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lunes, junio 30, 2014

'Mi otro yo', haciéndose trampas al solitario

Cuando un director, de la procedencia o el prestigio que sea, decide adentrarse en el cine de género, tiene dos opciones. Puede fijar unas normas y seguirlas, o puede saltárselas. La siempre personalísima Isabel Coixet ha decidido seguir el segundo camino en su última película, Mi otro yo. De esa forma, Coixet acaba haciéndose trampas al solitario porque ni siquiera establece esas normas básicas. Una vez que se muestra la resolución de su propuesta, es inevitable sentir la sensación de que no hay demasiada coherencia en el planteamiento y en su desarrollo. Quiere montar un thriller psicológico y lo único que consigue es una estética razonable y una ambientación interesante, porque el conjunto acaba siendo un castillo de naipes que ni siquiera llega a construirse del todo antes de caer. Mi otro yo no era una papeleta fácil porque el tipo de historia que desea contarse aquí ya se ha mostrado incontables veces. Por eso, y por la etiqueta ineludible de Coixet, cabía esperar algo diferente, pero la película viene a ser otra más.

En realidad, el primer gran problema de la película de Coixet es que es demasiado obvia, en primer lugar en el propio planteamiento, pero es que tampoco hay sutileza en las pistas que va dejando, y por eso los medios que utiliza para configurar su planteamiento acaban siendo demasiado engañosos. Lo malo de un thriller de este estilo es que hablar abiertamente de los elementos con los que se juega supone destripar por completo la película. En estas líneas no hay spoilers, pero sí hay que decir que la trampa es una constante. Sirve para generar sensaciones, un terreno que a Coixet no le es nada ajeno, pero en primer lugar es algo bastante puntual y después es absolutamente incongruente.Las pintadas, los cristales rotos, el sonido, el columpio, las luces... Todo muy manido. Pero sin una razón de ser clara, quedando además mucho más difusa la que hubiera una vez que la película cierra sus conclusiones de una forma rotunda y nada ambigua.

La película cuenta la historia de una joven (Sophie Turner, sobradamente conocida por su papel de Juego de tronos y que se enfrenta aquí con relativa solvencia a su primer papel protagonista en el cine), con una vida idílica que de repente empieza a hacerse pedazos por un problema que afecta a sus padres (Rhys Ifans y Claire Forlani). Lo sorprendente es que, a pesar del pretendido aire de misterio, de que se adorna la historia con una representación de Macbeth que la joven enseña junto a su profesor de literatura (Jonathan Ryhs Meyers) y con su vida de instituto, y de que la película no llega siquiera a los 90 minutos de duración, hay enormes tiempos muertos, escenas que no terminan de decir nada y muchos minutos en los que apenas están sucediendo cosas que permitan entender con más claridad la trama o a los personajes. Quizá la indefinición como thriller afecte también al resto de la película.

A pesar de la mencionada etiqueta elitista que acompaña a Coixet, el problema de Mi otro yo no está ahí. No es que sea una película de difícil acceso. Está en que no se sostiene como thriller, y apenas lo hace como retrato de personajes interesantes por culpa de la falta de coherencia. Hay momentos en los que sí parece que la película puede despegar, pero las constantes trampas que hay en su desarrollo acaban por arruinar esa posibilidad. Hay, de hecho, más intensidad en el trabajo de los actores que en cualquier otro elemento de la película, incluyendo su guión. El interés que pueda generar la primera escena, muy intrigante, se diluye rápidamente, en cuanto queda claro que en la cinta sólo hay retazos de lo que podría haber sido y una estructura sin cohesión en la que cualquier escena se podría haber eliminado sin que el conjunto se resintiera más todavía.

lunes, septiembre 02, 2013

'Cazadores de sombras. Ciudad de hueso', tan trepidante como fácil e incompleta

El éxito de una película lleva a los estudios a buscar sucesores de forma inmediata. Cuando Crepúsculo se convirtió en la moda, surgieron docenas de intentos de crear sagas de éxito juvenil, del mismo modo que sucedió, por ejemplo, con Harry Potter. Cazadores de sombras, con sus seis novelas, era un título perfecto para que Hollywood se lanzara a su adaptación más pronto que tarde, porque da, fácil, para siete película (la última, doble, por supuesto). Ciudad de hueso, la primera entrega, es trepidante, tiene un ritmo altísimo, y eso hace que sea una película que no aburre en ningún momento. Pero lo negativo es que todo tiene una disposición sumamente fácil, todo se va anticipando con suma sencillez en un guión que no se aleja de lo esperado, docenas de situaciones quedan sin explicar o, quizá, demasiado resumidas para adaptar al completo las casi 500 páginas del libro de Cassandra Clare en que se basa. Y al final, todo esto confluye en dos conclusiones. La primera, que entretiene por encima de su nivel real. La segunda, que pensarla afecta negativamente a su valoración.

Hay en Cazadores de sombras. Ciudad de hueso un sincero intento de no caer con demasiada facilidad en las garras de Crepúsculo, con todo lo bueno y malo que pueda tener eso para sus seguidores y detractores, y a fe que lo consigue durante casi toda la película, a excepción por supuesto de la pastelosa escena obligatoria desde que las películas, al menos algunas, se hacen pensando en estudios de mercado. El gran mérito de Harald Zwart (director del remake de The Karate Kid, La Pantera Rosa 2 o Superagente Cody Banks, que nadie espere por tanto una pieza de artesanía) está en el endiablado ritmo de la película, a pesar de los incontables cabos sueltos, las situaciones inexplicadas o incluso momentos que uno no sabe muy bien por qué están ahí. Como de costumbre, se intuye que la respuesta es porque está en el libro, aunque lo más probable es que sus seguidores en papel encuentren miles de diferencias entre la novela y su adaptación cinematográfica.

Ese ritmo tan alto, presente prácticamente desde la primera escena, permite la enorme mezcla de mitología de fantasía que hay en la película y es lo que diferencia a ésta de las muchas otras que siguen un patrón fijo: chavales de moda (o aspirantes a serlo) como protagonistas, veteranos para dar prestigio al reparto, fantasía urbana y locales de moda, la vida de una joven protagonista que se ve alterada por completo por la irrupción de seres extraordinarios, una o varias sociedades secretas, un misterio que resolver y, por supuesto, una historia de amor que afecte al menos a tres personajes. Visto una y mil veces, con influencias que es mejor no detallar para no estropear algunos de los giros argumentales de la película (y eso que dan ganas de insistir en la imperecedera influencia de...). Lo molesto, en todo caso, no está en el planteamiento, que tiene su público, sino en que todo parece dispuesto para que ese público no tenga que utilizar ni una sola neurona. Todo se va anticipando un par de escenas antes de que suceda, y muchos detalles que se verán en la secuela, ya anunciada, están ya adelantados aquí.

Y no se trata de dejar cabos sueltos para las siguientes entregas, lo que ofrece esta primera entrega de Cazadores de sombras es una retahíla inagotable de elementos dispersos, que dejan incompleta la historia en demasiados aspectos. Incluso los personajes cambian de idea con una facilidad y una ausencia de explicaciones que parece sorprendente. Como el ritmo elevado es el mejor arma del filme, el epílogo es donde más se nota esa carencia, porque tras el clímax los personajes desaparecen sin más, las explicaciones de lo sucedido brillan por su ausencia y todo viene a dar un poco igual porque se ha conseguido el objetivo esencial: que los chicos jóvenes dejan su impronta de guapos (incluso con motivos vergonzosos como el que esgrime el guión para que Lily Collins lleve un vestido corto en una de las escenas), que Jonathan Rhys Meyers actúe de villano con cierto interés, que los efectos visuales y la creación de la fantasía sean resultones y que los 130 minutos que dura la película se pasen sin haber aburrido a nadie. Eso lo consigue. Pero, insisto, irse deteniendo en los detalles (como lo de Bach y la sospechosa presencia de pianos por todas parres) va destrozando tantos elementos del filme que es mejor no pensarlo.

viernes, febrero 03, 2012

'Albert Nobbs', cuando la premisa se tambalea

Muchas películas se basan en premisas llamativas. En Albert Nobbs esa premisa es ver a Glenn Close haciéndose pasar por un hombre, que no interpretar un papel masculino. Es la historia de una mujer que se tiene que convertir a ojos de la sociedad en un hombre para poder sobrevivir. Con esa base, Rodrigo García monta una historia más que interesante, en un mundo en el que hay mujeres que deben esconderse y fingir lo que no son para poder subsistir. ¿Pero qué sucede cuando la premisa se tambalea? ¿Cuando parece que no es más que la excusa para montar una película a su alrededor? Sucede que la película pierde credibilidad. Glenn Close es una fantástica actriz y hace un impresionante esfuerzo en todos los sentidos, en especial con el lenguaje corporal, pero a mí se me hace imposible dejar ver a la mujer debajo del maquillaje y la actuación. La premisa se tambalea y, con ella, el conjunto de la película, por lo demás un folletín interesante y bien llevado.

Albert Nobbs trabaja como camarero en un hotel del Dublín del siglo XIX. Es un hombre menudo, metódico, trabajador, sobrio y educado. Esa es la fachada que ha escogido una mujer abandonada desde niña para poder ganarse la vida en un mundo de hombres. Bajo las ropas del camarero se esconde, sin que nadie lo sepa, un cuerpo femenino. No hay de partida, aunque luego aparecen, implicaciones de orientación sexual en esta película, sino que se trata de una historia de supervivencia. Buscando la verosimilitud del planteamiento, Glenn Close se somete a una intensa sesión de maquillaje, cambia por completo su tono de voz y modifica de forma radical su lenguaje corporal. En ese último aspecto es donde triunfa con absoluta certeza, no hay más que ver la escena de la playa para comprobar el espectacular trabajo de la actriz para transmitir con sus movimientos que se ha olvidado por completo de ser una mujer. Albert Nobbs es Glenn Close en el sentido más amplio. Y es que es también la guionista y la productora del filme.

Decía que me es imposible dejar de ver a la mujer a pesar del meritorio trabajo de la protagonista, y eso se debe a que el entorno no ayuda. Rodrigo García, director de la película, adopta sin problemas el tono sobrio que impone el personaje principal, pero la presencia masculina en el reparto hace destacar aún más la feminidad, como poco la rareza, del propio Albert Nobbs. El orondo doctor que interpreta Brendan Gleeson, el camarero borrachín al que da vida Mark Williams, el rudo y mujeriego Aaron Johnson o, en su breve aparición, el noble juerguista de Jonathan Rhys Meyers, son tan arquetípicos que actúan como faros en la oscuridad, señalando que hay algo diferente en Nobbs. Pero es que la misma sensación deja el resto del reparto femenino, empezando por una Mia Wasikowska que, esta vez sí y a diferencia de su frialdad habitual (Jane Eyre o Alicia en el País de las Maravillas), construye un buen personaje, sólo lastrado por el tópico que encarna. Hombres y mujeres colocan a Albert Nobbs lejos de sus círculos, y se dificulta así la tarea de aceptar el realismo de este supuesto hombre. Del personaje de Janet McTeer mejor no revelar nada.

Para quien la premisa inicial funcione, la película ganará en interés. No es, en absoluto, una mala historia de época, que trata cuestiones de bastante interés, a nivel personal (los dilemas de una mujer escondida en un mundo de hombres, sus dudas sobre qué caminos tomar y cómo tomarlos) y a nivel social (la situación de la mujer en el siglo XIX). Rodrigo García sabe combinar con bastante acierto la comedia y el drama. Pero el hecho de que sea el primer guión de Glenn Close hace que todo esté demasiado basado en situaciones conocidas y en personajes típicos. No consigue Albert Nobbs una entidad por sí sola como película más allá de la premisa inicial, más comercial que cinematográfica, de convertir a Glenn Close en un hombre. Y eso coloca la credibilidad del filme en el filo de la navaja. Quien admita que esa mujer ha podido hacerse pasar por un hombre durante décadas sin ser descubierta y en un entorno socialmente concurrido, superará escenas sin problemas y disfrutará de bastantes. Quien no, probablemente pensará que es una película demasiado larga y que podría haber sido mejor.