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viernes, diciembre 31, 2010

2010, un año de cine

Se acaba 2010. Ya sabéis, momento de balances, de hacer memoria y de confeccionar esas listas que tanto nos gustan a todos. Esta es la mía, este año muy cargada de títulos, tan personal e intransferible que no tiene por qué generar consenso. No debería, ahí está la gracia del cine. Pero, al fin y al cabo, es la mía. Y por eso os la cuento.

· La película del año: Origen
Encontrar una chispa de originalidad en Hollywood tiene mérito. Dar con todo un torrente visual y narrativo detrás de las cámaras como es Christopher Nolan, es un tesoro. Y Origen es, junto a las dos entregas de Batman que ha dirigido, el mejor ejemplo de lo que puede dar de sí una película cuando se pone cuidado en todas sus facetas. Magníficamente rodada, espléndidamente interpretada, con un guión tan apabullante como su imaginería visual, una música que pone los pelos de punta, escenas tan innovadoras como la del pasillo del hotel y un final tan abierto como presto para el debate. ¿Quién puede dar más? Origen es una de esas películas que perduran en la memoria. Y eso no tiene precio.
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· Lo más destacado
Cine moderno plagado de clasicismo, cine clásico tan hermoso como siempre y cine de género (¿son los dibujos animados realmente un género?) aferrado al clasicismo que funciona. La red social, Invictus y Toy Story 3. Para mí es lo mejor que se ha estrenado en España en 2010. Y con diferencia. David Fincher, que lleva años en plena forma y convirtiéndose película a película en uno de los directores más fascinantes del momento, creó un peliculón a partir de un guión fascinante y unos diálogos llenos de energía, armas que es bastante probable que le lleven a alzarse con algunos premios el próximo año. ¿El Oscar? Ya veremos. No me atrevería a decir que La red social no se lo merece.
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Clint Eastwood nos regaló con Invictus una gran obra, quizá no entre sus tres mejores (¡mucho decir es eso!), pero sí de una categoría excelsa, por mucho que muchos hayan dudado de ella. Qué hermoso final, qué grande es Morgan Freeman. Y qué grande es Clint, claro. No te mueras nunca. Los chicos de Pixar sí se superaron. Parecía imposible, otra vez más. Pero lo han vuelto a hacer. ¡Otra vez más! Qué manera de llorar en el final de esta película, una hermosísima muestra de que la animación, por mucho que algunos lo quieran seguir negando, es tan cine como el más aplaudido por la crítica. Toy Story 3 es la que más cerca está del peldaño anterior de esta lista, pero alguien va a pensar que estoy a sueldo de Pixar con tantas alabanzas como les dedico siempre.
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· Sorpresas positivas
Un ataúd como único escenario durante 90 minutos. Un solo actor en pantalla. Un director español que rueda en inglés con un intérprete norteamericano. ¿Puede salir algo bueno de ese cóctel? Yo no lo hubiera dicho antes del estreno, aunque admitiera desde el principio la valentía del planteamiento. Pero bueno es poco. Es un filme brillante, sorprendente y cautivador. Buried (Enterrado) es una de esas películas que dejan huella sin necesidad de tener decenas de grandes nombres en su cartel. Sólo con imaginación, ingenio y categoría. Eso sí, no es apta para claustrofóbicos.
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A veces parece que una película pensada para ser un éxito de taquilla (lo sea después o no), no puede ser buena. Sherlock Holmes sorprendió por ese lado. Y también por la fidelidad al personaje de Sir Arthur Conan Doyle, mayor de lo que se temía antes de verla. Una gozada. Y El equipo A fue la sorpresa agradable del verano. Lo tenía todo para ser terrible. Y resulta que es terriblemente entretenida. Como Un ciudadano ejemplar, una película que pasó casi desapercibida y que tenía muchos aciertos, aunque también algún que otro gran agujero.
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La animación dejó dos gratísimas sorpresas. Número 9 es un producto atípico, oscuro y fascinante, que demuestra que no hace falta contar todos los detalles de una historia para hacer una película atractiva y notable. Cómo entrenar a tu dragón dejó claro con una entretenidísima historia que hay vida en Dreamworks. Y eso, en el reinado de Pixar y en el complejo entratamado de las franquicias languidecientes, es una magnífica noticia para los espectadores.
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No pensé que el decadente romanticismo de Hollywood podía dar una película tan hermosa y fresca como Más allá del tiempo. No pensé que Ben Affleck, a pesar de ser tan mal actor, podría confirmar con The Town que es un buen director. No pensé que una peliculita independiente como Sunshine Cleanning, con la magnífica Amy Adams, podría entretenerme tanto. No pensé que An education podía esconder tantas virtudes tras el adorable rostro de Carey Mulligan. Y, por eso, todas ellas me sorprendieron agradablemente.
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· Me gustaron... como esperaba
No me sorprendieron, pero me gustaron. Me gustó el Ridley Scott del entretenidísimo Robin Hood. Como también el Martin Scorsese de Shutter Island, aunque el guión no estuviera a la altura que merecía la forma de rodar del maestro. O el Roman Polanski de El escritor, aunque no fuera su mejor película (pero qué gran Pierce Brosnan). Igualmente me gustó el Peter Jackson de la hermosa pero mal acabada The lovely bones. También el M. Night Shyamalan de Airbender, aunque muchos se empeñen en enterrar a quien encumbraron tras El sexto sentido. Y el Oliver Stone de la secuela de Wall Street, aunque no fuera la película definitiva de la crisis que podría haber sido.
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Si de secuelas hablamos, Harry Potter y las reliquias de la muerte me gustó tanto como esperaba. Es decir, no demasiado, como toda la saga, pero con sus pequeños aciertos. O Iron Man 2, por mucho que los villanos no terminaran de convencerme (pero es que Robert Downey Jr. está colosal). O Tron Legacy, una delicia visual. O las heroicidades huecas (muy huecas) de Furia de titanes. Convence la fuerza visual de Ga'Hoole. La leyenda de los guardianes. Y el regreso de Joe Dante al terror juvenil con Miedos. Corazón rebelde aguanta gracias a un Jeff Bridges inspiradísimo. Y Tiana y el sapo... ¿cómo no me va a convencer si tiene el sello de Disney y es, de nuevo, animación tradicional? Un pequeño cambio me hizo reír, por mucho que Jennifer Anniston siga interpretándose a sí misma. Al límite era el regreso de Mel Gibson, y con eso ya cabía esperarse lo que era. Y el remake de Déjame entrar me gustó más que la original gracias a la asombrosa música de Michael Giacchino.
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Cine más pequeño pero igualmente convincente es el que ofrece la animación de The secret of Kells. La cinta blanca y Un hombre soltero me gustaron tanto como esperaba, aunque por desgracia fue menos de lo que le gustó al universo de la crítica, que las ensalzó, sobre todo a la primera. Soul Kitchen y El silencio de Lorna son buenas películas para evadirse del cine americano. Y Cinco minutos de gloria para obtener una mirada muy, muy diferente sobre el terrorismo. La decisión de Anne no es tan pequeña, pero su tono de telefilme hace que se empequeñezca un poquito hasta quedarse en lo que es.
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· Enormes decepciones
Decepciona aquello que genera expectativas. Y los premios y la crítica se pusieron de acuerdo en ensalzar películas que se me quedaron en decepciones de mayor o menor calibre. El vacío espectáculo pirotécnico y pretencioso de Kathryn Bigelow, En tierra hostil, se lleva la palma, por muchos Oscars que ganara. Pero casi tanto como Up in the air (me pareció hueca e intrascendente, aunque lo intentara disimular) y Precious (un telefilme en toda regla, valiente si queréis, pero telefilme). Lo mismo me ocurrió con la premiadísima cinta francesa Un profeta, que me llevó al aburrimiento durante casi todo su larguísimo metraje.
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Tim Burton me decepcionó por primera vez con una versión sin alma de Alicia en el País de las Maravillas. Detrás de grandes nombres de actrices, Nine adolecía de lo mismo, de un espíritu que la sostuviera. The blind side contaba con el Oscar de Sandra Bullock, pero lo mismo daba, era la historia de siempre. Y El solista tenía buenos actores y mejores intenciones, pero no terminaba de dar con la tecla. Madres e hijas se me queda como una película coral tan fácil de hacer como casi todas las que han puesto de moda estas historias, y Two lovers prometía más de lo que ofrece, quizá lastrada por un poco creíble Joaquim Phoenix.
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El futuro apocalíptico de La carretera quedó demasiado filosófico. Como El libro de Eli de Denzel Washington. El americano de George Clooney quedó demasiado aburrido y pretencioso. El Irak de Paul Greengrass y Matt Damon en Green Zone quedó menos trasngresor de lo que se esperaba. Y los Hermanos que cortejaban a Natalie Portman demasiado insulsos. El Centurión de Neil Marshall se quedó lejísimos de revitalizar el cine de romanos. Casi tanto como Los mercenarios de Stallone de ofrecerse un autohomenaje digno. O El retrato de Dorian Gray de hacer justicia al novelón en que se basa.
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Shrek. Felices para siempre demostró lo equivocado que es estirar una saga hasta la extenuación. Astro Boy, que no basta con una buena animación para hacer una buena película. Como Fantástico Señor Fox en otro registro muy diferente. El aprendiz de brujo es tan mala que asusta, con lo fácil que parece hacer una película de fantasía simplemente entretenida. Scott Pilgrim contra el mundo evidencia que el lenguaje del cómic y el del cine son hermanos pero no gemelos. Y El hombre lobo casi no se merece el calificativo de decepción de lo mala que es. Qué pena de película.
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· Pérdidas de tiempo
Todos tuvimos amigos que ya no lo son. Llevado esto al cine, Predators es el mejor ejemplo. Por favor, que no hagan más. Woody Allen también encaja parcialmente en ese grupo, porque amigo-amigo nunca llegó a ser, y Conocerás al hombre de tus sueños creo que ya sólo contentó a los fans del Woody Allen actual. O los Coen, esos hermanos que dejaron de hacer cine tras El gran Lebowski y que ofrecieron (es un decir) Un tipo serio. Y el cine español, cumpliendo su cuota en esta apartado con Balada triste de trompeta (asombrosa película, sin duda), Didi Hollywood (todo más que previsible viniendo de Bigas Luna y Elsa Pataki) o Habitación en Roma (Julio Médem parece haber perdido definitivamente el buen rumbo de sus primeras películas).
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Skyline, Imparable, Salt, Splice, Pesadilla en Elm Street, Noche y día, Kick-Ass, Percy Jackson y el ladrón del rayo, Legión, Prince of Persia, Desde París con amor, Ex-posados, Teniente corrupto, Solomon Kane, Daybreakers, Una escapada perfecta, La cuarta fase (¿cuántas películas ha hecho Mila Jovovich, por dios...?), Los hombres que miraban fijamente a las cabras... Hollywood, en mayor o menor medida, pero siempre prescindible. El circo de los extraños es demasiado igual a todas las nuevas sagas de fantasía juvenil. Liam Neeson y Laura Linney no bastan para levantar Crónica de un engaño. Y Milley Cirus sí se basta solita para acabar con La última canción.
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· La peor película del año: Machete
A veces resulta más difícil escoger la peor película del año que destacar a la mejor. Suele haber más competencia por el lado de lo malo, vaya, y este año había varias películas que lucharon con denuedo por obtener esta mención. Me quedo con Machete por lo que representa. El de Robert Rodríguez, y por extensión el de Quentin Tarantino, es un cine alabado por ciertos sectores de la crítica y por una gran legión de aficionados. Lo ven como entretenido, quizá hasta rompedor. Y, sin embargo, a mí me parece un cine absurdo, facilón, salvaje (en el peor sentido de la palabra) y carente de toda genialidad, fruto de un tiempo en que vale más rodearse de amigos que de talento. Machete es una colección de tópicos, de absurdeces, de escenas sin sentido, de actores acomodados o directamente merecedores del olvido. Y todo esto tiene sus fans. Me parece genial. Pero yo no soy uno de ellos.
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· Ningún interés por verlas
Hace algunos años no me hubiera atrevido a decir que Robert de Niro es la razón por la que no tengo ningún interés en ver una película. Ahora lo digo sin miedo. Es lo que me pasó con Stone. Nunca he tenido reparos, en cambio, en decir eso del sobrevalorado Javier Bardem, un actor al que yo no le veo nada de nada de lo que sí le ven otros muchos. Por eso ni Biutiful ni Come, reza, ama me seducen lo más mínimo. Ni el Amador del otrora esperanzador Fernando León de Aranoa. O Los ojos de Julia que me suena a copia de El orfanato. O los 3 metros sobre el cielo. O el innecesario remaje de The Karate Kid.
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Ahora los padres son ellos (¿por qué, De Niro, por qué...?), Saw VI (¿y VII...?), Resident Evil. Ultratumba (¿cuántas van ya...?), Paranormal activity 2 (¿en serio engañó tanto la primera como para hacer una secuela...?), Sexo en Nueva York 2 (no me dice mucho esta serie, no...). Mucha secuela, mucho original que ya no me interesaba. Como los Millenium, aunque igual ahora que David Fincher hace el remake americano me toca revisarlas. Eclipse directamente no, que a mí me gustan los vampiros de verdad, los aterradores, y no los de Crepúsculo.
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· Lo que me queda por ver
Por mucho cine que uno vea, siempre se quedan películas en el tintero. A veces porque se han estrenado en las últimas semanas del año, como es el caso de El discurso del rey. También de otras como Burlesque, Megamind o The tourist. A veces porque su distribución es limitadísima, como Cheri, Acantilado rojo, Ciudad de vida y muerte, Philip Morris ¡te quiero!, Chloe o Tamara Drewe. A veces porque, ceñido al tópico, me sigue dando pereza que sean películas españolas, como me sucedió con Lope, Agnosia o El mal ajeno. A veces simplemente porque se escapan a la espera de una mejor ocasión. Ahí entran títulos como la tercera entrega de Las crónicas de Narnia, Ladrones, Caza a la espía, Rumores y mentiras, La otra hija, Adele y el misterio de la momia o Gru, mi villano favorito. Y seguro que hay más.

viernes, mayo 14, 2010

'Robin Hood', la aventura sigue viva

Un viejo amigo y un nuevo conocido. Ese es el Robin Hood de Ridley Scott, una película que expande la leyenda del arquero más famoso del cine, ofreciendo la parte de la historia que nunca habíamos visto y, sobre todo, devolviendo al cine moderno uno de sus grandes mitos, uno que no veía una adaptación destacable desde hace casi veinte años. Lo que Scott nos da es, de hecho, la mejor versión que se ha hecho de las andanzas del bandolero de Sherwood desde que Errol Flyn vistiera las mallas allá por 1938, en Robin de los bosques. Ahí es nada. Robin Hood es una película clásica, pero al estilo de Ridley Scott, un entretenimiento magnífico de acción (rodado con una claridad y con una elegancia que ya quisieran directores del género más reputados) con un trasfondo político que eleva el potencial de la película. Con algún pequeño altibajo en su ritmo, sí, pero demostrando que la aventura sigue viva para un público mayor de quince años, que es el único que parece importar al Hollywood de hoy.

Son varios los grandes méritos de Robin Hood. Por un lado, se trata de un personaje sobradamente conocido, que tiene unas características que lo hacen reconocible. Sin embargo, Scott consigue introducir una visión fresca y a la vez adecuada a lo que sabemos de él. No es fácil, es un reto similar al que se enfrentó hace poco Guy Ritchie para hacer la brillante Sherlock Holmes. Lo que Ridley Scott incorpora no es una nueva visión de Robin Hood, sino un pasado, un origen, una historia previa a lo que ya hemos visto en decenas de adaptaciones. De hecho, la película concluye anunciando que justo ahí empieza la leyenda, justo ahí queda el testigo para enlazar con Robin de los bosques, con Robin Hood. Príncipe de los ladrones o con cualquier otra versión de sus aventuras. El guión cumple con esa función a las mil maravillas. No hay traiciones a la esencia, hay aportaciones. Y algunas muy valiosas, como saber de dónde viene su habilidad con el arco.

El segundo gran mérito, éste fácilmente personificable en Ridley Scott, es sumergirnos como lo hace en una época pasada, sea la que sea. Se le acusa de tomarse libertades históricas en sus películas (más acusado era, por ejemplo, en El reino de los cielos), pero lo cierto es que todo lo que enseña encaja. En Robin Hood se ve la Edad Media, se siente, se palpa y se disfruta. Sea o no sea históricamente precisa, porque eso queda en segundo plano. Como parte de este mérito, es obligado destacar que Ridley Scott parece hoy el único director capaz de recrear la guerra más clásica, la de espadas, arcos, caballos y lanzas. Lo hizo en Gladiator, lo repitió en El reino de los cielos y ahora corona esa bella trilogía bélica en Robin Hood con una portentosa escena de batalla final (también digna de mención es, en este sentido, la apertura del filme). Sólo Ridley Scott, excepción hecha de Peter Jackson en El Señor de los Anillos, es capaz de introducir al espectador en un combate así. Y su logro es doble, porque la guerra moderna tampoco se le escapa, como demostró en Black Hawk derribado.

Ridley Scott es un maestro rodando, montando e iluminando sus películas. Por acción propia o por la de sus colaboradores, a los que elige y exige una minuciosidad siempre brillante y siempre diferente. Se ha trazado un paralelismo entre este filme y Gladiator. Y lo hay, claro que lo hay, pero el tercer mérito que presenta Robin Hood es el de mostrarse como un título único, auténtico y diferente con respecto a otras películas de su director. Proeza, además, en la que hay que dar un alto porcentaje de valor al protagonista Russell Crowe. Qué fácil hubiera sido recrear al Máximo de Gladiator. Qué maravilla verle incorporar a otro gran personaje a su filmografía. Crowe es, probablemente, el mejor actor vivo. Es capaz de dar vida a un hombre asustado y a uno valiente, a un padre de familia y a un galán, a otro hombre sedentario y a un héroe de acción. No hay personaje que se le resista. Dicen que es el actor de más edad en dar vida al famoso arquero. Quién lo diría. No me atrevería a proclamar que el suyo es el mejor Robin que se ha hecho, porque convive con Erroyl Flynn, Douglas Fairbanks o Sean Connery, pero es brillante.

Crowe es sólo la piedra angular de otro de los grandes méritos de la película: el reparto. Cate Blanchett, Mark Strong, William Hurt, Max von Sydow, Danny Huston y Oscar Isaac encabezan un elenco no sólo estelar, sino perfecto. Blanchett solventa las dudas que tenía sobre su capacidad de hacer una buena Lady Marian y aporta química con Crowe (es más achacable al guión que a ella la discutible forma en que su papel cumple con la necesidad de contar con una heroína en toda película moderna; al guión también le falta una explicación convincente de esa especia de niños perdidos, más propios de un Peter Pan sombrío que de esta película). Strong, tras maravillar en Sherlock Holmes (antes había colaborado con Ridley Scott en Red de mentiras), demuestra que hay pocos actores que sepan dar presencia tridimensional y real a un villano (atención al maravilloso cara a cara con Hurt en una breve pero poderosísima escena). Huston y Von Sydow dan una elegancia a sus personajes (Ricardo Corazón de León y Sir Walter Loxley) que contrasta con la fuerza y la juventud de Isaac como el príncipe Juan.

La historia comienza en Francia, con el tramo final de la cruzada de Ricardo Corazón de León, y despliega con maestría las aventuras de Robin Hood, pero también todas las intrigas políticas y palaciegas por la corona de Inglaterra. En algún momento, incluso aprece que el héroe es sólo una excusa para hablarnos del antagonismo entre Ricardo y Juan, pero eso, aparte de los mencionados altibajos de ritmo en el tramo central de la película, enriquece el cuadro. El espléndido final, tan abierto a una secuela como a los sueños y la imaginación del espectador, elimina todas las dudas que pueda generar la película: se trata de un Robin Hood adulto, maduro, entretenido y profundo, una muestra más de la maestría de Ridley Scott como cineasta, una delicia que hace renacer las esperanzas de ver un cine de aventuras clásico, alejado de la artificiosidad y jovialidad de títulos como Piratas del Caribe. La aventura, decía, sigue viva. Y Ridley Scott, un director al que se critica con demasiada facilidad, es su principal exponente en el cine moderno.

lunes, abril 20, 2009

Russell Crowe, el nuevo Robin Hood

Ya tenemos nuevo Robin Hood, y promete ser de los mejores a tenor por los nombres que están envueltos en el proyecto, ya en fase de rodaje. Russell Crowe es el nuevo rostro del forajido del bosque de Sherwood en la película que está dirigiendo Ridley Scott y que llegará a los cines en mayo de 2010 (al menos en Estados Unidos; en España, cruzaremos los dedos para que el estreno no lleve demasiado retraso). La novedad es la primera foto del actor como Robin Hood, que ha sido publicada en el periódico norteamericano USA Today.

Crowe, para mí uno de los mejores actores del momento, logró el papel que rumores previos le daban a Christian Bale (sobradamente conocido por su papel de Batman en la saga dirigida por Christopher Nolan) y Sam Riley (mucho más desconocido, se le puede ver ahora en los carteles de Control, estrenada hace dos fines de semana en España aunque sea una película de 2007). Quizá tuvo mucho que ver que la película cayera en manos de Ridley Scott, ya que es la quinta colaboración entre actor y director (Gladiator, Un buen año, American gangster y Red de mentiras). Antes de que Scott se pusiera manos a la obra, se pensó en directores como Sam Raimi o Bryan Singer.

Como Lady Marian tendremos a Cate Blanchett, una elección que nada tiene que ver con las rumoreadas Kate Winslet y Rachel Weisz, o Sienna Miller, la actriz previamente contratada para el papel y que tuvo que abandonar el proyecto por los continuos retrasos. En esos retrasos se quedó la esencia de lo que iba a ser la película en origen. El título provisional que se dio a concoer tiempo atrás era Nottingham, lo que daba a entender que pretendía ser una versión del mito de Robin Hood desde la óptica del sheriff de Nothingham. Finalmente, lo que se está rodando es una versión cercana a la realidad histórica, lo cual, a priori, pongo en duda conociendo las licencias que se suele permitir Ridley Scott en ese terreno.

Robin Hood ha protagonizado más de un centenar de películas y series de televisión desde que en el lejano 1912 Robert Frazier le pusiera rostro. Douglas Fairbanks encarnó al famoso arquero en 1922 y Errol Flynn lo inmortalizó en 1938, en Robin de los bosques, la mejor y más conocida versión del mito. En 1976, Sean Connery dio vida a un Robin Hood mucho más maduro en Robin y Marian, una película de tono crepuscular. Y en 1991 fue Kevin Costner quien se convirtió en Príncipe de los ladrones. Sobra decir que tengo plena confianza en el tandem Crowe-Scott para ver una película, como poco, entretenidísima. Pero todavía queda mucho para verla.