Fue una noche algo extraña... hasta el gran final. Porque antes de que un Jack Nicholson tan pasado de vueltas como ya se espera de él diera paso a Michelle Obama para que anunciara el premio más importante desde la Casa Blanca, parecía que la ganadora de la noche iba a ser La vida de Pi. Y el caso es que a mí no me dice gran cosa esa película, lo que sumado a algún que otro enfado que me provocaron algunas decisiones más de los académicos hacía que la cosa pintara francamente mal. Me perdonarán los seguidores de Ang Lee, pero no termino de encontrarle la genialidad. Cierto que La vida de Pi tiene un final bonito y cargado de significado para añadir muchos matices a la película, pero el conjunto me pareció largo y menos impresionante visualmente de lo que cabía esperar. A otros directores que llevan años manejándose con acierto en la creación de mundos que entran por los ojos se les ningunea con la misma facilidad con la que se quiso alabar a Lee. Pero Michelle Obama abrió el sobre, dijo "Argo" y la cosa se arregló... aunque sólo en parte.
Viendo las nominaciones, me pareció incomprensible que Ben Affleck, un director que crece película a película y que ya es uno de los imprescindibles del cine contemporáneo, no estuviera entre los cinco directores elegidos. Viendo el resultado de la ceremonia, lo entiendo aún menos. Los Oscars premiaron a una película por sus méritos globales, por su guión y por su montaje. Pero no a su director. No, no entiendo el concepto. Más detalles: Argo derrotó a La vida de Pi en la categoría de guión adaptado. Y por si faltaba algo, y aunque ahora paso a hablar de algunos de ellos, tres de los cinco directores nominados tuvieron a sus películas entre las perdedoras de la noche. ¿Por qué Ben Affleck no subió también a recoger la estatuilla al mejor director? Supongo que es una de esas cosas que pasará a la historia dentro de las clásicas injusticias de unos premios como éstos. Pero Argo ganó al Oscar a la mejor película y esa satisfacción fue muy, muy grande.
Aunque sea un efecto colateral de esa victoria, lo que nunca terminaré de entender es por qué mira tan mal la Academia a Steven Spielberg. Le profeso auténtica admiración a un director que me parece único, que hace lo que quiere en la pantalla, que domina tantas facetas que acaba construyendo películas memorables. Pero la Academia no termina de reconocérselo, incluso cuando sí le pone en la pista de los posibles premiados con las nominaciones. Sí, está su triunfo con La lista de Schindler, pero ninguno más. Y eso, con una filmografía como la suya, viene a ser sangrante. Sin el Oscar a Daniel Day-Lewis y la sorpresa que fue el de su dirección artística, Lincoln se habría acercado mucho a una humillación histórica, la que la Academia le hizo a Spielberg con El color púrpura, que logró once nominaciones, entre las que no estaba la del director... y le negó todos los premios. Con Lincoln, dos de doce. ¿Era el mejor Spielberg? No, eso está claro. Pero tampoco hablamos del mejor Ang Lee, y creo que en eso incluso estarán de acuerdo hasta muchos de sus seguidores.
Los actores premiados vinieron a hacer justicia a las películas nominadas. Daniel Day-Lewis es el alma de Lincoln, Anne Hathaway es el reconocimiento esencial a Los miserables (que, con todo, se llevó dos premios más, hasta un total de tres, y protagonizó uno de los grandes y más brillantes momentos de la noche, con todo su reparto cantando en el escenario). Y aunque da pena que Bradley Cooper no lograra el mismo reconocimiento, el Oscar a Jennifer Lawrence premia a El lado bueno de las cosas en su conjunto (los premios le sientan mal a esta espléndida actriz; rompió su vestido al subir a recoger el Globo de Oro y se cayó por su bellísimo pero aparatoso vestido cuando iba a buscar el Oscar). Lo que no termino de entender es lo de Christoph Waltz. Hubo ya una cierta injusticia al nominarle como secundario cuando es protagonista de Django desencadenado. Pero es que, además, su papel es un refrito del de Malditos bastardos... que ya le dio el Oscar. Con lo que había nominado en esa categoría, normal que ni se lo creyera cuando subió al escenario. Dos nominaciones, dos premios. Pensar en leyendas que no tienen Oscar hace aún peor este premio.
Otro galardón que tampoco compartí es el de Quentin Tarantino. También me asombra la fascinación por este personaje, que se repite, que bucea lugares comunes, que comete errores evidentes en sus guiones y aún así sigue consiguiendo reconocimiento. No le veo la genialidad, pero la Academia se la reconoció anoche. Eso sí, no tenía rivales de peso en su categoría, porque la Academia no quiso arriesgar. Y es que a veces sucede eso, que no hay ganas de arriesgar. Sucede también, y lleva sucediendo con cierta frecuencia, en el Oscar a la mejor música. La más que previsible banda sonora de Mychael Danna para La vida de Pi se llevó propuestas mucho más originales y significativas. Y no, esta vez no voy a apostar por un John Williams que, con toda su genialidad y mitología, no destaca en Lincoln. Pero me asombra que Alexandre Desplat, con cinco nominaciones en siete años, aún no haya recogido ninguna estatuilla. O que en una noche en la que tanto homenaje se rindió a la música de James Bond, la de Thomas Newman para Skyfall no corriera la misma suerte ganadora que la canción de Adele.
A Michael Haneke era obvio que sólo le iban a compensar con el Oscar al mejor filme de habla no inglesa. Como también parecía obvio que Bestias del sur salvaje fue sólo una rareza de la Academia en las nominaciones que no se iba a llevar ningún premio (la única de las nueve nominadas a mejor película que se marchó de vacío). Y obvio era que La noche más oscura se iba a quedar muy lejos de la suerte que corrió la anterior película de Kathryn Bigelow, la sobrevalorada En tierra hostil. La Academia arriesga poco, sí. No se puede considerar la victoria de Argo como un riesgo, porque lleva dos meses recogiendo todos los premios posibles. Y tampoco hubo riesgo en otra de las decepciones de la noche, el casi obligado Oscar a Pixar. Brave no es la mejor película de animación del año pasado. Pero Disney, al parecer, no está tan bien vista. ¡Rompe Ralph!, ganadora en los Annie, los premios del mundo de la animación, merecía mejor suerte, incluso Frankenweenie. Pixar, geniales casi siempre y yo me sumo a esa consideración, tiene a todo el mundo encandilado hasta extremos ya fanáticos.
¿Y la ceremonia qué tal? Bien, la verdad. Fue muy musical, y creo que eso le da mucho colorido, aunque sea precisamente lo que más ralentiza la entrega de premios. Pero, sinceramente, yo prefiero una gala así, en la que el reparto entero de Los miserables ponga la piel de gallina sobre el escenario, Adele celebre de forma anticipada el Oscar que iba a ganar interpretando Skyfall, Barbra Streisand corone el In memorian realzando la desaparición en el último año de Marvin Hamlisch o el presentador, Seth MacFarlane, arranque su humor desde la música (como, por cierto, hizo Hugh Jackman hace un par de años para convertirse en el mejor presentador de los Oscars de la última década). MacFarlane estuvo menos gamberro de lo que algunos seguramente habrían querido, pero me pregunto si no estamos pidiendo demasiado al presentador de esta gala. Él estuvo correcto, divertido en muchos momentos, ácido en otros. A mí me gustó. Como me gustan los Oscars, esos premios de los que casi todo el mundo habla aunque sea para darles palos. Y como me gusta que Argo sea la ganadora, incluso sin ser la que más premios se llevó.
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lunes, febrero 25, 2013
viernes, octubre 26, 2012
'Argo', la formidable madurez de un espléndido director
Ben Affleck es un director espléndido. Y su madurez ha llegado con su formidable tercer filme. Los dos primeros, Adiós, pequeña, adiós y The Town, fueron dos magníficas demostraciones de que se movía detrás de la cámara mucho mejor que delante de ellas. Argo es, sencillamente, la confirmación absoluta de que Ben Affleck no es un actor más o menos conocido o una estrella mundialmente conocida, sino un pedazo de director, alguien a quien habría que seguir dando guiones comprometidos, inteligentes y necesarios como este porque sabe convertirlos en películas que se quedan en la memoria. Argo es una película modélica, emocionante y trascendente, de hermosísima factura y ritmo espléndidamente medido, que oscila entre el thriller político más denso, la trama de espías más entretenida y el análisis agudo y contundente sobre la situación política y social de aquella época (y, por añadidura, de esta), que se convierte desde ya a ser uno de los títulos de referencia en 2012.
Ya desde el arranque, Argo se plantea como una película diferente. Es, efectivamente, un filme sobre la crisis de los rehenes norteamericanos en Irán de 1979 (inevitable, de alguna manera, pensar así en la prodigiosa Munich, de Steven Spielberg, infravalorada como casi todo lo que ha hecho este director en los últimos años) y por ello es evidente que estamos ante una película de peso político contundente. Pero esa introducción con la que Affleck abre su película ya revela inquietudes cinematográficas más elevadas. Le importa la historia, y la convierte en una pieza emotiva y brillante. Pero también le da valor a la forma, a la narración, a cómo se cuenta es historia más grande que la vida. Quién iba a pensar hace no tantos años que un actor tan limitado como el protagonista de Daredevil podía tener una sensibilidad tan notable a la hora de coger una cámara. Se juega con la ilustración, se juega con el storyboard, con la música, con fotografías de la época. Es una delicia visual de unos pocos minutos.
A partir de ahí arranca la historia. Si el prólogo es bueno, la larga secuencia de apertura, la invasión de la embajada norteamericana en Teherán por una turba de iraníes furiosos, es portentosa. Se palpa el miedo dentro del edificio, se siente la tensión en el exterior. Se vive la secuencia como solo el cine es capaz de hacer sentir al espectador. Y no es algo casual, no solo ya pensando en la filmografía de su director sino incluso en el desarrollo de Argo, porque Affleck mete tan de lleno al espectador en la película que se experimenta junto a los personajes todo un caudal de sensaciones en varias escenas (la del bazar, la del aeropuerto). Con este filme, Affleck se reivindica como uno de los más capacitados directores para reflexionar sobre asuntos trascendentes de la política o la sociedad. Y puede que su mirada sea ligeramente parcial (y, por tanto, proamericana), pero eso no es un delito ni deforma la verosimilitud que desprende la historia.
Pero la sorpresa de Argo está en la versatilidad de Affleck en todos los terrenos. La trama es política pero, casi sin aviso, se convierte en una sátira sobre el mundo del espectáculo, sobre Hollywood. El tono cambia (la música, extraordinaria en todo momento, las canciones y la instrumental de Alexandre Desplat, es el indicador) y la película crece cuando se mezclan de forma tan perversa como buscada ambos elementos. ¿Cómo lo consigue Affleck? Primero, con la nostalgia, con el uso adecuado de imágenes reconocibles (desde el mismo letrero de Hollywood y la mención a algunos grandes nombres hasta homenajes a Star Wars, Galactica o El planeta de los simios). Lo hace también con el montaje, un arma de enorme poder que no muchos cineastas saben utilizar y que Affleck parece dominar casi a la perfección (aunque cae en una pequeña manipulación en la escena de la llamada desde el aeropuerto al estudio, alterando el tiempo). Y, sobre todo, con un guión brillante y inteligente, que deja frases memorables especialmente en boca de un Alan Arkin pletórico.
Él no es más que uno de los muchos actores que bordan sus interpretaciones y le dan alma a la película. Es fácil mencionar a John Goodman y, sobre todo, al genial Bryan Cranston (aquí sí está sublime y se aprovechan sus enormes capacidades, no como en Total Recall), pero también quienes componen el grupo de los seis rehenes, que dan una humanidad y una tensión necesarias para que la película se sostenga. Affleck, con un personaje espléndido pero una interpretación apenas correcta, es el eslabón más débil de reparto. Y aunque sus mejores interpretaciones son bajo su dirección, el día que entienda que sus películas serían mejores sin él en pantalla crecerá como director. Pero por el momento ya ha firmado tres títulos irreprochables en una carrera como director en la que cada uno de ellos es mejor que el anterior. Argo se acerca mucho a la perfección y deja las satisfacción de observar a un director en lo que por el momento tiene que considerarse su madurez. ¿Pero será capaz de firmar una película aún mejor en su siguiente trabajo? Ya tengo ganas de averiguarlo.
Ya desde el arranque, Argo se plantea como una película diferente. Es, efectivamente, un filme sobre la crisis de los rehenes norteamericanos en Irán de 1979 (inevitable, de alguna manera, pensar así en la prodigiosa Munich, de Steven Spielberg, infravalorada como casi todo lo que ha hecho este director en los últimos años) y por ello es evidente que estamos ante una película de peso político contundente. Pero esa introducción con la que Affleck abre su película ya revela inquietudes cinematográficas más elevadas. Le importa la historia, y la convierte en una pieza emotiva y brillante. Pero también le da valor a la forma, a la narración, a cómo se cuenta es historia más grande que la vida. Quién iba a pensar hace no tantos años que un actor tan limitado como el protagonista de Daredevil podía tener una sensibilidad tan notable a la hora de coger una cámara. Se juega con la ilustración, se juega con el storyboard, con la música, con fotografías de la época. Es una delicia visual de unos pocos minutos.
A partir de ahí arranca la historia. Si el prólogo es bueno, la larga secuencia de apertura, la invasión de la embajada norteamericana en Teherán por una turba de iraníes furiosos, es portentosa. Se palpa el miedo dentro del edificio, se siente la tensión en el exterior. Se vive la secuencia como solo el cine es capaz de hacer sentir al espectador. Y no es algo casual, no solo ya pensando en la filmografía de su director sino incluso en el desarrollo de Argo, porque Affleck mete tan de lleno al espectador en la película que se experimenta junto a los personajes todo un caudal de sensaciones en varias escenas (la del bazar, la del aeropuerto). Con este filme, Affleck se reivindica como uno de los más capacitados directores para reflexionar sobre asuntos trascendentes de la política o la sociedad. Y puede que su mirada sea ligeramente parcial (y, por tanto, proamericana), pero eso no es un delito ni deforma la verosimilitud que desprende la historia.
Pero la sorpresa de Argo está en la versatilidad de Affleck en todos los terrenos. La trama es política pero, casi sin aviso, se convierte en una sátira sobre el mundo del espectáculo, sobre Hollywood. El tono cambia (la música, extraordinaria en todo momento, las canciones y la instrumental de Alexandre Desplat, es el indicador) y la película crece cuando se mezclan de forma tan perversa como buscada ambos elementos. ¿Cómo lo consigue Affleck? Primero, con la nostalgia, con el uso adecuado de imágenes reconocibles (desde el mismo letrero de Hollywood y la mención a algunos grandes nombres hasta homenajes a Star Wars, Galactica o El planeta de los simios). Lo hace también con el montaje, un arma de enorme poder que no muchos cineastas saben utilizar y que Affleck parece dominar casi a la perfección (aunque cae en una pequeña manipulación en la escena de la llamada desde el aeropuerto al estudio, alterando el tiempo). Y, sobre todo, con un guión brillante y inteligente, que deja frases memorables especialmente en boca de un Alan Arkin pletórico.
Él no es más que uno de los muchos actores que bordan sus interpretaciones y le dan alma a la película. Es fácil mencionar a John Goodman y, sobre todo, al genial Bryan Cranston (aquí sí está sublime y se aprovechan sus enormes capacidades, no como en Total Recall), pero también quienes componen el grupo de los seis rehenes, que dan una humanidad y una tensión necesarias para que la película se sostenga. Affleck, con un personaje espléndido pero una interpretación apenas correcta, es el eslabón más débil de reparto. Y aunque sus mejores interpretaciones son bajo su dirección, el día que entienda que sus películas serían mejores sin él en pantalla crecerá como director. Pero por el momento ya ha firmado tres títulos irreprochables en una carrera como director en la que cada uno de ellos es mejor que el anterior. Argo se acerca mucho a la perfección y deja las satisfacción de observar a un director en lo que por el momento tiene que considerarse su madurez. ¿Pero será capaz de firmar una película aún mejor en su siguiente trabajo? Ya tengo ganas de averiguarlo.
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