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viernes, marzo 06, 2015

'Maps to the Stars', el doble retroceso de Cronenberg

Siendo esta una simplificación perfectamente debatible, David Cronenberg ha tenido dos grandes picos en su carrera. El primero fue en la primera mitad de los años 80, cuando se convirtió en un maestro de lo inquietante, lo macabro y lo repulsivo, un gran director de género con una enorme capacidad de sorprender. El segundo fue a mediados de la pasada década, cuando dio un descomunal salto de madurez con dos películas espléndidas, Una historia de violencia y Promesas del este. Pero de la misma forma que se difuminó el primero antes de llegar el segundo, ahora Cronenberg está en una etapa que bien podría calificarse de retroceso desde dos puntos de vista. Por un lado, el de calidad. Un método peligroso, Cosmópolis y ahora Maps to the Stars están muy lejos de los resultados de esas dos películas anteriores. Por otro, en lo temático, porque en este último filme Cronenberg vuelve a temas y personajes que entroncan con los de sus comienzos, lo que a estas alturas contribuye a generar cierta perplejidad.

Cronenberg consigue que la evaluación simplista de su película sea francamente compleja. ¿Es un producto fallido? En realidad, no. ¿Pero es una de sus grandes películas? Tampoco lo parece, ni siquiera desde el prisma más benévolo. Lo que ofrece Maps to the Stars es una historia extraña, retorcida, con personajes torturados y al límite, con un alto componente de crítica al sistema de Hollywood, aunque en realidad tampoco suene a nuevo ni a especialmente rompedor, quizá con las pretensiones de que la película se pueda leer como una crítica social más amplia aunque en el fondo cueste encontrarle ese propósito. Y con múltiples referentes, que van desde el propio cine de Cronenberg en sus inicios, con personajes que luchan contra sus demonios internos y el pasado, a algunos títulos de David Lynch (Mulholland Drive o Inland Empire vienen con facilidad a la cabeza), pasando incluso por el ejercicio de estilo visual y actoral de Stoker, por influencia directa de Mia Wasikowska, protagonista en ambas.

Esos personajes extremos son, en realidad, los que suscitan buena parte de la atención de Cronenberg y los mejores momentos de su película, por mucho que sea difícil encontrarle un sentido más allá de lo extravagante. Y en este sentido no se puede negar que es un espléndido director de actores. Todos, incluso a Robert Pattison (algo que no se podía decir en Cosmópolis) encajan perfectamente en su papel. Julianne Moore aporta la excelencia, encabezando una excelencia femenina que pasa por el drama interno que sufre Olivia Williams, por la esotérica presencia de Sarah Gordon o la siempre compleja personalidad que borda la mencionada Mia Wasikowska. John Cusack, el propio Pattison y el actor juvenil Evan Bird son la réplica masculina. Aunque este último es el que destaca porque su papel se lleva algunas de las escenas más agradecidas (y cargadas de cinismo), es obvio que hay un desequilibrio en el que ellas se llevan las partes más significativas del filme.

Dentro de ese retorno a los orígenes que parece ser Maps to the Stars, lo que más se puede agradecer es el regreso a ese Cronenberg atmosférico e inquietante, que también se ve en algunas escenas. Tampoco se puede negar que es una película que genera un efecto en el espectador, no deja indiferente, y eso es propio de creadores que merecen la pena. Puede que no sea el Cronenberg más accesible, ni tampoco el más certero (incluso en la elección de escenas y escenarios; se antoja difícil descubrir qué aporta una escena de Julianne Moore sentada en el inodoro con estreñimiento hablando con el personaje de Mia Wasikowska sobre su novio y otros menesteres, más allá de la rareza y por muy extravagante que quiera ser la película), pero sí es uno que genera emociones. Y ahí siempre destaca el Cronenberg más cínico (ojo a la escena en la que el personaje de Moore descubre que va a conseguir un papel por el que suspiraba), por encima del que bordea lo surrealista.

martes, octubre 16, 2012

'Cosmópolis', frío ejercicio de estilo de Cronenberg

Me costó mucho encontrar el sentido al cine de David Cronenberg. Salvo algún pico puntual (su valiente actualización de La mosca, aunque es una película que no sé si ha envejecido demasiado bien), creo que eso no sucedió hasta Una historia de violencia. El díptico que formaba con Promesas del Este revelaba un director maduro, atrevido e intenso. Pero tengo la impresión de que se lo ha creído, se ha situado en un estadio que él considera superior al de su público y ha perdido el lazo que permitía una conexión especial y empática con sus películas. Un método peligroso me aburrió y Cosmópolis sigue el mismo sendero. Todavía no sé de qué va exactamente, más allá de seguir a un multimillonario en busca de no se sabe muy bien qué. Y lo que queda es un frío ejercicio de estilo, un desfile agotador de personajes sin más propósito que el de ir cubriendo etapas hasta llegar a un final que parece ser todo lo que pretende la película. No importa el proceso, sólo la conclusión. ¿Y cuál es esa conclusión? La verdad, ni idea. Y por eso me ha aburrido.

Una sinopsis más o menos correcta que no reviente nada de la película podría decir que Cosmópolis narra un día en la vida de Eric Packer, un millonario que se desplaza en una limusina extremadamente lujosa a través de Manhattan con el fin de llegar a una peluquería en la que le corten el pelo. A lo largo de ese día, va subiéndose gente a su limusina, que hace las veces de despacho, y él va entrando en otros sitios para cambiar un poco de escenario. Es gente bastante inclasificable y variopinta con la que tiene conversaciones, y lo que no son conversaciones, de esas que tienen un envoltorio de profundidad que puede llegar a convertirse en insufrible si el espectador no se ha metido de cabeza y sin pedir explicaciones en el entorno de la película. Y es que cada vez parece más sencillo introducir diálogos que no se sabe si hablan de algo como pose de intelectualidad. A mí estos no me han llegado.

Sí es verdad que me ha resultado particularmente decepcionante ver que durante todas las escenas de la limusina me parecía más fascinante el mundo a su alrededor que apenas se veía a través de las ventanillas y que cuando Cronenberg lo muestra me resulta igualmente decepcionante e inexplorado. Pero puede que el gran problema que me cause Cosmópolis no esté en el envoltorio, sino en el protagonista. No veo a Robert Pattinson en el personaje. No entro en la mentalidad del protagonista porque emocionalmente no dice nada. Como actor, y eso se ve en cuanto se opone a alguien más solvente, Pattinson es limitado. O al menos hasta ahora le hemos visto muy limitado, porque el esfuerzo que requiere protagonizar la saga Crepúsculo no es comparable al de aparecer en todas las escenas de una película de autor como pretende ser ésta. La frialdad que transmite puede ser buscada en la primera mitad del filme, pero no en el descenso a los infiernos que narra en la segunda.

Y el caso es que Cronenberg suele ser buen director de actores, pero en Cosmópolis, por aquello de que todos son personajes epísódicos, picas en un camino que no se desanda y que no se sabe hasta donde va a llegar ni cuál es su significado cuando se ha recorrido, ninguno adquiere trascendencia. Todos los personajes entran y salen salvo Pattinson, una más fría todavía, aunque lo de ella sí parece buscado y adecuado, Sarah Gadon, la actriz que interpreta a su esposa, una poetisa que no quier mantener sexo con él porque priva de energía a su creatividad artística, y un simpático Kevin Durand, guardaespaldas del protagonista. Juliette Binoche es la que menos minutos saca de este desfile y, por muy sexual que sea, el personaje menos trascendente y agradecido. Samantha Morton hace el mejor trabajo de la película porque tiene la mejor escena de Cosmópolis. Y Paul Giamatti es muy, muy bueno. Con muy poco, logra durante muchos minuutos una tensión que la película no había alcanzado hasta su entrada. ¿Suficiente para sostener la película? No.

Cosmópolis es un filme de pretendida intelectualidad que no sé si esconde algún mensaje en realidad o es simplemente lo que parece, un ejercicio de estilo en el que Cronenberg experimenta planos y perspectivas con un marco frío, las más que habituales y cada vez más rutinarias escenas de sexo (que aparecen simplemente porque sí) y un final que, por muy perturbador que quiera ser, no le llega ni a la suela de las zapatos a la sublime perfección que consiguió en el remate de Una historia de violencia. No conozco el original literario en el que se basa. Quizá ahí haya más claves para entender de qué va realmente Cosmópolis. En lo que se refiere a David Cronenberg, y después de haberme hecho ilusiones muy sinceras, le vuelvo a poner en el grupo de directores que algún día puedan dar otra gran película pero de los que no puedo esperar siempre algo interesante.

lunes, octubre 15, 2007

Viggo Mortensen, un actor en alza

Viggo Mortensen es uno de los actores a los que más cariño estoy cogiendo últimamente y sobre los que más ha cambiado mi opinión desde la primera vez que le vi. Tenía papeles en películas como Atrapado por su pasado (no me cansaré nunca de recomendar esta brillante película de Brian de Palma, a pesar de que no mucha gente la conoce), Marea roja o Pánico en el túnel, pero ninguno de ellos me dejó nada en el recuerdo, nada que apuntara en mi mente a un gran actor. Cuando le vi en Un crimen perfecto no acababa de ver por qué Gwyneth Paltrow le prefería antes que a Michael Douglas... Y entonces me enteré de que iba a ser Aragorn en El Señor de los Anillos. No me gustó la elección, lo admito. En la primera película no me convenció del todo. Es más, recuerdo haber dicho que Sean Bean, que interpretó a Boromir, habría hecho un Aragorn extraordinario, mejor que el de Viggo.

Mi opinión empezó a cambiar con Las dos torres. ¿Os acordáis de la secuencia en la que cree que los orcos han matado a los hobbits y lanza un grito desgarrador mientras le pega una patada de rabia a un casco? Ahí vi de verdad a Aragorn por primera vez y me quité de la cabeza al actor que conocía de antes. Ese grito me entusiasmó y a partir de ahí me enganchó (nota: en los maravillosos extras de la edicción de coleccionista de la película, Viggo revela que la toma que aparece en la película fue la tercera que hicieron y que quedó auténtica porque al pegar la patada se rompió dos dedos del pie; ¡qué grande es el cine!). Visualmente me encantó como Alatriste, a pesar de que su acento me rompía la magia y de que la película me pareció muy decepcionante, por ser cortés. Y me ha cautivado del todo con las dos películas que ha hecho con David Cronenberg.

Una historia de violencia me sorprendió, tanto el trabajo de su director como el del actor. Me encantó, me pareció brillante, aunque la película tenía sus altibajos. Viggo estaba a la altura de mi admiradísimo Ed Harris (un actor que nunca tendrá todo el reconocimiento que a mi juicio merece), y eso es mucho decir. En Promesas del Este directamente se convierte en el alma de la película. No creo que me hubiera creído toda esta trama de la mafia rusa en Londres si no hubiera sido por él. He leído que Viggo se marchó a Rusia sin traductor y por su cuenta para conocer de cerca el mundo al que iba a dar vida en la película. Y que habló con gente que "no era precisamente con quien me iría de copas". Me encanta la profesionalidad de Viggo Mortensen, la que le llevó a aprender a una velocidad de vértigo a manejar una espada para El Señor de los Anillos o la que le llevó a recorrer las calles de León para conocer el ambiente de España para Alatriste.

Promesas del Este, al margen del impresionante trabajo de Viggo Mortensen (me imagino que será más impresionante todavía en versión original, puesto que se pasa toda la película hablando en ruso y en inglés con acento ruso), hay que decir que es una muestra más del cine adulto en el que se ha metido Cronenberg últimamente. Ha abandonado el terror explícito de sus primeros años en aras de un cine más complejo. La puesta en escena es envidiable, la forma de rodar es limpia y precisa. Violencia, la justa para meternos de lleno en la realidad de un mundo que desconocemos. Y Naomi Watts, como siempre, maravillosa. Merece la pena, a pesar de que es una película algo previsible y que no tiene el espectacular final que nos dejó Una historia de violencia, uno de los más bonitos y poéticos de la historia del cine.