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lunes, enero 27, 2014

'Mindscape', un thriller con oficio pero demasiado evidente

El primer largometraje de Jorge Dorado llega con un cartel impecable: producida por Jaume Collet-Serra, rodado en inglés con un reparto encabezado por Mark Strong y Taissa Farmiga y con unas hechuras que buscan asemejar el producto al mejor thriller hollywoodiense. En ese sentido, la factura de Mindscape es impecable, está rodada con oficio y entretiene. Pero al mismo tiempo obliga a desconectar el cerebro para no anticipar todas y cada una de las sorpresas que tendría que esconder el guión de Guy Holmes, escritor debutante en el mundo del cine. No es que sea previsible, que también, es que es demasiado evidente. No hay que estar demasiado despierto para ir viendo las pistas diseminadas a lo largo de toda la película para saber lo que está sucediendo, y eso, en un thriller, acaba por ahogar la atmósfera que plantea. Y es una pena porque, insisto, hay buenos elementos en la propuesta. Quizá haya que achacarlo a que estamos ante un director novel, quizá a presiones de la productora, quizá un poco a todo.

Hay más de un referente para Mindscape, y hay uno que destaca por encima de los demás, pero escribir aquí ese título podría tener dos efectos. Por un lado, hacer que el espectador busque lo que realmente no es este filme y, por otro, reventar por completo la película. Así que toca prescindir de esa referencia porque los spoilers vienen a ser uno de los grandes enemigos del cine moderno y, en realidad, el más fácilmente evitable. En realidad, bastante se puede anticipar ya sabiendo que es un thriller psicológico en el que existen unos peculiares detectives que son capaces de indagar en los recuerdos de las personas para así resolver crímenes. John (Mark Strong) es uno de esos detectives, que supera un drama personal para volver al trabajo, concretamente a un caso en apariencia sencillo, el de una joven, Anna (Taissa Farmiga), que se niega a comer. Pero tanto ella como su familia esconden secretos que hacen que la investigación se vaya complicando progresivamente.

¿Funciona la trama? Sí, eso sí. Pero hay que insistir en que funciona obviando las pistas y los descuidos que hay en el filme. Funciona por el interés que despierta la relación entre John y Anna, porque en el fondo siempre es atractivo el descenso a la mente humana que plantea la película y porque los actores creen en sus personajes. A Mark Strong se le ve cómodo en el suyo, a pesar de que está muy acostumbrado a dar vida a villanos, y hay química con Taissa Farmiga. Pero para disfrutar de sus interpretaciones lo mejor es vivir cada escena y prescindir del conjunto, porque a eso obliga la ingenuidad que hay en muchas situaciones y sobre todo los muchos indicios que apuntan claramente al final de la historia, prácticamente desvelado en el primer cuarto de hora de sus 100 minutos. En todo caso, Dorado rueda con acierto, sabe colocar la cámara, y salvo los excesos habituales en el uso de la música para recalcar lo evidente (aunque las melodías de Lucas Vidal también ayudan a crear la lograda atmósfera del filme), nada parece fuera de lugar visualmente.

Mindscape acaba siendo una de esas películas que resultan atractivas si son juzgadas con benevolencia, pero que al mismo tiempo dan pie a críticas más feroces por la ausencia de sutileza o por los clamorosos fallos en el guión. Siendo una ópera prima y viendo los prometedores elementos que hay en ella, casi se merece optar por lo primero y simplemente disfrutar de un planteamiento atractivo y de un buen reparto, aunque por desgracia la sorpresa que busca esté diluida casi desde el inicio. Forma parte, en todo caso, de una agradable corriente en el cine español, que abre caminos explorando vías que Hollywood domina desde hace años, una que abanderan autores como el propio Collet-Serra o Rodrigo Cortés, que probablemente Alejandro Amenábar llevo a pensar que podía tener éxito, una que probablemente no guste a quienes quieran una cinematografía española con signos únicos e inconfundibles pero que ayuda en la siempre despiadada lucha por la taquilla buscando públicos diferentes y acostumbrados al cine norteamericano.

miércoles, enero 30, 2013

'Coriolanus', (re)descubriendo a Shakespeare

Todavía hoy, incluso habría que decir que sobre todo hoy, hay gente que tiembla al escuchar el nombre de William Shakespeare asociado al cine. No sé si lo consideran demasiado elevado y culto o demasiado aburrido e inaccesible. Pero, a menos que se trate de revisiones de aspecto juvenil como aquella (por cierto bastante más deficiente del recuerdo que parece haber dejado) Romeo y Julieta de Baz Luhrmann, asusta. Y no sé muy bien por qué. Shakespeare trataba temas universales e intemporales de una forma sensacional. Por eso Shakespeare es Shakespeare y su nombre resuena con tanto eco. Se ve en sus obras leídas en papel, pero también en el acercamiento de valientes directores contemporáneos. Ralph Fiennes, también protagonista, debuta en la dirección con este Coriolanus que demuestra que Shakespeare tiene sitio en el arte moderno y en el cine de cualquier época. La película, una notable apuesta cinematográfica, también lo es comercialmente hablando, pues se estrena, aunque tardíamente en España, simultáneamente a las salas, en vídeo y en plataformas online. Una buena oportunidad de descubrir o redescubrir a Shakespeare.

A comienzos del siglo XVII, el autor inglés escribió una tragedia sobre la vida de Cayo Marcio Coriolano, general romano que luchó en las guerras del Imperio contra los volscos. Ralph Fiennes actualiza dicha obra a nuestros tiempos, pero sin abandonar Roma como escenario y como modelo político de la trama. Tiene mérito porque, siguiendo el guión de John Logan (Gladiator), consigue hacer creíble esa traslación. Pero tiene mucho más mérito porque, además de actualizar la trama, la balcaniza, dándole un aspecto novedoso a la tragedia que narra la película. Llegando a los títulos de crédito se ve que la película se ha rodado en Serbia y en Montenegro. Pero es que sus imágenes ya delataban ese dato. Un Imperio romano modernizado con senadores en traje y corbata y cónsules en uniforme militar, balcanizado y violento. Asusta pensar en lo actuales que son muchísimos de los planteamientos e imágenes que incluye Fiennes en este su prometedor debut como director.

Es cierto que la película tiene algunos altibajos de ritmo, provocados también por el momento climático que salta a la pantalla a la media hora. Cierto que tarda en conectar emocionalmente con el espectador al detallar la batalla política, cuando lo que se le ha presentado en esa primera media hora es un duelo bélico en una situación de excepción. Pero aún así hay muchísimos aciertos en las dos horas de Coriolanus. El uso de metraje documental es acertado. La recreación de un lugar con la población en ruina es brillante. Las escenas de guerra son formidables. Y el retrato que Fiennes hace de su personaje con la elección de los planos es contundentes. Planos cortos para el decidido soldado, más abiertos y solemnes para el héroe de guerra recibiendo sus honores, en movimiento cuando la ira ensombrece su juicio. Su segunda película, The Invisible Woman, sobre la amante secreta de Charles Dickens (al que interpreta él mismo), llegará en 2013 y será una gran oportunidad para comprobar si se consolida como un director interesante.

Fiennes se reserva el papel principal de la película. Su presencia es muy poderosa, llena la pantalla y firma diálogos y monólogos sencillamente excepcionales. El último de ellos tendría que ser una clase maestra sobre entonación y vocalización que se mostrara en las academias de interpretación. El personaje es todo un caramelo, pero además de aprovecharlo Fiennes sabe rodearse de actores sobresalientes que hacen crecer el conjunto. Es intenso y notable el duelo personal con Gerard Butler (probablemente su más carismática interpretación desde 300), es magnífico ver a Jessica Chastain ampliando su ya amplísimo abanico de registros, es una delicia ver la profesionalidad de Brian Cox o la personalidad de James Nesbitt, pero es imposible no destacar la grandeza de una Vanessa Redgrave excepcional, dando vida a la madre de Coriolano. El reparto ayuda sin ninguna duda a que el escenario de la película sea creíble, volcando con sinceridad largos diálogos teatrales.

Mirando las fechas de estreno de la película, es inevitable sentir un pequeño resquemor sobre cómo funciona  el cine en España. La cinta se pasó en el Festival de Berlín nada menos que en febrero de 2011. En enero de 2012 se estrenó en el Reino Unido y un mes más tarde en Estados Unidos. Desde mayo está en DVD y Blu-Ray. En España hemos tenido que esperar hasta ahora. Coriolanus merece algo mejor, porque es una apuesta valiente, una película apasionante en muchos momentos y con un reparto sencillamente espectacular que, además, exige escucharles en versión original. Y, sí, con expresiones en inglés antiguo, tal y como las escribió Shakespeare. ¿Tan complicado es? La verdad es que no veo por qué. Es una película mucho menos dura de ver de lo que puede parecer desde fuera. Y contiene mucho talento.

lunes, agosto 08, 2011

'Templario': la violencia como única baza

En los últimos tiempos, la violencia se ha convertido por sí sola en baza para defender una película. La novedad de esos filmes, se dice antes de su estreno, es lo explícito de esa violencia. Mucha y muy gráfica. Son demasiados los filmes que se han vendido así en los últimos años. Y quizá la explicación está en que saben que es lo mejor que pueden ofrecer. La violencia, en todo caso, es un elemento peligroso para el cine. Si se cuenta con un público receptivo, puede funcionar. Pero si el público muestra hartazgo de esta vía para convencer, el producto es cuestión queda como algo plano, vacío, artificial. Eso es lo que le sucede a Templario. Falla en lo esencial, en el ritmo, en el guión, en el montaje. En el cine, en definitiva. Y sólo le queda la violencia para tratar de alcanzar al público. Eso y un reparto con nombres y rostros conocidos (que no especialmente famosos, aquí no hay estrellas de Hollywood) que dan cierto lustre pero que no consiguen rescatar la película del aburrimiento que produce durante sus dos largas horas.

Inglaterra, siglo XIII. Un templario y un grupo muy diverso de personas defienden el castillo de Rochester de los ataques del Rey Juan, que ha decidido recuperar el país en el campo de batalla tras ceder buena parte de sus derechos a los nobles ingleses. La lección de historia se acaba ahí, puesto que lo que cuenta Templario no es más que ese episodio de asedio. Todo lo demás es accesorio y superfluo para el director, el completamente desconocido Jonathan English (que ha dirigido dos películas de, en apariencia, ínfima calidad y que aquí actúa también como guionista), que se juega todas sus bazas en la brutalidad, en la violencia, en las muertes en pantalla, en los combates salvajes y en la sangre. Son constantes las escenas que encajan en ese perfil, lo que al final produce la sensación de que todo es repetitivo. Lo único que cambia es el final de cada escena, pero el desarrollo de cada una de ellas es prácticamente intercambiable con la siguiente o con la anterior. Mal síntoma.

Y es malo porque la historia no da para mucho más. No hay muchos rasgos narrativos que permitan buscar otro apoyo en la película. Es la violencia y nada más. Así se desaprovecha un elenco que, a priori, parece interesante pero que sabe a poco. Paul Giamatti es un gran actor, pero verle tan sobreactuado hace pensar si su momento de gloria pasó sin que, en realidad, se le hiciera entonces la justicia que merecía. Tiene trabajo de aquí en adelante, porque tendrá que demostrar que sigue siendo ese intérprete que tan bien era capaz de retratar al hombre corriente de Entre copas, La joven del agua o Cinderrella Man. Se amoldan mejor a este mundo histórico Brian Cox y Derek Jacobi, que configuran los dos personajes más creíbles y menos bidimensionales de entre todos los que aparecen en pantalla. No acaban de tener un final adecuado, aunque eso no es culpa suya y sí del director, pero son los que más convencen, muy por encima del protagonista, James Purefoy (tan estático en sus gestos faciales como en Solomon Kane), y de Kate Mara.

English ofrece una realización casi televisiva, en el sentido más peyorativo que se le pueda dar a ese término y recordando los tiempos en los que la pequeña pantalla no podía aspirar al realismo que emanaba del cine. Eso lo mezcla con una cámara tan nerviosa como presta a verse salpicada de sangre. Es imposible seguir la acción con un mínimo de nitidez, lo que, unido al elevado grado de salvajismo, coloca al espectador en la duda de si prestar atención o, simplemente, esperar que las escenas acaben para ver su resultado. Por desgracias, tampoco es que eso suponga un gran ejercicio intelectual, porque el guión es previsible en exceso. No hay ningún personaje que se escape al destino que prácticamente cualquier espectador puede intuir para él. No hay ninguna relación entre ellos que escape al más puro cliché, aunque por momentos hay ciertos elementos de interés entre el templario y el escudero o entre el rey y el noble que se enfrentan en este conflicto histórico. La historia de amor, tan inevitable como olvidable.

Templario busca una senda que ya ha seguido muy recientemente el cine de romanos, más con Centurión que con La legión del águila, y que con mucha mejor fortuna emprendieron grandes realizadores como Ridley Scott en Gladiator o Mel Gibson en Braveheart. Esos son los modelos de Templario, pero no hace falta decir que se queda a años luz de sus logros. No es tampoco de mucha ayuda una excesiva duración (120 minutos), que se alcanza gracias al único argumento que quiere explotar la película: escenas de violencia una detrás de otra. Y como sólo en eso está puesto el énfasis, las escenas más pausadas, las que tendrían que aportar interés y emoción a la película, las que podrían elevar la categoría de los instantes más violentos, se quedan en rupturas continuas del ritmo del filme. Pelea, sangre, muerte y mutilación hay mucha. Historia, muy poca. Y actuaciones sólo en algún que otro momento de la película. La violencia es su única baza, y así es difícil enganchar a muchos espectadores.