Mostrando entradas con la etiqueta John Goodman. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta John Goodman. Mostrar todas las entradas

viernes, marzo 18, 2016

'Calle Cloverfield, 10', el ingenio no es infinito

La clave para entender todo lo que hay alrededor de Calle Cloverfield, 10 es el ingenio. Hay mucho en la forma en la que la película nos ha llegado, prácticamente sin que nadie se haya enterado de su rodaje, su producción o su historia. Vamos, que es la prueba de lo perfectamente posible que es llamar la atención sin necesidad de incorporar spoilers a las estrategias de márketing. Hay ingenio, aunque ya más moderado, en la estructura de la película, que construye la historia por un lado y por un género para acabar en otro lado y en otro género completamente diferente. Pero hay menos a la hora de hacer que todo el entramado funcione. Entretiene, por momentos incluso parece elevarse más de la media, pero al final el ingenio no es infinito y Calle Cloverfield, 10 no es un producto tan original como parece a priori. Ya lo hemos visto, y es una fórmula que tiene un rápido desgaste.

Aunque contar la historia de Calle Cloverfield, 10 es un problema (la película está pensada para ir descubriéndola poco a poco, así que contar algo de su sinopsis ya parece una traición a la misma esencia del filme), sí se puede hablar sin problemas de las sensaciones que deja una cinta que, en realidad, tanto da que esté vinculada o no a Monstruoso (Cloverfield era su título original) aún partiendo de un secretismo similar. Y la principal es que a Dan Trachtenberg, que es el director del filme y no J. J. Abrams a pesar de que todo el mundo se empeñe en atribuirle todo el mérito (o el demérito), en una jugada que recuerda a la paternidad atribuida a Joss Whedon de La cabaña en el bosque, no consigue transmitir toda la fuerza que necesita la historia a lo largo de sus algo demasiado extensos 103 minutos.

Las sorpresas, en realidad, no son tan sorprendentes como tendrían que ser, con lo que el peso de Calle Cloverfield, 10 se sustenta en su trío de actores, Mary Elizabeth Winstead, John Goodman y John Gallagher Jr. Y entre ellos, sobra decir que es Goodman quien se lleva todas las atenciones, no sólo por el imponente físico y su respiración casi enfermiza que se convierten en parte esencial de su trabajo actoral, sino también porque es, con diferencia, el personaje más interesante de los tres. Los intentos de hacer que los otros dos se sitúen a su altura son, probablemente, los que llevan a la película a alargarse de forma innecesaria, cuando el foco tendría que estar puesto en el misterio, en la tensión y el choque entre unos personajes que viven una situación límite y que no termina de verse como tal en algunas escenas. Las que funcionan son las que hacen que el filme sí tenga interés, pero el conjunto es irregular.

Y dicho esto, ¿cómo explicar de qué va Calle Cloverfield, 10 sin reventarla? Basta decir que es una historia de supervivencia de tres personajes en un entorno cerrado. Las causas del encierro y los porqués de cada uno de los tres para estar allí es algo que merece la pena ir descubriendo poco a poco en el filme, es, de hecho, uno de los principales puntos de interés. Pero en el fondo todo está prácticamente claro desde el inicio. Pasada la primera sorpresa, lo mejor es dejarse atrapar por la intensidad de Goodman como guía. A través suyo sí que hay momentos de tensión. Pero la película se pierde en la autosatisfacción. Da la impresión de que todos sus responsables, sea Trachtenbegr, Abramso los dos, se sienten demasiado inteligentes con lo que están haciendo. Y esta vez no, el ingenio no es tan desbordante como en la ya mencionada, limitada y muy mareante Monstruoso o con esa joya que es Super 8, por citar títulos relacionados con Abrams de pretensiones similares.

jueves, enero 01, 2015

'El jugador', un brillante ejercicio de estilo sin remate

Casi parece una obligación para cualquier director de éxito hacer en un momento de su carrera un ejercicio de estilo. Es lo que hace Rupert Wyatt en El jugador, tomando distancia con respecto a su anterior película, la diametralmente opuesta El origen del planeta de los simios. Y es un ejercicio de estilo que fascina, que arranca con una brillantez espectacular, con una presentación de su personaje protagonista apabullante, que sigue de una forma terriblemente atractiva, pero que se queda sin el remate final que necesitaba. Es, muy claramente, el peaje que Wyatt paga por el hecho de rodar para un gran estudio, pero que por desgracia limita el alcance de lo que se estaba convirtiendo en una extraordinaria película. Aún así, el resultado es muy interesante, notable en su conjunto, un thriller contundente, muy bien llevado, con un montaje visual y sonoro espléndido y con un reparto excelente. Lástima que le falte la guinda, pero aún así merece muchos elogios.

Incluso con ese defecto, la forma en la que arranca la película compensa con creces cualquier error que Wyatt pueda cometer con el preciso (pero también culpable de ese detalle) guión de William Monaham, basado en el filme del mismo título que dirigió en 1974 Karel Reiz con James Caan como protagonista. Pocas veces un título es tan adecuado como aquí: esta es la historia de un jugador, de uno que nunca sabe cuándo parar, que vive para jugar, que apuesta siempre en un todo o nada continuo y a todos los niveles. Eso que demuestra sobre la mesa de juego es una metáfora salvaje de su propia vida, y eso es algo que muestran de una forma sobresaliente Monahan, Wyatt y el propio Mark Wahlberg, un actor capaz de enormes logros interpretativos cuando se pone manos a la obra. Y este es uno de esos casos, donde su sutil transformación física es lo de menos.

En torno a su figura, El jugador, se va convirtiendo en un demoledor retrato sobre un mundo sórdido en el que nada vale más que el dinero, y donde las tensiones afectan a todos los aspectos de la vida de su protagonista, sus afectos, su familia, su trabajo. Es brutal el contraste entre un aspecto de su vida basada en la capacidad artística, la que marca sus enseñanzas como profesor universitario y sus creencias sobre la excelencia, y el puro azar que por un momento parece dominar de forma casi sobre natural. E igualmente brutal es la relación con su madre (una magnífica Jessica Lange), con una alumna brillante que es mucho más de lo que aparenta (una brillante Brie Larson) o con los prestamistas que se cruzan en sus apuestas (si hay uno que destaca a todos los niveles, en el guión y en la interpretación final, es el de un John Goodman magnífico que deja la filosofía más apabullante de toda la película).

Wyatt ensambla todo con bastante acierto, con un montaje lleno de sutilezas y brillantemente dividido con rótulos que anuncian el paso del tiempo y con una ambientación musical tan llamativa como formidable, tanto por la selección de las canciones como por la música de Jon Brion y Theo Green. Es verdad que lo mejor de la película está en su primera media hora (qué forma de elevar la tensión de cada plano por la incertidumbre que genera una simple carta, y qué forma de transformar la película para darle todo el poder a los diálogos) y que, sabiendo que es una película de estudio, no resulta difícil cómo va a ir encaminada para que el desenlace sea, digamos, apropiado. Pero, aún dejando el mundo de la película en un punto extraño y que seguramente no era el que pedía la narración, el camino es tan sugerente que se puede obviar la comercialidad que acaba abrazando por encima de la historia.

lunes, febrero 24, 2014

'Monuments Men', flojo divertimento de George Clooney

Sorprende que George Clooney sea el director de Monuments Men, porque supone un punto y aparte en su comprometida trayectoria como director. Sorprende, aunque en realidad sólo a medias, porque es, aunque de otro modo, el mismo cambio de rumbo que escogió con Ella es el partido tras deslumbrar con Buenas noches, y buena suerte. Y ahora, tras Los idus de marzo, se decanta por lo que no deja de ser un Ocean's Eleven en la Segunda Guerra Mundial, pero en lugar de juntar a una pandilla de ladrones lo hace con una de rescatadores de arte de manos de los nazis. Porque de eso va la película, de un comando del Ejército norteamericano que en los últimos días del conflicto bélico van a Europa a buscar cuadros, retablos y esculturas de los que se habían apropiado los nazis para devolvérselos a sus legítimos dueños. ¿El resultado? Un relato sin mucho ritmo, simplemente llevadero, que divierte en la misma medida en la que se divierten los actores pero que acaba resultando algo flojo.

Viendo el planteamiento de Monuments Men, lo cierto es que se agradece un tono diferente para las películas de la Segunda Guerra Mundial, que no tienen por qué imitar siempre lo que Steven Spielberg alcanzó con La lista de Schindler o Salvar al soldado Ryan, ni por qué ser la caricatura que Tarantino hizo en Malditos bastardos. Pero el error está en que no termina de ser creíble, ni siquiera con esa etiqueta de "basada en hechos reales" con la que arranca el filme. Demasiado frívola en ocasiones, pero sobre todo demasiado deslavazada en su narración, que parece limitarse a acumular escenas, casi sketches en su mayoría, con un tenue hilo común que no llega a sentirse con la necesaria fuerza y en el que las explicaciones brillan por su ausencia. Y las escenas dramáticas, que las tiene, no aportan el alma que necesita la película para que se genere la necesaria empatía entre el público y los integrantes de este escuadrón.

¿Un patinazo entonces en la carrera de George Clooney? Sí y no. Sí, porque la profundidad de sus películas más comprometidas y logradas obliga ya a esperar mejores cosas de su trabajo. Como hace cuando se sienta en la silla de director, se guarda un papel importante, pero no necesariamente el protagonista. Y aún con su habitual carisma, da la impresión de que esta vez no termina de funcionar ese doble papel como actor y director como a él le habría gustado. No es un patinazo porque no deja de ser una película amable y simpática, deudora del tono del cine bélico de hace unas cuantas décadas, mucho más desenfadado y despreocupado del que suele lucir el género en nuestros días. Quizá de ser una película rodada en los años 60 su valoración hoy en día sería diferente y se le podría tener un mayor cariño, pero en estos días desengañados en los que vivimos, en los que el cinismo triunfa por encima de lo agradable, tiene peor encaje. Y más con lo que nos ha enseñado Clooney.

En todo caso, Monuments Men goza de un cartel de actores envidiable, que casi siempre saben sacar partido a lo que les deja el guión coescrito por Clooney y Grant Heslov (ambos autores tanto de Los idus de marzo como de Buenas noches, y buena suerte). John Goodman, Bob Balaan, Bill Murray y Jean Dujardin se quedan los momentos cómicos, Clooney se mueve entre dos aguas junto a Hugh Bonneville, y Matt Damon y Cate Blanchet protagonizan la parte más emotiva. Son ellos, en realidad, los que sustentan la película mucho más que su búsqueda de obras de arte. No deja de ser curioso que sea una película sobre nazis en la que los nazis no tienen prácticamente ningún protagonismo, e incluso que el aspecto más dramático que juega en la historia un oficial alemán no acaba teniendo la importancia que cabía esperar. Para pasar el rato, no está mal, la película se sostiene con relativa facilidad. Pero es verdad que da la impresión de no ser gran cosa gracias a un guión algo soso.

domingo, enero 27, 2013

'El vuelo', un Robert Zemeckis correcto con un Denzel Washington formidable

Después de doce años sin rodar una película de acción real, Robert Zemeckis regresa con El vuelo, un melodrama correcto, notable en algunos momentos, que se beneficia de una brutal y formidable interpretación de Denzel Washington para hacer más llevaderos sus 138 minutos. Zemeckis es ambicioso en los planteamientos apostando por temáticas que, sin duda, los trailers, sinopsis y críticas reventarán, lo que elimina el impacto de algunos giros de la historia. No obstante, y a pesar de bastantes puntos a favor (entre los que destaca la espectacular secuencia que cambia el ritmo de la película y que nos devuelve al Zemeckis más espectacular en plena forma), el resultado final no termina de ser tan ambicioso, con un final complaciente que, todo hay que decirlo, encaja con lo que ha mostrado en casi toda su filmografía alejada de la fantasía, e incluso en la mayoría de sus títulos de género. Aún así, sólo con la interpretación de su protagonista ya está más que amortizado el tiempo empleado en este filme.

Lo único que hace falta saber para sentarse en una butaca y ver El vuelo es que Denzel Washington interpreta a un piloto de una aerolínea comercial, que está divorciado y que tiene las principales adiciones que un hombre puede tener, a las mujeres, al alcohol y a las drogas. Todo lo que sea pasar de esa línea, porque eso es lo que se propone en la primera escena, es incómodo para el desarrollo que propone el filme. Zemeckis quiere sorprender y lo consigue, aunque no con su final, sí durante buena parte de la película... si no se sabe nada más. Porque gran parte de la fuerza de la historia está en el buen hacer de Zemeckis a la hora de llevar al espectador a terrenos que no espera, cambiando el tono e incluso la temática de la película. De ser un retrato personal, que fascina por el trabajo de su protagonista (y por escenas como la de la conversación en la escalera), pasa a ser un estudio sobre la responsabilidad, y es ahí donde El vuelo encuentra lo mejor y peor que ofrece.

El tránsito entre esas dos partes (mucho más extensa la segunda) es fluido y Zemeckis lo lleva francamente bien, ayudado por una espectacular secuencia poco apta para aquellos que tengan miedo a volar y que, irreal o no, recupera el mejor pulso de su director. Lo peor está en que a partir de ahí se mueve en un delicado equilibrio que se acerca mucho al telefilme y que no está bien resuelto con ese final sensiblero y que se ve venir. El sustento en todo momento es un Denzel Washington sublime, que consigue por fin marcar distancias con el estupendo actor que llevaba años pareciendo interpretar el mismo personaje. Aquí marca una diferencia, está soberbio y se convierte en el motor emocional de la película con suma facilidad. También es cierto que está bien acompañado por Kelly Reilly (dando vida a una drogadicta que no pasa por su mejor momento), Don Cheadle (que encaja a la perfección en ese papel de hombre responsable), Bruce Greenwood (muy creíble), Melissa Leo (breve pero firme participación) y un John Goodman que cierra así un espléndido 2012 (Argo, Golpe de efecto y El alucinante mundo de Norman).

El juicio más fácil de El vuelo se puede circunscribir al extraordinario trabajo de Denzel Washington. El intérprete suele suscitar unanimidad a la hora de considerarle uno de los actores más solventes desde hace décadas. El caso es que, sin que se le recuerde un mal papel, El vuelo sirve para reencontrarse con su mejor versión. El envoltorio que le rodea deja un desarrollo notable, con picos más que interesantes, pero un final cuestionable (y sobre el que se puede debatir largo y tendido, tanto en su vertiente moral como en la cinematográfica y de hacia dónde suele tender siempre el cine norteamericano de gran estudio). De todos modos, es agradable saber que a Zemeckis no se le ha olvidado cómo rodar con actores de carne y hueso después de emplear la captura de movimientos en sus últimas tres películas (la floja Polar Express, la reivindicable Beowulf y la fallida Cuento de Navidad). No deja mal sabor de boca, no.

viernes, noviembre 23, 2012

'Golpe de efecto', los tópicos no pueden con Clint Eastwood

Que Clint Eastwood aparezca en pantalla es razón más que suficiente para ver una película. Golpe de efecto (horrendo título español para Trouble with the curve) es una película simpática, amable, tópica por encima de todo, aunque con algún que otro elemento de interés que excede lo previsible de su guión y, sobre todo, de su resolución. Pero con Clint Eastwood el filme es mucho más que eso. Porque supone una nueva oportunidad de verle actuar después de haber anunciado que no lo haría más. Porque da igual que su personaje recuerde a otros, siempre tendrá un arrollador carisma que borrará todos los defectos. Porque encuentra en Amy Adams la mejor contrapartida femenina en muchos años (¿la mejor sin más?). Se recordará Golpe de efecto por la presencia de Clint Eastwood, aunque el hecho de que aparezca en la película sea un favor personal que le hace a su habitual director de segunda unidad, Robert Lorenz, en su debut como realizador. El resultado, en cualquier caso, es un título digno, bien hecho y bastante entretenido.

Cada vez que se estrena una película con el beisbol como telón de fondo parece que son necesarias más explicaciones de las necesarias. Una vez más, no, no es una película para fans de este deporte tan americano que los demás mortales no serán capaces de entender o disfrutar. Es una película decente, correcta y que se deja ver con sumo agrado. Quizá sí le saquen algo más de jugo a algunas escenas quienes entienden algo de deporte (en general, no necesariamente sobre este), porque comprenderán muchas de las motivaciones de los personajes con mayor facilidad. Pero no es una película de beisbol. Aún así, insisto que solo para quienes quieran entender esas conexiones, es divertido colocar esta película como la antítesis de Moneyball. Aquella genialidad quizá no lo suficientemente bien valorada era el retrato de la nueva forma de entender el deporte que daba la tecnología. Golpe de efecto es lo contrario. Es la glorificación de los métodos más tradicionales. Y por eso la presencia de Clint Eastwood es sencillamente sublime.

El director de Sin Perdón, Mystic River, Million Dollar Baby, Cartas desde Iwo Jima y tantas otras maravillas no actuaba desde Gran Torino, de 2008. Y no lo hacía en una película que no dirigiera él mismo desde En la línea de fuego, de 1993. Solo por ese detalle, Golpe de efecto es ya una película apreciable. Clint ya sabe llorar, y emociona al hacerlo, pero domina mucho más los registros que le convirtieron en un icono. Es imposible no ver en este Gus Lobel, un viejo ojeador de béisbol que empieza a sufrir problemas de vista y al que algunos en su equipo quieren jubilar para dar paso a nuevos métodos (recordemos, de nuevo, la escena de Moneyball en la que Brad Pitt se enfrenta a su equipo de ojeadores), trazas del Walt Kowalsky de Gran Torino y, por qué no decirlo, por extensión también del mítico Harry Calahan (en el flashback de la película casi se ve al viejo Harry el Sucio). Clint, nunca suficientemente valorado como actor aunque sí como director, domina como nadie personajes como este. Y solo por escucharle gruñir (sí, gruñir) en pantalla ya merece la pena la película (y más en versión original).

La película es tan correcta como tópica. El padre gruñón, la hija responsable con la que apenas es capaz de comunicarse, el joven que aparece para recordar su admiración por el padre y se va enamorando de la hija... y de fondo un tema más o menos pintoresco que aquí es el béisbol. Nada nuevo, nada que chirríe, y todo encaminado a un final más que previsible. Pero por el camino, como decía, Clint Eastwood se topa con la mejor réplica femenina que ha encontrado en años. Amy Adams es una actriz deslumbrante que arriesga en cada papel que hace. Golpe de efecto no es una excepción, sino una confirmación. Una más. Como La duda o The fighter, por citar dos de sus grandes trabajos. Hay tantos matices en su mirada, en su rostro, en su sonrisa contenida y en sus lágrimas que merece la pena detenerse en cada plano en el que aparece. Justin Timberlake asume el papel de secundario en esa relación. No es más que el empujón dramático de algunas secuencias, pero funciona con corrección. Y, una vez más, es un placer ver al mejor John Goodman. Que haya juntado este trabajo con Argo es una espléndida noticia.

Pero hay que asumir que la razón principal para ver Golpe de efecto es Clint Eastwood. Se le vende como protagonista de la película, y da la sensación de que su papel se ha alargado, cuando en realidad el motor del filme siempre parece asumirlo con más claridad el personaje de Amy Adams. Y eso no es malo, porque Clint siempre será Clint. Nunca es tarde para recordar que podemos estar ante una de sus últimas interpretaciones y que verle en una película de estreno será un placer que no tendremos para siempre. Por eso vale la pena disfrutar de Golpe de efecto. Por eso y por su envidiable química con la espléndida Amy Adams. O por esos diálogos de viejos cascarrabias sobre cine (delirante el diálogo comparando a Ice Cube... con Robert De Niro). O, también, por ensalzar los valores del deporte que tan bien quedan en el cine norteamericano. Aunque sea blanda, con algún toque siniestro a lo Mystic River o Gran Torino, no hace daño ver una película amable de vez en cuando. Y más con Clint, tan grande como siempre.

viernes, octubre 26, 2012

'Argo', la formidable madurez de un espléndido director

Ben Affleck es un director espléndido. Y su madurez ha llegado con su formidable tercer filme. Los dos primeros, Adiós, pequeña, adiós y The Town, fueron dos magníficas demostraciones de que se movía detrás de la cámara mucho mejor que delante de ellas. Argo es, sencillamente, la confirmación absoluta de que Ben Affleck no es un actor más o menos conocido o una estrella mundialmente conocida, sino un pedazo de director, alguien a quien habría que seguir dando guiones comprometidos, inteligentes y necesarios como este porque sabe convertirlos en películas que se quedan en la memoria. Argo es una película modélica, emocionante y trascendente, de hermosísima factura y ritmo espléndidamente medido, que oscila entre el thriller político más denso, la trama de espías más entretenida y el análisis agudo y contundente sobre la situación política y social de aquella época (y, por añadidura, de esta), que se convierte desde ya a ser uno de los títulos de referencia en 2012.

Ya desde el arranque, Argo se plantea como una película diferente. Es, efectivamente, un filme sobre la crisis de los rehenes norteamericanos en Irán de 1979 (inevitable, de alguna manera, pensar así en la prodigiosa Munich, de Steven Spielberg, infravalorada como casi todo lo que ha hecho este director en los últimos años) y por ello es evidente que estamos ante una película de peso político contundente. Pero esa introducción con la que Affleck abre su película ya revela inquietudes cinematográficas más elevadas. Le importa la historia, y la convierte en una pieza emotiva y brillante. Pero también le da valor a la forma, a la narración, a cómo se cuenta es historia más grande que la vida. Quién iba a pensar hace no tantos años que un actor tan limitado como el protagonista de Daredevil podía tener una sensibilidad tan notable a la hora de coger una cámara. Se juega con la ilustración, se juega con el storyboard, con la música, con fotografías de la época. Es una delicia visual de unos pocos minutos.

A partir de ahí arranca la historia. Si el prólogo es bueno, la larga secuencia de apertura, la invasión de la embajada norteamericana en Teherán por una turba de iraníes furiosos, es portentosa. Se palpa el miedo dentro del edificio, se siente la tensión en el exterior. Se vive la secuencia como solo el cine es capaz de hacer sentir al espectador. Y no es algo casual, no solo ya pensando en la filmografía de su director sino incluso en el desarrollo de Argo, porque Affleck mete tan de lleno al espectador en la película que se experimenta junto a los personajes todo un caudal de sensaciones en varias escenas (la del bazar, la del aeropuerto). Con este filme, Affleck se reivindica como uno de los más capacitados directores para reflexionar sobre asuntos trascendentes de la política o la sociedad. Y puede que su mirada sea ligeramente parcial (y, por tanto, proamericana), pero eso no es un delito ni deforma la verosimilitud que desprende la historia.

Pero la sorpresa de Argo está en la versatilidad de Affleck en todos los terrenos. La trama es política pero, casi sin aviso, se convierte en una sátira sobre el mundo del espectáculo, sobre Hollywood. El tono cambia (la música, extraordinaria en todo momento, las canciones y la instrumental de Alexandre Desplat, es el indicador) y la película crece cuando se mezclan de forma tan perversa como buscada ambos elementos. ¿Cómo lo consigue Affleck? Primero, con la nostalgia, con el uso adecuado de imágenes reconocibles (desde el mismo letrero de Hollywood y la mención a algunos grandes nombres hasta homenajes a Star Wars, Galactica o El planeta de los simios). Lo hace también con el montaje, un arma de enorme poder que no muchos cineastas saben utilizar y que Affleck parece dominar casi a la perfección (aunque cae en una pequeña manipulación en la escena de la llamada desde el aeropuerto al estudio, alterando el tiempo). Y, sobre todo, con un guión brillante y inteligente, que deja frases memorables especialmente en boca de un Alan Arkin pletórico.

Él no es más que uno de los muchos actores que bordan sus interpretaciones y le dan alma a la película. Es fácil mencionar a John Goodman y, sobre todo, al genial Bryan Cranston (aquí sí está sublime y se aprovechan sus enormes capacidades, no como en Total Recall), pero también quienes componen el grupo de los seis rehenes, que dan una humanidad y una tensión necesarias para que la película se sostenga. Affleck, con un personaje espléndido pero una interpretación apenas correcta, es el eslabón más débil de reparto. Y aunque sus mejores interpretaciones son bajo su dirección, el día que entienda que sus películas serían mejores sin él en pantalla crecerá como director. Pero por el momento ya ha firmado tres títulos irreprochables en una carrera como director en la que cada uno de ellos es mejor que el anterior. Argo se acerca mucho a la perfección y deja las satisfacción de observar a un director en lo que por el momento tiene que considerarse su madurez. ¿Pero será capaz de firmar una película aún mejor en su siguiente trabajo? Ya tengo ganas de averiguarlo.