jueves, enero 01, 2015
'The Imitation Game (Descifrando Enigma)', una mente maravillosa
viernes, agosto 01, 2014
'Begin Again', una película de la que enamorarse
miércoles, febrero 12, 2014
'Jack Ryan: Operación sombra', buenos elementos en una actualización discutible
miércoles, marzo 20, 2013
'Anna Karenina', envoltorio lujoso, interior discutible
Durante la primera mitad de la película, Wright convence con sus elecciones, por atípicas que puedan parecer. Sitúa la acción en un escenario teatral sobre el que gira a conveniencia, por su patio de butacas, por sus tablas y entre bambalinas. Se mueve con acierto, disfruta haciendo así lo que mejor sabe, mover la cámara en planos largos y hermosos, cambiando las habituales transiciones del montaje (técnica que, por cierto, también aplica con muy buen criterio durante casi toda la película) por unos camios de escenario en cámara logrados y hermosos, y usa trucos visuales que dejan escenas tan magníficas y magnéticas como la del primer baile. Pero 130 minutos que dura se le hacen eternos para mantener su apuesta. Wright comienza a repetirse (como en la parálisis de la escena en torno a un personaje), a traicionarse (el teatro deja de ser el escenario a conveniencia), y su apuesta estilística pierde algo de fuerza. En cualquier caso, es la faceta visual, la puesta en escena y la forma de rodar de Wright lo mejor de una Anna Karenina que falla en lo que más fácilmente habría que dar por sentado: las emociones.
Quizá la película gane puntos a ojos del espectador que sepa admirar el trabajo de Keira Knightley. Es obvio que un filme como éste basa el nivel de éxito en la credibilidad que ofrezca su protagonista principal. Knightley, con la que Wright trabaja por tercera vez, no me parece la actriz adecuada, no creo que haya sabido entender el personaje y creo que multiplica las facetas de su personalidad hasta el punto de parecer inverosímil. Y eso, obviamente, minimiza el impacto emocional de la película, convierte en imposible de creer tanto su matrimonio con Alexei Karenin (un contenido Jude Law) y, sobre todo, su relación extramatrimonial con Alexei Vronski (un soso Aaron Taylor-Johnson), que sólo desprende magia en la ya mencionada escena del primer baile, aunque ahí quizá haya que agradecérselo a la puesta en escena y no al trabajo interpretativo. Y fallando lo emocional, es difícil no ver Anna Karenina como un paso atrás de Wright tras Expìación, donde sí conseguía que los sentimientos destacaran incluso aunque su pericia como director visual quedara algo por encima.
A Wright se le escapa entre los dedos la posibilidad de cerrar una película atractiva cuando su reparto pierde el duelo con las facetas más técnicas y visuales de Anna Karenina y cuando no se atreve a llevar su apuesta formal hasta el final. Hay en lo primero motivos más que suficientes para apreciar la película, pero la ausencia de alma lleva a que la historia sea en ocasiones incluso aburrida, bastante inconexa y poco conseguida en sus enormes elipsis temporales. Al final, su duración se antoja excesiva para lo que acaba contando pero deja la sensación de que habría mejorado siendo más larga. Y entre tantas contradicciones el resultado no puede ser todo lo satisfactorio que podría haber sido, por mucho que su fotografía, su montaje, su diseño de producción y su vestuario (que ganó el Oscar superando a Los miserables) sí puedan alcanzar notas entre notables y sobresalientes. Porque, por bonito que sea el envoltorio, hay historias que exigen mucho más. Y Anna Karenina es, indudablemente, una de ellas.
lunes, junio 27, 2011
'Sólo una noche', más debate que resultados
Que una película genere debate no hace necesariamente de ésta un producto de gran calidad. Sólo una noche es un filme pensado para provocar conversaciones, para contrastar puntos de vista, para decidir qué haríamos cada uno de nosotros en la situación de los cuatro personajes protagonistas. Cine no hay tanto, a pesar de los nobles esfuerzos de Massy Tadjedin, en su debut como directora, de conseguir algo más o menos diferente. A ratos lo logra, pero no lo los suficientes como para que el peso cinéfilo sea mayor que el de la moral en el poso que deja Sólo una noche tras su visionado. Se echa en falta química en el reparto, y quizá con otros nombres, igual menos de moda que los escogidos (todo sea por la taquilla) pero con mucha mayor capacidad interpretativa, el resultado podría haber sido otro. En cualquier caso, que una película dé pie a conversación después de vista, y no sólo sobre su calidad como producto artístico, también es algo de agradecer. Y eso sí lo consigue con mucha facilidad Sólo una noche.La premisa es sencilla. Tenemos un joven matrimonio, formado por Joanna (Keira Knightley) y Michael (Sam Worthington). Él tiene una atractiva compañera de trabajo, Laura (Eva Mendes), de la que no le ha hablado nunca a su esposa y con la que se va de viaje de negocios. Ella tiene un antiguo amante, Alex (Guillaume Canet), del que su marido no ha escuchado hablar ni antes de casarse ni ahora que, casualmente, se encuentra en Nueva York. Así se desata un juego de seducción, celos y mentiras que se convierte en un elaborado, aunque algo maniqueo, tratado sobre la infidelidad. ¿Qué es infidelidad? ¿Qué la provoca? ¿Es asumible en un matrimonio? Todo son preguntas que plantea Massy Tadjedin en su primera película como directora, basándose en un guión escrito por ella misma. Muchas preguntas y tantas respuestas como espectadores, porque la película no sentencia, no juzga, no dicta una moral establecida o predilecta. Ofrece información y deja que quien quiera acercarse a Sólo una noche (no del todo adecuada traducción para España de Last night) saque sus propias conclusiones.
Y es ahí donde seguramente se producirán las discrepancias a la hora de evaluar la película, condicionado cada uno por el juicio que haga de los personajes. A mí ninguno de los cuatro personajes protagonistas supo generarme empatía. Puedo ver las situaciones a través de su mirada, pero no compartirla hace mucho. Y casi ninguno de los actores me genera la suficiente confianza o comprensión como para meterme tanto en la película. Quizá esté ahí el freno de la película. Lo cierto es que tres de ellos son actores de moda, y de ahí que consigan con facilidad papeles como éstos, seguramente pensando sus responsables que poner su nombre en el cartel pueda dar algo de dinero. Keira Knightley tiene un halo de buena actriz que no termino de comprender, nunca ha conseguido conmoverme ni emocionarme y, por desgracia, Sólo una noche no marca una diferencia en esa percepción. Sam Worthington y Eva Mendes son más maniquíes que actores, y cumplen con ese rol a la perfección. Y, sin duda, el mejor actor de la película es el menos conocido, el francés Guillaume Canet, el que mejor consigue plasmar los matices necesarios para su personaje.
Por eso, por el trabajo de Canet, es rápidamente la relación entre Alex y Joanna la que se convierte en motor de la película, cuando el comienzo apuntaba a todo lo contrario, que sería la de Michael y Laura (o, incluso, y desde una óptica más tradicional, podría haber sido la de Michael y Joanna). Es Canet, y en realidad sólo él, quien destila sinceridad en sus gestos, en sus miradas, en sus sonrisas y lo demás parece orquestado a su alrededor, cuando no tendría que ser así. Lástima, porque había más potencial en el guión. No tanto por una originalidad que esta historia no tiene, pero sí por las preguntas que podría haber dejado sobre la mesa con una mayor sutileza en su escritura y, también y quizá por encima de todo, en la interpretación de los actores. Todo queda meridianamente claro al cuarto de hora de película y, no deja de ser curioso, es ese cuarto de hora inicial lo mejor de Sólo una noche. El esbozo del juego de traiciones atrae más que las traiciones en sí mismas, tanto por el libreto como por la realización de Tadjedin (brillante juego temporal el que establece en el montaje del arranque del filme).
La insistente música a piano de Clint Mansell da fuerza al arranque de la película, pero su calidad se diluye de ahí en adelante en repeticiones de notas y recursos. El buen montaje de la película queda descompensado por el mayor peso dramático y empático de una de las historias (insisto, la de Alex y Joanna, que es la que ofrece las mejores secuencias, y es la única en que se ve la química necesaria, entre actores y entre personajes, para entender la relación entre los dos miembros de la pareja). Y, al final, lo que deja Sólo una noche por encima de todo es un enorme abanico de temas acerca de la infidelidad (¿o es sobre la felicidad en el amor?) para su discusión. ¿Suficiente? Probablemente no, porque la película deja un mayor disfrute después de verla que durante ese visionado. Lo que habría dado yo por ver este mismo filme con otros actores, lo que habría dado porque algunas de las viejas glorias de Hollywood no envejecieran ni murieran nunca.
jueves, febrero 07, 2008
Brillante y emocionante 'Expiación'

¡Qué gozada disfrutar con una película de la que uno no espera demasiado, sorprenderse en el cine con un título que ofrece algunos de los mejores momentos del año, descubrir todavía hoy formas de narrar! Eso es lo que me ha pasado con Expiación. Lo admito. Tenía ciertas reservas por el tipo de historia que es y que en el cine me suele parecer preciosista pero aburrida. Quizá el referente más claro sea El paciente inglés, que me provocó precisamente eso, cierto aburrimiento sin desmerecer sus logros visuales. Pero la sorpresa con Expiación ha sido grata, muy grata, por bastantes motivos. En la historia no me voy a meter demasiado para no correr el riesgo de desvelar aspectos fundamentales de la película, pero aún así hay muchas cosas que se pueden comentar de esta historia de amor apasionado que transcurre en la Inglaterra de los años 30 y 40, en el seno de una familia adinerada.
La primera mitad de la película es sencillamente brillante. Joe Wright, director que debutó con Orgullo y prejuicio, demuestra un espectacular dominio de la cámara, del tiempo cinematográfico, de la elipsis, del montaje y de la narración. Es impresionante ver cómo hace encajar una doble narración de los mismos hechos, desde dos puntos de vista tan diversos como imprescindibles para entender las motivaciones de la historia. Se respirá la tensión, la pasión y hasta el drama en cada una de las secuencias. Algunas parecen triviales, pero poco a poco el espectador va descubriendo que cada detalle cuenta, sobre todo los más pequeños. Muy impresionante para un director casi novel y un escándalo que su nombre no sea uno de los cinco nominados al Oscar, a pesar de las siete candidaturas de su película.
El segundo acto tiene un bajón de ritmo y de interés bastante severo. Pero es breve. Porque de repente, sin avisar, casi sin darnos cuenta, nos deja una joya como hace mucho tiempo que no se veía, un plano secuencia maravilloso, sobrecogedor, brillante e inolvidable. De esos que hacen que un escalofrío te recorra la espalda ante tanta belleza. Describirlo con palabras sería indecente. Es para verlo y recordarlo para siempre. El tercer acto recupera el pulso narrativo con mucha fuerza y la película desemboca en un final maravilloso y precioso, coronado con un epílogo sencillamente precioso. Y así uno sale de la sala pensando que ha visto una película brillante y emocionante, algo no tan frecuente como pueda parecer.
El reparto es británico en su totalidad y eso hace que muchas de las caras no sean excesivamente conocidas. Sí es perfectamente reconocible una Keira Knightley que, pese a todo lo bueno que se diga y escriba sobre ella, sigue sin decirme gran cosa. En conjunto, los actores están correctos, como suele suceder con un reparto británico, pero no inolvidables. Salí de la película pensando que nadie desprende el carisma de Clark Gable o Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó, de Humphrey Bogart o Ingrid Bergman en Casablanca. Esa es la fuerza que al final le falta a la película. Clase, lo que se dice clase, no hay en Expiación hasta el final, cuando Vanessa Redgrave hace una pequeña pero imprescindible aparición en la película.
Y hay un detalle más absolutamente imprescindible en Expiación: la música de Dario Marianelli. Absolutamente perfecta. Desde el juguetón comienzo con una máquina de escribir como instrumento hasta las notas más trágicas. Una absoluta obra maestra musical, integrada en la película y a su servicio con una perfección que hacía tiempo que no veía. Descubrí a Marianelli en V de Vendetta. Después he escuchado sus trabajos en Orgullo y prejuicio, Los hermanos Grimm y La extraña que hay en ti, pero no he visto esas películas, así que el juicio no puede ser completo. Y me apunto el nombre de Marianelli para el futuro. Nominado al Oscar por esta película, tengo la sensación de que Alberto Iglesias no va a tener muchas opciones ante esta espectacular partitura.
Antes de ir a verla, no pensaba yo que recomendaría Expiación con tanto entusiasmo, no... Pero es una de las películas imprescindibles del año. Sin duda.



