Mostrando entradas con la etiqueta Gemma Arterton. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gemma Arterton. Mostrar todas las entradas

lunes, octubre 07, 2013

'Runner Runner', corrección y caras conocidas

Viendo que Runner Runner está fundamentalmente ambientada en Puerto Rico, en un mundo de lujo y dinero, casi da la impresión de que los responsables y protagonistas de la película decidieron pasar allí unas vacaciones de diversión y fiesta y, de paso, rodar una película. No es que eso sea especialmente malo, porque Runner Runner acaba siendo un correcto entretenimiento que, eso sí, podría haber ido por derroteros más interesantes y menos convencionales, pero sí es verdad que acaba siendo una historia como otras muchas en la que aparecen varias caras conocidas, los rostros bonitos que luzcan en un cartel y atraigan espectadores a una sala de cine. Y es que el reclamo está ahí, en Justin Timberlake, en Ben Affleck y en menor medida, por una cuestión de tiempo en pantalla y porque su personaje es el menos explotado en el guión, en Gemma Arterton

Runner Runner se centra en el mundo del juego online y los ingentes beneficios que genera, y es esa parte la más atractiva de la película, la primera, aquella en la que expone la trama y presenta a los actores que, nunca mejor dicho, forman parte del juego. Y es la más atractiva porque además de fascinar la exposición que hace Brad Furman (El inocente) y lo bien que da en cámara siempre Justin Timberlake, independientemente de lo mejor o peor actor que luego resulte ser en cada película, es la que deja con ganas de más. Cuando luego la película deviene en la relación entre el experimentado hombre de negocios (Ben Affleck) y el chico que intenta progresar, se está intentando explotar una fórmula que ya es habitual desde Wall Street (Oliver Stone, 1987) y sin aportar demasiado más allá del carisma de sus actores y la ubicación exótica, algo que Hollywood ya ha venido empleando con mucha frecuencia en sus películas. ¿Entretiene? Sí. ¿Algo más? No.

Aún así, se agradece que Furman, aún dando un pequeño paso atrás después de El inocente, sepa cuándo acabar la película, sin necesidad de alagar tramas sin necesidad y ajustando su duración a unos agradecidos 90 minutos, auténtica razón de que el resultado final sea aceptable, porque permite quedarse con lo bueno sin necesidad de sufrir la película más allá de las dos horas que muchos directores suelen consumir. No es causalidad que el guión se centre en el mundo del juego, ya que está escrito por Brian Koppelman y David Levien, que debutaron con Rounders (¿es ésta una actualización en la era digital de aquella?) y son también autores de Ocean's Thirteen. Y la pena es que ese mundo se queda en segundo plano en la segunda parte del filme, cuando éste se convierte en el clásico thriller criminal, especialmente desde la aparición del agente del FBI de un Anthony Mackie menos amable que de costumbre.

Pero el problema en realidad de Runner Runner es que, a pesar de que ofrece un honesto entretenimiento, lo hace con soluciones fáciles. La excusa argumental de la película es fácil. Su final es fácil. Y algunos detalles de su desarrollo también lo son. Es verdad que hay carisma, y más que podría haber habido de haber mejorado el uso del personaje de una Gemma Arterton que siempre deja detalles interesantes (da la impresión de que tanto guionistas como directores tienen miedo de introducirla en un tópico triángulo amoroso y la fórmula escogida no sé hasta qué punto mejora su presencia), y que la historia arranca con bastante fuerza y con alguna escena muy bien planificada. Pero el conjunto decae hasta mezclarse en la retina cinéfila del espectador con otras películas similares. Ahora bien, para quien esté al tanto de las polémicas que se cuecen en Hollywood es una espléndida oportunidad para evaluar las posibilidades de Ben Affleck interpretando al Caballero Oscuro en la próxima Batman vs. Superman.

viernes, marzo 01, 2013

'Hansel y Gretel. Cazadores de brujas', un repetititvo y sin chispa más de lo mismo

Cuando uno se sienta a ver una película como Hansel y Gretel. Cazadores de brujas, sabe lo que va a ver. Corrijo, tendría que saber lo que va a ver, que parece lo mismo pero añade un matiz que ahora desarrollo. Ese conocimiento permite que no haya tomaduras de pelo posibles en cuanto a lo que propone el filme. Pero eso también admite valoraciones, y es ahí donde entra en juego ese matiz. Sabemos lo que vamos a ver, ¿pero es bueno? Esta Hansel y Gretel tiene que llevarse una valoración necesariamente negativa. Por poco original en su planteamiento (visto una y mil veces especialmente desde que en 2005 Terry Gilliam estrenara El secreto de los hermanos Grimm), por repetitiva en su desarrollo (¿cuántas veces vemos exactamente la misma pelea?), por la absoluta ausencia de diálogos certeros que acentúen la pretendida comicidad de su punto de partida y por lo descafeinado que resulta el producto final. Es más de lo mismo, pero sin la chispa necesaria como para enganchar y sin un guión que permite el disfrute mínimo exigible a una producción como ésta.

Cuando se emiten juicios severos acerca de películas como ésta, se suele responder que no engañan a nadie. Eso es cierto. De una determinada manera, no hay engaño posible. En esta película hay personajes de cuento, brujas, armas anacrónicamente inverosímiles, ropa de cuero, peleas, disparos, explosiones y sangre. No hay engaño, no. Pero eso se puede hacer mejor o peor. Y Hansel y Gretel se mete de lleno en la segunda categoría porque todo parte de un guión terriblemente simple en el que los personajes no ofrecen ningún ángulo interesante y, si lo tienen, los actores evidencian que no lo han necesitado para hacer su trabajo y han preferido centrarse en lo que más se ve, en su imagen y en sus peleas. Porque, y aquí está otro problema de base, la película la protagonizan, mejor ella que él, Jeremy Renner y Gemma Arterton como lo podrían haber hecho otros dos actores cualesquiera. Ni carisma, ni química, ni chispa. Sólo vestiduras de cuero negro, más señoriales en el caso de él y más ceñidas en el caso de ella, con detallitos que las hagan pasar por medievales. Lo mismo de siempre.

Y es lo mismo de siempre porque hay un punto de originalidad en el personaje de cuento que adquiere un foco más o menos adulto y gamberro. Lo hemos visto en la mencionada El secreto de los hermanos Grimm, en las distintas versiones de Blancanieves que llegaron el año pasado desde Hollywood, en Van Helsing (quizá la referencia más directa, aunque ésta tiene menos efectos por ordenador) o, aunque sea un personaje histórico y no de fábula, en Abraham Lincoln. Cazador de vampiros. Lo que sí es digno de alabar de Hansel y Gretel es que, consciente de que en realidad no tiene mucho que contar más allá de las batallitas y las peleas, la película se detiene en los 88 minutos, una vez que se ha resuelto el enfrentamiento entre los dos hermanos (que también podrían ser pareja o perfectos desconocidos) y la mala de turno, una bruja interpretada por Famke Janssen, sin duda la actriz más entregada al propósito de la película, con y sin maquillaje.

Tommy Wirkola, responsable de Zombis nazis, no presta demasiada atención al trabajo de los actores, demasiado preocupado en las escenas de acción que se acaban convirtiendo en la repetición una y otra vez de la misma pelea, en la que los dos protagonistas son siempre convenientemente apaleados pero sin consecuencias. En esas, a Wirkola, director y guionista de la película, se le olvida que es necesario dar algo de profundidad a su historia o a sus personajes, que no basta con unos maquillajes logrados, unas coreografías de lucha que habrían sido solventes de seguirse con mayor claridad (una vez más, pecado del cine de acción) o un escenario creíble. Y es que, ya en la labor directa del escritor y realizador, conviene hacer algo más que acumular papeles con alguna frase de guión, tan tópicos como el que le cae a la finlandesa Pihla Vitala (ojo a la reacción de Hansel en la última escena que comparten; lo dice todo sobre la profundidad dramática que quiere adquirir el filme) o al de vez en cuando estimulante Peter Stormare, que vienen a cumplir tópicos (machistas en el caso de ella, cómicos en el de él) pero no mucho más.

A Hansel y Gretel. Cazadores de brujas le falta sentido del humor para ser una película disfrutable dentro de su propuesta. Le falta un guión decente, algunas frases memorables más allá del chiste fácil. Le falta carisma en sus intérpretes y, sobre todo, le falta originalidad en el resultado final. Y es que, por mucho que parezca inevitable la sensación de que el estudio querrá hacer franquicia de este filme, no hay nada en él que no hayamos visto ya antes en alguna producción similar, nada que se quede en la memoria del espectador de una forma especial, nada que rompa estereotipos ya demasiado trillados en el cine de los últimos años. Ni siquiera dentro del tópico se puede decir que sea una película que funcione especialmente bien, aunque el hecho de ser lo que es, y de no pretender ser otra cosa, quizá haga que encuentre su público. Yo no creo estar entre él.

martes, septiembre 21, 2010

'The disappearence of Alice Creed', una pequeña sorpresa

No es fácil hacer una película con sólo tres personajes y dos escenarios. No es fácil mantener la tensión inicial de una película que busca precisamente eso, atrapar al espectador en una situación constante de tensión durante hora y media. Eso lo consigue The disappearence of Alice Creed, una pequeña sorpresa procedente del Reino Unido, un intensísimo thriller que se mueve con bastante acierto entre la delgada línea que separa la tolerable crudeza de lo insoportable y desagradable, para narrar un secuestro. Que sea el de una mujer a manos de dos hombres (ojo en todo caso a la sutileza del título una vez vista toda la película) no hace más que añadir, al principio, un peligro enorme de caer en el morbo facilón, pero el guión traza con habilidad un desarrollo a veces previsible (sobre todo en su resolución final), a veces inesperado (sobre todo a la hora de aportar información sobre los tres personajes de la función), pero siempre interesante.

La película no tiene fecha de estreno en España a pesar de que se proyectó en el Festival de Toronto en septiembre de 2009, se estrenó en Estados Unidos en abril y en casi toda Europa ya lo ha hecho también. Comienza con una formidable secuencia muda de cinco minutos. Muda de palabras. Los sonidos, la música, la brillante puesta en escena del debutante director J. Blakeson y las intensas interpretaciones del escocés Martin Compston (se le vio en The Damned United) y Eddie Marsan (Lestrade en el Sherlock Holmes de Guy Ritchie) bastan para hacernos una idea de lo que está sucediendo. Son cinco minutos formidables de puro cine, de esos que sientan las bases de una película obligando al espectador a querer más. Funcionan casi por sí solos, pero sobre todo como nexo de unión con la siguiente escena. Con ese ritmo acaban enlazándose todas las secuencias de la película, una especie de huida hacia adelante que, a pesar del riesgo de fractura, convence porque ningún eslabón falla, al menos no hasta el final.

En la segunda escena es donde entra en juego el tercer vértice de la película, Gemma Arterton. Viéndola como efímera chica Bond en Quantum of solace y como heroína de acción en Furia de Titanes o Prince of Persia, cabía preguntarse si había algo más detrás de una firme mirada y de un rostro atractivo. Lo hay. De hecho, es ella quien hace más hace por remontar el tono la película cuando se supera la sorpresa inicial y se empieza a acercar peligrosamente a los pantanosos terrenos de una historia ya vista. En parte puede serlo, pero The disappearence of Alice Creed acaba por lograr una personalidad propia durante buena parte de la hora y media que dura. Su mejor baza, en todo caso, es la más perecedera: los giros argumentales que va presentando. Por este motivo es posible que el segundo visionado de la película sea más anodino, y eso es un defecto seguramente de director novel, pero el primer acercamiento a esta historia conserva todo el interés de principio a fin. O casi hasta el fin, pues la resolución es sin duda lo más convencional que ofrece esta película.

Da gusto ver cómo evoluciona la película sin necesidad de tener toda la información posible. Da gusto que de vez en cuando el cine no lo da todo masticado y permita así al espectador rellenar mentalmente los huecos, ir desentrañando cómo se conocieron los dos secuestradores, por qué eligieron a su víctima, cuáles son sus planes, qué esconden los tres personajes. Ese ejercicio permite al espectador meterse de lleno en la película. Pero de lleno. Porque no sólo se trata de ir averiguando los porqués de lo que vemos, sino también preguntarnos qué haríamos en el lugar de cada uno de ellos. Eso es lo que propone el filme, ahí radica su fuerza y que sea sorprendente. Y en eso sale victorioso porque evita el juicio moral a lo que vamos viendo. La película no sentencia qué está bien o qué está mal, sino que plantea un mundo de tonalidades grises en el que no es fácil moverse.

Quizá su apariencia simple, su escasez de grandes piezas de acción (no las busquéis, no las hay, de hecho el momento del secuestro es una elipsis en la película) o la falta de conocidas estrellas en su reparto son las razones que se esconden detrás del no estreno de esta película en España, al menos por el momento. Y no es que sea la quintaesencia del género ni una película imprescindible. Pero tras esa fachada se esconde una espléndida tarjeta de presentación tanto para su director como para sus actores y un entretenidísimo thriller, rodado con buen gusto a pesar del truculento material que aborda y con un magnífico sentido cinematográfico. Bastante recomendable, más aún por el hecho de ser una película, por ahora, prácticamente desconocida en España.

martes, marzo 30, 2010

'Furia de titanes' y la lucha contra la nostalgia

No es fácil luchar contra la nostalgia. Furia de titanes representa una de esas películas de los años 80 que despertaron la imaginación de quien hoy es ya un treintañero. Es un título clave del cine fantástico de aquellos años, mucho más por ser la última gran contribución al cine del gran mago de los efectos especiales Ray Harryhausen que por la calidad que tuviera la película. Y, casi treinta años después, es difícil realizar una película con el mismo argumento que cautive de la misma forma a quien viera la original con ojos de niño. El remake dirigido por Louis Leterrier lucha contra ese poderoso enemigo, la nostalgia. Hay momentos en que sale ganando y hay otros en los que sale perdiendo. Y al final, deja una sensación contradictoria: es una entrenida oportunidad perdida. El grado de nostalgia que sienta cada espectador determinará si se queda con lo bueno o con lo malo.

¿Qué ofrece entonces esta revisión de Furia de titanes? Para empezar, eso, una revisión. Mucho ha cambiado la tecnología del cine en treinta años y es ahí donde está la principal novedad. El stop-motion que Harryhausen convirtió en sueños es ahora una reliquia del pasado. Hoy se impone para todo la tecnología digital y ahí el espectáculo cumple desde el principio. Podríamos discutir si nos gusta más la medusa o el kraken de Harryhausen o si preferimos estas obras por ordenador, pero al final la discusión sería en vano. La moderna Furia de titanes es lo que es, la antigua también. Ambas son igual de válidas y producto de sus respectivos tiempos (aunque la primera también fuera ya un canto a la nostalgia por los efectos especiales a los que recurrió). Hemos tenido tres décadas para disfrutar de la antigua y, sin duda, todos los que conozcamos ambas le vamos a dar más mérito y encanto a aquella. Pero sin el prisma de la comparación, siempre injusta, de esta Furia de titanes se puede disfrutar del mismo modo que de áquella.

Porque, seamos justos al menos en eso, Furia de titanes no era una película irreprochable. Tenía sus momentos buenos y otros no tan buenos, pero la nostalgia y los ojos de un niño contribuyen a embellecer las cosas. Hoy veremos este espectáculo mitológico que nos brinda Leterrier con una mirada mucho más crítica, y quizá eso nos haga olvidar que éste es un producto juvenil. Es un vehículo de acción pura y dura. No es que falle al intentar introducir más elementos que den profundidad a la historia o a los personajes, ni que trate de plasmar parábolas sociales o religiosas del mundo actual. No es eso. Es que Furia de titanes no aspira a eso, es un simple entretenimiento. Y entiéndase lo de simple sin ánimo de devaluarlo. Podríamos entrar a discutir si éste es el mejor cine posible, si el espíritu de serie B que desprende la historia se puede aplicar a una millonaria superproducción. Pero tampoco dejemos que eso nos amargue un buen rato en el cine, que es lo que ofrece.

Ese planteamiento para evaluar Furia de Titanes es válido siempre y cuando estemos hablando de un público familiarizado con el original, algo que no será muy frecuente entre la audiencia que busca este filme, producto ideal para un espectadores juveniles que seguramente desconocerán la cinta en que está basado. Ellos sí tendrán la posibilidad de vivir emociones parecidas a las que sentimos quienes en su día vimos el original y se sentirán muy cómodos en el entorno digital, con efectos especiales espectaculares y con las gafas de 3D (yo sigo sin ver este formato como algo revolucionario; aquí quizá se nota demasiado que la película no comenzó a rodarse en 3D, no es una apuesta de la propia película sino que se intenta aprovechar el tirón del éxito de Avatar). Para los nostálgicos, siempre nos quedará Zeus diciendo "libera al Kraken" o el guiño, inevitable y bonito, de darle un cameo a la lechuza de la película de los años 80.

La historia es la misma que en el original, aunque cambien pequeños detalles. Perseo, un semidios, ansía venganza contra Hades y para ello se embarca en una misión imposible que le lleve a averiguar cómo derrotar al kraken antes de que éste destruya Argos, una ciudad que ha decidido rebelarse ante los dioses y dejar de rendirles pleitesía. Sam Worthington, tras Terminator Salvation y Avatar, se consolida como el gran héroe de acción del Hollywood moderno, pero no gracias a sus limitadas cualidades interpretativas. Los platos fuertes del casting aparecen, como en el original, dando vida a los dioses. Liam Neeson recoge de Laurence Olivier el papel de Zeus. La película da la impresión de desaprovechar el Olimpo, y por eso quizás Neeson está mejor en sus escenas terrenales que cuando aparece disfrazado de Dios. Nadie ha sabido todavía capturar un aura poderosa mejor que lo que hizo Peter Jackson con Gandalf en la primera entraga de El Señor de los Anillos.

Ralph Fiennes ejerce de villano en esta función, dando vida a Hades. Muy rodeado de efectos digitales, lo cierto es que su interpretación se queda algo por debajo de su último gran villano, el Voldemort que apareció por primera vez en Harry Potter y el caliz de fuego y al que todavía se espera en todo su esplendor y la última y doble entrega de las aventuras del joven mago. Pero Fiennes siempre convence. Como muchos de los actores secundarios de la película, que pasan con facilidad del aprobado (más que interesante resulta el contraste entre el héroe al que da vida aquí Madds Mikelsen y el malvado Le Chiffre en Casino Royale). Gemma Arterton (que también forma parte de los mitos del último Bond, en Quantum of solace) pone la ya inevitable presencia femenina entre los héroes, y en algunos momentos se nota demasiado que es un añadido basado en encuestas de marketing.

Furia de Titanes tiene buenas escenas (la lucha contra los escorpiones, el vuelo de pegaso entre los tentáculos del kraken y las calles de Argos), otras no tan buenas (la escena entre Perseo e Io tras la segunda lucha contra un Calibos decepcionante), algunos añadidos positivos al original (la irrupción de Hades en Argos) y momentos en los que la clásica supera con creces al remake (la batalla contra Medusa). Pesa en su contra que el magnífico trailer, que a muchos nos disparó la ilusión por este filme, enseña en realidad demasiado. Pero es un producto atractivo para jóvenes y que a los algo más mayores, sea cual sea nuestra edad, nos traerá recuerdos de épocas pasadas. Un buen producto de entretenimiento, que podría haber sido mejor, sí, pero también peor. Leterrier baja en interés desde su interesante aproximación El increíble Hulk, pero seguro que encuentra un público al que atraerá su Furia de Titantes. Y eso es porque su producto es entretenido.