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viernes, febrero 27, 2015

'Kingsman. Servicio secreto', espías frenéticos

Matthew Vaughnn parece haberle cogido gusto a las adaptaciones de cómics, que son ya sin ningún disimulo la base sustancial de su carrera como director. Stardust era un cuento infantil de Neil Gaiman, no propiamente un cómic, pero puede acomodarse como el primer paso, una imaginativo y divertido. Después llegó Kick-Ass, una probablemente sobrevalorada y violenta historia. Luego hizo X-Men. Primera generación, revitalizando la franquicia de los mutantes de Marvel de una forma innovadora y más que correcta. Y ahora llega Kingsman. Servicio secreto, que adapta The Secret Service, un tebeo de Mark Millar y Dave Gibbons con el que, no tiene demasiado parecido. Algunas situaciones, algunas escenas, unos pocos diálogos y algo de la trama principal, pero hay que ver al filme y al cómic como dos unidades completamente diferentes. La de Vaughnn es una película que encaja más con Kick-Ass que con el resto de su filmografía, que apuesta por la espectacularidad, la irrealidad y la violencia, y que  funciona bastante bien.

Conociendo su procedencia del tebeo, la adaptación causa bastante perplejidad porque supone una revisión absoluta de los planteamientos, la base, la historia, los personajes e incluso el tono del cómic. Pero al margen de las enormes diferencias entre uno y otro, el filme de Vaughnn funciona bastante bien. Y va mejorando según pasan los minutos. Es verdad que hay muchos elementos mil veces vistos, partiendo por la situación de base, la de un joven habilidoso que acaba convirtiéndose en el héroe gracias a un maravilloso mentor, o el concepto de la agencia de espías supersecreta, o incluso la parte en la que un grupo de chavales reciben formación para ser los espías del mañana. Todo eso ya lo hemos visto. Pero Vaughnn le da un toque simpático, a medio camino entre los conceptos más clásicos del género y su particular forma de entender el cine (de los que son exponentes los dos protagonistas, el espía consagrado y el joven dispuesto a comerse el mundo) y, sobre todo, la violencia en la pantalla.

Sobre todo por este último aspecto, es fácil ver la conexión entre Kick-Ass y Kingsman. Vaughnn disfruta con las escenas desmadradas, con las peleas imposibles, con las cámaras lentas y con los movimientos exagerados, sean de sus personajes o de la cámara, y de todo eso hay buenas muestras en este filme. De hecho, eso es casi lo que mejor funciona en el buen conjunto que ensambla, sobre todo en una media hora final brillantemente calculada, divertida, emocionante e intensa. Y aunque le falte sensibilidad y en algunos momentos suene a cierto trabajo de estudio de mercado, el reparto también ayuda, porque los personajes son carismáticos y atractivos, una atractiva revisión del espía clásico y del héroe juvenil más moderno. Colin Firth y Taron Egerton encajan bastante bien en sus papeles y en la dinámica mentor-protegido que se establece entre ellos desde el principio. Que junto a ellos estén un desmadrado Samuel L. Jackson, Mark Strong o Michael Caine no hace más que dar caché a la película.

En realidad, Vaughnn domina el entretenimiento bastante bien. Queda la sensación de que le falta cierto autocontrol en los momentos más desbocados, pero hay que reconocerle que hace funcionar la historia. En esa media hora final incluso quedan perdonados todos los excesos anteriores o las descomunales libertades que se ha tomado en la adaptación del tebeo de Millar y Gibbons (aterra imaginarse la reacción que podría haberse producido si The Secret Service tuviera la legión de aficionados de otras sagas juveniles literarios y cinematográficas), cuestiones que en realidad nunca parecen ajenas a la película que propone Vaughnn. Y es que, para bien o para mal, y aquí es generalmente para bien, este es su cine, uno en el que la realidad importa poco, en el que lo importante es pasárselo bien a un lado y a otro de la pantalla y en el que la ingeniería visual tiene que ser lo más irreal posible para que la violencia encaje en ese concepto de la diversión de acción que tanto le gusta a su director. Pero Kingsman entretener, entretiene. Y mucho.

viernes, febrero 13, 2015

'No confíes en nadie', bien interpretado thriller de sobremesa

Es difícil evitar la sensación de que No confíes en nadie no deja de ser un thriller de sobremesa con tres espléndidos actores encabezando el cartel. Su título en español, de hecho, alejadísimo en todo del original Before I Go to Sleep, lleva a ese referente. Y el caso es que hay buenas ideas en la película de de Rowan Joffe, sobre todo las que le sirven para exponer la trama de esta mujer que se despierta cada día sin recordar absolutamente nada de su vida presente como consecuencia de las lesiones sufridas en un accidente, pero la segunda mitad del filme va confirmando los agujeros en la trama (en realidad, la misma película parte de un escenario enormemente innecesario) y que no esconde demasiados elementos sorprendentes e innovadores. Funciona bien gracias a su lograda atmósfera de thriller psicológico, no aburre en ningún momento e incluso captura con acierto al espectador durante buena parte del metraje, pero sin su reparto probablemente sería una película mucho menos apreciable.

Los terrenos de la mente siempre son sugerentes para el cine. No confíes en nadie sabe interpretar las ventajas que le da ese escenario y aprovecha a sus actores para sacar partido de la trama. Nicole Kidman convence como la mujer amnésica que cada día tiene que enfrentarse a una vida que no reconoce, Colin Firth aporta matices interesantes a ese marido que día tras día tiene que explicarle a la mujer que duerme a su lado que es su esposa aunque no lo recuerde y Mark Strong aporta una muy agradecida calma en su papel de médico dispuesto a llegar al final para encontrar una cura al problema de su paciente. Cuando juega por ahí, No confíes en nadie es una película atractiva, bien rodada y montada, que genera la tensión necesaria para que ningún espectador se despegue de la historia. Pero si bien en este terreno la película funciona, no lo hace en cuanto se rinde a lo mundano, a lo cotidiano, a lo usual, porque eso es lo que desvela las trampas y los agujeros de la película.

Por supuesto, nada de eso se puede discutir en una crítica que no quiera hacer spoilers, pero sí se puede decir que hay demasiados elementos difíciles de creer que conforman un castillo de naipes que sólo se puede creer si no se sopla para derribarlo. Es decir, la película exige una credulidad excesiva por parte del espectador, desde la misma premisa hasta muchos de los detalles sobre las que Joffe construye el filme, del que también es guionista, hasta los detalles más pequeños, como la estratégica colocación física de los elementos que le van a ser útiles en algunas escenas. Si no se hunde, además de por la habilidad atmosférica de Joffe, es precisamente por la categoría del reparto. Ellos rellenan en muchas ocasiones los agujeros del guión para que el interés siga ahí, en realidad, hasta el largo epílogo de la película, quizás algo innecesario y todo un golpe al tono que iba llevando la cinta hasta ese momento.

De esta manera, No confíes en nadie es un thriller psicológico correcto, que no aprovecha del todo las numerosas e interesantes ramificaciones que plantea al problema de memoria que sufre la protagonista, pero es lo suficientemente satisfactorio por ese lado como para aunar una cierta originalidad (aunque los referentes de Joffe son inagotables) y una suficiente solvencia para que no se haga demasiado largo. Sin pensar demasiado en el detalle, incluso puede pasar por una película algo mejor de lo que es, sus trampas se pueden esquivar con más facilidad y las concesiones a lo convencional resultar algo menos molestas. Pero siempre y cuando quede claro que son los actores, Kidman, Firth (que, por cierto, coinciden de nuevo muy poco después de haber estrenado Un largo viaje) y Strong los que sostienen buena parte de lo que se nos cuenta. Ellos convencen mucho más que el conjunto de la película.

jueves, enero 01, 2015

'The Imitation Game (Descifrando Enigma)', una mente maravillosa

Las aventuras de la mente no son fáciles de llevar a la gran pantalla, siendo uno de sus grandes riesgos que presenta este tipo de cine la dificultad de conectar empáticamente con una mente maravillosa tan por encima del común de los mortales. Ese el peligro del que sale mucho más que airoso The Imitation Game (Descifrando Enigma), la extraordinaria película con la que Morten Tyldum da el salto al cine anglosajón y que repasa la figura de Alan Turing, un matemático que acaba jugando un papel esencial en la lucha británica contra la Alemania nazi de Hitler desde posiciones muy alejadas del frente de guerra. The Imitation Game es así una película de guerra, una que busca un ángulo original y diferente, pero es al mismo tiempo un canto a la diversidad, un elogio de lo diferente, con una potente narrativa y un reparto espléndido encabezado por un Benedict Cumberbatch que da una nueva lección más de cómo meterse en la piel de un personaje y que le confirma como uno de los actores más versátiles y geniales del momento.

Es difícil encontrar fisuras a una película como The Imitation Game. Un tema apasionante, una figura central de poderoso atractivo emocional, una narración que mezcla tres momentos temporales, unos hechos históricos trascendentes (no sólo la Segunda Guerra Mundial como contexto, sino el reto que supone Enigma, el aparato de cifrado nazi al que hace referencia el subtítulo español), un guión complejo y sugerente, un envoltorio preciosista (imposible no destacar la portentosa banda sonora de ese absoluto genio que es Alexandre Desplat, un tipo que aún no ha ganado el Oscar por inverosímil que parezca) y un reparto compensado y que trabaja con un mimo apabullante. Quizá sea esto último lo que más llame la atención, en primer lugar por la clara pretensión publicitaria de que este sea el papel que dé a Cumberatch su primer Oscar (¡y su primera nominación, algo también difícil de asimilar!), y por la presencia de otros nombres conocidos, pero esto funciona porque, como todo en la película, está puesto al servicio de la historia.

La de Cumberbatch no es una interpretación histriónica o exagerada, sino que se adecua con una naturalidad impresionante al relato general y al retrato particular de este genio matemático. Sus angustias, miedos y problemas entran en el relato con la misma precisión que el cuadro histórico, una vibrante historia de científicos, militares y espías que va encontrando nuevos escenarios a medida que transcurre el filme. Y al final resulta difícil qué es más emocionante, si los instantes más intimistas o los avances en el cuadro más amplio, porque ambas mitades (que en el cuadro narrativo y temporal se convierten en tres partes, añadiendo un toque de genialidad añadido al filme) convergen en una de esas historias fascinantes que se apoyan en la palabra, en el gesto y en la mirada para que todo lo que sucede en la pantalla impresione, emocione y conmueva. Y en eso entra la gestualidad de Mark Strong, la presencia de Matthew Goode, la planta de Charles Dance o un encanto que no deja de crecer con los años en la no hace tanto menos llamativa Keira Knightley.

The Imitation Game es, aunque en un tono diferente, esa aventura de la mente que quiso hacer unos años Ron Howard con Russell Crowe y que se convirtió en Una mente maravillosa, una de las películas más sobrevaloradas de su generación, a pesar de unas interpretaciones soberbias. Aquí también hay un trabajo actoral sobresaliente y sin embargo la película va mucho más allá de lo que consiguió aquel filme que ganó el Oscar en la principal categoría, logrando una trascendencia remarcable en todos los aspectos que quiere tocar. Es, efectivamente, una espléndida película bélica que se desarrolla en despachos y laboratorios, también el retrato de un hombre torturado y asocial y esa mencionada apología de lo diferente. Son muchos los niveles que tiene la película, en su narración y como producto cinematográfico, y las debilidades son prácticamente inapreciables. Es una de las películas de 2014, aunque a España llegue para inaugurar 2015. Absolutamente recomendable.

lunes, enero 27, 2014

'Mindscape', un thriller con oficio pero demasiado evidente

El primer largometraje de Jorge Dorado llega con un cartel impecable: producida por Jaume Collet-Serra, rodado en inglés con un reparto encabezado por Mark Strong y Taissa Farmiga y con unas hechuras que buscan asemejar el producto al mejor thriller hollywoodiense. En ese sentido, la factura de Mindscape es impecable, está rodada con oficio y entretiene. Pero al mismo tiempo obliga a desconectar el cerebro para no anticipar todas y cada una de las sorpresas que tendría que esconder el guión de Guy Holmes, escritor debutante en el mundo del cine. No es que sea previsible, que también, es que es demasiado evidente. No hay que estar demasiado despierto para ir viendo las pistas diseminadas a lo largo de toda la película para saber lo que está sucediendo, y eso, en un thriller, acaba por ahogar la atmósfera que plantea. Y es una pena porque, insisto, hay buenos elementos en la propuesta. Quizá haya que achacarlo a que estamos ante un director novel, quizá a presiones de la productora, quizá un poco a todo.

Hay más de un referente para Mindscape, y hay uno que destaca por encima de los demás, pero escribir aquí ese título podría tener dos efectos. Por un lado, hacer que el espectador busque lo que realmente no es este filme y, por otro, reventar por completo la película. Así que toca prescindir de esa referencia porque los spoilers vienen a ser uno de los grandes enemigos del cine moderno y, en realidad, el más fácilmente evitable. En realidad, bastante se puede anticipar ya sabiendo que es un thriller psicológico en el que existen unos peculiares detectives que son capaces de indagar en los recuerdos de las personas para así resolver crímenes. John (Mark Strong) es uno de esos detectives, que supera un drama personal para volver al trabajo, concretamente a un caso en apariencia sencillo, el de una joven, Anna (Taissa Farmiga), que se niega a comer. Pero tanto ella como su familia esconden secretos que hacen que la investigación se vaya complicando progresivamente.

¿Funciona la trama? Sí, eso sí. Pero hay que insistir en que funciona obviando las pistas y los descuidos que hay en el filme. Funciona por el interés que despierta la relación entre John y Anna, porque en el fondo siempre es atractivo el descenso a la mente humana que plantea la película y porque los actores creen en sus personajes. A Mark Strong se le ve cómodo en el suyo, a pesar de que está muy acostumbrado a dar vida a villanos, y hay química con Taissa Farmiga. Pero para disfrutar de sus interpretaciones lo mejor es vivir cada escena y prescindir del conjunto, porque a eso obliga la ingenuidad que hay en muchas situaciones y sobre todo los muchos indicios que apuntan claramente al final de la historia, prácticamente desvelado en el primer cuarto de hora de sus 100 minutos. En todo caso, Dorado rueda con acierto, sabe colocar la cámara, y salvo los excesos habituales en el uso de la música para recalcar lo evidente (aunque las melodías de Lucas Vidal también ayudan a crear la lograda atmósfera del filme), nada parece fuera de lugar visualmente.

Mindscape acaba siendo una de esas películas que resultan atractivas si son juzgadas con benevolencia, pero que al mismo tiempo dan pie a críticas más feroces por la ausencia de sutileza o por los clamorosos fallos en el guión. Siendo una ópera prima y viendo los prometedores elementos que hay en ella, casi se merece optar por lo primero y simplemente disfrutar de un planteamiento atractivo y de un buen reparto, aunque por desgracia la sorpresa que busca esté diluida casi desde el inicio. Forma parte, en todo caso, de una agradable corriente en el cine español, que abre caminos explorando vías que Hollywood domina desde hace años, una que abanderan autores como el propio Collet-Serra o Rodrigo Cortés, que probablemente Alejandro Amenábar llevo a pensar que podía tener éxito, una que probablemente no guste a quienes quieran una cinematografía española con signos únicos e inconfundibles pero que ayuda en la siempre despiadada lucha por la taquilla buscando públicos diferentes y acostumbrados al cine norteamericano.

miércoles, enero 16, 2013

'La noche más oscura', la diferencia entre una película grande y una gran película

Hay notables diferencias entre una película grande y una gran película. La noche más oscura es, indudablemente, una película grande. Lo es por su argumento y todo lo que implica (la operación que acabó en la muerte de Osama Bin Laden), por la polémica en torno a su veracidad o no. Lo es por ser el siguiente trabajo de la primera mujer en ganar el Oscar al mejor director, Kathryn Bigelow. Lo es porque se ha venido hablando muchísimo de esta película, sobre su aclamación crítica casi unánime y sobre sus posibilidades de ganar premios, enfriadas ahora por las escasas nominaciones al Oscar que ha logrado. Es una película grande, sí. ¿Pero es una gran película? Sólo a ratos y no demasiados. Su principal argumento está en la dedicada interpretación de su protagonista, una espléndida Jessica Chastain. Pero sufre algunos de los problemas que ya aquejaban a En tierra hostil y uno que afecta con demasiada frecuencia al cine contemporáneo: la duración. En el afán de que sea una gran película, se ha convertido también en una película grande en su exceso de minutos.

Es evidente que La noche más oscura encierra motivos y momentos muy poderosos que captan la atención del espectador. También lo es que su temática atrae. Y sobre todo que su protagonista femenina, gracias a un enorme trabajo de Chastain ofrece al espectador una implicación importante. Pero las dos horas y 36 minutos que dura la película pesan muchísimo, sobre todo por una cuestión bastante elemental. Hasta la hora de película, no se produce ningún acontecimiento que haga que la captura de Bin Laden sea una obsesión personal y no un trabajo más. Sí, es Bin Laden, el malo real. Pero el cine ha ofrecido ya la búsqueda y captura de muchos malos de película y La noche más oscura no da nada diferente y emocionalmente complejo hasta una hora después de arrancar. Bigelow se deja llevar por el ansia de hacer la película definitiva sobre este asunto y se le va la mano. Con un guión más adecuado y directo así como un montaje más ágil, el filme habría ganado muchos enteros.

Pesan tanto esos defectos que cabe preguntarse qué habría sido de esta película si no llevara escrito por todas partes el nombre de Bin Laden (tan pocas veces repetido durante el filme, por cierto). Si fuera una historia de ficción, con un villano imaginario, las miradas se habrían ido a otro lado con mucha más facilidad. Bigelow sí consigue con bastante soltura una gran ambientación, tanto en las escenas de campo como en las de despacho, y a eso contribuye una espléndida música de Alexandre Desplat. Pero, como ya le sucedió a En tierra hostil, Bigelow abusa del carácter episódico de las escenas y falla al dar un hilo conductor coherente a la historia, a cuyo ritmo afecta negativamente el continuo y no siempre necesario salto cronológico, que a veces está explicado con rótulos (en los tiempos más amplios) y a veces no, dando una sensación de vacío entre escenas. El manejo del tiempo también pesa contra el producto final en su clímax. Una escena espléndida en ocasiones, apreciable en cuanto al trabajo que exige, pero en un tiempo real que no termina de beneficiar al conjunto de la película.

Y ese conjunto sale más que airoso gracias al trabajo de Jessica Chastain. A punto de cumplir 36 años, arrancó muy tarde en el mundo de la interpretación, pero pocos de los que la hayan visto en Criadas y señoras, El árbol de la vida, Take Shelter o La deuda podrán dudar de su capacidad para componer los personajes más variados. Añade como pocas actrices actuales una complejidad emocional que no siempre es tan evidente en los guiones. En La noche más oscura asume son valentía el peso de la trama y, aunque el arranque puede parecer tan dubitativo como el de la propia película, en cuanto convierte la historia en algo personal su interpretación se convierte en un trabajo memorable que desemboca en un final soberbio e impactante. Bigelow descansa en ella para que su película crezca. Y siendo una directora a la que tanto se ha alabado su forma de rodar, es curioso que los picos de interés no coincidan con las escenas de acción más agradecidas sino con las apariciones de los actores más conocidos. Sucede cuando entra en escena Mark Strong, también cuando lo hace James Gandolfini.

Lo más probable es que a La noche más oscura le haya pesado su ambición. Tiene momentos de gran cine, pero tarda muchísimo en arrancar emocionalmente. Su primera hora es fría y poco interesante, más allá del afán documental de mostrar las famosas torturas que llenaron horas y horas de televisión durante tantos años y de arrancar una trama que podría haber despegado sin necesidad de una introducción tan pesada y larga. Chastain logra que no se pierda el interés en esos momentos de escasa tensión y eleva la película en sus instantes más destacados. Tanto es su poder en el resultado final de la película que la que estaba llamada a ser su gran escena, el asalto a la casa en la que se escondía Bin Liden, sufre por su ausencia en pantalla. Bigelow hace lo posible por intercalarla, pero sabe que ahí ya no pinta nada. Y por eso lo mejor de la película hay que buscarlo justo a continuación, en la mirada de una Jessica Chastain magnética y sublime. La misma de sus anteriores películas, pero a la vez muy diferente. Genial siempre. ¿El resto? A gusto del consumidor. A mí, sin duda, me parece más película grande que gran película.

lunes, julio 23, 2012

'El irlandés', entre la buddy movie y el spaghetti western

El irlandés es una de esas películas pequeñas que dejan un indudable gran sabor de boca. Es una delirante mezcla entre un spaghetti western ambientado en Irlanda (e irlandés), mezclado con la clásica buddy movie de policías que Hollywood viene haciendo con frecuencia desde que Arma Letal convirtiera esta clase de historias casi en un subgénero.Con un guión tan rocambolesco como sorprendente y unos diálogos tan potentes como divertidos, El irlándes destaca por ser una mezcla de lo que se tanto se admira, sin que para mí alcanza los niveles de maestría que hay aquí,en el cine de Quentin Tarantino y en el de los hermanos Coen. Y es que a veces el talento no viene de donde tantos ansían encontrarlo. Por supuesto, sin el talento de Brendan Gleeson, uno de esos actores secundarios que casi nunca encuentran el reconocimiento que merecen, esta película no llegaría ni a la mitad de lo que realmente es.

Es El irlándes una película intensamente basada en su personaje protagonista. El sargento Gerry Boyle es un policía peculiar. Su respeto por la escena de un crimen es nulo, su afición a las mujeres le lleva a contratar prostitutas en su día libre, su trato a otros agentes de cualquier cuerpo deja mucho que desear y su socarronería ante la autoridad es evidente. Pero, al mismo tiempo, es inteligente y culto, un buen tipo que adora y cuida a su madre. Una vez vista la película resulta dificilísimo disociar esta descripción de Brendan Gleeson. Secundario en tantísimas películas, de Braveheart a Gangs of New York pasando por El reino de los cielos o la saga de Harry Potter, ofrece una actuación sencillamente perfecta, ya desde el arranque de la película.

Y ese arranque, es el que sienta las bases de lo que va a ser el resto. No sólo por el personaje, sino también por el tono. Evidentemente, una comedia. Pero también una película con más trasfondo del que pueda parecer. Y con un marcado tono de ejercicio de estilo, que remite con su música al spaghetti western. Interesante elección la de John Michael McDonagh, director debutante y guionista con anterioridad sólo de Ned Kelly, para crear este policíaco irlandés, sumamente original en su conjunto y rodado con fuerza. La apuesta estilística funciona a las mil maravillas. Los diálogos hacen el resto, cebándose especialmente en el contraste entre este sargento irlandés y el agente del FBI Wendell Everett, interpretado sólidamente por Don Cheadle. Es casi inevitable que surja la sonrisa en el espectador antes de que empiecen a hablar. Funciona ya sólo con verles juntos y la mezcla estalla, para bien, en cuanto nace la dinámica de diálogo. Liam Cunningham y Mark Strong ofrecen unos villanos correctos, quizá algo más convencionales que el resto de la película (y en el caso de Strong, un actor más que competente, suena a ya visto) pero no desentonan.

Lo curioso de El irlandés es que, a pesar de ser un producto más que satisfactorio, lo único en lo que parece innovar es colocar un spaghetti western en Irlanda. El resto bucea en territorios ya explorados con mucha frecuencia. Pero mientras las buddy movies actuales, en especial las de Hollywood, tienden al humor absurdo y algo chusco, ésta apuesta por la inteligencia y la ironía. Mientras las películas que explotan el choque de culturas optan por la absurdez imposible, El irlandés tira de situaciones más que realistas (que un agente norteamericano de raza negra intente hablar en inglés en una zona en la que tanto se habla el gaélico es, sencillamente, glorioso de contemplar). Y mientras la mayoría de los policíacos necesitan espectaculares escenas de acción para ser lo más original del año, este filme apuesta por la diversión narrativa, desde las líneas de diálogo hasta los hallazgos visuales (Boyle poniéndose su uniforme de gala con esa música de Calexico que homenajea sin pudor a Ennio Morricone).

Seguramente no convenceré a los fervientes seguidores de Tarantino y los Coen, que los tienen y muy numerosos, pero no consigo quitarme de la cabeza la sensación de que El irlandés explota lo que muchos alaban a ambos pero que para mí no consiguen casi nunca. Se ha elogiado hasta la saciedad la capacidad que tienen estos cineastas de crear situaciones absurdamente realistas con un trasfondo policíaco, considerándose sus cumbres Pulp Fiction por un lado y Fargo por el otro. Ni Tarantino ni los Coen me llaman hoy la atención, aunque es verdad que los segundos sí tenían para mí algo especial hasta El gran Lebowski, filme a partir del cual se acabó la genialidad. El irlandés trata de moverse por esos territorios. A la gente parece haberle gustado la apuesta, al menos en su Irlanda de procedencia, donde ha sido un filme de gran éxito. No creo que muchos hayan trazado este paralelismo con Tarantino y los Coen, pero para mí, sin duda, tiene mucho más ingenio El irlandés que cualquier película de aquellos. Y, por eso, sólo puedo decir que son 96 minutos de gran diversión con un pedazo de actor al frente.

viernes, marzo 09, 2012

'John Carter', excelencia visual cargada de tópicos

Cuando llega a las carteleras una película como John Carter, parece que hay mucha gente dispuesta a recibirla de uñas y masacrarla de forma inmisericorde por lo que es. ¿Y qué es? Parece obvio viendo el material literario de origen (aunque muchos conocerán al personaje por el cómic más que por los libros), las fotografías y el trailer: un espectáculo de ciencia ficción para todos los públicos. Y eso, en nuestros días, tiene aparejadas algunas características más. Por un lado, el intento de lograr la excelencia visual. La gran mayoría de las películas no lo consigue y, de hecho, suele caer en lo más rutinario. John Carter no, ésta es un brillante delirio visual cargado de imaginación. Pero, por otro lado, éstos suelen ser filmes hechos más con estudios de mercado que con el alma. Y eso también le sucede a John Carter, que cae en tópicos mil y una veces vistos en este género y en este tipo de cine. Por eso John Carter, a pesar de que tenía madera para ser más, es lo que es, un entretenido espectáculo. Nada más y nada menos.

John Carter forma parte de un curioso círculo vicioso. El personaje nació de la imaginación de Edgar Rice Burroughs, el creador también de Tarzán, en 1912 (este filme marca su centenario), y ha sido fuente de inspiración para buena parte de la ciencia ficción del siglo XX. En ese grupo está, indudablemente, Star Wars. Y de Star Wars bebe claramente este filme (¿cómo no ver el clímax de El ataque de los clones en la batalla en la arena de Carter con dos simios gigantes de color blanco), el primero de acción real que dirige Andrew Stanton, responsable de maravillas de Pixar de la talla de Buscando a Nemo o Wall·E. Parece evidente que esta película de John Carter admite esa condición y no trata de crear algo demasiado alejado de lo que se espera de ella. A Stanton sí que hay que agradecerle que no se haya sentido intimidado por el tamaño de la producción y se haya mantenido fiel a su estilo, incluso introduciendo gags propios de la animación perfectamente integrados en la narración (en especial en la parte que no se desarrolla en Marte) o arriesgando en algunos momentos (gran montaje paralelo y alegórico cuando John Carter se enfrenta en solitario a un gran ejército).

Para quien desconozca la historia, John Carter es un humano que viaja de la forma más increíble hasta Marte para convertirse en pieza esencial de la guerra que libran dos pueblos del planeta rojo, rebautizado aquí como Barsoom. Es, como en tantas otras historias de ciencia ficción, un extranjero que se convierte en profeta lejos de su tierra. Con esa premisa y un escenario tan imaginativo (insisto, la historia data de hace cien años), es evidente que las posibilidades de diseño que ofrece el filme son inmensas. Y el resultado es hermoso. De la mesa de dibujo han salido diseños magníficos, ciudades grandiosas y vestuario impactante (al que sólo se le puede poner un pero, el excesivo recato y la falta de valentía para parecerse a las versiones más populares de estos personajes, sobre todo la del cómic más contemporáneo; eso es producto sin duda de llevar el emblema Disney y, por tanto, su condición de cine familiar), pero es que el salto a la pantalla es brillante. Estamos ante uno de los festines de efectos visuales más placenteros e imprescindibles de los últimos años, por cantidad (aunque se nota que algunas batallas son breves precisamente por su inmensa envergadura) pero sobre todo por calidad.

El mejor listón para evaluar esa excelencia visual, y obviando un nuevamente innecesario 3D, está, como lo estuvo en producciones de años anteriores del tamaño de Star Wars o El Señor de los Anillos, en la integración de los elementos reales y de los que se han creado por ordenador. John Carter es, en ese sentido, una auténtica joya, tanto en las grandes escenas de lucha como en las conversaciones más pequeñas en apariencia. Lo que cabe lamentar es que tanta genialidad visual no se haya puesto al servicio de una historia menos cargada con el lastre de los tópicos. No se pide una revisión radical de personajes centenarios, desde luego que no, pero es que una historia de estas características ya parece responder más a un estudio de mercado que al alma, al corazón que quieran ponerle sus responsables. Eso, y no otra cosa, es lo que no termina de convencer en John Carter, a pesar de tener momentos magníficos. Casi todos los personajes humanos (Taylor Kitsch como Carter, Lynn Collins como Dejah Thoris, Dominic West como Sab Than y Mark Strong como Matai Shang) parecen a ratos fuera y a ratos dentro de la película.

Ver la película en versión doblada priva de ver el trabajo de actores a los que apetece ver poniendo voz a los marcianos menos humanos, los Thark, pero en el reparto están Willem Dafoe, Thomas Haden Church o Samantha Morton. John Carter es, en todo caso, un buen espectáculo, cuyo nivel es superior en numerosos apartados más técnicos (entre los que cabría citar además la música del siempre sobresaliente Michael Giacchino, aquí a medio camino de Lawrence de Arabia y, de nuevo, Star Wars, en el tono preciso que requiere la historia aunque no sea el mejor de sus trabajos) y que se ha convertido, desde ya, en un título de referencia de este año 2012 para los amantes de los efectos especiales. A pesar de ello, no termina de enamorar. Y si no engancha de esa manera una película protagonizada por un héroe que salva a una princesa, que se desarrolla en Marte, que incluye criaturas verdes de aspecto humanoide y cuatro brazos, y una misteriosa raza de seres superpoderosos que conspira para decidir una guerra civil centenaria entre dos pueblos con trajes y naves de lo más exótico, es que algo se ha hecho mal. Pero se disfruta con gusto.

viernes, diciembre 23, 2011

'El topo', sensaciones contradictorias

El topo es una de esas películas que, sin poder evitarlo, quieres que te gusten. Cuando la estás viendo, disfrutas con las elecciones del director, con la sutil labor de montaje. Adoras el trabajo de los actores, porque, encabezados por un formidable Gary Oldman, conforman uno de los mejores cástings de los últimos años. Porque la historia es apasionante, trascendente, de esas que los americanos dicen más grandes que la vida. Pero sales del cine y apenas recuerdas nada. No hay momentos memorables. No hay ninguna escena que impacte por encima del resto. Ni siquiera hay un gran final. Y por eso, lo que deja El topo son sensaciones contradictorias. Hay mucho cine encerrado en esta película, muchísimo talento, pero no se ha convertido en un filme que esté deseando volver a ver salvo para admirar cuestiones técnicas e interpretativas. Contradictorio, sí, desde luego.

Partamos de la base de que no he leído la novela original de John Le Carré en la que se basa esta película, ni tampoco he visto la serie de siete capítulos de 1979 con el gran Sir Alec Guinness como protagonista. Es decir, que no puedo hablar de si se trata de una adaptación fiel o correcta, o de si es un libro demasiado denso para quedar reducido a una película de poco más de dos horas. Lo que sí está claro es que la búsqueda de un espía ruso en el Londres de los años 70 es un punto de partida fascinante para un filme. Lo es porque aporta la dimensión real del mundo de los espías, alejados del toque aventurero y espectacular que aportan sagas como la de James Bond o Misión imposible. Uno asume, y eso es un punto a favor de la película, que los espías de la vida real tienen que ser como se ven aquí. Y pocos espías puede haber por ahí sueltos que superen la contención y la genialidad que aquí demuestra Gary Oldman.

Es un actor que nos tiene acostumbrados a un histrionismo a veces desbocado, pero que también es capaz de mostrarse cerrado, intenso con sus miradas y no sólo con su voz y con sus movimientos. Es, en realidad, un pedazo de actor al que su presencia en espectáculos hollywoodienses suele restarle crédito entre muchos espectadores y críticos. Pero es muy bueno. Ver El topo es una prueba manifiesta de su capacidad como actor. Y verle entre tantos y tan buenos actores le hace destacar aún más. En esta película, no hay egos. Grandísimos actores encajan en papeles secundarios, a veces casi ínfimos, pero dan a El topo una factura envidiable. ¿Puede no apreciarse una película por la que desfilan Colin Firth (ganador del Oscar por El discurso del rey), Tom Hardy (será Bane en El Caballero Oscuro. La leyenda renace), Mark Strong (el villano de Sherlock Holmes), Ciarán Hinds (Munich), Toby Jones (La niebla) o John Hurt (Alien)? La respuesta es evidente. Todos ellos brillan y hacen brillar la película, desde el primero hasta el último y sin importar la relevancia y los minutos de sus roles.

El memorable reparto hace crecer la película casi tanto como la buena labor de su director, Tomas Alfredson, que saltó a la fama con la original Déjame entrar y que rueda en inglés por primera vez con El topo. Su apuesta es clásica y pausada, muy acertada para una película de espías con este tono. Sus movimientos de cámara son precisos y sus elecciones de planos más que interesantes. Pero esa pausa a veces se torna en algo excesivo, hasta el punto de colocar el ritmo de la película a un nivel muy bajo, constante y sin duda buscado pero a ras de suelo. El montaje, magníficamente puntuado por la música del español Alberto Iglesias, apuntala la sensación de intriga que tiene que ir dejando cada escena, jugando con brillantez con los flashbacks. Pero juega en su contra que no haya un clímax real que saque un pico en la escala del ritmo. No hay nada que ponga al espectador en el filo del asesinato, ni siquiera una sensación rotunda de la importancia que tiene la resolución de la búsqueda del espía.

Más allá de la memorable composición de Gary Oldman y algunos de sus momentos en pantalla (formidable soliloquio a cámara para contar cómo conoció al jefe de los espías soviéticos, Karla, casi tanto como el espléndido plano final), y por triste y quizá injusto que suene decirlo así, El topo no deja gran cosa en la memoria del espectador. Y es una pena porque la película contiene trabajos que van desde lo sobresaliente (también, por ejemplo, la dirección artística que nos transporta con maestría a la época de la guerra fría) a lo ejemplar (sobre todo, insisto, los actores). Aún siendo una película notable en muchos aspectos, no perdura en la memoria, no alcanza la relevancia que promete, no es la película definitiva de espías que podría haber sido.

miércoles, abril 20, 2011

'La legión del águila', decente y desconcertante

La legión del águila es una película tan decente como desconcertante. No es un filme de romanos, pues Roma no aparece y centuriones sólo vemos en la primera mitad del metraje. No es una película de aventuras al uso, pues es más reflexiva y detenida de lo que suele ser normal, no tiene demasiadas escenas de acción en realidad y tiene altibajos rítmicos. No es una película de actores, pues hay un claro desequilibrio entre los miembros del reparto, alguno muy interesante y otros, la mayoría carentes de relevancia y de química entre ellos. No tiene la fuerza de otras películas de su director, Kevin Macdonald, pero sí algunos apuntes interesantes. Y no es una película que deje un sabor de boca glorioso como Gladiator, pero tampoco negativo como Centurión. Así que al final la cosa se queda en que es una película entretenida, con algunos aspectos positivos, pero que no pasará a la historia ni revitalizará el género de romanos, que sigue siendo un quiero y no puedo desde que hace más de una década Ridley Scott y Russell Crowe lo llevaran hasta la modernidad.

El peligro de decepción es innegable cuando se vende como algo que en realidad no es. Y La legión del aguila no es una película de romanos. Al menos, no una al uso. Es decir, romanos aparecen, pero Roma no. La película tiene dos partes bien claras. En la primera, Marcus Aquila (un sosísimo Channing Tatum) intenta ganarse el respeto de los suyos en un puesto en la Britania ocupada por el Imperio, a pesar de que pesa sobre él la desgracia de ser el hijo de un militar romano que desapareció con la preciada águila dorada de la novena legión (la que da título a la película en España) y del que se rumorea que es un traidor. En la segunda parte, y tras ser apartado del ejército por razones que conviene ver en la pantalla, se introduce junto a su esclavo Esca (un mucho más interesante Jamie Bell) en territorio enemigo para localizar el águila y saber qué fue de su padre. Si la primera parte sí es de romanos, la segunda es fácilmente intercambiable con cualquier otra película medieval, de espadas o de culturas extrañas. Falta coherencia narrativa y visual como para que la película triunfe.

La primera mitad eleva el filme por encima de la media de títulos similares que se han visto en los últimos años (de romanos o no) como la mencionada Centurión o El Rey Arturo. Es un segmento bien rodado y muy bien ambientado. Lástima no disponer de un protagonista con más carisma. O de haberlo rodeado mejor. Porque Donald Sutherland, llamado a ser uno de los nombres de la película, se conforma con un papel secundario y bastante inane, que simplemente se pasea por la pantalla sin encontrar un motivo real por el que está en ella. Bell, en cambio, sí ofrece todo lo interesante que tiene narrativamente la película. Su personaje de esclavo que poco a poco se gana la confianza de su amo es bastante tópico, pero sabe hacerlo suyo. Seguro que con unos centímetros más y un buen entrenamiento físico, Bell podría haber hecho un mejor protagonista que Tatum. Ni el habitualmente fascinante Mark Strong (cuesta incluso reconocerle) consigue levantar la segunda mitad de la película con un personaje confuso y difuso.

El descenso de ritmo que acusa la película después de la batalla junto a las puertas del puesto romano es enorme. El mal uso del tiempo y las elipsis a partir de ahí, una lástima. Y eso que el director de la película ya ofreció en sus dos anteriores trabajos (La sombra del poder y El último rey de Escocia) dos notables ejemplos de cómo conducir una buena historia. Bien es verdad que en aquellos dos títulos había un fuerte sustento en el reparto que aquí, por desgracia, no consigue. En cualquier caso, sí hay algunos apuntes interesantes en ambas partes del filme, que son los que hacen que el interés se mantenga a pesar de los defectos de la narración. Entretiene pero no emociona. Sus escenas de acción (el mencionado ataque y el clímax final, una vez aceptado el inverosímil giro que iguala las fuerzas en liza) son efectivas. Algunos diálogos, más que interesantes. Pero el conjunto flaquea. Seguiremos a la espera de que el cine de romanos recupere el esplendor perdido, pero al menos tenemos productos como éste para ir saciando el hambre.

miércoles, mayo 26, 2010

'Kick-Ass', un extraño despropósito

Que el cómic ya se ha instalado como una de las principales referencias de los blockbusters veraniegos de Hollywood es una realidad. Que lo hace de una forma un tanto extraña, también. Mientras, por un lado, triunfan las películas sobre superhéroes, por otro también consiguen buenos resultado de taquilla otros títulos basados en novelas gráficas o miniseries fuera del circuito de los personajes más conocidos. Estos títulos se mueven en una doble tendencia que concfluye en un aire de incorrección más o menos forzada, la de la violencia salvaje (aunque no es para tanto, luego matizo...) por un lado y la del humor más fácil por otro. Kick-Ass es una de esas películas. Procede de un cómic alabado pero para mí muy discutible. Y la película seguramente encontrará su público, pero el resultado final es un extraño despropósito que no acaba de mantener la fidelidad al cómic original (sí la visual; la temática es otro cantar) ni, tampoco, de encontrar una vía cinematográfica salvable.

Kick-Ass supone una especie de experimento multimedia y probablemente ésto sea lo único por lo que se recordará el título. La obra en cómic, de Mark Millar y John Romita Jr., ya tenía vendidos los derechos cinematográficos antes incluso de publicarse. La escritura del guión de la película se hizo de forma casi pararela al desarrollo de los ocho números de los que consta la serie en cómic, que terminó de llegar a las librerías apenas unas semanas antes del estreno del filme. No han sido desarrollos paralelos, sino colaborativos. Es decir, que las amplias diferencias que hay entre uno y otro producto no tienen nada que ver con diferencias creativas entre los responsables de ambos, no. Simplemente, los guionistas de cine han querido explorar otros caminos del mundo creado por Millar y Romita. En esencia, las dos son obras supuestamente irreverentes situadas en un mundo similar al nuestro pero en el que hay gente que se preguntan por qué no hay superhéroes y se lanzan a llenar ese hueco. Ni la novela gráfica ni la película me satisfacen, pero menos aún el filme de Matthew Vaughan.

Kick-Ass, la película, es una comedia adolescente que adquiere el disfraz de un cómic pretendidamente revolucionario. Lo que en las viñetas pretende ser una sátira sobre el cómic de superhéroes y, más concretamente, el perfil del aficionado adolescente y cómo influye en él la fantasía que consume, en la pantalla cae a un nivel de humor mucho más bajo, simplón y barato. Tiene momentos en los que es inevitable reírse, sí (cuando Kick-Ass y Bruma roja se suben al coche del segundo y suena la música de la radio es un momento impagable), pero el conjunto es absurdo. Pierde la noción de lo que quiere y de lo que podría ser. Si el original busca un anclaje en la realidad, la adaptación se pierde en eso, en el absurdo. ¿Violenta? Sí y no. Muertes, todas las que queráis. Sangre muy poca. Eso ya le pasó a Lobezno, que nos presentó a un sanguinario tipo con unas garras de un metal indestructible pero con el líquido rojo vetado en pantalla. Se nota tanto que las muertes son de mentirijilla, que en ningún momento cabe pensar en lo rompedor del invento.

El guión también se pierde en esas absurdeces que lastran la película en todo momento. Cambia ciertos elementos del cómic sin pies ni cabeza, con la única intención de que aparezcan calcos de viñetas (eso lo hizo mucho mejor 300 o incluso Sin City) y sin necesidad de que tengan ninguna justificación argumental, buscando quizá atrapar a quien disfrutara con la lectura. No creo que lo consiga. A mí, desde luego, los cambios me han confundido. No veo sentido a que sea Bruma Roja y no Kick-Ass quien se lance como un poseso al interior de un edificio en llamas, y lamento que se haya perdido el patetismo del motivo por el que entran. No entiendo el artificial dramatismo del que se quiere dotar a la historia de Big Daddy y Hit-Girl, que no sólo no encaja en el tono de la película sino que desvirtúa la idea original. No comprendo por qué hay que meter como sea a una chica joven y guapa en cualquier película, aunque el personaje sea un despropósito y los guionistas ni siquiera sepan qué hacer con ella al final. No entiendo nada. Es lo malo de ver un absurdo.

¿Los actores? Pues hacen lo que pueden, tampoco se les puede culpar de este desaguisado. La mayoría son desconocidos, muchos por su juventud. Quizá va siendo hora de que Nicolas Cage se aleje definitivamente del cine basados en cómics, porque nunca parece el actor indicado. Mark Strong, que había dejado dos grandes muestras de villanos en Sherlock Holmes y Robin Hood, bordea el ridículo en un papel sin pies ni cabeza. Vaughan venía de sorprender con su anterior película como director, la preciosa Stardust, pero ahora da un paso atrás, justo con una película de cómic y cuando está a punto de encargarse de la nueva entrega de X-Men. Kick-Ass no es algo demasiado alentador antes de acometer esa tarea. Ha habido polémica por la violencia, porque uno de los protagonistas sea una cría asesina y malhablada. Ni caso. No hay ni polémica. Simplemente es un extraño despropósito que igual sirve para echar unas risas viéndola en grupo, pero nada más.

viernes, mayo 14, 2010

'Robin Hood', la aventura sigue viva

Un viejo amigo y un nuevo conocido. Ese es el Robin Hood de Ridley Scott, una película que expande la leyenda del arquero más famoso del cine, ofreciendo la parte de la historia que nunca habíamos visto y, sobre todo, devolviendo al cine moderno uno de sus grandes mitos, uno que no veía una adaptación destacable desde hace casi veinte años. Lo que Scott nos da es, de hecho, la mejor versión que se ha hecho de las andanzas del bandolero de Sherwood desde que Errol Flyn vistiera las mallas allá por 1938, en Robin de los bosques. Ahí es nada. Robin Hood es una película clásica, pero al estilo de Ridley Scott, un entretenimiento magnífico de acción (rodado con una claridad y con una elegancia que ya quisieran directores del género más reputados) con un trasfondo político que eleva el potencial de la película. Con algún pequeño altibajo en su ritmo, sí, pero demostrando que la aventura sigue viva para un público mayor de quince años, que es el único que parece importar al Hollywood de hoy.

Son varios los grandes méritos de Robin Hood. Por un lado, se trata de un personaje sobradamente conocido, que tiene unas características que lo hacen reconocible. Sin embargo, Scott consigue introducir una visión fresca y a la vez adecuada a lo que sabemos de él. No es fácil, es un reto similar al que se enfrentó hace poco Guy Ritchie para hacer la brillante Sherlock Holmes. Lo que Ridley Scott incorpora no es una nueva visión de Robin Hood, sino un pasado, un origen, una historia previa a lo que ya hemos visto en decenas de adaptaciones. De hecho, la película concluye anunciando que justo ahí empieza la leyenda, justo ahí queda el testigo para enlazar con Robin de los bosques, con Robin Hood. Príncipe de los ladrones o con cualquier otra versión de sus aventuras. El guión cumple con esa función a las mil maravillas. No hay traiciones a la esencia, hay aportaciones. Y algunas muy valiosas, como saber de dónde viene su habilidad con el arco.

El segundo gran mérito, éste fácilmente personificable en Ridley Scott, es sumergirnos como lo hace en una época pasada, sea la que sea. Se le acusa de tomarse libertades históricas en sus películas (más acusado era, por ejemplo, en El reino de los cielos), pero lo cierto es que todo lo que enseña encaja. En Robin Hood se ve la Edad Media, se siente, se palpa y se disfruta. Sea o no sea históricamente precisa, porque eso queda en segundo plano. Como parte de este mérito, es obligado destacar que Ridley Scott parece hoy el único director capaz de recrear la guerra más clásica, la de espadas, arcos, caballos y lanzas. Lo hizo en Gladiator, lo repitió en El reino de los cielos y ahora corona esa bella trilogía bélica en Robin Hood con una portentosa escena de batalla final (también digna de mención es, en este sentido, la apertura del filme). Sólo Ridley Scott, excepción hecha de Peter Jackson en El Señor de los Anillos, es capaz de introducir al espectador en un combate así. Y su logro es doble, porque la guerra moderna tampoco se le escapa, como demostró en Black Hawk derribado.

Ridley Scott es un maestro rodando, montando e iluminando sus películas. Por acción propia o por la de sus colaboradores, a los que elige y exige una minuciosidad siempre brillante y siempre diferente. Se ha trazado un paralelismo entre este filme y Gladiator. Y lo hay, claro que lo hay, pero el tercer mérito que presenta Robin Hood es el de mostrarse como un título único, auténtico y diferente con respecto a otras películas de su director. Proeza, además, en la que hay que dar un alto porcentaje de valor al protagonista Russell Crowe. Qué fácil hubiera sido recrear al Máximo de Gladiator. Qué maravilla verle incorporar a otro gran personaje a su filmografía. Crowe es, probablemente, el mejor actor vivo. Es capaz de dar vida a un hombre asustado y a uno valiente, a un padre de familia y a un galán, a otro hombre sedentario y a un héroe de acción. No hay personaje que se le resista. Dicen que es el actor de más edad en dar vida al famoso arquero. Quién lo diría. No me atrevería a proclamar que el suyo es el mejor Robin que se ha hecho, porque convive con Erroyl Flynn, Douglas Fairbanks o Sean Connery, pero es brillante.

Crowe es sólo la piedra angular de otro de los grandes méritos de la película: el reparto. Cate Blanchett, Mark Strong, William Hurt, Max von Sydow, Danny Huston y Oscar Isaac encabezan un elenco no sólo estelar, sino perfecto. Blanchett solventa las dudas que tenía sobre su capacidad de hacer una buena Lady Marian y aporta química con Crowe (es más achacable al guión que a ella la discutible forma en que su papel cumple con la necesidad de contar con una heroína en toda película moderna; al guión también le falta una explicación convincente de esa especia de niños perdidos, más propios de un Peter Pan sombrío que de esta película). Strong, tras maravillar en Sherlock Holmes (antes había colaborado con Ridley Scott en Red de mentiras), demuestra que hay pocos actores que sepan dar presencia tridimensional y real a un villano (atención al maravilloso cara a cara con Hurt en una breve pero poderosísima escena). Huston y Von Sydow dan una elegancia a sus personajes (Ricardo Corazón de León y Sir Walter Loxley) que contrasta con la fuerza y la juventud de Isaac como el príncipe Juan.

La historia comienza en Francia, con el tramo final de la cruzada de Ricardo Corazón de León, y despliega con maestría las aventuras de Robin Hood, pero también todas las intrigas políticas y palaciegas por la corona de Inglaterra. En algún momento, incluso aprece que el héroe es sólo una excusa para hablarnos del antagonismo entre Ricardo y Juan, pero eso, aparte de los mencionados altibajos de ritmo en el tramo central de la película, enriquece el cuadro. El espléndido final, tan abierto a una secuela como a los sueños y la imaginación del espectador, elimina todas las dudas que pueda generar la película: se trata de un Robin Hood adulto, maduro, entretenido y profundo, una muestra más de la maestría de Ridley Scott como cineasta, una delicia que hace renacer las esperanzas de ver un cine de aventuras clásico, alejado de la artificiosidad y jovialidad de títulos como Piratas del Caribe. La aventura, decía, sigue viva. Y Ridley Scott, un director al que se critica con demasiada facilidad, es su principal exponente en el cine moderno.