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lunes, septiembre 02, 2013

'Cazadores de sombras. Ciudad de hueso', tan trepidante como fácil e incompleta

El éxito de una película lleva a los estudios a buscar sucesores de forma inmediata. Cuando Crepúsculo se convirtió en la moda, surgieron docenas de intentos de crear sagas de éxito juvenil, del mismo modo que sucedió, por ejemplo, con Harry Potter. Cazadores de sombras, con sus seis novelas, era un título perfecto para que Hollywood se lanzara a su adaptación más pronto que tarde, porque da, fácil, para siete película (la última, doble, por supuesto). Ciudad de hueso, la primera entrega, es trepidante, tiene un ritmo altísimo, y eso hace que sea una película que no aburre en ningún momento. Pero lo negativo es que todo tiene una disposición sumamente fácil, todo se va anticipando con suma sencillez en un guión que no se aleja de lo esperado, docenas de situaciones quedan sin explicar o, quizá, demasiado resumidas para adaptar al completo las casi 500 páginas del libro de Cassandra Clare en que se basa. Y al final, todo esto confluye en dos conclusiones. La primera, que entretiene por encima de su nivel real. La segunda, que pensarla afecta negativamente a su valoración.

Hay en Cazadores de sombras. Ciudad de hueso un sincero intento de no caer con demasiada facilidad en las garras de Crepúsculo, con todo lo bueno y malo que pueda tener eso para sus seguidores y detractores, y a fe que lo consigue durante casi toda la película, a excepción por supuesto de la pastelosa escena obligatoria desde que las películas, al menos algunas, se hacen pensando en estudios de mercado. El gran mérito de Harald Zwart (director del remake de The Karate Kid, La Pantera Rosa 2 o Superagente Cody Banks, que nadie espere por tanto una pieza de artesanía) está en el endiablado ritmo de la película, a pesar de los incontables cabos sueltos, las situaciones inexplicadas o incluso momentos que uno no sabe muy bien por qué están ahí. Como de costumbre, se intuye que la respuesta es porque está en el libro, aunque lo más probable es que sus seguidores en papel encuentren miles de diferencias entre la novela y su adaptación cinematográfica.

Ese ritmo tan alto, presente prácticamente desde la primera escena, permite la enorme mezcla de mitología de fantasía que hay en la película y es lo que diferencia a ésta de las muchas otras que siguen un patrón fijo: chavales de moda (o aspirantes a serlo) como protagonistas, veteranos para dar prestigio al reparto, fantasía urbana y locales de moda, la vida de una joven protagonista que se ve alterada por completo por la irrupción de seres extraordinarios, una o varias sociedades secretas, un misterio que resolver y, por supuesto, una historia de amor que afecte al menos a tres personajes. Visto una y mil veces, con influencias que es mejor no detallar para no estropear algunos de los giros argumentales de la película (y eso que dan ganas de insistir en la imperecedera influencia de...). Lo molesto, en todo caso, no está en el planteamiento, que tiene su público, sino en que todo parece dispuesto para que ese público no tenga que utilizar ni una sola neurona. Todo se va anticipando un par de escenas antes de que suceda, y muchos detalles que se verán en la secuela, ya anunciada, están ya adelantados aquí.

Y no se trata de dejar cabos sueltos para las siguientes entregas, lo que ofrece esta primera entrega de Cazadores de sombras es una retahíla inagotable de elementos dispersos, que dejan incompleta la historia en demasiados aspectos. Incluso los personajes cambian de idea con una facilidad y una ausencia de explicaciones que parece sorprendente. Como el ritmo elevado es el mejor arma del filme, el epílogo es donde más se nota esa carencia, porque tras el clímax los personajes desaparecen sin más, las explicaciones de lo sucedido brillan por su ausencia y todo viene a dar un poco igual porque se ha conseguido el objetivo esencial: que los chicos jóvenes dejan su impronta de guapos (incluso con motivos vergonzosos como el que esgrime el guión para que Lily Collins lleve un vestido corto en una de las escenas), que Jonathan Rhys Meyers actúe de villano con cierto interés, que los efectos visuales y la creación de la fantasía sean resultones y que los 130 minutos que dura la película se pasen sin haber aburrido a nadie. Eso lo consigue. Pero, insisto, irse deteniendo en los detalles (como lo de Bach y la sospechosa presencia de pianos por todas parres) va destrozando tantos elementos del filme que es mejor no pensarlo.

miércoles, junio 19, 2013

'Un invierno en la playa', la deliciosa reescritura de la vida

Un invierno en la playa es una película sobre la reescritura de varias vidas interconectadas, las de una familia de escritores y aspìrantes a serlo. Es una pequeña película de corte independiente y reparto deslumbrante (más allá de los nombres más conocidos, destacan también los más jóvenes, lo que da una frescura muy agradable) que se gana la complicidad del espectador desde el principio. Quizá con algunos lugares comunes y estrategias narrativas demasiado repetidas en el cine que se rueda lejos de los grandes estudios, incluso con un guión que deja cabos sueltos y ocasiones perdidas, pero con una deliciosa empatía que hace que los personajes traspasen la pantalla y, aunque sólo sea durante poco más de hora y media, sean el padre, la madre, el hijo, la hija, el hermano o la novia que todo el mundo podría haber tenido. Y es que Un invierno en la playa es un precioso pedazo de vida, que conecta además con la maravillosa capacidad de escribir.

Bill (Greg Kinnear) es un escritor divorciado de Erica (Jennifer Connelly), que se marchó con un hombre más joven. Ambos son padres de dos hijos, a los que él ha ido educando para que sean escritores como él. Samantha (Lily Collins) no cree en el amor, y así se lo intenta hacer ver a Lou (Logan Lerman) a pesar de sus intentos de que le conceda una cita. Rusty (Nat Wolff) sí cree, es un romántico idealista que convierte a Kate (Liana Liberato), una compañera de clase, en el ángel de sus poemas. Hay en Un invierno en la playa media docena de razones para disfrutar: su reparto. La comicidad humana y realista de Kinnear sigue siendo tan divertida como cuando se coló hace ya 16 años entre Jack Nicholson y Helen Hunt en Mejor... imposible. Y la versatilidad de la espléndida y quizá a veces algo infravalorada Jennifer Connelly encuentra aquí un papel espléndido para demostrar lo gran actriz que es. Pero hay más.

Porque aunque Kinnear se erija en protagonista de la película, lo cierto es que ésta crece gracias a la frescura de sus rostros más jóvenes. Lily Collins es la que más peso aguanta, y lo hace con una simpatía y un realismo al que no apuntaba precisamente en la insulsa Blancanieves que protagonizó. Logan Lerman confirma las buenas sensaciones que apuntó en Las ventajas de ser un marginado, porque incluso para interpretar a dos adolescentes con ciertos puntos de conexión se pueden incorporar matices diferentes. Aunque tiene ya algunos papeles en su filmografía, el descubrimiento de la película es Nat Wolff. Y junto a él está Liana Liberato, una joven actriz que deslumbró en Trust, una película incomprensiblemente inédita en España. Lástima que su personaje y el de Kristen Bell queden algo desdibujados, sobre todo al final, siendo estas inconsistencias en un guión en general bien llevado el principal problema de la película, escrita y dirigida por el debutante Josh Boone.

La impresión que deja la película es fantástica por todo lo relatado, porque enlaza momentos tiernos, divertidos, personales y dramáticos con soltura y emulando a la propia vida real, pero lo del título es para ser analizado aparte. El que tendrá la película en España, Un invierno en la playa, es horrendo porque no se corresponde en absoluto con la película. En la pantalla, al inicio del filme, el que aparece es Writers, mucho más acertado aunque poco preciso. Y uno va a IMDB y se encuentra con que el título original de la película es Stuck in Love (algo así como Atascado en el amor, probablemente más acertado en plural), y que está traducido como El novelista, dejando los tres escritores que hay en la película en uno solo, se sobreentiende que el interpretado por Greg Kinnear. Así que no sé cómo llamar a la película, que parece condenada a ser la Greg Kinnear y Jennifer Connelly. Pero, aunque sea así, merece la pena por ser un fresco retrato realista sobre la familia, el amor y la posibilidad de reescribir nuestras vidas.