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viernes, mayo 29, 2015

'Nuestro último verano en Escocia', buen rollo audaz y divertido

Si hay un cine particularmente necesario a pesar de su intrascendencia general, ese es el cine de buen rollo. Aún con sus tintes de drama, Nuestro último verano en Escocia pertenece a ese grupo de películas que, sin pretender un hueco en la historia del cine, ofrece una diversión sincera. Y, ojo, que eso no significa que sea fácil de hacer, ni mucho menos. La historia del filme es tan realista como compleja, ya que sigue las peripecias de un matrimonio con tres hijos que está en proceso de divorcio y que decide guardar las apariencias para acudir a la fiesta por el 75º cumpleaños del abuelo. Con esa sencilla premisa y con un espléndido uso de los actores infantiles y sus personajes, la película se convierte en un maravilloso canto a la vida que es capaz de encontrar la comedia incluso en los momentos más duros y trágicos de la realidad cotidiana. Como casi todas estas películas, acaba sucumbiendo al final al deseo buenista que preside todo el filme y la resolución no termina de estar a la altura, pero ese es un detalle menor en un filme muy entretenido.

Razones hay muchas, pero las fundamentales hay que encontrarlas en el guión de Andy Hamilton y Guy Jenkin, a la vez directores del filme (su primer largometraje comercial después de una amplia experiencia en televisión). Es divertido, pero a la vez real e incluso, por momentos, reflexivo y profundo. El golpe de timón que ofrece mediado su metraje es medido y muy acertado y sobre todo sabe jugar muy bien con todos los personajes, a los que da un papel preciso en el enredo familiar que propone. Pero si hay algo que eleva el filme por encima de la media es el trabajo de y con los tres actores infantiles, Emilia Jones, Bobby Smalldridge y Harriet Turnbull, tres pequeñas estrellas que aportan una frescura impagable en sus miradas y en sus diálogos hasta el punto de que cabe dudar si están ya en el guión de Hamilton y Jenkin o formar parte de una maravillosamente bien dirigida improvisación. Ellos y sus papeles son lo mejor de la película con diferencia.

Y aunque es fácil que las miradas se las lleven todas los pequeños intérpretes, con todo merecimiento además, lo cierto es que en el guión hay muchos temas interesantes. La películas es una reflexión sobre la vida, sobre la forma en la que usamos el tiempo que tenemos, sobre la familia, sobre el hecho de ser adultos, pero también se detiene en los sueños, en los caminos que estos nos abren en la vida, y algo más de puntillas también se atreve a acercarse al papel de los medios de comunicación y el trato más sensacionalista de algunas noticias. La extravagancia final de la historia, aún siendo divertidísima y audaz, es lo que consigue que la película se aleje del retrato social en clave de comedia que parecía ser, pero al mismo tiempo aporta una alocada capacidad de sorpresa que, de alguna manera, hace que la película sea imprevisible y muy divertida incluso cuando sus autores parecen perder ligeramente el control de la misma.

Eso sucede en los últimos quince o veinte minutos de Nuestro último verano en Escocia (por cierto, otra traducción bastante desafortunada por una sutileza que se entenderá viendo el filme), pero no borra la sonrisa de la cara. La película desborda simpatía, e incluso sobrevive con un reparto brillante a la descompensación que a veces provoca en el público menos versado en filmografías como la británica el que haya un rostro más conocido (en este caso el de Rosamund Pike) en un bloque pensado para ser homogéneo y que en este caso está formado un espléndido grupo de actores británicos menos conocidos para el público general y entre los que destacan David Tennant, dando vida al marido de ese matrimonio protagonista, y Billy Connolly, interpretando al abuelo de la familia. Incluso aunque al final se sienta esa intrascendencia que hay en la película (¡bendita intrascendencia de vez en cuando!), parece difícil no sentirse entretenido o incluso enternecido por lo que cuenta Nuestro último verano en Escocia, un retrato familiar y social divertido, ameno y sobre todo muy realista.

viernes, octubre 10, 2014

'Perdida', brutal Fincher en estado puro

A nadie puede sorprender ya que el elogio a una película de David Fincher sea una constante. Tendrá admiradores e incluso detractores, porque es imposible que el arte, y menos el contemporáneo, suscite unanimidad, pero pocos discutirán que estamos ante uno de los nombres esenciales del cine moderno. Y cada película que dirige genera tal expectación que ahí radica el único peligro. Perdida, su último trabajo, es una joya, un Fincher brutal, uno en estado puro, con momentos absolutamente inolvidables, con una trama fascinante y una realización que roza lo obsesivo. Encandila con la historia, con la narración, con sus planos y con sus personajes. Nada falla en sus 149 minutos. Pero las expectativas son algo bien distinto. Fincher reinventó el thriller en 1995 con Seven, e hizo lo propio en 2007 con la algo infravalorada y más desconocida Zodiac. Puede que Perdida no llegue para decir que el mismo director ha cambiado hasta en tres ocasiones la forma de entender un género, pero sin duda estamos ante un cineasta que lleva ya demasiados años en la cúspide artística como para no deleitarse con ello.

Fincher bien podría haber aparecido en los carteles de Perdida como hizo tantas décadas atrás el maestro Alfred Hitchcock para promocionar Psicosis, advirtiendo al público que no desvelara el final de aquella obra maestra del suspense porque no tenía otro. Pero Fincher no habría tenido que pedir que no se contara nada sobre el final, sino sobre buena parte de la película. Con saber que Ben Affleck y Rosamund Pike dan vida a un matrimonio y que una buena mañana ella desaparece es suficiente para disfrutar la película. Es más, eso es lo deseable. Saber más implica no disfrutar de la experiencia al mismo nivel. Y no porque sea una película que dependa de su desenlace para ser juzgada con propiedad, sino porque la fuerza de las imágenes y de la narración de Fincher es tan espectacular que sólo se puede sentir envidia del que le esté descubriendo por primera vez. Es un maestro en lo que hace y ha llegado a un punto en el que probablemente nadie lo sabe hacer como él. Por eso su filmografía es ya una de las más sugerentes de los últimos veinte años y por eso es capaz de adentrarse en los rincones más recónditos del alma humana con semejante precisión.

Podríamos diseccionar Perdida, sus temas esenciales (incontables) o sus giros, pero no merece la pena porque sería contribuir a esa ruina de la experiencia que supone saber demasiado. Basta con adelantar que para Fincher no existen los corsés narrativos clásicos, que su película está viva de principio a fin, que se metamorfosea cada pocos minutos, que sus personajes van creciendo a un ritmo vertiginoso, y que si hay algún momento en el que la duda es legítima sobre el camino que está adoptando Fincher (probablemente el momento más complejo es pasada la media hora y hasta el primer cambio brutal en la historia que se produce), esa sensación se acaba disipidando en cuanto la película coge una formidable velocidad de crucero emocional que ya no se detiene, hasta llegar a un clímax antológico, de los que se queda grabado en la retina para siempre, seguido de un epílogo que no hace más que acrecentar las sensaciones que despierta la historia, una descomunal partida de ajedrez que parece mentira que aborde tantos temas y que deje tantos elementos para el debate.

Puestos a encontrarle un punto criticable a la película, Ben Affleck es lo más débil de Perdida. No es que haga un mal trabajo, pero como actor está mucho más limitado, por ejemplo, que Rosamund Pike, simplemente espectacular. Las dobleces y matices que hay en cada mirada de ella no se encuentran con tanta facilidad en él, aunque en realidad él tiene más minutos en pantalla. Pero en realidad tampoco desentona tanto. Es sólo que no llega a la excelencia que desprende el resto del filme de un Fincher extraordinario, que reúne en la película lo mejor de su cine, incluso deslizando finas ironías, casi parodias de la situación que está contando, crítica social, terror puro y cine de género. Pero mejor sin saber nada más. Ni siquiera si existe una fidelidad a la novela en la que se basa, porque afirmarlo o negarlo ya daría pistas a una parte de la audiencia, o colocando adjetivos a los actores, todos ellos parte de un casting eminentemente formidable, porque de esa forma se podría anticipar el papel que alguno de ellos tiene en la trama. Si Fincher lo ha dispuesto así, así es como hay que disfrutarlo. Y, con una cinta más cercana a Millennium que a Zodiac, Fincher demuestra otra vez que sabe de esto. Ya lo creo que sabe.

lunes, enero 14, 2013

'Jack Reacher', el apabullante carisma de Tom Cruise

Que Tom Cruise desprende un carisma mucho más apabullante que el de la mayoría de estrellas actuales del mundo del cine es algo que, caiga bien o caiga mal, tiene poca discusión. Jack Reacher es, ya desde los carteles centrados exclusivamente en su figura, un ejemplo más de cómo puede sostener una película por sí solo. Pero, y teniendo en cuenta de que en un vistazo apresurado puede parecer una nueva secuela de Misión imposible, la sorpresa está cuando Jack Reacher se convierte en algo más que eso, algo diferente, y alcanza la categoría de thriller notable, con sus defectos pero bien hilvanado, sorprendente hasta el final y con una muy personal y clásica persecución automovilística que obliga a colocar este filme por encima de la media en productos similares, que son muchos. Incluso sin ese carisma de Tom Cruise, la película tiene momentos notables. Con él, se convierte en una muy entretenida experiencia.

Jack Reacher es una de esas películas que evidencian que el cine moderno es conveniente verlo sin saber absolutamente nada. Paramount, distribuidora del filme, parece apoyar la moción con el cartel de la película. Tom Cruise es Jack Reacher. Punto. Pistola en mano y poco más. ¿De qué va la película? Antes de verla, en el fondo da igual porque lo que vamos a ver es a Tom Cruise. Y este no defrauda casi nunca, así que el primer asalta está ya ganado. Luego hay un argumento, por supuesto, basado en la novela de 2005 One Shot, de Lee Child, que desconozco por completo. Dejémoslo en que la película es un thriller de acción que, sin revelar absolutamente nada, arranca de la forma más alejada a lo que uno podría esperar. Porque si es un vehículo para el lucimiento de su protagonista, este tarda un cuarto de hora en aparecer en pantalla. Eso sí, después de una memorable descripción que ya ha convertido su personaje en un auténtico caramelo.

Durante dos horas asistimos a un misterio muy bien llevado casi siempre (aunque hacer visible a un malo arruine parte de la sorpresa) y al que Christopher McQuarrie sabe dar un par de vueltas a la investigación cuando es necesario y sin tener que caer en el absurdo tan habitual en el género. McQuarrie afronta su segunda película como director, tras Secuestro infernal en el ya lejano 2000, aunque es un guionista de igualmente corto recorrido e irregulares resultados. A la interesante Valkiria o la magistral Sospechosos habituales cabe oponer la mediocre The Tourist. Entre sus méritos en Jack Reacher está una intensa y notable secuencia de apertura (din diálogo), un ritmo más que correcto, una forma de rodar muy clásica y una carismática persecución automovilística en la que el objetivo es demostrar que Tom Cruise está siempre al volante del vehículo para protagonizar la secuencia de acción y eso redunda en su brillantez.

Tom Cruise es, insisto, el alma de la película, pero el reparto funciona francamente bien a su alrededor. Viene a ser una pequeña satisfacción rememorar al Cruise joven que buscaba medirse a grandes talentos al verle de nuevo junto a Robert Duvall (con el que hizo Días de trueno allá por 1990) como si fueran dos viejos amigos que se entienden a la perfección. Y es interesante la química del protagonista con Rosamund Pike, o la de esta con Richard Jenkins, un actor que siempre aporta algo interesante a sus personajes aunque aquí tenga poco tiempo en pantalla. Muy poco, aún menos, y es quizá lo que peor sabor de boca deja, tiene un siniestro Werner Herzog, que casi parece desaprovechado para el sobresaliente efecto que produce en sus escasas apariciones. A David Oyelowo le queda la grata parte de ser a la vez y según los vaivenes de la historia el poli bueno y el poli malo. Un reparto sólido que puede quedar algo eclipsado por la omnipresencia de Cruise pero que funciona muy bien.

Jack Reacher es una película que sabe combinar espectacularidad, historia y humor. Quizá lo primero sea lo más comedido, pues tampoco tiene grandes piezas de acción y McQuarrie apuesta mucho más por el misterio y la intriga, pero tiene las suficientes escenas de este tipo como para gustar a los amantes del género. La comedia viene dada por el carisma del personaje central, su particular visión de la vida y la forma en la que afronta los problemas, que le lleva a soltar diálogos cortantes y muy divertidos, adecuados como alivio de la tensión acumulada. Hay momentos que no terminan de justificarse en la historia y quizá le sobre algún minuto a los 130 que dura el filme, pero la experiencia es perfectamente diferenciable de otros vehículos de acción incluso con el mismo actor protagonista y altamente satisfactoria porque Cruise es un intérprete que consigue hacer creíble lo inverosímil. Eso, efectivamente, se llama carisma. No, no lo tiene todo el mundo y sí, sin duda, es uno de los motivos por los que casi siempre es un placer ver sus películas.

viernes, marzo 30, 2012

'Ira de titanes', lo mismo pero peor

Furia de titanes, en general, no gustó demasiado. Aún asumiendo que no es en realidad una buena película, yo sí le encontré un toque de buen entretenimiento, quizá más procedente de la nostalgia que de sus méritos reales, pero me pareció una película que podía sostenerse si uno no tenía demasiadas pretensiones. Su éxito en la taquilla convirtió en inevitable la secuela. Y aquí tenemos Ira de titanes, dos años después del estreno de la primera. Como cabía temer, la continuación no sólo no es mejor que la original sino que liquida los elementos salvables de la primera. Y eso que intenta por todos los medios repetir los esquemas del filme de hace dos años, agudizando una estructura de videojuego que ya amenazaba con mermar el éxito de aquella, lo que además supone un problema añadido porque ya lo hemos visto. No hay sorpresas y sí muchos elementos introducidos con calzador, se pierde el carisma de las criaturas mitológicas que aparecían en Furia de titanes y todo queda en manos de una nerviosísima dirección de un Jonathan Liebesman que no es capaz de parar de mover su cámara en ningún plano.

Lo que más sorprende de Ira de titanes es que se trata de una fotocopia de Furia de titanes. Cambia el malo (Ares, interpretado por un plano Edgar Ramírez), cambia la chica (aquí una correcta Rosamund Pike), cambia el peinado del protagonista (de nuevo un Sam Worthington insulso, pero más vapuleado)... pero todo lo demás intenta seguir los mismos patrones narrativos del filme original (hasta presentar, curiosamente, un epílogo muy parecido al de Immortals, con la que comparte la falta de espíritu). Los dioses necesitan al semidios Perseo para salvar el mundo, para lo cual, y en contra de su deseo de vivir como humano, se verá obligado a embarcarse es una búsqueda de información y de armas que le permitan, al final y a lomos de Pegaso, derrotar auna criatura mitológica gigantesca. Las dos películas, repito, responden al mismo esquema. ¿Cuál es entonces la razón de ser de Ira de titanes? Sobra decirlo, el dinero. La primera fue un exito de taquilla (casi 500 millones de dólares en todo el mundo, por un presupuesto de 125) y se espera que el tirón resista para ganar algo más de dinero con esta segunda parte. La propuesta, en todo caso, es muy pobre, porque ni siquiera consigue mantener lo que sí llamaba la atención de la primera película.

Ira de titanes pierde por completo el carisma de las criaturas mitológicas de Furia de titanes. Parecen casi forzadas continuaciones de lo que se vio entonces, cumpliendo una función de relleno y nunca narrativa. Además, Jonathan Liebesman agudiza la nerviosa e incontrolada forma de narrar que ya mostró en la correcta Invasión a la Tierra, lo que arruina en buena medida el diseño de producción, ya que es imposible una mirada pausada hacia criaturas y entornos, que deambulan a toda velocidad por la pantalla sin que el director sea capaz de mostrarnos nada con calma. Lo único bueno que se puede decir del trabajo de Liebesman, si es que se le puede atribuir a él, es que el 3D es bastante más decente aquí que en Furia de titanes. Eso sí, no era una tarea harto complicada debido a que esa técnica era el mayor timo de la película de Louis Leterrier, quien, sin ser precisamente un artesano, saca mucho más partido del material que tenía entre manos. Al menos la duración no sólo no se le va de las manos sino que recorta algunos minutos al filme precedente hasta quedarse en 99.

Todo eso, con ser parte de los defectos de la película, podría ser pasable si Ira de titanes tuviera un buen guión. Pero no lo tiene. La mayor parte de los personajes que introduce son anecdóticos (en especial Toby Kebbel interpretando a Agenor, semidios hijo de Poseidón). Los que repiten son más planos que en la primera entrega, incluyendo a Liam Neeson y Ralph Fiennes dando vida a Zeus y Hades, que seguro que se lo pasaron genial en el rodaje haciendo lo mínimo. Sólo hay una idea interesante, la construcción del Tártaro, pero su grandilocuencia visual queda algo desvirtuada por el nerviosismo de Liebesman, no sólo en cuanto a imagen sino sobre todo narrativamente por la forma en que los héroes entran allí, torpemente y casi sin ayuda divina. En realidad, es marca de la película el arruinar sus propios planteamientos narrativos, como evidencia la torpe inclusión final de un motivo romántico, por lo visto inevitable en el cine moderno pero que, vista la película, no tiene ni pies ni cabeza, o que un semidios siempre sea capaz de llevar a cabo tareas para las que se supone que habían sido necesarios hasta tres dioses en tiempos antiguos. Incoherencia pura.

Quizá fuera la nostalgia lo que, para mí, sostenía Furia de titanes. Puede ser, ya que fue una película vapuleada por casi todo el mundo, pero no me duelen prendas en decir que me entretuvo. Ira de titanes no, porque sus intenciones distan de ser las mismas que la del filme original. Ya tenemos lo que hizo aquella, como película y como producto de consumo, y la continuación parece tener sólo el ánimo de que cuantas más personas mejor paguen una entrada. En el momento en que empieza la película, sus responsables ya se han olvidado del espectador, al que ofrecen un mal filme, sostenible sólo si las exigencias están muy por debajo de lo normal y de lo permisible incluso a una superproducción de Hollywood. Los efectos especiales no están mal, pero, además de que Liebesman se carga parte de ese notable trabajo, creo sinceramente que ya ha pasado el tiempo en el que las imágenes por ordenador podían sostener un filme por sí solas. Ira de titanes es de esas películas que justifican la mala fama de los blockbusters americanos porque no aporta absolutamente nada nuevo a la mitología que utiliza como excusa y cae en errores de todo tipo. Los más graves, insisto, los narrativos. Porque hasta una mala historia puede estar bien contada y no es éste el caso.