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miércoles, octubre 22, 2014

'The Equalizer', la batidora de Antoine Fuqua y Denzel Washington

La reunión de Antoine Fuqua y Denzel Washington en The Equalizer invita a pensar de forma inmediata en Training Day, de cuyo prestigio sigue viviendo este director a pesar de que desde entonces no ha conseguido filmar una película igual de interesante que aquella. Que esté aquí de nuevo Denzel Washington implica que el divertimento está casi asegurado, pero también que estamos ante una absoluta batidora. Además de estar basado este filme en una serie de televisión de la segunda mitad de los años 80, no es difícil ver en ella una mezcla entre Taxi Driver, no sólo por el carácter justiciero del protagonista, sino también por la persona a la que intenta proteger en primer lugar, y Heat (la referencia es asumida por utilizar para el cierre de The Equalizer una de las canciones de la banda sonora del filme de Michael Mann), por plantearse en su segunda mitad como un duelo antagónico entre dos profesionales. Y Washington encaja en este tipo de personajes con tanta facilidad que en el fondo no parece que esté actuando, sino divirtiéndose.

Esa diversión es la tónica de la película, incluso a pesar de una introducción demasiado larga. En realidad, The Equalizer funciona mucho mejor cuando se introduce al personaje de Marton Csokas (pocos actores son tan capaces como él de mostrar una crueldad tan fría de forma realista) porque es entonces cuando hay un verdadero reto en la historia para el perfecto personaje de Denzel Washington. Quizá no era tan necesario mostrar su rutina con tanto detalle y sí entrar en materia. Porque, al fin y al cabo, lo que propone la película es un ejercicio de estilo en el que el actor se luzca, y ambas cosas se manifiestan con mucho más sentido en la segunda mitad del filme. Lo que realmente se busca es la acción, muy bien planificada, y ver al personaje de Washington desatado dentro de la habitual y extraordinaria contención del actor, y eso no empieza a suceder hasta la segunda hora.

¿Y qué hay en la primera hora? Presentaciones, justificaciones y elementos que Fuqua retomará al final para dar una cuadratura mayor a la historia, aunque no siempre con mucho éxito. Y algo de engaño también, porque por un momento da la impresión de que la película se va a mover por otros registros. Eso sucede en las brillantes conversaciones entre los personajes de Washington y Chlöe Grace Moretz, en especial la última, tierna y conmovedora. La todavía jovencísima actriz (cumplirá 18 años en febrero del próximo año) sigue mostrando valor para meterse en películas de todo tipo, con los personajes más variados y sin preocuparle que sea su nombre el que aparece en el cartel. Lástima que aquí su papel tenga tan poco recorrido y que, incluso, desaparezca sin mucho sentido durante demasiados minutos, habida cuenta de que está en el centro del desencadenante de la historia. Ese personaje es sólo una muestra del principal defecto de la película, y es que el guión falla en los detalles. Pasa lo que pasa cuando tiene que pasar, aunque sea menos verosímil que lo que tendría que haber pasado.

Eliminados esos problemas, la propuesta de The Equalizer es estupenda. Nada nuevo en el horizonte y mezcla de referentes obvios, pero todo muy entretenido y bien filmado. Quizá alcance formas algo exageradas en el clímax final, donde casi dan ganas de esperar a que aparezca Samuel L. Jackson para pedir al protagonista que se una a los Vengadores, pero con un nivel de diversión bastante notable de principio a fin. Suele suceder en las películas de Denzel Washington, que ya tiene un personaje prototípico en el que, con ligeras variaciones, siempre se desenvuelve con mucho acierto, y para Fuqua sirve para profundizar en un cine de acción pura, sin demasiadas dobleces y con mucha sinceridad, como lo era Objetivo: la Casa Blanca pero con el plus que siempre da su actor protagonista, que sirve para hacer creíble cualquier cosa, incluso lo que en otra película y con otro actor acabaría provocando carcajadas de incredulidad. El caso es pasarlo bien y eso es algo que The Equalizer hace con mucha facilidad.

viernes, septiembre 27, 2013

'2 Guns', divertidísima buddy movie

Viendo a Denzel Washington y Mark Walhberg en 2 Guns da la impresión de que eso de la química entre actores es fácil. Ellos solitos se bastan y se sobran para hacer de esta película una de las buddy movies más divertidas, entretenidas y logradas de los últimos años, pero afortunadamente la cosa no acaba en ellos. Son de largo lo mejor que ofrece, pero Baltasar Kormákur, director islandés responsable de la olvidable Contraband, también protagonizada por Wahlberg, rueda con un entusiasmo difícil de prever viendo su anterior filme, sin estorbar lo que consiguen sus dos actores protagonistas y dándoles un espléndido marco en el que convertir esta adaptación de un cómic editado en 2007 por Boom! Studios en 109 minutos de película terriblemente gozosos que es mejor descubrir sin avances previos, sin trailers ni fotografías que dejen entrever alguna de las sorpresas que esconde un guión ágil, frenético y con chispa. Sí, es una comedia de acción, pero menuda comedia de acción, que derrocha carisma y grandes momentos.

Y es que todo pasa por la química entre Denzel Washington y Mark Wahlberg. Cuando aparecen en la primera escena, subidos en su coche setentero, con su aire chulesco y su conversación desenfadada, el espectador se ve empujado y obligado a creer que entre ellos hay una complicidad, una amistad, una relación especial, la que tienen que mostrar los protagonistas de una buddy movie. Diálogos rápidos y ácidos, gestos cómplices, una complicidad sencillamente perfecto. Ahí, ya desde la primera escena, es donde se construye el éxito de 2 Guns, porque si eso funciona da igual cómo se desenvuelva todo lo demás. Ellos hacen creíble lo inverosímil y divertido todo lo que sucede en las algo menos de dos horas que dura la película. Sin contar absolutamente nada del argumento, lo único que hay que saber antes de verla es que estos dos forman equipo. ¿Para qué? La primera escena lo aclara.

A Kormákur le queda la misión de no estropear lo que consiguen sus actores. Y lo hace, lleva la película bastante bien, filma con mucho acierto las escenas de acción, las peleas y las persecuciones sin que nada apabulle el auténtico punto fuerte del filme, la envidiable química entre Washington y Wahlberg. Incluso le proporciona un buen escenario, a medio camino entre la película fronteriza, el spaghetti western y el policíaco más contemporáneo, al que contribuyen asombrosamente bien un desatado Bill Paxton y un casi autoparódico Edward James Olmos. Entre todos ellos, sus secuaces, aliados y enemigos, son constantes las peleas y enfrentamientos, los tiroteos y los insultos, todo ello vestido con un disfraz de divertimento sincero y muy entretenido en el que no falta de nada, ni siquiera la casi obligatoria escena de desnudo (femenino, por supuesto), a cargo de una Paula Patton menos carismática que en Misión imposible. Protocolo fantasma. Gracias a todo eso, da igual lo hilarante y rocambolesco que pueda ser a ratos el guión.

2 Guns encierra multitud de detalles gozosos: diálogos, gestos, caracterizaciones, peleas... Dentro de esta alocada mezcla, un guiño divierte tanto como un retrovisor o un toro, y una propina da tanto juego como un disparo o unas tostadas. Es verdad que en torno a los dos tercios, cuando se acumulan las sorpresas y los giros de guión, la película tiene un ligero bajón, pero su enorme ritmo y la desenfadada diversión que propone solventan cualquier duda antes del alocado clímax y casi perfecto final. También es verdad que ni Denzel Washington ni Mark Wahlberg inventan nada en sus respectivas carreras, pero su química y el hecho de que su diversión rodando la película sea directamente proporcional al del espectador viéndoles compensa por completo cualquier leve síntoma de repetición. Y para rematar la faena, hay en la película un elemento que desatará las carcajadas del público español. Sobre todo del futbolero. Y seguro que Denzel Washington, Mark Walhberg o Baltasar Kormákur no entenderían una risa en ese momento concreto. Pero es una de muchas en una comedia de acción altamente recomendable.

domingo, enero 27, 2013

'El vuelo', un Robert Zemeckis correcto con un Denzel Washington formidable

Después de doce años sin rodar una película de acción real, Robert Zemeckis regresa con El vuelo, un melodrama correcto, notable en algunos momentos, que se beneficia de una brutal y formidable interpretación de Denzel Washington para hacer más llevaderos sus 138 minutos. Zemeckis es ambicioso en los planteamientos apostando por temáticas que, sin duda, los trailers, sinopsis y críticas reventarán, lo que elimina el impacto de algunos giros de la historia. No obstante, y a pesar de bastantes puntos a favor (entre los que destaca la espectacular secuencia que cambia el ritmo de la película y que nos devuelve al Zemeckis más espectacular en plena forma), el resultado final no termina de ser tan ambicioso, con un final complaciente que, todo hay que decirlo, encaja con lo que ha mostrado en casi toda su filmografía alejada de la fantasía, e incluso en la mayoría de sus títulos de género. Aún así, sólo con la interpretación de su protagonista ya está más que amortizado el tiempo empleado en este filme.

Lo único que hace falta saber para sentarse en una butaca y ver El vuelo es que Denzel Washington interpreta a un piloto de una aerolínea comercial, que está divorciado y que tiene las principales adiciones que un hombre puede tener, a las mujeres, al alcohol y a las drogas. Todo lo que sea pasar de esa línea, porque eso es lo que se propone en la primera escena, es incómodo para el desarrollo que propone el filme. Zemeckis quiere sorprender y lo consigue, aunque no con su final, sí durante buena parte de la película... si no se sabe nada más. Porque gran parte de la fuerza de la historia está en el buen hacer de Zemeckis a la hora de llevar al espectador a terrenos que no espera, cambiando el tono e incluso la temática de la película. De ser un retrato personal, que fascina por el trabajo de su protagonista (y por escenas como la de la conversación en la escalera), pasa a ser un estudio sobre la responsabilidad, y es ahí donde El vuelo encuentra lo mejor y peor que ofrece.

El tránsito entre esas dos partes (mucho más extensa la segunda) es fluido y Zemeckis lo lleva francamente bien, ayudado por una espectacular secuencia poco apta para aquellos que tengan miedo a volar y que, irreal o no, recupera el mejor pulso de su director. Lo peor está en que a partir de ahí se mueve en un delicado equilibrio que se acerca mucho al telefilme y que no está bien resuelto con ese final sensiblero y que se ve venir. El sustento en todo momento es un Denzel Washington sublime, que consigue por fin marcar distancias con el estupendo actor que llevaba años pareciendo interpretar el mismo personaje. Aquí marca una diferencia, está soberbio y se convierte en el motor emocional de la película con suma facilidad. También es cierto que está bien acompañado por Kelly Reilly (dando vida a una drogadicta que no pasa por su mejor momento), Don Cheadle (que encaja a la perfección en ese papel de hombre responsable), Bruce Greenwood (muy creíble), Melissa Leo (breve pero firme participación) y un John Goodman que cierra así un espléndido 2012 (Argo, Golpe de efecto y El alucinante mundo de Norman).

El juicio más fácil de El vuelo se puede circunscribir al extraordinario trabajo de Denzel Washington. El intérprete suele suscitar unanimidad a la hora de considerarle uno de los actores más solventes desde hace décadas. El caso es que, sin que se le recuerde un mal papel, El vuelo sirve para reencontrarse con su mejor versión. El envoltorio que le rodea deja un desarrollo notable, con picos más que interesantes, pero un final cuestionable (y sobre el que se puede debatir largo y tendido, tanto en su vertiente moral como en la cinematográfica y de hacia dónde suele tender siempre el cine norteamericano de gran estudio). De todos modos, es agradable saber que a Zemeckis no se le ha olvidado cómo rodar con actores de carne y hueso después de emplear la captura de movimientos en sus últimas tres películas (la floja Polar Express, la reivindicable Beowulf y la fallida Cuento de Navidad). No deja mal sabor de boca, no.

jueves, noviembre 25, 2010

'Imparable', pero que poquito que contar...

Hubo un tiempo, en los años más oscuros de la filmografía de Ridley Scott, que alguien se atrevió a decir que el Scott bueno era en realidad su hermano Tony. Cuando uno ve productos como Imparable, no deja de preguntarse cómo es posible que alguien llegara a pensar eso, por muchos defectos y fallos que haya podido cometer Ridley a lo largo de su carrera. Pero las opiniones son libres y mucho más si hablamos de medios de expresión como el cine. Scott, Tony, se entiende, es un tipo que tiene una única virtud: sabe cómo hacer emocionantes sus películas. Da igual lo que te esté contando, siempre llegará un punto en el que hará sentir emoción al espectador. No una emoción sentimental, sino una emoción derivada del clásico cliffhanger de los seriales de los años 30 y 40, esa duda sobre qué va a pasar a continuación y cómo van a resolver los héroes de la historia el problema que tienen ante sí. Aquí el problema es un tren sin conductor que hay que detener antes de que se estrelle y cause no sé cuántas muertes. Podría ser cualquier otra cosa, tanto da.

Y es que Imparable tiene muy poquito que contar. Por eso apenas alcanza la hora y media de metraje, porque lo que narra es tan insustancial que bien podría haber sido material para el clásico telefilme americano. Pero no lo es, detrás de esta película hay un gran presupuesto (no se ve mucho en la pantalla) y están los nombre de Tony Scott y el de dos actores más que conocidos. Denzel Washington ha trabajado ya con el menor de los Scott en tantas ocasiones que no sé si alguien lleva todavía la cuenta a estas alturas (son cinco, para que nadie emplee tiempo en buscarlo). Y casi siempre haciendo el mismo tipo de papel. Washington es, para su desgracia porque vale mucho más, un actor encasillado, uno de esos que casi siempre que aparece en pantalla da la impresión de interpretarse a sí mismo (curiosamente, una de sus últimas grandes interpretaciones se la sacó Scott, Ridley por supuesto, en American Gangster). Chris Pine es ya un actor célebre, desde que interpretara al nuevo Kirk del notable Star Trek de J. J. Abrams. Y ambos hacen lo que saben y saben lo que hacen. Cumplen. Poco más. No hay más, por mucho que el guión se esfuerce en incluir pinceladas personales con la misión de incrementar los niveles dramáticos del filme.

Drama que es casi inexistente, por cierto, al menos durante la amplia mayoría del metraje (y cuyo paradigma puede ser el personaje de la esposa del personaje de Pine, una presencia casi sin diálogo a lo largo del filme; todo frío, como la propia película). Todo cambia al final, que es cuando entra en escena la virtud de Tony Scott, la de la emoción. El ritmo es veloz en todos los sentidos (desesperante en los continuos cambios de plano y movimientos de cámara repetitivos marca de la casa), pero no alcanza ese punto álgido hasta el final. Eso deja cierto buen sabor de boca al terminar la película, pero es un sabor de boca engañoso. Como engañoso es siempre el guión que incluye a un personaje femenino fuerte e íntegro (Rosario Dawson), simplemente porque hay que hacerlo. O un drama personal (a uno se le ha muerto la mujer de cáncer, al otro le han dictado una orden de alejamiento porque pegó a otro tipo por celos) que se entremezcla con la heróica misión de los protagonistas (el tren se va a chocar contra el pueblo en el que viven las familias de ambos). Todo ya visto. Todo muy manido. Todo muy previsible. Incluso el final, por emocionante que sea.

Bien visto, no es fácil rellenar la historia de un tren desbocado, y eso tendrá cierto mérito. Quizá. Por eso tarda tanto en arrancar la película, con una larguísima introducción que apenas aporta gran cosa a la historia, más allá de presentar personajes sin profundidad y que quedan rápidamente olvidados según pasan los minutos. Se aportan muchos datos para contextualizar la vida de los protagonistas, pero en el fondo nada de eso importa. Lo único que tiene relevancia es que un tren coge altas velocidades y está destinado a descarrilar en medio de un pueblecito americano provocando una gran explosión. Por eso lo único destacable es la emoción de saber qué pasa con eso. Pero esa emoción dura cinco minutos. Ni más ni menos. Y para montar una película alrededor de algo así, es conveniente dedicarle más trabajo. No es que se haya perdido una gran oportunidad para hacer un buen filme. Es que esa oportunidad no tenía nada que ver con los objetivos de este título, que podría haber sido deudor del cine de catástrofes de los años 70, pero que se queda en una pelicula palomitera más del siglo XXI. Y que cada cual interprete si eso es digno de pagar una entrada de cine o de pasar hora y media delante de una pantalla.

viernes, diciembre 14, 2007

'American gangster', espléndida

American gangster es una película espléndida. Lo dejo sentenciado desde el principio como grito de respaldo a un director que suele ser ninguneado por la crítica. Gusta darle palos a Ridley Scott. Yo no soy capaz de hablar tan a la ligera como suele hacerse de un tipo que ha hecho películas como Alien, Blade Runner o Thelma & Louise y que en los últimos años ha dejado títulos tan notables como Gladiator, Hannibal o El reino de los cielos (sobre todo su montaje para DVD). De su última película en concreto he leído críticas que le censuran su larga duración (de acuerdo; ¿realmente sobra algo del montaje), su frialdad (las imágenes de drogadictos mientras el protagonista celebra el día de acción de gracias me parecen de todo menos frías), su simpatía y empatía por los personajes criminales (el magnífico final da otra lectura totalmente diferente), las invenciones que presenta un guión basado en hechos reales (como debe hacer todo cineasta para realizar una obra de ficción) o la falta de pulso narrativo (discutible ante el montaje paralelo de algunas secuencias que no voy a detallar).

Y no porque American gangster sea una película perfecta, ni mucho menos. En la primera parte de la película se echan en falta algunos episodios, algunas escenas que podrían resultar claves para entender el ascenso de Frank Lucas (Denzel Washington) o de la caída entre los suyos de Richie Roberts (Russell Crowe). Y en la segunda parte se puede ver una falta de síntesis que alarga la película hasta los 160 minutos (duración, por otra parte, nada excesiva para la historia que se nos cuenta). A Ridley Scott también le pesarán las comparaciones con Infiltrados, de Martin Scorsese, triunfadora del año pasado, a pesar de las enormes diferencias que hay entre ambas obras.

Más allá de esto, American gangster es un épico y prodigioso relato sobre la miseria humana (sentimiento que se agudiaza con las pinceladas sobre Vietnam que ofrece el relato, ambientado entre finales de los años 60 y comienzos de los 90), un espléndido ejercicio visual de un director magnífico como es Ridley Scott, una de esas historias más grandes que la vida, como suelen decir los americanos. American gangster sigue las vidas de dos hombres imperfectos, con sus puntos fuertes y sus debilidades, con sus ansias y sus problemas, con sus deseos y también sus miserias. Dos hombres que no se conocen pero que acaban situados cada uno en un extremo totalmente alejado del otro, pero que en el fondo no son tan diferentes. Uno es un negro de Harlem que, tras años trabajando para el hombre que controlaba la mafia de est barrio neoyorquino, establece su propio imperio al margen de los demás, enfrentado con los demás. El otro, un policía honrado en su trabajo pero no en su vida.

Ambos se convierten en antagonistas invisibles durante buena parte de la película, enemigos que se abren camino sin saber en realidad de la existencia del otro. Hasta que la historia confluye en uno de esos momentos mágicos que el cine nos da de vez en cuando, un primer encuentro breve, evocador, emotivo y brillantemente rodado y montado. Apenas un instante pero que vale por todo el trabajo cinematográfico de directores con mucha mejor fama que Ridley Scott. Un instante que dos monstruos del cine como son Russell Crowe y Denzel Washington engrandecen como si fuera fácil hacerlo. Un momento de esos que das gracias por estar viendo en una sala de cine. Pura magia cinematográfica.

Siempre me ha gustado Russell Crowe. Es un actor capaz de interpretar a cualquier personaje. Deslumbra en El dilema, en Cinderella man, incluso en Gladiator. Es un actor de los que no quedan muchos. Lástima que muchos aprovechen los escándalos de su vida privada para menospreciar el trabajo de este inmenso actor. Denzel Washington es otro intérprete sencillamente genial. Le descubrí en los lejanos años 80, con su secundario en Tiempos de gloria. Le suelo echar en cara que haga muchas veces el mismo papel. Pero de vez en cuando saca toda su maestría. American gangster es una de esas veces. Tiene un puñado de escenas memorables, desde el sermón que recibe de su madre hasta la escena del abrigo de chinchilla, tan vital para entender el carácter de este Frank Lucas que interpreta. Y el cara a cara que mantienen Crowe y Washington en el filme, con unos diálogos memorables, forma ya parte de la historia del cine.

Ridley Scott es un creador de imágenes único. Sabe amoldarse a cada género, sabe crear el plano que necesita cada escena. Es un narrador tremendamente visual y le van las historias épicas e inmensas (por eso la simple pero entretenida Un buen año no parece una película suya). Pero a veces, como en ésta, se encuentra con un gran guión (escrito por Steven Zailian, el mismo que escribió La lista de Schindler) y alcanza cumbres muy altas. Si a eso le sumas un equipo técnico de primera (espléndida fotografía de Harris Savides, formidable banda sonora con canciones de la época y música de Marc Streitenfeld, un compositor a seguir) y un reparto sobresaliente, desde el primer al último actor, desde los conocidos hasta los desconocidos (y ojo a ese brillante policía corrupto al que da vida Josh Brolin), el resultado sólo puede ser una película apasionante, una interesantísima mirada al mundo de la mafia, un género que genios como Francis Ford Coppola o Martin Scorsese han engrandecido durante años. Y Ridley Scott forma parte, indudablemente, de ese panteón de grandes directores.

(Ayer se celebró en Madrid el preestreno de American gangster. La película se estrena el próximo día 28)