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viernes, noviembre 22, 2013

'Los juegos del hambre. En llamas', mejorando la saga

El reto de una secuela ha de ser la mejora del original. Los juegos del hambre. En llamas sin duda mejora el resultado de la película que dio inicio a la saga. Esa es la primera consideración a la que obliga el filme, reconociendo que avanza en prácticamente todos los sentidos y mejora algunos de los problemas que hicieron que Los juegos del hambre fuera una película en general decepcionante. Y dentro de esa mejora, funciona bastante mejor una primera hora que sí ofrece las sensaciones adecuadas en torno al mundo que muestra, las que no terminaba de mostrar la primera película, que los elementos de acción de la segunda parte. Funciona mejor la intriga política y las confrontaciones personales que hay en ese primer acto, y los dilemas morales de Katniss (Jennifer Lawrence), que la lucha por la supervivencia planteada en esta entrega. Entretiene mucho más que la primera, a pesar de que su duración, cercana a las dos horas y media, es tan exagerada para lo que plantea como ya le sucedió a la primera parte.

Si hay algo que no cuajó en Los juegos del hambre fue la credibilidad y la trascendencia del mundo que creaba. El arranque de En llamas viene a suplir todo lo que faltaba en aquella. Aunque en realidad sea un problema que sentar las bases de un universo tenga que llegar en la segunda película de una franquicia, lo cierto es que ahí está lo mejor de las dos películas. En las conversaciones que mantienen Katniss y el presidente Snow (Donald Sutherland), éste con Plutarch Heavensbee (Philip Seymour Hoffman), el nuevo alto mando a cargo del funcionamiento de los juegos, y éste con la propia Katniss. Es ahí donde se esconden las mejores claves de la película, en sus palabras, en sus gestos y en sus comportamientos a partir de esos diálogos. Y eso es porque estas escenas sí fundamentan el mundo de Los juegos del hambre, el presente, el pasado y el que está por venir en las próximas películas basadas en los libros de Suzanne Collins.

Hay un pequeño bajón de intensidad precisamente donde este tipo de cine suele crecer, y es cuando arrancan los juegos de esta entrega. La acción, pese al habitual esfuerzo para hacerla más impactante y espectacular, no deja de ser un más de lo mismo. Entretenido, sin duda, pero ya visto. Antes, en cambio, se ha planteado un entorno político más que atractivo. Katniss descubre los problemas y los dilemas de su nueva posición, avanza como personaje atormentado y complejo, no sólo como una bidimensional heroína de película, que es lo que llegaba a parecer en la primera entrega. Incluso, y a pesar de que ahí están los mayores tópicos del filme, interesa el triángulo amoroso que forma ella con su compañero tributo del distrito 12, Peeta (Josh Hutcherson), y Gale (Liam Hemsworth), pero no tanto por el lado más sentimental sino por la motivación que eso supone para Katniss. Incluso están mucho mejor aprovechados los personajes secundarios, con unos Woody Harrelson y Stanley Tucci mucho más contenidos y una Elizabeth Banks más importante en la trama y no sólo en la imagen.

Con En llamas, Los juegos del hambre da el necesario paso adelante, aunque la saga mantiene algunos de los defectos que aquejan a todo el cine contemporáneo que se corta por patrones similares en casi todos los terrenos, incluyendo la exagerada duración el más que previsible giro final, que se apunta durante todo el filme sin reparo alguno. Vista la segunda entrega, da la sensación de que lo mejor es lo que está por venir y, en realidad y con cierta crueldad (seguro que así lo juzgarán los aficionados a las novelas), se puede decir que lo que hemos visto hasta ahora se podría haber liquidado en una introducción de la tercera película, que es la que en realidad promete ser la valiente historia de fantasía y aventura con trasfondo social que se intuye en la sinopsis de Los juegos del hambre. Con todo, y abstrayéndose de sus flaquezas, un digno entretenimiento que supera a su predecesora.

lunes, julio 08, 2013

'La mejor oferta', un hermoso mosaico de amor, arte y dinero

Es bonito que un director tenga una película que todo el mundo recuerda, pero eso también obliga a prescindir de aquella para evaluar sus nuevos trabajos. Giuseppe Tornatore siempre estará ligado a Cinema Paradiso, pero elimina justicia y objetividad recordarla cada vez que su autor estrena un nuevo filme. Llega ahora La mejor oferta, película rodada en inglés y con un reparto más accesible para el público en general, y la única comparación que se puede hacer es que no es tan redonda. Injusta comparación, porque es hermosa. Es indudablemente hermosa en su misterio, en la belleza que muestra a muchos niveles, en su retrato del amor y en el del arte, como también en su composición cinematográfica y narrativa. Es, aunque esconde muchos más sentimientos, una película hermosa sobre el amor, el arte y el dinero (tema este último menor en minutos, pero no en importancia), y lo es también por el magnífico trabajo de sus actores principales, que esconde las exageraciones que esconde el relato y que no corresponde desvelar.

Como casi siempre a lo largo de su filmografía, Tornatore escribe y dirige la película. No es, confesado por el propio autor, un filme que contenga retazos de su propia biografía y sí elementos de dos historias diferentes que empezó a imaginar hace muchos años. Mezcla por un lado la historia de Virgil Oldman (Geoffrey Rush), un experto en arte y subastas de prestigio mundial con una vida solitaria y dedicada por entero a su trabajo, y por otro la de Claire Ibbetson (Sylvia Hoeks), una joven heredera que sufre de agorafobia y por ello vive recluida en una villa desde que era una niña. Ella contacta con él para que catalogue y venda las antigüedades que hay en su interior, y comienza así una extraña relación personal y profesional, que gracias a los consejos de Robert (Jim Sturgess, El atlas de las nubes), un joven colaborador y amigo, va evolucionando y transformándose con una delicadeza sensacional, que se eleva por encima de algunas inconsistencias en la historia.

Tornatore elabora una delicada historia de amor sin mostrar durante buena parte del metraje a una de las partes. Eso, se mire por donde se mire, tiene mérito, porque juega con la imaginación del espectador. Que Geoffrey Rush (El discurso del Rey) es un gran actor es algo ya establecido. Soberbio su retrato de Virgil, un hombre con minuciosas manías y supersticiones, incapaz de entablar relación con una mujer (salvo con las que aparecen en los cuadros con los que se deleita) pero con un lado oscuro (la forma en que los consigue, con la ayuda de Billy; siempre es una delicia ver a Donald Sutherland). Pero la hermosura nace precisamente de lo que no se ve, sólo de lo que se escucha, de la voz de Claire. El magnífico trabajo vocal de Sylvia Hoeks es un recordatorio más de por qué las películas se disfrutan mucho más en versión original. El ansia por conocer el rostro detrás de esa voz va cobrando fuerza para Virgil pero también para el espectador. El amor y el misterio crecen al mismo tiempo, y de forma paralela a la magnífica composición de planos de Tornatore.

No obstante, la película se transforma más de una vez. No es sólo una historia de amor, sino que encierra mucho más, y en esas transformaciones hay altibajos de ritmo que afectan a los 124 minutos que dura la película. Y es más que debatible el engranaje que va montando Tornatore a lo largo de la película (con la presencia incluso de un autómata que, aunque sea de forma inconsciente, recuerda al que colocó Martin Scorsese en La invención de Hugo) y que transforma por completo el mensaje de la película. No es fácil comentar ese giro en las intenciones sin desvelar demasiado sobre la película, pero sí se puede dejar claro que, cuando la narración en el papel pierde talento, Tornatore lo compensa con un formidable uso de la cámara y de todo cuanto asoma por la pantalla, desde la delicada fotografía hasta la sutil melodía de Ennio Morricone. No, no es una película redonda, pero sí una muy hermosa y reivindicable con enormes dosis de genialidad en su interior.

miércoles, abril 20, 2011

'La legión del águila', decente y desconcertante

La legión del águila es una película tan decente como desconcertante. No es un filme de romanos, pues Roma no aparece y centuriones sólo vemos en la primera mitad del metraje. No es una película de aventuras al uso, pues es más reflexiva y detenida de lo que suele ser normal, no tiene demasiadas escenas de acción en realidad y tiene altibajos rítmicos. No es una película de actores, pues hay un claro desequilibrio entre los miembros del reparto, alguno muy interesante y otros, la mayoría carentes de relevancia y de química entre ellos. No tiene la fuerza de otras películas de su director, Kevin Macdonald, pero sí algunos apuntes interesantes. Y no es una película que deje un sabor de boca glorioso como Gladiator, pero tampoco negativo como Centurión. Así que al final la cosa se queda en que es una película entretenida, con algunos aspectos positivos, pero que no pasará a la historia ni revitalizará el género de romanos, que sigue siendo un quiero y no puedo desde que hace más de una década Ridley Scott y Russell Crowe lo llevaran hasta la modernidad.

El peligro de decepción es innegable cuando se vende como algo que en realidad no es. Y La legión del aguila no es una película de romanos. Al menos, no una al uso. Es decir, romanos aparecen, pero Roma no. La película tiene dos partes bien claras. En la primera, Marcus Aquila (un sosísimo Channing Tatum) intenta ganarse el respeto de los suyos en un puesto en la Britania ocupada por el Imperio, a pesar de que pesa sobre él la desgracia de ser el hijo de un militar romano que desapareció con la preciada águila dorada de la novena legión (la que da título a la película en España) y del que se rumorea que es un traidor. En la segunda parte, y tras ser apartado del ejército por razones que conviene ver en la pantalla, se introduce junto a su esclavo Esca (un mucho más interesante Jamie Bell) en territorio enemigo para localizar el águila y saber qué fue de su padre. Si la primera parte sí es de romanos, la segunda es fácilmente intercambiable con cualquier otra película medieval, de espadas o de culturas extrañas. Falta coherencia narrativa y visual como para que la película triunfe.

La primera mitad eleva el filme por encima de la media de títulos similares que se han visto en los últimos años (de romanos o no) como la mencionada Centurión o El Rey Arturo. Es un segmento bien rodado y muy bien ambientado. Lástima no disponer de un protagonista con más carisma. O de haberlo rodeado mejor. Porque Donald Sutherland, llamado a ser uno de los nombres de la película, se conforma con un papel secundario y bastante inane, que simplemente se pasea por la pantalla sin encontrar un motivo real por el que está en ella. Bell, en cambio, sí ofrece todo lo interesante que tiene narrativamente la película. Su personaje de esclavo que poco a poco se gana la confianza de su amo es bastante tópico, pero sabe hacerlo suyo. Seguro que con unos centímetros más y un buen entrenamiento físico, Bell podría haber hecho un mejor protagonista que Tatum. Ni el habitualmente fascinante Mark Strong (cuesta incluso reconocerle) consigue levantar la segunda mitad de la película con un personaje confuso y difuso.

El descenso de ritmo que acusa la película después de la batalla junto a las puertas del puesto romano es enorme. El mal uso del tiempo y las elipsis a partir de ahí, una lástima. Y eso que el director de la película ya ofreció en sus dos anteriores trabajos (La sombra del poder y El último rey de Escocia) dos notables ejemplos de cómo conducir una buena historia. Bien es verdad que en aquellos dos títulos había un fuerte sustento en el reparto que aquí, por desgracia, no consigue. En cualquier caso, sí hay algunos apuntes interesantes en ambas partes del filme, que son los que hacen que el interés se mantenga a pesar de los defectos de la narración. Entretiene pero no emociona. Sus escenas de acción (el mencionado ataque y el clímax final, una vez aceptado el inverosímil giro que iguala las fuerzas en liza) son efectivas. Algunos diálogos, más que interesantes. Pero el conjunto flaquea. Seguiremos a la espera de que el cine de romanos recupere el esplendor perdido, pero al menos tenemos productos como éste para ir saciando el hambre.