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viernes, diciembre 04, 2015

'En el corazón del mar', aventura de diseño

Cada generación tendría que tener al menos una gran aventura marítima plasmada en el cine. Da igual el género, da igual el protagonista, da igual la época, mientras haya un barco, una tripulación y un objetivo. Vale desde el Moby Dick de John Huston al Master & Commander de Peter Weir, pasando por La tormenta perfecta de Wolfgang Petersen o incluso La aventura del Poseidón de Ronald Neame. En el corazón del mar entronca en esa tradición, pero lo hace desde una perspectiva curiosa para ser Ron Howard su director. Aunque Rush ya había apuntado unas inquietudes estilísticas singulares, en este filme se acrecientan, y no necesariamente de la mejor manera, algo que sí había conseguido con su recreación del mundo de la Fórmula 1. Es una aventura de diseño que funciona como el gran espectáculo que tiene que ser, el de la recreación de la historia que inspiró a Herman Melville (él mismo, un personaje más) para escribir Moby Dick, pero quedan algunas dudas.

Las principales estriban en que el filme se convierte en un batiburrillo curioso. Por un lado, el visual ya mencionado. Momentos absolutamente deslumbrantes se combinan con extraños ángulos de visión, que buscar modernizar en exceso lo que desde el principio se plantea como una aventura clásica. No es en absoluto descabellado decir que Howard se acerca más a la sensibilidad de Michael Bay (salvando las distancias con el sobrevaloradísimo director de Transformers) que a la del mismo Howard en sus películas más reconocibles, aunque Rush, hay que insistir en ello, ya era un primer paso hacia En el corazón del mar. Pero ese batiburrillo no se queda ahí, sino que se extiende también a lo argumental. A ratos, una historia de caza. A ratos, una de supervivencia. A ratos, una familiar. A ratos, un viaje iniciático de un joven muchacho. Y a ratos, la del antagonismo entre el capitán del barco y su primer oficial. Todo ello aparece y reaparece a conveniencia.

Todo ello da la sensación de que la película no termina de ser lo que le habría gustado o, visto desde un prisma más negativo, que no llega a saber qué quiere ser. Pero como hay tanto bueno a lo largo del camino, las dos horas de En el corazón del mar se convierte en un disfrute más que aprobable. Howard convence con el gran espectáculo, en el que se maneja muy bien, pero lo mejor de la película, ballena aparte, está en lo más modesto. El filme se narra como un gran flashback contado por una formidable conversación entre Melville y Thomas Nickerson, el último hombre vivo de la tripulación del Essex, un barco ballenero de Nantucket, ambos personajes interpretados por un genial Brendan Gleeson y un muy buen Ben Wishaw. Esa parte de la película se ve como si fuera una pequeña obra teatral que eleva la categoría del filme más allá del espectáculo palomitero, dicho eso como una valoración positiva, en que se convierte la aventura.

Centrándose ahí la parte más destacada del reparto, para el enfrentamiento con las ballenas queda un carisma más de aspecto que de interpretación, y no se puede negar que eso también lo consigue Howard del resto de sus actores, de unos tan limitados como Chris Hemsworth (que, con todo, es un tipo que queda sensacional en el plano casi siempre), de otros tan dotados como Cillian Murphy y de talentos todavía por consolidar como Tom Holland, con el paso atrás que supone la aparición en la película de Jordi Mollá, no demasiado necesario en la historia y no demasiado bien insertado. Con todos ellos, En el corazón del mar se convierte en un filme algo irregular pero muy entretenido. Sin necesidad de alcanzar la categoría de imprescindible, sin ser neeesariamente la mejor película marítima que tendrá esta generación y sin ser lo mejor de Howard, el entretenimiento está asegurado.

viernes, marzo 06, 2015

'Calvary', cuestión de fe

Cuando un cineasta, en este caso John Michael McDonagh, se presenta con una película tan interesante como El irlandés, tiene más que ganada la atención a su siguiente trabajo. Es ley de vida. Si convences, te siguen. Calvary es su segundo largometraje y consigue que el interés inicial pase a ser ya una cuestión de fe. McDonagh es un director en el que se puede creer, que sabe rodar, que sabe escribir, que sabe interpretar la realidad, y hacerlo desde diferentes géneros, la comedia de El irlandés, el drama de Calvary. Lo que hace en esta segunda es admirable. Parte de una base de thriller, con una primera escena formidable, un plano fijo que saca todo el provecho a la extraordinaria interpretación de Brendan Gleeson y una voz en off que plantea el misterio de la película, para dar paso a una magnífica recreación de un microcosmos, un pueblecito irlandés, que con facilidad puede extrapolarse a la sociedad en su conjunto. De esa forma, el abanico de temas que trata la película es tan grande que casi parece un milagro, perdón por el fácil juego de palabras ante el protagonismo de un sacerdote, que todo tenga cabida en poco más de 100 minutos.

La genialidad de Cavalry pivota alrededor de los dos nombres que destacan en la película, McDonagh y Gleeson. El primero, director y guionista del filme, demuestra un dominio extraordinario de todo lo que acontece en la pantalla, pero también de las sensaciones que puede provocar al otro lado de la pantalla, entre los espectadores. Quizá haya algo de efectismo en el clímax de Calvary, pero eso es lo único que se le puede llegar a reprochar, porque tratar a su público con tanta inteligencia como lo hace basta para perdonar los defectos menores que pueda tener la película. Gleeson, por su parte, es uno de esos actores sensacionales a los que todo el mundo recuerda haber visto pero rara vez dónde. No es sólo que sea muy bueno o que haga un papel formidable en el filme. Es que resulta maravilloso su salto de género conjunto con McDonagh, desde el policía de El irlandés a este sacerdote de profunda carga psicológica y emocional.

Con la base de esos dos trabajos geniales, la película fluye con tanta facilidad que se puede permitir el lujo de abordar una enorme cantidad de temas. Parte el filme de lo más polémico y turbio, los abusos a menores dentro de la iglesia, y acaba pasando por un enorme espectro de cuestiones, desde el maltrato doméstico al fracaso personal, pasando por el alcoholismo o la fe católica. Cada personaje que aparece en la película tiene algo que aportar y de hecho lo hace dentro de ese mencionado microcosmos de McDonagh. Por eso la película es tan interesante, porque habla sobre las fachadas que construyen las personas para esconder sus secretos y las diferentes maneras en las que se pueden derribar, y lo hace desde una multiplicidad de puntos de vista pero también a través de la mirada del sacerdote protagonista, que atiende a todos los problemas por igual sin importarle su grado de simpatía o comprensión.

Como ya se vio en El irlandés, a McDonagh le encanta el cinismo como parte ineludible de las relaciones personales. Por eso puebla Calvary de diálogos muy certeros, realistas, adecuados a cada uno de sus personajes y a la acción que muestra la película. La pesada losa del paso de los días (la película transcurre en una semana, y tiene una explicación que se cuenta ya en esa primera escena) es un elemento más que ayuda a crear una atmósfera sensacional, cruda y realista, como un reflejo de la misma sociedad a la que de alguna manera quiere representar este pueblo irlandés. Y es que no deja de ser algo a aplaudir que desde una mirada tan circunscrita a un entorno tan concreto, no hay que olvidar que McDonagh centró en el mismo punto geográfico tanto El irlandés como Calvary, acaba creando una todavía corta filmografía pero extraordinariamente compleja en cuanto a temas y situaciones. Si la primera interesó y la segunda confirmó, sin duda ahora hay muchas más ganas de ver qué hará McDonagh en su tercera película.

lunes, septiembre 22, 2014

'La gran seducción', lo previsible no quita lo divertido

Casi se pueden considerar un género en sí mismo esas películas que nos acercan al modo de vida de una pequeña comunidad en la que aparece un elemento extraño. La gran seducción, a pesar de que el título pueda indicar otras cosas, cuenta los intentos de un pequeño puerto costero canadiense para convencer al médico que está allí durante un mes de que ese es el mejor sitio en el que puede vivir. La cosa tiene trampa, porque el lugar necesita que haya un médico residente para que se construya allí una gran fábrica que dé empleo a sus habitantes, y para ello intentarán satisfacer todos los deseos del buen e inconsciente doctor. Con ese argumento, es tarea sencilla saber qué va a pasar en la película y por dónde van a ir avanzando las tramas hasta llegar a un final previsible. Pero al mismo tiempo hay que reconocer el espléndido rato que proporciona la película, simpática y divertida, honesta (cuando curiosamente la mentira es uno de sus temas centrales) y bonita, por su historia, por sus personajes y por sus escenarios.

Esos son los tres pilares sobre los que se sustenta. La historia, por muchos tópicos en los que acabe cayendo, es original. Lo es desde su arranque, con un prólogo que es casi un homenaje a una forma de vida, la del pescador pero también la del hombre trabajador. Los escenarios son magníficos, porque hacen buena parte del trabajo de introducir al espectador en la película. Desde un punto de vista urbano, es fácil identificarse con el personaje del doctor, que cae en un mundo que le es ajeno y en el que no puede encontrar las comodidades que tiene en su vida cotidiana, y eso hace que la comedia funcione con mucha más facilidad. Y los personajes son la clave de todo. Por cómo están escritos y por los actores que les dan vida, desde los secundarios con menos minutos en pantalla hasta la pareja protagonista, la que forman Brendan Gleeson y Taylor Kitsch. Es muy difícil encontrar agujero alguno en un reparto que disfruta con la historia y que se convierte en lo más sólido de la cinta.

Cinta que, por cierto, casi parece un reverso de Mumford, película de 1999 escrita y dirigida por Lawrence Kasdan. Si en aquella un hombre se hacía pasar por un reputado psicólogo aunque no lo era y engañaba con su labia a todo un pueblo, aquí es al revés, es todo el pueblo el que engaña a su nuevo doctor para hacerle creer que todo lo que le gusta en el puerto es genuino. La mentira es, por tanto, el detonante de todo lo que sucede en la historia, pero no es una película que pretenda enjuiciar a nadie. Es más bien un retrato amable de una comunidad esforzada y desesperada, y de un tipo que busca su lugar en el mundo y de repente parece encontrarlo en el lugar más insospechado. Ese escenario, complejo de gestionar si se quiere cerrar una historia perfecta, es lo que acaba redundando en los tópicos pero La gran seducción se merece la indulgencia del espectador en ese sentido porque la diversión funciona y hay un encanto evidente en la película en todas las escenas, desde las relacionadas con el críquet hasta las que tienen que ver con la visita de los ejecutivos de la compañía.

McKellar, en su tercer filme como director, maneja bastante bien los tiempos, siempre sin salirse de lo esperable pero aprovechando el material que tiene entre manos. Y es que hay que reconocer que todos los objetivos que uno se puede plantear para una cinta como ésta quedan plenamente satisfechos. Una realización correcta, una historia agradable, un humor acertado, unos actores carismáticos y un escenario bonito en el que encaje la historia. Todo eso lo tiene La gran seducción, que no necesita de mayores artificios para ofrecer casi dos horas de un buen cine de escapismo, amable y divertido, que sortea con facilidad la falta de identificación que podrían provocar los elementos más localistas (el choque entre críquet y hockey, la pesca como modo de vida obsoleto) gracias al inmenso buen rollo que transmite la película. Y eso, aunque parezca poca cosa frente a las mayores expresiones artísticas del medio o ante guiones más profundos, también es un buen camino para hacer cine.

martes, agosto 06, 2013

'Los Pitufos 2', la misma medicina

Era lógico que saltaran las alarmas cuando se anunció una película de acción real sobre Los Pitufos. Que si la falta de ideas de Hollywood, que si ya no saben de dónde sacar películas, que si qué será lo siguiente... Y el caso es que el resultado fue una agradable y divertida aventura juvenil que se sostenía bastante mejor de lo que casi el mundo pensaba, a pesar de que la crítica se resistió bastante a encontrarle puntos fuertes. Tuvo éxito, y la secuela era casi obligada. Llega ahora Los Pitufos 2 y es la misma medicina. Eso quiere decir que es una película simpática y entretenida, pero que ya no goza del factor sorpresa que benefició tanto a la primera entrega. Con un poco más de protagonismo para Pitufina, ampliando la nómina tanto de héroes como de villanos y buscando un cambio de escenario, el filme ofrece exactamente lo que cabe esperar de una secuela. Todo está en el manual del márketing para vender secuelas. Y entretiene, claro, pero sabe a poco porque se limita a seguir el camino ya marcado para las franquicias.

Ese manual para las secuelas establece que la fórmula debe de ser parecida a la de la película original. Eso se traduce aquí en que, con el mismo director, Raja Gosnell, nuevamente un pequeño grupo de pitufos (pequeño para reducir el trabajo de los animadores) tiene que venir al mundo de los humanos, en esta ocasión para rescatar a Pitufina, secuestrada por Gárgamel (un desbocado Hank Azaria) con la ayuda de sus pequeños ayudantes. Se repite la estructura, se repite el villano, se repite la misión con algún matiz y se repiten los protagonistas humanos, también con otro matiz en forma de añadido: Brendan Gleeson da vida al padrastro de Pat Winslow (Neil Patrick Harris) y el pequeño Jacob Tremblay da vida al pequeño Azul, hijo de Pat y Grace (Jayma Mays). El manual también dicta el cambio de escenario para que la historia parezca lo suficientemente diferente. Y, así, los Pitufos tienen que ir esta vez a París, conformando una bonita postal turística.

La principal novedad de esta segunda entrega de la franquicia, que incluso antes de su estreno ya tiene anunciada una tercera entrega, está en los malotes. Son dos pequeños seres similares a los Pitufos creados por Gárgamel pero que no tienen la piel azul de los pitufos. El villano, acompañado como siempre por su gato Azrael, necesita la fórmula con la que Papá Pitufo transformó a Pitufina, para conseguir la energía de la que se nutre su magia, que le ha convertido en toda una celebridad en el mundo de los humanos. Y el plan es tan sencillo (el guión es sencillo, e incluso demasiado conveniente en algunas ocasiones) como abrir un pequeño portal al mundo de los pitufos, secuestra a Pitufina en el mismo día de su cumpleaños y conseguir de ella la fórmula. Ahí está servida la clásica historia sobre la familia, que encuentra su contrapartida en los protagonistas humanos, que también está presente en el manual de la secuela y también en el del cine familiar.

Los Pitufos 2 es como Los Pitufos. Eso tiene su parte positiva y su parte negativa. La positiva es que está adecuadamente realizada, aunque puede llegar a cansar el exceso de animación por ordenador (no sólo con los pitufos protagonistas), el guión tiene los suficientes puntos de humor y de cinefilia (Mays disfrazada como Audrey Hepburn para sonsacar información al personal del hotel o frases sueltas de Gárgamel que son referencias a varias películas, incluyendo El Imperio contraataca) y la acción es bastante entretenida dentro de lo que se puede esperar en una película de este estilo. Pero quienes hayan visto la primera entrega comprobarán que no hay nada realmente original en esta continuación. Es un correcto más de lo mismo pero no deja de ser más de lo mismo. Quizá una película ambientada en el mundo de los pitufos hubiera dado más juego, pero, claro, habría sido más cara. Para quien se anime, hay escena al final de los créditos. Nada imprescindible, pero, como toda la película, simpática.

Otra crítica de la película, en Cómic para todos.

lunes, julio 23, 2012

'El irlandés', entre la buddy movie y el spaghetti western

El irlandés es una de esas películas pequeñas que dejan un indudable gran sabor de boca. Es una delirante mezcla entre un spaghetti western ambientado en Irlanda (e irlandés), mezclado con la clásica buddy movie de policías que Hollywood viene haciendo con frecuencia desde que Arma Letal convirtiera esta clase de historias casi en un subgénero.Con un guión tan rocambolesco como sorprendente y unos diálogos tan potentes como divertidos, El irlándes destaca por ser una mezcla de lo que se tanto se admira, sin que para mí alcanza los niveles de maestría que hay aquí,en el cine de Quentin Tarantino y en el de los hermanos Coen. Y es que a veces el talento no viene de donde tantos ansían encontrarlo. Por supuesto, sin el talento de Brendan Gleeson, uno de esos actores secundarios que casi nunca encuentran el reconocimiento que merecen, esta película no llegaría ni a la mitad de lo que realmente es.

Es El irlándes una película intensamente basada en su personaje protagonista. El sargento Gerry Boyle es un policía peculiar. Su respeto por la escena de un crimen es nulo, su afición a las mujeres le lleva a contratar prostitutas en su día libre, su trato a otros agentes de cualquier cuerpo deja mucho que desear y su socarronería ante la autoridad es evidente. Pero, al mismo tiempo, es inteligente y culto, un buen tipo que adora y cuida a su madre. Una vez vista la película resulta dificilísimo disociar esta descripción de Brendan Gleeson. Secundario en tantísimas películas, de Braveheart a Gangs of New York pasando por El reino de los cielos o la saga de Harry Potter, ofrece una actuación sencillamente perfecta, ya desde el arranque de la película.

Y ese arranque, es el que sienta las bases de lo que va a ser el resto. No sólo por el personaje, sino también por el tono. Evidentemente, una comedia. Pero también una película con más trasfondo del que pueda parecer. Y con un marcado tono de ejercicio de estilo, que remite con su música al spaghetti western. Interesante elección la de John Michael McDonagh, director debutante y guionista con anterioridad sólo de Ned Kelly, para crear este policíaco irlandés, sumamente original en su conjunto y rodado con fuerza. La apuesta estilística funciona a las mil maravillas. Los diálogos hacen el resto, cebándose especialmente en el contraste entre este sargento irlandés y el agente del FBI Wendell Everett, interpretado sólidamente por Don Cheadle. Es casi inevitable que surja la sonrisa en el espectador antes de que empiecen a hablar. Funciona ya sólo con verles juntos y la mezcla estalla, para bien, en cuanto nace la dinámica de diálogo. Liam Cunningham y Mark Strong ofrecen unos villanos correctos, quizá algo más convencionales que el resto de la película (y en el caso de Strong, un actor más que competente, suena a ya visto) pero no desentonan.

Lo curioso de El irlandés es que, a pesar de ser un producto más que satisfactorio, lo único en lo que parece innovar es colocar un spaghetti western en Irlanda. El resto bucea en territorios ya explorados con mucha frecuencia. Pero mientras las buddy movies actuales, en especial las de Hollywood, tienden al humor absurdo y algo chusco, ésta apuesta por la inteligencia y la ironía. Mientras las películas que explotan el choque de culturas optan por la absurdez imposible, El irlandés tira de situaciones más que realistas (que un agente norteamericano de raza negra intente hablar en inglés en una zona en la que tanto se habla el gaélico es, sencillamente, glorioso de contemplar). Y mientras la mayoría de los policíacos necesitan espectaculares escenas de acción para ser lo más original del año, este filme apuesta por la diversión narrativa, desde las líneas de diálogo hasta los hallazgos visuales (Boyle poniéndose su uniforme de gala con esa música de Calexico que homenajea sin pudor a Ennio Morricone).

Seguramente no convenceré a los fervientes seguidores de Tarantino y los Coen, que los tienen y muy numerosos, pero no consigo quitarme de la cabeza la sensación de que El irlandés explota lo que muchos alaban a ambos pero que para mí no consiguen casi nunca. Se ha elogiado hasta la saciedad la capacidad que tienen estos cineastas de crear situaciones absurdamente realistas con un trasfondo policíaco, considerándose sus cumbres Pulp Fiction por un lado y Fargo por el otro. Ni Tarantino ni los Coen me llaman hoy la atención, aunque es verdad que los segundos sí tenían para mí algo especial hasta El gran Lebowski, filme a partir del cual se acabó la genialidad. El irlandés trata de moverse por esos territorios. A la gente parece haberle gustado la apuesta, al menos en su Irlanda de procedencia, donde ha sido un filme de gran éxito. No creo que muchos hayan trazado este paralelismo con Tarantino y los Coen, pero para mí, sin duda, tiene mucho más ingenio El irlandés que cualquier película de aquellos. Y, por eso, sólo puedo decir que son 96 minutos de gran diversión con un pedazo de actor al frente.

viernes, febrero 03, 2012

'Albert Nobbs', cuando la premisa se tambalea

Muchas películas se basan en premisas llamativas. En Albert Nobbs esa premisa es ver a Glenn Close haciéndose pasar por un hombre, que no interpretar un papel masculino. Es la historia de una mujer que se tiene que convertir a ojos de la sociedad en un hombre para poder sobrevivir. Con esa base, Rodrigo García monta una historia más que interesante, en un mundo en el que hay mujeres que deben esconderse y fingir lo que no son para poder subsistir. ¿Pero qué sucede cuando la premisa se tambalea? ¿Cuando parece que no es más que la excusa para montar una película a su alrededor? Sucede que la película pierde credibilidad. Glenn Close es una fantástica actriz y hace un impresionante esfuerzo en todos los sentidos, en especial con el lenguaje corporal, pero a mí se me hace imposible dejar ver a la mujer debajo del maquillaje y la actuación. La premisa se tambalea y, con ella, el conjunto de la película, por lo demás un folletín interesante y bien llevado.

Albert Nobbs trabaja como camarero en un hotel del Dublín del siglo XIX. Es un hombre menudo, metódico, trabajador, sobrio y educado. Esa es la fachada que ha escogido una mujer abandonada desde niña para poder ganarse la vida en un mundo de hombres. Bajo las ropas del camarero se esconde, sin que nadie lo sepa, un cuerpo femenino. No hay de partida, aunque luego aparecen, implicaciones de orientación sexual en esta película, sino que se trata de una historia de supervivencia. Buscando la verosimilitud del planteamiento, Glenn Close se somete a una intensa sesión de maquillaje, cambia por completo su tono de voz y modifica de forma radical su lenguaje corporal. En ese último aspecto es donde triunfa con absoluta certeza, no hay más que ver la escena de la playa para comprobar el espectacular trabajo de la actriz para transmitir con sus movimientos que se ha olvidado por completo de ser una mujer. Albert Nobbs es Glenn Close en el sentido más amplio. Y es que es también la guionista y la productora del filme.

Decía que me es imposible dejar de ver a la mujer a pesar del meritorio trabajo de la protagonista, y eso se debe a que el entorno no ayuda. Rodrigo García, director de la película, adopta sin problemas el tono sobrio que impone el personaje principal, pero la presencia masculina en el reparto hace destacar aún más la feminidad, como poco la rareza, del propio Albert Nobbs. El orondo doctor que interpreta Brendan Gleeson, el camarero borrachín al que da vida Mark Williams, el rudo y mujeriego Aaron Johnson o, en su breve aparición, el noble juerguista de Jonathan Rhys Meyers, son tan arquetípicos que actúan como faros en la oscuridad, señalando que hay algo diferente en Nobbs. Pero es que la misma sensación deja el resto del reparto femenino, empezando por una Mia Wasikowska que, esta vez sí y a diferencia de su frialdad habitual (Jane Eyre o Alicia en el País de las Maravillas), construye un buen personaje, sólo lastrado por el tópico que encarna. Hombres y mujeres colocan a Albert Nobbs lejos de sus círculos, y se dificulta así la tarea de aceptar el realismo de este supuesto hombre. Del personaje de Janet McTeer mejor no revelar nada.

Para quien la premisa inicial funcione, la película ganará en interés. No es, en absoluto, una mala historia de época, que trata cuestiones de bastante interés, a nivel personal (los dilemas de una mujer escondida en un mundo de hombres, sus dudas sobre qué caminos tomar y cómo tomarlos) y a nivel social (la situación de la mujer en el siglo XIX). Rodrigo García sabe combinar con bastante acierto la comedia y el drama. Pero el hecho de que sea el primer guión de Glenn Close hace que todo esté demasiado basado en situaciones conocidas y en personajes típicos. No consigue Albert Nobbs una entidad por sí sola como película más allá de la premisa inicial, más comercial que cinematográfica, de convertir a Glenn Close en un hombre. Y eso coloca la credibilidad del filme en el filo de la navaja. Quien admita que esa mujer ha podido hacerse pasar por un hombre durante décadas sin ser descubierta y en un entorno socialmente concurrido, superará escenas sin problemas y disfrutará de bastantes. Quien no, probablemente pensará que es una película demasiado larga y que podría haber sido mejor.