Tan fuerte, tan cerca es una película tan hermosa como manipuladora. De esta manera, el filme es, en sí mismo, un oximorón de los que se habla en su guión, una figura retórica que une dos conceptos opuestos. No creo que se pueda sentenciar mucho sobre ella en este sentido y decidir de forma categórica cuál de las dos características se impone a la otra, eso queda en manos de cada espectador y de cómo y cuánto le llegue la película. Pero tiene ambas cualidades. Como tiene maestría y confusión. Porque le sobra talento, contiene grandes momentos en un número muy elevado, pero también es ciertamente pretenciosa y emocionalmente concluyente. Si tengo que elegir, y por encima de los defectos que sí tiene, me quedo con que es un filme hermoso y lleno de talento. Es una de esas historias que merece la pena, una de esas películas inspiradoras y que hacen sentir con fuerza al espectador. Es un caudal de sensaciones, a veces contradictorias, pero casi siempre satisfactorias.
Viendo la película se respira la sensación de que está hecha pensando en el Oscar. No deja de ser curioso porque, precisamente, su nominación como mejor película que recibió fue una sorpresa, a pesar de que Daldry ya ha llevado otras de sus películas, todas en realidad (Billy Elliot, Las horas y El lector), muy lejos en la carrera por las estatuillas. La película no cosechó buenas críticas en su estreno en Estados Unidos. Su inusual aproximación al 11-S y sus consecuencias más íntimas y personales no ha sido del agrado de todo el mundo. Y es cierto que Stephen Daldry, basándose en un guión de Eric Roth, no ha escogido un enfoque sencillo para un evento que genera tanta sensibilidad en su público objetivo. No le ha ayudado, seguramente, un montaje temporal un tanto confuso en algunas partes del filme, especialmente en su primera mitad. Pero no creo, sinceramente, que contar como trasfondo con los atentados a las Torres Gemelas pueda suponer una variación en cómo recibir la película. Puede que se pueda ver como algo pretencioso (arriesgadísima su comparación entre el derrumbe físico de las Torres y el emocional de su protagonista), pero es también valiente.
La película vuelve a dar a Daldry la oportunidad de colocar a un niño como protagonista, pero no estamos en absoluto ante un remedo de Billy Elliot. Oskar (Thomas Horn) es un niño curioso, diferente, al que le cuesta expresar sus emociones de forma normal y que tiene que hacer frente a la muerte de su padre (Tom Hanks) sin estar en realidad preparado para vivir en el mundo real (el columpio es una metáfora preciosa de este concepto). ¿Cómo lo hace? Embarcándose en una búsqueda singular en la que una llave que encuentra en el armario de su padre es la clave, una búsqueda en la que se siente solo e incapaz de compartir sus secretos con nadie (hasta que no puede más), de la que aparta a su madre (Sandra Bullock). En su búsqueda encontrará un extraño aliado, un anciano (Max von Sydow) que vive en una habitación del piso de su abuela, que no pronuncia palabra alguna y que se comunica con mensajes escritos. Daldry saca petróleo de las relaciones personales que se tejen entre estos personajes y de cómo, flyendo con ellos, va desvelando la información precisa para resolver el misterio que mueve a Osker, con un adecuado cuentagotas que fluye con absoluta naturalidad.
Y es que la película lo que cuenta es cómo un niño le va perdiendo el miedo a la vida. Perdido el amparo de su padre, y precisamente buscando imposibles explicaciones racionales a su pérdida, se irá dando cuenta de qué aquel pretendía con sus enseñanzas. Eso se disfruta escena a escena con el trabajo del debutante Thomas Horn, cuya única experiencia en el mundo del espectáculo fue ganar un concurso televisivo de preguntas y respuestas. Max von Sydow le apoya de una forma sencillamente impecable y demostrando que las emociones se pueden conseguir en el cine de muchas maneras, aunque su personaje sea, precisamente, la llave de las inconsistencias que hay presentes en Tan fuerte, tan cerca. Las hay, porque no siempre es fácil entender el porqué de la entrada y la salida de ciertos personajes, aunque también es verdad que hacia el final Daldry da algunas respuestas que tratan de redondear la película. Lo consigue, de hecho, en algunos aspectos, más por ejemplo con respecto al personaje de Sandra Bullock que, precisamente, al de Max von Sydow.
Tan fuerte, tan cerca (horrenda traducción de Extremely Loud & Incredibly Close, título que tiene su razón de ser y que se ve claramente en la película) busca conmover y conmigo lo ha conseguido. En su visión del 11-S (emocionante el momento en el que el chico descubre lo que ha sucedido ese día, casi tanto como la conversación por teléfono en la que Sandra Bullock despunta mucho más que en la actuación que le dio el Oscar en la previsible Un sueño posible), en la forma de tratar la relación entre un hijo y sus padres como dos personas completamente diferentes, en cómo dos desconocidos (formidables Viola Davis y Jeffrey Wright) pueden ofrecer a determinadas personas en algunas situaciones mayor consuelo que una madre. Todo ello conmueve. ¿Trampas emocionales? Alguna que otra. Pero cuando una película te agarra el corazón con tanta fuerza y consigue que sus latidos vayan al compás que marca, algo bueno tiene que tener. Y Tan fuerte, tan cerca, lo consigue. Emociona y conmueve. Y por eso, convence. Con sus fallos, pero convence.
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domingo, marzo 18, 2012
viernes, mayo 14, 2010
'Robin Hood', la aventura sigue viva
Un viejo amigo y un nuevo conocido. Ese es el Robin Hood de Ridley Scott, una película que expande la leyenda del arquero más famoso del cine, ofreciendo la parte de la historia que nunca habíamos visto y, sobre todo, devolviendo al cine moderno uno de sus grandes mitos, uno que no veía una adaptación destacable desde hace casi veinte años. Lo que Scott nos da es, de hecho, la mejor versión que se ha hecho de las andanzas del bandolero de Sherwood desde que Errol Flyn vistiera las mallas allá por 1938, en Robin de los bosques. Ahí es nada. Robin Hood es una película clásica, pero al estilo de Ridley Scott, un entretenimiento magnífico de acción (rodado con una claridad y con una elegancia que ya quisieran directores del género más reputados) con un trasfondo político que eleva el potencial de la película. Con algún pequeño altibajo en su ritmo, sí, pero demostrando que la aventura sigue viva para un público mayor de quince años, que es el único que parece importar al Hollywood de hoy.Son varios los grandes méritos de Robin Hood. Por un lado, se trata de un personaje sobradamente conocido, que tiene unas características que lo hacen reconocible. Sin embargo, Scott consigue introducir una visión fresca y a la vez adecuada a lo que sabemos de él. No es fácil, es un reto similar al que se enfrentó hace poco Guy Ritchie para hacer la brillante Sherlock Holmes. Lo que Ridley Scott incorpora no es una nueva visión de Robin Hood, sino un pasado, un origen, una historia previa a lo que ya hemos visto en decenas de adaptaciones. De hecho, la película concluye anunciando que justo ahí empieza la leyenda, justo ahí queda el testigo para enlazar con Robin de los bosques, con Robin Hood. Príncipe de los ladrones o con cualquier otra versión de sus aventuras. El guión cumple con esa función a las mil maravillas. No hay traiciones a la esencia, hay aportaciones. Y algunas muy valiosas, como saber de dónde viene su habilidad con el arco.
El segundo gran mérito, éste fácilmente personificable en Ridley Scott, es sumergirnos como lo hace en una época pasada, sea la que sea. Se le acusa de tomarse libertades históricas en sus películas (más acusado era, por ejemplo, en El reino de los cielos), pero lo cierto es que todo lo que enseña encaja. En Robin Hood se ve la Edad Media, se siente, se palpa y se disfruta. Sea o no sea históricamente precisa, porque eso queda en segundo plano. Como parte de este mérito, es obligado destacar que Ridley Scott parece hoy el único director capaz de recrear la guerra más clásica, la de espadas, arcos, caballos y lanzas. Lo hizo en Gladiator, lo repitió en El reino de los cielos y ahora corona esa bella trilogía bélica en Robin Hood con una portentosa escena de batalla final (también digna de mención es, en este sentido, la apertura del filme). Sólo Ridley Scott, excepción hecha de Peter Jackson en El Señor de los Anillos, es capaz de introducir al espectador en un combate así. Y su logro es doble, porque la guerra moderna tampoco se le escapa, como demostró en Black Hawk derribado.
Ridley Scott es un maestro rodando, montando e iluminando sus películas. Por acción propia o por la de sus colaboradores, a los que elige y exige una minuciosidad siempre brillante y siempre diferente. Se ha trazado un paralelismo entre este filme y Gladiator. Y lo hay, claro que lo hay, pero el tercer mérito que presenta Robin Hood es el de mostrarse como un título único, auténtico y diferente con respecto a otras películas de su director. Proeza, además, en la que hay que dar un alto porcentaje de valor al protagonista Russell Crowe. Qué fácil hubiera sido recrear al Máximo de Gladiator. Qué maravilla verle incorporar a otro gran personaje a su filmografía. Crowe es, probablemente, el mejor actor vivo. Es capaz de dar vida a un hombre asustado y a uno valiente, a un padre de familia y a un galán, a otro hombre sedentario y a un héroe de acción. No hay personaje que se le resista. Dicen que es el actor de más edad en dar vida al famoso arquero. Quién lo diría. No me atrevería a proclamar que el suyo es el mejor Robin que se ha hecho, porque convive con Erroyl Flynn, Douglas Fairbanks o Sean Connery, pero es brillante.
Crowe es sólo la piedra angular de otro de los grandes méritos de la película: el reparto. Cate Blanchett, Mark Strong, William Hurt, Max von Sydow, Danny Huston y Oscar Isaac encabezan un elenco no sólo estelar, sino perfecto. Blanchett solventa las dudas que tenía sobre su capacidad de hacer una buena Lady Marian y aporta química con Crowe (es más achacable al guión que a ella la discutible forma en que su papel cumple con la necesidad de contar con una heroína en toda película moderna; al guión también le falta una explicación convincente de esa especia de niños perdidos, más propios de un Peter Pan sombrío que de esta película). Strong, tras maravillar en Sherlock Holmes (antes había colaborado con Ridley Scott en Red de mentiras), demuestra que hay pocos actores que sepan dar presencia tridimensional y real a un villano (atención al maravilloso cara a cara con Hurt en una breve pero poderosísima escena). Huston y Von Sydow dan una elegancia a sus personajes (Ricardo Corazón de León y Sir Walter Loxley) que contrasta con la fuerza y la juventud de Isaac como el príncipe Juan.
La historia comienza en Francia, con el tramo final de la cruzada de Ricardo Corazón de León, y despliega con maestría las aventuras de Robin Hood, pero también todas las intrigas políticas y palaciegas por la corona de Inglaterra. En algún momento, incluso aprece que el héroe es sólo una excusa para hablarnos del antagonismo entre Ricardo y Juan, pero eso, aparte de los mencionados altibajos de ritmo en el tramo central de la película, enriquece el cuadro. El espléndido final, tan abierto a una secuela como a los sueños y la imaginación del espectador, elimina todas las dudas que pueda generar la película: se trata de un Robin Hood adulto, maduro, entretenido y profundo, una muestra más de la maestría de Ridley Scott como cineasta, una delicia que hace renacer las esperanzas de ver un cine de aventuras clásico, alejado de la artificiosidad y jovialidad de títulos como Piratas del Caribe. La aventura, decía, sigue viva. Y Ridley Scott, un director al que se critica con demasiada facilidad, es su principal exponente en el cine moderno.
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