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viernes, agosto 26, 2016

'Café Society', el conformismo, carcelero de la libertad


Por Sonia Rodríguez Fernández.

Con Café Society, Woody Allen vuelve a su amada Nueva York después de rodar lejos de él en sus últimas películas, Irrational Man, Blue Yasmine o Magia a la luz de la luna. Escogiendo cómo telón de fondo los años 30, años dorados del cine hollywoodiense, Allen nos muestra el conformismo como carcelero de la libertad, el glamour y la elegancia en la que se envolvían, pero también el cinismo, hipocresía y apariencias a las que se veían envueltos los participantes de este entorno tan superficial y lo atractivo que resulta para los aspirantes a ese sueño americano que ofrecen las películas. Comparando en multitud de momentos los dos lugares emblemáticos por excelencia de Estados Unidos, Hollywood y Nueva York, mostrando la luminosidad e hipnotismo que produce una, contra la sordidez y el misterio de la otra.

En este caso se nos presenta un joven neoyorquino llamado Bobby, que no ha salido de su barrio para nada, interpretado por un Jesse Eisenberg muy cómodo en el papel, que se presenta en un ostentoso Hollywood con la esperanza de cumplir ese sueño americano de casa y piscina, y para ello pide ayuda a un magnate de la industria cinematográfica, su tío Phil (Steve Carell), que le echa una mano, eso sí, sin mucho entusiasmo. Para ello se sirve de su joven secretaria Vonnie (Kristen Stewart), que se encargará de mostrar a Bobby los recovecos más terrenales dentro de esa burbuja de glamour en la que viven, enamorando por sus ideales sin remedio al joven, que tendrá que luchar e insistir con tesón, pues Vonnie mantiene una relación con un hombre mayor.

Lo mejor de la película son la fotografía de la mano de Vittorio Storaro, tan variopinta y con la tan distinta luminosidad que se hace de las dos ciudades, así como esa música de jazz característica de las películas de Woody Allen, que consigue transportarte a otra época. Destaca también el papel, aunque breve, de Blake Lively, preciosa como siempre y atrapando con su increíble sonrisa. Sorpresa también Kristen Stewart, mejorando notablemente su actuación respecto a sus últimos papeles y que nos deja entrever la actriz que puede llegar a ser. Respecto al argumento, sobresale una elegante y divertida manera de tratar la pomposidad de la época, la impunidad hasta llegar al descaro de los grupos mafiosos y el mencionado conformismo, ese que no deja vivir de verdad al que se instala en él.

En definitiva, una amable y cómica propuesta, con muchos chascarrillos sobre las peculiaridades de los judíos, que aunque no hace reír a carcajadas, sí muestra a un Woody Allen en estado puro: criticando lo que le da de comer, tratando temas realmente trascendentes, sin importarle las consecuencias, hablando de unos sentimientos y unos temas muy complejos como son la superficialidad de la sociedad, de antes y de ahora pues el paralelismo es evidente, de la religión incluso, de manera magistral y muy elegante. Todo ello con una guinda final en la que Allen parece haberse instalado: un final amargo, que conmueve en lo esencial, y que deja al espectador con una sensación de ¿y ahora qué? Queda demostrado, que si la salud lo permite, queda Woody Allen para rato.

miércoles, marzo 23, 2016

'Batman v Superman. El amanecer de la justicia', gozoso despropósito

Zack Snyder ha optado por un camino complejo y ha transformado al más luminoso de los superhéroes en un figura oscura, nolanizada y quizá exageradamente compleja. Lo hizo en El Hombre de Acero, una película más que interesante, pero con muchos altibajos. Y Snyder es verdad que ha tomado nota de sus errores. Todos los personajes que había en aquella y que reaparecen en Batman v Superman. El amanecer de la justicia parecen haber mejorado. Y todo lo nuevo resulta, como poco, bastante atractivo. Pero la película es un despropósito. Juega demasiadas cartas a la vez, quema demasiados conceptos, tritura un número demasiado amplio de cómics y trastea demasiado con la posibilidad de un universo expandido que ya es real y que terminará de plasmarse este año con Escuadrón Suicida y, sobre todo, cuando llegue la ansiada película de la Liga de la Justicia. Pero hay demasiada prisa. Sencillamente, demasiada. Y por eso la cosa no funciona tan bien como debiera.

El caso es que Snyder juega buenas cartas. Arranca la película, secuela directa de El Hombre de Acero por mucho que se haya querido jugar a decir que no, con una secuencia doble muy potente que deja a las claras que esta, en realidad, es sobre todo una película de Batman hasta que la acción, sorprendentemente muy ausente a lo largo de todo el metraje, se desboca en los dos clímax finales, brillantes e intensos en muchos aspectos, en realidad las dos escenas anticipadas por los trailers que cualquiera que pague una entrada de Batman v Superman está deseando ver. Lo demás, una complicada construcción para dar base a que el Caballero Oscuro y el Hombre de Acero estén enfrentados durante toda la película que el guión acaba diluyendo entre esas dos secuencias de gran envergadura. Y saliendo del cine con el espléndido sabor de boca que dejan clímax y epílogos, lo cierto es que no basta para que la película alcance el nivel que podía anticiparse.

Y es una pena, porque la posibilidad de hacer algo mejor estaba ahí. Los temas que trata el filme, incluso alguno imposible de analizar sin caer en spoilers, son fascinantes. Pero a Snyder se le va la mano en muchos sentidos. La película, como ya es costumbre en el género, cae en un galimatías argumental en el que las cosas suceden porque sí y el tiempo y el espacio se saltan todas las leyes físicas de nuestra realidad para que todo acabe encajando. Hay muchas absurdeces de este tipo como para no lamentarlo. Eso puede no suponer gran cosa para quienes se centren en los personajes y en esas dos grandes batallas finales, pero importa, porque lastra buena parte de la propuesta del filme. Y eso que Batman se adueña de la película mientras Superman mejora al personaje de la película precedente, Jesse Eisebnberg compone un formidable Lex Luthor y la Lois Lane de Amy Adams, el Perry White de Laurence Fishburne o el Alfred de Jeremy Irons son geniales.

Por eso es gozoso, porque lo bueno que tiene que ofrecer Batman v Superman es francamente bueno, entretenido e incluso fiel a los personajes, siempre eso sí desde una vertiente oscura que no todo el mundo entenderá con la misma facilidad. Pero es un desporpósito porque comete errores de bulto. Es complicado entender que una película de esta envergadura apenas ofrezca acción hasta su tramo final. O que en un filme titulado Batman v Superman los momentos más brutales los protagonice la Wonder Woman de Gal Gadot, sensacional aportación al panteón del universo DC que bien hubiera merecido un espacio en el título y en el cartel del filme. Las comparaciones son odiosas, pero sigue dando la impresión de que hay muchas ganas de alcanzar el mismo estatus que Marvel se ha ido fraguando con un número importante de películas y Snyder, ya con casi cinco horas de historia, parece haber quemado cartuchos demasiado importantes como para seguir en una casilla de salida. El amanecer de la justicia aprueba, pero por desgracia sin alardes.

viernes, enero 22, 2016

'The End of the Tour', David Foster Wallace para iniciados

Genialidad y conocimiento tienen una relación compleja. La tienen cuando la obra resultante es poderosa pero, al mismo tiempo, exige un saber previo. The End of the Tour se enfrenta con ese dilema y sale victoriosa porque esquiva casi todos los problemas a los que hace frente. No obstante, sí se convierte en una película para iniciados. El filme de James Ponsoldt cuenta la entrevista de cinco días que un periodista de la revista Rolling Stone, David Lipsky (Jesse Eisenberg), le hizo al escritor David Foster Wallace (Jason Segel), basándose en el libro escrito por el propio Lipsky. Y sí, parece bastante vital para entender toda la dimensión de la película conocer a Wallace, más su personalidad que su obra, para alcanzar a comprender lo que propone Ponsoldt. De lo contrario, el espectador afronta un nuevo problema: la fascinación.

Ese es el tema fundamental de la película (ese y la soledad, como evidencia la secuencia que Ponsoldt se ha dejado tras una primera parte de los créditos finales), y es ahí donde la necesidad del director de esquivar un planteamiento demasiado explicativo topa con el desconocimiento del espectador medio. Wallace no es un tipo fascinante. Lo es su obra, y lo puede ser también el contraste entre la categoría que se le atribuye a sus libros y ensayos con su vida anodina y sencilla, pero él no lo es. Y la película no hace que Lipsky alcance tampoco esa categoría. De esa manera, The End of the Tour es una convivencia de cinco días, una conversación continua entre dos personajes que copan casi todo el metraje del filme entre ambos y que tienen mucho que contar pero sin perder un aire de cotidianidad que, precisamente, resta fascinación cinematográfica.

Ahí radica, por contradictorio que parezca, el mérito de Segel y Eisenberg, que sostienen con una exquisita maestría una película que descansa en ellos de forma casi exclusiva. Segel, que nos tiene acostumbrados a papeles de comedia, se mete en la piel de Wallace de una forma bestial, y aunque la película no termina de invitar a que se investigue sobre la figura del escritor, quizá demasiado vinculada a un interés norteamericano que Ponsoldt no se esfuerza en disimular, el intérprete sí consigue una acertadísima composición. Lo mismo sucede con Eisenberg, que confirma que es un actor capaz de cualquier cosa cuando se olvida de interpretarse a sí mismo y frena la incontenible velocidad de su verborrea para conseguir meterse en la piel de una persona normal. The End of the Tour son ellos, para bien o para mal.

Lo que está claro es que llevar a la pantalla el complejo universo intelectual de Wallace no sólo no es fácil sino que además presenta unos riesgos elitistas que el cine, probablemente, no se puede permitir. No, al menos, con una historia que se circunscribe a un periodo tan concreto. Ponsoldt sí se muestra hábil para que ese universo cerrado, apenas roto por un brevísimo prólogo y un muy inteligente montaje hacia el final del filme, funcione en sí mismo. Su problema está en que no es nada fácil inferir de lo que vemos lo que en realidad era Wallace. Incluso da la impresión de que la película crece cuando se introducen elementos distintos a los dos protagonistas, cuando más que una entrevista la historia se convierte en una lucha de envidias y recelos manifestados con sutileza. Lejos de ser una obra indiscutible, The End of the Tour sí consigue mantener el interés durante sus 106 minutos y destaca sobre todo por sus dos actores principales.

viernes, septiembre 11, 2015

'American Ultra', un exceso sin historia

Que nadie espere en America Ultra una historia. No la hay y no la quiere. Lo único que necesita es una excusa que permita aceptar que el pusilánime Mike Howell interpretado por Jesse Eisenberg (uno de esos actores que después de una genialidad, en su caso La red social, se ha dedicado más a interpretarse a sí mismo que a crear personajes y que necesita ya cambiar de tercio), se convierte en una máquina de matar. Y se acepta, pero con muchas reservas, porque American Ultra es una película que se pierde en el detalle exagerado y violento porque entiende que sus bazas están ahí. Quiere también jugar la baza de las sorpresas, pero la ausencia de historia, de la que es plenamente consciente el filme, hace que no haya mucho margen para aceptarlas, e incluso alguna se antoja inverosímil incluso en el marco de esta descomunal ida de olla, que gustará a quien entre en su humor y seguramente no despertará mucho interés en el resto.

En realidad, no hay nada en American Ultra que no hayamos visto mil una y veces, y aunque haya un cierto paralelismo fácil con la saga de Bourne, el referente más claro es Wanted, por tono, por estilo y por violencia desbocada. La diferencia está en que en Wanted había una historia, una que tergiversaba y olvidaba elementos esenciales del cómic en el que se basa, pero una historia al fin y al cabo. En American Ultra no. Todo se basa en aceptar lo que hacen los personajes, Mike y su novia Phoebe (Kristen Stewart), los enfrentados agentes de la CIA Adrian Yates y Victoria Lasseter (Topher Grace y Connie Britton) y hasta algunos secundarios que van desde lo estrambótico a lo directamente irrelevante (John Leguizamo en el primer caso, Bill Pullman en el segundo). Si se acepta, igual se entiende la broma. Pero si no... Si no se acepta, esta no será más que otra película a olvidar.

Y la verdad es que se acerca mucho más a ese segundo terreno que al primero, precisamente porque no hay demasiado carisma en el reparto, ni tampoco una química demasiado interesante. En la película van pasando cosas, muchas, explotan sitios, se suceden peleas, hay sangre y golpes. ¿Pero adónde va todo esto? A un final más que previsible al que se llega después de unas cuantas escenas de ultraviolencia sazonada de comicidad que, a estas alturas, ya no aporta nada nuevo. Así que sólo queda la posibilidad de disfrutar del viaje de una forma confortable, algo que más que el envoltorio lo podrían proporcionar los actores. El único al que de verdad se ve metido en su tarea, con algún detallito de esta Kristen Stewart empeñada en mostrar algo diferente a Crepúsculo (y se agradece), es Topher Grace. No es que su personaje sea brillante o su actuación espectacular, pero sí destaca sobre el resto.

Cuando uno ve el cartel de American Ultra y descubre que la frase con la que se quiere vender es "todos colgados", sólo queda darle la razón. Todos colgados, desde su director, Nima Nourizadeh (es su segundo filme tras Project X) a su guionista, Max Landis (que saltó a la fama con Chronicle) pasando por muchos de sus actores. Todos colgados, sobre todo porque quieren estarlo. Y sin posibilidad de rendención en los 100 minutos que dura American Ultra, exactamente la película que quería ser sin ningún género de dudas (tan alucinógena como la secuencia de animación que sirve para los créditos finales) y prolongación inevitable de una interpretación del cine de acción que ha venido calando en los últimos años y que apuesta por la violencia por encima de la historia. Probablemente no sirva para mucho más que un rato de asombro y caiga rápidamente en el olvido, pero quién sabe.Quizá el pública la alabe y tengamos un American Ultra 2.

jueves, julio 18, 2013

'Ahora me ves...', un espléndido truco de magia

No existe el truco de magia perfecto, pero sí aquel que entretiene durante su disfrute. La analogía con Ahora me ves..., una película que se centra precisamente en el mundo de la magia, es muy adecuada. Puede estar lejos de la perfección y tiene defectos bastante evidentes que no son ajenos a las modas que crea y exporta el cine norteamericano de puro escapismo, pero al mismo tiempo es una película enormemente entretenida, que engancha desde su eficaz prólogo y que mantiene en tensión hasta el final gracias a un cásting sensacional, una historia atractiva y un efectismo visual sobresaliente por momentos. Es, en realidad, un gran truco de magia en sí mismo, que basa su éxito en sus propios méritos pero también en las ganas del espectador de dejarse sorprender. Y si eso sucede, si el espectador se deja llevar y cree en la magia que se le ofrece, es difícil sustraerse al encanto del plan de cuatro magos para convertirse con sus trucos en los mejores ladrones del mundo, a la vista de todo su público y de unos desesperados agentes de la Ley.

Vamos por un momento a ese prólogo. Cuatro magos, cuatro escenas consecutivas formidablemnte musicadas por Brian Tyler, cuatro habilidades completamente diferentes, cuatro vidas que no tienen nada que ver salvo por los trucos que practican. Los cuatro son citados en un extraño lugar de una forma muy peculiar, a través de una carta del tarot. Ese prólogo contiene lo mejor de la película, el carisma de sus protagonistas y un ritmo endiablado. Y pasado el prólogo tenemos una elipsis de un año. Lo que esconde esa elipsis puede ser más o menos fácil de adivinar para cada espectador, pero da absolutamente igual. Ahora me ves... es, decía, un truco de magia, y como tal hay que confiar en él y disfrutar del tiempo que dure. Apresurar conclusiones o restarle mérito al sólido y contundente entretenimiento que ofrece sólo por anticipar el final no sirve de mucho. Y es un final que se puede anticipar, sí. Pero, reitero, da igual, no tiene tanta importancia como para arruinar las casi dos horas de disfrute que tiene la película.

Viendo la filmografía de Louis Leterrier (El increíble Hulk, Furia de titanes), se puede afirmar sin problemas que ha firmado aquí su mejor película, a pesar de que mantiene las constantes de su cine: escenas meritorias conjugadas con un excesivo descontrol de la cámara. Su capacidad para rodar bien queda de manifiesto en la formidable escena en Las Vegas, captando a la perfección el sentido del espectáculo que reina en el escenario y en el mundo que tan notablemente quiere retratar. El exagerado movimiento de la cámara, esa mareante costumbre del cine contemporáneo, amenaza en algunos momentos con sacrificar la atención del espectador, pero es más poderoso el influjo de la historia. Pero también hay que reconocer que la historia convence, además de por el misterio, también por el efectismo de Leterrier. El tipo sabe rodar, aunque de vez en cuando se le olvide.

Y el tercer elemento en el que se sustenta la película, además de un guión inteligente aunque discutiblemente resuelto y una dirección eficaz aunque no en todo momento, es un reparto admirable que permite ver la película desde numerosos puntos de vista. No estaría de más que alguien le dijera a Jesse Eisenberg que actuar implica que no todos sus personajes hablen igual, pero tiene carisma junto a la socarronería, también muy repetida, de Woody Harrelson, la presencia desenfadada y puro show bussiness de Isla Fisher y la acertada expresión corporal de Dave Franco. Ellos son los magos, los ladrones, los que hacen realidad está muy atractiva mezcla de The Prestige y Ocean's Eleven. Pero es Mark Ruffalo el que da cuerpo a todo, interpretando al agente del FBI que les persigue. Que Morgan Freeman y Michael Caine coincidan siempre es un gusto, y aunque ninguno de los dos haga el papel de su vida, tienen un empaque que para sí quisieran todos los actores del mundo. Y Mélanie Laurent, como la agente de Interpol que ayuda al FBI, completa el cuadro. Insisto: formidable reparto.

Leterrier aprovecha notablemente un guión de Ed Solomon (sorprendente su buena labor, siendo el autor de Los Ángeles de Charlie o Super Mario Bros.), Boaz Yakin (lo mismo: Prince of Persia. Las arenas del tiempo o El Vengador) y Edward Ricourt (debutante). Funciona la química entre los personajes, desde el odio que el agente del FBI muestra ante los magos hasta su frustración ante su compañera de Interpol o el personaje de Morgan Freeman, un desenmascarador profesional de magos que siempre se cree un paso por delante de lo que piensa la Ley, pasando por la arrogancia del mecenas de los artistas con el rostro de Michael Caine o la tensión sexual entre Eisenberg y Fisher. Funciona su presentación, su desarrollo y, obviando el mareante problema del cine de Leterrier, las escenas de acción, las persecuciones en coche o a pie. Funcionan los diálogos, brillantes en ocasiones. Funciona casi todo. ¿El final? Un tanto complaciente aunque esté anticipado en una de las frases más emblemáticas de la película. Pero qué más da. Es un detalle sin importancia ante una de las sorpresas comerciales de la temporada. Muy, muy, muy entretenida.

viernes, noviembre 11, 2011

'30 minutos o menos', sólo alguna sonrisa

La comedia y yo nos llevamos cada vez peor. Me pasa como con el cine de terror, que no es capaz de provocarme miedo, sólo que aquí lo que apenas aparece son las risas que, se supone, tendría que provocar una comedia. 30 minutos o menos es el ejemplo perfecto de lo que es la comedia moderna. Es decir, que quien disfrute del género y de los títulos que ha dado en los últimos años es bastante posible que la disfrute. Yo sólo he encontrado algún que otro momento suelto para la sonrisa dentro de una historia bastante convencional de equívocos y personajes odiosos e histriónicos. Un marine millonario y su hijo que quiere matarle, un repartidor de pizzas que está liado con la hermana de su mejor amigo, un asesino a sueldo y un atraco forzado a un banco son el gancho de esta película. Suena a ya visto. Y el humor que le sirve de base, también. Así que sólo queda disfrutar con los actores (si es que caen bien, esencial en la comedia) y contar los escasos 83 minutos que dura el filme.

Bienvenidos a Zombieland es la referencia más clara que tiene esta película. Es el anterior trabajo de su director, Ruben Fleischer, que también trabajó en aquella con el protagonista de 30 minutos o menos, Jesse Eisenberg. Este actor es, precisamente, el mejor reclamo de la película, sobre todo después de su espectacular actuación en La red social. Sin embargo, decepciona. Moviéndose en el mismo registro, casi con el mismo personaje, de Bienvenidos a Zombieland, gustará a quien disfrutara con aquella. Esperemos que esto no sea un síntoma de que la magnífica recreación del creador de Facebook fue una excepción en su carrera. Bien pensado, es que 30 minutos o menos no es más que una reunión de amiguetes que ruedan una película y se lo pasan de miedo, independientemente del resultado que llegue a la gran pantalla. Es un más de lo mismo cambiando el género. De la parodia del terror, pasamos a la parodia de los atracos.

La idea de este tipo de películas es siempre la misma, juntar a un grupo de actores más o menos divertidos (el mencionado Eisenberg; el cargante Danny McBride de Caballeros, princesas y otras bestias; el cargante Aziz Ansari, cómico televisivo; Nick Swardson, quizá el más entonado de todos ellos; y un desatado Michael Peña, ese actor de rasgo hispano al que siempre le dan papeles... de hispano), incluir a una actriz atractiva (la paquistaní Dilshad Vadsaria) y crear una trama lo más descabellada posible (que, paradójicamente, dicen que es muy similar a un hecho real) para concatenar equívocos y chistes fáciles. En realidad, todo en esta película es muy sencillo, no hay tensión alguna y casi todos los giros que adopta el guión son extremadamente fáciles de adivinar, con lo que sólo queda desconectar el cerebro y reaccionar visceralmente a algunos de los chistes. Con ese planteamiento, y olvidando que ya se han visto cosas así, la escena del atraco es bastante divertida, lo mejor sin duda de la película.

El guión es de lo más sencillito, y casi parece presto a la improvisación de los actores. Tiene algunos agujeros bastante importantes (algunos de los cuales, por cierto, se resuelven después de los títulos de crédito) y, en realidad, no aporta gran cosa al desgastado género de la comedia absurda. Perdido el gancho de los zombis del anterior filme de Fleischer, lo cierto es que 30 minutos o menos se ve con muchos menos alicientes. No termina de enganchar su tono paródico ni de marcar una diferencia con respecto a las docenas de comedias disparatadas que se estrenan cada año. A pesar del uso y abuso de palabras malsonantes y de bromas soeces, nada hay de rompedor, más bien al contrario. Con todo, seguro que esta comedia tiene su público Debe de tenerlo, porque para mí es una de las muchas que hay idénticas, con las mismas pretensiones y con el mismo tipo de personajes. Yo no termino de conectar con estas comedias, y por eso lo único que saco de ellas son algunas sonrisas esporádicas.

martes, noviembre 02, 2010

'La red social', fachada moderna y fondo clásico para un peliculón

Qué cosas. La película moderna por excelencia (es lo que se ha vendido de ella, vaya), el filme definitivo sobre Internet y su emblema favorito, Facebook, es en realidad una propuesta clásica en casi todo. La red social es, por encima de todo, la demostración de que David Fincher es un director genial. Pero, seguramente también, un realizador algo incomprendido. Y es que han sido muchos meses vendiendo esta película como lo que no es (o al menos como lo que yo no he visto). Decían que La red social era el santo y seña del cine del presente y casi del futuro, y lo que en realidad he visto ha sido una apuesta por algo clásico: un guión demoledor, unos diálogos asombrosamente brillantes y una dedicación espléndida a las actuaciones sin infravalorar por ello los aspectos estéticos del filme. Sí hay algo moderno en La red social, además del tema de fondo, se entiende. Aunque más que moderno habría que decir contemporáneo. Y es que a David Fincher le da igual la estructura clásica de una película. La rompe, la moldea, juega con ella tanto como con el espectador. A su antojo. Con maestría. Una maravilla.

Con sólo ocho películas como director en su filmografía, Fincher ya es, por méritos propios, uno de los directores de referencia del cine norteamericano de finales del siglo XX y comienzos del XXI. No me parece descabellado decir de él que la mitad de sus títulos rozan la perfección y en casi todos los demás hay elementos de interés. Y no me parece en absoluto desacertado decir que sus tres últimas películas se encuentran en ese grupo de excelencia, lo que le convierten además es un director en forma, capaz de abrazar diferentes géneros, formatos y medios de contar las historias más distintas entre sí. Le van las historias humanas (como aquí), le va el policiaco (Seven y Zodiac), le va el romance (El curioso caso de Benjamin Button). Le va lo que quiera, y por eso dará menos miedo asistir a su adaptación de uno de los femónenos literarios (mediáticos más bien) de los últimos tiempos, la saga Millenium, su propia película. Y aunque ahora todo son alabanzas a Fincher (ojo a los Oscar, que ya suena y con fuerza), me quedo con la sensación de que, siendo La red social un título espléndido, está un peldaño por debajo de sus dos anteriores trabajos.

El juego con la estructura clásica que Fincher hace en La red social queda de manifiesto desde la primera escena. Durante buena parte de la película, es hasta lícito preguntarse qué hace ahí esa conversación entre Mark Zuckerberg (un espléndido Jesse Eisenberg) y la chica con la que está saliendo (una interesante Rooney Mara, protagonista de la nueva Pesadilla en Elm Street y de la próxima película de Fincher, que aquí tiene un papel breve pero capital). Parece que sólo pretende sentar las bases de un trepidante filme, de ritmo intensísimo de principio a fin, de diálogos rápidos, ácidos y mordaces. Pero no. La esencia temática de la película está ahí, como queda de manifiesto en varias ocasiones a lo largo de la película y, sobre todo, en ese espléndido final que brindan Fincher y el guionista Aaron Sorkin, basándose en el libro de Ben Mezrich sobre la web probablemente más famosa y utilizada del mundo. Pero la película no va sobre Facebook, no. Esa es la excusa. La que ha permitido un marketing curioso para publicitar la película. Esa es la parte moderna, la clásica es la que marca el camino de Fincher.

Clásica porque, en realidad, estamos aquí ante la más típica historia de amistades y traiciones. Dos amigos que montan una empresa. Uno de ellos se ha inspirado (por decirlo de forma aséptica, dejar que cada cual tome partido por quien quiera es otro de los grandes aciertos de la película) en la idea de otros compañeros, que luchan por reclamar su parte. Por el camino, el otro amigo (magnífico Andrew Garfield, el próximo Spiderman) se va quedando descolgado en favor de la figura idolatrada del primero y se va dando cuenta de que la vida real es más compleja que la vida virtual. El primero de los amigos se sabe solo. Se siente por encima de la mayoría, pero lamenta su soledad aunque no sepa cómo demostrarlo. La amistad se rompe, los amigos se enfrentan. Y Fincher narra todo esto con un halo de inevitabilidad que se presiente durante todo el filme, que le dota de una grandeza difícil de alcanzar... pero al mismo tiempo de una cierta frialdad, que es donde reside el punto más débil de la película, porque no se atreve a retrarar con más firmeza a los caídos en esta lucha de amigos y enemigos. Pero todo temáticamente clásico.

Lo que cambia es el modo de narrar la historia. No lo sabemos hasta que no pasan unos minutos, pero estamos asistiendo a un enorme flashback que ocupa toda la película hasta la escena final. Ahí rompe Fincher las reglas del cine más convencional, haciendo interactuar la escena presente y el flashback de una forma magistral (tanto crédito en esta faceta merecen los montadores, Kirk Baxter y Angus Well, como en el ritmo frenético del filme los compositores Trent Reznor y Atticus Ross). Esa escena presente, por cierto, entronca con la más clásica tradición de cine de juicios, a pesar de que el set no sea un tribunal. Y allí crecen las miradas y los diálogos, los actores y el guión. Clásico, muy clásico (también en la duración, unos ajustados 120 minutos que contribuyen a la fuerza del relato), a pesar de que Internet lo inunde todo y de que el montaje convierta a Fincher en un director de lo más contemporáneo. Y clásico, porque los encuadres de Fincher hablan mucho más que los de la mayoría de los directores actuales.

La red social es una película sobresaliente, casi imprescindible. Pero corre el riesgo de ser ahogada por su propia fama. Es uno de esos títulos en los que todo el mundo parece ver genialidad, por encima incluso de la que realmente hay. Insisto en que para mí no es la mejor película de David Fincher. Pero es un peliculón. Así, con letras grandes, las que vayan haciendo justicia a un director siempre valiente.