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viernes, febrero 20, 2015

'El francotirador', el dolor de la guerra interminable

Después de dos obras infravaloradas (Más allá de la vida e Invictus) y dos claramente menores o incluso en algún momento desaprovechadas (J. Edgar y Jersey Boys), Clint Eastwood vuelve a ser grande con El francotirador. No llega a ser perfecto, aunque no se quede muy lejos con esta arriesgada historia, porque la película se le escapa al final, cuando no consigue redondear su brutal análisis sobre el dolor de una guerra interminable con cuerdas que aten con firmeza lo que se cuenta en los últimos minutos con lo que se ha visto durante casi dos horas. Pero es formidable. Su historia, la de un Navy Seal norteamericano en Irak que destaca por su enorme pericia tras su rifle, podría ser la de cualquier soldado y la guerra en la que participa podría ser cualquier otra. Eastwood consigue contraponer el prototipo de soldado norteamericano, un patriota de esos que tanto parecen molestar a algunos sectores cuando el cine les muestra, con un profundo análisis personal y psicológico de los efectos de la guerra. Y para ver los efectos, hay que ver la guerra.

No por previsible deja de ser curioso que El francotirador haya recibido críticas por la forma en la que muestra el conflicto en Irak. Pero hay un detalle que no terminan de tener en cuenta esas críticas, y es que Eastwood escoge un marco porque tiene a un personaje definido y, de hecho, real. A partir de ahí, su película no pretende sentar cátedra política, no quiere ser la radiografía de un conflicto, sino que lo que busca es un retrato personal. Al patrioterismo en el que pueda caer Chris Kyle (Bradley Cooper) en algunos momentos de su historia, o el propio Eastwood en la ración de homenaje al final, se contraponen docenas de elementos. El relato, el retrato en realidad, no es una glorificación, sino un conflicto continuo. Es la guerra que nunca acaba, ni siquiera cuando una de las partes da su brazo a torcer. Y eso, tan difícil en una película que se presta de una forma tan evidente al maniqueismo, al blanco y negro y a la citada glorificación, es un ejercicio de equilibrio brutal de Eastwood como cineasta, como cronista y como analista del alma humana.

Eso es lo que cuenta El francotirador. ¿Que lo hace en un escenario bélico? Por supuesto. Ya lo había hecho en Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima, hermana menor y obra maestra respectivamente de su díptico sobre la Segunda Guerra Mundial. Pero hay miles de detalles en la película para comprender los verdaderos objetivos de Eastwood sin necesidad de quedarse con el envoltorio. Y hay otro detalle maestro en la dirección de Eastwood. La guerra que retrata se ve desde el punto de vista de un francotirador. No se ve el movimiento nervioso que suele presidir el cine bélico desde que Steven Spielberg sentara cátedra con el prodigioso arranque de Salvar al soldado Ryan. La cámara escoge con mimo lo que hay que ver, hay pausa, hay concentración, y todo ello con un nivel de tensión impresionante que termina de romper en la gran escena bélica de la película, la que cierra la lucha en Irak, un pequeño prodigio cinematográfico, por debajo de lo que hizo Spielberg, sí, pero perfecto para esta película.

Como El francotirador es un drama personal mucho más que una película de guerra, por mucho que dos terceras partes del filme se desarrollen en un escenario bélico, era imprescindible acertar con el reparto. Y ahí el crecimiento de Bradley Cooper parece imparable, en su carrera y dentro de esta película, con tantos matices que no queda más remedio que aplaudir. Y ojo a Sienna Miller, una actriz que ha desperdiciado demasiados años y esfuerzos en una carrera en el papel cuché que minimiza su talento interpretativo. Sus trabajos sólo encuentran un obstáculo, los indecentes muñecos con los que se quiere hacer creer que tienen un bebé en las manos, asombrosamente falsos para una película de este nivel. Pero lo único que falla es la guinda del pastel. Quizá Eastwood tendría que haberse permitido el lujo de alargar algo más su filme para que el enorme poder que hay en tantas de las escenas que comparten fuera espléndido también al final, pero hay tanto que disfrutar en El francotirador que eso, aunque sea muy visible, queda como algo perdonable.

'El libro de la vida', surrealismo folclórico mexicano

La primera sensación que deja El libro de la vida, de la que lo más publicitado en la producción de Guillermo del Toro como guiño a sus seguidores, es que no es una película de público fácil. A ratos es demasiado sofisticada para niños y a ratos es demasiado simple para adultos, y entre medias encuentra algunas momentos perfectos para los más pequeños y para los que no lo son, dentro de su repaso al folclore mexicano sobre la muerte con un puntito de surrealismo con el que no es del todo fácil conectar pero que al final deja en la película chistes divertidos y una imaginería visual bastante lograda. A nivel general es fácil dejarse llevar por la locura que plantea, por el cuadro general de la apuesta que hacen los dominadores de los dos reinos tras la muerte y por el escenario particular de dos amigos que pugnan por el corazón de su amada. Pero que su mezcla es extraña, usado ese término sin pretensión de juzgar su calidad a primera vista, se puede ver prácticamente desde su comienzo.

Esa rareza es, probablemente, la mejor baza que tiene la película. No es fácil encontrar hoy en día en una película de corte infantil una mezcla tan arriesgada. No por los temas macabros, porque eso hace años que lo convirtieron Tim Burton y Henry Selick en algo muy asequible para los niños con Pesadilla antes de Navidad y todo el cine que generó a sus espaldas, y que incluso aquí tienen versiones menos crudas y más adorables de la muerte y sus derivados, sino porque el surrelismo es lo que preside la función. Hay cerdos que balan, toreros que no matan, muertos que cantan ópera (Placido Domingo en la versión original, lástima de doblaje) y monjas que actúan como un coro dentro de una historia de cuatreros que aterrorizan un pueblo, un amor a tres bandas, una saga familiar y propuestas enfrentadas de matrimonios de conveniencia y por amor. Es, dicho en el mejor de los sentidos, un batiburrillo en el que, incluso sin conectar demasiado con la historia, es imposible no sentirse involucrado en algún momento precisamente por su naturaleza cambiante.

Y en ese cajón desastre encaja una música que tiene una capacidad inmensa de asombro por lo inesperada que resulta. O una animación que juega con personajes de un diseño singular, como si fueran marionetas pero simulando ser personas de carne y hueso y seres sobrenaturales más o menos realistas. Quizá lo más llamativo entre sus defectos está la consciente inclinación de la película hacia uno de los tres personajes principales, Manolo el torero, por encima de Joaquín el héroe y María, algo más que el objeto del amor de ambos (su director, Jorge R. Gutiérrez, debutante en el mundo del largometraje, ya ha dicho que su pretensión es la de hacer una trilogía para dedicar una película a cada uno de los protagonistas). Esa desigualdad se nota especialmente en el tercio final del filme, cuando la locura termina de poseer por completo la película y, en realidad, después de su mejor acto, el más divertido, el que tiene los mejores diálogos y el que potencia lo menos extravagante de la película, los intentos de Manolo y Joaquín por conquistar a María.

Entre tanto chiste, visual y narrativo, se nota también un resultado muy desigual. Incluso alguno parece repetirse (la oveja enjabonada aparece más de una vez en planos prácticamente idénticos). Pero eso mismo es lo que hace que la película encuentre momentos divertidos con bastante frecuencia. E imaginativos, porque al fin y al cabo lo que prima en esta arriesgada apuesta es un deslumbrante aspecto visual, es lo que se ha potenciado y es lo que quiere marcar una diferencia con respecto a otros filmes. Eso mismo, que sea un folclore tan mexicano (y, por tanto, tan distinto a lo que están acostumbrados a ver los chavales en esta globalización tan americana en lo audiovisual), es lo que puede hacer que no tenga una recepción sencilla. De ahí que la forma de entrar en la película sea a través de una encantadora guía de un museo y con unos chavales como ansiosos espectadores de la historia que les cuenta. Curiosa, desde luego, sí que es El libro de a vida, incluso a pesar de sus altibajos.