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miércoles, abril 30, 2014

'Divergente', lo de siempre pero más inverosímil

Como una condena inevitable, no dejan de surgir nuevas sagas (o intentos de saga) de protagonistas y contenido adolescentes que siguen un esquema predeterminado, que no ofrecen ninguna sorpresa y que lo único que buscan es seguir captando seguidores que cumplan con el ritual anual de ver una película de la serie sin hacerse demasiadas preguntas, siguiendo casi al pie de la letra el relato planteado por un libro de más o menos éxito y con unas características que se repiten sin cesar. Divergente, la última de esa moda, no sólo no es una excepción, sino que por desgracia es una de las más decepcionantes. Todo suena más inverosímil que, por ejemplo, en Los juegos del hambre. O incluso que en en Crepúsculo o en Cazadores de sombras. O en Soy el número cuatro. O, cómo no, en The Host. Son sagas cortadas por el mismo patrón de forma mimética y nada disimulada, y el proceso parece ir empeorando poco a poco. Divergente es inverosímil, no tiene carisma y está plagada de incongruencias, además de desaprovechar unas mínimas alegorías históricas que parece querer presentar en el universo que construye.

El punto de partida de la película, y del libro en el que se basa (que no he leído pero aún así se puede apostar que la película sea un calco casi idéntico que satisfaga a sus lectores), recuerda a ideas más o menos vistas. Futuro distópico, una Chicago rodeada por una enorme valla y cinco grandes clases. Entre dos de ellas hay una lucha de poder. Todos los jóvenes han de elegir en un momento de sus vidas, representado en una vistosa ceremonia, si quieren seguir en el gremio en el que han crecido o si optan por otro, al margen de los que les diga una prueba de aptitud previa que no parece tener entonces demasiado sentido. Puede que sea ahí donde empiecen los problemas de este mundo, que se mueve en los 139 minutos de la película con demasiado descontrol y poca fe en sus propias normas. Son incontables los momentos en los que uno se pregunta por qué sucede lo que está sucediendo o que sentido tienen algunos hechos. Y lo llega a decir con claridad uno de los personajes, Eric (Jai Courtney) cuando proclama que son las nuevas normas de hoy que sustituyen a las de ayer. Perfectamente aplicable a la propia película.

Gusten o no, lo que acaba salvando a una película de este estilo (o, dicho de otra manera, logrando dinero en taquilla) es el carisma de sus protagonistas. Gusten o no a la mayoría de los mortales, si los chavales a los que apunta un filme así acaban satisfechos o incluso enamorados es que la cosa funciona (sí, estoy pensando en Crepúsculo). Y ahí, a diferencia por ejemplo de Los juegos del hambre (que tampoco era una maravilla, por mucho que su segunda entrega suponga una gran mejora pero que supera con enorme holgura a ésta), Divergente no triunfa. Shailene Woodley (la hija de George Clooney en Los descendientes) y Theo James encabezan un reparto que cumple con la premisa de mezclar juventud y atractivo físico, pero cuyos personajes son tan previsibles, lo es todo el guión, que es difícil encontrarles sentido. Cumpliendo otra de las normas de este cine, ha de haber actores de reputación y de más edad, tarea que aquí completan Ashley Judd, Tony Goldwin y una Kate Winslet que pocas veces habrá estado tan poco interesante. Se nota mucho que sus pretensiones para aceptar esta película no pasaban de cobrar el cheque y cubrir el expediente.

Y todo eso repercute en el resultado final de Divergente, pobre y olvidable. Su escenario no termina de enganchar porque sus posibilidades se desaprovechan con una concatenación de sucesos nada sorprendentes, poco trascendentes y no especialmente bien explicados. Sus personajes no entusiasman porque o son estereotipos muy, muy trillados, simples caracteres que cumplen una función muy básica a veces incluso para una sola escena, o incluso desaparecen y reaparecen a conveniencia. Aún a pesar de su escenario de ciencia ficción, y algún que otro plano curioso de Neil Burger (un director que sorprendió con El ilusionista pero que más allá de eso no termina de evolucionar), la película echa en falta un auténtico clímax bien rodado y con la espectacularidad que necesita un filme así. Y se podrían seguir sacando defectos, pero todos se resumen en una pregunta: ¿Hacían falta 139 minutos para contar tan poca cosa? La obsesión por las trilogías, porque ésta también pretende serlo, hace que este cine, que antaño tenía sus posibilidades y su público, sea cada vez peor.

jueves, junio 02, 2011

'Sin límites', interesante pero...

No es fácil evaluar una película como Sin límites. Por un lado, es una historia prometedora que cuenta con interesantes hallazgos visuales. Por otra, tiene algunos notables agujeros en su guión y serios problemas en cuanto a sus intérpretes. Interesante, pero sabe a poco. Parece una película alargada demasiado, que no daría más que para un episodio de media hora de una serie de misterio y fantasía, pero al mismo tiempo es corta y de ritmo frenético (visual y narrativo, porque no hay apenas escenas de acción). Parece una historia con gancho, pero analizar fríamente lo que sucede en la pantalla puede provocar dudas morales en el espectador. Los actores no trabajan mal y hay muchos rostros conocidos, pero los hay que saben a poco y los hay que no parecen los ideales para el papel. Y, así, la sensación que queda tras haber pasado algo más de hora y media de entretenimiento es de cierto vacío. Lo dicho, difícil de evaluar. Seguro que hay gente que adora esta película y gente que la detesta.

De una forma que no viene a cuento relatar, un escritor fracasado (Bradley Cooper) descubre una droga en forma de pastillas que le permite explotar al máximo su cerebro, lo que le lleva, de forma sobrehumana, a adquirir todo tipo de conocimientos científicos y sociales que sólo mantiene si mantiene una dosis diaria de esa pastilla. Es decir, que una vez tomada la droga en cuestión, tan fácil le será al sujeto aprender italiano como saber en cada momento que movimiento tiene que hacer para vencer en una pelea contra seis personas. Neil Burger afronta su primera película no escrita por él, la cuarta de su filmografía (en la que destaca El ilusionista, su preciosista historia de magos, que se estrenó casi al mismo tiempo que El truco final. El prestigio, de Christopher Nolan). Pero, al mismo tiempo, es una película producida por su protagonista, Bradley Cooper. En la mezcla de ambas cosas hay que encontrar la causa de que sea una película muy reduccionista en el universo que plantea, demasiado centrada en un solo hombre y carente de credibilidad en cuanto a la existencia de un mundo que le rodea.

Bradley Cooper (Resacón en Las Vegas, El equipo A) no parece el actor adecuado para dar vida al desangelado y fracasado personaje del comienzo de la película. Él mismo, en la voz en off, se sorprende de verse así de desastrado en el inicio del filme. Y eso, que no es una broma interna sino una frase seria en el guión, parece un indicativo de lo que está por venir. Cooper tiene la etiqueta "triunfador" escrita en la frente. No parece creíble en ningún momento en el que no tiene la mencionada píldora que da poderes casi sobrehumanos a quien la ingiere. En cambio, sí encaja como hombre de éxito, como drogadicto de élite, como un hombre de clase alta. Ese desnivel entre una y otra parte de la interpretación lastra incluso alguno de los hallazgos de Sin límites, que están en el apartado visual, en la diferente iluminación del mundo visto a través de los ojos de un hombre con miedos y dudas o con la seguridad que le da la pastilla. Ahí es donde más se puede disfrutar de la película, en los bruscos y notables contrastes visuales, en la nueva visión que abre la pastilla (escenas subrayadas con música potente y machacona).

Para equilibrar la balanza, Cooper necesitaría un reparto solvente detrás. Y el caso es que lo tiene. Pero, al mismo tiempo, carece de él, por cuestiones de guión pero también por temas interpretativos. Porque, claro, ¿quién mejor que Robert De Niro para dar la réplica? No puede haber nadie... salvo que Robert De Niro hace mucho que no es Robert De Niro en el cine. No es que esté mal, ni que, ni mucho menos, dé la misma lástima que desprende cuando se convierte en una triste caricatura de sí mismo (Machete me viene a la cabeza), pero tampoco es Robert De Niro. De hecho, en la última escena de la película cabe preguntarse si sigue siendo el mismo actor que maravilló en películas como Taxi Driver, Toro Salvaje, Heat, Uno de los nuestros, Despertares, La misión y tantas otras. La réplica femenina apenas tiene protagonismo, porque todo lo que sucede en pantalla lo absorbe Bradley Cooper. Abbie Cornish, en cualquier caso, está bastante menos creíble (y eso es digno de analizar) que en la menospreciada Sucker Punch. Correcta, como todo el reparto, pero lejos de lo que necesita la película para crecer.

Las dudas temáticas que ofrece no son fáciles de debatir si no se ha visto la película (salvo que se quiera destriparla). Van sobre el modelo de triunfador de la sociedad actual, sobre qué haríamos con nuestra vida si lo tuviéramos todo a nuestro alcance, sobre las consecuencias de nuestros actos. Sin límites da para muchos debates, porque son muchas las circunstancias a las que tiene que hacer frente el protagonista en la película. Eso es otro gran punto a favor, que deja sobrados elementos para conversar tras ver la película. Pero, ojo, porque moralmente es un filme que camina por la fina frontera entre la sugerencia y la moralina, con lo que corre el riesgo de ofender a los más susceptibles en algunas de sus conclusiones. Porque ya lo creo que hay conclusiones, aunque hay muchos interrogantes y no todos reciben respuesta. Pero puede que sus responsables no hicieron esta película para pensar en esos detalles y, quizá, sólo crearon un divertimento pasajero. En eso triunfan razonablemente bien, pero...