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viernes, octubre 27, 2017

'Thor. Ragnarok', luz, color, comedia y espectáculo

Si se dice de Thor. Ragnarok que es un batiburillo no ha de entenderse como una crítica, porque es de lo que estamos hablando. Y no debe verse como algo negativo porque el resultado de este peculiar mix de superhéroes, ciencia ficción, luz, color, comedia, espectáculo y nostalgia ochentera funciona bastante bien. No de manera perfecta, por culpa de esa práctica, que casi siempre se muestra equivocada, de querer mezclar demasiadas historias y personajes, pero sí muy notable. Porque todo lo que hay en el filme es bastante acertado pero sí es verdad que en algunos momentos se puede sentir como escaso. La Hela de Cate Blanchett, por ejemplo, una de las villanas más brillantes del universo cinematográfico de Marvel pero que tiene menos tiempo en pantalla del deseado por la voluntad del estudio de mezclar a Hulk, igualmente brillante en este invento, o la Valkiria de Tessa Thompson pide a gritos ser, por qué no, la Wonder Woman de Marvel, con permiso de la Capitana Marvel.

A Taika Waititi se le ha dado un guion rompedor con la continuidad, que se ventila de una forma bastante peculiar el prometedor final que tenía El mundo oscuro y apuesta por un tono de comedia deudor del de los Guardianes de la Galaxia de James Gunn pero bastante magnificado, no solo por las bromas abundantes que llegan a convertir al propio Thor por momentos en un divertido bufón, sino también la colorista psicodelia que acompaña al filme desde el principio. Y esto, se conjunta con una fidelidad bastante superior al cómic, no al cómic oscurecido de nuestros tiempos, sino a una de las etapas más brillantes del Dios del Trueno marvelita, la de Walter Simonson en los años 80. Eso se pasa por el filtro de Planeta Hulk (qué pena que el cine ya no pueda guardarse las sorpresas que el márketing siente la necesidad de explotar) y queda un filme muy apañado.

Desde luego, es la mejor de las tres entregas de Thor, no porque las dos anteriores fueran tan malas como en algunos momentos se ha querido hacer ver, pero sí porque es la que consigue una apuesta más firme y completa. Falla a la hora de apostar por la épica, cuando está al borde de lograr sensaciones que podrían emparentar la película con la gloria fantástica de Las dos torres de El Señor de los Anillos, porque ahí se conforma con la comedia que tan bien sabe explotar por medio de Chris Hemsworth o Mark Rufallo, ni qué decir tiene que Jeff Goldblum o Tom Hiddleston se mueven ahí con mucha clase. Pero su apuesta es cómica y extravagante, se siente fuerte en ese terreno y la épica la deja para que los departamentos de efectos visuales se luzcan como suelen hacerlo en este tipo de producciones.

Thor siempre ha parecido la zona más débil del universo cinematográfico de Marvel, y Ragnarok sirve bien al propósito de redimir la franquicia, quien sabe si en lo que será su última película en solitario ante la ausencia de noticias de la futura fase cuatro. Si es así, la despedida es agradablemente delirante. Si no, lo que hace el filme de Waititi es abrir muchísimas puertas. Quizá se descarten, como pasó con ese mencionado escenario del final de El mundo oscuro. Pero si se hace con tanto convencimiento, ¿a quién le importa la continuidad? Marvel sabe que se trata de pasarlo bien. Y por muy planificado que parezca todo, Ragnarok demuestra que sabe adaptarse a los tiempos, incluso en un corto plazo de tiempo. Si Guardianes ha funcionado y Thor no, ¿por qué no fusionar sus estilos con un directos que entienda ambas cosas? Eso es lo que han hecho. Y la cosa, por mucha perplejidad que pueda provocar y provoca en algunos momentos, divierte de lo lindo.

viernes, agosto 12, 2016

'Cazafantasmas', buen remake pero montado a machetazos

Últimamente, el negocio del cine se está poniendo un poco imposible. Sabemos demasiado de las películas antes de verlas y nos hemos tragado ingentes y nada fundamentadas polémicas que nos obligan a posicionarnos. Con Cazafantasmas ha sucedido algo así, hasta el punto de que es difícil saber si lo que hemos visto es la película que realmente quería hacer Paul Feig, la que Sony ha querido rehacer por si acaso, una mezcla de ambas o ninguna de las tres. Polémicas, desde luego, las justas. Esta Cazafantasmas no es sólo una película legítima, sino que como remake funciona bien. Lo que se ha rehecho, tiene fundamento. ¿El problema? Sobre todo, en esas dudas. ¿Qué hemos visto? ¿Por qué se nota tanto que faltan cosas, que otras se han añadido a última hora? La película parece cortada a machetazos, cosida entre la osadía del equipo y el miedo del marketing, y eso no sirve para enamorar ni a los fans de los Cazafantasmas originales ni tampoco a los de Feig o el cuarteto femenino protagonista.

Esto se ve de una manera tan clara que incluso los títulos de crédito finales, antes de una escena postcréditos que en realidad ahonda en la indefinición del proyecto, se forman fundamentalmente con una escena eliminada. Lo que tendría que ir al DVD, aquí se integra, a pesar de que se ha considerado que no funcionaba en el montaje de la película. Como poco, extraño. A Cazafantasmas, en todo caso, le pesa no tener clara una historia que enganche. Da la impresión de que la idea era soltar a Melissa McCarthy, Kristen Wiig, Kate McKinnon (que acaba siendo la mejor, la más divertida y con el personaje mejor definido), Leslie Jones y Chris Hemworth (elogiablemente delirante) y combinar sus improvisaciones con algún que otro chiste escrito previamente, unos efectos visuales que funcionan admirablemente bien y el habitual compendio de referencias y cameos que satisfagan al aficionado de los Cazafantasmas ochenteros. Y el cóctel a ratos funciona bien, es una película muy entretenida, pero se le ven las costuras a lo lejos.

Y el caso es que da rabia que sea así, porque se pierde una ocasión de haber hecho algo completamente diferente y a la vez deudor del espíritu original. Da la impresión de que Sony se ha dejado llevar por la polémica y ha querido reducir el riesgo al mínimo, pero por esta vía lo que ha sucedido es que ha quedado un guión más endeble de lo que prometía, y con unos personajes que se quedan en lo tópico y a medio camino a pesar de que la película llega a las dos horas. Quizá sea una forma demasiado dura de verlo, ya que en realidad no es un mal entretenimiento, pero el mal endémico del blockbuster hollywoodiendse exige que se siga lamentando el freno que se autoimponen directivos y creadores. No es que la película no acierte, porque hay muchos momentos en los que es obvio que lo hace, indicando que Feig y compañía conocían el camino para lograr que la gente se acostumbrara a una nueva generación de Cazafantasmas, y encima cambiando el género.

El resultado, en resumen, es bastante desigual. Al final, pueden más las luces que el carisma. Lo improvisado y lo cómico quedan algo apagados ante decisiones conscientes que se ven claramente equivocadas, que afectan sobre todo al segundo acto, y lo prometido no termina de ofrecerse del todo. Lo cierto es que acaba siendo una de esas películas de complicado juicio, porque hay un poco de todo para salir contento, pero se está lejos del entusiasmo. Hay fantasmas, muchos, hay escenas rehechas de la película original (la primera, sin ir más lejos), que convencen y mucho, hay bromas muy divertidas, hay muchos efectos visuales, e incluso los cameos más insustanciales (¿se puede considerar cameo el desaprovechado papel de Charles Dance?) acaban dejando una leve sonrisa en el rostro del espectador. Pero hemos perdido tanto tiempo hablando de tonterías que al final estas Cazafantasmas han quedado en un segundo plano. Y al menos merecen pasar un rato con ellas.

'Cazafantasmas', buen remake pero montado a machetazos

Últimamente, el negocio del cine se está poniendo un poco imposible. Sabemos demasiado de las películas antes de verlas y nos hemos tragado ingentes y nada fundamentadas polémicas que nos obligan a posicionarnos. Con Cazafantasmas ha sucedido algo así, hasta el punto de que es difícil saber si lo que hemos visto es la película que realmente quería hacer Paul Feig, la que Sony ha querido rehacer por si acaso, una mezcla de ambas o ninguna de las tres. Polémicas, desde luego, las justas. Esta Cazafantasmas no es sólo una película legítima, sino que como remake funciona bien. Lo que se ha rehecho, tiene fundamento. ¿El problema? Sobre todo, en esas dudas. ¿Qué hemos visto? ¿Por qué se nota tanto que faltan cosas, que otras se han añadido a última hora? La película parece cortada a machetazos, cosida entre la osadía del equipo y el miedo del marketing, y eso no sirve para enamorar ni a los fans de los Cazafantasmas originales ni tampoco a los de Feig o el cuarteto femenino protagonista.

Esto se ve de una manera tan clara que incluso los títulos de crédito finales, antes de una escena postcréditos que en realidad ahonda en la indefinición del proyecto, se forman fundamentalmente con una escena eliminada. Lo que tendría que ir al DVD, aquí se integra, a pesar de que se ha considerado que no funcionaba en el montaje de la película. Como poco, extraño. A Cazafantasmas, en todo caso, le pesa no tener clara una historia que enganche. Da la impresión de que la idea era soltar a Melissa McCarthy, Kristen Wiig, Kate McKinnon (que acaba siendo la mejor, la más divertida y con el personaje mejor definido), Leslie Jones y Chris Hemworth (elogiablemente delirante) y combinar sus improvisaciones con algún que otro chiste escrito previamente, unos efectos visuales que funcionan admirablemente bien y el habitual compendio de referencias y cameos que satisfagan al aficionado de los Cazafantasmas ochenteros. Y el cóctel a ratos funciona bien, es una película muy entretenida, pero se le ven las costuras a lo lejos.

Y el caso es que da rabia que sea así, porque se pierde una ocasión de haber hecho algo completamente diferente y a la vez deudor del espíritu original. Da la impresión de que Sony se ha dejado llevar por la polémica y ha querido reducir el riesgo al mínimo, pero por esta vía lo que ha sucedido es que ha quedado un guión más endeble de lo que prometía, y con unos personajes que se quedan en lo tópico y a medio camino a pesar de que la película llega a las dos horas. Quizá sea una forma demasiado dura de verlo, ya que en realidad no es un mal entretenimiento, pero el mal endémico del blockbuster hollywoodiendse exige que se siga lamentando el freno que se autoimponen directivos y creadores. No es que la película no acierte, porque hay muchos momentos en los que es obvio que lo hace, indicando que Feig y compañía conocían el camino para lograr que la gente se acostumbrara a una nueva generación de Cazafantasmas, y encima cambiando el género.

El resultado, en resumen, es bastante desigual. Al final, pueden más las luces que el carisma. Lo improvisado y lo cómico quedan algo apagados ante decisiones conscientes que se ven claramente equivocadas, que afectan sobre todo al segundo acto, y lo prometido no termina de ofrecerse del todo. Lo cierto es que acaba siendo una de esas películas de complicado juicio, porque hay un poco de todo para salir contento, pero se está lejos del entusiasmo. Hay fantasmas, muchos, hay escenas rehechas de la película original (la primera, sin ir más lejos), que convencen y mucho, hay bromas muy divertidas, hay muchos efectos visuales, e incluso los cameos más insustanciales (¿se puede considerar cameo el desaprovechado papel de Charles Dance?) acaban dejando una leve sonrisa en el rostro del espectador. Pero hemos perdido tanto tiempo hablando de tonterías que al final estas Cazafantasmas han quedado en un segundo plano. Y al menos merecen pasar un rato con ellas.

viernes, diciembre 04, 2015

'En el corazón del mar', aventura de diseño

Cada generación tendría que tener al menos una gran aventura marítima plasmada en el cine. Da igual el género, da igual el protagonista, da igual la época, mientras haya un barco, una tripulación y un objetivo. Vale desde el Moby Dick de John Huston al Master & Commander de Peter Weir, pasando por La tormenta perfecta de Wolfgang Petersen o incluso La aventura del Poseidón de Ronald Neame. En el corazón del mar entronca en esa tradición, pero lo hace desde una perspectiva curiosa para ser Ron Howard su director. Aunque Rush ya había apuntado unas inquietudes estilísticas singulares, en este filme se acrecientan, y no necesariamente de la mejor manera, algo que sí había conseguido con su recreación del mundo de la Fórmula 1. Es una aventura de diseño que funciona como el gran espectáculo que tiene que ser, el de la recreación de la historia que inspiró a Herman Melville (él mismo, un personaje más) para escribir Moby Dick, pero quedan algunas dudas.

Las principales estriban en que el filme se convierte en un batiburrillo curioso. Por un lado, el visual ya mencionado. Momentos absolutamente deslumbrantes se combinan con extraños ángulos de visión, que buscar modernizar en exceso lo que desde el principio se plantea como una aventura clásica. No es en absoluto descabellado decir que Howard se acerca más a la sensibilidad de Michael Bay (salvando las distancias con el sobrevaloradísimo director de Transformers) que a la del mismo Howard en sus películas más reconocibles, aunque Rush, hay que insistir en ello, ya era un primer paso hacia En el corazón del mar. Pero ese batiburrillo no se queda ahí, sino que se extiende también a lo argumental. A ratos, una historia de caza. A ratos, una de supervivencia. A ratos, una familiar. A ratos, un viaje iniciático de un joven muchacho. Y a ratos, la del antagonismo entre el capitán del barco y su primer oficial. Todo ello aparece y reaparece a conveniencia.

Todo ello da la sensación de que la película no termina de ser lo que le habría gustado o, visto desde un prisma más negativo, que no llega a saber qué quiere ser. Pero como hay tanto bueno a lo largo del camino, las dos horas de En el corazón del mar se convierte en un disfrute más que aprobable. Howard convence con el gran espectáculo, en el que se maneja muy bien, pero lo mejor de la película, ballena aparte, está en lo más modesto. El filme se narra como un gran flashback contado por una formidable conversación entre Melville y Thomas Nickerson, el último hombre vivo de la tripulación del Essex, un barco ballenero de Nantucket, ambos personajes interpretados por un genial Brendan Gleeson y un muy buen Ben Wishaw. Esa parte de la película se ve como si fuera una pequeña obra teatral que eleva la categoría del filme más allá del espectáculo palomitero, dicho eso como una valoración positiva, en que se convierte la aventura.

Centrándose ahí la parte más destacada del reparto, para el enfrentamiento con las ballenas queda un carisma más de aspecto que de interpretación, y no se puede negar que eso también lo consigue Howard del resto de sus actores, de unos tan limitados como Chris Hemsworth (que, con todo, es un tipo que queda sensacional en el plano casi siempre), de otros tan dotados como Cillian Murphy y de talentos todavía por consolidar como Tom Holland, con el paso atrás que supone la aparición en la película de Jordi Mollá, no demasiado necesario en la historia y no demasiado bien insertado. Con todos ellos, En el corazón del mar se convierte en un filme algo irregular pero muy entretenido. Sin necesidad de alcanzar la categoría de imprescindible, sin ser neeesariamente la mejor película marítima que tendrá esta generación y sin ser lo mejor de Howard, el entretenimiento está asegurado.

jueves, abril 30, 2015

'Vengadores. La era de Ultrón', el mayor espectáculo superheroico de la historia... por segunda vez

Cuando Joss Whedon estreno Los Vengadores en 2012 se ganó todos los elogios posible, y con razón. En aquel momento era imposible hacer algo más grande, más satisfactorio para el aficionado y más espectacular. Han pasado tres años y llega Vengadores. La era de Ultrón, colofón a la fase dos del universo cinematográfico de Marvel, y las sensaciones son las mismas. Por imposible que parezca, Joss Whedon lo ha vuelto a hacer. Ha filmado el mayor espectáculo superheroico de la historia, por segunda vez en su carrera. La era de Ultrón es un filme gozoso de principio a fin, casi un clímax continuo con unos niveles de épica extraordinarios, con un desarrollo increíblemente sutil no ya de sus personajes, construidos con mimo, sino de todo ese universo que se ha ido tejiendo desde que Iron Man abrió esta singular y pionera aventura cinematográfica de la que Whedon ha sacado lo más grande con una categoría extraordinaria y un conocimiento sublime de los personajes y de lo que podía sacar de cada uno de ellos.

Resulta inevitable preguntarse cuál de las dos películas de los Vengadores es mejor, y la respuesta más acertada sería que ninguna. Lo que consigue La era de Ultrón es recrear las mismas sensaciones de emoción que generó el filme original, pero en espectadores con tres años más de experiencia en este riquísimo universo. Todo lo bueno de Los Vengadores está en La era de Ultrón, incluyendo un clímax memorable cuyo único enemigo es el marketing que ha desvelado demasiado en los trailers. Y todo lo malo de la primera entrega se intenta corregir. Eso puede provocar defectos nuevos, no es cuestión de decir que estamos ante una película perfecta (y que no lo es se puede ver, por ejemplo, en un personaje secundario presentado previamente y que tiene un indudable sabor a decepción, o en la forma en la que se prescinde del final de una de las películas de este universo), pero el sentido del entretenimiento y de la diversión que exprime Whedon en cada secuencia es tan memorable que cualquier pequeño fallo se disculpa con facilidad.

Whedon es quien más partido ha sacado de un reparto que ya funcionaba a la perfección en las películas individuales. Por ejemplo, La era de Ultrón es, por segunda vez, el filme definitivo de Hulk sin que el alter ego verdoso de Bruce Banner sea su protagonista. Pero sabe tanto Whedon de Marvel y también de cine que al mismo tiempo la introducción de los nuevos personajes es magnífica. Ultrón es un villano a la altura, pero la función se la llevan la Bruja Escarlata que interpreta Elizabeth Olsen y la Visión de un físicamente muy sorprendente Paul Bettany. ¿Cuántas películas basadas en cómics han tenido resultados nefastos por no saber administrar un número de personajes elevados? Pues La Era de Ultrón tiene nada menos que una docena de personajes centrales, más de una quincena de personajes Marvel con los que hay que satisfacer al aficionado y, al mismo tiempo, crear una historia coherente. Incluso Thor, que tiene aquí menos protagonismo que en la entrega anterior, está sensacionalmente descrito con elementos puramente narrativos y nunca de cara a la galería, plantando semillas que, seguro, se verán nacer en Thor. Ragnarok.

El festival de efectos especiales tiene algún momento demasiado digital, sobre todo en la brillante escena inicial (recordatorio, por cierto, de uno de los grandes momentos del clímax de Los Vengadores), pero la acción está tan increíblemente bien orquestada que acaba dando igual. La historia, escrita con sutileza, deja incontables guiños para el aficionado, bien de esta serie cinematográfica o bien de los tebeos (por supuesto, entre ellos está un memorable cameo más de Stan Lee, o la inevitable escena que aparece tras los primeros créditos, de nuevo para poner los dientes largos), y Whedon deja su sello tanto en la bellísima construcción de los personajes como en el constante humor que introduce y que no entorpece en absoluto el drama que hay en el filme. Porque son superhéroes, y su objetivo es entretener al público, pero también están ahí para salvar el mundo y contarlo de una forma humanamente realista como ha hecho Whedon exige una capacidad emocional muy intensa. Así, lo peor de La era de Ultrón no es otra cosa que saber que Whedon no estará para Infinity War, la tercera película del grupo. Porque estas dos son bestiales.

lunes, noviembre 11, 2013

'La cabaña en el bosque', gamberro, maquiavélico, gozoso e inteligente cine de terror

Hay ciertas corrientes de opinión que suelen despreciar algunos tipos de cine, que les atribuyen defectos como un todo y nunca pensando en la individualidad de sus títulos. Le pasa al cine español, al de ciencia ficción, al independiente, al de blanco o negro o al de terror con la misma facilidad. Todos ellos cuentan con detractores que creen saberlo todo sobre este grupo de filmes que lo integran como para ningunearlos sistemáticamente. Y entonces aparece una película que desmonta con tanta facilidad los tópicos que no queda más remedio que levantarse y aplaudir. La cabaña en el bosque viene a cumplir ese cometido con el cine de terror. ¿Un género absurdo, lleno de trampas y sustos previsibles? Pues bien, La cabaña en el bosque es cine inteligente, un homenaje en toda regla a incontables formas de generar miedo en la gran pantalla, es una película divertida por gamberra y original, por ser consecuente hasta el final con una idea tan absurda como gozosa. Un gamberro y maquiavélico entretenimiento, inteligente y de los que marcan una época en el género.

La gracia de La cabaña en el bosque está en que juega con los clichés de incontables películas de terror para convertirlos en algo completamente diferente. Y es en esa originalidad donde todo se convierte en una divertidísima y truculenta sorpresa, desde el mismo arranque de la película que ya indica que se busca una originalidad de la que bien es cierto que adolece buena parte del cine de terror contemporáneo. Porque, ojo, las risas y la diversión están aseguradas a lo largo de la película (cuánto tiene que decir en eso la sobresaliente y aparentemente fácil actuación de Richard Jenkins), cínica y transgresora de principio a fin, pero no deja de ser una película de terror. Ahí, en el respeto a sus influencias, es donde La cabaña en el bosque comienza a hacerse grande. Ahí y en el inevitable punto de valiente locura que muestran sus creadores, Joss Whedon y Drew Goddard, ambos guionistas y el segundo director del filme, su primer largometraje como tal, que se atreven a hacer evolucionar el tópico grupo de amigos jóvenes y físicamente atractivos que van encontrando la muerte en una aislada cabaña a manos de fuerzas oscuras.

¿Cuántas veces se ha visto eso en el cine? Incontables. Pero nunca como aquí. La clave de que estamos ante algo diferente viene ya desde la primera secuencia. Richard Jenkins y Bradley Whitford son dos oficinistas. Sin que sepamos en qué trabajan, ya sabemos que algo es extraño. Y luego pasamos a la historia de esos jóvenes, los guapos Kristen Connolly, Chris Hemsworth, Anna Hutchison y Jesse Williams, con el cómico de turno en el grupo, Fran Kranz (uno de los actores que Whedon incorpora de Dollhouse, una de sus series). Y a partir de ahí, lo mejor es no saber nada más y dejarse llevar por la ingeniosa paranoia que construyen con una mordaz inteligencia Whedon y Goddard, con un respeto reverencial a los clásicos, pero deconstruyéndolo de una forma que es tan salvaje como deudora de sus logros. Por eso el terror es puro, pero la comedia también. Y por eso, la película es una pequeña maravilla condensada en 95 minutos disfrutables una y mil veces, desde su misterio hasta su insano desenfreno.

La cabaña en el bosque es, efectivamente, una película de terror, pero es en realidad mucho más que eso porque no encuentra límites textuales, narrativos o de género. Las referencias y los homenajes, incontables. El disfrute, máximo en todo momento. Y todo ello llega de una forma tan inesperada como el cameo final, que termina de redondear la gozosa locura en que se convierte la película con cada giro de guión, con cada sorpresa, con cada elemento perturbador. Pero en el fondo, después de haber disfrutado con esta hipnótica locura, lo más perturbador es que la película haya tardado tanto tiempo en llegar a los cines españoles, nada menos que año y medio después de que . Nunca es tarde si la dicha es buena, y pocas veces la dicha será mejor que con La cabaña en el bosque. Decir que es una de las películas del año, cuando en Estados Unidos se estrenó en abril de 2012, queda algo desfasado. Pero es que lo es, es una de las películas del año. De cualquier año.

viernes, noviembre 01, 2013

'Thor. El mundo oscuro', mejorando la saga

Contra todo pronóstico, porque los indicios apuntaban a algo más flojo y discutible, Thor. El mundo oscuro es una muy entretenida película de superhéroes, que consigue mejorar la original y poner al dios del trueno de Marvel en la vía de una saga más longeva, siempre y cuando la taquilla responda. Esta secuela solventa algunos de los problemas que tiene el filme original, dirigido por Kenneth Branagh no sin acierto, y ofrece más de casi todo. Más acción, más Asgard, más Thor, más Loki, más (y mejor, porque Natalie Portman y su personaje estaban entre lo más flojo de aquella) Jane Foster, más Heimdall, Sif y los Tres Guerreros, y más imaginería de ciencia ficción que complementa a la fantasía inherente a este mundo. A pesar de los recelos, muy motivados por la inexperiencia en la gran pantalla de su director, Alan Taylor (responsable de algunos episodios de Juego de tronos) y por rumores que afectaban al montaje y la postproducción de la película, el resultado es notablemente entretenido.

Desde el principio queda claro que la apuesta es mejorar los defectos y potenciar los aspectos fuertes de la primera película, es decir, los más fantásticos. Asgard tiene aquí un protagonismo prácticamente absoluto, no como en el filme de Branagh, que abandonaba ese escenario y sus adyacentes a los 40 minutos de película para centrarse en la Tierra (que aquí sigue estando entre lo más flojo, junto a un humor que no siempre termina de funcionar y que lleva a Thor a subirse... al metro de Londres). Falta algo de espectacularidad (es notable cómo el cine moderno no termina de encontrar la épica que antes se bordaba con extras y que sólo El Señor de los Anillos parece haber conseguido en un entorno digital) en unas batallas que las piden a gritos y de las que sólo se muestran retratos parciales, pero el conjunto convence porque Taylor, con un guión escrito a tres bandas por los autores de los dos libretos de Capitán América y de un guionista procedente de las series de dibujos animados de Marvel, le da mucha vida emocional y psicológicamente hablando. Con algunas lagunas, pero con acierto general.

Y hablando de esos aspectos psicológicos y emocional, es obligado reconocer que, a pesar de la notable expansión del universo de Thor (un físicamente adecuado Chris Hemsworth pero que todavía tiene que dar algún paso al frente como actor para perdurar), el rey de la función es Tom Hiddleston con un Loki nuevamente portentoso, lleno de matices que hacen de él el perfecto dios nórdico de la mentira y el engaño. Aquí ofrece la mejor de sus tres interpretaciones del personaje (las dos anteriores, en Thor y Los Vengadores). Malekith (Christopher Eccleston), rey de los elfos oscuros que quieren sumir al universo en las tinieblas, es un villano interesante y correcto, aunque los cambios con respecto al cómic y la falta de alguna explicación más sobre sus motivaciones impiden que sea de los más logrados de Marvel en el cine. Para lo que sirve es para que la historia esté plagada de momentos de espectacularidad visual, que pueden sorprender por alejarse de la fantasía medieval y adentrarse aún más que la primera película en la ciencia ficción.

Con Loki como mayor exponente, lo que engancha del mundo de las películas de Thor es el formidable envoltorio con el que se rodea a historias más o menos sencillas. Es verdad que Thor. El mundo oscuro está salpicado de pequeños detalles interpretables y disfrutables (la lealtad de los Tres Guerreros hacia Thor, la profundidad todavía por explorar de la relación entre el dios del trueno y una Jaimie Alexander que pide a gritos protagonizar una película propia para la dama Sif, la ira de Odín, la poderosa irrupción en la batalla de Heimdall, el nivel de tragedia que se ha introducido en la historia manteniendo además a la relación familiar como uno de sus temas centrales) que hacen que el conjunto crezca, pero la historia es simple. Eso no impide que Thor. El mundo oscuro sea un entretenimiento de primer nivel que mejora al filme original. Y ojo a los cameos, tres esenciales. Uno inesperado en una de las escenas más divertida de la película. Otro, el de Stan Lee. Y el tercero, en la primera de las escenas postcréditos que tiene la película, deja la boca abierta por las implicaciones para el futuro (aconsejable tener cerca un conocedor del cómic para interpretarla). Para la segunda hay que esperar a que desfilen todas las letras sobre fondo negro, sí.

viernes, septiembre 20, 2013

'Rush', la Fórmula 1 también luce en el cine

Vendiéndose la Fórmula 1 como lo hace, como uno de los mayores espectáculos del mundo, era raro que el cine no hubiera inmortalizado ya alguno de los míticos duelos que hay a lo largo de su historia. Pues bien, esa deuda queda más que satisfecha con Rush, la visión de Ron Howard sobre el mítico enfrentamiento entre Niki Lauda y James Hunt en el año 1976. La película es vibrante de principio a fin y muestra mucha categoría, aunque se queda a un peldaño de ser verdaderamente extraordinaria en su conjunto porque no presta atención a algunos detalles. Tan pendiente está de ser un retrato preciso de la rivalidad entre Lauda y Hunt que se olvida de algunas cosas por el camino. Que el tercer nombre del reparto, tras Daniel Brühl y Chris Hemsworth, sea el de Olivia Wilde, que tiene un papel muy reducido, evidencia que el interés de Howard no estaba más allá de sus dos pilotos. Pero lo que es indudable es que su apuesta dentro del cine deportivo es muy gozosa y que sabe arrancar carismáticas interpretaciones de sus dos protagonistas.

Lo que más se puede agradecer a Howard es que no ha querido ofrecer una retransmisión deportiva dramatizada. La espectacularidad de la Fórmula 1, vista además con los ojos de un espectador contemporáneo, se prestaba a esa solución: nitidez absoluta, cámaras superlentas, control absoluto sobre la imagen. Y, en cambio, lo que hace el director es llevar al espectador a las mismas sensaciones con las que se seguía un gran premio en 1976, las que tiene que provocar la Fórmula 1 vista desde el interior de un coche. Para ello, busca confusión, sensaciones más que información, planos cortos de diferentes partes del monoplaza, el casco del piloto, la carretera siempre en movimiento. Hasta llegar al año que centra la película, sí es verdad que Howard da algunas muestras de no saber transmitir del todo bien el funcionamiento de las carreras y los mundiales. Pero cuando llega 1976, la cosa cambia. Y se agradece que no se haya limitado a dar las dos pinceladas que le interesaban dramáticamente, aunque es verdad que el conocedor de la historia real puede echar de menos algunos detalles.

Eso sí, lo ideal para disfrutar de la apuesta cinematográfica es no acudir presto a Wikipedia para saber qué ocurrió en 1976, qué hace relevante para Howard la historia de Lauda y Hunt y dónde van a estar sus puntos álgidos. Lo mejor es dejarse llevar por la historia, sorprenderse con los giros que informativamente tanto impactaron en su época, y admirar la buena construcción de sus personajes que hacen Brühl y Hemsworth, sobre todo en su faceta como pilotos. La personal, por supuesto, forma parte esencial de Rush pero ahí es donde, quizá por no alargar más el metraje, no alcanza la cúspide que busca salvo en contados momentos, en los que todos los actores consiguen despuntar. No sólo los dos protagonistas, sino también sus contrapartidas femeninas, una Olivia Wilde fascinante y una Alexandra Maria Lara profunda. Ojalá ambas hubieran tenido papeles más extensos. Esos detalles se olvidan durante el intenso, emocionante y espectacular clímax de la película y, sobre todo, durante su soberbia preparación, secuencia magníficamente acompañada por la música de Hans Zimmer.

La presencia de Zimmer es otro de los detalles que a priori podían llevar a pensar que Rush sería una versión algo más seria y en la Fórmula 1 de Días de trueno, retrato del mundo de la Nascar. Y es evidente que ese homenaje está muy presente (incluso suena una de las canciones de aquel filme), pero también que los intereses de Tony Scott y Ron Howard no son los mismos. Días de trueno apostaba por hacer del amor y la amistad temas fundamentales de su trama de rivalidad deportiva. Rush apuesta claramente por esa rivalidad. Y lo borda con todas y cada una de sus escenas. Las de carreras, por supuesto, pero también los varios diálogos que mantienen Hunt y Lauda a lo largo de la película. No es fácil dilucidar dónde acaba el mérito de Howard y dónde empieza el de Hemsworth y Brühl, sobre todo después de ver la fusión final entre las imágenes de los actores y las de los pilotos reales. Pero lo que sí es fácil de decir es que Rush ofrece dos horas fantásticas, gran cine deportivo y más que deportivo, aunque los focos sobre las estrellas hacen que se pierda alguna que otra oportunidad de hacer que brillen más todavía.

lunes, junio 04, 2012

'Blancanieves y la leyenda del cazador', otro cuento fallido

No anda muy fino Hollywood a la hora de plantear revisiones de cuentos clásicos. Blancanieves ha tenido dos adaptaciones y las dos han sido fallidas. Esta segunda, Blancanieves y la leyenda del cazador, es bastante mejor que Blancanieves (Mirror, Mirror), pero está tan llena de inconsistencias e incoherencias que es bastante complicado terminar la película y creerse que se ha pasado por una experiencia gratificante. Es igualmente complejo entender el empeño en colocar un título de un cuento clásico a una historia que, en realidad, quiere distanciarse tanto del original (adaptar Blancanieves no es colocar una manzana, una reina, una princesa y siete enanitos a lo largo del relato, como parece que creen los autores de ambos filmes), por loable que sea el intento de ofrecer una versión tétrica y oscura de esa historia. Y es que da la sensación, y es una sensación que ofrecen docenas de adaptaciones contemporáneas de relatos clásicos, de que hay un guión que guarda ciertas similitudes con algo ya conocido y se le pone el título intentando que alguna ley del márketing que conocerán los entendidos atraiga al público a las salas de cine.

Blancanieves y la leyenda del cazador parte de un error conceptual en el que se ha venido insistiendo desde que se conoce el reparto de la película, desde que se vieron las primeras fotos, y que la película corrobora por completo: Charlize Theron es una mujer mucho más guapa, atractiva y carismática que Kristen Stewart. Ya le puede poner la protagonista de Crepúsculo todo el empeño que quiera, que su rival femenina gana por goleada a lo largo de toda la película. Se nota en cada fotograma en que aparecen las dos, juntas o por separado. Y eso, cuando el peso de la historia se pone precisamente en la belleza, es una cojera irresoluble para la película ya desde su planteamiento. En todo caso, es una cuestión más de carisma que de atractivo físico. Quizá por eso el márketing, de nuevo el márketing, ha hecho hincapié en las imágenes de una Blancanieves guerrera (que sólo aparece en los últimos veinte minutos) y no en la hermosa princesa que todos recordamos del cuento. Charlize Theron, de hecho, es lo más destacado del filme, lo más sincero, lo más concordante con los objetivos de fábula oscura que asume el director, el debutante Rupert Sanders.

No se puede negar que esa deseada atmósfera se consigue, al menos parcialmente y a pesar de escenas tan extrañas como la de ese bosque mágico tan difícil de encajar en la película. Y es de agradecer esa aproximación oscura a un cuento para niños, que en el fondo siempre esconde elementos aterradores. Pero se derrumba por la mencionada inconsistencia del filme. Hay tantas escenas, tantas situaciones y tantas soluciones que provocan perplejidad o que obligan a formular preguntas absurdas que, tomadas en serio, arruinan por completo el visionado del filme. Desde las ingentes habilidades de supervivencia (¡y combate!) que tiene una Blancanieves que se ha pasado años encerrada en una celda de mínmo espacio a los absolutamente inverosímiles sentimientos de amor que inundan la película, pasando por el papel intrascendente y anecdótico que juegan aquí los enanos, de nuevo ninguneados en la historia como ya pasó en Mirror, Mirror. Analizar escena por escena, insisto, destroza todo lo que plantea el filme, incluyendo el clímax de la película, y es una pena porque visualmente sí hay bastantes logros notables.

Blancanieves y la leyenda del cazador es una película de ritmo mucho más lento de lo que requería, a la que le sobran algunos minutos y que no termina de aprovechar los aciertos que tiene para nivelar la balanza a su favor. Quizá es que no termina de tener claro si quiere ser un relato épico, que no lo es tanto, o uno fantástico, que tampoco termina de serlo en algunos momentos. Y así transcurren dos horas que no es que sean abiertamente malas (sí lo eran en el caso de Mirror, Mirror) pero que incurren en numerosos errores y no saben aprovechar las bazas que podría haber jugado la película. Poco importa la Blancanieves de Kristen Stewart y casi menos el cazador de un Chris Hemsworth todavía muy encasillado en su papel de héroe extraído de Thor. No es una película romántica, no es un relato fantástico, no es un cuento épico. ¿Y entonces qué es? No termino de tenerlo claro. O al menos no termin de ver qué quiere ser. Pero uno ve a Charlize Theron y se le olvidan todos los problemas durante un instante... Sólo un instante, eso sí, porque lo que queda al final es otra adaptación fallida de un cuento clásico. ¿Será que sólo Disney sabe acometer esta tarea sin caer en problemas tan evidentes?

jueves, abril 26, 2012

'Los Vengadores', el mayor espectáculo superheroíco de la historia

Hay quien piensa que las expectativas, sobre todo cuando son muy elevadas, son un mal compañero de butaca en el cine. Que si se piensa que lo que vamos a ver es grandioso, nada de lo que se nos ofrezca estará a la altura de lo que deseamos ver. Si tú, amigo lector, piensas así cuando vas a ver una película y te fías, aunque sea mínimamente, de las opiniones que suelo plasmar aquí, igual no te conviene seguir leyendo lo que tengo que decir de Los Vengadores. Porque, y ya lo dejo claro desde el principio, estamos ante el mayor espectáculo de superhéroes que se ha realizado nunca y ante una de esas películas que se convierten en un modelo a seguir durante décadas, como en su momento lo fue el Superman de Richard Donner para contar el origen de un héroe de cómic o El Caballero Oscuro para narrar su vertiente más oscura y realista. Los Vengadores triunfa a todos los niveles porque es imposible hacer esta película con un mayor cariño hacia los personajes y hacia un tipo de cine, el blockbuster hollywoodiense, a menudo demasiado despreciado. Yo, que no lo desprecio, sólo puedo decir que hacía años que no disfrutaba tanto en una sala de cine.

Conocidos los cinco antecedentes de Los Vengadores, el primer triunfo de Joss Whedon a la hora de encarar esta película está en que no son en absoluto necesarias para comprender este filme. Sí, por supuesto, para saber más sobre los personajes que van a acompañarnos durante casi dos horas y media gozosas de principio a fin. Quizá la más necesaria en ese sentido sea Thor, más que nada debido a que el villano de la función (como en el cómic que dio origen de Los Vengadores) sea Loki, e incluso Capitán América. El primer Vengador para saber algo más de la naturaleza del artefacto que sirve de excusa argumental al filme. Pero Whedon se las ingenia para montar una estructura lógica y asumible. Es cierto que hay pequeños fallos de continuidad con las películas anteriores (¿cómo vuelve Thor a la Tierra?) e incluso que la premisa argumental es algo débil, pero llegados al final de la película son detalles nimios en comparación con el divertimento salvaje que ofrece, pues casi hay más acción aquí que en las cinco ya mencionadas juntas.

Porque Whedon lo que hace es coger lo mejor de cada una de las películas anteriores, mezclarlo con su innata capacidad de gestionar repartos con muchos nombres (siempre recomendaré en ese sentido su tristemente breve serie Firefly, un prodigio televisivo que no tuvo suerte en su momento y que en España es muy desconocido) e introducirle las dosis justas de sentido del humor (una constante en la película) y, por supuesto, de épica. Porque no hay otro adjetivo mejor para calificar el clímax de la película, salvaje, intenso, gigantesco, modélico en todos los aspectos. En él da tiempo a construir a los personajes psicológica y visualmente y también a dar un curso de cine. Es impagable el plano secuencia con el que Whedon muestra, a una velocidad trepidante, cómo luchan los Vengadores como equipo. Ese momento pasa desde ya a los anales de la historia del cine de fantasía y ciencia ficción. Sobra decir que los efectos especiales son impresionantemente buenos, y que convierten a la Viuda Negra en una acróbata descomunal, a Ojo de Halcón en el arquero que debe ser, a Hulk en la imparable fuerza de la naturaleza que tiene que ser o a Thor en un auténtico semidios.

Pero no está ahí, en la excelencia visual, lo que hace de Los Vengadores algo único. Eso tan especial es el alma que tiene la película. Los seis héroes tienen su momento de gloria, al menos uno que hable de la capacidad que han tenido estos personajes para enamorar a tantos aficionados durante cinco décadas. Y, seguramente, está aquí la mejor versión de todos ellos, mejor que lo que les hemos visto hasta ahora, pensemos que es bueno o no tan bueno. Si hay uno que mejora de forma exponencial, ese es Hulk. Y si no me creéis, no tenéis más que ver todo su papel en la batalla final por las calles de Manhattan pero, sobre todo, su irrupción en la misma. Es de esos momentos que hacen que un escalofrío te recorra la espalda mientras piensas que, por fin, alguien ha entendido a un personaje casi siempre maltratado por sus versiones de carne y hueso. Pero no es el único. Es que está todo en la película, todo lo que cabe esperar de ella y del desarrollo de sus protagonistas. De los humanos y de los inmateriales. Que levante la mano el aficionado Marvel que no se emocione al ver el Helitransporte de SHIELD por primera vez. O que no sonría en el inevitable y como siempre divertidísimo cameo del creador del Universo Marvel en los cómics, el mítico Stan Lee.

La mayor sorpresa que esconde esta película, con respecto a cómo probablemente mucha gente se ha imaginado que podría ser, es la gran cantidad de momentos cómicos que reúne. Whedon se acerca a la delgadísima línea que separa una película divertida de una ridícula, precisamente porque abundan los momentos para reír. Pero siempre se queda en el lado bueno de la frontera. Esa comicidad, ese saber reírse de lo que el director tiene entre manos, es lo que le ha faltado a muchas adaptaciones de cómic. Aquí nada sobra, nada suena extraño. Y qué decir de los actores. Este Universo Marvel cinematográfico cuenta con un casting brutal. La socarronería de Robert Downey Jr. como Iron Man, la grandeza de Chris Evans como Capitán América, la calculada ambigüedad de Mark Ruffalo como Bruce Banner y como Hulk, la clara mejoría de Scarlett Johansson como Viuda Negra con respecto a Iron Man 2, el misterio que aporta Jeremy Renner a Ojo de Halcón, la planta imponente de Samuel L. Jackson como Nick Furia, lo maquiavélico que puede ser Tom Hiddleston como Loki, la ironía de Clark Gregg como el agente Coulson y la seriedad de Cobie Smulders como la agente Hill son sencillamente brillantes.

Los Vengadores es una montaña rusa desde el principio. Es evidente que cuando se pone toda la carne en el asador es en su descomunal batalla final, pero todas las secuencias de acción son impactantes. Todas, sin excepción. Y sus bromas son divertidas, igualmente sin excepción. Es un sueño hecho realidad. Y cuando uno está pensando que no hay nada que pueda hacer de Los Vengadores una película más espectacular, satisfactoria, gozosa y entretenida, llega el epílogo que Joss Whedon ha incluido y del que hay que ser un insensato para revelar nada, aunque es verdad que sólo los fans de Marvel lo comprenderán en toda su magnitud. Y, una vez entendido y asumido, sólo queda comportarse como un fan hambriento de más y desear que llegue ya, cuando antes Los Vengadores 2. Eso sí, después de haber saboreado en el cine en más de una ocasión este audaz vehículo de hacer felices a quienes hemos leído cómics de superhéroes durante años y de ofrecer un sincero gran rato a quienes no conozcan de nada a estos personajes. Una joya a día de hoy inigualable. Sin más y sin complejos.

sábado, abril 30, 2011

Más luces que sombras para un notable y entretenido 'Thor'

Ni la cúspide shakespeariana del cine de superhéroes ni el desastre que algunos esperaban y querían ver. Thor es una notable película de aventuras, una buena adaptación del cómic de Marvel y un interesante ejercicio de estilo de Kenneth Branagh. Tiene luces y sombras en el guión, también en el casting. Muchas más luces en el aspecto visual, aunque el 3D desvirtúa bastante el resultado final. En cualquier caso, la valoración es muy positiva, porque Branagh ensambla un entretenido cóctel de aventuras y fantasía que deja con ganas de más. Más de Thor, más de Asgard y más, sobre todo de los Vengadores (la insensata manía de salir corriendo de la sala casi antes de que termine la película, sin importar que se moleste descaradamente a otros espectadores, hace que la mayoría de los que han pagado una entrada se pierda una última escena al final de los títulos de crédito). Y si la sensación es de querer más, la conclusión es que el regusto que deja Thor es dulce y agradable, lo que lleva a perdonar los fallos que tiene. Al fin y al cabo, su misión es entretener.

Thor es el dios del trueno de la mitología nórdica, convenientemente adaptado para el universo Marvel por Stan Lee (otro gran cameo el suyo, atentos a la camioneta que intenta levantar el martillo), Larry Lieber y el gran Jack Kirby. Su adaptación al cine sólo podía hacerse con generosas dosis de grandiosidad. Asgard, hogar de los dioses, se ve con todo su esplendor y el gran acierto de la película en centrar el comienzo de la historia allí, en los reinos fantásticos de esta mitología. El camino fácil, y evidentemente mucho más barato de rodar, sería el que tantos otros personajes de ficción han seguido, enviarle directamente a nuestra Tierra para explotar las virtudes cómicas de colocar a un extraño en el mundo que conocemos. Pero Thor apuesta por otro camino y brinda unos tres cuartos de hora iniciales llenos de acción y efectos especiales, visualmente fantásticos (aunque las comparaciones en algún caso con El Señor de los Anillos seran inevitables... y siempre a favor de la aún no superada saga de Peter Jackson) y narrativamente interesantes. Es ahí donde se ve al Thor arrogante, ambicioso y belicoso, bien llevado por un actor limitado, Chris Hemsworth, pero que visualmente es perfecto.

En ese tramo de la película, después de un magnífico prólogo (y de una superflua escena inicial), es donde está lo mejor de Thor. Su relación con su hermano Loki (Tom Hiddleston) y con su padre Odín (Anthony Hopkins), el equilibrio de paz entre los reinos de Asgard y Jotunheim (gobernado por los gigantes de hielo), su amistad con la dama Sif (Jaimie Alexander; ¿alguien ha pensado que podría ser ella la heroína que permitiera a Hollywood por fin hacer una película de fantasía con una mujer como protagonista?) y los tres guerreros, Volstagg, Fandral y Hogun (Ray Stevenseon, Josh Dallas y Tadanobu Asano), y la visión del puente de arco iris que une los Nueve Reinos y el guardián que lo custodia, Heimdall (espléndido personaje y magnífica caracterización, aunque la elección de Idris Elba, un actor negro, para interpretar a un dios nórdico se quedé como un anecdótico, algo absurdo y conseguido intento de que se hablara de la película mucho antes de su estreno). Ver el esplendor visual que se alcanza en este tramo, el adecuado nivel de brutalidad en las luchas y la pasión en el retrato de personajes y escenarios hace anhelar una futura secuela en la que se narre la etapa que en el cómic de Walter Simonson llevó a Thor a visitar el reino de Hel (el equivalente nórdico del infierno), gobernado por Hela.

Con la entrada en escena de Jane Foster (Natalie Portman), el tono de la película se rebaja y se hace más cómico. Acertadamente cómico, por cierto, pero de ritmo más lento. La historia de amor no sólo era inevitable, sino que también se agradece, porque da más sentido a la evolución de Thor. Pero ahí es donde se empiezan a notar los fallos del guión de la película. Introducir demasiados elementos en dos horas de película suele conducir irremediablemente a que algunos queden desdibujados, y eso queda en evidencia con la batalla entre Thor y el Destructor (un gigante mágico de aspecto metálico que dispara unos poderosos rayos desde el rostro). Se desvirtúa con tanta facilidad a los otros asgardianos que ahí es difícil de creer el heroísimo sin medida de Thor y el carácter supuestamente invencible de su adversario. Del mismo modo, es absurdo transformar a Jane Foster desde la enfermera que es en el cómic a la científica que es en la película (triste pago de los tiempos políticamente correctos que corren), y ese aspecto es quizá lo más endeble de la trama, gracias también a que Natalie Portman no destaca en papeles así. Como también termina por ser endeble el retrato de Loki, cuyas motivaciones quedan demasiado en el aire y desvirtúan lo que sólo se había apuntado en los dos primeros tramos del filme.

En el aspecto visual, fantástico en líneas generales (se ve a Thor y a su mundo haciendo todo lo que hace de él un personaje apreciado en el cómic), sólo cabe hacer dos reproches. Uno, el ya habitual, es el 3D, que oscurece demasiado una película que clama por ser luminosa para hacer justicia al trabajo de sus diseñadores. Otro, que Branagh, al tiempo que triunfa con arriesgados planos en diagonal, se pierde demasiado en las peleas. Domina muy bien los efectos especiales, y eso tiene mérito teniendo en cuenta su filmografía tan alejada hasta ahora de este campo, pero las coreografías de batalla a veces se pierden como en tantas otras películas de acción (siempre quedará ahí la brillante música de su inseperable compositor, Patrick Doyle). Branagh, en todo caso, consigue dar coherencia al resultado final y salir triunfante. La misma crítica que le encumbró en sus inicios casi como el nuevo Orson Welles ahora disfruta criticando todo lo que hace (aunque con menos intensidad, recuerda al fenómeno que sufre M. Night Shyamalan), pero no hay motivo. Thor funciona y encaja en el cine de Branagh porque, aunque a veces se quede en la superficie, la tragedia shakespeariana es un elemento fundamental de esta saga de dioses nórdicos y su relación con los humanos.

Antes de esa mencionada escena final, de la que es mejor no revelar más detalles para no estropear la sorpresa, la película concluye con un mensaje: "Thor regresará en Los Vengadores", lo que inevitablemente despierta el ansia del fan. ¿Algo más que buscar en Thor para entender mejor la conjunción de esta película en este magníficamente bien trazado Universo Marvel cinematorgáfico? Obviamente, la presencia del agente Coulson de SHIELD (que ya apareció en los dos entregas de Iron Man), pero también el debut en pantalla, apenas un cameo, de Ojo de Halcón (Jeremy Renner), la duda de si esa misma escena esconde algo más y la mención a Stark (Tony Stark, el hombre bajo la armadura de Iron Man). Marvel sigue sumando y queda todavía un capítulo, Capitán América, antes de la explosión definitiva de sus personajes en la gran pantalla con Los Vengadores. Para eso habrá que esperar hasta mayo del año que viene. Y visto el buen nivel de Iron Man y su secuela, de El increíble Hulk y ahora de Thor, sólo cabe esperar lo mejor del filme que está ya dirigiendo Joss Whedon.