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jueves, abril 19, 2012

'Al borde del abismo' y 'Contraband', muestras de thriller rutinario

La premisa de Al borde del abismo hace albergar esperanzas de ver un thriller original, pero al final esas expectativas se derrumban cual castillo de naipes y dejan al espectador con la más que seria posiblidad de hacer chistes sobre el título de la película y su resultado final. La película presenta a un tipo subido a una cornisa que amenaza con tirarse. La intriga por conocer sus motivos, qué pretende conseguir llamando la atención de tanta gente y por qué interactúa con el resto de personajes de la película apunta elementos de interés. Pero se caen por su propio peso en una trama que roza el absurdo en algunos momentos y que está tan cogida con alfileres que es fácilmente desmontable en demasiados tramos de la película. Quizá es la penitencia que se paga por tener director (Asger Leth) y guionista (Pablo F. Fenjves) debutantes en la gran pantalla, pero parece un peaje excesivo.

El reparto también hacía pensar en algo interesante, pero su trabajo es como el resultado de la película, rutinario. A Sam Worthington tanto le da subirse a una cornisa que pelear contra el Kraken en Furia de titanes, pero da cierta pena ver a Ed Harris, casi siempre enorme durante tantos años, con un personaje tan plano y previsible, o a Jamie Bell como simple comparsa. Lo que sí resulta chocante es el personaje de Elizabeth Banks. Dando vida a una negociadora que acaba de perder a un suicida, es el mayor atisbo de profundidad psicológica que se encuentra en Al borde del abismo, aunque casi parece por casualidad. Al final queda la sensación de que su presencia en la película, por mucho que su interpretación sea la más solvente de todo el reparto, no es más que la triste cobertura de la cuota femenina.

Al borde del abismo tenía el argumento, el escenario y en muchos casos los actores adecuados para ser un thriller al menos intersante. Y aunque en algunos instantes da el pego, en cuanto queda meridianamente clara la trama todo pierde interés a marchas forzadas. Sus intentos de rodear a la historia principal de otros elementos más trascendentes (como la crítica a la prensa sensacionalista) sí que son un fracaso. Sin llegar al desastre absoluto precisamente porque en cierta medida traza unas interesantes relaciones personales que sostienen la trama durante algunos minutos, lo cierto es que es una película decepcionante. Sirve para pasar el rato y muy poquito más, porque cuando llega el final tanto da que el protagonista hubiera saltado antes o que el robo del siglo fuera verdad. ¿O era mentira? Insisto, da lo mismo.
Contraband tiene una factura más cuidada, pero tampoco llega a compensar las casi dos horas de visionado. Comienza su historia cinematográfica con una curiosa paradoja. El filme es un remake de un título islandés, Reykjavic-Rotterdam, protagonizado por Baltasar Kormákur, director de la película norteamericana. Sin conocer el original es imposible comparar, pero Contraband se pierde en lo rutinario, en lo ya visto, en la sencillez más pobre de la trama y de los personajes. En realidad, es una de esas películas que se están convirtiendo en el modo casi único de afrontar el thriller en Hollywood. Tienes un grupo de protagonistas que están al otro lado de la ley, que son ladrones o, en este caso, contrabandistas profesionales, pero la historia quiere forzar al espectador a que le caigan irremediablemente bien. Son buenos, son graciosos, quieren mucho a sus familias y se merecen el final feliz. Muy visto.

Lo que más sorprende en Contraband es un tipo de violencia muy concreto, y es el que sufre la mujer. Kate Beckinsale, muy lejos de los habituales papeles de heroína en los que tan cómoda se siente, se mete aquí con cierta destreza en la piel de una madre de familia casada con un ex traficante, que lo ha dejado y que ahora vive de las rentas y de un trabajo honrado. Ella es su punto débil, es el medio por el que se le puede chantajear, dándole así la película un papel muy secundario y algo anticuado. Lo curioso es que en esta película las amenazas son más reales y violentas que en la mayoría de las ocasiones. Ni bueno ni malo, ni mejora ni empeora la película, es simplemente un detalle chocante y que desmarca Contraband de la rutina más absoluta en la que caen sus escenas de acción, sus momentos de coleguego o, ya mencionado, su previsible final.

Mark Wahlberg está desaprovechando por desgracia el prestigio que le dio su brillante papel secundario en Infiltrados, la película que le dio el Oscar a Martin Scorsese, y se fotocopia de película en película sin que se note demasiado la diferencia entre una y otra, con excepciones sin tirar cohetes como The fighter. Lo que él hace es interpretar al protagonista y nada más. Ni matices ni historia. El resto del reparto hace lo propio. Los malos son muy malos, los buenos son muy buenos. Y no procede decir quién es cada uno, aunque todo se ve venir con cierta facilidad, por no destrozar esas pocas sorpresas que puede plantear al guión. Kormákur rueda con cierta eficacia pero sin deslumbrar. Y así se construye un thriller más con el que adornar la cartelera previa a la temporada de verano.

viernes, marzo 30, 2012

'Ira de titanes', lo mismo pero peor

Furia de titanes, en general, no gustó demasiado. Aún asumiendo que no es en realidad una buena película, yo sí le encontré un toque de buen entretenimiento, quizá más procedente de la nostalgia que de sus méritos reales, pero me pareció una película que podía sostenerse si uno no tenía demasiadas pretensiones. Su éxito en la taquilla convirtió en inevitable la secuela. Y aquí tenemos Ira de titanes, dos años después del estreno de la primera. Como cabía temer, la continuación no sólo no es mejor que la original sino que liquida los elementos salvables de la primera. Y eso que intenta por todos los medios repetir los esquemas del filme de hace dos años, agudizando una estructura de videojuego que ya amenazaba con mermar el éxito de aquella, lo que además supone un problema añadido porque ya lo hemos visto. No hay sorpresas y sí muchos elementos introducidos con calzador, se pierde el carisma de las criaturas mitológicas que aparecían en Furia de titanes y todo queda en manos de una nerviosísima dirección de un Jonathan Liebesman que no es capaz de parar de mover su cámara en ningún plano.

Lo que más sorprende de Ira de titanes es que se trata de una fotocopia de Furia de titanes. Cambia el malo (Ares, interpretado por un plano Edgar Ramírez), cambia la chica (aquí una correcta Rosamund Pike), cambia el peinado del protagonista (de nuevo un Sam Worthington insulso, pero más vapuleado)... pero todo lo demás intenta seguir los mismos patrones narrativos del filme original (hasta presentar, curiosamente, un epílogo muy parecido al de Immortals, con la que comparte la falta de espíritu). Los dioses necesitan al semidios Perseo para salvar el mundo, para lo cual, y en contra de su deseo de vivir como humano, se verá obligado a embarcarse es una búsqueda de información y de armas que le permitan, al final y a lomos de Pegaso, derrotar auna criatura mitológica gigantesca. Las dos películas, repito, responden al mismo esquema. ¿Cuál es entonces la razón de ser de Ira de titanes? Sobra decirlo, el dinero. La primera fue un exito de taquilla (casi 500 millones de dólares en todo el mundo, por un presupuesto de 125) y se espera que el tirón resista para ganar algo más de dinero con esta segunda parte. La propuesta, en todo caso, es muy pobre, porque ni siquiera consigue mantener lo que sí llamaba la atención de la primera película.

Ira de titanes pierde por completo el carisma de las criaturas mitológicas de Furia de titanes. Parecen casi forzadas continuaciones de lo que se vio entonces, cumpliendo una función de relleno y nunca narrativa. Además, Jonathan Liebesman agudiza la nerviosa e incontrolada forma de narrar que ya mostró en la correcta Invasión a la Tierra, lo que arruina en buena medida el diseño de producción, ya que es imposible una mirada pausada hacia criaturas y entornos, que deambulan a toda velocidad por la pantalla sin que el director sea capaz de mostrarnos nada con calma. Lo único bueno que se puede decir del trabajo de Liebesman, si es que se le puede atribuir a él, es que el 3D es bastante más decente aquí que en Furia de titanes. Eso sí, no era una tarea harto complicada debido a que esa técnica era el mayor timo de la película de Louis Leterrier, quien, sin ser precisamente un artesano, saca mucho más partido del material que tenía entre manos. Al menos la duración no sólo no se le va de las manos sino que recorta algunos minutos al filme precedente hasta quedarse en 99.

Todo eso, con ser parte de los defectos de la película, podría ser pasable si Ira de titanes tuviera un buen guión. Pero no lo tiene. La mayor parte de los personajes que introduce son anecdóticos (en especial Toby Kebbel interpretando a Agenor, semidios hijo de Poseidón). Los que repiten son más planos que en la primera entrega, incluyendo a Liam Neeson y Ralph Fiennes dando vida a Zeus y Hades, que seguro que se lo pasaron genial en el rodaje haciendo lo mínimo. Sólo hay una idea interesante, la construcción del Tártaro, pero su grandilocuencia visual queda algo desvirtuada por el nerviosismo de Liebesman, no sólo en cuanto a imagen sino sobre todo narrativamente por la forma en que los héroes entran allí, torpemente y casi sin ayuda divina. En realidad, es marca de la película el arruinar sus propios planteamientos narrativos, como evidencia la torpe inclusión final de un motivo romántico, por lo visto inevitable en el cine moderno pero que, vista la película, no tiene ni pies ni cabeza, o que un semidios siempre sea capaz de llevar a cabo tareas para las que se supone que habían sido necesarios hasta tres dioses en tiempos antiguos. Incoherencia pura.

Quizá fuera la nostalgia lo que, para mí, sostenía Furia de titanes. Puede ser, ya que fue una película vapuleada por casi todo el mundo, pero no me duelen prendas en decir que me entretuvo. Ira de titanes no, porque sus intenciones distan de ser las mismas que la del filme original. Ya tenemos lo que hizo aquella, como película y como producto de consumo, y la continuación parece tener sólo el ánimo de que cuantas más personas mejor paguen una entrada. En el momento en que empieza la película, sus responsables ya se han olvidado del espectador, al que ofrecen un mal filme, sostenible sólo si las exigencias están muy por debajo de lo normal y de lo permisible incluso a una superproducción de Hollywood. Los efectos especiales no están mal, pero, además de que Liebesman se carga parte de ese notable trabajo, creo sinceramente que ya ha pasado el tiempo en el que las imágenes por ordenador podían sostener un filme por sí solas. Ira de titanes es de esas películas que justifican la mala fama de los blockbusters americanos porque no aporta absolutamente nada nuevo a la mitología que utiliza como excusa y cae en errores de todo tipo. Los más graves, insisto, los narrativos. Porque hasta una mala historia puede estar bien contada y no es éste el caso.

jueves, octubre 20, 2011

'La deuda', buenos personajes, mal final

Lo mejor de La deuda está en su reparto y en sus personajes. Una historia narrada en dos tiempos, con un trío protagonista diferente para cada uno de ellos, incorporando por un lado los miedos de la juventud y por otro la tristeza de la madurez. Seis actores, la mayoría muy interesantes, que son los que dan vida a este relato de espías que se mueve con bastantes altibajos. Tiene buenos giros, aunque su final es convencional y, en realidad, bastante absurdo. Está rodada con un carácter demasiado rutinario por el director John Madden (el de Shakespeare enamorado), pero tiene algún que otro instante donde sí hay buenos hallazgos en su montaje y en su narración. Es una película que entretiene y que se beneficia del carisma de sus actores y de sus personajes, que no deja un poso indeleble pero que, sin embargo, mantiene al espectador en tensión durante sus algo menos de dos horas de duración. ¿Suficiente? Quizá podía haber dado más de sí, pero en es una cinta entretenida.

Tenemos a tres agentes del Mossad. Primero les vemos con algo menos de treinta años, cuando recibieron el encargo de secuestrar y llevar a Israel para su posterior juicio a un médico nazi que sirvió en el campo de concentración de Birkenau y, por tanto, colaboró activamente en el holocausto judío. Casi de inmediato, con algo menos de sesenta. Helen Mirren y Jessica Chastain interpretan a Rachel, Tom Wilkinson y Marton Csokas a Stephan y Ciarán Hinds y Sam Worthington a David. El gran mérito de la película está en la hermosa identificación de estas tres parejas de actores. Aunque es mucho mejor el trío maduro (con mucho más tiempo en pantalla para la fantástica Mirren y el siempre sobresaliente Wilkinson), no hay que desedeñar para nada el trabajo de Jessica Chastain (maravillosa su imagen de vulnerabilidad y dureza, es ya una actriz a seguir después de un año en el que ha trabajado con gran acierto en Criadas y señoras y sin un papel acorde a su capacidad en El árbol de la vida). Csokas no está mal y a Worthington, limitado como siempre, al menos se le puede aplaudir el empeño de no encasillarse en papeles de héroe rocoso como los de Avatar o Furia de Titanes.

Junto a ellos, hay otro pilar que marca el devenir de la película a casi todos los niveles: el personaje del doctor Vogel (un Jesper Christensen que genera muchísimo desasosiego, como obliga su papel). Es su aparición lo que marca un antes y un después en la historia. Lo que al principio parece una historia de honor, una misión justa, de repente se transforma en una batalla psicológica apasionante. Ahí están los mejores minutos de la película, ahí y en la relación de estos hechos con el primer flashback del filme (brillante ejecución cinematográfica de esa escena durante la lectura de un libro que hace el personaje de Helen Mirren). Y ahí es donde La deuda sí deja poso para el debate después de la película, ahí es donde cobra una fuerza que no se termina de aprovechar del todo pero que sí alcanza niveles importantes. La historia de espías, más o menos correcta, se convierte en un infierno psicológico. Un infierno derivado de la situación, del carácter dañino del médico nazi y también de las decisiones personales de los tres agentes del Mossad, menos preparados de lo que pensaban para una misión de estas características.

La historia de espías funciona, el reto mental mucho más, la estructura en dos momentos temporales está montada con ingenio... pero la película llega a su final y se pierde. El clímax no está a la altura, contiene demasiadas lagunas y ni siquiera es coherente con el resto de la película. La deuda podría haber acabado de muchas formas pero seguramente ha optado por la peor de todas. Por eso, la sensación que deja el filme al acabar es de decepción, pero eso no impide que tenga grandes momentos. Los mejores son los enfrentamientos de toda índole que el doctor Vogel mantiene con Rachel y David, cuya bondad, la de ambos, contrasta con la crueldad del nazi e incluso con la ruda determinación de Stephan. También cabe encontrar lo más positivo de la película en la evolución del trío protagonista. Hermosa la tristeza melancólica de Hinds (qué distinto es el tono de su personaje aquí con respecto al que tuvo en una historia de corte similar, la de Munich), fantástica la firmeza de Wilkinson y, como siempre, espectacular la presencia de Helen Mirren.

Y es que, al final, lo que queda de La deuda son las interpretaciones. Porque el tono de la película está muy bien (magníficamente subrayado por la muy buena banda sonora de Thomas Newman), pero son sus personajes lo que marca la diferencia. Puede que la misma historia no hubiera sido creíble sin el casting adecuado. Puede que la trágica ironía que se mueve en torno al destino de los personajes no hubiera tenido el mismo sentido de no haber contado con el buen hacer de este reparto. Pero también puede que esta historia, en manos de otro director más hábil, hubiera dejado una sensación mucho más satisfactoria. El nivel que exhiben sobre todo Jessica Chastain y Helen Mirren merecía algo más que una entretenida historia de espías. Que tampoco es poco, pero que pudo ser más.

lunes, junio 27, 2011

'Sólo una noche', más debate que resultados

Que una película genere debate no hace necesariamente de ésta un producto de gran calidad. Sólo una noche es un filme pensado para provocar conversaciones, para contrastar puntos de vista, para decidir qué haríamos cada uno de nosotros en la situación de los cuatro personajes protagonistas. Cine no hay tanto, a pesar de los nobles esfuerzos de Massy Tadjedin, en su debut como directora, de conseguir algo más o menos diferente. A ratos lo logra, pero no lo los suficientes como para que el peso cinéfilo sea mayor que el de la moral en el poso que deja Sólo una noche tras su visionado. Se echa en falta química en el reparto, y quizá con otros nombres, igual menos de moda que los escogidos (todo sea por la taquilla) pero con mucha mayor capacidad interpretativa, el resultado podría haber sido otro. En cualquier caso, que una película dé pie a conversación después de vista, y no sólo sobre su calidad como producto artístico, también es algo de agradecer. Y eso sí lo consigue con mucha facilidad Sólo una noche.

La premisa es sencilla. Tenemos un joven matrimonio, formado por Joanna (Keira Knightley) y Michael (Sam Worthington). Él tiene una atractiva compañera de trabajo, Laura (Eva Mendes), de la que no le ha hablado nunca a su esposa y con la que se va de viaje de negocios. Ella tiene un antiguo amante, Alex (Guillaume Canet), del que su marido no ha escuchado hablar ni antes de casarse ni ahora que, casualmente, se encuentra en Nueva York. Así se desata un juego de seducción, celos y mentiras que se convierte en un elaborado, aunque algo maniqueo, tratado sobre la infidelidad. ¿Qué es infidelidad? ¿Qué la provoca? ¿Es asumible en un matrimonio? Todo son preguntas que plantea Massy Tadjedin en su primera película como directora, basándose en un guión escrito por ella misma. Muchas preguntas y tantas respuestas como espectadores, porque la película no sentencia, no juzga, no dicta una moral establecida o predilecta. Ofrece información y deja que quien quiera acercarse a Sólo una noche (no del todo adecuada traducción para España de Last night) saque sus propias conclusiones.

Y es ahí donde seguramente se producirán las discrepancias a la hora de evaluar la película, condicionado cada uno por el juicio que haga de los personajes. A mí ninguno de los cuatro personajes protagonistas supo generarme empatía. Puedo ver las situaciones a través de su mirada, pero no compartirla hace mucho. Y casi ninguno de los actores me genera la suficiente confianza o comprensión como para meterme tanto en la película. Quizá esté ahí el freno de la película. Lo cierto es que tres de ellos son actores de moda, y de ahí que consigan con facilidad papeles como éstos, seguramente pensando sus responsables que poner su nombre en el cartel pueda dar algo de dinero. Keira Knightley tiene un halo de buena actriz que no termino de comprender, nunca ha conseguido conmoverme ni emocionarme y, por desgracia, Sólo una noche no marca una diferencia en esa percepción. Sam Worthington y Eva Mendes son más maniquíes que actores, y cumplen con ese rol a la perfección. Y, sin duda, el mejor actor de la película es el menos conocido, el francés Guillaume Canet, el que mejor consigue plasmar los matices necesarios para su personaje.

Por eso, por el trabajo de Canet, es rápidamente la relación entre Alex y Joanna la que se convierte en motor de la película, cuando el comienzo apuntaba a todo lo contrario, que sería la de Michael y Laura (o, incluso, y desde una óptica más tradicional, podría haber sido la de Michael y Joanna). Es Canet, y en realidad sólo él, quien destila sinceridad en sus gestos, en sus miradas, en sus sonrisas y lo demás parece orquestado a su alrededor, cuando no tendría que ser así. Lástima, porque había más potencial en el guión. No tanto por una originalidad que esta historia no tiene, pero sí por las preguntas que podría haber dejado sobre la mesa con una mayor sutileza en su escritura y, también y quizá por encima de todo, en la interpretación de los actores. Todo queda meridianamente claro al cuarto de hora de película y, no deja de ser curioso, es ese cuarto de hora inicial lo mejor de Sólo una noche. El esbozo del juego de traiciones atrae más que las traiciones en sí mismas, tanto por el libreto como por la realización de Tadjedin (brillante juego temporal el que establece en el montaje del arranque del filme).

La insistente música a piano de Clint Mansell da fuerza al arranque de la película, pero su calidad se diluye de ahí en adelante en repeticiones de notas y recursos. El buen montaje de la película queda descompensado por el mayor peso dramático y empático de una de las historias (insisto, la de Alex y Joanna, que es la que ofrece las mejores secuencias, y es la única en que se ve la química necesaria, entre actores y entre personajes, para entender la relación entre los dos miembros de la pareja). Y, al final, lo que deja Sólo una noche por encima de todo es un enorme abanico de temas acerca de la infidelidad (¿o es sobre la felicidad en el amor?) para su discusión. ¿Suficiente? Probablemente no, porque la película deja un mayor disfrute después de verla que durante ese visionado. Lo que habría dado yo por ver este mismo filme con otros actores, lo que habría dado porque algunas de las viejas glorias de Hollywood no envejecieran ni murieran nunca.

martes, marzo 30, 2010

'Furia de titanes' y la lucha contra la nostalgia

No es fácil luchar contra la nostalgia. Furia de titanes representa una de esas películas de los años 80 que despertaron la imaginación de quien hoy es ya un treintañero. Es un título clave del cine fantástico de aquellos años, mucho más por ser la última gran contribución al cine del gran mago de los efectos especiales Ray Harryhausen que por la calidad que tuviera la película. Y, casi treinta años después, es difícil realizar una película con el mismo argumento que cautive de la misma forma a quien viera la original con ojos de niño. El remake dirigido por Louis Leterrier lucha contra ese poderoso enemigo, la nostalgia. Hay momentos en que sale ganando y hay otros en los que sale perdiendo. Y al final, deja una sensación contradictoria: es una entrenida oportunidad perdida. El grado de nostalgia que sienta cada espectador determinará si se queda con lo bueno o con lo malo.

¿Qué ofrece entonces esta revisión de Furia de titanes? Para empezar, eso, una revisión. Mucho ha cambiado la tecnología del cine en treinta años y es ahí donde está la principal novedad. El stop-motion que Harryhausen convirtió en sueños es ahora una reliquia del pasado. Hoy se impone para todo la tecnología digital y ahí el espectáculo cumple desde el principio. Podríamos discutir si nos gusta más la medusa o el kraken de Harryhausen o si preferimos estas obras por ordenador, pero al final la discusión sería en vano. La moderna Furia de titanes es lo que es, la antigua también. Ambas son igual de válidas y producto de sus respectivos tiempos (aunque la primera también fuera ya un canto a la nostalgia por los efectos especiales a los que recurrió). Hemos tenido tres décadas para disfrutar de la antigua y, sin duda, todos los que conozcamos ambas le vamos a dar más mérito y encanto a aquella. Pero sin el prisma de la comparación, siempre injusta, de esta Furia de titanes se puede disfrutar del mismo modo que de áquella.

Porque, seamos justos al menos en eso, Furia de titanes no era una película irreprochable. Tenía sus momentos buenos y otros no tan buenos, pero la nostalgia y los ojos de un niño contribuyen a embellecer las cosas. Hoy veremos este espectáculo mitológico que nos brinda Leterrier con una mirada mucho más crítica, y quizá eso nos haga olvidar que éste es un producto juvenil. Es un vehículo de acción pura y dura. No es que falle al intentar introducir más elementos que den profundidad a la historia o a los personajes, ni que trate de plasmar parábolas sociales o religiosas del mundo actual. No es eso. Es que Furia de titanes no aspira a eso, es un simple entretenimiento. Y entiéndase lo de simple sin ánimo de devaluarlo. Podríamos entrar a discutir si éste es el mejor cine posible, si el espíritu de serie B que desprende la historia se puede aplicar a una millonaria superproducción. Pero tampoco dejemos que eso nos amargue un buen rato en el cine, que es lo que ofrece.

Ese planteamiento para evaluar Furia de Titanes es válido siempre y cuando estemos hablando de un público familiarizado con el original, algo que no será muy frecuente entre la audiencia que busca este filme, producto ideal para un espectadores juveniles que seguramente desconocerán la cinta en que está basado. Ellos sí tendrán la posibilidad de vivir emociones parecidas a las que sentimos quienes en su día vimos el original y se sentirán muy cómodos en el entorno digital, con efectos especiales espectaculares y con las gafas de 3D (yo sigo sin ver este formato como algo revolucionario; aquí quizá se nota demasiado que la película no comenzó a rodarse en 3D, no es una apuesta de la propia película sino que se intenta aprovechar el tirón del éxito de Avatar). Para los nostálgicos, siempre nos quedará Zeus diciendo "libera al Kraken" o el guiño, inevitable y bonito, de darle un cameo a la lechuza de la película de los años 80.

La historia es la misma que en el original, aunque cambien pequeños detalles. Perseo, un semidios, ansía venganza contra Hades y para ello se embarca en una misión imposible que le lleve a averiguar cómo derrotar al kraken antes de que éste destruya Argos, una ciudad que ha decidido rebelarse ante los dioses y dejar de rendirles pleitesía. Sam Worthington, tras Terminator Salvation y Avatar, se consolida como el gran héroe de acción del Hollywood moderno, pero no gracias a sus limitadas cualidades interpretativas. Los platos fuertes del casting aparecen, como en el original, dando vida a los dioses. Liam Neeson recoge de Laurence Olivier el papel de Zeus. La película da la impresión de desaprovechar el Olimpo, y por eso quizás Neeson está mejor en sus escenas terrenales que cuando aparece disfrazado de Dios. Nadie ha sabido todavía capturar un aura poderosa mejor que lo que hizo Peter Jackson con Gandalf en la primera entraga de El Señor de los Anillos.

Ralph Fiennes ejerce de villano en esta función, dando vida a Hades. Muy rodeado de efectos digitales, lo cierto es que su interpretación se queda algo por debajo de su último gran villano, el Voldemort que apareció por primera vez en Harry Potter y el caliz de fuego y al que todavía se espera en todo su esplendor y la última y doble entrega de las aventuras del joven mago. Pero Fiennes siempre convence. Como muchos de los actores secundarios de la película, que pasan con facilidad del aprobado (más que interesante resulta el contraste entre el héroe al que da vida aquí Madds Mikelsen y el malvado Le Chiffre en Casino Royale). Gemma Arterton (que también forma parte de los mitos del último Bond, en Quantum of solace) pone la ya inevitable presencia femenina entre los héroes, y en algunos momentos se nota demasiado que es un añadido basado en encuestas de marketing.

Furia de Titanes tiene buenas escenas (la lucha contra los escorpiones, el vuelo de pegaso entre los tentáculos del kraken y las calles de Argos), otras no tan buenas (la escena entre Perseo e Io tras la segunda lucha contra un Calibos decepcionante), algunos añadidos positivos al original (la irrupción de Hades en Argos) y momentos en los que la clásica supera con creces al remake (la batalla contra Medusa). Pesa en su contra que el magnífico trailer, que a muchos nos disparó la ilusión por este filme, enseña en realidad demasiado. Pero es un producto atractivo para jóvenes y que a los algo más mayores, sea cual sea nuestra edad, nos traerá recuerdos de épocas pasadas. Un buen producto de entretenimiento, que podría haber sido mejor, sí, pero también peor. Leterrier baja en interés desde su interesante aproximación El increíble Hulk, pero seguro que encuentra un público al que atraerá su Furia de Titantes. Y eso es porque su producto es entretenido.

domingo, enero 03, 2010

Cómo evaluar 'Avatar' intuyendo que nadie estará de acuerdo conmigo

Hay películas que intimidan a la hora de evaluarlas. En el caso de Avatar, intuyo que nadie va a estar de acuerdo conmigo. Casi nadie, por lo menos. Lo intuyo porque por la red hay un fervor apasionado por la última película de James Cameron, el autoproclamado rey del mundo hace ya más de una década. Lo intuyo porque el resultado en taquilla está siendo demoledor y ya hay quien piensa que puede lograr la inverosímil hazaña de batir el estratosférico récord de recaudación que el propio Cameron estableció con Titanic. Yo entré en la sala con muchas reticencias previas, convencido de que no iba a ver la revolución en el cine y en la forma de verlo que se estaba pregonando. Y no la vi. Avatar no es una revolución. Creo, sinceramente, que está muy lejos de serlo. Al menos no una revolución en el mundo del cine. Creo que queda muy lejos de sus objetivos como película. Como producto, es obvio que está arrasando. Por eso intimida evaluarla.

Sin ningún tipo de connotación externa, previa o posterior, Avatar es una película entretenida. Es un espectáculo incluso notable en el que casi todo funciona, que deja casi tres horas de diversión en un hermoso universo de ciencia ficción. Está bien rodada, eficazmente interpretada y técnica y visualmente es incluso sobresaliente en buena medida. Pero hay muchos peros. El esencial, que la historia es realmente torpe. Y su desarrolo en diálogos a veces vergonzoso e infantil. No hay realmente nada destacable en el interior de su hermoso envoltorio de efectos especiales. Los personajes son planos y previsibles. Todo lo que aparece en la película es para justificar algo que sucederá media hora más tarde. Cameron no construye un universo, sino un microclima en el que todo lo que se ve es material manipulado para llegar al final de la película. Nada se presenta con ingenio y sutileza, sino simplemente porque toca, porque hay que hacerlo. Y todo eso se ve, arruinando cualquier sorpresa en el desarrollo posterior de la historia.

El guión es sin duda lo peor de Avatar. Y no sólo por esa torpeza narrativa, propia de principiantes, sino porque en esta película que tenía que cambiar nuestra forma de ver sucede justo lo contrario. Ya la hemos visto. El referente que tenía en la cabeza antes de ver la película funciona a la perfección para describir la película de James Cameron. Con todos los matices que se quiera, pero es Bailando con lobos en el espacio. Personaje que llega a un mundo desconocido, a una cultura que le es ajena y que acaba siendo aceptado no sólo como uno más, sino como el ansiado líder que les rescatará de los peligros. En este caso, un marine que llega a una luna alienígena para conocer a una raza de seres humanoides de gran tamaña y aspecto primitivo. En el de la película de Kevin Costner, un soldado americano que se integra en la vida de los indios. El paralelismo es evidente.

Sé que muchos pensarán que no es ahí donde Avatar tenía que plantear una revolución, que es una película que lo que tenía que cambiar era nuestra forma de percibir el cine visualmente. Ahí hay dos cuestiones muy diferentes. Por un lado, está la técnica de 3D. Yo no había visto antes una película en ese formato, así que no puedo comparar. No sé si hay de verdad una revolución tecnológica en Avatar. Pero sí tengo que admitir que salí levemente decepcionado. Impresiona, pero no tanto. Hay planos pensados para que el efecto 3D impacte, por encima incluso del efecto que puede hacer la propia película (y eso no es bueno), se vea en el formato en el que se vea. En general tampoco llega a ese punto revolucionario que se esperaba, aunque esto a lo mejor tiene que ver con la sala en que vi la película y no con la película en sí misma. Con el efecto 3D, Avatar pierde luminosidad y es una pena teniendo en cuenta la riquísima paleta de colores que han utilizado los ilustradores para dar vida a este mundo y estos seres.

Por otro lado, están los efectos especiales. Son brillantes, sin duda. No puede ser de otra forma teniendo en cuenta el altísimo porcentaje de imagen generada por ordenador que vemos en el filme y en el dinero y el tiempo que se han invertido para lograrlos. Pero ¿no lo habíamos visto ya? ¿Hay algo verdaderamente nuevo e insuperable en Avatar? Cantidad puede, calidad no. Las escenas de batalla no superan la genialidad que puso Peter Jackson en su trilogía de El Señor de los Anillos (la batalla de los campos de Pelennor, junto a la ciudad blanca de Minas Tirith, en El retorno del Rey, es infinitamente más emocionante, complejo y soberbio que el climax de Avatar). La integración del mundo real con el virtual no supera los logros de George Lucas en Star Wars. No hay nada que provoque un estremecimiento en el espectador, no como el T-1000 de Terminator 2, no como el primer dinosaurio de Parque Jurásico, no como los movimientos de cámara de Star Wars, no como el Gollum de Las dos Torres.

Todo lo que ofrece Avatar ya lo he visto antes. Puede que no en esa cantidad. Puede que no en 3D. Pero ya lo he visto (y oído; James Horner, con algún momento de esa brillantez que siempre ha llevado dentro, vuelve a autoplagiarse con descaro en la banda sonora, sobre todo repite su Titanic). Tan poco sorprende, tan poco emociona, que en realidad la atención se va irremediablemente al 3D por encima de cualquier otra cosa. No importa que ganen los buenos (que son muy buenos) o los malos (que son muy malos; decepcionante la descripción del empresario y del militar, malos sencillos de crear y tan planos que asombran). Lo único que lleva al espectador al final de la película es un entretenimiento puro que no falla porque se basa en modelos que sabemos que funcionan, en arquetipos inocentes y poco complejos que obtienen una respuesta amable, y el deseo de encontrar algún truco digital hermoso.

Con todo esto no quiero decir que Avatar sea una mala película. No lo es. Es muy entretenida y eso seguramente basta. Tiene momentos hermosos, aunque disten mucho de ser originales o novedosos. El diseño de la película es magnífico. Los actores cumplen en su mayoría. Sam Worthington tiene todas las papeletas para convertirse en el nuevo héroe soso y rocoso del cine de acción y es una delicia volver a ver a Sigourney Weaver en un mundo de ciencia ficción (eso sí, ¿soy el único que tiene la sensación de que su modelo digital actúa a veces mejor que ella misma...?). Pero el contexto, las aspiraciones y las expectativas hacen que Avatar sea una decepción. Parece una historia de un mundo secundario de Star Wars... y Star Wars ya lo vimos hace más de 30 años. Lo curioso es que todo aquello por lo que a George Lucas se le despellejaba, sirve ahora para encumbrar a James Cameron. Avatar me gustó como esperaba porque me entretuvo. Pero no me emocionó, no me conmovió, no me hizo abrazar el final abierto con el deseo irrefrenable de ver cuanto antes las inevitables y ya anunciadas secuelas.

jueves, junio 11, 2009

'Terminator Salvation': el pasado supera al futuro

El primer nombre que aparece en los títulos de crédito finales de Terminator Salvation es el de Stan Winston, el mago de los efectos especiales responsable de tantos sueños (y pesadillas) de cine. Él creó la imagen del Terminator que nos impactó tanto allá por 1984 y revolucionó el mundo de los efectos especiales en 1991 con Terminator 2. Esta cuarta entrega de la saga está dedicada a su memoria, pues el genial Stan Winston nos dejó el año pasado, cuando ya había empezado a trabajar en los diseños de esta nueva película. Que el primer recuerdo de Terminator Salvation sea para Stan Winston deja claro que el pasado supera al futuro. Que tenemos un Terminator más, pero que nada podrá superar a los dos primeros títulos de la saga ( ambas películas son tan rompedoras e innovadoras, tan originales como copiadas). Y es que los últiumos avances de la tecnología en efectos visuales no puede ocultar lo que le falta a esta película: imaginación.

En 1984 James Cameron no pudo más que ofrecer una breve secuencia de la guerra futura contra las máquinas. No había dinero ni medios para hacer creíble toda una película desarrollada en este futuro apocalíptico que nos presentaba, un mundo en el que las máquinas han desarrollado una inteligencia artificial que decidió que la humanidad era un peligro para su existencia y desató un holocausto nuclear para destruirla. Y por eso tiró de imaginación. El mismo origen de Terminator es una paradoja temporal imposible, y eso hacía tan atractivo el universo de Cameron, que partía de una premisa inverosímil para transportarnos a una historia apasionante sobre un futuro por escribir pero ya conocido, sobre un presente aterrador por lo que nos esperaba a la vuelta de la esquina. Imaginación. Pero el futuro siempre fue una ambición de esta saga y por eso la segunda entrega empezaba, precisamente, con el Día del Juicio Final y con una visión actualizada de este futuro. Pero seguíamos sin verlo.

Terminator Salvation aporta una visión de ese futuro que encaja, aunque quizá con demasada flexibilidad, en lo que ya conocíamos, pero no aporta imaginación. Aporta espectáculo, aporta grandilocuencia (todo es más grande, todo parece que tiene que ser más grande en el actual cine fantástico y de acción) y aporta la continuidad de una saga que, pese a todo, sigue dando para mucho. Pero no imaginación. Por eso, la consecuencia lógica es que lo que mejor funciona en la película de McG (que sus únicos títulos sean las dos entregas de Los ángeles de Charlie da que pensar...) es lo que está anclado en el pasado: el diseño de las máquinas (peores cuanto más novedosas parecen, más apasionantes cuanto más nos recuerdan a lo que ya conocemos de este universo), los cameos y el clímax, que bebe de los magníficos finales de las dos primeras entregas (parece obvio que para todo el mundo la tercera película ya ha dejado de existir... aunque no era tan mala como algunos piensan).

Es impagable el gran y esperado cameo que no procede revelar cómo ni cuándo se produce, pero sí decir que es uno de los motivos, probablemente el único, por los que esta película pasará a la historia (la actuación digital está a la vuelta de la esquina, y si no al tiempo). También es muy bonito el cameo de Linda Hamilton, la Sarah Connor de las dos primeras películas, a pesar de que el doblaje (una nota más sobre esta labor: ¿a cuento de qué viene traducir de nuevo la mítica frase "ven conmigo si quieres vivir" por un "sígueme si quieres vivir"?; sólo falta que el "volveré" nos lo hubieran ofrecido como "regresaré"), puesto que sólo aparece su voz. Es impagable volver a escuchar en el cine el tema de Terminator que creó el compositor Brad Fiedel en 1984 (aunque, desgraciamente y seguro que por problemas de derechos de autor, no aparezca en el disco de la banda sonora compuesta por Danny Elfman). Y también es impagable comprobar que, a pesar de los avances digitales, se siguen utilizando marionetas para algunos planos. El legado de Stan Winston es inmenso.

A McG le viene grande un universo tan establecido como el de Terminator. Quiere introducir muchos aspectos novedosos y se queda a medio camino en casi todos ellos. Eso desemboca en una absurda multiplicación de personajes que, en realidad, no sirven para nada en la historia (la ñina muda) o aparecen y desaparecen a conveniencia (Kyle Reese). Y es una pena que no aproveche las muchas posibilidades que ofrecen personajes tan interesantes como los que ofrecen Michael Ironside (Desafío total, V) o Bryce Dallas Howard (La joven del agua, Spider-Man 3), que ni siquiera explote la presencia de Helena Bonham-Carter (a nivel de historia, su personaje me parece de largo lo más discutible y chirriante, pero podría haber dado más juego) o, tirando ya por los derroteros más habituales del cine de acción, el físico de Moon Bloodgood (El guía del desfiladero, Street Fighter. La leyenda). Tampoco el montaje parece el fuerte de McG y se notan cambios demasiado bruscos que apuntan a que se han quedado en la sala de montaje escenas que veremos en el DVD.

Pese a todo, y para quien no se ponga demasiado purista o exigente, Terminator Salvation se deja ver y entretiene, no es el fiasco que muchos irán al cine esperando ver. Es un entretenimiento justito que se aprovecha de un universo con mucho tirón y de un dúo protagonista notable, un Christian Bale que ofrece un más que interesante John Connor y un Sam Worthington que, sin haberme entusiasmado tanto como parece haberlo hecho con la mayor parte de la crítica y buena parte del público, sí incorpora nivel al reparto. Con unas buenas palomitas y no demasiada exigencia, una buena película de verano. Pero qué nostalgia tiene uno de los dos primeros Terminators...