Nueva York después de rodar lejos de él en sus últimas películas, Irrational Man, Blue Yasmine o Magia a la luz de la luna. Escogiendo cómo telón de fondo los años 30, años dorados del cine hollywoodiense, Allen nos muestra el conformismo como carcelero de la libertad, el glamour y la elegancia en la que se envolvían, pero también el cinismo, hipocresía y apariencias a las que se veían envueltos los participantes de este entorno tan superficial y lo atractivo que resulta para los aspirantes a ese sueño americano que ofrecen las películas. Comparando en multitud de momentos los dos lugares emblemáticos por excelencia de Estados Unidos, Hollywood y Nueva York, mostrando la luminosidad e hipnotismo que produce una, contra la sordidez y el misterio de la otra.
viernes, diciembre 05, 2014
'Magia a la luz de la luna', Woody Allen, ese embaucador
viernes, mayo 02, 2014
'Aprendiz de gigoló', Turturro se woodyalleniza
viernes, noviembre 15, 2013
'Blue Jasmine', ni frío ni calor en el nuevo Woody Allen
martes, septiembre 20, 2011
'Midnight in Paris' o cómo reafirmar lo que cada uno piensa de Woody Allen
Woody Allen es, normalmente, un director fácil de evaluar. La gente que le adora, le sigue adorando película tras película. La gente que no le soporta, le soporta menos tras cada filme que estrena. Es fácil, sí. Midnight in Paris (¿por qué demonios no se ha traducido el título en España?) confirma esa premisa. Adorada por los aficionados de Woody Allen, fácilmente desechable para quienes no lo son. Yo me sitúo mucho más cerca de los segundos que de los primeros, aunque sí he visto genialidad en algunos (pocos) filmes de Woody Allen. No en los últimos, no desde que sorprendiera con Match Point, porque desde entonces se limita a hacer refritos de sí mismo. Puede cambiar el envoltorio, como hace aquí, pero en el fondo el director y guionista sigue planteando las mismas películas una y otra vez, incidiendo en errores pasados que ya se han convertido en marcas personales de su cine y que normalmente tendrían que impedir que nuevos públicos se acercaran a su obra. Pero como esto del séptimo arte es como es, Midnight in Paris es su mejor película en taquilla de Woody Allen.Y es que Woody Allen casi siempre tiene la capacidad de distraerme al inicio de sus películas. Normalmente lo hace con esos aburrídisimos y viejos (en el peor sentido de la palabra) títulos de crédito con letras blancas y fondo negro mientras suena una de sus canciones habituales (aunque eso es algo que gusta a sus seguidores, quizá como el comienzo de la conversación con un viejo amigo). Esta vez lo hace por un motivo diferente, y es que inicia Midnight in Paris con una serie de postales de la capital francesas. Es como si quisiera condensar en poco más de tres minutos, con el repaso de los rincones más emblemáticos de París, la sensación de guía turística que dejó en toda Vicky Cristina Barcelona (todavía me asombra que se estrenara una película con un título tan poco afortunado e ininteligible). Con ese prólogo, absolutamente desconectado de la película, y previo a a esos títulos de crédito de siempre (esta vez sin música y con diálogo de fondo), Woody Allen aleja de la historia que va a contar. Historia que se mueve en parámetros muy similares a los de muchas de sus películas y que, por supuesto, cuenta con un nuevo remedo de Woody Allen como protagonista: Owen Wilson.
Hace muchos años que alguien tendría que haberle dicho al director que no es necesario que protagonice sus propias películas, sea con su propio rostro o pidiéndole a otro actor que haga sus mismas muecas y gestos (como lo hizo con Kenneth Branagh en Celebrity). Owen Wilson se queda en eso. Es un Woody Allen más joven, más alto, más rubio, pero es un Woody Allen. Otro más. ¿Hacía falta? Probablemente no, como no hacía falta en otras tantas películas anteriores, pero es un exceso del neoyoquino que ya hay que considerar como inevitable en su cine. La relación de pareja entre Gil e Inez (una como casi siempre espléndida Rachel McAdams, a la que no importa tener que enamorar a la cámara como hacía en Más allá del tiempo o cabrearla como aquí) es también muy habitual en el cine de Woody Allen, con lo que por ahí tampoco se encontrará elemento de sorpresa alguno. La novedad de Midnight in Paris, además del escenario (una parada más en el itinerario europeo que ya le llevó a Londres y Barcelona), está en el envoltorio cultural de la película.
Gil es un guionista de Hollywood que aspira a ser escritor. Tiene una novela escrita, pero no termina de ver claro que sea lo que realmente quiere escribir y no sabe cómo mejorarlo, ya que no confía en nadie para leerla y le diga qué puede mejorar. Gil es, además, un enamorado del París de los años 20, pasión que no es capaz de contagiar a su prometida, una mujer poco pasional que vive en un mundo más pragmático. Y aquí es donde Woody Allen introduce la novedad, aunque en cierto modo ofrezca un sabor parecido a La rosa púrpura del Cairo: a medianoche, Gil salta de su mundo real al mundo en el que desea estar (como Mia Farrow y su universo soñado de celuloide) se transporta a la noche parisina de los años 20 y conoce a todos los intelectuales de la época, desde Ernest Hemingway a Cole Porter, pasando por Pablo Ruiz Picasso, Salvador Dalí, F. Scott Fitzgerald, T.S. Eliot o Luis Buñuel. La mayoría de ellos ofrecen simples cameos, sin tiempo para desarrollar un personaje (el filme dura poco más de 90 minutos), como el de una insulsa Carla Bruni. Entre los actores conocidos en esos papeles está un sobreactuado y caricaturesco Adrien Brody como Dalí.
Referencias culturales tiene muchas la película, y quizá sea eso lo que dé a la película cierto encanto y un aire mínimamente diferente al último cine de Woody Allen. Pero hay poco más. La excusa argumental que lleva a Gil al París de aquella época es sólo eso, una excusa que ni siquiera se termina de desarrollar. El personaje de Owen Wilson es escritor como podría haber sido cocinero. Lo único realmente destacable y divertido es la confrontación con el personaje del siempre espléndido y nunca del todo reconocido Michael Sheen, pero queda como una simple nota a pie de página que Woody Allen no termina de aprovechar nunca (ni siquiera en la discusión final con Inez). Lo cierto es que deja el mismo sabor de película inacabada que Woody Allen ha ofrecido en los últimos años, aunque el epílogo no está del todo mal buscando completar la historia. Para mí, una más de Woody Allen, que no destaca ni por arriba ni por abajo, que reafirma los pensamientos que cada uno lleva sobre el director antes de ver la película. A mí, Woody Allen me sigue dando mucha pereza (de ahí el retraso en esta crítica con respecto al estreno de la película), no me entretiene demasiado y no me sorprende en absoluto.
martes, noviembre 24, 2009
¿La cosa funciona...?
Con Woody Allen tengo un problema. No suelo verle la genialidad que sí le ven otros muchos (más entre la crítica que entre el público, porque su cine no llega tanto a la gente como a quienes lo evalúan... y mucho menos en Estados Unidos). Me pasa un poco lo mismo que con Almodóvar o Tarantino, aunque sí tengo que reconocer que Woody Allen me ha llegado en alguna ocasión, cosa que no puedo decir de los otros dos. Admiro la originalidad y audacia formal de Annie Hall (aunque creo que la película ha envejecido bastante mal), disfruto mucho con la cinefilia pura y el romanticismo de La rosa púrpura del Cairo, me río lo que no está en los escritos con las ocurrencias de Misterioso asesinato en Manahattan o admiro la complejidad psicológica de Match point. Si la cosa funciona, en cambio, no tiene nada que me llame especialmente la atención.Y es que Woody Allen suele aburrirme o quedarse en relatos amables pero intrascedentes (Si la cosa funciona se adapta más a la segunda categoría). Ha llegado un punto en el que lo que hace me parece carente de interés. Y me resulta curioso que ahí, además de defectos propios, le pueda achacar defectos del cine de esos otros dos directores que mencionaba antes. Woody Allen, en sus últimas películas, ha almodovarizado su universo. Si donde antes pretendía mostrar la vida de personas reales en el Nueva York contemporáneo, ahora ha decidido introducir personajes atípicos. La loca de Vicky Cristina Barcelona o el gay que no sabe que lo es de Si la cosa funciona. En cuanto a Tarantino, me parece inevitable trazar un paralelismo entre el final de esta película del neoyorquino y el de Malditos bastardos. En ambas creo que hay un arranque de ego bastante peculiar, un autohomenaje de esos que provocarán la más sonora carcajada de sus seguidores y la indiferencia, cuando no malestar, de sus detractores. A mí me provocó indeferencia.
Si la cosa funciona parece, sobre el papel, un regreso de Woody Allen a sus orígines. Es decir, a retratos sentimentales de personas anónimas, en una película modesta y breve (apenas 90 minutos). Lo que pasa es que yo lo he terminado viendo como un autoplagio nada disimulado, que sólo introduce la novedad del momento temporal en que transcurre, hoy y no en los 70. No sé hasta que punto necesitaba esta película un relato mirando a cámara, como el que el propio Woody Allen hacía en Annie Hall. El autoplagio en el personaje protagonista ya hace tiempo que estaba agotado. Y es que el realizador siempre es quien protagoniza sus películas, sea con su propio rostro o con el de otros actores, y eso ya viene lastrando el cine de Woody Allen desde hace demasiados años (bien es cierto que Larry David hace un Woody Allen más completo que el que el propio director es capaz de hacer).
Como también esa manía de comenzar sus películas con unos aburridísimos títulos de crédito sobre fondo negro (¿estamos siempre viendo la misma película? ¿es el cine de Woody Allen un bucle interminable?) o el repetitivo uso de la misma clase de música (¿se saltó la clase en la que se explicaba el uso de la música instrumental?), que parece que utiliza para satisfacer gustos personales y no para enriquecer el filme. Como también esa repetición de los mismos personajes. Cambian las edades, cambian las profesiones, pero son los mismos arquetipos. Es el mismo grupo de amigos, aunque ya sin los amigos de Woody Allen en sus inicios. No está Diane Keaton, no está Alan Alda, no está Mia Farrow, no está Danny Aiello, no está Dianne Wiest... ni siquiera está el propio Woody Allen. Pero son los mismos.
Con todo lo anterior, queda bastante claro que no comparto la casi unanimidad de la crítica, que ha visto en Si la cosa funciona un regreso de la genailidad de Wood Allen después de los fiascos de Scoop o Vicky Crsitina Barcelona (que, paradójicamente, no fueron fiascos para la misma crítica en el momento de sus respectivos estrenos...). ¿Es una mala película? No, no es eso. Se trata de una historieta menor, con algún momento chispeante en el guión y que sacará alguna sonrisa cuanto más se identifique el espectador con algún momento del filme que haya vivido en la realidad. Es una película amable y bonachona, pero lo es tanto que adquiere el nivel de intrascedente y no perdura en la memoria.
La principal crítica que se le puede hacer es que en ella no hay mucho que le haga sobresalir de las cientos de comedias que se hacen hoy en día. Si acaso, que el protagonista es un anciano y no una pareja de actores jóvenes y prometedores de esos que a los 25 años ya están olvidados. Si acaso, alguna conversación ingeniosa. Si acaso, algún momento de Patricia Clarckson, de largo la mejor intérprete de la película (aunque su personaje me parezca de lo más endeble del guión). Pero poco más. ¿La cosa funciona? Para mí no demasiado.
viernes, febrero 02, 2007
Penélope Cruz trabajará con Woody Allen
La candidatura al Oscar por Volver ya tiene las primeras consecuencias en la carrera de Penélope Cruz. Woody Allen ha anunciado que la española será la protagonista de su próximo proyecto, una nueva tragicomedia que todavía no tiene título. Antes de realizar este proyecto, Woody Allen tiene todavía pendiente de estrenar Cassandra's dream, protagonizada por Colin Farrell, Ewan McGregor y Tom Wilkinson.Allen cambia a la musa de sus últimas películas, Scarlett Johansson (a la que dio un gran papel en la brillante Match point y otro de rutina en la aburrida y previsible Scoop), por Penélope Cruz, que sigue buscando un éxito en Hollywood, ya sea de crítica o de público. Ninguna de las películas que ha hecho la actriz en Estados Unidos han tenido la más mínima repercusión, y de la que más se habló en su momento fue de Vanilla sky, remake del Abre los ojos de Alejandro Amenábar, porque fue la película en la que conoció a Tom Cruise, su pareja sentimental durante algún tiempo.



