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viernes, febrero 20, 2015

'El francotirador', el dolor de la guerra interminable

Después de dos obras infravaloradas (Más allá de la vida e Invictus) y dos claramente menores o incluso en algún momento desaprovechadas (J. Edgar y Jersey Boys), Clint Eastwood vuelve a ser grande con El francotirador. No llega a ser perfecto, aunque no se quede muy lejos con esta arriesgada historia, porque la película se le escapa al final, cuando no consigue redondear su brutal análisis sobre el dolor de una guerra interminable con cuerdas que aten con firmeza lo que se cuenta en los últimos minutos con lo que se ha visto durante casi dos horas. Pero es formidable. Su historia, la de un Navy Seal norteamericano en Irak que destaca por su enorme pericia tras su rifle, podría ser la de cualquier soldado y la guerra en la que participa podría ser cualquier otra. Eastwood consigue contraponer el prototipo de soldado norteamericano, un patriota de esos que tanto parecen molestar a algunos sectores cuando el cine les muestra, con un profundo análisis personal y psicológico de los efectos de la guerra. Y para ver los efectos, hay que ver la guerra.

No por previsible deja de ser curioso que El francotirador haya recibido críticas por la forma en la que muestra el conflicto en Irak. Pero hay un detalle que no terminan de tener en cuenta esas críticas, y es que Eastwood escoge un marco porque tiene a un personaje definido y, de hecho, real. A partir de ahí, su película no pretende sentar cátedra política, no quiere ser la radiografía de un conflicto, sino que lo que busca es un retrato personal. Al patrioterismo en el que pueda caer Chris Kyle (Bradley Cooper) en algunos momentos de su historia, o el propio Eastwood en la ración de homenaje al final, se contraponen docenas de elementos. El relato, el retrato en realidad, no es una glorificación, sino un conflicto continuo. Es la guerra que nunca acaba, ni siquiera cuando una de las partes da su brazo a torcer. Y eso, tan difícil en una película que se presta de una forma tan evidente al maniqueismo, al blanco y negro y a la citada glorificación, es un ejercicio de equilibrio brutal de Eastwood como cineasta, como cronista y como analista del alma humana.

Eso es lo que cuenta El francotirador. ¿Que lo hace en un escenario bélico? Por supuesto. Ya lo había hecho en Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima, hermana menor y obra maestra respectivamente de su díptico sobre la Segunda Guerra Mundial. Pero hay miles de detalles en la película para comprender los verdaderos objetivos de Eastwood sin necesidad de quedarse con el envoltorio. Y hay otro detalle maestro en la dirección de Eastwood. La guerra que retrata se ve desde el punto de vista de un francotirador. No se ve el movimiento nervioso que suele presidir el cine bélico desde que Steven Spielberg sentara cátedra con el prodigioso arranque de Salvar al soldado Ryan. La cámara escoge con mimo lo que hay que ver, hay pausa, hay concentración, y todo ello con un nivel de tensión impresionante que termina de romper en la gran escena bélica de la película, la que cierra la lucha en Irak, un pequeño prodigio cinematográfico, por debajo de lo que hizo Spielberg, sí, pero perfecto para esta película.

Como El francotirador es un drama personal mucho más que una película de guerra, por mucho que dos terceras partes del filme se desarrollen en un escenario bélico, era imprescindible acertar con el reparto. Y ahí el crecimiento de Bradley Cooper parece imparable, en su carrera y dentro de esta película, con tantos matices que no queda más remedio que aplaudir. Y ojo a Sienna Miller, una actriz que ha desperdiciado demasiados años y esfuerzos en una carrera en el papel cuché que minimiza su talento interpretativo. Sus trabajos sólo encuentran un obstáculo, los indecentes muñecos con los que se quiere hacer creer que tienen un bebé en las manos, asombrosamente falsos para una película de este nivel. Pero lo único que falla es la guinda del pastel. Quizá Eastwood tendría que haberse permitido el lujo de alargar algo más su filme para que el enorme poder que hay en tantas de las escenas que comparten fuera espléndido también al final, pero hay tanto que disfrutar en El francotirador que eso, aunque sea muy visible, queda como algo perdonable.

viernes, septiembre 05, 2014

'Jersey Boys', un Eastwood menor pero un Eastwood al fin y al cabo

Clint Eastwood es un director tan fundamental para entender el último medio siglo del cine norteamericano que cada vez que no alcanza la más absoluta excelencia algunos tienen la impresión de que esas películas no valen gran cosa. Jersey Boys es, en ese sentido, un Eastwood menor. Pero procede darle la vuelta al argumento inicial de estas líneas y recalcar que un Eastwood menor es al fin y al cabo un Eastwood, y eso, por muchos aspectos que se le puedan criticar, siguen siendo palabras mayores. Y es que el realizador de Sin perdón, Gran Torino o Los puentes de Madison tiene el profundo amor por la música que desprende su nueva película y un descomunal oficio para narrar con enorme fuerza las secuencias fundamentales de esta biografía de los Four Seasons, uno de esos grupos americanos de rock que triunfó en los años 60. No tiene el espíritu que tenía la anterior gran aproximación musical de Eastwood, la magistral Bird, pero mejora la irregularidad de su anterior trabajo, J. Edgar.

La película no es ninguna sorpresa dentro de la filmografía de Eastwood, un director que ha sabido combinar los filmes más personales, los más memorables y los más comerciales con una gran habilidad durante las últimas cuatro décadas. A su autor le entusiasma la música y en eso es un clásico incomparable. Por eso es tan fácil asimilar que lo mejor de Jersey Boys está en la puesta en escena de la música que se escucha durante las dos horas y cuarto que dura la cinta. No hace falta conocer la historia de los Four Seasons, ni siquiera sus canciones más populares, para entender por qué Eastwood va recalcando determinados detalles, momentos, títulos y sonidos. Todo se hila con la naturalidad habitual del cine de Eastwood, y funcionan francamente bien incluso sus apuestas formales más arriesgadas (la narración de los protagonistas mirando a cámara, un gran flashback introducido ya en la segunda mitad del filme o la escena final durante los títulos de crédito, que aquí, a diferencia de otro filme galardonado que ya usó ese recurso, sí encaja).

También es muy habitual en Eastwood el apostar por un casting de actores bastante desconocidos, casi siempre en los secundarios pero también de vez en cuando en los protagonistas, y en ese sentido hay unas claras reminiscencias de Banderas de nuestros padres. No es que dé la sensación de ser un casting equivocado, pero también es verdad que la falta de espíritu de la película, que existe en muchos momentos e impide que el resultado final se coloque en el grupo de obras maestras de Eastwood como director, puede achacarse a que no hay un carisma arrollador por parte de los protagonistas. Encajan, pero no enamoran. Y eso se ve cada vez que entra en escena Christopher Walken, un actor que no importa cuántos años tenga, de cuántos minutos disponga en una película o cuál es el registro de su personaje, porque siempre se puede sacar algo de su trabajo. Y se come al resto. Lo que sí parece osado en Eastwood es que hay muchas referencias culturales (entre las que se cuela él mismo) que provocan sonrisas cómplices en el espectador.

Una película de este tipo siempre tiene su mejor prueba de fuego en las elipsis temporales, a veces inmensas, obligadas por el amplio espacio de tiempo que desea cubrir la película. Y esas elipsis, a pesar de que Eastwood cuadra su montaje lo mejor que puede, no siempre funciona. No afecta al ritmo de la película, que avanza con una fluidez admirable, pero sí se va llevando por delante explicaciones necesarias. Eastwood en este caso ha decidido sacrificar claridad para ajustar duración (aún así, es relativamente larga), y eso pesa ligeramente en la película. Pero resulta difícil no disfrutarla a poco que la pierna del espectador se vaya moviendo según va sonando la música. Eso y la enorme categoría clásica de su director son razones más que suficientes para que Jersey Boys convenza. ¿Que no es una de las mejores películas del Clint Eastwood director? No, no lo es. Pero es que la excelencia no se suele dar todas las películas de ningún director y éste acumula ya unas cuantas películas irrepetibles. Ser exigente no obliga a destrozar lo que es simplemente bueno. Como si fuera tan fácil hacer una película satisfactoriamente buena.

viernes, noviembre 23, 2012

'Golpe de efecto', los tópicos no pueden con Clint Eastwood

Que Clint Eastwood aparezca en pantalla es razón más que suficiente para ver una película. Golpe de efecto (horrendo título español para Trouble with the curve) es una película simpática, amable, tópica por encima de todo, aunque con algún que otro elemento de interés que excede lo previsible de su guión y, sobre todo, de su resolución. Pero con Clint Eastwood el filme es mucho más que eso. Porque supone una nueva oportunidad de verle actuar después de haber anunciado que no lo haría más. Porque da igual que su personaje recuerde a otros, siempre tendrá un arrollador carisma que borrará todos los defectos. Porque encuentra en Amy Adams la mejor contrapartida femenina en muchos años (¿la mejor sin más?). Se recordará Golpe de efecto por la presencia de Clint Eastwood, aunque el hecho de que aparezca en la película sea un favor personal que le hace a su habitual director de segunda unidad, Robert Lorenz, en su debut como realizador. El resultado, en cualquier caso, es un título digno, bien hecho y bastante entretenido.

Cada vez que se estrena una película con el beisbol como telón de fondo parece que son necesarias más explicaciones de las necesarias. Una vez más, no, no es una película para fans de este deporte tan americano que los demás mortales no serán capaces de entender o disfrutar. Es una película decente, correcta y que se deja ver con sumo agrado. Quizá sí le saquen algo más de jugo a algunas escenas quienes entienden algo de deporte (en general, no necesariamente sobre este), porque comprenderán muchas de las motivaciones de los personajes con mayor facilidad. Pero no es una película de beisbol. Aún así, insisto que solo para quienes quieran entender esas conexiones, es divertido colocar esta película como la antítesis de Moneyball. Aquella genialidad quizá no lo suficientemente bien valorada era el retrato de la nueva forma de entender el deporte que daba la tecnología. Golpe de efecto es lo contrario. Es la glorificación de los métodos más tradicionales. Y por eso la presencia de Clint Eastwood es sencillamente sublime.

El director de Sin Perdón, Mystic River, Million Dollar Baby, Cartas desde Iwo Jima y tantas otras maravillas no actuaba desde Gran Torino, de 2008. Y no lo hacía en una película que no dirigiera él mismo desde En la línea de fuego, de 1993. Solo por ese detalle, Golpe de efecto es ya una película apreciable. Clint ya sabe llorar, y emociona al hacerlo, pero domina mucho más los registros que le convirtieron en un icono. Es imposible no ver en este Gus Lobel, un viejo ojeador de béisbol que empieza a sufrir problemas de vista y al que algunos en su equipo quieren jubilar para dar paso a nuevos métodos (recordemos, de nuevo, la escena de Moneyball en la que Brad Pitt se enfrenta a su equipo de ojeadores), trazas del Walt Kowalsky de Gran Torino y, por qué no decirlo, por extensión también del mítico Harry Calahan (en el flashback de la película casi se ve al viejo Harry el Sucio). Clint, nunca suficientemente valorado como actor aunque sí como director, domina como nadie personajes como este. Y solo por escucharle gruñir (sí, gruñir) en pantalla ya merece la pena la película (y más en versión original).

La película es tan correcta como tópica. El padre gruñón, la hija responsable con la que apenas es capaz de comunicarse, el joven que aparece para recordar su admiración por el padre y se va enamorando de la hija... y de fondo un tema más o menos pintoresco que aquí es el béisbol. Nada nuevo, nada que chirríe, y todo encaminado a un final más que previsible. Pero por el camino, como decía, Clint Eastwood se topa con la mejor réplica femenina que ha encontrado en años. Amy Adams es una actriz deslumbrante que arriesga en cada papel que hace. Golpe de efecto no es una excepción, sino una confirmación. Una más. Como La duda o The fighter, por citar dos de sus grandes trabajos. Hay tantos matices en su mirada, en su rostro, en su sonrisa contenida y en sus lágrimas que merece la pena detenerse en cada plano en el que aparece. Justin Timberlake asume el papel de secundario en esa relación. No es más que el empujón dramático de algunas secuencias, pero funciona con corrección. Y, una vez más, es un placer ver al mejor John Goodman. Que haya juntado este trabajo con Argo es una espléndida noticia.

Pero hay que asumir que la razón principal para ver Golpe de efecto es Clint Eastwood. Se le vende como protagonista de la película, y da la sensación de que su papel se ha alargado, cuando en realidad el motor del filme siempre parece asumirlo con más claridad el personaje de Amy Adams. Y eso no es malo, porque Clint siempre será Clint. Nunca es tarde para recordar que podemos estar ante una de sus últimas interpretaciones y que verle en una película de estreno será un placer que no tendremos para siempre. Por eso vale la pena disfrutar de Golpe de efecto. Por eso y por su envidiable química con la espléndida Amy Adams. O por esos diálogos de viejos cascarrabias sobre cine (delirante el diálogo comparando a Ice Cube... con Robert De Niro). O, también, por ensalzar los valores del deporte que tan bien quedan en el cine norteamericano. Aunque sea blanda, con algún toque siniestro a lo Mystic River o Gran Torino, no hace daño ver una película amable de vez en cuando. Y más con Clint, tan grande como siempre.

domingo, enero 29, 2012

'J. Edgar', un Eastwood más disperso que de costumbre

Que cada película que estrena Clint Eastwood es un motivo de celebración es algo que está ya fuera de toda duda. Lo será hasta que acontezca el triste día en el que no podamos ver nuevas películas suyas. La genialidad de un cineasta, sin embargo, tiene como elemento contraproducente que no siempre se puede brillar a la misma altura. Pero que nadie se asuste. J. Edgar, el retrato que Eastwood hace del primer director del FBI, Hoover, no es un borrón en la carrera del mítico realizador de Sin perdón, Bird o Mystic River. Pero sí es una película mucho más dispersa de lo que es costumbre en el viejo Clint. Fallan elementos que en otras películas recientes suyas sí funcionaban, empezando por algo que afecta a la credibilidad del propio filme que es la caracterización de los actores. Sí encaja, como siempre, la clásica forma de rodar de Eastwood. Y Leonardo DiCaprio ofrece una convincente y apasionada recreación de Hoover, imprescindible de honrar con el visionado de la película en versión original.

A priori, sonaba fascinante la posibilidad de ver qué podía hacer Clint Eastwood con la biografía de un tipo tan controvertido y fundamental en la historia norteamericana del siglo XX como J. Edgar Hoover. Menos encajaba la unión entre el cineasta y el guionista Dustin Lance Black, autor del libreto de Mi nombre es Harvey Milk y conocido defensor de los derechos del colectivo gay. La mezcla, en realidad, es parte de la dispersión que afecta a J. Edgar, que salta con demasiada facilidad entre los dos temas (la construcción del FBI por un lado y las tendencias homosexuales de su director por otro) y las cuantiosas secuencias que engloba cada uno de ellos en la película, de algo más de dos horas de duración. Sin hacerse larga, porque estamos ante un director que sabe rodar a la perfección, a veces se pierde la perspectiva del drama histórico en favor de la tragedia personal y viceversa, porque ninguno de los dos encuentra una definición tan precisa como cabría esperar de Eastwood.

La película explora dos líneas temporales. Por un lado, el presente, en el que un envejecido pero todavía en activo Hoover relata sus memorias y se enfrenta a la situación del momento, en la que Richard Nixon ha llegado a la Casa Blanca. Por otro, sus recuerdos a modo de flashbacks, desde que comienza a trabajar para el Departamento de Justicia y pasa a crear el FBI tal y como lo conocemos hoy en día, hasta sus casos más populares y su lucha contra el comunismo. Sin que se lleguen a entorpecer ambas líneas y con algún que otro gran momento de montaje, lo cierto es que no termina de haber fluidez entre ellas. No termina de haber una conexión emocional, al menos no hasta una secuencia final extraordinaria entre el propio Hoover y Clyde Tolson, uno de sus hombres de confianza en el FBI y a quien se consideró su amante. Es en esa escena donde sí llega la magia, donde se funden con maestría la historia y la ilusión, los hechos y los delirios de grandeza, las sensaciones de un hombre y su aplastante realidad.

La escena, además, y a pesar de llegar en el último cuarto de hora, es prólogo y continuación de las mejores secuencias políticas que incluye la película, precisamente las que se refieren a Nixon y, en menor medida, a los Kennedy. Lo que falla, ahí y en toda la película, es el maquillaje aplicado a los actores para mostrarles envejecidos. No parece creíble, saca de la historia con demasiada facilidad en casi todos los casos, incluso en el de Leonardo DiCaprio, que al margen de ese lastre no es capaz de coronar su gran trabajo interpretativo y vocal ofreciendo un tono de voz propio de un hombre de la edad con la que murió Hoover. Si se cierran los ojos, seguimos escuchando al Hoover más joven. La excepción en cuanto al maquillaje es Naomi Watts, que incluso con un personaje que a veces parece demasiado corto deja otra espléndida actuación como la secretaria personal de Hoover, creíble además en todos los estadios de edad, incluso más en sus últimos años.

DiCaprio, eso sí, consigue lo más difícil: convertirse en Hoover desde el principio e, insisto, a pesar de las flaquezas del maquillaje. La verdad es que le ha sentado fenomenal rodar con directores como Scorsese, Spielberg o ahora Eastwood para crecer como actor, y gracias a eso su presencia es magnética y poderosa durante toda la película. Si estamos ante una de esas películas que se basan en un retrato más o menos fidedigno de una importante figura política y DiCaprio sale triunfante, ¿qué falla entonces? Quizá que cuesta encontrar sentido a algunas escenas, incluso a algunos personajes (como la madre de Hoover, interpretada por Judi Dench). Quizá que no terminan de palparse en la pantalla la importancia de cada movimiento político y estratégico de Hoover, quizá que los saltos de uno a otro episodio son demasiado bruscos y por medio de una voz en off que no siempre funciona bien. La genialidad de Eastwood se sigue dejando ver como casi siempre (atención a la hermosa composición del plano final de DiCaprio), pero esta vez un peldaño por debajo de lo que nos tiene acostumbrados. Aún así, Eastwood siempre es mejor que la media.

viernes, enero 14, 2011

'Más allá de la vida' y donde Clint Eastwood quiera

Tiene 80 años y no deja de sorprenderme. Es el cineasta más clásico que le queda a Hollywood y mantiene esa capacidad de reinventarse. Decían que ésta no era su mejor película y no, no lo es, pero qué momentos deja. Clint Eastwood y Más allá de la vida. 129 minutos deliciosos, hermosos, melancólicos, sobre todo melancólicos. Entra uno pensando que va a ver una película sobre la muerte. Y sale pensando que lo que ha visto es un filme sobre la vida. En poco más de dos horas, el carrusel de emociones es intenso, extenso y poderoso. Con un reparto magnífico, con una dirección tan nueva como conocida. Clint Eastwood. Sólo pronunciar esas dos palabras ya basta para entregarse ciegamente a este viaje que nos plantea. Por diferente que su envoltorio parezca al de las anteriores o las mejores películas de su director. Por chocante que pueda parecer que ahora, a sus años, explore terrenos lindantes con el más allá. Pero qué más da. Lo que Eastwood cuenta es lo de siempre, la historia de unos seres humanos. Y aunque su estructura de tres personajes que caminan hacia su convergencia es novedosa para él, también domina ese elemento. Más allá de la vida y hasta donde Clint quiera. Ahora y siempre.

Desde que a comienzos de los 90 Clint Eastwood juntara tres obras maestras como director (Sin perdón, Un mundo perfecto y Los puentes de Madison) no se encontraba el realizador en un estado de gracia como el que domina ahora su producción. Ahora son ocho las películas que ha encadenado con un nivel alto, muy alto, a veces incluso insuperable. Empezó con la cruda Mystic River. Continuó con la dolorosa Millon Dollar Baby. Banderas de nuestros padres, la más floja de esta etapa, era un ejercicio de clasicismo necesario para acometer la formidable Cartas desde Iwo Jima. El intercambio es sobrecogedora. Gran Torino es hermosa, hasta en sus momentos más tristes. Invictus es un enorme canto a la libertad y a la lucha. Y Más allá de la vida podría llegar a entenderse como la culminación de esta trayectoria de la última década, porque todas estas películas (salvo Invictus) hablan de una u otra manera sobre la muerte. ¿Y qué mejor cierre que abordando la muerte en sí misma? Pero ojo que no estamos hablando de una película más de Clint Eastwood. Ésta es diferente.

La variación se produce en la propia historia. Lo que tenemos en la pantalla son tres personajes, tres vidas y tres lugares diferentes. Un parapsicólogo de San Francisco que tiene el don de contactar con los muertos pero quiere dejar de utilizarlo (Matt Damon), una periodista francesa que vive la traumática experiencia de ser protagonista de una catástrofe natural muy reconocible (Cécil De France) y dos hermanos gemelos de un hogar destrozado que viven en Londres (Frankie y George McLaren). Desde el principio se entiende que las tres piezas del rompecabezas están llamadas a converger, aunque Eastwood, con un guión del fantástico Peter Morgan (The damned United, El desafío. Frost contra Nixon, La Reina), esconde bien sus cartas durante la primera parte de la película. Sí es cierto que cumple con con la máxima de Cecil B. De Mille de comenzar con un terremoto e ir creciendo en intensidad. Sólo que la intensidad que crece es emocional y no de acción. Y crece hasta niveles insospechados, sobre todo en escenas puntuales. De hecho, ese puede ser el gran pero de la película: todo encaja al final, pero tiene altibajos emocionales. Hay escenas sencillamente indescriptibles por prodigiosas y otras que sólo cobran sentido al final.

Hay un punto clave para entender toda la película y es la escena en el apartamento del personaje de Matt Damon con la chica que conoce en un curso de cocina (Bryce Dallas Howard, que hasta ahora había alcanzado su cota máxima con M. Night Shyamalan en El Bosque y La joven del agua. Hasta ahora. Ojo a esta escena). Es la desembocadura natural de una de las mejores, más intensas y hermosas secuencias de flirteo y enamoramiento que se han visto en el cine reciente, pero también la consecuencia natural de una vida basada en la muerte (como dice el propio personaje), la que se nos cuenta hasta ese instante. Es, al mismo tiempo, un retrato de ambas, de la muerte y de la vida, pero sobre todo de la soledad, de las ansias por superarla, de la necesidad de dejar atrás los traumas y los miedos y de los límites de la condición humana. No sólo es una escena sublime sobre el papel, es que Eastwood la rueda con una maestría inconcebible para otros muchos directores que cuentan con un prestigio enorme y que muchas veces son simples artesanos que colocan la cámara para captar la magia. Eastwood, no. Él crea magia. Con cada decisión que toma, con cada riesgo que asume, con cada encuadre que descubre. Y esa escena, insisto, es el punto álgido de la montaña rusa emocional que nos propone.

El viaje es creíble porque, además de la genialidad de Eastwood, los actores le dan esa condición. Damon, un actor bastante más plano en sus inicios, está soberbio, cada vez más seguro de sus cualidades como intérprete y cada vez más verosímil en papeles muy distintos. Y no hay más que ver los dos personajes que le ha dado Clint Eastwood, aquí y en Invictus, para comprobar esa evolución. Cécile De France es una actriz gala, joven pero de ya larga trayectoria, y a la vez novata en Hollywood. Su papel es, probablemente, el más intenso y probablemente el más arriesgado del filme. Supera la prueba con nota. El otro papel femenino, el de Bryce Dallas Howard, es mucho más breve pero, probablemente, tan imprescindible para el tono emocional de la historia como el de De France. Esta actriz tiene mucho talento, pero no lo deja ver tanto como sería deseable. Y hasta con los críos consigue Eastwood grandes momentos, los que siempre saca de un elenco de secundarios tan notable como desconocido (a excepción de un actor británico al que siempre es formidable ver y que se interpreta a sí mismo en un cameo; ¿para qué reventar la sorpresa diciendo su nombre?). Todo encaja, todo se mueve a la perfección, al son que marca Clint.

Cuando la película acaba (y acaba con un final quizá demasiado... bonito; ¿se puede considerar eso un defecto?), queda el poso de haber visto un conjunto de escenas prodigiosas que destacan por encima de otras en apariencia, sólo en apariencia, más prescindibles. Queda una narrativa distinta a la usual para este realizador, aunque por otros derroteros puede que más próxima a un cine coral que cuenta con mejor fama de la que a mi juicio suele merecer (Crash podría ser el exponente más popular y premiado). Queda, como decía, un carrusel de emociones, con todo lo que conlleva la palabra carrusel, también unos altibajos que se notan. No es, en definitiva, la mejor película de Clint Eastwood. Pero es muy buena. Y una película simplemente muy buena de Clint Eastwood es mejor, probablemente, que el 80 por ciento de lo que se estrena en un año. Los viejos aficionados de este director no os dejéis despistar por una publicidad que ha apostado por la espectacularidad visual (que la tiene en un arranque tan brillante como brutal) y por el elemento sobrenatural. En realidad, no es eso lo mejor que ofrece Más allá de la vida. Porque parece una película sobre la muerte, pero no lo es. Es sobre la vida. Y de eso Clint sabe mucho. Que ya son 80 años y la mitad de ellos deleitando detrás de la cámara.

miércoles, enero 20, 2010

'Invictus' y el factor inspirador de Clint Eastwood

Durante los últimos años, Clint Eastwood se ha dedicado a encogernos el estómago. Desde Mystic River, no ha hecho más que provocarnos angustia, nos ha enseñado dolor, tragedias. Así era Million Dollar Baby. Así era su díptico sobre la Segunda Guerra Mundial, Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima, sobre todo en su sobrecogedora segunda mitad. Así era El intercambio. E, indudablemente, así era esa obra maestra llamada Gran Torino. Películas duras pero, al mismo tiempo, tremendamente humanas, historias de esas que merece la pena contar. Y ahora Clint Eastwood estrena Invictus para trasladarse al otro extremo de las emociones humanos. Aquí de lo que se trata es de ofrecer una historia inspiradora. Y la belleza con la que el viejo Clint logra ese tono está más allá de todos los elogios que yo le pueda dedicar aquí. No sólo ha trazado el mejor retrato cinematográfico de la Sudáfrica del apartheid sino que, probablemente sin quererlo, ha dirigido la mejor película deportiva en muchos años, quiza de siempre.

Cuando alguien intenta hacer una película definitiva sobre un tema, suele perderse en detalles, en explicaciones, en tramas paralelas. Y por el camino, se corre el riesgo de perder al espectador. Clint Eastwood sólo necesita un minuto, el primer minuto de Invictus, para explicarnos qué fue el apartheid. Esa visión del primer minuto, una escena tan sencilla como inigualable, es limpia y nada desgarradora, pero incita a pensar y a rebuscar en los libros de historia. Y más después de ver las poco más de dos horas de esta película, que detalle a detalle, personaje a personaje y diálogo a diálogo va creciendo en intensidad, en emoción, en trascendencia y en grandeza. Nada nuevo en el cine de Clint Eastwood, al que me sigo asomando con el miedo de que no sea capaz de alcanzar la magnificencia de sus últimos trabajos y siempre me hace salir de la sala con lágrimas en los ojos, con el alma enriquecida y con el temor a que este hombre se muera algún día y no nos dé más películas.

Sudáfrica, la integración, la reconciliación y las emociones humanas más trascendentes se extienden durante la primera hora y media de la película. El fresco de Clint Eastwood comienza con la liberación de Nelson Mandela en 1990 y llega hasta 1995. De la forma más natural posible, la evolución de Sudáfrica, la reconciliación entre blancos y negros, está ahí, en la pantalla. Primero unos por un lado y otros por el otro, caras largas. Después se van mezclando, van hablando, se van conociendo. Y ahí es el momento del deporte. Porque antes se van introduciendo pinceladas de rugby pero son, como se dice en la película, una estratagema política, un medio para que blancos y negros sean capaces de apoyar a la selección de su país, un símbolo de la minoría opresora del apartheid, en el Mundial de rugby que acogió Sudáfrica en 1995. Es política, sí. Y algo más. Porque quizá todo es política, como me gusta creer y esta película no hace sino demostrarlo.

Si Sudáfrica ocupa la primera hora y media, ¿qué queda para los 45 minutos finales? El deporte como metáfora de la vida. El factor humano y el factor inspirador de la política, del deporte, del cine y de la vida en general. No suele tener mucha suerte el deporte en el cine. Quizá porque se tiende a dar más importancia a ese deporte que a la propia historia que motiva la película, porque no se consigue transmitir la emoción que ese deporte en particular tiene para sus protagonistas. Aquí se consigue una sensación mayor. Clint Eastwood consigue mostrar lo que supone el rugby, el mundial y la selección para los que juegan, sí. Pero también lo que significa para un país, para la Historia. Creo que, hasta la fecha, sólo Hoosiers me había hecho emocionarme tanto en un partido cinematográfico.

No es fácil dilucidar si Nelson Mandela, con el rostro de Morgan Freeman, es el protagonista de esta hermosísima historia o sólo el hilo conductor. Es difícil concluir si es él quien nos está llevando a pensar, sentir y soñar con el resto de los protagonistas de la película o si son esos otros los que nos provocan esas emociones. Esa es la grandeza del guión de Invictus (probablemente también del libro de John Carlin del que tan bien me han hablado) y de la forma de rodar de Clint Eastwood. Lo fácil hubiera sido darle todo el peso de la película a ese actorazo que es Morgan Freeman. Darle la libertad para devorar todo lo que aparece en la pantalla. Y no es así. Freeman y su personaje entran en las escenas casi pidiendo permiso, enriqueciendo todo lo que se mueve a su alrededor, creando un conjunto homogéneo, un poco de esa magia que llamamos cine y que pocos dominan como Clint Eastwood. Matt Damon también encaja ahí. Y el resto de actores, anónimos para la mayoría, pero que de la mano de este portensoso director forman un reparto sólido, convincente y, sobre todo, real.

Decía que Clint lleva años encogiendo nuestros estómagos. Ahora llega un poquito más lejos. Ahora nos envalentona el alma. No sé si hará falta ser un aficionado al deporte para entender el complejo collage de sensaciones que Eastwood ofrece en el climax de la película. Probablemente baste con llevar una mirada limpia de prejuicios (decía alguien a la salida del pase que si esta película hablara de fútbol y fuera española recibiría severas críticas, y me temo que tenía razón). Quizá sólo sea necesario entender lo que para cada uno de los personajes significa todo lo que está pasando en la pantalla y que, lo creamos o no, sucedió en la vida real. De sensaciones sabemos todos, ahí no hay excusa. Quizá sea mejor ver la película sin saber qué ocurrió en ese Mundial de rugby que se celebró en Sudáfrica en 1995, porque así las emociones se multiplicarán. Pero en el fondo da igual. En el fondo lo que importa es el factor humano, título en España de la novela en que se basa la película y subtítulo aquí del film de Eastwood.

"Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma". Soy un espectador que ha salido de la sala conmovido, soy un tipo feliz de que, otro año más, Clint Eastwood nos haya regalado más de dos horas de Cine. Con mayúsculas. Qué grande.

Invictus se estrena el próximo 29 de enero.

lunes, febrero 16, 2009

Dos genialidades más de Clint Eastwood

Clint Eastwood siempre ha sido una de mis debilidades. Como actor, siempre me gustó. Tenía un carisma especial, aunque muchos dijeron que lo suyo era una especie de no-actuación. Era el Hombre sin Nombre. Después fue Harry el Sucio. Y después se lanzó a dirigir. Con un clasicismo no exento de fuerza, me conquistó desde el principio. Y acumula ya un puñado de obras maestras que hacen que siga viendo sus películas como director con el mismo fervor con el que acudí a una sala de cine por primera vez para verla, en un lejano 1992 y con una película titulada Sin perdón. Con los años he recuperado el resto, pero aquella fue la primera. "Vamos a ver qué tal le ha quedado su ópera prima", decía irónicamente un compañero en el pase de prensa de Gran Torino. Y es que el muchacho tiene ya 78 añitos, pero parece que cada nueva película que estrena, y en pocos meses nos ha ofrecido dos, es la de su debut. Que nos dure muchos años porque hay gente que no se va a dar cuenta de lo grande que es hasta que no se nos vaya.

El intercambio es una pelícual que, a priori, engaña. A simple vista, parece el típico vehículo para el lucimiento de una actriz. Angelina Jolie lleva años intercalando proyectos de lo más comercial con otros que le den status de intérprete seria, y el papel de una madre que denuncia que el niño que le han devuelto tras ser secuestrado no es su hijo (una historia real, lo que sobrecoge aún más) encaja a la perfección en esta categoría. Pero si alguien cree que El intercambio es sólo la interpretación (bastante correcta, todo hay que decirlo, aunque yo siga sin ver nada extraordinario en esta actriz) de Angelina Jolie, se equivoca. Y como muestra, hay que decir que en las tres escenas más impactantes y logradas de la cinta, (el interrogatorio a un niño, clave para desentrañar el misterio; la vista contra el capitán de policía que se resiste a creer a la protagonista; y la ejecución... sin más) el protagonismo no descansa en la actriz, que incluso no aparece en la primera de esas escenas.

Al margen de la valoración que pueda merecer Jolie, El intercambio es una apasionante historia sobre el reto humano que supone vivir el secuestro de un hijo, pero también es un hábil retrato sobre la brutalidad policial (que abarca mucho más que salir a las calles con las porras y las pistolas). La mezcla de ambas tramas enriquece la película hasta convertirla en una apasionante historia cruzada, magníficamente rodada y, sobre todo, magistralmente montada. Además de la interpretación simple sobre el protagonismo de Jolie, también se corre cierto peligro de pensar que la película es demasiado larga. Un ritmo (premeditadamente) pausado y muchos posibles finales pueden acentuar esa sensación. Pero Clint Eastwood se mueve con maestría en ese terreno. Cuando uno piensa que la película va a acabar, el director añade una nueva escena llena de fuerza, siempre necesaria para comprender toda la dimensión del relato.

Eastwood trata aquí de reinventarse a sí mismo en cierta medida en su forma de rodar. Y lo consigue con el magnífico uso que hace del montaje. No cuenta la historia de forma lineal. Primero abre una segunda trama cuando la película parece abocada a quedarse instalada en el seguimiento de una madre coraje. No terminan de tener una cohesión absoluta ambas líneas (al menos hasta el tramo final), pero sí suficiente para que la película funcione de maravilla. Y después con el uso de los flashbacks. Duros y violentos, magníficamente narrados y fotografiados. Si a esto añadimos una dirección clásica y eficaz y un gran trabajo de los actores secundarios, sólo se puede decir que estamos ante una muy buena película. Quizá no de las mejores de Clint Eastwood como director (el listón está alto con peliculones como Bird, Sin Perdón, Mystic River o Million dollar baby), pero muy buena al fin y al cabo. Mejor de lo esperado.

Y sólo un par de meses después de El intercambio llega Gran Torino. Me he pasado meses pensando que ésta iba a ser, de entre las dos, la obra maestra de Clint Eastwood. Y no me equivoqué. Quizás menosprecie lo que iba a ser El intercambio, pero con Gran Torino las expectativas se cumplen. Eastwood ha asegurado que ésta será la última vez que aparezca en la pantalla, la última vez que actuará en una de sus películas. Y no se me ocurre mejor forma de despedirse que con un personaje ya mítico como este Walter Kowalski, un veterano de la guerra de Corea que, como dice en la película uno de sus hijos, sigue viviendo en los años 50, sin entender los muchos cambios generacionales y culturales que se han producido a su alrededor en las últimas décadas, carcomido por la culpa y solitario, muy solitario. Es, probablemente, la mejor interpretación que ha hecho nunca Clint Eastwood. Sobrio, humano y a la vez muy emocionante.
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Gran Torino (título que hace referencia al coche de 1972 que el personaje de Eastwood mima con tanto cariño, más que el que demuestra para con las personas durante buena parte del metraje) deja un puñado de escenas memorables, que se mueven entre la sonrisa y el drama, entre la tensión y casi la comedia. No oculta en ningún momento que estamos ante una película, dura, trágica incluso, pero real como la vida misma. Es curioso que Clint Eastwood, todo un mito americano y un personaje que en los 70 algunos confundieron con un neofascista, sea uno de los directores que mejor ha sabido interpretar en el cine moderno la multiculturalidad en los Estados Unidos de hoy en día (terreno que se preparó, aunque pueda no parecerlo por ser una cinta ambientada en la Segunda Guerra Mundial, con la magistral Cartas desde Iwo Jima). Porque ese es uno de los temas de esta película. Sólo uno de ellos, pues es tan rica que abarca muchos debates, desde las relaciones familiares hasta el conocimiento de uno mismo, pasando por lo que sabemos de la vida y la muerte.
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Espléndidamente filmada y narrada, Gran Torino quizá sea una película más propia de unas décadas atrás que del moderno cine que nos acecha, y por eso tiene tanto valor. Un clásico como Eastwood que rueda como lo hacían sus maestros y que sigue enganchando a las audiencias contemporáneas. Y que, además, es capaz de rodar sus películas en un espacio de tiempo muy reducido. Porque sabe lo que quiere y cómo lo quiere, y por eso, cuando su personaje llora en la pantalla (en una de las mejores escenas que ha rodado nunca Eastwood), el espectador se siente arrastrado a llorar con él. Quizá aquí tenga alguna laguna en el guión más acentuada que en El intercambio y quizá la sencillez con la que rueda este genio haga pensar a algunos que se trata de un filme demasiado simple. Quizá. Para mí, Gran Torino es una joya. Una más de Clint Eastwood. Larga vida para él...

miércoles, noviembre 19, 2008

Harry el Sucio, un icono tan vilipendiado como valorado

Ponéos en situación. Sois una banda de atracadores, que estáis a punto de dar un buen golpe en un banco de San Francisco. Suena la alarma justo cuando estáis a punto de salir de la oficina, armados hasta los dientes. Os espera un coche en la puerta. Pero un policía que andaba por allí, comiéndose un perrito caliente, os ve y os da el alto. Se produce un tiroteo. El coche pierde el control y se estrella. Uno de vosotros, que no ha podido subir a tiempo al coche, recibe un balazo en el brazo y queda tendido en el suelo. El rifle, muy cerquita. Pero llega el policía. Te apunta y te dice lo siguiente: "Sé lo que estás pensando. Si disparé las seis balas o solo cinco. La verdad es que con todo este ajetreo, yo también he perdido la cuenta. Pero siendo éste un Mágnum 44, el mejor revolver del mundo, capaz de volarte los sesos de un tiro, no crees que debieras pensar que eres afortunado. ¿Verdad que sí, vago?". Y aunque la traducción en el doblaje español es ésta y no termine de encajar del todo con lo que realmente dice el personaje, ese es Harry el Sucio.

Estamos hablando de una película de 1971, la primera de una saga de cinco entregas (Harry el fuerte, Harry el ejecutor, Impacto súbito y La lista negra), que generó muchísima controversia en su día. En primer lugar, porque su villano, Scorpio, estaba basado en uno de los asesinos de moda en Estados Unidos por aquellas fechas, el que tan magníficamente retrató David Fincher en Zodiac. De aquel psicópata real conserva los mensajes a través de la prensa en los que reivindica y anuncia nuevos crímenes y convierte en realidad el anuncio de Scorpio nunca materializado de secuestrar un autobús escolar. La controversia viene por el hecho de que la policía aún no había conseguido detener a Zodiac, nunca lo consiguió de hecho, pero Hollywood ya estaba haciendo películas sobre él. Pero sobre todo fue polémica por su violencia, física, visual y narrativa.

El emblema de la vertiente crítica con Harry el Sucio fue un artículo publicado en The New Yorker por Pauline Kael, un analista que nunca tuvo en buena estima a Eastwood, en enero de 1972: "Se trata de una visión imaginaria de derechas de este cuerpo de policía (el de San Francisco) considerado como un grupo enormemente debilitado por liberales ilusos. La idea subyacente en esta película es que durante un breve y glorioso periodo, la policía cuenta con alguien realista en su seno -y lo expulsa. (...) Se lleva al público a una identificación total con Harry y a que se sienta victorioso por el hecho de que los liberales no consigan pararle. (...) Si está de acuerdo con la película -y es difícil resistirse, porque se utilizan las técnicas de suspense más hábiles a niveles emocionales muy primitivos-, tendrá un único deseo, ver sufrir al maníaco. (...) Harry el Sucio sólo es evidentemente una película de género, pero el género de acción siempre ha encerrado un potencial fascista, que ha terminado por salir a la superficie. (...) Harry el Sucio es una película profundamente inmoral".

Aunque con los años los responsables de la película (Eastwood y su director, Don Siegel) negaron que la filme tuviera interés político, lo cierto es que planteaba (si no por primera vez, sí desde luego una de las primeras en hacerlo) la sobreprotección de los delincuentes por encima incluso de sus víctimas, algo que en aquellos tiempos se estaba convirtiendo en un problema serio en Estados Unidos. Harry el Sucio dio voz a muchos norteamericanos que pensaban que un criminal estaba más protegido por la Ley que una víctima, que veían a sus agentes de la ley limitados por esas mismas leyes que deberían garantizar la seguridad de las personas. Eso lo plantea Harry el Sucio sin dar demasiadas soluciones reales o realistas. ¿Desde un punto de vista fascista, como llega a decir Kael? Quizá es mucho decir, pero tampoco se puede negar que los vigilantes cinematográficos (o de cualquier género de ficción) tienen un punto antidemocrático. Se saltan las leyes para garantizar su cumplimiento en un escenario inexistente. No es una crítica social, pero sí tiene un marco realista que puede generar debate.

El final de la película (que no voy a contar), que tampoco gustó a Kael al entenderlo como un desprecio "al iluso sistema legal", era, en realidad, un calco del final de Solo ante el peligro, una película unánimente aclamada desde su estreno años antes. Quizá la clave para entender la diferencia entre lo que Kael llama "liberales ilusos" y los "fascistas" como Harry el Sucio esté en otro diálogo de la película. "No quiero más dificultades como las que tuvo en el distrito Fillmore hace un año, ¿entendido? Esa es mi política", le dice el alcalde, tras pedirle que actúe como correo para pagar el rescate que pide Scorpio. "Sí, pero cuando un hombre acosa a una mujer con la intención de violarla, yo mato al hombre. Esa es mi política" le responde Harry. ¿Con intención? ¿Y cómo está seguro de ello?", pregunta de nuevo el alcalde. "Cuando un hombre desnudo persigue a una mujer con un cuchillo en la mano, imagino que no está recaudando fondos para la Cruz Roja", sentencia nuestro detective.

Harry Callahan es un icono, vilipendiado en su día por la crítica y alabado por buena parte del público, que ha ido ganando prestigio con los años. Hoy es indudable que este personaje está detrás de la mayoría de los detectives más famosos del cine de acción más moderno, desde el Martin Riggs de Mel Gibson en Arma Letal (la escena en la que el detective Riggs soluciona un intento de suicidio sólo se puede entender como un homenaje a la película de Don Siegel) hasta el John McClane de la saga Jungla de cristal (el juego Simon dice de su tercera parte recuerda mucho a cómo Scorpio intenta comprobar que el detective Callahan actúa solo). Harry el sucio es, sin duda, un policiaco de referencia de los años 70, uno de los thrillers más celebrados y notables de su época y un filme que no ha perdido con los años ni un ápice de su interés. Una gozada.

Y no, pese a la creencia popular no es en Harry el Sucio donde dice la frase que más fama y leyenda ha dado al personaje, aquella de "vamos, alégrame el día". Eso quedó para Impacto súbito.

miércoles, octubre 22, 2008

El Hombre sin Nombre, la quintaesencia del spaghetti western

El western es sin duda el género más norteamericano del cine. Pero hay un subgénero del western que no tiene nada que ver con Hollywood. Se trata del spaghetti western. A mediados de los 60, desde Europa también se quiso explotar el filón. Estas películas solían estar producidas por un estudio italiano, contar con un reparto europeo y muchas veces bastante español y, en algunas ocasiones, contaban con una estrella norteamericana. Los rodajes en España (Almería se convirtió en el paraíso de este subgénero) llevaban a los guionistas a ubicar sus historias en la frontera estadounidense con México. Los escenarios siempre tenían un aspecto sucio, usado, algo decandente. Pocos duda de que la quintaesencia de ese subgénero está en la trilogía del Hombre sin Nombre, las tres películas que rodó Sergio Leone con Clint Eastwood como protagonista.

Eastwood no había conseguido todavía dar el salto al cine y era por aquel entonces la estrella de la serie de televisión Rawhide, también un western. Y Sergio Leone, con quien había pupitre en sus años de estudiante, se acordó de él tras no poder conseguir a Henry Fonda, James Coburn o Charles Bronson. La película iba a llamarse El magnífico extranjero, pero apenas tres días antes del estreno cambió su título por el de Por un puñado de dólares. En realidad, se trataba de un remake no autorizado de la japonesa Yojimbo, de Akira Kurosawa (que demandó y arruinó a la productora, que no pudo pagar a Leone por su trabajo... casi obligándole a seguir en el futuro el camino abierto por este film). Y aunque mucha gente piensa que este fue el primer spaghetti western de la historia, cuando se rodó ya había en torno a una veintena de películas del subgénero. Sí fue la primera en tener distribución internacional, aunque a Estados Unidos llegó nada menos que tres años después de su rodaje.

Por un puñado de dólares, con su escaso presupuesto, tiene mucho de icono. Por un lado, la apariencia del Hombre sin Nombre (a la que Eastwood contribuyó mucho, sobre todo los cigarros negros que compró en una tienda en Beverly Hills). Por otro, la inolvidable música de Ennio Morricone (látigos, campanas y coros que rompieron la apariencia habitual de la música de western americano), compositor que al principio no convenció a Leone, hasta que escuchó la música con la que el genial músico abre la película. El propio Leone explica la diferencia entre el western tradicional y el suyo: "En John Ford se mira por la ventana con esperanza. Yo muestro a alguien que tiene miedo de abrir la puerta. Y, si lo hace, recibe una bala entre los ojos". La violencia, por tanto, es una de las características del género (la que más recelos despertó, sobre todo en Estados Unidos) y está muy presente a lo largo de toda la película.

El gran e inesperado éxito de taquilla provoca que Eastwood y Leone vuelvan a unir fuerzas apenas un año después. Como en la primera película, Leone vuelve a contar con Gian Maria Volonté como el villano de la función (si es que se puede hablar de héroes y villanos en un escenario tan inmoral como el de estas películas), y completó el trío protagonista con un soberbio Lee Van Cleef. El título de la película hace referencia a la introducción en la trama de los cazadores de recompensas, tipos que iban viajando por los pueblos del oeste capturando (normalmente más muertos que vivos, en línea con la violencia deseada) a los delincuentes de los carteles de Se busca. Con un mayor presupuesto, Leone realza todas las cualidades de su primera cinta del subgénero, sobre todo con un precioso final, la apoteosis de su técnica de montaje y primeros planos, realzada con belleza por la música, de nuevo, de Morricone.

La muerte tenía un precio multiplica el éxito de Por un puñado de dólares. Y, de paso, el reconocimiento internacional de Sergio Leone. Una tercera película era casi obligada, y ahí Leone cumplió con un sueño infantil: la guerra de secesión americana. Con mucho más dinero, rodó la película más ambiciosa y compleja de las tres, la más larga y la más cruenta (como evidencia la absurda pelea entre los ejércitos del Norte y del Sur por el puente, un claro mensaje antibelicista, o la codicia sin límite de los tres protagonistas). Eli Wallach sustituye a Volonté como el aparente villano de la historia y aporta un mayor toque de humor que su predecesor y sus dos compañeros de reparto. Muchos de los hallazgos de El bueno, el feo y el malo ya estaban en sus dos predecesoras, sobre todo en La muerte tenía un precio (el duelo final no es más que una recreación del anterior añadiendo un pistolero más), pero la ambición y, sobre todo, la mezcla con el episodio bélico, hacen que ésta sea la más recordada de las tres.

El Hombre sin Nombre en realidad tuvo tres. En Por un puñado de dólares, era Joe. En La muerte tenía un precio, Monco. Y en El bueno, el feo y el malo, además de ser el primero de los tres personajes citados (inolvidable la presentación de los tres, superponiendo el sustantivo que le correspondía a cada uno con un rótulo en pantalla), era simplemente el Rubio. No es el mismo personaje, aunque la iconografía, los comportamientos, la consira cínica y los ojos entornados sean los mismos. Pero esa es la magia del cine. Y la quintaesencia del spaghetti western.

miércoles, septiembre 26, 2007

Lincoln para Spielberg, Mandela para Clint Eastwood

A Hollywood siempre le han gustado las biografías y ya prepara dos películas biográficas de mucha altura. Los personajes escogidos son tremendamente conocidos y representativos: Abraham Lincoln y Nelson Mandela. Y los nombres que están detrás de los proyectos son también bastante impresionantes. Liam Neeson dará vida al presidente norteamericano en una película dirigida por Steven Spielberg y Morgan Freeman hará lo propio con el histórico líder sudafricano, probablemente dirigido por Clint Eastwood.

Spielberg, ahora inmerso en la cuarta entrega de la saga de Indiana Jones, lleva años intentando dirigir una biografía de Lincoln y el 200 aniversario del nacimiento del presidente americano, que se cumple en febrero de 2009, parece una ocasión perfecta para el estreno. Para Spielberg no sería un problema tener la película lista para esa fecha, puesto que un realizador muy rápido. Neeson está comprometido para hacer el papel protagonista desde hace bastante tiempo. En los últimos días, Dreamworks ha anunciado que Sally Field dará vida a Mary Todd, la esposa del 16º presidente. La película estará basada en el libro escrito por Doris Kearns Goodwin, ganador del Premio Pullitzer. En todo caso, habrá que esperar todavía bastante para ver estas dos cintas, que se encuentran aún en periodo de preproducción.

La película sobre Mandela estará también basada en un libro, el escrito por John Carlin. Morgan Freeman ejerce como productor de la película, que distrubuirá Warner Bros. Todavía no tiene director, pero parece que el proyecto le interesa y mucho a Clint Eastwood (que ya compartió reparto con Freeman en dos maravillas que él mismo dirigió: Sin perdón y Million dollar baby), que en breve dirigirá a Angelina Jolie en The Changeling. The human factor, que así se titulará esta biografía, sería su siguiente película. Matt Damon también está en negociaciones para sumarse al reparto. La cinta narrará acontecimientos posteriores a la caída del Apartheid y la liberación de Mandela.

viernes, marzo 09, 2007

Clint EEastwood dirigirá a Angelina Jolie en su próxima película

Clint Eastwood ya tiene nuevo proyecto. Se trata de The Changeling, una película basada en sucesos reales acontecidos en Los Ángeles en los años 20. Y el nombre que se da ya por seguro para encabezar el reparto es el de Angelina Jolie. La actriz daría vida a una mujer que ve como secuestran a su hijo y se lo devuelven al poco tiempo. Pero ella comienza a sospechar que el pequeño que tiene ahora en sus manos no es su hijo. Se habla de una trama de corrupción en la Policía de Los Ángeles, pero habrá que esperar para conocer más detalles sobre la película.

Tras el díptico sobre la Segunda Guerra Mundial que ha hecho Eastwood con Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima, y esas dos obras maestras que fueron Million Dollar Baby y Mystic River, da la sensación de que el viejo Clint ha decidido darse un respiro y volver a una clase de película que sea más entretenimiento que otra cosa, del tipo de Deuda de sangre o Poder absoluto. Aunque, ¿quién sabe? Con Clint Eastwood uno puede esperarse una maravilla más sea cual sea el proyecto...
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Para Jolie, trabajar con Eastwood es una gran oportunidad y como tal debiera tomárselo. No porque necesite hacerse un hueco en Hollywood, que ya lo tiene y no sólo por haberse convertido en la mujer de Brad Pitt. Pero sí para demostrar que es una actriz. No recuerdo una sola película de Angelina Jolie que me haya entusiasmado, a pesar de que ya tiene incluso un Oscar (como secundaria en Inocencia interrumpida), y aunque tendría que revisar mi videoteca creo que no tengo ni una sola de sus películas. A ver si Eastwood es capaz de sacar las dotes interpretativas de la Jolie.

domingo, febrero 18, 2007

Otra maravilla de Clint Eastwood

Qué grande es Clint Eastwood. Ayer vi su última película, Cartas desde Iwo Jima. Y qué grande es Clint Eastwood. Qué obra de arte, que maravilla de película, que director tan extraordinario... No tengo elogios suficientes para hablar de este filme. Hace menos de un día, pensaba que el próximo domingo sólo me iba a cabrear si no le daban el Oscar a Martin Scoresese. Hoy Clint Eastwood me ha hecho cambiar de opinión. Cartas desde Iwo Jima es una película única (lo que no deja de ser curioso siendo la segunda parte de un díptico sobre la Segunda Guerra Mundial), imprescindible y de lo más actual.

Ya no me sorprende que me pase en una película de Clint Eastwood, pero este director sigue consiguiendo emocionarme. Esta película tiene un puñado de escenas (que no quiero comentar en detalle para que la podáis disfrutar plenamente) que te ponen el corazón en la garganta, que acercan las lágrimas a tus ojos, que te dejan clavado a la butaca. Y ya puede sonar el móvil del imbécil que se sienta en la fila de atrás (sonó, y el impresentable se puso a hablar, a contarle que estaba en el cine y que luego le llamaba), que da igual. Nada es capaz de romper la poderosa magia de un cine tan inmenso, tan humano, tan cercano por mucho que esté hablado en japonés y narre eventos de hace más de 60 años.

Llevo tanto tiempo reivindicando a Clint Eastwood que no me importa seguir haciéndolo cada vez que hace una película. El reconocimiento real le llegó con Sin perdón en 1992. Para entonces ya había dirigido quince películas y al menos dos de ellas fabulosas, El jinete pálido y Cazador blanco, corazón negro. Desde que ganó el Oscar como director, Eastwood ha realizado como poco otras cuatro obras maestras: Un mundo perfecto (siempre he pensado que era una cinta muy infravalorada), Mystic River, Million Dollar Baby y ahora Cartas desde Iwo Jima. Ojalá quede mucho tiempo para eso, pero el día que Clint Eastwood muera será un día realmente triste para mí, será un duro golpe del que el cine tardará en recuperarse. No hay tantos genios irrepetibles en el cine actual, y yo no tengo ningunda duda de que Clint es un de ellos.

Mi reconocimiento ante Cartas desde Iwo Jima es extensivo para todos (y digo todos) los profesionales que han creado esta joya, pero es obligado destacar a Ken Watanabe. Descubrí a este actor japonés hace no demasiados años y sólo le he visto en cuatro películas: El último samurai, Batman begins, Memorias de una geisha y ahora en Cartas desde Iwo Jima. Tiene una presencia increíble en pantalla. Da vida a un general japonés con un aplomo poco corriente. Y no sólo porque sea capaz de dar la imagen de un gran líder militar (de esos hemos visto muchos en todo tipo de cine), sino porque también es capaz de crear un ser humano. Hace un trabajo fabuloso. De verdad, id a verla.

lunes, enero 08, 2007

Clint Eastwood mantiene a la gente en sus asientos

Este pasado fin de semana fui al cine a ver la última película de Clint Eastwood, Banderas de nuestros padres. Voy mucho al cine, pero hacía mucho tiempo que no veía a más de la mitad de la sala permanecer en sus asientos durante los títulos de crédito de una película. Durante esos minutos finales, Eastwood ilustra los créditos con fotografías de los auténticos protagonistas de la historia que cuenta la película, la batalla de Iwo Jima y los soldados que colocaron la bandera que se hizo tan popular gracias a una de las fotografías más conocidas del siglo XX, hasta finalizar, precisamente, con esa instantánea. Ese respeto durante los créditos no lo consiguen otros muchos directores por mucho que pongan imágenes e incluso diálogos en esos minutos que parece que sólo unos pocos somos capaces de aguantar.
El actor que dio vida a Harry el sucio, el director que me emocionó con películas como Sin perdón, Mystic River o Million dollar baby tiene asegurada mi entrada para todos sus cintas desde hace ya muchos años. Su último trabajo, además, me apetecía mucho verlo, porque supone un pequeño cambio en su carrera al ser una película de guerra, con grandes escenas de batalla, alejada del intimismo de su cine más reciente. No es Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, curiosamente, produce la película de Eastwood), pero deja un gran relato de guerra, los mejores planos generales de una batalla de la Segunda Guerra Mundial y una historia personal y familiar de lo más conmovedora enfocada desde el bando americano. Eso sí, no sé por qué pero estoy seguro de que me va a gustar la segunda parte del díptico que ha realizado Eastwood, Cartas desde Iwo Jima, esta vez desde el punto de vista japonés. Todavía tendremos que esperar un poco para verla en España.

jueves, diciembre 07, 2006

Clint Eastwood, Scorsese y Almodóvar comienzan a recoger premios

La National Board of Review norteamericana ha concedido los premios a las mejores películas de 2006, y ha convertido su lista en uno de los primeros indicadores para los Oscar de este año. Letters from Iwo Jima es, para esta organismo, el mejor título del año. La segunda película que ha rodado Clint Eastwood sobre esa celebre batalla de la Segunda Guerra Mundial no se estrenará en Estados Unidos hasta el próximo día 20. Ambas forman parte de la lista de las diez mejores películas del año elaborada por la National Board, que incluye otros títulos como Infiltrados, Pequeña Miss Sunshine, Babel, El diablo viste de Prada o Diamante de sangre.
Martin Scorsese, de hecho, se perfila como el gran rival de Eastwood en los premios de la Academia, y para la National Board el mejor director del año. Eastwood tiene ya dos Oscar, por Sin perdón y Million dollar baby, mientras que Scorsese nunca ha ganado la estatuilla. Ninguno de los dos logra premios de la National Board para sus actores, aunque Infiltrados logra el reconocimiento al mejor reparto completo. Los intérpretes galardonados son Forest Whitaker (The last king of Scotland) y Djimon Hounsou (Diamante de sangre) en el apartado masculino y Helen Mirren (La reina) y Catherine O'Hara (For your consideration) en el femenino.
Volver, de Pedro Almodóvar, confirma el prestigio que el director manchego tiene en Estados Unidos y se lleva el premio a la mejor película extranjera. En el quinteto de las seleccionadas también estaba El laberinto del fauno. El premio a la mejor película de animación, en un año algo pobre, ha sido para Cars y el de mejor documental para Una verdad incómoda, la película impulsada por Al Gore sobre el cambio climático.