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jueves, enero 01, 2015

'The Imitation Game (Descifrando Enigma)', una mente maravillosa

Las aventuras de la mente no son fáciles de llevar a la gran pantalla, siendo uno de sus grandes riesgos que presenta este tipo de cine la dificultad de conectar empáticamente con una mente maravillosa tan por encima del común de los mortales. Ese el peligro del que sale mucho más que airoso The Imitation Game (Descifrando Enigma), la extraordinaria película con la que Morten Tyldum da el salto al cine anglosajón y que repasa la figura de Alan Turing, un matemático que acaba jugando un papel esencial en la lucha británica contra la Alemania nazi de Hitler desde posiciones muy alejadas del frente de guerra. The Imitation Game es así una película de guerra, una que busca un ángulo original y diferente, pero es al mismo tiempo un canto a la diversidad, un elogio de lo diferente, con una potente narrativa y un reparto espléndido encabezado por un Benedict Cumberbatch que da una nueva lección más de cómo meterse en la piel de un personaje y que le confirma como uno de los actores más versátiles y geniales del momento.

Es difícil encontrar fisuras a una película como The Imitation Game. Un tema apasionante, una figura central de poderoso atractivo emocional, una narración que mezcla tres momentos temporales, unos hechos históricos trascendentes (no sólo la Segunda Guerra Mundial como contexto, sino el reto que supone Enigma, el aparato de cifrado nazi al que hace referencia el subtítulo español), un guión complejo y sugerente, un envoltorio preciosista (imposible no destacar la portentosa banda sonora de ese absoluto genio que es Alexandre Desplat, un tipo que aún no ha ganado el Oscar por inverosímil que parezca) y un reparto compensado y que trabaja con un mimo apabullante. Quizá sea esto último lo que más llame la atención, en primer lugar por la clara pretensión publicitaria de que este sea el papel que dé a Cumberatch su primer Oscar (¡y su primera nominación, algo también difícil de asimilar!), y por la presencia de otros nombres conocidos, pero esto funciona porque, como todo en la película, está puesto al servicio de la historia.

La de Cumberbatch no es una interpretación histriónica o exagerada, sino que se adecua con una naturalidad impresionante al relato general y al retrato particular de este genio matemático. Sus angustias, miedos y problemas entran en el relato con la misma precisión que el cuadro histórico, una vibrante historia de científicos, militares y espías que va encontrando nuevos escenarios a medida que transcurre el filme. Y al final resulta difícil qué es más emocionante, si los instantes más intimistas o los avances en el cuadro más amplio, porque ambas mitades (que en el cuadro narrativo y temporal se convierten en tres partes, añadiendo un toque de genialidad añadido al filme) convergen en una de esas historias fascinantes que se apoyan en la palabra, en el gesto y en la mirada para que todo lo que sucede en la pantalla impresione, emocione y conmueva. Y en eso entra la gestualidad de Mark Strong, la presencia de Matthew Goode, la planta de Charles Dance o un encanto que no deja de crecer con los años en la no hace tanto menos llamativa Keira Knightley.

The Imitation Game es, aunque en un tono diferente, esa aventura de la mente que quiso hacer unos años Ron Howard con Russell Crowe y que se convirtió en Una mente maravillosa, una de las películas más sobrevaloradas de su generación, a pesar de unas interpretaciones soberbias. Aquí también hay un trabajo actoral sobresaliente y sin embargo la película va mucho más allá de lo que consiguió aquel filme que ganó el Oscar en la principal categoría, logrando una trascendencia remarcable en todos los aspectos que quiere tocar. Es, efectivamente, una espléndida película bélica que se desarrolla en despachos y laboratorios, también el retrato de un hombre torturado y asocial y esa mencionada apología de lo diferente. Son muchos los niveles que tiene la película, en su narración y como producto cinematográfico, y las debilidades son prácticamente inapreciables. Es una de las películas de 2014, aunque a España llegue para inaugurar 2015. Absolutamente recomendable.

viernes, agosto 01, 2014

'Begin Again', una película de la que enamorarse

Hay películas que no se pueden juzgar, que no se pueden quedar en un "me ha gustado", "me ha entretenido" o "me ha hecho pasar un buen rato". Hay películas en las que no basta con ver sus méritos cinematográficos, los derivados del trabajo de un grupo de profesionales de la narración audiovisual que han volcado meses de trabajo en un producto de unas dos horas que narra una historia de ficción. Hay películas, en definitiva, que te incitan a enamorarte de ellas. Begin Again es una de ellas. Quien esto suscribe cayó perdidamente enamorado de Begin Again ya en la primera secuencia, como un flechazo, pero también sintió ese amor llegando poco a poco, como ese que va madurando con alguien a quien ya conoces pero de quien cada día que pasa vas descubriendo algo nuevo. Decidme que no es algo maravilloso encontrar una película que despierte ese sentimiento, que te haga llorar y reír, que te enternezca que te ofrezca tantos puntos de vida, que respire autenticidad por los cuatro costados y que te haga ver lo bonito que es sentir ilusiones, tener sueños, vivir la música a través de las relaciones personales, compartir cosas con la gente. En una palabra, enamorarte.

En Begin Again todo está pensado para enamorar. La música, los personajes, la maravillosa forma en que se va tejiendo más que una historia un pedazo de vida, el delicado manejo del tiempo del director John Carney, el hecho de saltarse las normas de lo que cabía esperar de una película de estas características. Es una película que enamora, pero no es una comedia romántica. Y, sin embargo, te ríes y te emocionas con ella. Sientes con ella. Sientes la música en primer lugar, porque esta es la historia del momento en el que se cruzan las vidas de una escritora de canciones deprimida (Keira Knightley) y un productor musical cuya carrera está en el peor momento imaginable (Mark Ruffalo), de cómo entre ambos van construyendo un disco diferente por hermoso, por pegadizo, porque es imposible no sumarse a las canciones con todos los integrantes del grupo y porque esconde el mensaje más bonito de toda la película, el que obliga a compartir vivencias para sentirlas como algo único.

Hay en el tercio final una escena de una fiesta en la que los presentes juegan a intentar no bailar con una terriblemente pegadiza canción que hace sonar uno de ellos. Obviamente, es imposible resistirse. Lo mismo sucede con la película. Se puede pensar que hay algunos elementos tópicos, que los hay, pero es aplaudible que Carney los maneja de una forma diferente a la habitual. No es, hay que insistir en ello, una película tópica, y eso es algo digno de elogio porque había caminos sencillos para que lo fuera (empezando por la forma en que acaban muchas de las tramas). Pero opta por el complicado, por el de madurar ese cariño que despierta en el espectador a través de lo más difícil de construir en cualquier obra de ficción, los personajes. Keira Knightley nunca ha sido santo de mi devoción y, sí, el suyo aquí es un personaje del que cualquiera se podría enamorar. Mark Ruffalo es un actor sensacional, que aborda ese pedazo de vida que recoge la película con una naturalidad soberbia. Y Hailee Steinfeld es una chiquilla que, cuando tiene la oportunidad, no deja de crecer. Así con todo el reparto, con sus personajes, con sus vidas y con sus emociones.

Por eso, es brutal la forma en la que la protagonista usa las canciones para explicar cómo se siente, desde la primera canción que suena en la película, devastadora, hasta la que utiliza para hablar por teléfono con su novio, pasando por el significado de la que éste le hace escuchar a ella. Es hermoso ver a la hija del otro protagonista crecer como persona. Es increíble ese momento con el que arranca la película contado desde tres puntos de vista diferentes (que levante la mano quien pueda resistirse a la genialidad que esconde la forma en que lo ve el personaje de Ruffalo, el instante cinematográficamente más bonito de toda la cinta). Es maravilloso sentir la emoción que desprende cada canción que suena en el filme. Y por todo eso es tan inspirador el final de Begin Again, que transcurre a lo largo de los títulos de crédito y que es no sólo una metáfora preciosa de todo lo que ha venido contando la película sino también un grito de guerra para quien lo quiera escuchar. Claro que, bien pensando, todo lo anterior lo está diciendo una persona enamorada de la película. Quizá no sea objetivo. ¿Pero hace falta serlo cuando uno se enamora de una forma tan sincera?

miércoles, febrero 12, 2014

'Jack Ryan: Operación sombra', buenos elementos en una actualización discutible

El dilema de siempre. Jack Ryan: Operación sombra es una pasable y entretenida entrega de espías, aventura y acción, siempre que se perdonen algunas cosas, pero es una actualización discutible del personaje de las novelas de Tom Clancy en el que se basa, al que en la gran pantalla se pudo ver como debía ser en la película que interpretó Alec Baldwin (La caza del Octubre Rojo) y las dos de Harrison Ford (Juego de patriotas y Peligro inminente), incluso en algunos aspectos de la de Ben Affleck (Pánico nuclear). Pero este nuevo filme se aleja sin querer alejarse, compone un nuevo personaje en un mundo completamente distinto y de repente se quiere acordar de aquel en el que está basado. Esos dubitativos movimientos, unidos a enormes agujeros en el guión, son lo que hace discutible esta actualización de la saga, que busca con descaro una nueva audiencia, mucho más juvenil y tecnológica. Olvidando estas cuestiones, se pueden ver con más claridad los buenos elementos que esconde esta película, dirigida por un Kenneth Branagh definitivamente reciclado para este tipo de cine y que se convierte, como actor, en lo mejor del filme.

Antes de ir con Branagh es conveniente cerrar lo que supone el filme. Tan de moda como se han puesto las actualizaciones y reboots en Hollywood, exactamente eso es Jack Ryan: Operación sombra. Ahora bien, mejor olvidar el referente. No es la bourneización que se podía temer legítimamente, pero tampoco tenemos a ese agente que no quiere estar en el terreno y que prefiere la seguridad de su despacho. Y la película oscila entre los momentos en que quiere recordar precisamente eso (lo dice varias veces, los nervios traicionan su memoria y le tiemblan las manos después de su primer enfrentamiento serio) y aquellos en los que acaba siendo inverosímil esa propuesta (ya desde las dos escenas iniciales, pero sobre todo en el clímax, cuando Ryan se convierte en el agente total que sobrepasaría a cualquier de los más conocidos del cine, desde el mencionado Bourne hasta incluso James Bond). En ese sentido, la película merece algún que otro reproche, porque, adiestrado prácticamente en la Guerra Fría, no parece el más indicado para una historia ambientada en un mundo tecnológico y de redes sociales.

Sin embargo, si nos olvidamos de que el referente es Ryan, la película funciona relativamente bien casi durante todo su metraje como lo que tiene que ser, una película de espías con cierta inteligencia en su planteamientos (que no en la forma en que va encadenando escenas o acontecimientos; ojo al momento de la pintura en el clímax, bastante irrisorio), escenarios cambiantes (Moscú principalmente) y razonables dosis de tensión y acción. No siempre funciona así por una insistencia tópica del cine norteamericano, la introducción de un interés romántico que la historia no necesita, por mucho que acabe encontrándole un sentido, y cuya química no funciona. Chris Pine se sabe de memoria lo que implica el papel de héroe atribulado (y en reboots, como el de Star Trek) y cumple porque no necesita más. Pero Keira Knightley parece salida de otra película y culmina esta floja subtrama en la primera de las dos escenas del hotel, con una réplica lamentable. Al menos los responsables de la película saben cuándo dejar esa historia en su sitio y no molesta en los momentos que tienen que ser los más trascendentes. Algo es algo. Pero la penitencia, como la de los errores del guión, ya está pagada.

Llegamos a Kenneth Branagh, no sin antes reconocer que, también con los defectos de su personaje, es un gustazo ver a Kevin Costner de nuevo en la gran pantalla con cierta asiduidad. No queda mucho de aquel Branagh veinteañero que con sus películas shakespearianas llegó a ser comparado con Orson Welles. Hollwyood le ha tratado francamente mal desde entonces, minusvalorando sus capacidades como director y ahora ya confinado al cine espectáculo después de Thor. Es un director competente, muy interesante a ratos (y eso se ve en la sensacional escena de la cena que monta en la película, con tensión, una espléndida dirección de actores y un buen montaje). Pero de lo que siempre se ha olvidado casi todo el mundo es de lo gran actor que es Branagh. Aquí, sin duda, lo mejor de la película, como evidencia su primer cara a cara con Pine, espectacular a muchos niveles, aunque luego el guión rebaje algunos de los elementos ahí planteados. Branagh consigue sostener una película que hace no tantos años habría parecido imposible para él, y eso también dice mucho sobre él como director. Entretiene lo suficiente, aunque con reservas, y tiene momentos muy logrados. ¿Jack Ryan? Mejor recuperar La caza del Octubre Rojo para verle.

miércoles, marzo 20, 2013

'Anna Karenina', envoltorio lujoso, interior discutible

Anna Karenina marca un punto difícil de analizar en la filmografía de Joe Wright. Tras dos películas de época como Orgullo y prejuicio y Expiación, el director insiste en llevarnos siglos atrás, lo que marca un encasillamiento algo sorprendente del que, en realidad, pretende huir mediante el envoltorio. Lujoso en sus formas, en su vestuario y su dirección artística, como suele serlo casi siempre una película de época, pero muy sorprendente por el escenario teatral que escoge. Como apuesta, es tan arriesgada como valiente, y de haberse mantenido de principio a fin habría ofrecido algo diferente. Pero Wright parece darse cuenta de lo descabellado (adjetivo no necesariamente negativo aplicado al cine, normalmente tan inmovilista) de su propuesta y rompe sus propias reglas, cuando no repite los mismos trucos visuales. El envoltorio, en todo caso, destaca. El fondo, en cambio, cuesta más. Porque no se atisba la pasión que tiene que desprender una historia como la que escribió Tolstoi en 1877 y no encuentra un reflejo adecuado en un reparto que está lejos de conmover.

Durante la primera mitad de la película, Wright convence con sus elecciones, por atípicas que puedan parecer. Sitúa la acción en un escenario teatral sobre el que gira a conveniencia, por su patio de butacas, por sus tablas y entre bambalinas. Se mueve con acierto, disfruta haciendo así lo que mejor sabe, mover la cámara en planos largos y hermosos, cambiando las habituales transiciones del montaje (técnica que, por cierto, también aplica con muy buen criterio durante casi toda la película) por unos camios de escenario en cámara logrados y hermosos, y usa trucos visuales que dejan escenas tan magníficas y magnéticas como la del primer baile. Pero 130 minutos que dura se le hacen eternos para mantener su apuesta. Wright comienza a repetirse (como en la parálisis de la escena en torno a un personaje), a traicionarse (el teatro deja de ser el escenario a conveniencia), y su apuesta estilística pierde algo de fuerza. En cualquier caso, es la faceta visual, la puesta en escena y la forma de rodar de Wright lo mejor de una Anna Karenina que falla en lo que más fácilmente habría que dar por sentado: las emociones.

Quizá la película gane puntos a ojos del espectador que sepa admirar el trabajo de Keira Knightley. Es obvio que un filme como éste basa el nivel de éxito en la credibilidad que ofrezca su protagonista principal. Knightley, con la que Wright trabaja por tercera vez, no me parece la actriz adecuada, no creo que haya sabido entender el personaje y creo que multiplica las facetas de su personalidad hasta el punto de parecer inverosímil. Y eso, obviamente, minimiza el impacto emocional de la película, convierte en imposible de creer tanto su matrimonio con Alexei Karenin (un contenido Jude Law) y, sobre todo, su relación extramatrimonial con Alexei Vronski (un soso Aaron Taylor-Johnson), que sólo desprende magia en la ya mencionada escena del primer baile, aunque ahí quizá haya que agradecérselo a la puesta en escena y no al trabajo interpretativo. Y fallando lo emocional, es difícil no ver Anna Karenina como un paso atrás de Wright tras Expìación, donde sí conseguía que los sentimientos destacaran incluso aunque su pericia como director visual quedara algo por encima.

A Wright se le escapa entre los dedos la posibilidad de cerrar una película atractiva cuando su reparto pierde el duelo con las facetas más técnicas y visuales de Anna Karenina y cuando no se atreve a llevar su apuesta formal hasta el final. Hay en lo primero motivos más que suficientes para apreciar la película, pero la ausencia de alma lleva a que la historia sea en ocasiones incluso aburrida, bastante inconexa y poco conseguida en sus enormes elipsis temporales. Al final, su duración se antoja excesiva para lo que acaba contando pero deja la sensación de que habría mejorado siendo más larga. Y entre tantas contradicciones el resultado no puede ser todo lo satisfactorio que podría haber sido, por mucho que su fotografía, su montaje, su diseño de producción y su vestuario (que ganó el Oscar superando a Los miserables) sí puedan alcanzar notas entre notables y sobresalientes. Porque, por bonito que sea el envoltorio, hay historias que exigen mucho más. Y Anna Karenina es, indudablemente, una de ellas.

lunes, junio 27, 2011

'Sólo una noche', más debate que resultados

Que una película genere debate no hace necesariamente de ésta un producto de gran calidad. Sólo una noche es un filme pensado para provocar conversaciones, para contrastar puntos de vista, para decidir qué haríamos cada uno de nosotros en la situación de los cuatro personajes protagonistas. Cine no hay tanto, a pesar de los nobles esfuerzos de Massy Tadjedin, en su debut como directora, de conseguir algo más o menos diferente. A ratos lo logra, pero no lo los suficientes como para que el peso cinéfilo sea mayor que el de la moral en el poso que deja Sólo una noche tras su visionado. Se echa en falta química en el reparto, y quizá con otros nombres, igual menos de moda que los escogidos (todo sea por la taquilla) pero con mucha mayor capacidad interpretativa, el resultado podría haber sido otro. En cualquier caso, que una película dé pie a conversación después de vista, y no sólo sobre su calidad como producto artístico, también es algo de agradecer. Y eso sí lo consigue con mucha facilidad Sólo una noche.

La premisa es sencilla. Tenemos un joven matrimonio, formado por Joanna (Keira Knightley) y Michael (Sam Worthington). Él tiene una atractiva compañera de trabajo, Laura (Eva Mendes), de la que no le ha hablado nunca a su esposa y con la que se va de viaje de negocios. Ella tiene un antiguo amante, Alex (Guillaume Canet), del que su marido no ha escuchado hablar ni antes de casarse ni ahora que, casualmente, se encuentra en Nueva York. Así se desata un juego de seducción, celos y mentiras que se convierte en un elaborado, aunque algo maniqueo, tratado sobre la infidelidad. ¿Qué es infidelidad? ¿Qué la provoca? ¿Es asumible en un matrimonio? Todo son preguntas que plantea Massy Tadjedin en su primera película como directora, basándose en un guión escrito por ella misma. Muchas preguntas y tantas respuestas como espectadores, porque la película no sentencia, no juzga, no dicta una moral establecida o predilecta. Ofrece información y deja que quien quiera acercarse a Sólo una noche (no del todo adecuada traducción para España de Last night) saque sus propias conclusiones.

Y es ahí donde seguramente se producirán las discrepancias a la hora de evaluar la película, condicionado cada uno por el juicio que haga de los personajes. A mí ninguno de los cuatro personajes protagonistas supo generarme empatía. Puedo ver las situaciones a través de su mirada, pero no compartirla hace mucho. Y casi ninguno de los actores me genera la suficiente confianza o comprensión como para meterme tanto en la película. Quizá esté ahí el freno de la película. Lo cierto es que tres de ellos son actores de moda, y de ahí que consigan con facilidad papeles como éstos, seguramente pensando sus responsables que poner su nombre en el cartel pueda dar algo de dinero. Keira Knightley tiene un halo de buena actriz que no termino de comprender, nunca ha conseguido conmoverme ni emocionarme y, por desgracia, Sólo una noche no marca una diferencia en esa percepción. Sam Worthington y Eva Mendes son más maniquíes que actores, y cumplen con ese rol a la perfección. Y, sin duda, el mejor actor de la película es el menos conocido, el francés Guillaume Canet, el que mejor consigue plasmar los matices necesarios para su personaje.

Por eso, por el trabajo de Canet, es rápidamente la relación entre Alex y Joanna la que se convierte en motor de la película, cuando el comienzo apuntaba a todo lo contrario, que sería la de Michael y Laura (o, incluso, y desde una óptica más tradicional, podría haber sido la de Michael y Joanna). Es Canet, y en realidad sólo él, quien destila sinceridad en sus gestos, en sus miradas, en sus sonrisas y lo demás parece orquestado a su alrededor, cuando no tendría que ser así. Lástima, porque había más potencial en el guión. No tanto por una originalidad que esta historia no tiene, pero sí por las preguntas que podría haber dejado sobre la mesa con una mayor sutileza en su escritura y, también y quizá por encima de todo, en la interpretación de los actores. Todo queda meridianamente claro al cuarto de hora de película y, no deja de ser curioso, es ese cuarto de hora inicial lo mejor de Sólo una noche. El esbozo del juego de traiciones atrae más que las traiciones en sí mismas, tanto por el libreto como por la realización de Tadjedin (brillante juego temporal el que establece en el montaje del arranque del filme).

La insistente música a piano de Clint Mansell da fuerza al arranque de la película, pero su calidad se diluye de ahí en adelante en repeticiones de notas y recursos. El buen montaje de la película queda descompensado por el mayor peso dramático y empático de una de las historias (insisto, la de Alex y Joanna, que es la que ofrece las mejores secuencias, y es la única en que se ve la química necesaria, entre actores y entre personajes, para entender la relación entre los dos miembros de la pareja). Y, al final, lo que deja Sólo una noche por encima de todo es un enorme abanico de temas acerca de la infidelidad (¿o es sobre la felicidad en el amor?) para su discusión. ¿Suficiente? Probablemente no, porque la película deja un mayor disfrute después de verla que durante ese visionado. Lo que habría dado yo por ver este mismo filme con otros actores, lo que habría dado porque algunas de las viejas glorias de Hollywood no envejecieran ni murieran nunca.

jueves, febrero 07, 2008

Brillante y emocionante 'Expiación'


¡Qué gozada disfrutar con una película de la que uno no espera demasiado, sorprenderse en el cine con un título que ofrece algunos de los mejores momentos del año, descubrir todavía hoy formas de narrar! Eso es lo que me ha pasado con Expiación. Lo admito. Tenía ciertas reservas por el tipo de historia que es y que en el cine me suele parecer preciosista pero aburrida. Quizá el referente más claro sea El paciente inglés, que me provocó precisamente eso, cierto aburrimiento sin desmerecer sus logros visuales. Pero la sorpresa con Expiación ha sido grata, muy grata, por bastantes motivos. En la historia no me voy a meter demasiado para no correr el riesgo de desvelar aspectos fundamentales de la película, pero aún así hay muchas cosas que se pueden comentar de esta historia de amor apasionado que transcurre en la Inglaterra de los años 30 y 40, en el seno de una familia adinerada.

La primera mitad de la película es sencillamente brillante. Joe Wright, director que debutó con Orgullo y prejuicio, demuestra un espectacular dominio de la cámara, del tiempo cinematográfico, de la elipsis, del montaje y de la narración. Es impresionante ver cómo hace encajar una doble narración de los mismos hechos, desde dos puntos de vista tan diversos como imprescindibles para entender las motivaciones de la historia. Se respirá la tensión, la pasión y hasta el drama en cada una de las secuencias. Algunas parecen triviales, pero poco a poco el espectador va descubriendo que cada detalle cuenta, sobre todo los más pequeños. Muy impresionante para un director casi novel y un escándalo que su nombre no sea uno de los cinco nominados al Oscar, a pesar de las siete candidaturas de su película.

El segundo acto tiene un bajón de ritmo y de interés bastante severo. Pero es breve. Porque de repente, sin avisar, casi sin darnos cuenta, nos deja una joya como hace mucho tiempo que no se veía, un plano secuencia maravilloso, sobrecogedor, brillante e inolvidable. De esos que hacen que un escalofrío te recorra la espalda ante tanta belleza. Describirlo con palabras sería indecente. Es para verlo y recordarlo para siempre. El tercer acto recupera el pulso narrativo con mucha fuerza y la película desemboca en un final maravilloso y precioso, coronado con un epílogo sencillamente precioso. Y así uno sale de la sala pensando que ha visto una película brillante y emocionante, algo no tan frecuente como pueda parecer.

El reparto es británico en su totalidad y eso hace que muchas de las caras no sean excesivamente conocidas. Sí es perfectamente reconocible una Keira Knightley que, pese a todo lo bueno que se diga y escriba sobre ella, sigue sin decirme gran cosa. En conjunto, los actores están correctos, como suele suceder con un reparto británico, pero no inolvidables. Salí de la película pensando que nadie desprende el carisma de Clark Gable o Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó, de Humphrey Bogart o Ingrid Bergman en Casablanca. Esa es la fuerza que al final le falta a la película. Clase, lo que se dice clase, no hay en Expiación hasta el final, cuando Vanessa Redgrave hace una pequeña pero imprescindible aparición en la película.

Y hay un detalle más absolutamente imprescindible en Expiación: la música de Dario Marianelli. Absolutamente perfecta. Desde el juguetón comienzo con una máquina de escribir como instrumento hasta las notas más trágicas. Una absoluta obra maestra musical, integrada en la película y a su servicio con una perfección que hacía tiempo que no veía. Descubrí a Marianelli en V de Vendetta. Después he escuchado sus trabajos en Orgullo y prejuicio, Los hermanos Grimm y La extraña que hay en ti, pero no he visto esas películas, así que el juicio no puede ser completo. Y me apunto el nombre de Marianelli para el futuro. Nominado al Oscar por esta película, tengo la sensación de que Alberto Iglesias no va a tener muchas opciones ante esta espectacular partitura.

Antes de ir a verla, no pensaba yo que recomendaría Expiación con tanto entusiasmo, no... Pero es una de las películas imprescindibles del año. Sin duda.