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viernes, octubre 10, 2014

'Perdida', brutal Fincher en estado puro

A nadie puede sorprender ya que el elogio a una película de David Fincher sea una constante. Tendrá admiradores e incluso detractores, porque es imposible que el arte, y menos el contemporáneo, suscite unanimidad, pero pocos discutirán que estamos ante uno de los nombres esenciales del cine moderno. Y cada película que dirige genera tal expectación que ahí radica el único peligro. Perdida, su último trabajo, es una joya, un Fincher brutal, uno en estado puro, con momentos absolutamente inolvidables, con una trama fascinante y una realización que roza lo obsesivo. Encandila con la historia, con la narración, con sus planos y con sus personajes. Nada falla en sus 149 minutos. Pero las expectativas son algo bien distinto. Fincher reinventó el thriller en 1995 con Seven, e hizo lo propio en 2007 con la algo infravalorada y más desconocida Zodiac. Puede que Perdida no llegue para decir que el mismo director ha cambiado hasta en tres ocasiones la forma de entender un género, pero sin duda estamos ante un cineasta que lleva ya demasiados años en la cúspide artística como para no deleitarse con ello.

Fincher bien podría haber aparecido en los carteles de Perdida como hizo tantas décadas atrás el maestro Alfred Hitchcock para promocionar Psicosis, advirtiendo al público que no desvelara el final de aquella obra maestra del suspense porque no tenía otro. Pero Fincher no habría tenido que pedir que no se contara nada sobre el final, sino sobre buena parte de la película. Con saber que Ben Affleck y Rosamund Pike dan vida a un matrimonio y que una buena mañana ella desaparece es suficiente para disfrutar la película. Es más, eso es lo deseable. Saber más implica no disfrutar de la experiencia al mismo nivel. Y no porque sea una película que dependa de su desenlace para ser juzgada con propiedad, sino porque la fuerza de las imágenes y de la narración de Fincher es tan espectacular que sólo se puede sentir envidia del que le esté descubriendo por primera vez. Es un maestro en lo que hace y ha llegado a un punto en el que probablemente nadie lo sabe hacer como él. Por eso su filmografía es ya una de las más sugerentes de los últimos veinte años y por eso es capaz de adentrarse en los rincones más recónditos del alma humana con semejante precisión.

Podríamos diseccionar Perdida, sus temas esenciales (incontables) o sus giros, pero no merece la pena porque sería contribuir a esa ruina de la experiencia que supone saber demasiado. Basta con adelantar que para Fincher no existen los corsés narrativos clásicos, que su película está viva de principio a fin, que se metamorfosea cada pocos minutos, que sus personajes van creciendo a un ritmo vertiginoso, y que si hay algún momento en el que la duda es legítima sobre el camino que está adoptando Fincher (probablemente el momento más complejo es pasada la media hora y hasta el primer cambio brutal en la historia que se produce), esa sensación se acaba disipidando en cuanto la película coge una formidable velocidad de crucero emocional que ya no se detiene, hasta llegar a un clímax antológico, de los que se queda grabado en la retina para siempre, seguido de un epílogo que no hace más que acrecentar las sensaciones que despierta la historia, una descomunal partida de ajedrez que parece mentira que aborde tantos temas y que deje tantos elementos para el debate.

Puestos a encontrarle un punto criticable a la película, Ben Affleck es lo más débil de Perdida. No es que haga un mal trabajo, pero como actor está mucho más limitado, por ejemplo, que Rosamund Pike, simplemente espectacular. Las dobleces y matices que hay en cada mirada de ella no se encuentran con tanta facilidad en él, aunque en realidad él tiene más minutos en pantalla. Pero en realidad tampoco desentona tanto. Es sólo que no llega a la excelencia que desprende el resto del filme de un Fincher extraordinario, que reúne en la película lo mejor de su cine, incluso deslizando finas ironías, casi parodias de la situación que está contando, crítica social, terror puro y cine de género. Pero mejor sin saber nada más. Ni siquiera si existe una fidelidad a la novela en la que se basa, porque afirmarlo o negarlo ya daría pistas a una parte de la audiencia, o colocando adjetivos a los actores, todos ellos parte de un casting eminentemente formidable, porque de esa forma se podría anticipar el papel que alguno de ellos tiene en la trama. Si Fincher lo ha dispuesto así, así es como hay que disfrutarlo. Y, con una cinta más cercana a Millennium que a Zodiac, Fincher demuestra otra vez que sabe de esto. Ya lo creo que sabe.

viernes, enero 13, 2012

'Los hombres que no amaban a las mujeres' y la genialidad de David Fincher

Pasan los años, pasan las películas y la sensación de que David Fincher es un genio no hace más que crecer. Con su versión de Los hombres que no amaban a las mujeres, primera parte de la afamada trilogía literaria Millennium (que ya ha tenido una anterior adaptación cinematográfica), demuestra una vez más que es un narrador cinematográfico de primer orden, como hay muy pocos en el panorama actual del séptimo arte. Porque domina con maestría lo que sucede en la pantalla a todos los niveles, incluso en los momentos de mayor violencia (sexual sobre todo) y encuentra planos soberbios donde otros sólo sabrían colocar la cámara en cualquier sitio, porque le gusta el riesgo en lo temático y en lo visual pero a la vez tiene un regusto clásico que no puede evitar. Es un genio porque se eleva incluso por encima de los defectos de su obra, porque es capaz de enganchar al espectador desde todos los planos de la experiencia sensorial que tiene que ser el cine, pero también con su forma de abordar historias y géneros que en manos de otros podrían caer en la rutina.

Millennium nunca me había llamado la atención. La maquinaria mediática y publicitaria en que se convirtió la trilogía de Stieg Larsson hace no tanto tiempo me pilló poco receptivo y con la guardia alta. Las novelas siguen como tareas pendientes, las películas suecas pasaron sin despertar mi interés. Y entonces se anunció que David Fincher dirigiría la versión americana, dando al traste con todos mis prejuicios y obligándome a abrazar este título. Con toda la ilusión que supone que la dirija el mismo tipo que reinventó el thriller dos veces, con Seven y con Zodiac, pero con la misma cautela que desprende el asumir una franquicia de éxito popular como la de Millennium. ¿El resultado? Una maravilla visual y sonora, un enriquecimiento de una historia más convencional de lo que parece y una obra artística de enorme magnitud. Superior en todo a su precedente cinematográfico, convenientemente revisado para la ocasión, mucho mejor construido que aquel, a pesar de que dura unos pocos minutos más y sobrepasa las dos horas y media de tensión y fascinación absoluta, en la que cortar algo resulta imposible.

Dado el nivel de popularidad de los libros, la historia será más o menos conocida por casi todos. Un viejo millonario, Henrik Vanger (Christopher Plummer), contrata a Mikael Blomkvist (Daniel Craig), un periodista caído en desgracia tras ser condenado por difamación a un empresario, para que investigue el asesinato de su sobrina Harriet, acontecido hace cuarenta años durante una reunión familiar. Con el paso del tiempo y con el peligro creciendo, encontrará la ayuda de una joven y problemática hacker, Lisbeth Salander (Rooney Mara), la misma que ha elaborado el dossier sobre Blomkvist que ha servido para que Vanger le contratara. Juntos buscarán desentrañar el sórdido y oscuro misterio que rodea a este caso. Sin haber leído el libro, pero conociendo declaraciones al respecto de su guionista, el espléndido Steven Zaillian, y viendo esta película y la original sueca, es obvio que hay detalles modificados con respecto al libro.

Abandonando todo respeto purista a una obra literaria originaria, casi siempre excesivo y casi nunca recomendable a la hora de abordar una adaptación cinematográfica, la película de Fincher acierta en todas sus elecciones. En lo que añade, en lo que mueve de lugar y coloca en otro momento de la película (admirables flashbacks), en las relaciones personales que teje (maravillosa la de Blomkvist con Erika Berger, la directora de la revista Millennium, una siempre maravillosa Robin Whright) y en los personajes que hace evolucionar hasta extremos insospechados. Porque, moldeados por Fincher e interpretados por dos brillantes Daniel Craig y Rooney Mara, Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander son dos personajes inolvidables. Y son ellos los que hacen que Los hombres que no amaban a las mujeres sea mejor película de lo que puede parecer a simple vista. El misterio no lo es tanto, la historia no es tan novedosa a pesar de todo lo que se habló de ella hace poco, pero estos dos personajes son inolvidables gracias a una brutal narración a cargo de Fincher. Craig es cada vez un actor más completo, Mara una gratísima sorpresa que entiende a un personaje difícil y hace suya toda su complejidad emocional, más y mejor que la alabada Noomi Rapace.

Si la original era la película de Lisbeth, Fincher entiende que el filme pertenece a Blomkvist tanto como a Lisbeth, y en esa sinergia el producto crece. El director coloca sus caminos en paralelo, con un montaje sencillamente extraordinario (y que no puede sorprender, después de ver trabajos anteriores de Fincher y sobre todo la maravilla que en ese sentido fue La red social), hasta que hace que se crucen. Saltan chispas en la pantalla. Las imágenes de Fincher son apabullantes, su mundo sórdido, su sonido intenso. Todo destaca. E hipnotiza desde unos créditos iniciales que no es fácil conectar con el resto de la película pero que vendría a demostrarse qué haría el cineasta si algún día dirigiera una película de James Bond. Esos créditos, precisamente, es lo más discutible de la película. No es fácil decidir si son una genialidad o un desvarío incontrolado de quien se sabe un genio. Si Fincher completa la trilogía, saldremos de dudas al ver qué escoge para abrir el segundo y el tercer capítulo. Y seguramente Los hombres que no amaban a las mujeres crecerá aún más con su secuela, encontrando más sentido al anticlimático pero brillante final de la película, que llega muchos minutos después de que la trama principal quede resuelta. Una película impresionante. Pero, claro, ¿qué otra cosa se puede esperar de un genio?

lunes, noviembre 14, 2011

10 PELÍCULAS... que no me gustan de directores que me suelen encantar

Hasta el mejor escribano echa un borrón, asegura el dicho popular. Y es cierto. En cine, es prácticamente imposible encontrar una filmografía inmaculada o desprovista de algún título que no colmara las expectativas de quienes habitualmente disfrutan con sus películas. Hay directores que alternan buenas y malas películas. Hay otros que, en realidad, sólo tiene una que me chirríe especialmente entre tanta genialidad. Una en la que piense que no es posible que sea ese adorado cineasta el que se ha colocado detrás de la cámara. Estas son diez, ordenadas alfabéticamente según el apellido de sus directores.
· Tim Burton: Alicia en el País de las Maravillas (2010)
Adoro a Tim Burton desde siempre. Recuerdo la fascinación que me provocó Bitelchús, su segunda película, y esa es una sensación que ha ido creciendo película tras película, con la construcción de un universo personal y fantástico. Hasta que llegó su visión de Alicia en el País de las Maravillas. Sí, tiene las criaturas y los escenarios que uno podría esperar de Burton, pero le falta su magia, su espíritu, su belleza. Mucho artificio digital, pero nada de lo que encandilaba en Eduardo Manostijeras, en Pesadilla antes de Navidad, en Batman, en Big Fish. Incluso en El planeta de los simios, película que siendo todo lo plana que es al menos se convirtió en un divertido espectáculo pirotécnico. ¿Pero Alicia? No me convenció nada. Menos que nada su protagonista, Mia Waiskowska, pero tampoco me convenció un Johnny Depp más sobreactuado de lo normal. Fue una decepción.
· James Cameron: Titanic (1997)
Cuesta creer que un director que ha dado tantas horas de diversión se esté convirtiendo en uno de los que más me aburren... justo cuando tiene un éxito descomunal e incomparable. Terminator y su secuela, Aliens, Abyss... En los años 80, en los grandes años 80, era uno de los grandes nombres de la fantasía y la ciencia ficción. Pero llegó la película que me rompió el mito. Y no es Avatar, que no es que no me guste, pero me pareció muy sencillita para ser la película con la que iba a cambiar el mundo del cine. Hablo de Titanic. Nada menos que uno de los títulos que más Oscars ha cosechado. Pero no, no aguanto esa película. Y eso que desde niño me fascinó la tragedia del transatlántico insumergible que chocó contra un iceberg. Pero es que la veo aburrida, tópica, incluso repetitiva. No me provoca la misma emoción que a casi el resto de los mortales. Sí, los efectos visuales y el hundimiento del barco son espectaculares... ¿pero 194 minutos para eso? La película dura más que el mismo hundimiento del Titanic a tiempo real. Y recuerdo historias de amor mucho más bonitas en el cine.
· Brian De Palma: La dalia negra (2006)
El precio del poder, El fantasma del paraíso, Atrapado por su pasado, Carrie, Los intocables de Eliot Ness, Misión imposible... Incluso gracias películas menos apreciadas como Ojos de serpiente, La hoguera de las vanidades, Redacted o a sus nada velados homenajes a Hitchcock de sus primeros años de carrera, Brian De Palma siempre me ha parecido un director interesantísimo. Hasta que llegó La dalia negra (incluso un poco antes, cuando estrenó Femme fatale, la verdad). Lo que tendría que haberse convertido en el resurgir del cine negro, adaptando una novela de James Elroy, se quedó en una película aburridísima, farrogosa, imposible de seguir o de entender, con actuaciones de lo más anodinas (¿fue aquí donde Scarlett Johansson me empezó a parecer una belleza cansada de aparecer en el cine?). Habrá quien piense que exagero, pero tengo La dalia negra como una de las más clamorosas oportunidades perdidas para hacer un título que marcara época.
· David Fincher: El club de la lucha (1999)
Probablemente me tope con una legión de fans indignados al decir esto, pero no soporto El club de la lucha. Me pareció una película imposible, que rozaba el absurdo, que sobrepasaba los límites y que, ideológicamente, podía incluso catalogarse como peligrosa (líbreme el poder divino de pedir su censura, pero no por ello voy a comulgar con lo que defiende). Asumo que el libro de Chuck Palahniuk goza de tantos seguidores como el filme, y por eso no creo que me acerque a él, pero tengo este título como una película alejada de la genialidad habitual de David Fincher. Ese que ha revolucionado el policíaco en dos ocasiones (con Seven y, sí, también con la infravalorada Zodiac). Ese que me hizo llorar y emocionarme con El curioso caso de Benjamin Button. Ese que me interesó desde sus inicios con la excesivamente modificada por el productor Alien 3. Ese que me maravilló con La red social. Y entre todo eso, Edward Norton y Brad Pitt liándose a mamporros por pura diversión. No me cuadra, no.
· Alfred Hitchcock: La trama (1976)
El mago del suspense y uno de los directores más universalmente reconocibles de la historia del cine no se merecía un epitafio cinematográfico tan triste como el que dejó. La trama es su última película y es de todo menos una película de Alfred Hitchcock. No hay en ella nada demasiado reconocible. Es muy blanda, es demasiado cómica, es extremadamente convencional. Igual con otro nombre detrás de la cámara sería una peliculita simpática para pasar la tarde. Pero es que la dirigió un tipo que hizo Psicosis, Con la muerte en los talones, Vértigo, Los pájaros. Auténticas palabras mayores del suspense. La trama, sin el carisma que conseguía Hitchcock de sus actores, protagonistas y secundarios, es justo lo contrario: una simple anotación a pie de página, un relato sin demasiado interés que se podría haber quedado en un episodio de una de las muchas series de televisión cómico-policíacas de los años 80. Pero no. Llevaba el nombre de Hitchcock. Su sello no.
· Michael Mann: Corrupción en Miami (2006)
Cuando en 1995 salí de ver Heat fue una de las pocas veces en mi vida que, gracias a la genialidad, no había sido consciente de ver una película tan larga. Su director era Michael Mann, un tipo que después me ha fascinado en unas cuantas ocasiones con sus retratos de conflictos humanos (para mí, su cima es El dilema; ¿algún otro director habría conseguido que Russell Crowe pudiera parecer un hombre tan impotente?). Cuando se anunció que iba a dirigir un remake cinematográfico de Corrupción en Miami, serie que él mismo había creado, lo cierto es que no me pareció mal. Pero creo que ahí falla casi todo Parece un videoclip muy alargado, en el que los actores parecen tener más ganas de poner caras de malo (incluso los buenos, mirad a Jamie Foxx y Colin Farrell) que de construir personajes. La acción, normalita. El guión, convencional. La fotografía es preciosa. Pero es que ya habíamos visto Collateral. El de Corrupción  en Miami no fue, desde luego, el Michael Mann que esperaba.
· Martin Scorsese: Kundun (1997)
Martin Scorsese. Si es que decir su nombre ya provoca una admiración incontenible. El director que mejor ha retratado el Nueva York más sucio y oscuro. El que mejor ha sabido enseñarnos a Robert De Niro. Uno de los mejores en enseñarnos el mundo de la mafia. Y a finales de los años 90 hizo Kundun. Después de haber hecho nada menos que Casino. Probablemente sería ésta una película que significara mucho para el Scorsese persona, para su sentido de la espiritualidad. Pero cinematográficamente se quedó escasísima, aunque es una cinta que tiene cierto prestigio. Yo me quedo con el Scorsese más trascendente, el de Taxi Driver, el de Toro Salvaje. Prefiero el vigor con el que rueda hoy en día aunque El aviador, Gangs of New York o Shutter Island no sean películas tan perfectas. Incluso disfruté con títulos de su filmografía que no parece recordar nadie, como Al límite. ¿Pero Kundun? Si no supiera que es de Scorsese, puede que su nombre fuera el último que diría intentando adivinar su director.
· M. Night Shyamalan: El incidente (2008)
Junto con Tim Burton, pero de una forma muy diferente, M. Night Shyamalan me parece el fabulista más interesante del cine moderno. Sus películas encierran una magia poco convencional y al mismo tiempo perfectamente reconocible. Y no, no es Airbender la película de su filmografía que no me gusta nada, porque esa me parece masacrada con demasiada saña para lo que se merece su entretenimiento. Es El incidente. Con un comienzo brutal, va perdiendo fuerza a cada minuto que pasa. Tiene alguna que otra escena que cae en el ridículo. Y ni sus actores parecen creerse lo que está pasando en la película. ¿Dónde está la tensión dramática de El sexto sentido, Señales, El bosque, La joven del agua o El protegido, para mí sin duda su mejor filme hasta la fecha? No se ven por ningún lado. En su momento pensé que la historia podía dar para un episodio de una serie de televisión, pero nunca para un largometraje, muy alargado y muy mal rematado.
· Steven Spielberg: 1941 (1979)
Incluso el Rey Midas de Hollywood puede cometer deslices. Me duele incluirle en la lista porque siempre he tenido la impresión de que no gusta reconocerle a Spielberg sus inmensos méritos cinematográficos, a pesar de que formo parte de una generación que ha crecido con sus películas. Siento que no se reconoce su madurez, y no hablo de sus dramas (La lista de Schindler a la cabeza, aunque, por ejemplo, se infravaloró Munich), sino de absolutas maravillas como Inteligencia artificial, Minority Report o La guerra de los mundos. Pero hay que reconocer que 1941 no es la película que uno espera ver firmada por Steven Spielberg. Una comedia absurda ubicada en la Segunda Guerra Mundial. Nunca se ha visto el director de las películas de Indiana Jones, E.T. o Encuentros en la tercera fase (ésta ya la había rodado cuando se metió en el lío de 1941) tan fuera de lugar. Si acaso, se pueden salvar algunos actores que viven el papel (John Belushi a la cabeza), pero hay que reconocer que no, que no funciona para nada.
· Ridley Scott: Un buen año (2006)
Este es otro director al que se infravalora con mucha facilidad. Qué fácil se olvida que es el responsable de Alien y Blade Runner. Y qué escaso valor se han dado a pequeñas maravillas como El reino de los cielos (mejor en su montaje del director), Gladiator o American gangster. Incluso a Hannibal, para mí una dignísima secuela de El silencio de los corderos. ¿Pero Un buen año? No me cabe la menor duda de que Scott se lo debió pasar de maravilla en esas pequeñas vacaciones que se concedió para rodar en Francia con su amigo Russell Crowe. Y seguro que presumirá de lo lindo de haber sido el lanzador real de la carrera americana de Marion Cotillard (que no deja de trabajar en Hollywood desde entonces, e incluso ganó un Oscar por una película francesa, La vida en rosa), pero ¿qué cuenta Un buen año? Miro su cartel y veo a Russell Crowe riéndose. Y, sí, me acuerdo otra vez de eso, de que se lo debieron pasar genial rodándola. Yo ya ni me acuerdo de qué iba.

martes, noviembre 02, 2010

'La red social', fachada moderna y fondo clásico para un peliculón

Qué cosas. La película moderna por excelencia (es lo que se ha vendido de ella, vaya), el filme definitivo sobre Internet y su emblema favorito, Facebook, es en realidad una propuesta clásica en casi todo. La red social es, por encima de todo, la demostración de que David Fincher es un director genial. Pero, seguramente también, un realizador algo incomprendido. Y es que han sido muchos meses vendiendo esta película como lo que no es (o al menos como lo que yo no he visto). Decían que La red social era el santo y seña del cine del presente y casi del futuro, y lo que en realidad he visto ha sido una apuesta por algo clásico: un guión demoledor, unos diálogos asombrosamente brillantes y una dedicación espléndida a las actuaciones sin infravalorar por ello los aspectos estéticos del filme. Sí hay algo moderno en La red social, además del tema de fondo, se entiende. Aunque más que moderno habría que decir contemporáneo. Y es que a David Fincher le da igual la estructura clásica de una película. La rompe, la moldea, juega con ella tanto como con el espectador. A su antojo. Con maestría. Una maravilla.

Con sólo ocho películas como director en su filmografía, Fincher ya es, por méritos propios, uno de los directores de referencia del cine norteamericano de finales del siglo XX y comienzos del XXI. No me parece descabellado decir de él que la mitad de sus títulos rozan la perfección y en casi todos los demás hay elementos de interés. Y no me parece en absoluto desacertado decir que sus tres últimas películas se encuentran en ese grupo de excelencia, lo que le convierten además es un director en forma, capaz de abrazar diferentes géneros, formatos y medios de contar las historias más distintas entre sí. Le van las historias humanas (como aquí), le va el policiaco (Seven y Zodiac), le va el romance (El curioso caso de Benjamin Button). Le va lo que quiera, y por eso dará menos miedo asistir a su adaptación de uno de los femónenos literarios (mediáticos más bien) de los últimos tiempos, la saga Millenium, su propia película. Y aunque ahora todo son alabanzas a Fincher (ojo a los Oscar, que ya suena y con fuerza), me quedo con la sensación de que, siendo La red social un título espléndido, está un peldaño por debajo de sus dos anteriores trabajos.

El juego con la estructura clásica que Fincher hace en La red social queda de manifiesto desde la primera escena. Durante buena parte de la película, es hasta lícito preguntarse qué hace ahí esa conversación entre Mark Zuckerberg (un espléndido Jesse Eisenberg) y la chica con la que está saliendo (una interesante Rooney Mara, protagonista de la nueva Pesadilla en Elm Street y de la próxima película de Fincher, que aquí tiene un papel breve pero capital). Parece que sólo pretende sentar las bases de un trepidante filme, de ritmo intensísimo de principio a fin, de diálogos rápidos, ácidos y mordaces. Pero no. La esencia temática de la película está ahí, como queda de manifiesto en varias ocasiones a lo largo de la película y, sobre todo, en ese espléndido final que brindan Fincher y el guionista Aaron Sorkin, basándose en el libro de Ben Mezrich sobre la web probablemente más famosa y utilizada del mundo. Pero la película no va sobre Facebook, no. Esa es la excusa. La que ha permitido un marketing curioso para publicitar la película. Esa es la parte moderna, la clásica es la que marca el camino de Fincher.

Clásica porque, en realidad, estamos aquí ante la más típica historia de amistades y traiciones. Dos amigos que montan una empresa. Uno de ellos se ha inspirado (por decirlo de forma aséptica, dejar que cada cual tome partido por quien quiera es otro de los grandes aciertos de la película) en la idea de otros compañeros, que luchan por reclamar su parte. Por el camino, el otro amigo (magnífico Andrew Garfield, el próximo Spiderman) se va quedando descolgado en favor de la figura idolatrada del primero y se va dando cuenta de que la vida real es más compleja que la vida virtual. El primero de los amigos se sabe solo. Se siente por encima de la mayoría, pero lamenta su soledad aunque no sepa cómo demostrarlo. La amistad se rompe, los amigos se enfrentan. Y Fincher narra todo esto con un halo de inevitabilidad que se presiente durante todo el filme, que le dota de una grandeza difícil de alcanzar... pero al mismo tiempo de una cierta frialdad, que es donde reside el punto más débil de la película, porque no se atreve a retrarar con más firmeza a los caídos en esta lucha de amigos y enemigos. Pero todo temáticamente clásico.

Lo que cambia es el modo de narrar la historia. No lo sabemos hasta que no pasan unos minutos, pero estamos asistiendo a un enorme flashback que ocupa toda la película hasta la escena final. Ahí rompe Fincher las reglas del cine más convencional, haciendo interactuar la escena presente y el flashback de una forma magistral (tanto crédito en esta faceta merecen los montadores, Kirk Baxter y Angus Well, como en el ritmo frenético del filme los compositores Trent Reznor y Atticus Ross). Esa escena presente, por cierto, entronca con la más clásica tradición de cine de juicios, a pesar de que el set no sea un tribunal. Y allí crecen las miradas y los diálogos, los actores y el guión. Clásico, muy clásico (también en la duración, unos ajustados 120 minutos que contribuyen a la fuerza del relato), a pesar de que Internet lo inunde todo y de que el montaje convierta a Fincher en un director de lo más contemporáneo. Y clásico, porque los encuadres de Fincher hablan mucho más que los de la mayoría de los directores actuales.

La red social es una película sobresaliente, casi imprescindible. Pero corre el riesgo de ser ahogada por su propia fama. Es uno de esos títulos en los que todo el mundo parece ver genialidad, por encima incluso de la que realmente hay. Insisto en que para mí no es la mejor película de David Fincher. Pero es un peliculón. Así, con letras grandes, las que vayan haciendo justicia a un director siempre valiente.

lunes, agosto 03, 2009

SAGAS: Alien

Ya es oficial que habrá un nuevo Alien y también es oficial que su director no será otro que Ridley Scott. La noticia, magnífica y de gran trascendencia, apenas ha tenido difusión en España, lo que sorprende por aquello de tratarse de un icono de la ciencia ficción de los últimos 30 años, pero da a entender lo bajo que ha caído la saga de este ser estraterrestre, el asesino perfecto que nos descubrió el cine hace ahora tres décadas. Aprovechando la noticia y que hace un par de meses se cumplió la tercera década desde su estreno (a España llegó el 26 de septiembre de 1979), es buen momento para hacer un repaso a toda la saga.

· ALIEN (1979)
Un clásico con mayúsculas, y no sólo del género. Porque, para empezar, ¿de qué género es Alien? La tentación lógica es hablar de ciencia ficción, pero en realidad es una película de terror. En realidad, es puro cine. Del grande. Del que permanece en la memoria. Ridley Scott hizo maravillas escondiendo (como mandan los cánones del género) la criatura diseñada por H. R. Giger y haciéndonos temer por su aparición tras cualquier esquina de la mítica nave Nostromo. Apenas siete personajes, una criatura aparentemente indestructible y un gato formaron una de las tripulaciones más conocidas del cine contemporáneo. La genialidad narrativa de Scott, un reparto excepcional encabezado por Sigourney Weaver (que convirtió a Ripley en todo un icono del cine), una tensa música de Jerry Goldsmith y una imaginería visual pocas veces superada convierten a Alien en una referencia indispensable, en dos horas inolvidables y a las que hay que volver cada cierto tiempo con el mismo cariño y la misma reverencia de la primera vez.

· ALIENS. EL REGRESO (1986)
Si existe la secuela perfecta, es ésta y como tal debiera figurar en los manuales de cine, por la forma y por el fondo. James Cameron recogió un peliculón e hizo otro... que en realidad no tenía nada que ver con la anterior. Si Ridley Scott apostó por el terror, él lo hizo por el cine bélico, manteniendo el escenario de ciencia ficción y profundizando, como está mandado, en los personajes. Cogió la historia en un punto cercano al final de la primera entrega y expandió el universo con respecto a la película original. La incorporación de la reina Alien es una genialidad, como también la de Bishop, el personaje interpretado por Lance Henriksen o la niña Newt, una superviviente del ataque de los aliens. Tanto como la portentosa banda sonora que compuso James Horner. O el impresionante final, uno de los más emocionantes de la década, con un inolvidable duelo de titanes entre la mujer y la reina Alien. En realidad, todo. Para muchos, la mejor de la saga. Yo me sigo quedando con la primera. Aliens fue una de las primeras películas en tener un Director's cut.

· ALIEN 3 (1992)
Como en las películas anteriores, la tercera entrega contó con un director no demasiado importante en su momento pero que se ha acabado consolidando: David Fincher. La diferencia es que ésta es la primera película de Fincher, y Scott y Cameron ya habían dirigido alguna cosa de más o menos importancia. Fincher sólo videoclips y anuncios. Y sale airoso del trance, lo que no es poco, pero su película se vio muy disminuida por la intervención de los productores. El director's cut es mejor que la versión que se estrenó en cines y aporta mucha información interesante. En todo caso, las nuevas características que otorgan al Alien no son muy del gusto de la mayoría de los seguidores de la saga. A mí no me chirrían tanto, pero prefiero la versión original. Fincher, en todo caso, toma como modelo el Alien de Ridley Scott y captura por momentos una atmósfera intersante, opresiva y gótica. Sigourney Weaver cerró la saga de Ripley con un buen y simbólico final, aunque en un desaprovechado entorno de una cárcel enteramente poblada por hombres. Mejor de lo que muchos creen, pero bastante inferior a las dos anteriores.

· ALIEN RESURRECCIÓN (1997)
En los manuales de cine, ésto tiene que aparecer como el mejor ejemplo de la desgracia de una saga. Nada que ver con el original, ni en la forma ni en el fondo, una realización torpe (de Jean Pierre Jeunet, lo que quizá influye en mi negativa visión de Amelie...), un guión malo de solemnidad y un desarrollo de la franquicia que roza la locura, con la invención de un ser híbrido entre humano y alien que mueve a la carcajada. La presencia de planos imposibles, marca de fábrica del director, contribuye al despropósito tanto como el imposible y absurdo regreso de Ripley, que para eso estaba mejor donde se quedó en la tercera película. Tiene una secuencia fascinante, una persecución de los aliens a los humanos bajo el agua, pero el resto de la película es no ya una pérdida de tiempo, sino un motivo para salir muy, pero que muy cabreado del cine ante tanto despropósito génetico-cómico. Tanto fue así que han tenido que pasar doce años para que alguien piense en hacer otra película de la saga. Por algo será.

· ALIEN VS PREDATOR (2004)
El cómic ya había unido previamente las dos franquicias de ciencia ficción más populares de la Fox, así que era cuestión de tiempo ver algo parecido en el cine. Y el resultado fue de lo más decepcionante. Un galimatías demasiado centrado en los humanos, en lugar de focalizar la acción en lo que importaba a los fans de ambas sagas: los aliens y los depredadores. La historia es tan tópica que da cierta risa, y eso que el flashback que ofrece toda la información, a pesar de todo, es lo mejor de la película. Eso y una sola de las peleas entre una criatura de cada raza, la única de todo el metraje en la que el espectador puede seguir lo que está sucediendo sin necesidad de marearse o sentir que no se está enterando de nada. Una pérdida de tiempo que, sorprendentemente y a pesar de su carácter de serie B cutre y moderna, con actores desconocidos, recaudó bastante dinero. Pero no se ganó el cariño de nadie.

· ALIENS VS PREDATOR. REQUIEM (2007)
Cuando cabía pensar que la saga había tocado fondo, llegó esto. Sus responsables aseguraron que con esta, y dada la decepción de la anterior, querían satisfacer a los fans. Y creo que no es descabellado decir que la secuela es todavía peor que la original. Ya es decir. Un ejercicio de lamentable cine gore, más de serie Z que de serie B, que no duda en reírse de los personajes a los que quería hacer justicia y con unos diálogos tan absurdos que parecen escritos por niños de tres años. Lo mismo vista entre amigos, con grandes dosis de palomitas y muchísimo sentido del humor, es posible sacarle algo positivo, aunque la verdad es que lo dudo. Cuando le pusieron el subtítulo de Requiem, sabían lo que hacían: esto era el clarísimo fin de una saga de corto recorrido, la mezcla de aliens y depredadores, que no ha generado ni el más mínimo interés y que ha enterrado un poco más el prestigio de las dos sagas matrices. Depredador la asumirá ahora Robert Rodríguez desde la producción.

jueves, enero 22, 2009

'Benjamin Button': Fincher se hace mayor (y uno de los grandes)

David Fincher es un director sorprendente. Debutó con Alien 3, mucho mejor película de lo que muchos creen (y que habría sido mejor de ver la luz en cines su montaje, disponible en DVD). Con Seven cambió por completo todo un género, y eso es mucho decir. The game fue una peliculita que no hizo demasiado por su carrera, ni para bien ni para mal. El club de la lucha le convirtió en director de culto (aunque yo nunca he llegado a entender el fervor por esta película, que me parece, de largo, lo peor que ha hecho). La habitación del pánico gustó más a quienes disfrutamos de sus primeras películas que de la anterior, pero en todo caso disparó las alarmas. ¿Estaba David Fincher estancado? Y entonces, con cinco años de separación, hizo Zodiac. Y volvió a reinventar un género. Después de una gran película como Zodiac, las expectativas pueden despertar las iras contra un director. El curioso caso de Benjamin Button demuestra que David Fincher es uno de los grandes. Se ha hecho adulto. Y su público con él.

Desde fuera y a priori, El curioso caso de Benjamin Button no parece una película para David Fincher. ¿Una historia de amor contada a través de toda una vida? No encaja con lo que ha hecho hasta ahora. En los años 90, se relacionó este proyecto con Steven Spielberg como director y Tom Cruise de protagonista, y quizá al Rey Midas de Hollywood le hubiera venido como anillo al dedo esta historia. Pero esta ficción no oculta el triunfo de Fincher con este título. No es que salga airoso de un proyecto difícil, es que le da un estilo propio. Si buscamos referentes para esta película, es obligado pensar en Forrest Gump, por la sucesión de acontecimientos históricos que rodean esa historia de amor. En lo formal, El paciente inglés y el relato de amor en el lecho de dolor y muerte. El curioso caso de Benjamin Button supera a ambas en todo. Es más drama que comedia, pero no esquiva los momentos más divertidos de una historia singular. Es más intimista que épica, pero, como en toda vida, tiene momentos álgidos.

Benjamin Button es un hombre que vivirá un crecimiento distinto al de todos los demás. Nace viejo y morirá joven. Sus arrugas irán desapareciendo, su artritis o sus cataratas las dejará atrás a los veinte años, su mente infantil crecerá en el cuerpo de un anciano. Su vida en ningún caso podrá ser como la de los demás. Y eso se aplica a todos los terrenos de su vida, también y sobre todo en el amoroso. Porque ésta es, por encima de cualquier otra consideración, una historia de amor, tierna, preciosa, dura en ocasiones, pero que deja un regusto de emoción y de ilusión muy difícil de conseguir en el cine actual. Y David Fincher lo consigue, además de con un espléndido guión, con sutiles artificios. Coloca la historia (la narración de la historia más concretamente) en medio de lo que aconteció en Nueva Orleans cuando el Katrina arrasó la ciudad. Esperanza por encima de todo. Como con el mensaje final de su primer amor. Y, sobre todo, con la pincelada de humor del hombre al que alcanzaron siete rayos. Es la lección más hermosa que deja la película, una de las muchas que ofrece, todas ellas optimistas y vitalistas sin caer en la sensiblería más fácil y evidente.

Brad Pitt no es un actor que me apasione. Funciona como estrella (y como estrella que es incluso le da un cameo en esta película Shiloh, hija del actor y de Angelina Jolie, cuando apenas tenía diez meses de vida), en las revistas, en las premieres, pero casi nunca me ha gustado como actor. Disfruté con él muchísimo con su breve papel en Thelma y Louise, pero desde entonces no me había entusiasmado, nunca le había visto perfecto para un papel. Hasta hoy. Es muy difícil decir cuánto hace el actor por la película y cuánto hace el trabajo de efectos especiales (hermoso y natural), es una frontera muy delicada e imposible de trazar. Pero lo que está claro es que Brad Pitt se convierte en Benjamin Button desde el primer momento en que aparece en pantalla, sin importar la edad (real y aparente), la altura o la parte de la historia que esté viviendo. Es un trabajo notable y digno de elogio, a la altura del resto del reparto, en el que destacan como nombres más conocidos los de Cate Blanchett y Julia Ormond.

Abarcar toda una vida en una película tiene sus aparentes desventajas. La más notable, la duración, que en este caso llega hasta las dos horas y tres cuartos (quítenle cinco minutos todos aquellos que se levantan de sus asientos antes de que acaben los títulos de crédito; lo siento por ellos, se perderán la última pieza de una extraordinaria partitura compuesta por el cada vez más interesante Alexandre Desplat). Quizá alguien hubiera metido la tijera en la sala de montaje, sobre todo en la primera media hora, pero todo en la película merece la pena. Notable es la labor de Fincher a la hora de utilizar la elipsis como un recurso narrativo más, un recurso que pocos director saben emplear ya con acierto. La poesía y la belleza que contiene toda la película, recibe además un epílogo tan hermoso como el comienzo. El agua y el destino por un lado, el tiempo hacia atrás por el otro. Poesía.

El curioso caso de Benjamin Button es una película magnífica y hermosa, la consolidación de David Fincher como un director serio y maduro, el que apuntó en Seven, el que se desarrolló en Zodiac. Chapeau.