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jueves, enero 16, 2014

'La gran revancha', indescriptiblemente lejos de un 'Rocky' vs 'Toro salvaje'

El cine sobre boxeo es casi un subgénero en sí mismo, y rara vez falla. Rara vez, sí. Pero aquí lo hace. Y a lo grande. La gran revancha tiene un objetivo clarísimo, y es apelar a la memoria del espectador. La protagonizan Sylvester Stallone y Robert de Niro, dos de los actores que más han triunfado dando vida a boxeadores, con Rocky y Toro salvaje respectivamente. Aquí son dos púgiles que retoman un enfrentamiento que quedó treinta años atrás porque uno de ellos decidió retirarse del deporte antes de que tuviera lugar un tercer combate que aclarara quién era el mejor de los dos. Tanto da que los actores firmaran para hacer la película con un guión ya escrito o que se escribiera para que ellos pudieran tomar parte en este revival pero esto no es un Rocky vs Toro salvaje. Se queda indescriptiblemente lejos de lo que conseguían aquellas películas por separado y se queda en una comedieta con la que en ocasiones se puede uno reír pero que, en conjunto, es un paso más en la deriva de sus dos protagonistas, especialmente sangrante en la de un De Niro que, salvo alguna esporádica genialidad, ya no tiene medida.

Lo que está claro es que la película está montada en torno a la nostalgia y a las imágenes de aquellas dos películas que pueda evocar la memoria del espectador, y eso hace que el resultado duela más, aún sabiendo que los objetivos de ésta nada tenían que ver con los de sus referentes. La gran revancha sólo es aceptable como parodia, y en ese terreno sí tiene algunos momentos divertidos. Pero cuando quiere convertirse en una reflexión sobre el paso del tiempo o la madurez hace aguas por todas partes. No es que sea una sorpresa teniendo en cuenta que su director es Peter Segal, autor entre otras de Ejecutivo agresivo, Superagente 86, El clan de los rompehuesos o El profesor chiflado II. Pero siempre es descorazonador ver sobre todo a De Niro de esta guisa. Ni siquiera le ha importado ponerse en forma para el filme porque, en realidad, no hacía falta, y eso hace aún más delirante el clímax. Durante toda la película hay un evidente esfuerzo de ocultar sus cuerpos y no sería de extrañar que los retoques visuales que hay en su arranque, para ilustrar las peleas de hace treinta años, también se hayan usado en el final.

Entre una y otra escena, La gran revancha colecciona tópicos y clichés de todos los colores que hacen que todo lo que sucede, incluso el final, sea absolutamente predecible. La idea de agarrarse al carisma de los actores podría haber funcionado hace tiempo, antes de que Stallone se volcara en la nostalgia como única forma de hacer cine (y que ya le ha hecho naufragar con Los mercenarios o Plan de escape, aunque no en taquilla) y de que De Niro acumulara tantas y tantas experiencias negativas que han ido ensombreciendo sin remedio la carrera de uno de los más grandes actores del último cuarto del siglo XX. A ellos se une un Alan Arkin al que ya parece darle todo igual (lo llega a decir hasta su personaje sobre el ring en la última escena, y casi parece que quien habla es el actor), una Kim Basinger bellísima a sus 60 años (podrían tomar nota quienes jubilan maniquíes a los 40), un Jon Bernthal que acumula más tópicos en la cinta y las gracias no siempre divertidas de Kevin Hart.

La nostalgia actúa como un arma de doble filo. Por un lado, es lo que hace que La gran revancha se vea como una película deficiente y fallida, tópica y larguísima (113 minutos) para lo que ofrece, porque en nada se aproxima a las dos películas que descaradamente quiere referenciar, la obra maestra que es Toro salvaje y el notable e icónico drama pugilístico que es Rocky. Pero también es lo que, en el fondo, impide a quien adore esas dos películas masacrar esta especie de revival en forma de comedia. De su parte dramática casi es mejor ni hablar, porque sencillamente no funciona. Eso sí, las dos escenas que hay en los créditos (sí, dos, aunque afortunadamente no hay que esperar demasiado para verlas) son la mejor descripción de la película. La primera evidencia el punto en el que se encuentra la carrera de De Niro. La segunda, sin que ni él ni Stallone estén presentes, es lo más divertido, con dos cameos delirantes y que, probablemente, habrían servido de base a una película mucho más divertida que La gran revancha.

domingo, abril 14, 2013

'Tipos legales', talento actoral desaprovechado

La pantalla se ilumina con el talento de Al Pacino y Christopher Walken. Es imposible que no se produzca algo grande cuando se cruzan. Por si faltara algo, se añade el de Alan Arkin como el secundario de lujo en que le han convertido sus éxitos más recientes. Pero Tipos legales, que es lapelícula en la que se juntan, no funciona como debería cuando se cuenta con tres monstruos de semejante categoría, sorteando la autoparodia en que parece derivar el filme en demasiados momentos. No tiene un guión a la altura, no sabe sacar provecho de la historia que maneja y encierra a los actores en una película plagada de situaciones absurdas. De vez en cuando, el talento sobresale y quedan conversaciones memorables, casi reales, nostálgicas del cine que protagonizaron Pacino y Walken hace muchos años. Atisbos de auténtica genialidad cinematográfica. Pero no llega para llenar una película a la que sus ajustados 95 minutos se le hacen largos. Eso sí, por muy desaprovechado que quede ese talento en esta película, es imposible no disfrutar con esta clase magistral de interpretación

Val (Al Pacino) y Doc (Christopher Walken) son amigos desde hace años. El primero sale de la cárcel después de pasar encerrado casi tres décadas. El segundo, compañero suyo en trabajos al margen de la ley, va a buscarle. Y juntos viven una noche inolvidable en muchos sentidos. Esa es la premisa de Tipos legales. Parece atractiva. Lo es en bastantes momentos, pero en otros muchos cae en un humor soez y simplón, impropio de los actores que maneja Fisher Stevens (debuta como realizador de largometrajes; una curiosidad, es el actor que interpreta al científico de las dos entregas de Cortocircuito), y causa de una cierta congoja al ver a qué se ven reducidas auténticas leyendas del cine en el séptimo arte de nuestros días. Son peajes algo tristes pero parece ser que necesarios. Pero también hay que decir que son compensados con creces incluso dentro de esta misma película, gracias a momentos memorables de los tres actores protagonistas. Ellos son el alma, el corazón y el cuerpo de Tipos legales. Que pasen y aprendan las nuevas generaciones.

La película arranca francamente bien porque sus actores arrancan francamente bien. Como decía, lo son todo en Tipos legales. Pero en cuanto queda claro de qué va realmente esta noche que estamos viendo, el "trabajo más duro" que se anuncia en el cartel de la película, hay un claro bajón. Demasiados detalles al margen del trabajo interpretativo empiezan a no tener sentido. La película sufre altibajos severos. Y entonces aparece Alan Arkin dando vida al tercer amigo pero en un papel secundario (el cartel engaña, no tiene el mismo protagonismo), y la cosa vuelve a mejorar mucho, pero de nuevo hay una recaída hasta llegar a un final que se encuentra entre la noble poesía de un clímax de western y una indecisión sobre qué hacer con los personajes llegados a ese punto. Mientras tanto, sólo luce la aparición de la joven Addison Timlin, dando vida a una dulce camarera. La sonrisa de Timlin parece lo más sincero de la película porque muestra ante Pacino y Walken, la misma fascinación que está casi obligado a mostrar el espectador, por lo que la empatía con su personaje es total en las pocas escenas que tiene.

Aún siendo consciente de sus muchas flaquezas y de que es una película que pide a gritos una reescritura o dos del guión para darle la trascendencia crespuscular a la que aspira, hay que admitir que Tipos legales no es un desengaño total. Pondrían haberle puesto cualquier cosa a estos tres actorazos y le habrían sacado partido. Lo hacen. Y se merecen una reverencia por ello. Sí, hay escenas risibles (que no divertidas), agujeros en el guión y un ritmo muy mal llevado. Pero hay otros momentos especialeses. Desde el primer encuentro entre Pacino y Walken hasta la conversación a solas que el primero mantiene con Timlin, pasando por el baile en la discoteca (evoca de forma evidente al del propio Pacino en Esencia de mujer) o la hilarante persecución por la autopista. Pensar en la película obliga a lamentar que tanto talento no encuentre películas dignas del mismo, pero al mismo tiempo es tan grande lo que pueden hacer tipos como éstos delante de una cámara que dan ganas de olvidarse de todo lo demás y, sencillamente, disfrutar con ellos. Es difícil abstraerse tanto. Pero a veces lo consiguen, porque eso es lo que hacen los genios.

viernes, octubre 26, 2012

'Argo', la formidable madurez de un espléndido director

Ben Affleck es un director espléndido. Y su madurez ha llegado con su formidable tercer filme. Los dos primeros, Adiós, pequeña, adiós y The Town, fueron dos magníficas demostraciones de que se movía detrás de la cámara mucho mejor que delante de ellas. Argo es, sencillamente, la confirmación absoluta de que Ben Affleck no es un actor más o menos conocido o una estrella mundialmente conocida, sino un pedazo de director, alguien a quien habría que seguir dando guiones comprometidos, inteligentes y necesarios como este porque sabe convertirlos en películas que se quedan en la memoria. Argo es una película modélica, emocionante y trascendente, de hermosísima factura y ritmo espléndidamente medido, que oscila entre el thriller político más denso, la trama de espías más entretenida y el análisis agudo y contundente sobre la situación política y social de aquella época (y, por añadidura, de esta), que se convierte desde ya a ser uno de los títulos de referencia en 2012.

Ya desde el arranque, Argo se plantea como una película diferente. Es, efectivamente, un filme sobre la crisis de los rehenes norteamericanos en Irán de 1979 (inevitable, de alguna manera, pensar así en la prodigiosa Munich, de Steven Spielberg, infravalorada como casi todo lo que ha hecho este director en los últimos años) y por ello es evidente que estamos ante una película de peso político contundente. Pero esa introducción con la que Affleck abre su película ya revela inquietudes cinematográficas más elevadas. Le importa la historia, y la convierte en una pieza emotiva y brillante. Pero también le da valor a la forma, a la narración, a cómo se cuenta es historia más grande que la vida. Quién iba a pensar hace no tantos años que un actor tan limitado como el protagonista de Daredevil podía tener una sensibilidad tan notable a la hora de coger una cámara. Se juega con la ilustración, se juega con el storyboard, con la música, con fotografías de la época. Es una delicia visual de unos pocos minutos.

A partir de ahí arranca la historia. Si el prólogo es bueno, la larga secuencia de apertura, la invasión de la embajada norteamericana en Teherán por una turba de iraníes furiosos, es portentosa. Se palpa el miedo dentro del edificio, se siente la tensión en el exterior. Se vive la secuencia como solo el cine es capaz de hacer sentir al espectador. Y no es algo casual, no solo ya pensando en la filmografía de su director sino incluso en el desarrollo de Argo, porque Affleck mete tan de lleno al espectador en la película que se experimenta junto a los personajes todo un caudal de sensaciones en varias escenas (la del bazar, la del aeropuerto). Con este filme, Affleck se reivindica como uno de los más capacitados directores para reflexionar sobre asuntos trascendentes de la política o la sociedad. Y puede que su mirada sea ligeramente parcial (y, por tanto, proamericana), pero eso no es un delito ni deforma la verosimilitud que desprende la historia.

Pero la sorpresa de Argo está en la versatilidad de Affleck en todos los terrenos. La trama es política pero, casi sin aviso, se convierte en una sátira sobre el mundo del espectáculo, sobre Hollywood. El tono cambia (la música, extraordinaria en todo momento, las canciones y la instrumental de Alexandre Desplat, es el indicador) y la película crece cuando se mezclan de forma tan perversa como buscada ambos elementos. ¿Cómo lo consigue Affleck? Primero, con la nostalgia, con el uso adecuado de imágenes reconocibles (desde el mismo letrero de Hollywood y la mención a algunos grandes nombres hasta homenajes a Star Wars, Galactica o El planeta de los simios). Lo hace también con el montaje, un arma de enorme poder que no muchos cineastas saben utilizar y que Affleck parece dominar casi a la perfección (aunque cae en una pequeña manipulación en la escena de la llamada desde el aeropuerto al estudio, alterando el tiempo). Y, sobre todo, con un guión brillante y inteligente, que deja frases memorables especialmente en boca de un Alan Arkin pletórico.

Él no es más que uno de los muchos actores que bordan sus interpretaciones y le dan alma a la película. Es fácil mencionar a John Goodman y, sobre todo, al genial Bryan Cranston (aquí sí está sublime y se aprovechan sus enormes capacidades, no como en Total Recall), pero también quienes componen el grupo de los seis rehenes, que dan una humanidad y una tensión necesarias para que la película se sostenga. Affleck, con un personaje espléndido pero una interpretación apenas correcta, es el eslabón más débil de reparto. Y aunque sus mejores interpretaciones son bajo su dirección, el día que entienda que sus películas serían mejores sin él en pantalla crecerá como director. Pero por el momento ya ha firmado tres títulos irreprochables en una carrera como director en la que cada uno de ellos es mejor que el anterior. Argo se acerca mucho a la perfección y deja las satisfacción de observar a un director en lo que por el momento tiene que considerarse su madurez. ¿Pero será capaz de firmar una película aún mejor en su siguiente trabajo? Ya tengo ganas de averiguarlo.