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viernes, enero 15, 2016

'Los odiosos ocho', el exceso por el exceso

Decir que Quentin Tarantino es un director al que le gusta el exceso es una obviedad. Los odiosos ocho es la enésima demostración de ese gusto. Y es un exceso en todo. En el ritmo cinematográfico, lento sin motivo. En la duración, que en esta su octava película (así nos lo recuerda él mismo en los créditos, en un rasgo de egocentrismo que rara vez se ve en el cine contemporáneo) se acerca innecesariamente a las tres horas. En la violencia, que ya no sorprende porque él mismo se ha encargado de repetirla hasta la saciedad en todas sus películas. Y así, simplemente, Los odiosos ocho es el exceso por el exceso. Y son ocho odiosos, o eso dicen, pero podrían ser más. O menos. Da igual. De hecho, da la impresión de que a Tarantino le da igual y el número no es más que una confusión intencionada Todo forma parte de un juego en el que incide en el peso de unos diálogos que son más huecos de lo que parece y en el que sólo sobresale la brutal música del gran Ennio Morricone.

Más obviedades. Lo normal es que quienes gusten del cine de Tarantino se lo pasen en grande con Los odiosos ocho. No es difícil dado que casi todo lo que nos ofrece la película ya se ha visto en alguna película anterior del autor, desde la orgía final de violencia a esos larguísimos diálogos que son gustosas recreaciones en su misma (aparente) genialidad más que vehículos que conduzcan la historia a algún sitio. El arranque de la película, de hecho, forma parte de los excesos antes mencionados, exceso en esta ocasión para alargar el metraje y demostrar que la capacidad de síntesis es una virtud del Hollywood dorado que, hoy por hoy, se puede dar por perdida. Los odiosos ocho está planteada como una obra de teatro con un único escenario, pero Tarantino disfruta con un larguísimo prólogo que de hecho ocupa dos de los seis capítulos en los que se divide el filme, en los que el director se gusta rodando paisajes que sólo valen para que Morricone se luzca.

Lo que cuenta Tarantino en Los odiosos ocho da la impresión de que se podría haber contado en hora y media. Lo demás, efectivamente, es exceso. Es recrearse en un misterio que da igual, que no tiene trascendencia alguna. Es ahondar en esos diálogos que más que una marca autoral son ya una necesidad personal y no cinematográfica, es reiterar por reiterar, y es dejar que los actores hagan propios esos excesos que tanto gustan al director, y que se manifiestan en los gestos (los de Tim Roth, que toma el relevo a Cristoph Waltz en un claro arquetipo, los de Samuel L. Jackson siempre interpretándose a sí mismo) y en la violencia, especialmente la que se desata en los tres capítulos finales y que, de nuevo, como ya hizo en Django desencadenado, acerca el cine de Tarantino a un gore exagerado y sin sentido, que destroza por completo la atmósfera de western que, en realidad, la película no quiere tener.

Porque esto no es un western que contente a quienes añoren a John Ford en el cine contemporáneo. Ni tampoco es una película que sepa utilizar la violencia como sabía hacerlo Sam Peckinpah. Esto es puro Tarantino. Ni más, ni menos. Y dentro de esa categoría, que es la que más interesa a su autor, ni es la mejor ni es la peor de sus películas. Es una más, que pierde fuello por su inverosímil duración y que se alarga tanto que acaba perdiendo todo el interés, a pesar de la introducción ralentizada de sus personajes o de los golpes de efecto, muchos de ellos muy previsibles, con los que quiere sazonar la resolución. Pero Los odiosos ocho, como es puro Tarantino, encontrará mucho eco y veneración, algo que le ha sucedido siempre, desde que la interesante Reservoir Dogs le pusiera en el mapa. Para quienes no vemos su genialidad, es difícil de entender.

miércoles, mayo 21, 2014

'Grace de Mónaco', un cuento de hadas imposible e indefinido

Hacer una película sobre Grace Kelly sin Grace Kelly es probablemente una de las tareas más complicadas que se pueden acometer en el mundo del cine. Grace de Mónaco sufre por ello, a pesar de la lógica aceptación de que esa premisa es imposible tras el accidente de tráfico que se llevó la vida de la estrella predilecta de Alfred Hitchcock en 1982. Nicole Kidman es una actriz que, de un modo u otro, no genera ya la misma admiración de hace años, y aunque su esfuerzo es grande para meterse en su piel ese imposible pesa en su trabajo y en el conjunto. Grace de Mónaco, no obstante, no es una película poco completa por ese motivo, sino porque le cuesta tanto definirse que al final parece que no lo hace y se queda a medio camino de todo. Intenta apelar por igual al aficionado al celuloide que al del papel cuché, crear un drama personal y al mismo tiempo una intriga política sobre el enfrentamiento entre la Francia de De Gaulle y el Mónaco de Rainiero, y acaba siendo un cuento de hadas roto, imposible e indefinido que habría salido mejor con una apuesta más clara.

A la película le han llovido las críticas y, la verdad, no es ni mucho menos para tanto. No es un despropósito, no es un filme fracasado o equivocado. Pero que no termina de enganchar es algo también evidente. Lo hace por momentos, eso sí: con la primera aparición de un Hitchcock (Roger Asthon Griffiths) mucho más suave del que describieron tanto Hitchcock como The Girl, con el alegato final en la gala benéfica o con la aparición del experto en protocolo al que da vida el siempre formidable Derek Jacobi. Pero en todo lo demás parece haber agujeros, imprecisiones y, sobre todo, indefiniciones. Desde el principio da la impresión de que la película habría funcionado mejor de haber trazado un retrato de la mujer, de la persona, de la actriz que decidió convertirse en princesa, de ese cuento de hadas roto y del trabajo que había detrás de ese esfuerzo. Nicole Kidman, sin llegar a brillar, sí hay momentos en los que convence, sobre todo en la escena final de la película, antes de un alargado, artificial e innecesario epílogo que no añade nada.

La cinta, en todo caso, no opta de forma única o preferente por esa vía y se va por la intriga palaciega, que compensa su interés real con una torpeza importante en su desarrollo más ficticio y un retrato poco carismático de Rainiero a cargo de Tim Roth. El relato histórico y el papel que jugó la princesa de Mónaco habría sido interesante, pero aquí esa parte queda algo perdida, sobre todo por una trama detectivesca que se plasma con bastante desacierto. Y hay un tercer elemento con el que se podría haber construido una película de interés, y es la posibilidad de que Grace Kelly volviera al cine. Al principio, de hecho, da la impresión de que va a ser la fórmula escogida, pues el filme arranca con la llegada a Mónaco de Hitchcock para ofrecer a la actriz la película que nunca llegó a hacer para él. Y aún con cierta desgana en los diálogos que pretenden enganchar a los cinéfilos, es tan agradecida la presencia de Hitch que lo que resulta criticable es que la vertiente cinéfila desaparezca por completo del filme. Más indefinición, por tanto, en una mezcla que se antoja algo atropellada para los 103 minutos que dura la película.

En todo caso, Grace de Mónaco no se ve con desgana y no provoca el rechazo que parece anunciar la avalancha crítica. Quizá hay un efecto perjudicial sobre el filme por el entorno de la protagonista escogida, siempre dispuesto a que haya más polémica que valoración, pero una figura como la de Grace Kelly es siempre atractiva, y no hay motivo para que no lo sea para construir una película a su alrededor, sea o no completamente fiel a lo que sucedió en la realidad. Claro que el referente es inigualable, y Olivier Dahan (que vuelve al biopic que ya tocó en La vida en rosa después de una película de tono diametralmente diferente, Un gran equipo) prácticamente parece asumirlo cuando arranca la película mostrando a su protagonista de espaldas. Con su belleza infinita y el aura incomparable que rodeaba a la actriz, Grace de Mónaco habría sido diferente. Kidman por momentos llega a convencer, pero se enfrenta a un imposible. Asumiendo que el biopic no pasa por sus mejores momentos, Grace de Mónaco se puede disfrutar sin grandes pretensiones.

lunes, octubre 08, 2012

'El fraude', insulso intento de thriller

Lo más negativo de una película es que no sepa qué quiere contar. Da la sensación de que ese es el gran problema de El fraude, que se queda en un vehículo para el lucimiento (personal, que no interpretativo) de Richard Gere. No le alcanza para ser la historia de una pesadilla sobre el hundimiento de un hombre porque dicho hombre no genera empatía de ningún tipo en el espectador. Tampoco para ser una crítica a la situación económica actual porque es un tema que toca tan brevemente, aunque en los mejores momentos de la película, que no adquiere la entidad necesaria. Y no es una reflexión sobre nada de lo que cuenta porque da la sensación de que la película acaba sin tener claro el mensaje que quiere transmitir. O, simplemente acaba porque sus responsables no saben cómo continuarla. Al final, parece un intento fallido e insulso de conseguir un thriller que ni emociona ni preocupa.

Nuevamente sin revelar nada del argumento porque las sorpresas hacen que el filme cambie tras la introducción, El fraude sigue los pasos de Robert Miller, un billonario que va a luchar para evitar que su vida personal y profesional se venga a pique. Todo esto arranca el día en el que cumple 60 años. Lo curioso de El fraude es que arranca con un impersonal retrato familiar para, de golpe y porrazo, cambiar por completo la imagen de su protagonista. Infiel en su matrimonio y fraudulento en su trabajo. ¿Cómo sentir empatía por un personaje así? Complicado. Y el caso es que el cine moderno nos empuja en muchas ocasiones a tener que respaldar, de alguna forma, a quien ha caído en este lado oscuro de la vida. Aquí es prácticamente imposible sucumbir a los intentos del filme porque no hay nada que conecte emocionalmente al espectador con el protagonista.

Ese es el gran problema de partida de El fraude. Da igual que al protagonista le salgan las cosas bien o mal. El único interés que tiene esa parte de la película es saber, más por rutina que por otra cosa, si consigue sus objetivos. Lo malo es que Nicholas Jarecki, director debutante y guionista del filme, no parece tener claro qué hacer con su protagonista, como evidencia en el intrascendente final del filme. Tampoco ayuda en realidad que el papel principal recaiga en un actor tan inexpresivo como Richard Gere. El conflicto no se intuye, no se palpa, no se vive, sino que se ve solo en la sobreactuación, en los gritos y en los empujones, además de en los extremadamente convenientes giros de guión, que se van sucediendo de forma artificial, siempre uno detrás del otro y cuando el anterior ha terminado. Hay cierta torpeza en la evolución de la trama, hasta el punto de que se acaba haciendo bastante inverosímil.

Miller no cae simpático y no queda claro si la película pretende conseguir ese efecto, el contrario o ninguno en absoluto. Tampoco es fácil empatizar con su amante (una bellísima Laetitia Casta pero poco más), apenas lo consigue con el personaje de su mujer (Susan Sarandon, más impersonal que de costumbre). Ni siquiera se siente simpatía por el policía que interpreta Tim Roth. Quizá el personaje más agradecido, aunque mal rematado, sea el de la hija de Miller (Brit Marling), que al menos se beneficia de las escenas más interesantes de El fraude, aquellas en las que se habla los tejemanejes económicos que tanto interesan estos días. Pecan también estas secuencias de falta de irrealidad, por los escenarios y por los diálogos, pero al menos se acercan a lo que podría haber sido esta película de contar con una dirección más hábil que la de Jarecki.

El fraude es una película mínimamente correcta para pasar un rato y disfrutar sus fans con las poses y el elegante vestuario de Richard Gere. Poco más debido a que no es una cinta que tenga las ideas claras. No llega a ser un buen thriller porque no se siente emoción ni tensión, solo es una acumulación de fuegos que el protagonista intenta ir apagando en busca de un objetivo de dudosa moralidad, pero que tampoco explora el debate ético que parece proponer en algunos momentos. La verdad es que el argumento podría haber dado para una película muy diferente a la que finalmente se ha hecho, pero el resultado final es bastante rutinario e insulso. No necesariamente malo, pero sí insuficiente.