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jueves, junio 19, 2014

'Transcendence', se queda a medias

Siempre deja cierta desazón ver una película con muchas ganas de que guste y que ésta se quede a medias. Eso le sucede a Transcendence. El primer filme como director de Wally Pfister, habitual director de fotografía de Christopher Nolan, contiene ideas brillantes, provocadoras y sugerentes, pero la forma en que las desarrolla, lo que entra en el cuadro que supone la película, no termina de ser tan interesante. Le sobra metraje, le falta emoción y sobre todo, aunque casi todo el mundo vaya a emplear el juego de palabras, trascendencia. Porque la película parecía ambiciosa y la temática obligaba a ello. Con gran reparto y un estilo visual que sí consigue enganchar casi siempre (salvo en la inclusión de unos planos pretendidamente hipnóticos que finalmente se revelan más vacíos de lo necesario), Transcendence lo tenía todo para triunfar. Pero falta alma y un ritmo correcto en un guión que sufre demasiados altibajos, que no termina de encontrar justificación a sus elipsis y que con un par de vueltas más podría haber sido mucho más redondo.

Como casi siempre, es recomendable olvidarse de todo lo que se cuenta por ahí de la película (¿cuándo hemos olvidado hablar sobre una película en lugar de reventar el contenido?) y quedarse con que Transcendence habla de los límites de la inteligencia artificial, de la humana y de la mezcla de ambos. Lejos de ser una película de ciencia ficción pura, como lo era 2001: Una odisea en el espacio, o una derivación de acción como Terminator y todo su mundo (de hecho, el clímax de Transcendence decepciona mucho visto desde esa óptica del blockbuster), lo que propone Pfister es una historia humana en todos sus términos. La sorpresa positiva que esconde es que sí consigue esa empatía personal necesaria para que la película funcione, aunque con dos problemas que terminan por lastrar la historia. El primero, que no lo hace con todos los personajes y hay algunos que se quedan en simples rellenos (los de Morgan Freeman y Cillian Murphy). El segundo, que la introducción a lo que realmente interesa se hace demasiado larga.

Quizá se note ahí demasiado que Jack Paglen, guionista del filme, está debutando como tal, porque el resultado final está muy lejos del equilibrio que necesitaba el relato. Es más, puede que para algunos espectadores lo realmente interesante llegue ya tarde. Y es una pena que sea así, porque hay que insistir en que hay ideas muy atractivas, tanto el plano más emotivo del filme como en sus toques distintivos de ciencia ficción. En el primer aspecto procede dar parte del mérito a los actores, y en especial a una siempre interesantísima Rebecca Hall, protagonista real del filme a pesar de que siga siendo una actriz bastante desconocida para el gran público. Pero quien vende es Johnny Depp, al que se hace raro ver interpretando a un personaje normal después de tantos en los que el maquillaje forma parte esencial de su trabajo. Kate Mara completa lo esencial del reparto con un personaje que también acaba sabiendo a poco.

En el segundo aspecto, en la ciencia ficción, es donde más y mejor se nota la experiencia como director de fotografía de Pfister. Compone planos preciosos y se aprovecha de un espléndido diseño de producción, que hace creíble el entorno en el que se desarrolla la segunda mitad de la película. Como Transcendence mezcla aciertos y errores, será difícil que la película alcance el estatus por el que claramente suspiraba. No hay más que atender al final (¿era entonces necesario el prólogo?) para ver que la película tiene aspiraciones superiores a lo que finalmente ha conseguido, y acaban siendo pesados lastres los altibajos de ritmo, los tiempos muertos y la sensación de que hay demasiados personajes mecánicos en una historia que debía ser emocional y (de nuevo) trascendente en todos sus aspectos. Casi resulta obvio decir que un montaje más ajustado, recortando unos quince minutos a los 119 que dura el filme, habría hecho maravillas. Pero a un director de fotografía es normal que le guste recrearse en la imagen.

viernes, abril 26, 2013

'Iron Man 3', un espectáculo formidable y sorprendente

¿Qué se podía hacer en el cine con los personajes de Marvel Comics después de Los Vengadores sin que palideciera en comparación? No ha hecho falta ni un solo patinazo para encontrar una agradable y espectacular respuesta a esa pregunta. Iron Man 3 es más pequeña, sin duda, pero más intimista, formidable, un espectáculo de primer nivel y una película que consigue algo que el cine moderno de efectos especiales y acción, víctima de unas exageradas y poco calculadas campañas de marketing, no consigue hacer normalmente: sorprender. Esta tercera entrega, en la que Shane Black coge el mando en la dirección en lugar de Jon Favreau, hace crecer la saga sin ningunear las dos notables primeras partes, potencia lo mejor que tenían aquellas y le añade piezas de acción espléndidas y un desarrollo de los personajes a la medida de un reparto excepcional, encabezado por un inmejorable Robert Downey Jr. Sigue siendo Iron Man, pero todavía mejor. Palabras mayores dentro de este subgénero.

¿Qué ofrece Iron Man 3? Una mezcla estupenda entre lo que funcionaba de sus dos primeras entregas y unas novedades más que apetecibles. Entre lo primero destacan dos cosas. Por un lado, un Robert Downey Jr. brillante, en la que es probablemente la mejor interpretación de un superhéroe que se ha visto en la gran pantalla (y que perdonen los fans del Superman de Christopher Reeve, entre los que me cuento). Por otro, unos efectos especiales sorprendentes, que dan vida a unas armaduras diseñadas con sumo detalle. No hay nada que chirríe en lo visual y eso permite una espectacularidad hermosa en las escenas de acción. Y he ahí donde las novedades cobran protagonismo. Las dos primeras películas, aún siendo cine de superhéroes, no eran unas películas plagadas de acción, e incluso el clímax de Iron Man 2 estuvo entre lo más decepcionante que ofrecía. Aquí son tres grandes piezas, diferentes entre sí, muy bien rodadas, emocionantes y prácticamente lo que uno espera ver en un filme del género.

Hay relevo en la dirección, pero todos los cambios son fluidos. Se acepta sin ningún problema la herencia de las dos primeras películas, ambas dirigidas por Jon Favreau (que sigue interpretando, ahora con más metraje, a Happy Hogan, antiguo guardaespaldas de Tony Stark), incluso la muy referenciada Los Vengadores, de Joss Whedon. Shane Black, coguionista además de director, integra toda esa mitología en la película y le sirve para hacer crecer la psicología de los personajes (sobre todo pero no sólo la de Tony Stark), pero le da una autonomía propia (sólo rota en la escena tras los créditos... que quizá, y aún siendo muy divertida, es lo más decepcionante de Iron Man 3; es tan sobresaliente lo que ofrece la película que ese final se antoja flojo) y, sobre todo, muestra valentía, que no temeridad, a la hora de adaptar lo que le ofrecía el cómic. Sin revelar ninguna de las sorpresas de la película, que son en algún caso muy sorprendentes, hay que decir que coge como base una popular saga escrita por Warren Ellis, Extremis, e incorpora por fin a la gran pantalla al villano principal de Iron Man, el Mandarín.

Para confeccionar este explosivo cóctel superheroico, Black, reconocible como guionista de la saga Arma Letal más que como director, recurre a un reparto espléndido. Gwyneth Paltrow, que no es precisamente una de mis actrices favoritas, ofrece su mejor interpretación de la saga. Pero el trío de fichajes se lleva los focos y se merece los elogios. Ben Kingsley asombra, Guy Pearce convence y Rebecca Hall está espléndida. Quizá el actor que salga peor parado sea Don Cheadle, ya presente en la segunda. Si con todos los demás está realmente conseguida la mezcla entre drama, acción y comedia, para el hombre debajo de la armadura de Máquina de Guerra (rebautizada aquí como Iron Patriot) no queda demasiado más que figurar. Y esa mezcla es lo que hace que la película funcione y evite en todo momento que pueda parecer una repetición o una simple secuela para ganar dinero. Es Iron Man, sí, pero es algo nuevo, que mantiene al espectador de la película en vilo por conocer los caminos que va a seguir la película y que asombra, insisto, por su valentía en algún momento.

Esa misma valentía puede hacer que algún purista del cómic salga cabreado de la sala. Puede ser. Pero hay que admitir que cine y cómic son lenguajes diferentes y que la adaptación realizada es sobresaliente en todos los aspectos. Iron Man sigue siendo una saga divertida, con un humor asequible a todo tipo de públicos (no es casualidad que Tony Stark interaccione durante varias escenas con un niño), explotando con enorme acierto por un Robert Downey Jr. que ha hecho de este personaje una segunda piel, pero sin desdeñar los aspectos más oscuros y siniestros de la trama. Es espectacular en todo momento, con escenas de acción formidables (un poco demasiado anticipadas por los trailers, pero sumamente disfrutables) y un sabor de boca final tan formidable que invita a pensar qué demonios va a hacer Marvel para continuar con la historia de Iron Man, no ya en una hipotética cuarta entrega sino en la segunda de Los Vengadores. Con decir que lo peor de Iron Man 3 está en el brevísimo cameo de Stan Lee, probablemente el más flojo de todos los que ha protagonizado, está todo dicho. Una gozada.

martes, mayo 01, 2012

'La maldición de Rookford', un apreciable "casi"

La maldición de Rookford casi consigue ser una estupenda película de terror. Y es "casi" porque en su tramo final cae en errores bastante habituales: la necesidad de un giro argumental (¿sorprendente?), la justificación de absolutamente todo lo que sucede y las incoherencias de siempre a la hora de cerrar la historia. Se pierde así, en el tramo final, lo que llevaba camino de ser una notable película de terror y misterio, llevada con elegancia y categoría, magníficamente bien interpretada especialmente por una magnética Rebecca Hall y con una atmósfera muy lograda. Empieza a sonar a excusa trillada que habría que superar, pero quizá esos errores se deban a que su director, Nick Murphy, debuta aquí en el mundo del largometraje tras su paso por el documental y la televisión. En todo caso, un entretenido relato que a ratos pone los pelos de punta y que deja alguna que otra escena para recordar.

Llegamos al punto de contar el argumento de la película y, como suele suceder, resultado del todo imposible son destripar algo importante. Las sinopsis oficiales, que yo no he leído hasta después de ver el filme, ya destrozan la primera escena, que además es una de las mejores. Así que sólo cabe decir que estamos ante una historia de fantasmas que acontece en una mansión reconvertida en internado. Más aún, yo diría que es un relato sobre el miedo. Y no tanto un miedo sobrenatural sino sobre el miedo que cada uno de nosotros es capaz de sentir en su fuero interno, y que en La maldición de Rookford adquiere numerosas manifestaciones. La historia, eso sí se puede decir sin temor a arrepentirse de nada, tiene lugar en la Inglaterra de 1921, y toma como base social las incontables pérdidas de vidas que sufrió el país en la Primera Guerra Mundial. Ya desde los rótulos que abren la película eso se convierte en una poderosa influencia.

En este contexto, la decisión más inteligente de Murphy, coguionista además de director, es dar el protagonismo a una mujer, aprovechándose precisamente de la coyuntura social del primer cuarto del siglo XX. Son sutiles e inteligentes las referencias a lo importancia que tiene para una mujer haber recibido una educación superior o no tener hijos, porque sirven para construir el personaje de Florence Cathart. Rebecca Hall llena de profundidad la bien construida carcasa de dicho personaje. Es una actriz magnética, poseedora de una belleza alejada de los cánones más habituales del cine contemporáneo y eso, probablemente, es lo que ha retrasado a esta película su primer papel principal, después de haber sido una más que interesante presencia en títulos del último lustro como The town, El desafío. Frost contra Nixon o, digan lo que digan es como lo veo, la mejor actriz de la aburrida Vicky Cristina Barcelona.

La película se construye sobre Hall, y ella hace algo más que aguantar el tipo. A ella hay que agradecer que crezcan algunas escenas, en especial las primeras de la película, donde todavía no se ha desatado el misterio que nos ocupará durante casi dos horas, en las que sienta las bases emocionales de su personaje. A partir de ahí, todo es más fácil. Luego encuentra buen respaldo en Dominic West (tiene algo interesante aquí el protagonista de The Wire), Imelda Staunton (Dolores Umbridge en la saga de Harry Potter) y el joven Isaac Hemptead Wright (sí, su cara suena porque es Bran Stark en la serie de Juego de tronos). También en el escenario escogido para el relato. Y también en la suave atmósfera que se construye para la película, alejada de los tan aborrecibles sustitos (aunque alguno también hay... y el último además es de los que desvirtúa muchos de los logros del filme) del cine de terror contemporáneo.

Como con toda película moderna del género, qué lejos quedan en realidad los clásicos de terror, el crecimiento de las incoherencias es mayor cuanto más tiempo va transcurriendo desde el visionado. Es decir, que hay trampas y agujeros bastante visibles, negarlo sería absurdo. Pero lo cierto es que durante la proyección sí se siente miedo. ¿Y no es ese, al fin y al cabo, el objetivo de la película? Pues lo consigue, y por eso hay que agradecerlo. Lo dicho, con algunas trampas y con aspectos manifiestamente mejorables. Pero si La maldición de Rookford (por cierto, nuevo título del filme en España, que iba a titularse El despertar) sirve para que alguien vea que una mujer tan interesante como Rebecca Hall puede protagonizar una película y no sólo poner interés desde papeles secundarios, habrá que dar por bien empleado el esfuerzo. Por ella, por un comienzo tan inteligente como cínico y, sobre todo, por la inquietante escena de la casa de muñecas.

martes, octubre 19, 2010

'The Town. Ciudad de ladrones', buen cine negro

Es curioso que un actor tan limitado como Ben Aflleck sea en realidad un director notable. Como intérprete, seguramente no pasará a la historia ni dejará grandes papeles. Y tan seguramente, porque es un actor limitado, muy limitado. No lo ha destacado como tal hasta ahora y nada indica que lo pueda hacer en el futuro. Pero como realizador, en cambio, tiene un toque particular, una capacidad para tomar decisiones acertadas, para colocar la cámara donde debe, para montar con acierto escenas de muy distinto tono dramático sin artificios ni falsedades. Y, curiosamente, para sacar buenos trabajos interpretativos de sus miembros de su reparto. Lo hizo en Adiós, pequeña, adiós y lo hace en The Town. Ambas comparten un gusto por el thriller, por las historias truculentas y por los escenarios sórdidos (¿por qué en ésta decide bajarse los pantalones y dulcificar la existencia del barrio de Boston que escoge para el filme con un rótulo final blando e innecesario?).
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A Ben Aflleck no le duelen prendas al buscar referencias en los policiacos más notables de las últimas décadas (incluso en otros géneros, al calcar el uso del sonido que hizo Roman Polanski en una escena de El pianista). Evidentemente, es imposible plantearse las escenas de atracos que rueda Affleck sin pensar en Heat, una película que lleva ya casi quince años siendo el mejor referente posible (el mismo que tuvo, por ejemplo, el comienzo de El Caballero Oscuro) y que probablemente seguirá marcando las películas sobre ladrones de años venideros. Pero también mira al cine policiaco más urbano y familiar, ese que quizá tenga su mejor exponente en Clint Eastwood. Es difícil no ver las relaciones personales que se establecían en Mystic River en este trabajo de Affleck, aunque el trasfondo de ambas historias sea radicalmente distinto. No son malas referencias y no es tampoco un mal resultado para esta historia de ladrones, que cobra personalidad propia y ofrece un producto notable.
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Adiós, pequeña, adiós y The town guardan muchas similitudes estéticas y temáticas. Ha recibido muy buenas críticas, y quizá es posible que no sea merecedora de tanto, pero sí es cierto que estamos ante un buen director y una buena película de su género, bien escrita, bien resuelta y bien rodada. Aunque éste pueda ser una pequeña mejora, todo eso es más o menos como lo que ofrecía aquel primer filme que realizó Affleck. Aquella cinta la protagonizó su hermano Casey, pero en ésta Ben se reserva el papel protagonista para sí mismo y es un error evidente. Ben Affleck es, indudablemente, el peor intérprete de la película. Es frío, es distanciado, es inadecuado para el papel y para el tono de la película. Y aunque a él se le pueda considerar de lo más flojo de esta interesante historia de ladrones, lo cierto es que el trabajo interpretativo es notable en casi todos sus compañeros de reparto. Es curioso que como director encuentre la dirección en la que guiar a sus actores y él mismo no la tenga.
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Rebecca Hall (Vicky Cristina Barcelona, El desafío. Frost contra Nixon) vuelve a estar sobresaliente, quizá un pelín lastrada por el aspecto más flojo del guión, la relación entre uno de los ladrones de bancos (Affleck) y la directora de banco que sufre el primer atraco. Blake Lively (una de las protagonistas de la serie Gossip Girl) es una sorpresa muy agradable en un papel duro y dramático, la ex novia del personaje de Affleck y madre drogadicta. Jon Hamm, conocido también por su trabajo televisivo, éste en la serie Mad Men, también hace un gran papel como el antagonista del FBI en esta historia vuelta del revés, en la que casi parece que los héroes son los ladrones y los villanos los policías. Jeremy Renner, tras En tierra hostil, está más que correcto, pero parece que empieza a encasillarse en personajes psicológicamente inestables. Pete Postlethwaite y Chris Cooper le dan a la película la elegancia de dos actores ya veteranos. Todos ellos conforman un reparto más que interesante que le da empaque al resultado final.
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The Town se sostiene, además de por sus actores, porque su guión sabe equilibrar los momentos dramáticos con leves toques de humor (ojo al atuendo de los atracos, sobre todo del segundo de los tres que se ven en la película y a la escena en la que son descubiertos en su huída por un policía), porque monta de forma admirable las escenas de acción de los atracos y porque no rehuye una maravillosa confrontación de miradas y perfiles psicológicos, en las que el único perdedor es el propio Affleck como actor. Aunque se trata de una película que se mueve en un género complicado por trillado (¿cuántas películas hemos visto en los últimos años sobre robos y cuántas de ellas mezclan asuntos familiares en ellos?), The Town triunfa por el buen gusto con el que está rodada, un gusto clásico pero que no rehuye las posibilidades técnicas del cine contemporáneo. No es una obra maestra indiscutible, pero sí un gran trabajo, entretenido de principio a fin y con capacidad para fomentar el debate. Y demuestra que Affleck es un director a seguir.