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miércoles, septiembre 18, 2013

'Percy Jackson y el mar de los monstruos', simpática y simple aventura juvenil

El fantástico juvenil no es un género nada fácil, y más después de que los años 80 ofrecieran tal torrente de creatividad y talento que empequeñeció a todo lo que se estrenó desde entonces y sigue empequeñeciendo a títulos contemporáneos, que estrenados entonces podrían incluir haber recibido la etiqueta de pequeño clásico. Y a veces da la impresión de que es un género que no tiene ya tan fácil encontrar su público, cosa que de vez en cuando desmiente la taquilla. Cuando se estrenó Percy Jackson y el ladrón del rayo no dejó de parecer una peliculita entretenida y simpática, nada del otro mundo, que logró unos muy buenos resultados económicos (226 millones en todo el mundo, por los 95 de su presupuesto), así que la secuela parecía inevitable. Estar basado en una serie de libros garantiza material para seguir produciendo filmes de Percy Jackson. El segundo, Percy Jackson y el mar de los monstruos, vuelve a repetir simpatía y simpleza, mejorando en algunos aspectos a su predecesora y confirmándose como una agradable aventura juvenil sin demasiadas pretensiones.

Lo bueno de una película como Percy Jackson y el mar de los monstruos, más después de haber visto ya la primera entrega, es que es tan sincera en su planteamiento que acaba por entretener con bastante facilidad. Sin duda, no todo el mundo disfrutará de la misma manera del habitual reparto juvenil (bien sobre todo Logan Lorman y Alexandra Dadario, por encima del afortunadamente recortado papel del secundario cómico Brandon T. Jackson) con el consabido toque de veteranía (con todo el cariño y el respeto a esta película, Stanley Tucci da la sensación de aceptar ya todo lo que le ofrecen), de unos logrados pero muy digitales efectos visuales y del tono aventurero amable que propone. Pero, aún así, todo funciona con bastante corrección, desde el más oscuro prólogo hasta el final de sus muy bien ajustados 106 minutos, en los que el 3D nuevamente vuelve a mostrarse como una moda pensada para sacar más dinero de la taquilla... y parece que funciona, porque este segundo Percy Jackson, estrenado el 7 de agosto en Estados Unidos, ya supera en recaudación a su presupuesto.

El gran pero de la película está en que, si bien la primera de la saga aguantaba de forma individual y tenía un cierre más o menos claro, ésta se sustenta demasiado en el deseo de querer ser una saga, pecado que afecta a tantos títulos que ya es otra moda más (y que dejó colgadas, por ejemplo, sagas como Eragon, Soy el número cuatro o La brújula dorada). Muchas referencias a la película con la que arrancó y sobre todo un final muy abierto... que en realidad es casi más apetecible que el largo prólogo a una historia más larga en que se convierte la segunda entrada (una sensación similar a la que, aunque de otra forma, dejaba la escena postcréditos de Lobezno inmortal). El otro problema de Percy Jackson y el mar de los monstruos es uno en el que suele caer con facilidad la ficción contemporánea. Tal es el deseo de mostrar las heroicidades del protagonista de la película que acaba por minimizar la gran amenaza que se quiere construir durante todo el filme y en especial en una gran secuencia animada que, desde otro tono y un color diferente, recuerda a aquella otra secuencia animada de la primera parte de Harry Potter y las reliquias de la muerte.

Lo que se agradece de Percy Jackson es que, con el acostumbrado toque cómico, sí hay un respeto a la mitología en la que se basa. No importa que se trate de una película juvenil, no es idiotizante. En sencilla y en ocasiones incluso simple, pero se deja ver con agrado. Incluso es una película que presta atención al desarrollo de los personajes, aunque sea una de las esferas en las que se hace con sencillez y tocando algunos tópicos moralizantes, pero al menos evidencia que no está todo puesto en mostrar protagonistas adolescentes (notable, por cierto, la conjunción del reparto, de edades más diferentes de lo que parece y que siguen encajando en sus personajes) y en unos aparentes efectos visuales. Hay una historia, hay unos personajes y, sobre todo, hay una puerta abierta a la próxima secuela, que, insisto, apetece por el escenario con el que deja el final de Percy Jackson y el mar de los monstruos. Y no destacar un detalle más sería imperdonable: ojo al pequeño papel de Nathan Fillion y su memorable chiste privado sobre las series de televisión.

miércoles, junio 19, 2013

'Un invierno en la playa', la deliciosa reescritura de la vida

Un invierno en la playa es una película sobre la reescritura de varias vidas interconectadas, las de una familia de escritores y aspìrantes a serlo. Es una pequeña película de corte independiente y reparto deslumbrante (más allá de los nombres más conocidos, destacan también los más jóvenes, lo que da una frescura muy agradable) que se gana la complicidad del espectador desde el principio. Quizá con algunos lugares comunes y estrategias narrativas demasiado repetidas en el cine que se rueda lejos de los grandes estudios, incluso con un guión que deja cabos sueltos y ocasiones perdidas, pero con una deliciosa empatía que hace que los personajes traspasen la pantalla y, aunque sólo sea durante poco más de hora y media, sean el padre, la madre, el hijo, la hija, el hermano o la novia que todo el mundo podría haber tenido. Y es que Un invierno en la playa es un precioso pedazo de vida, que conecta además con la maravillosa capacidad de escribir.

Bill (Greg Kinnear) es un escritor divorciado de Erica (Jennifer Connelly), que se marchó con un hombre más joven. Ambos son padres de dos hijos, a los que él ha ido educando para que sean escritores como él. Samantha (Lily Collins) no cree en el amor, y así se lo intenta hacer ver a Lou (Logan Lerman) a pesar de sus intentos de que le conceda una cita. Rusty (Nat Wolff) sí cree, es un romántico idealista que convierte a Kate (Liana Liberato), una compañera de clase, en el ángel de sus poemas. Hay en Un invierno en la playa media docena de razones para disfrutar: su reparto. La comicidad humana y realista de Kinnear sigue siendo tan divertida como cuando se coló hace ya 16 años entre Jack Nicholson y Helen Hunt en Mejor... imposible. Y la versatilidad de la espléndida y quizá a veces algo infravalorada Jennifer Connelly encuentra aquí un papel espléndido para demostrar lo gran actriz que es. Pero hay más.

Porque aunque Kinnear se erija en protagonista de la película, lo cierto es que ésta crece gracias a la frescura de sus rostros más jóvenes. Lily Collins es la que más peso aguanta, y lo hace con una simpatía y un realismo al que no apuntaba precisamente en la insulsa Blancanieves que protagonizó. Logan Lerman confirma las buenas sensaciones que apuntó en Las ventajas de ser un marginado, porque incluso para interpretar a dos adolescentes con ciertos puntos de conexión se pueden incorporar matices diferentes. Aunque tiene ya algunos papeles en su filmografía, el descubrimiento de la película es Nat Wolff. Y junto a él está Liana Liberato, una joven actriz que deslumbró en Trust, una película incomprensiblemente inédita en España. Lástima que su personaje y el de Kristen Bell queden algo desdibujados, sobre todo al final, siendo estas inconsistencias en un guión en general bien llevado el principal problema de la película, escrita y dirigida por el debutante Josh Boone.

La impresión que deja la película es fantástica por todo lo relatado, porque enlaza momentos tiernos, divertidos, personales y dramáticos con soltura y emulando a la propia vida real, pero lo del título es para ser analizado aparte. El que tendrá la película en España, Un invierno en la playa, es horrendo porque no se corresponde en absoluto con la película. En la pantalla, al inicio del filme, el que aparece es Writers, mucho más acertado aunque poco preciso. Y uno va a IMDB y se encuentra con que el título original de la película es Stuck in Love (algo así como Atascado en el amor, probablemente más acertado en plural), y que está traducido como El novelista, dejando los tres escritores que hay en la película en uno solo, se sobreentiende que el interpretado por Greg Kinnear. Así que no sé cómo llamar a la película, que parece condenada a ser la Greg Kinnear y Jennifer Connelly. Pero, aunque sea así, merece la pena por ser un fresco retrato realista sobre la familia, el amor y la posibilidad de reescribir nuestras vidas.

martes, febrero 12, 2013

''Las ventajas de ser un marginado', fresco retrato adolescente

Hay frescura en Las ventajas de ser un marginado a la hora de tratar la adolescencia y todas las cuestiones colaterales que conlleva ese periodo de la vida. Y eso que trata de algo muy manido en la literatura y en el cine más independiente. La película es satisfactoria y está bien construida  aunque pasa por encima de algunos elementos de la historia para edulcorar ligeramente la visión de estos jóvenes con un pasado y un presente a su vez problemático. A pesar de ese detalles, más o menos molestos según el nivel de exigencia que se le quiera poner a la película, no se puede achacar ese detalle a que se trata de la adaptación de una novela, pues es el propio autor, Stephen Chbosky, quien ha escrito el guión y dirigido el filme. Por supuesto, no hay nada en ella demasiado original, pues el cine lleva décadas explorando este periodo de aprendizaje y descubrimiento de tantas cosas, pero el conjunto es sumamente entretenido y los personajes captan la atención del espectador casi desde el principio.

Charlie (Logan Norman) comienza el instituto sin tener ni un solo amigo, resignado a que su timidez convierta esos años en una tortura más que un disfrute. Pero, casi por casualidad, se hace amigo de Patrick (Ezra Miller) y Sam (Emma Watson), estudiantes del último curso, que le descubren otra forma de afrontar la vida en el instituto. El reparto es una de las virtudes y uno de los defectos de la película. Lo que muestran es correcto, notable en algunos momentos. Pero sus interpretaciones chocan demasiado a menudo con el trágico trasfondo que tienen sus vidas. Puede que les falte algo de presencia para que se pueda leer entre líneas. Quizá el más notable en este sentido es Miller, el más soso en la primera mitad del filme es Norman y Watson tiene el severo problema de seguir luchando contra la sombra de su papel en la saga de Harry Potter. Nada de esto distrae demasiado y en conjunto firman un buen trabajo, pero con los matices apuntados.

Su labor se ve facilitada por la buena construcción de los personajes que hace Chbosky, lo que desemboca en escenas a ratos divertidas (el profesor de manualidades y el trato que tiene con Patrick) y a ratos amargas (el juego de verdad o atrevimiento) pero casi siempre bien escogidas. Es cierto que durante algunos minutos parece olvidar con demasiada facilidad los aspectos más trágicos, empezando por obviar prácticamente el detonante de los males de Charlie, o cayendo en algún giro bastante previsible (la reacción de Patrick con Charlie en la única escena en la que no está Sam presente). Pero el envoltorio deja un poso bastante sólido. Así ocurre con la relación entre Charlie y su profesor de literatura, el señor Anderson (Paul Rudd), o las socarronas y divertidas apariciones del padre del adolescente (Dylan McDermott), la relación sentimental de su hermana (Nina Dobrev) o las amigas que Patrick y Sam introducen en su vida, especialmente Mary Elizabeth (Mae Whitman). Hay momentos en los que incluso estos aspectos secundarios dan más solidez al relato que el viaje principal de los adolescentes protagonistas.

Las ventajas de ser un marginado entretiene por su frescura y por su sinceridad (que se vislumbra también, de algún modo, en su homenaje a The Rocky Horror Picture Show, inclasificable película de culto), por su retrato de una adolescencia cercana incluso con los duros antecedentes que manifiesta la película. Los de Charlie se dejan sentir especialmente en su segunda mitad y, sobre todo, en el duro tramo final, mientras que los de Patrick y Sam están más equilibrados a lo largo del filme. Los momentos más complejos están muy bien llevados por Chbosky y rodados con mucha elegancia (gran recurso la forma en la que soluciona la escena de la pelea), y gracias a eso el drama no se lleva por delante el buen rollo que preside casi todo su metraje. Por supuesto, es un retrato que generará más identificación entre los espectadores americanos, pero incluso teniendo en cuenta las diferencias culturales realmente sencillo encontrar algún pasaje que conmueva a cada espectador. Eso es, con diferencia, lo mejor de la película y lo que le da su calor. Y es que todos hemos sido adolescentes alguna vez en la vida...