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viernes, marzo 06, 2015

'Calvary', cuestión de fe

Cuando un cineasta, en este caso John Michael McDonagh, se presenta con una película tan interesante como El irlandés, tiene más que ganada la atención a su siguiente trabajo. Es ley de vida. Si convences, te siguen. Calvary es su segundo largometraje y consigue que el interés inicial pase a ser ya una cuestión de fe. McDonagh es un director en el que se puede creer, que sabe rodar, que sabe escribir, que sabe interpretar la realidad, y hacerlo desde diferentes géneros, la comedia de El irlandés, el drama de Calvary. Lo que hace en esta segunda es admirable. Parte de una base de thriller, con una primera escena formidable, un plano fijo que saca todo el provecho a la extraordinaria interpretación de Brendan Gleeson y una voz en off que plantea el misterio de la película, para dar paso a una magnífica recreación de un microcosmos, un pueblecito irlandés, que con facilidad puede extrapolarse a la sociedad en su conjunto. De esa forma, el abanico de temas que trata la película es tan grande que casi parece un milagro, perdón por el fácil juego de palabras ante el protagonismo de un sacerdote, que todo tenga cabida en poco más de 100 minutos.

La genialidad de Cavalry pivota alrededor de los dos nombres que destacan en la película, McDonagh y Gleeson. El primero, director y guionista del filme, demuestra un dominio extraordinario de todo lo que acontece en la pantalla, pero también de las sensaciones que puede provocar al otro lado de la pantalla, entre los espectadores. Quizá haya algo de efectismo en el clímax de Calvary, pero eso es lo único que se le puede llegar a reprochar, porque tratar a su público con tanta inteligencia como lo hace basta para perdonar los defectos menores que pueda tener la película. Gleeson, por su parte, es uno de esos actores sensacionales a los que todo el mundo recuerda haber visto pero rara vez dónde. No es sólo que sea muy bueno o que haga un papel formidable en el filme. Es que resulta maravilloso su salto de género conjunto con McDonagh, desde el policía de El irlandés a este sacerdote de profunda carga psicológica y emocional.

Con la base de esos dos trabajos geniales, la película fluye con tanta facilidad que se puede permitir el lujo de abordar una enorme cantidad de temas. Parte el filme de lo más polémico y turbio, los abusos a menores dentro de la iglesia, y acaba pasando por un enorme espectro de cuestiones, desde el maltrato doméstico al fracaso personal, pasando por el alcoholismo o la fe católica. Cada personaje que aparece en la película tiene algo que aportar y de hecho lo hace dentro de ese mencionado microcosmos de McDonagh. Por eso la película es tan interesante, porque habla sobre las fachadas que construyen las personas para esconder sus secretos y las diferentes maneras en las que se pueden derribar, y lo hace desde una multiplicidad de puntos de vista pero también a través de la mirada del sacerdote protagonista, que atiende a todos los problemas por igual sin importarle su grado de simpatía o comprensión.

Como ya se vio en El irlandés, a McDonagh le encanta el cinismo como parte ineludible de las relaciones personales. Por eso puebla Calvary de diálogos muy certeros, realistas, adecuados a cada uno de sus personajes y a la acción que muestra la película. La pesada losa del paso de los días (la película transcurre en una semana, y tiene una explicación que se cuenta ya en esa primera escena) es un elemento más que ayuda a crear una atmósfera sensacional, cruda y realista, como un reflejo de la misma sociedad a la que de alguna manera quiere representar este pueblo irlandés. Y es que no deja de ser algo a aplaudir que desde una mirada tan circunscrita a un entorno tan concreto, no hay que olvidar que McDonagh centró en el mismo punto geográfico tanto El irlandés como Calvary, acaba creando una todavía corta filmografía pero extraordinariamente compleja en cuanto a temas y situaciones. Si la primera interesó y la segunda confirmó, sin duda ahora hay muchas más ganas de ver qué hará McDonagh en su tercera película.

'Selma', la emoción es histórica

Cuando una película tiene un aspecto tan irreprochable como el de Selma y su tema es tan trascendente, los elogios suelen caer en cascada. Las nominaciones, también. Pero cuando la emoción llega de los sucesos históricos que interpreta y no de la propia película es que algo falla. No hay mucho que lamentar en Selma, la película de Ava DuVernay, pero tampoco hay gran cosa que perdure por sus méritos cinematográficos. Sí, la caracterización de Martin Luther King que hace David Oyelowo es intensa y a ratos espléndida, el reparto parece magnífico en casi todos los casos, y la reconstrucción histórica es tan lujosa como se puede esperar, por mucho que siempre haya cierta controversia en torno a algunos detalles de la adaptación. Pero la historia manda sobre la película con demasiada facilidad. Lo que emociona es porque sucedió, no por cómo nos lo está contando el filme, por muy imprescindible que sea la realización de películas como esta para no olvidar que esto aconteció hace no tantos años.

Eso, no obstante, esconde un mensaje inquietante. Y es que a veces da la impresión de que una película de negros, valga esa simplista y un tanto insufrible etiqueta, tiene que estar entre las grandes del año. Parece que si se aborda un gran tema racial la crítica ha de ser más complaciente e incluso reverencial. Y teniendo tan fresco el recuerdo de 12 años de esclavitud, Criadas y señoras o la misma Lincoln, es difícil valorar Selma mucho más allá de lo que sí es. Es una buena película, pero no está entre las que marcan una época, entre las que perduran en la memoria o entre las que puedan recibir el calificativo de definitiva. Interesante, sin duda. Con buenas escenas, sobre todo las que rodean a las marchas que se iniciaron en el puente Edmund Pettus, incluso la recreación de los discursos de King (aunque, en el fondo, se echa en falta la presencia del "I have a dream") gracias al muy buen trabajo de Oyelowo. Pero es poco lo que surge de los méritos cinematográficos, de la dirección de DuVernay o de otros apartados que no sean técnicos.

La sensación es que había que contar la historia, y que esta, por sí sola, ha de ser capaz de conmover a públicos norteamericanos y de cualquier parte del planeta. Y en parte es cierto. Es una historia emocionante, importante, aleccionadora, pero todo es tan tópico que Selma acaba camuflada en un cine amplio y poco arriesgado. La música es la que cabe esperar en las escenas en las que parece lógico incluirlas, las cámaras lentas aparecen cuando corresponde, los primeros planos y los generales se colocan exactamente donde lo diría cualquier manual. Irreprochable todo, sin duda. ¿Pero y el alma de la película? Esa se queda en el influjo de este Martin Luther King. Y eso que la fotografía, tremendamente oscura en demasiados momentos y de forma innecesaria, impide apreciar algunos momentos de las interpretaciones de otros actores de la película, entre los que destacan el siempre sensacional Tom Wilkinson o un Tim Roth mucho más interesante cuando se aleja del cine más comercial.

Selma, que toma el título del nombre del pueblo en el que acontece la protesta concreta que refleja la película, es correcta pero acaba resultando mucho más interesante para historiadores o sociólogos que para amantes del cine. Al filme se le escapan entre los dedos las posibilidades contar una historia desde un punto de vista original, a través del periodista o de la propia mujer de King, y sus momentos cumbre quedan confinados a la previsible glorificación de un protagonista sin tacha, mesiánico y trascendente en grado sumo, cuyo cansancio, mostrado en el tramo final del filme, no deja de ser más que una concesión a que su efigie no sea granítica y perfecta. La figura de Martin Luther King es, no obstante, razón suficiente para disfrutar con Selma. Su pelea, su ideario, su forma de enfrentarse a los problemas raciales en Estados Unidos justifican la película. Es más, la hacen necesaria. Pero esta no deja de ser una forma de conmemorar un aniversario de un hecho histórico mucho más que un filme verdaderamente inolvidable.

'Los Caballeros del Zodiaco. La leyenda del Santuario', correcta actualización

Los conocedores del manga o del anime televisivo de Los Caballeros del Zodiaco saben que el objetivo que se ha propuesto esta sexta película basada en la franquicia, la primera que se estrena en cines en España, es casi un imposible. La idea de Los Caballeros del Zodiaco. La leyenda del Santuario es reinterpretar la primera y más conocida saga de estos guerreros mitológicos, la que culmina en las doce casas, y condensar todo eso en los 93 que dura el filme es, efectivamente, harto complicado. De esa forma, la película supone una excesiva reducción de todos los elementos que pone en la pantalla. Quizá quien no conozca el referente original no lo note tanto, y disfrute más de este sencillo divertimento, de esta correcta actualización de la serie en su primera revisión en animación por ordenador, que apabulla por la inmensa cantidad de detalles que quiere incluir y que por el camino, eso sí, se olvida de lo importante que son los personajes y los detalles que los hacen únicos.

Dicho de otra forma, la película es una escena de acción prácticamente continua que no da mucho margen al reposo ni a las explicaciones, que prácticamente le sobran a la película desde ese punto de vista. Hay que contar el origen de Saori como reencarnación de Atenea, la llegada de los caballeros de bronce y su asalto a las doce casas del zodiaco en el Santuario para salvar la vida de la diosa a la que protegen de los intentos del Patriarca de acabar con ella. Eso deja casi una veintena de personajes con un papel mínimamente extenso y no menos de una decena de combates, que en la memoria de los aficionados a Saint Seiya, título original de la serie, se extienden por separado durante varios episodios de la serie de televisión con muchos momentos emblemáticos. Faltan cosas, pero la labor de compresión es notable y hay que elogiar que el conjunto mantenga cierta coherencia quitándole tantas piezas necesarias para entender el rompecabezas, y que la épica del relato se mantenga intacta, algo que debe mucho a la animación por ordenador empleada.

Y es que, aunque haya algunas modificaciones polémicas, sobre todo en lo que se refiere a la luminosidad de las armaduras de los caballeros, lo cierto es que el aspecto visual de la película es fantástico. Los Caballeros del Zodiaco luce espléndidamente en CGI y la animación, ya desde la primera y fascinante secuencia del filme, encaja a la perfección en este mundo. Incluso permite un nivel de acabado y de detalle que hasta ahora no se había visto en la saga, y que brilla especialmente en la mastodóntica reinvención del Santuario, un prodigio de arquitectura fantástica. La animación por ordenador también hace que las batallas sean muy disfrutables, sobre todo la que cierra el filme, por mucho que, en realidad, a todo le falte el espíritu que desbordaba tanto el manga como el anime originales. El intento de compensar esa frialdad con el humor es claramente fallido, y como ejemplo destaca el insoportable número musical con el que se destroza al Caballero de Cáncer, otrora un personaje temible y muy atractivo.

Los Caballeros del Zodiaco. La leyenda del Santuario dista muchísimo de ser la encarnación perfecta de los personajes. En primer lugar, porque trata de abarcar demasiado. Su ambición acaba siendo su peor enemigo, porque hace que el guión sea demasiado escaso, incluso trufándolo de detalles que harán las delicias de los seguidores clásicos de la serie. Desde un punto de vista muy severo, la adaptación se la juega en algunos momentos, pero en realidad sale bastante bien parada en términos generales. Lo actualizado funciona casi siempre (los cascos cerrados de las armaduras, la sustitución de las inmensas cajas que las contenían por colgantes, que el Santuario no sea un lugar accesible en la Tierra), y se acepta sin demasiadas reservas el carrusel de acción que propone porque visualmente es un producto muy logrado. Quizá una apuesta menos humorística hubiera ayudado a que la épica fuera mucho más pronunciada, pero como primer acercamiento por esta vía a la saga llega con facilidad al aprobado.

'Maps to the Stars', el doble retroceso de Cronenberg

Siendo esta una simplificación perfectamente debatible, David Cronenberg ha tenido dos grandes picos en su carrera. El primero fue en la primera mitad de los años 80, cuando se convirtió en un maestro de lo inquietante, lo macabro y lo repulsivo, un gran director de género con una enorme capacidad de sorprender. El segundo fue a mediados de la pasada década, cuando dio un descomunal salto de madurez con dos películas espléndidas, Una historia de violencia y Promesas del este. Pero de la misma forma que se difuminó el primero antes de llegar el segundo, ahora Cronenberg está en una etapa que bien podría calificarse de retroceso desde dos puntos de vista. Por un lado, el de calidad. Un método peligroso, Cosmópolis y ahora Maps to the Stars están muy lejos de los resultados de esas dos películas anteriores. Por otro, en lo temático, porque en este último filme Cronenberg vuelve a temas y personajes que entroncan con los de sus comienzos, lo que a estas alturas contribuye a generar cierta perplejidad.

Cronenberg consigue que la evaluación simplista de su película sea francamente compleja. ¿Es un producto fallido? En realidad, no. ¿Pero es una de sus grandes películas? Tampoco lo parece, ni siquiera desde el prisma más benévolo. Lo que ofrece Maps to the Stars es una historia extraña, retorcida, con personajes torturados y al límite, con un alto componente de crítica al sistema de Hollywood, aunque en realidad tampoco suene a nuevo ni a especialmente rompedor, quizá con las pretensiones de que la película se pueda leer como una crítica social más amplia aunque en el fondo cueste encontrarle ese propósito. Y con múltiples referentes, que van desde el propio cine de Cronenberg en sus inicios, con personajes que luchan contra sus demonios internos y el pasado, a algunos títulos de David Lynch (Mulholland Drive o Inland Empire vienen con facilidad a la cabeza), pasando incluso por el ejercicio de estilo visual y actoral de Stoker, por influencia directa de Mia Wasikowska, protagonista en ambas.

Esos personajes extremos son, en realidad, los que suscitan buena parte de la atención de Cronenberg y los mejores momentos de su película, por mucho que sea difícil encontrarle un sentido más allá de lo extravagante. Y en este sentido no se puede negar que es un espléndido director de actores. Todos, incluso a Robert Pattison (algo que no se podía decir en Cosmópolis) encajan perfectamente en su papel. Julianne Moore aporta la excelencia, encabezando una excelencia femenina que pasa por el drama interno que sufre Olivia Williams, por la esotérica presencia de Sarah Gordon o la siempre compleja personalidad que borda la mencionada Mia Wasikowska. John Cusack, el propio Pattison y el actor juvenil Evan Bird son la réplica masculina. Aunque este último es el que destaca porque su papel se lleva algunas de las escenas más agradecidas (y cargadas de cinismo), es obvio que hay un desequilibrio en el que ellas se llevan las partes más significativas del filme.

Dentro de ese retorno a los orígenes que parece ser Maps to the Stars, lo que más se puede agradecer es el regreso a ese Cronenberg atmosférico e inquietante, que también se ve en algunas escenas. Tampoco se puede negar que es una película que genera un efecto en el espectador, no deja indiferente, y eso es propio de creadores que merecen la pena. Puede que no sea el Cronenberg más accesible, ni tampoco el más certero (incluso en la elección de escenas y escenarios; se antoja difícil descubrir qué aporta una escena de Julianne Moore sentada en el inodoro con estreñimiento hablando con el personaje de Mia Wasikowska sobre su novio y otros menesteres, más allá de la rareza y por muy extravagante que quiera ser la película), pero sí es uno que genera emociones. Y ahí siempre destaca el Cronenberg más cínico (ojo a la escena en la que el personaje de Moore descubre que va a conseguir un papel por el que suspiraba), por encima del que bordea lo surrealista.