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lunes, septiembre 29, 2014

'La entrega', inteligente noir de personajes

Hay muchas películas como La entrega, muchas con una trama parecida y muchas que explotan un escenario criminal neoyorquino de este nivel. Eso es una obviedad, una que permite encontrarle referentes y que hace que la cinta entre en el siempre peligroso juego de las comparaciones. Pero esta segunda película de Michaël R. Roskam (tras la muy desconocida Bullhead) destaca por lo más básico del cine de género, un guión inteligente y un reparto formidable. De esta forma, incluso con alguna pequeña laguna en la primera mitad de la película (o al menos con elementos que no encajan con tanta facilidad en la historia que propone), el espectador se siente respetado por una trama hábil, creada a partir de unos personajes construidos con mimo y que convencen desde el primer momento, incluso dentro de los extremos en los que se mueven y la voluntaria ausencia de información. La entrega es así un noir agradecido, lleno de movimientos inteligentes y con un final casi perfecto.

Cuando una película decide arrancar con un prólogo como el de La entrega, no hacen falta sinopsis para convencer al espectador. Baste decir que estamos en un Brooklyn, que el centro de la historia es un bar y que un crimen es el desencadenante de una historia muy turbia y emocionalmente compleja protagonizada por personas con muchas dobleces y un pasado que les ha marcado de formas muy diversas. Sucede así con Bob (Tom Hardy), camarero del mencionado bar; con el Primo Marv (James Gandolfini), antiguo dueño del local y hoy sólo administrador en nombre de la mafia chechena; con Nadia (Noomi Rapace), una mujer que aparece en la vida de Bob por culpa de un perro; y con Eric (Matthias Schoenaerts), un tipo tan peligroso como desequilibrado, del que se dice que diez años atrás asesinó a un hombre que frecuentaba el bar. Los lazos entre todos ellos, hay que insistir en ello, no son especialmente originales. Pero, de alguna manera, todo funciona bastante bien.

A eso contribuye con fuerza no sólo el a ratos más que notable guión de Dennis Lehane (basado en una obra corta suya; se ha publicitado mucho que es el escritor de Mystic River, Shutter Island y Adiós, pequeña, adiós) sino sobre todo las poderosas interpretaciones. Tom Hardy es uno de esos actores que da la impresión de estar siempre en crecimiento, siempre imbuidos por sus personajes por muy diferentes que sean unos de otros. Lo que hace en La entrega es digno de elogio desde el principio por la cantidad de matices que hay en su mirada, en sus palabras y en sus reacciones, pero si algún espectador no le encuentra la genialidad seguramente cambiará de opinión tras el clímax de la película. Y la película, además, es la última que hizo James Gandolfini antes de morir. Puede que no sea la cinta que todo el mundo citee cuando le recuerde, pero tiene en ella un par de escenas memorables, especialmente la que interpreta sentado frente al televisor con el propio Hardy. Sólo esa escena ya vale el precio de una entrada.

Y lo bueno es que la película ofrece mucho más que eso. Originalidad no, elementos especialmente rompedores tampoco, pero sí mucha inteligencia, respeto al espectador y a la trama que va desarrollando el filme, que es lo que se le tiene que pedir al noir. Porque esto es mucho más noir que thriller, centrado como está en los personajes y con el pesimista análisis de la naturaleza humana que sólo ciertos elementos de su tramo final ponen en cuestión. Y con un ritmo espléndido, siempre creciente, cada vez más intenso, trasladando al otro lado de la pantalla toda la tensión que se va acumulando en los personajes principales. Eso es lo que ofrece La entrega, solvencia y solidez, un buen entretenimiento de género y el despliegue de un reparto fantástico. Que esta sea la despedida de Gandolfini no es más que la guinda a una buena película que habría merecido los mismos elogios sin ese componente de homenaje.

lunes, diciembre 23, 2013

'Sobran las palabras', conmovedora comedia romántica

Por Lucía Alegrete.

Después de ver las últimas grandes producciones lanzadas al mercado, como Turbo, Séptimo o El consejero, con gran éxito pero bastante pobres de sentimiento, nos encontramos con esta pequeña y agradable sorpresa. Es la historia de amor de una pareja de divorciados cuyos respectivos hijos deben marchar inminentemente hacia la universidad. Eva (Julia Louis-Dreyfus) conoce a Albert (James Gandolfini) en una fiesta, simpatizan y acaban cenando juntos otro día. La afinidad mutua es indiscutible y la noche resulta ser muy placentera. A pesar de ello, Eva no está segura de que Albert sea su tipo ni le termina de atraer físicamente y acaba rechazándole. Sus dudas e inseguridades primeras se irán disipando poco a poco y se dará cuenta de que las cosas que comparten y el tiempo juntos es demasiado valioso. Decide no negarse esa segunda oportunidad que le ha dado la vida sólo porque no sea el prototipo de hombre ideal. Las cosas acaban funcionando entre ellos más de lo que cabría esperar, pero diversas complicaciones trastocarán la estabilidad y solidez de la relación que intentaban construir.

Nicole Holofcener crea y dirige esta emotiva película que en apariencia es una comedia romántica más pero finalmente no resulta de ese modo. Se destaca la sencillez y la manera tan espontánea de exponernos los hechos. La relación de la pareja es narrada de forma natural, sin adornos ni tapujos y la complicidad de ambos traspasa la pantalla. La trama se desarrolla sin demasiados sobresaltos ni enigmas y los sucesos que acontecen pueden resultar inverosímiles o poco creíbles. Lo que verdaderamente la hace diferente y consigue cautivarnos es la química y sencillez de la pareja protagonista. Ambos están magníficos, derrochando simpatía y dulzura en cada plano. Se resaltan valores como la importancia de la confianza en una relación, la seguridad en uno mismo y el desmontar la tendencia general de aquellos que ceden siempre a las apariencias. Nos quiere mostrar como muchas veces la edad, el físico y nuestra apariencia debería pasar a un segundo plano para poder llegar conocer a la persona que hay debajo y que, de otro modo, jamás nos interesaríamos.

James Gandolfini  nos deleita con su última actuación de una enorme y prodigiosa carrera. El aclamado actor, reconocido por representar a Tony Soprano en la mítica serie Los Soprano, falleció el pasado mes de junio, y nuestro mundo sigue de luto por perder a uno de los actores más talentosos de nuestro siglo. Una bella despedida para un enorme actor, que aquí nos demuestra una vez más su prodigiosa capacidad de alternar estilos interpretativos tan opuestos. Su naturalidad, sencillez y su magnífica aptitud de mostrarse por entero a la cámara sin adornos ni tapujos, convierte esta película en una pequeña delicia. Julia Louis-Dreyfus está encantadora y resulta convincente en las reacciones y los dilemas que le van surgiendo. Entre ambos cargan de realismo y credibilidad el metraje. Los diálogos son inteligentes y divertidos. A pesar de que sepamos los acontecimientos que se van a suceder no nos impide disfrutar de este maravilloso filme. Es una historia correctamente construida y narrada, con grandes dosis de humor ácido y sutil.

Es una comedia americana bien trazada, reivindicando un género explotado y mal utilizado en los últimos años. Estamos ya cansados de jóvenes parejas bellas y esculturales en donde todo resulta forzado y la química es impuesta por la taquilla. Actores atractivos y de moda se unen para atraer a las masas juveniles, pero en la mayor parte de los casos no nos resultan cercanos ni nos identificamos con ellos o con las contrariedades que les suceden. Chistes fáciles y situaciones extremas que extenúan a cualquier público que sobrepase la veintena. Ahí es donde radica el atractivo de Sobran las palabras. Se nos retrata una pareja corriente y casual, en la que las imperfecciones y la sinceridad de los protagonistas hacen que nos sintamos más próximos a ellos. Es cierto que no se altera ningún patrón del género ni supone un punto de ruptura pero la realidad es que resulta conmovedora y divertida. Quizás el guión debería haber sido más elaborado o suceder los hechos de manera más creíble, ya que de ese modo podría haber sido destacable. Se queda a medio camino entre ser una película recordable y una agradable comedia sobre un romance de mediana edad.

miércoles, enero 16, 2013

'La noche más oscura', la diferencia entre una película grande y una gran película

Hay notables diferencias entre una película grande y una gran película. La noche más oscura es, indudablemente, una película grande. Lo es por su argumento y todo lo que implica (la operación que acabó en la muerte de Osama Bin Laden), por la polémica en torno a su veracidad o no. Lo es por ser el siguiente trabajo de la primera mujer en ganar el Oscar al mejor director, Kathryn Bigelow. Lo es porque se ha venido hablando muchísimo de esta película, sobre su aclamación crítica casi unánime y sobre sus posibilidades de ganar premios, enfriadas ahora por las escasas nominaciones al Oscar que ha logrado. Es una película grande, sí. ¿Pero es una gran película? Sólo a ratos y no demasiados. Su principal argumento está en la dedicada interpretación de su protagonista, una espléndida Jessica Chastain. Pero sufre algunos de los problemas que ya aquejaban a En tierra hostil y uno que afecta con demasiada frecuencia al cine contemporáneo: la duración. En el afán de que sea una gran película, se ha convertido también en una película grande en su exceso de minutos.

Es evidente que La noche más oscura encierra motivos y momentos muy poderosos que captan la atención del espectador. También lo es que su temática atrae. Y sobre todo que su protagonista femenina, gracias a un enorme trabajo de Chastain ofrece al espectador una implicación importante. Pero las dos horas y 36 minutos que dura la película pesan muchísimo, sobre todo por una cuestión bastante elemental. Hasta la hora de película, no se produce ningún acontecimiento que haga que la captura de Bin Laden sea una obsesión personal y no un trabajo más. Sí, es Bin Laden, el malo real. Pero el cine ha ofrecido ya la búsqueda y captura de muchos malos de película y La noche más oscura no da nada diferente y emocionalmente complejo hasta una hora después de arrancar. Bigelow se deja llevar por el ansia de hacer la película definitiva sobre este asunto y se le va la mano. Con un guión más adecuado y directo así como un montaje más ágil, el filme habría ganado muchos enteros.

Pesan tanto esos defectos que cabe preguntarse qué habría sido de esta película si no llevara escrito por todas partes el nombre de Bin Laden (tan pocas veces repetido durante el filme, por cierto). Si fuera una historia de ficción, con un villano imaginario, las miradas se habrían ido a otro lado con mucha más facilidad. Bigelow sí consigue con bastante soltura una gran ambientación, tanto en las escenas de campo como en las de despacho, y a eso contribuye una espléndida música de Alexandre Desplat. Pero, como ya le sucedió a En tierra hostil, Bigelow abusa del carácter episódico de las escenas y falla al dar un hilo conductor coherente a la historia, a cuyo ritmo afecta negativamente el continuo y no siempre necesario salto cronológico, que a veces está explicado con rótulos (en los tiempos más amplios) y a veces no, dando una sensación de vacío entre escenas. El manejo del tiempo también pesa contra el producto final en su clímax. Una escena espléndida en ocasiones, apreciable en cuanto al trabajo que exige, pero en un tiempo real que no termina de beneficiar al conjunto de la película.

Y ese conjunto sale más que airoso gracias al trabajo de Jessica Chastain. A punto de cumplir 36 años, arrancó muy tarde en el mundo de la interpretación, pero pocos de los que la hayan visto en Criadas y señoras, El árbol de la vida, Take Shelter o La deuda podrán dudar de su capacidad para componer los personajes más variados. Añade como pocas actrices actuales una complejidad emocional que no siempre es tan evidente en los guiones. En La noche más oscura asume son valentía el peso de la trama y, aunque el arranque puede parecer tan dubitativo como el de la propia película, en cuanto convierte la historia en algo personal su interpretación se convierte en un trabajo memorable que desemboca en un final soberbio e impactante. Bigelow descansa en ella para que su película crezca. Y siendo una directora a la que tanto se ha alabado su forma de rodar, es curioso que los picos de interés no coincidan con las escenas de acción más agradecidas sino con las apariciones de los actores más conocidos. Sucede cuando entra en escena Mark Strong, también cuando lo hace James Gandolfini.

Lo más probable es que a La noche más oscura le haya pesado su ambición. Tiene momentos de gran cine, pero tarda muchísimo en arrancar emocionalmente. Su primera hora es fría y poco interesante, más allá del afán documental de mostrar las famosas torturas que llenaron horas y horas de televisión durante tantos años y de arrancar una trama que podría haber despegado sin necesidad de una introducción tan pesada y larga. Chastain logra que no se pierda el interés en esos momentos de escasa tensión y eleva la película en sus instantes más destacados. Tanto es su poder en el resultado final de la película que la que estaba llamada a ser su gran escena, el asalto a la casa en la que se escondía Bin Liden, sufre por su ausencia en pantalla. Bigelow hace lo posible por intercalarla, pero sabe que ahí ya no pinta nada. Y por eso lo mejor de la película hay que buscarlo justo a continuación, en la mirada de una Jessica Chastain magnética y sublime. La misma de sus anteriores películas, pero a la vez muy diferente. Genial siempre. ¿El resto? A gusto del consumidor. A mí, sin duda, me parece más película grande que gran película.

viernes, septiembre 21, 2012

'Mátalos suavemente', cuánto daño ha hecho Tarantino

Cada día que pasa y cada película como Mátalos suavemente que veo, lo tengo más claro: cuánto daño ha hecho Tarantino al cine. No lo digo por el hecho de que no soy precisamente un admirador del cine del autor de Reservoir Dogs, Pulp Fiction o Malditos bastardos, sino por la cantidad de imitadores, de una u otra forma, que le han salido. Viendo El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, la anterior película de su director, no hubiera pensado que Andrew Dominik podría entrar en esa categoría, pero así es. Lo que hace en Mátalos suavemente es mezclar la lentitud de su cine, que en esta ocasión sobrepasa en más de una ocasión el aburrimiento, con eso que para muchos forma parte de la esencia del cine de Tarantino, la violencia y los diálogos pretendidamente ingeniosos sobre cuestiones triviales. Y todo con ello con Brad Pitt de por medio en una película que, en el fondo, no tiene mucho que contar.

Y es que ahí es donde está el principal problema de Mátalos suavamente. Apenas hay una historia que contar. Hay una anécdota que se podría haber solventado en poco más de media hora, pero que se alarga hasta los 97 minutos. Hay una cierta indefinición. Y es que tenemos una película de Brad Pitt en la que el actor tarda casi 30 minutos en aparecer en pantalla (ya fue un problema vender El árbol de la vida como "película de Brad Pitt"). Lo anterior podría haberse resumido en cinco minutos, pero Dominik se obliga a estirar ese arranque para llegar a la extensión del largometraje. ¿Cómo? Con esos diálogos triviales que aquí se hacen más interminables que nunca. El tono lento y pausado de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford llevado a terrenos tarantinianos. Esos diálogos acaban cayendo en la repetición y no es hasta el último de ellos cuando se consigue algo de cierta transcendencia.

Entre tanto, Dominik, autor también del guión, quiere envolver su anecdótica historia con una especie de metáfora sobre la actual situación económica. Lo hace colocando de fondo, como una insistente melodía de fondo que sustituye a la música (que no a las canciones, otro rasgo del daño que ha hecho Tarantino a este tipo de cine, que repite machaconamente el modelo sin cuestionarse si está bien aplicado o si hay otras vías), frases reales de George W. Bush y Barack Obama, pues el filme se sitúa en vísperas de las elecciones presidenciales de hace cuatro años. La metáfora no funciona por ningún lado, a excepción, insisto, de ese diálogo final, el único que sí marca una diferencia. Tarde para que la película remonte el vuelo, pero al menos deja un buen sabor de boca.

Brad Pitt tarda en salir porque Dominik quiere explicar primero, y con demasiado detalle, por qué tiene que salir. Pitt interpreta a un asesino a sueldo al que encargan acabar con los responsables del atraco a una partida de póker millonaria y clandestina. Su misión es matar a los dos jóvenes que perpetran el atraco y a quien lo ha ordenado. Su intermediario es un espléndido Richard Jenkins, cuyas conversaciones con Pitt son de largo lo más entretenido de la película. Por un motivo que acaba resultando inverosímil e inexplicado, el asesino recurre a un colega, un mujeriego y alcohólico interpretado por un inspirado James Gandolfini, en un largo desvío de la historia de difícil encaje y de muy dudosa resolución. Y por el camino queda el organizador de la partida, un Ray Liotta interesante. De hecho, y asumiendo que esos dos atracadores (Scoot McNairy y Ben Mendelsohn) no tienen el peso del resto de personajes a pesar de que la película se base en ellos, el reparto es lo más destacado de Mátalos suavamente.

Desde que Tarantino hizo Pulp Fiction, da la impresión de que todo el thriller y el policíaco quiere seguir esa senda. Sólo David Fincher ha arriesgado lo suficiente (y más de una vez, con lo que su mérito es aún mayor) como para salirse de ese camino. Mátalos suavemente sufre por la escasa entidad de su historia y por el interminable desarrollo de unos diálogos intrascendentes... que buscan precisamente trascender. Dominik abusa de algunos recursos (la escena en la que Mendelsohn está colocado repite recursos una y otra vez), sorprende por lo inadecuados que parecen otros (el tiroteo a cámara lenta) y no consigue sacar partido de un notable reparto. Si se hacen tantas películas como ésta, será que pueden gustar al espectador medio. Yo no encuentro atisbos de originalidad ni elementos que me hagan disfrutar demasiado. Una película de asesinos a sueldo como ésta exige más ritmo, lo necesita, lo pide escena a escena. Y aquí no hay ritmo. Sólo lentitud.